El sabor de la tierruca

Part 7

Chapter 73,955 wordsPublic domain

Dispúsose Ana á complacer á su padre; y con tal apresuramiento y tan de buena gana, por lo visto, que al recoger los avíos de costura en su primorosa canastilla, por cada cosa que guardaba ¡ella á quien jamás igualaron prestidigitadores en destreza y agilidad! dejaba caer media docena. Mas allí estaba Pablo, que se desvivía con desusado afán por recogerlas en el aire y ponerlas en las blancas y finas, pero desatinadas, manos de la azorada joven.

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X

LOS HUMOS DE NISCO

Nisco llegó á casa de Pablo después que éste había entrado en la de don Juan de Prezanes. Subió el hijo de Juanguirle sin llamar, como era su costumbre, derecho al cuarto de su amigo. Al pasar por delante de la puerta de la sala, oyó que le decían desde el fondo de ella:

--Pablo ha salido.

Era la voz de María. Conocióla el mozo, retrocedió dos pasos y se colocó en el hueco de la puerta, sombrero en mano, enfrente de la joven, que cosía sentada cerca del balcón.

--En ese caso--dijo Nisco algo atarugado y después de hacer una exagerada reverencia,--me marcharé.

--Si no quieres esperarle...--añadió María, respondiendo á la reverencia con una sonrisa.

--Pues le esperaré, _ya que usted se empeña_,--replicó Nisco. Y se sentó, con mucho tiento y grave parsimonia, en la silla más cercana.

María volvió á sonreirse, y continuó cosiendo.

Nisco, con el sombrero en la diestra y ésta sobre la rodilla, atusándose el pelo con la otra mano... no tuvo por entonces más que decir; pero, en cambio, clavó la vista de sus ojos negros, un tanto dormilones, en María; y largo rato estuvo como hechizado, viendo aquellas manos, blancas y rollizas, pasar y repasar la aguja, y estirar la seda para afirmar la puntada; el brillo de aquel abundoso pelo negro; la transparencia de aquel cutis de rosa; la luz de aquellos ojos húmedos, y, en suma, el palpitar, apenas perceptible, de toda aquella riqueza escultural, á cada movimiento del ágil brazo.

Digo yo que todas estas cosas contemplaría Nisco, porque, según la expresión que brillaba en sus ojos, más bien parecía sorber con ellos á la joven que mirarla. De vez en cuando echaba ésta una ojeada firme y serena al mozo; y entonces el hijo del alcalde de Cumbrales no cabía en la silla.

Iban así corriendo los minutos, y Pablo no venía ni se marchaba Nisco, ni entre éste y María se cruzaba una palabra. Don Pedro estaba en el portal en plática con don Valentín, que había ido á visitarle «por un motivo muy urgente,» al decir del veterano; y su señora andaba disponiendo el agasajo con que habían de celebrarse las paces consabidas, si don Juan aceptaba la invitación que se le había hecho. De manera que los actores de la sala no podían esperar de afuera incidentes que rompieran la monotonía de la escena: tenían que romperla ellos mismos, si no la hallaban muy divertida.

Quizá pensando así, dijo, al cabo, María mientras examinaba el largo pespunte que acababa de hacer, deslizando la tela entre los dedos de sus manos:

--Y ¿cómo vamos de lecciones, Nisco? ¿Adelantas mucho?

Ya ve el lector que no podía decirse menos que esto tras un espacio tan largo de silencio.

--No tanto como yo quisiera,--respondió Nisco mal y á trompicones, por lo mismo que tenía empeño en responder al caso y con voz bien afinada. Faltábale el hábito de hablar con señoras y bajo cielo-raso, y esto ofrece gravísimas dificultades cuando se trata de soltar de pronto la voz, una voz ajustada al diapasón de la naturaleza agreste, en un centro reducido y sonoro y delante de una dama á quien se desea agradar.

María, sin fijarse gran cosa en los desentonos de Nisco, volvió á decirle:

--Es algo rara esa afición que te ha entrado de pronto á esas cosas.

--Rara, ¿eh?--contestó el mozo, más atrevido ya y menos desaplomado.--¿Cree usté que es rara? Pues quizaes lo sea, si bien se mira... y quizaes no, por otra parte.

--Ahora sí que no lo entiendo, Nisco,--díjole María riéndose muy de veras.

--Pues yo le diré á usté--añadió el mozo muy animado con la regocijada actitud de su interlocutora.--Para el oficio que traigo, no es mayormente al auto el pulimento que deseo en el porte y genial de la persona, si uno ha de estar de sol á luna, fijo en la brega del campo, sin más aquél de cubicia que lo que tiene á la vera; pero si, pinto el caso, al hombre, por su luz natural ú roce con quien la tenga, no le basta eso solo... y quiere, es un decir, quiere... vamos, valer algo más de lo que vale, bien séase por la fantesía del valer ú por tomar alas con qué volar un poco... porque sienta allí dentro... vamos, quien se lo mande, como el otro que dice... en fin, señorita, el saber no ocupa lugar; y yo quisiera, si no ofendo, saber algo más de lo que sé, por valer algo más de lo que valgo.

--Bien pensado está todo eso--replicó María muy afable;--pero algún motivo especial habrá para que tan de repente te haya entrado ese deseo.

--Pues ya se lo he dicho á usté; y si es cierto el refrán de «no con quien naces, sino con quien paces...»

--¿Luego tu frecuente trato con Pablo es la causa de todo?

--Puede que lo sea,--respondió Nisco, contoneándose en la silla y atusándose mucho el pelo.

--Pero ¿cómo ese deseo no te ha asaltado hasta ahora, siendo así que á mi hermano le tratas desde niño?

Con esta pregunta le entró al mozo tal hormigueo, que en un buen rato no le dejó sosegar.

--Consiste eso, señorita--logró responder al fin, aunque á tropezones,--en que los tiempos, al respetive que corren, van cambeando... y, por otra parte, los ojos de la cara no lo ven todo de un golpe.

--¿Es decir que los tuyos han visto, de poco acá, algo que no habían visto antes?

--¡Cátalo ahí!--exclamó Nisco, sudando de congoja y medio turulato.

--Pues á eso quería yo venir á parar--añadió la joven, como si se gozara en la angustia del aldeano.--¿Es decir que porque ahora ves algo que antes no has visto, deseas valer más de lo que valías?

--¡Eso, eso!--gritó aquí el mocetón, rojo, cárdeno y amarillo, todo á la vez.

--Pues mira tú cómo la gente se equivoca en la mitad de lo que piensa--añadió María, esgrimiendo ya con verdadera saña, contra el acorralado galán, las armas de su travesura, que aunque no eran muchas, en el desapercibido é inerme muchachón causaban heridas tremendas:--yo te creía el mozo más feliz de Cumbrales, con una novia tan hermosa como Catalina; tan conveniente para tí...

Estas palabras fueron para Nisco un golpe en mitad de la nuca. Tardó en volver del atolondramiento en que cayó; pero volvió al fin, remilgóse y dijo:

--Relative á este punto, crea usté que hay sus mases y sus menos.

--Ya lo supongo por lo que has hecho; pero precisamente en eso que has hecho está lo que no se comprende. Catalina es la mejor moza de la comarca.

--Esa fama tiene,--respondió Nisco con desdén.

--Y bien merecida. Cuéntanla muy enamorada de tí.

--Bien pudiera ser,--dijo el rústico galán, con una sonrisilla vanidosa en que se pintaba la alta idea que de su propio valer tenía el hijo de Juanguirle.

Sonrióse también María, y continuó:

--Es rica entre las de su clase.

--No diré que no lo sea.

--Tiénenla por hacendosa.

--Pshe...

--Y es lista y de mucho juicio.

--Podrá ser.

--Pues si todo eso es Catalina, ¿dónde puedes haber visto tú cosa que más valga ni que más te convenga?

Otro golpe en la nuca para Nisco.

--Onde está quien más vale que Catalina--logró decir el mozo,--bien lo sé yo. Si me conviene ú no me conviene más que _la otra_, también lo sé... Si se me dirá que sí ú se me dirá que no... ahí está el ite de la cosa; porque, hablando en verdá, si la merezco ú no la merezco, caso es de pleitearse mucho.

--Eso prueba, Nisco, que has puesto los ojos muy en alto.

--Confieso que sí; pero sin culpa mía, porque los ojos se van detrás de lo que apetecen, sin pedirle al hombre su parecer. Lo que decir puedo es que, desde que ví eso tan alto, ando buscando el modo de subir allá, siquiera para decir «aquí estoy» en la solfa en que debe decirse; cosa que al presente no sé... ¡que si lo supiera!...

Interesábale tanto á la joven la conversación en que se había empeñado con el bueno de Nisco, que ya no cosía. Apoyando sus brazos en la almohadilla que sobre sus rodillas tenía, jugueteaba con la tijera y mordía una hebrita de seda, cuyo extremo suelto asomaba húmedo entre sus labios frescos y rojos; miraba al mozo con no disimulada curiosidad, y estudiaba en él las impresiones que iba causándole el interrogatorio á que le tenía sometido; interrogatorio que acaso no hallen del todo verosímil las damas del _mundo elegante_ (si entre ellas las hay con el mal gusto de leerme), la crítica superficial y cuantos desconocen el modo de ser de estas gentes montañesas. En pueblos como Cumbrales, se sabe en cada casa lo que ocurre en las demás; y en salones como el de don Pedro Mortera, donde la familia cose y habla y reza, muy á menudo se oyen relatos harto más insubstanciales y pesados que la amorosa cuita del hijo del alcalde; porque allí van los pobres á llorar las suyas; los atropellados á pedir consejos... y más de una vecina á remendar la saya ó á que le corten una chaqueta ó le escriban una carta para el hijo ausente. Además, los unos son colonos de la casa, otros han servido en ella, y todos se codean en la iglesia, en la calle ó en el concejo. De esta mancomunidad de intereses y de afectos, nace la íntima cohesión, algo patriarcal, que existe entre todas las jerarquías de un mismo pueblo; cohesión que, no por ser fecunda en ingratitudes, rencillas y disgustos, deja de existir en lo principal, afirmada en el inquebrantable respeto de los de abajo á los de arriba, y en la cordial estimación de éstos á los de abajo. Así se explica que María, con su genio _parado_, poco expansiva, y corta y desconfiada en su trato con gentes extrañas y de su esfera, aun sin el estímulo de la _segunda intención_ que algún malicioso pudiera suponer en ella, se mostrase tan animosa y confiada con Nisco, á quien, además, estaba viendo en su casa desde que éste era muchacho.

Volviendo ahora al interrumpido diálogo, sépase que á la vehemente, apasionada y casi dramática exclamación del romántico hijo de Juanguirle, contestó María, mirándole de hito en hito:

--También ese propósito es juicioso y no deja de favorecerte mucho; y tanto podías estirarte tú, que á poco que ella se bajara...

--¿Cree usté que se bajaría?--preguntó Nisco anheloso, corriéndose una silla más hacia la joven.

--Hombre, de todo se ha visto en el mundo--contestó María, parándole con el fulgor de sus ojos rasgados.--Pero se me figura á mí que para que ella se baje todo lo que es necesario, y por mucho que lo desee, hay un inconveniente muy grande y muy difícil de vencer para tí. Puede creer _esa persona_ que te llevan hacia ella miras interesadas. Esto, por de pronto. Después... y aquí está lo grave, Nisco: si dejaste de la noche á la mañana á Catalina, que tanto vale y tanto te quería, ¿cómo haces creer á... _esa otra persona_ que la quieres más que á Catalina?

Aplanó al mozo este argumento. Meditó unos instantes, y replicó:

--La verdá es que si no se me cree por mi palabra ú no se me mandan los imposibles, para que, haciéndolos yo, se vea la buena ley del querer...

Sonrióse María y atajó al mozo de esta manera:

--Te advierto, Nisco, que nos hemos colocado en el peor de los casos imaginables. Bien pudiera ella no reparar en tales tropiezos; y eso nadie lo sabrá mejor que tú que la conoces. Todo depende del carácter y de los humos que tenga esa señora... porque yo creo que es una señora, por la altura en que la has puesto.

--¡Vaya si lo es, caramba!--exclamó Nisco, con una delectación indescriptible.

--Y... ¿la has hablado alguna vez?--preguntóle María con un poquillo de cortedad.

Aquí le entró á Nisco el hormigueo de otras veces; volvió á ponerse tricolor, volteó el sombrero entre las manos, se atusó luégo el pelo, carraspeó mucho, y dijo al fin, con voz ronquilla y destemplada, porque el corazón le daba en el pecho cada porrazo que le aturdía:

--¿Que si la he hablado!... Muchas veces... miento: ninguna... es decir, para que el diablo no se ría de la mentira: hablarla _de veras_, una sola.

--Pues mira, ya es algo eso. Y ¿qué cara te puso cuando la hablaste de veras?

--¡Como el sol de los cielos, porque así es la suya!

--¿Dijístele algo de lo que deseabas?

--Yo creo que sí... ó puede que no, aunque pretender, pretendílo; pero le entran á uno en esos trances tales congojas y malenconías, y unos trasudores, y siéntense unas ansias en el pecho, y pónense unas telas en los ojos, que por aquí va el hombre con la palabra, y por allá va el su pensamiento.

--Con tal que ella te entendiera... ¿sabes tú si te ha entendido?

Trocóse en fuego la timidez de Nisco, y respondió impetuoso:

--Diera este brazo por saber que sí; que tal me miraron sus ojos y tal me habló con su boca, que luceros de la noche y sinfonías de la gloria me parecieron. ¡Qué señales fueran mejores de que lo alto se abajaba!

--¿Conózcola yo, Nisco?

--¡Como al mesmo personal de usté!

--Pues, hombre, para lo poco que falta ya, dime quién es.

Quedóse aquí Nisco como quien ve visiones, con los ojos encandilados, la boca abierta, cárdeno el semblante y creo que hasta sin pulsos.

En esto se oyó ruido en el corredor, y Ana y Pablo entraron en la sala un instante después. Ana llegó á ver la escena tal como quedó á la última palabra de María. Pablo, al reparar en su amigo, le preguntó:

--¿Me esperabas, eh?

--No... sí... digo, creo que no.., es decir, puede que sí,--respondió Nisco.

--¡Hombre, parece que estás atolondrado! Pues mira--añadió Pablo mientras Ana y María se abrazaban y salían juntas al balcón,--perdona por esta tarde, que estoy muy ocupado, y vuélvete á la noche un rato, como de costumbre... si quieres.

Nisco, que necesitaba aire fresco, despidióse y salió de la sala hecho un palomino. Junto á la escalera halló á don Juan de Prezanes que subía con su compadre, el cual llamaba á su mujer á voces para avisarle la llegada del amigo. Cerca de la portalada alcanzó el mozo á don Valentín, que iba á salir también. El veterano, mientras zarandeaba el casaquín y se sonaba las narices con ímpetu, gruñía y murmuraba. Nisco le oyó decir con ira, mientras levantaba el picaporte del postigo:

--¡Sabandijas!... ¡Servilones!...

No fué Nisco en derechura á su casa: estuvo oreándose la cabeza y los pensamientos largo rato por brañas y callejos. Pasando por una encrucijada, vió venir á Catalina. Irguióse altivo al emparejar con ella, y observó que traía la cara más risueña y el andar más resuelto que horas antes.

Y díjole la moza al cruzarse con él:

--¡Híspete, pavo, que ya te pelarán!

Á lo que respondió Nisco, mirándola por encima del hombro:

--Taday... ¡probeza!...

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XI

APUNTES PARA UN CUADRO

Bien corrida era ya la media tarde cuando despertó don Baldomero, porque fué Sidora á levantar la mesa y le dió en la cara con el mantel al echársele debajo del brazo. Incorporóse el hombre lentamente, bostezando mucho y con grande clamoreo; se desperezó á sus anchas, lió un cigarro y le encendió sin dejar de estremecerse ni de bostezar entre chupada y chupada. Salió después del caserón, y, paso á paso, llegó á la taberna, café de los holgazanes desidiosos de aldea.

Junto á la enrejada ventana, por donde el tabernero despachaba á los parroquianos vergonzosos, había una mesa de basto tablero, y alrededor de ella, sentados, hasta tres personajes que voy á presentar al lector, porque debe conocerlos. Vestía el uno un traje entre andaluz y de la tierra (ancha faja de estambre negro á la cintura, calañés, chaleco desceñido, y en mangas de camisa); andaría rayando con los treinta y cinco años; y como aún era _mozo soltero_, presumía de apuesto sin serlo cosa mayor; ostentaba en la cara anchas patillas negras; miraba gacho y hablaba ceceoso y lento, más por alarde que por natural disposición. Había estado, de mozo, en Andalucía, como tantos otros coterráneos suyos; y era casi el único resto del antiguo _jándalo_, de los que volvían á caballo, entre rumbo y alamares, escupiendo por el colmillo y, á creer lo que ellos mismos aseguraban, sembrando el camino real de pañuelos de seda y onzas de oro.

No le dió á éste gran cosa la vanidad por ese lado: en cambio, su boca era una carnicería, hablando, mientras acariciaba con la mano el cabo de una navaja que siempre llevaba asomando por el ceñidor, de la gente que él había despachado al otro mundo, no más que por tocarle con el codo al pasar, ó por no dejarle la acera libre, ó por mirar dos veces seguidas á la mujer que por él se moría. Con esto, con no trabajar nada, con frecuentar demasiado la taberna y con amenazar en voz sorda, marcando mucho la sonrisa, al lucero del alba á cada paso, llegó á hacerse temible en Cumbrales, aunque no hay memoria de que nadie le viera cumplir una pizca de lo mucho que ofreció en su vida, ni siquiera tomar parte en las serias contiendas de que fueron causa sus baladronadas impertinentes, en corros y romerías. Pretendió á todas las buenas mozas de Cumbrales, y de todas recibió calabazas; apechugó después con la que quedaba, y ocurrióle lo mismo. Desde entonces se hizo protector de las mozas de Rinconeda, y esto acabó de desacreditarle en su pueblo. Llamábanle el _Sevillano_, y nadie le podía ver en Cumbrales, pero ninguno se atrevía á decírselo á la cara.

El personaje que estaba enfrente de él en la mesa era un mocetón hercúleo, de mucha y enmarañada greña, y sobre ella, tirado de cualquier modo, un sombrero negro de anchas alas. Estaba despechugado y dejaba ver un cuello robusto, unido al abovedado pecho por un istmo de pelos cerdosos, entre músculos como cables. No era fea su cara, pero tampoco atractiva, aunque risueña. Pecaba algo de sucia, y no eran sus ojos garzos todo lo grandes ni todo lo pulcros que fuera de desear. La barba, no muy bien afeitada, y el pelo, tenían un color mal determinado, entre rubio y negro, matiz que daba una feísima entonación al rostro; el cual, sin haber en él reflejo alguno de maldad, acusaba cierta grosería de instintos que repugnaba. Pues este mocetón, también en mangas de camisa y con la chaqueta al hombro, era el famoso _Chiscón el de Rinconeda_, gran amigo del Sevillano de Cumbrales, y pretendiente de Catalina desde que Nisco la había dejado. Tenía algunos bienes, y era trabajador cuando quería; pero mucho más dado á zambras y bureos, y un apaleador de gran fama.

El tercer personaje era un pobre hombre, de edad incalculable á la simple vista, anguloso y acartonado, encogido y bisunto.

Aunque cargado de familia, tenía horror al trabajo duro del campo, y se había propuesto hacerse rico de sopetón; para lo cual contaba con dos elementos importantísimos: su ingenio y la manía de las herencias gordas _de la otra banda_. De su ingenio eran producto multitud de artefactos, para los que había pedido, con mal éxito, privilegio de invención ó cincuenta mil duros al Estado. El más ingenioso de sus inventos, y por el que revolvió la provincia entera hasta conseguir que el ministro de Fomento examinara el prodigio, fué un cepo para cazar topos en el instante en que estos minadores sempiternos arrojan la tierra sobre el prado; pero se tocó el inconveniente de que era preciso adivinar dónde iba á formarse la topera para colocar allí el aparato y juzgar de su utilidad, y no hubo ocasión de tratar del punto _secundario_ que se mencionaba en la breve _memoria_ del autor, ó sea el millón y medio que éste pedía por el invento, aunque con la obligación de construir uno á sus expensas para las necesidades del Gobierno de la nación. En estos ensayos empleaba la mayor parte del tiempo que pasaba en casa, serrando listones y tabletería que atrapaba aquí y allí, aviniendo y combinando pedazos, fuerzas y resistencias. Diéronle, por esto, el nombre de _Tablucas_, y con él se le llamaba y á él respondía, casi olvidado ya del verdadero.

No por estas atenciones descuidaba el asunto de las herencias, que todos los días le daba no poco que hacer. Siempre tenía una ó dos entre manos. Referían los periódicos que un archimillonario había muerto en el Japón, supongamos; contábanselo á él los que ya le conocían el flaco, ó lo inventaban, ó llegaba un pobre á la puerta y le decía:--«Y ello ¿habrá algo de cierto en eso que se corre al auto de unos treinta millones que están depositaos en el Gubierno de arriba, por no conocerse á los herederos del montañés que los dejó al morir en el Pirul, de Padre Santo, rey... ú cosa así?» En cualquiera de los casos preguntaba Tablucas:--«¿Está ese pueblo en _la otra banda_?» Contestábanle siempre que sí; y ya no necesitaba saber más.

Hubo en su familia un individuo que sobre el año 20 pasó á las Américas y de cuyo paradero no volvió á saberse nunca; y en todos los ricos, muertos abintestato en _la otra banda_, es decir, en América, en la China... en cualquier punto remoto de la tierra, llamárase aquél como se llamara, veía Tablucas á su pariente, rebuscando su genealogía, cotejando fechas y acumulando supuestos é imaginaciones. Colocado ya sobre el rastro del asunto, como él decía, consultábale con los licurgos callejeros de Cumbrales; después con los abogados de veras; luégo con el cónsul de la nación en que había muerto el pariente, y, por último, trataba de entenderse con el ministro de Estado. Á todo esto, llenándose los bolsillos de papelucos con nombres de personajes, respuestas vagas de este agente ó del otro alcalde, y de fes de bautismo, sin que faltara la del ignorado pariente, y arreglando en su imaginación la historia de tal modo, que el más sutil se quedaba perplejo al oirla. Todo esto le costaba dinero, viajes y molestias sin número; pero vendía gustoso el mendrugo de su familia, y jamás le cansaban las idas y venidas, ni le desalentaban desengaños ni malas razones. Así, hasta que se moría otro millonario, y dejaba, por seguir á éste, el rastro del anterior, exclamando al emprender la nueva campaña, alegre y regocijado:--«¡Bien dije yo siempre que _por este lado_ había de venir la herencia!»

Por lo demás, aunque frecuentaba mucho la taberna, no era gran bebedor, y rara vez se emborrachaba. Hablar de sus máquinas y enseñar los papeles referentes á la millonada que estaba para caerle, era su pasión predominante fuera de casa.

Detrás del mostrador estaba, llenándole de cuentas con tiza, Resquemín, el tabernero, hombre bien engrasado, algo viejo y de áspero y avinagrado humor.

Sobre la mesa, entre los tres personajes descritos, había, además de un jarro con su correspondiente vaso, una ociosa baraja, algo parecida, por lo resobada y maltrecha, á aquélla con que Pedro Rincón y Diego Cortado ganaron al arriero de la venta del Molinillo doce reales y veintidós maravedís, si no me engaña la memoria.

Ociosa, como he dicho, estaba la baraja, acaso porque faltaba un pie para un partido á la flor de cuarenta; pero no lo estaba tanto el vaso, que á menudo andaba de mano en mano y de boca en boca, colmado del tinto que oportunamente escanciaba Chiscón, quien, por las trazas, era el que convidaba allí.