Part 6
Con lo cual se marchó Nisco á casa de Pablo; y momentos después, medio tendido en el suelo, sobre las melenas de uncir los bueyes; apoyado el tronco sobre el codo del brazo izquierdo; el extremo del asta sobre la rodilla levantada, y el filo del dalle deslizándose, al suave empuje de la mano izquierda, por encima del yunque clavado en tierra, canturriaba una copla el bueno de Juanguirle, al compás del tic, tic de su martillo, sin acordarse más del cargo que ejercía en el pueblo ni de la visita de don Valentín, que del día en que le llevaron á bautizar.
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VIII
ÉGLOGA
Caminando Nisco de su casa á la de Pablo, como las callejas eran angostas y sombrías y convidaban á meditar, andando, andando, meditaba y acicalábase el mozo, pues á ambas cosas era dado, como soñador y presumido que era; y ¡vaya usted á saber por dónde volaba su imaginación mientras se atusaba el pelo con la mano, y observaba la caída de las perneras sobre los zapatos, y estudiaba aires y posturas, sonrisas y ademanes!
Á lo más angosto de la calleja llegaba, punto extremo de la parte recta de ella, paso á paso, mira que te mira el propio andar y soba que te soba el pelo, cuando topó cara á cara con Catalina, la moza más apuesta y codiciada de Cumbrales. Pareja tan gallarda como aquélla, no podía hallarse en diez leguas á la redonda. Si él era el tipo de la gentileza varonil y rústica, ella era el modelo correcto de la zagala ideal de la égloga realista. Y, sin embargo, á Nisco no le gustó el encuentro, y hasta le salió á la cara el desagrado en gestos que devoraron los negros y punzantes ojos de Catalina.
Con voz no tan firme como la mirada, dijo al mozo, cuando le vió delante de ella vacilando entre echarse á un lado para dejar el paso libre, ó detenerse para cumplir con la ley de cortesía:
--Si fuera la calleja tan ancha como el tu deseo, bien sé que los mis ojos te perdieran de vista ahora.
--Supuestos son esos, Catalina--respondió Nisco de mala gana,--que pueden venir... ú no venir al caso.
--Hijo, lo que á la cara salta, de corrido se lee.
--Si á ese libro vamos, de tí pudiera yo decir lo mesmo, Catalina.
--Abierto le llevo, es verdad; pero no leerás en él cosa que me afrente.
--Ninguna ventaja me sacas al auto.
--Eso va en concencias.
--La mía está como los ampos de la nieve.
--Entonces, ¡Virgen santa!--exclamó Catalina llevándose hasta la boca las manos entrelazadas,--¿qué color tienen los corazones falsos y traidores?
--Si por el mío lo preguntas, cuenta que te equivocas,--respondió Nisco fingiendo mal el aplomo que le faltaba.
--¡Con que me equivoco? ¡Con que tu corazón no es falso? ¡Con que no se apartó del mío de la noche á la mañana?
--Ninguna escritura habíamos firmao tú y yo.
--¿De cuándo acá necesita escrituras el querer con alma y vida, trapacero y engañoso! ¿Qué más escritura que el sentir de la persona! Desde que sé pensar, para tí ha sido día y noche el mi pensamiento: cortejantes me rondaron sin punto de sosiego... bien sabes tú que ninguno fué capaz de quebrantar la mi firmeza; y si la cara me lavaron á menudo por vistosa, por ser yo prenda tuya no tomé á embuste las alabanzas. Bienes tiene mi padre que han de ser míos: no dirás que por cubicia de los tuyos te perseguí. Señor fuiste de mi voluntad; y con serlo y todo, nunca en mi querer vistes obra que no fuera honrada y en ley de Dios... ¿Qué mejor escritura de mi parte! Y si no me engañabas cuando tanta firmeza me prometías, ¿por qué hace tiempo que de mí te escondes? Y si para mirarme á mí te puso Dios los ojos en la cara, como tantas veces me dijistes, ¿por qué no cegaron desde que no me miran? Si para mí eras en el porte la gala de Cumbrales, ¿para quién son ahora las prendas con que te emperejilas hasta para ir al monte?
Agobiado parecía Nisco bajo este capítulo de cargos; y, sin duda por no tener su causa buena defensa, sólo pudo contestar, atarugado y de muy mala gana, estas palabras:
--Hay mucho que hablar al auto, Catalina.
--¡Mucho que hablar!--repuso Catalina entre admirada y afligida.--¿Para cuándo lo dejas, falso? ¿Qué menos consuelo has de darme que la razón de lo que has hecho!
--Ahora voy muy de prisa... Mañana ú el otro...
--Sí, vete, fachendoso; vete á tomar aires de señorío, que han de caerte como arracada en oreja de mulo. ¡Ay, Nisco! no le pido á Dios más sino que sea verdad lo que se corre.
--¿Qué se corre?--preguntó Nisco más colorado que un tomate.
--No quiero decírtelo, porque no te acabe de sofocar el sonrojo, que ya cerca le anda.
--¡Yo no tengo nada que me abichorne, sépastelo!
--Si tienes ó no, el tiempo lo dirá, y allá te espero.
--Pues vete asentándote ya.
--¡Sube, sube, que chimeneas más altas han caído!
--Valiérate más mirar por lo tuyo, Catalina, que meterte en la hacienda del excusao... Y ya que me haces hablar, diréte que bien poco había que fiar de tus quereres, cuando, por volver yo la espalda, estás dando cara á otro... y de Rinconeda, para mayor inominia.
--Es verdad: uno de allá me pretende desde que tú me dejaste, y hasta sé que va á pedirme.
--Pues dile que sí, y con eso tendrás todo lo que necesitas. Yo no he de ponerte pero, que fenecida eres por lo que me toca.
Este brutal alarde de desdén produjo en Catalina el efecto de una puñalada.
--Lo que yo necesito, Nisco, para mi venganza--contestó, con los ojos arrasados en lágrimas,--son dos corazones, ó no haber querido nunca con el que tengo.
Y como, al hablar así, la ahogaran los sollozos, se llevó el delantal á la cara y apoyó el hermoso busto contra la pared.
Nisco intentó decir algunas palabras en disculpa de lo que tan mal efecto produjo en Catalina; pero no acertando á coordinar una mala frase de consuelo, cortó por lo sano largándose á buen andar.
No se sabe, á punto fijo, á dónde iba Catalina cuando se encontró con Nisco; pero está fuera de duda que, no bien le perdió de vista en la solemne ocasión mencionada, retrocedió presurosa, y, andando, andando, llegó á una casita, punto más que choza, baja, muy baja, pobre, muy pobre, arrimada, como de misericordia, al paredón más alto de unas ruinas antiquísimas, sin dueño conocido, que poco á poco se iban desmoronando, hacia el extremo occidental de Cumbrales.
Fuera de la casuca, junto á su puerta entreabierta, y sentada en un canto arrimado á la pared, estaba una vieja, flaca y apergaminada, acabando de remendar, á duras penas, por falta de vista y de pulso, un refajo negro con hilo blanco teñido en el sarro de una sartén que en el suelo yacía boca abajo.
En uno de mis libros he dicho yo que no hay en la Montaña una aldea sin su correspondiente bruja. Pues la vieja de quien voy hablando era la bruja de Cumbrales. Temida de los más y aborrecida de muchos, raro era el día sin quebranto para la pobre mujer: unas veces por que con sus artes no hacía los imposibles que se le pedían; otras porque se la creía causante de todo lo malo que acontecía en el lugar. Así es que vivía de milagro, porque lo era, y grande, vivir, como ella, de limosna, con semejante fama, tantos años encima y tales tratamientos. ¡Qué diferente vida la que pasó con su marido! Entonces trabajaban unas tierras, tenían una vaca y moraban en buena casa en el mejor de los barrios. Alternaban en todo trato lícito y honrado con sus convecinos, y hasta eran, él por lo diestro en _encambar_ carros, y ella por lo famosa en preparar el lino, muy solicitados y bien retribuídos de las gentes. Pero, á lo mejor de la vida, acabóse la del hombre, de la noche á la mañana; y ya bien entrada en años la mujer, sola y sin valimiento, tuvo que dejar la poca labranza que trabajaba y buscar un agujero en qué albergar el achacoso cuerpo, hasta que la última enfermedad le abriera la sepultura. Halló la casuca solitaria que la muerte de otro pobre, tan pobre y desvalido como ella, había dejado abandonada; y allí se metió con el mísero ajuar que le quedaba. Mientras pudo trabajar, como obrera ganaba la borona que comía; pero agobiáronla los achaques, y tuvo que vivir de limosna. En la Montaña no se muere nadie de hambre: esto es sabido y probado, porque el más miserable parte un mendrugo con el vecino que carece de él; pero ni en la Montaña ni en región alguna del mundo, engorda la limosna á quien de ella vive, por abundante que sea. Hay siempre en el corazón humano fibras indómitas á prueba de virtudes, y raro es el bollo regalado que no produce un coscorrón al hambriento.
Como según el tiempo iba pasando íbase la buena mujer enflaqueciendo, y sólo se la veía en el lugar para pedir limosna en casa de don Pedro Mortera ó en la de don Juan de Prezanes, para ir á misa cada día de fiesta, ó de paso para la villa, á donde hacía también sus excursiones á menudo; y como no se concibe entre las gentes campesinas una mujer vieja, flaca y encorvada, sola, pobre y taciturna, sin tratos con el demonio, cata á la de mi cuento, de la noche á la mañana, bruja _con todas sus consecuencias_, sin lo que el supuesto no tendría maldita la gracia. Dieron en morirse muchas gallinas en aquel entonces y en faltar otras del gallinero, alguien vió plumas junto á la choza de la pobre mujer; y esto bastó para que, creyendo á la bruja aficionada al averío, la llamaran las gentes de Cumbrales la _Rámila_; el cual mote le quedó por nombre... también _con todas sus consecuencias_.
No era Catalina de las más supersticiosas del lugar, ni, en su opinión, tan mala la bruja como las gentes creían: sobraba entendimiento á la buena moza para no tragar los absurdos vulgares como pan bendito; pero faltábale instrucción y era aldeana, y, por ende, llegaba hasta dejar las cosas en «veremos,» lo cual era rayar muy alto en la materia. Quiero decir con esto que al acercarse á la Rámila, impávida y resuelta, iba tan lejos de tenerla por santa, como por confidente del demonio.
Llevábala á casa de la bruja, no la reflexión, sino un vértigo del espíritu, obra del reciente choque de su pasión generosa con el desdén brutal de Nisco. Sentía el dolor de la herida en lo más hondo del corazón, y buscaba algo que debía de haber para calmarle, aunque fuera el triste placer de la venganza. Sospechaba, pero no conocía, la verdadera causa del desvío de su novio, é ignoraba qué le dolía más, si el recelo de que otra mujer se le llevara, ó el temor de perderle ella; qué era lo que con mayor urgencia necesitaba, si reconquistar el bien perdido, ó hacer que _la otra_ no le adquiriera para sí. En cualquiera de estos casos, ¿cómo, cuándo y por qué camino, si no tenía otra luz para orientarse en el abismo en que se hallaba que el notorio desvío del ingrato? Filtros, adivinaciones, sortilegios, hechicerías por arte del diablo, noticias ciertas, consejos sanos por modo lícito y natural, y, en último extremo, ocasión de desahogo del pecho acongojado, casi en el secreto de la confesión... Todo esto, ó mucho ó algo de ello, podía encontrarse en la choza de la Rámila; y por eso iba Catalina al antro de la bruja; y por eso, cuando se halló delante de ella, no supo explicar lo que quería. Al último, refirió la historia de sus desventuras, que es por donde debió de haber empezado. Lloró mucho, y la Rámila la dejó llorar hasta que ya no hubo lágrimas en sus ojos ni quejidos en su pecho.
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IX
LAS PRIMERAS CHISPAS
Quien haya visto el mar después de un temporal deshecho, tenderse en la playa, rumoroso y ondulante, lamiendo manso lo que antes azotó iracundo, y trocados en arrullos sus bramidos, tendrá una idea del estado de don Juan de Prezanes, horas después de la borrasca que el lector presenció. En el fondo de aquella alma, transparente como el más limpio cristal, no se descubría un solo rencor. Remordimientos y heridas, sí. Remordimientos, porque su buen sentido, libre de las cadenas de la pasión, decíale que para defender su derecho no había necesidad de enfurecerse como él se enfurecía, dando con ello monstruosas proporciones á lo que de suyo era, en sus comienzos, pequeño y baladí, y rebajando lastimosamente el nivel de su propia dignidad. Hasta concedía, cierto derecho á su amigo para desaprobar sus viejas alianzas con determinadas gentes, porque á la vista estaban los muchos males qué habían producido al pueblo, y los grandes disgustos que á él le habían acarreado, sin un solo beneficio; pero nada más que _cierto derecho_: no en la amplitud en que su compadre se le tomaba y le comprendía. Y por aquí andaba el punto doloroso. Grabadas estaban en su memoria palabras de acero que, en el calor de la disputa, se le habían lanzado al corazón, sin respeto alguno á la honradez de sus intenciones ni á la _enfermedad_ de su temperamento, causa eficiente de los arrebatos á que de continuo se entregaba, contra sus deseos y propósitos.
Apenábale el dolor de estas heridas, hechas sobre frescas cicatrices, y, por lo mismo, doblemente dolorosas; pero curábalas con la reflexión de que otras tales había causado él en la batalla; con el bálsamo del perdón implorado por su contendiente, y con la esperanza de que la reciente reyerta sería la última entre él y el amigo á quien más quería en el mundo. _Pero_, hecha entre los dos la definitiva liquidación de agravios, y vuelto cada cual á su tienda, que no se le obligara á él á dar el primer paso en la nueva y edificante vida que ambos habían de hacer en adelante. Era él el más desgraciado, el más solo y el más ofendido de los dos, y no podía arraigar la reconciliación en el fondo del alma, si se cimentaba en tan palmaria injusticia. En cambio, si, libre y espontáneamente, su amigo, ó cualquiera de la familia de su amigo, diera ese paso decisivo, ¡con qué ansia le saldría al encuentro y le recibiría en sus brazos, y firmaría entre ellos, con el olvido de todos los agravios, eternas y venturosas paces!
Así pensaba, arrimado á la mesa de su despacho, y en la palma de la mano reclinada la descolorida frente, mientras Ana, sentada á su lado y leyéndole los pensamientos (porque los hombres como don Juan de Prezanes, no solamente son niños toda la vida por su afición á las cosas pequeñas, sino por su propensión á meditar á voces), le prometía lo que él deseaba y mucho más.
--Por si te equivocas--llegó á responder su padre,--bueno será que hagas el sacrificio de acompañarme esta tarde. La soledad es mala consejera, hija mía.
Lo que en rigor buscaba don Juan al tener á Ana toda la tarde á su lado, era el convencimiento de que si alguno de la otra casa iba á visitarle, lo haría por iniciativa propia, no por sugestiones, y quizá ruegos, de su hija, quien, hablando en rigor de verdad, en lo tocante á que se cumplieran sus promesas, no las tenía todas consigo.
En esto apareció Pablo en el corral, y á don Juan de Prezanes, al verle, se le escapó del pecho un rugido de gozo.
--¿Lo ve usted!--le dijo Ana sin disimular el grandísimo que ella sintió al mismo tiempo.
No podía, en aquella ocasión, enviarse al abogado de Cumbrales emisario más de su gusto. Sin embargo, recibió al mozo con estudiada seriedad. ¡Hasta en los menores detalles son niños los hombres quisquillosos!
--¡Ya es hora de que le veamos á usted por acá, señor don Pablo!--dijo, respondiendo al saludo cordial del joven.
--¡Como, á veces, no sabe uno en qué peca más!...--replicó éste.
--Como andaban ustedes de monos--añadió Ana,--habrá creído Pablo que no estaba el horno para rosquillas.
--Cabalmente,--dijo Pablo con la mayor sinceridad.
--¿Es decir--repuso don Juan con mal disimulada vehemencia,--que, por tu gusto, me hubieras visitado alguna vez?
--Pues como de costumbre: todos los días.
--¿De manera que al verte hoy á mi lado, sin miedo de que este ogro te devore, debo suponer que, en tu concepto, esos monos ya no existen?
--Justo y cabal.
--Y ¿quién se lo ha dicho á usted, caballerito?--preguntó aquí don Juan de Prezanes, dejando traslucir, en la mal fingida dureza de la pregunta, el propósito que ésta envolvía.
--¿Quién podía decírmelo sino mi padre?--contestó Pablo sencillamente, mientras Ana iba con anhelante mirada del uno al otro interlocutor.
--¿Luego su señor padre de usted--continuó don Juan,--no se opone á que se me haga esta visita?
--Como que traigo el encargo de brindarle á usted á tomar chocolate con él... digo, si no le queda á usted algún resentimiento...
--¡Qué cosas tiene tu padre, hombre!--exclamó el nervioso abogado, llenando todo su pecho de aquella especie de aura bienhechora que esparcía en la estancia el recado de su amigo.--Yo no tengo resentimientos con nadie, y mucho menos con vosotros... ¡Vayan al diablo, si es preciso, _esas cosas_ que no me interesan dos cominos y tan malos ratos me dan! Armonía con todos y sosiego en el hogar, Pablo: esto es vivir; que no está uno contento de sí mismo mientras se halle en guerra con los demás. Con que raya por debajo, y no volvamos á hablar del asunto.
Así comenzó á entregarse don Juan de Prezanes á la pasión de regocijo que le solicitaba rato hacía, creyendo á salvo ya todos los fueros de su amor propio. ¡Cuántas veces se había hallado en idéntica situación!
Preguntó á Pablo muchísimas cosas, sin orden ni concierto, mientras se paseaba á lo largo de la estancia; y su ahijado, muy cerquita de Ana, tan pronto contemplaba la labor que ésta tenía entre manos, como miraba las nubes por la ventana abierta. Llegando á preguntarle por la vida que traía, respondió el mozo en breves palabras, porque era escasa la materia y á la vista estaba en todo el lugar. Á lo que dijo don Juan de Prezanes:
--Pues mira, hombre: si he de decirte lo que siento, tratándose de un muchacho de tus condiciones, no me gusta ese modo de vivir. Bueno que tomes apego á las faenas del campo; bueno, en fin, que trates de ser un labrador hecho y derecho, pues que en eso has de venir á parar, según las trazas; pero en lo demás... en lo demás, Pablo, deseara yo que anduvieras con mucho tiento. Quiero decir que guardaras las distancias un poco más de lo que las guardas. Estás llamado á ser, por tu posición, la persona principal de Cumbrales, y esta circunstancia te impone ciertos deberes. Conviene que estas gentes te vean, pero á tiempo y no á todas horas y en todas partes; que te traten, pero que no te manoseen, si mañana han de tenerte en algo y ha de aprovecharles tu importancia; que los aventajes en todo lo bueno, pero que no intentes igualarlos en lo que pueda desautorizarte á sus ojos. Natural es que juegues á los bolos cada día de fiesta con los mozos de tu edad; pero no lo es tanto que bailes á su lado con las mozas en las romerías, y mucho menos que te agregues de noche á sus rondas y parranderas. Bien sé yo que á los años hay que darles lo que es suyo, y que aquí no se halla otra cosa mejor que eso para lo que pide la mocedad; pero considera que hay que estar á las duras y á las maduras, y que las duras de esos pasatiempos pueden ser muy graves para tí, sobre todo si tratas de buscar el desquite. Cuando menos, esas costumbres tienen de malo el que su centro natural es la taberna; y en la taberna, Pablo, siempre hace un desdichado papel la levita.
Ana atajó aquí á su padre, temerosa de que el mozo se resintiera de la homilía que le estaban enderezando, y dijo á éste en el tono zumbón que tan bien sentaba á la traviesa joven:
--No dirás, Pablo, que, para improvisado, es malo el sermón de tu padrino.
--¡Sermón no!--saltó don Juan, apresurado.--¡Líbreme Dios de meterme en esas honduras!... ¡y cuando aún me rasco los coscorrones de uno muy amargo! No, hijo mío; no te predico ni trato de molestarte: digo sencillamente lo que siento, porque te quiero mucho y ha venido á pelo. Y con esta advertencia, y ya que lo tengo entre los labios, he de decirte, para concluir, que no me disgusta Nisco, el hijo del alcalde: es mozo de juicio, aunque pudiera ser menos presumido y valdría más; pero ¿por qué es tan amigo tuyo? De un tiempo acá, no os separáis. Ya sé que sois camaradas de la infancia; pero me parece demasiada intimidad la que os une para lo diversas que son vuestras educaciones. Lo probable es que se te pegue á tí su tosquedad, y no á él tu cultura.
--Pues ¡vea usted lo que son los juicios humanos!--respondió Pablo, mientras Ana atendía al diálogo con vivísima curiosidad, particularmente desde que su padre había nombrado al hijo de Juanguirle.--Precisamente porque se le pegue eso que usted ha llamado mi cultura, anda Nisco tan cerca de mí un tiempo hace.
--Asegúranlo por ahí--dijo Ana con malicia;--y es raro el caso.
--Pues yo le encuentro lo más natural del mundo--replicó Pablo.--Nisco es un mozo trabajador y muy despierto, harto más inteligente en su oficio que la cáfila de zopencos que le critican. Acompañábame al cierro del monte; me enseñaba lo que yo no sabía, y me ayudaba, y me ayuda, con su inteligencia, y hasta con sus brazos, en aquellas faenas que están á mi cuidado exclusivo desde que el cierro se roturó. Escribía mal y leía peor, porque no le enseñaron otra cosa. Andando en mi casa y descansando en mi cuarto muy á menudo, vió libros sobre la mesa y quiso que le leyera algunos. Eran cuentos agradables; gustáronle y deseó saber leerlos como yo se los leía, para penetrarlos mejor; después deseó también soltarse en la escritura, y comencé á darle lecciones de uno y de otro con mucho gusto, porque yo observaba el muy grande con que él las recibía. Y así estamos. No llegará á ser nunca gran pendolista ni un lector de nota, porque el oficio que trae es incompatible con esos primores; pero adelanta, se sujeta mucho, despiértanse en él aficiones y gustos superiores á su condición, y esto es muy recomendable; y, sobre todo, padrino, Nisco es lo mejor del pueblo para los fines que usted me predica, y á Nisco me agarro.
--¡Bien vuelta, muchacho!--contestó don Juan hecho unas castañuelas;--lo cual no quita que el pobre mozo, por el camino que va, se queda tan lejos de ser hombre culto, como de las labranzas de su padre; y ¡entonces sí que le tocó la lotería! De modo que tampoco es Nisco lo que te conviene para mucho tiempo.
--Pues usted dirá,--repuso Pablo, con una formalidad tan noblota, que hizo reir á don Juan y á su hija.
--¿Es cosa resuelta--preguntó el primero,--que abandones la carrera que seguías en la Universidad?
--Resuelta.
--Pues entonces, ¿qué demonio te diré yo, hombre? Si has de vivir perpetuamente en Cumbrales; si á la edad que tienes no sacas de tí mismo recursos para hacer la vida entretenida y llevadera, sin necesidad de tocar los extremos peligrosos de que antes te hablé; y si, á pesar de estos inconvenientes, has de ocupar con el decoro debido el puesto que aquí te corresponde, sólo veo un medio de conseguirlo: cásate.
¡Cosa rara! Ana, que seguía con la vista á su padre mientras hablaba así, no bien oyó su última palabra, se puso roja como una amapola, bajó la cabeza sobre la labor, y no encontraba postura cómoda en la silla. Cuanto á Pablo, sin duda porque no había otra mujer que Ana allí, volvió los ojos hacia ella... y rojo se puso también al choque de su mirada curiosa con la turbada y eléctrica de la hermosa joven. ¡Singular efecto de una palabra vulgar y prosáica! Ni siquiera tuvo el color de la malicia, puesto que don Juan de Prezanes, cuando la pronunció, estaba arrimado á la ventana y mirando maquinalmente las nubes del horizonte.
Al volverse luégo hacia Pablo en demanda de su respuesta, ya era éste dueño de sí.
--Con que ¿qué te parece mi proposición?--dijo al mozo.
--Que tiene mucho que estudiar... y que _se estudiará_, padrino,--respondió Pablo con singular firmeza.
--Así me gustas, ahijado; y de tal modo, que si te decides por la afirmativa, me brindo á ser tu padrino de boda... Entre tanto, basta, si os parece, de conversación, y vamos á tomar ese chocolate que me ofrecen en tu casa. Créeme que tengo grandísimos deseos de ver á tu madre y á tu hermana, pobres víctimas inocentes de nuestras majaderías.