Part 5
Á lo largo de aquel salón, gesticulando y hablando solo al mismo tiempo, paseábase un hombre no muy alto, seco, moreno verdoso y algo encorvado; pero ágil todavía, á pesar de sus muchos años. Comenzando á describirle por la cúspide, pues no había un punto en todo él de desperdicio para el dibujante, digo que la tenía coronada por un sombrero de copa alta, con funda de hule negro; seguía al sombrero una cara pequeñita y rugosa, cuyos detalles más notables eran los ojos verdes y chispeantes, como los del gato; las cejas blancas y erizadas; la nariz un poco remangada y gruesa, y debajo, á plomo de las ventanillas, sobre una boca desdentada, dos mechas cerdosas, separadas entre sí, formando lo que se llama, vulgar y gráficamente, _bigote de pábilos_. Las quijadas y la barbilla sustentábanse en las duras láminas de un corbatín militar de terciopelo raído, dentro de las que se movía el flácido pescuezo, como el del grillo entre su coraza. Vestía el singular personaje pantalón de color de hoja seca, corto y angosto de perneras y con pretina de trampa; chaleco azul, cerrado, con una fila de botones de metal amarillo, hasta la garganta, y, por último, casaquín, de cuello derecho, con narices en los arranques de las aletas traseras, ó faldones rudimentarios, prenda que fué muy usada, hasta no há mucho tiempo, en la Montaña, por los señores de aldea. El de quien vamos hablando no se la quitaba de encima jamás, acaso por los vislumbres marciales que despedía, combinada con estudio con el chaleco cerrado, el corbatín de terciopelo y el sombrero con funda.
Ya habrá adivinado el lector que se trata del héroe de Luchana, don Valentín Gutiérrez de la Pernía, de quien nos ha dado algunas noticias su hijo don Baldomero, en el banco de la Cajigona.
No se cruzó un triste saludo, y estoy por asegurar que ni una mirada, entre uno y otro personaje; pero movidos ambos de un mismo pensamiento, acercáronse á una mesa que estaba arrimada á la pared y con una de sus alas levantada. Sobre el menguado y no limpio mantel, tendido encima, había una botella, dos vasos, otros tantos platos con los correspondientes cubiertos (de peltre, si no mentían las apariencias), una escudilla sobre cada plato, un cuchillo de mango negro, y como dos libras de pan en media hogaza, no de flor ni del día. Ni don Valentín se quitó el sombrero forrado de hule, ni su hijo el hongo roñoso; y no había cesado aún el clamoroso crujir de las sillas arrastradas sobre el áspero suelo, cuando se llegó á la mesa, á mucho andar, una mocetona desgreñada y en soletos, con una tartera de barro entre las manos, y en la tartera la olla humeante y lacrimosa.
Arrimándose la moza á don Valentín, acomodó la cobertera de modo que no quedara más que un resquicio en la boca del ollón; entornóle sobre la escudilla, y la llenó de caldo, soplando al mismo tiempo y sin cesar la escanciadora, para que torcieran su rumbo los cálidos vapores que subían en espesa columna vertical. Cuando hubo hecho lo mismo al lado de don Baldomero, puso la olla sobre la tartera en el centro de la mesa, y se largó á buen paso hacia la cocina, como diciendo:--Ahí queda eso, y allá os las compongáis.
Y no se las compusieron del todo mal los dos comensales. Por de pronto, partieron sendas rebanadas de pan; luégo las subdividieron en transparentes lonjas que remojaron en el caldo de las escudillas, y, por último, se tomaron la sopa resultante, que á néctar debió saberles, por lo que la pulsearon antes de paladearla. Tras este refuerzo al desmayado estómago, un trago de vino y dos castañeteos de lengua, don Valentín volcó la olla en la tartera, que encogollada quedó de potaje, sobre el cual cayeron, en las tres últimas y acompasadas sacudidas que al cacharro dió el héroe, sabedor de lo que dentro había y no acababa de salir, dos piltrafas de carne y una buena ración de tocino. Sirviéronse y engulleron copiosa cantidad de bazofia, y, tras ella, casi todo el tocino. De carne, no quedó hebra.
Ni una palabra se había cruzado todavía entre el padre y el hijo, hasta que, limpios los respectivos platos y apurados por tercera vez los vasos, dijo don Valentín, tras un par de chupetones á los pábilos del bigote, y arrojando sobre la mesa una llave que guardaba en el bolsillo de su chaleco:
--Sácalo tú.
Y con ella en la mano, fuése don Baldomero á una alacena que en el mismo salón había, embutida en la pared, y tomó de sus negras entrañas un plato desportillado que contenía como hasta tres cuarterones de queso pasiego, duro y con ojos, señal de que ni era fresco ni era bueno.
Antes de hincar en él las mandíbulas (pues es averiguado que, desde mucho atrás, no quedaban en ella ni raigones), exclamó el veterano, entre iracundo y plañidero, y como si continuara una serie no interrumpida de graves meditaciones:
--En verdad te digo que el hombre degenera de día en día, y que se acaban por instantes aquellas virtudes que hicieron del español, en otros tiempos, el modelo de los caballeros sin tacha. Ya no hay fe en los principios, ni verdadero amor á la patria, ni entusiasmo por la libertad.
Don Baldomero tragaba y sorbía, y nada respondió á su padre. ¡Estaba tan hecho á oirle cantar aquella sonata!
Don Valentín, mientras paladeaba el primer trozo de queso que se había llevado á la boca en la punta del cuchillo, continuó así:
--Digo y sostengo que no es de liberales de buena casta regalarse el cuerpo como nosotros, ni comer pan á manteles, mientras el faccioso tremola en el campo el negro pendón de la tiranía. ¿No es esto el evangelio?
--Bien podrá ser--respondió el otro, mascando á dos carrillos;--pero paréceme á mí que tendría más fuerza de verdad predicado antes de comer.
--¿Quieres decirme--saltó don Valentín,--que también yo me duermo en las delicias de Capua? ¿Quieres darme á entender, hombre sin vigor ni patriotismo, que no sé predicar con el ejemplo? Pues chasco te llevas, que, aunque viejo, todavía arde en mis venas la sangre que triunfó en Luchana; y bien sabes tú que si esta mano rugosa no esgrime el hierro centelleante en el campo del honor, no es culpa mía, sino de la raza afeminada y cobarde que me rodea y me oye, y se encoge de hombros, y se ríe de mi ardimiento, y se burla de los ayes de la patria roída por el cáncer del absolutismo.
Aquí don Valentín, devorando el último de los pedazos en que había dividido su ración de queso, arrastró hacia el centro de la mesa el plato que tenía delante; y después de beber de un sorbo, temblándole la mano y la barbilla, el tinto que en su vaso quedaba, y de plantarle vacío y con estruendo sobre el mantel, continuó de este modo, llevando la diestra al bolsillo interior del casaquín:
--Pero yo no he de faltar á mi deber, aunque el mundo entero prevarique y toda carne corrompa su camino; yo he de insistir, mientras aliento tenga, en que cada cual ocupe su puesto y lleve su ofrenda al templo de la libertad. Soy hijo del siglo; he bebido su esencia; me he amamantado en sus progresos (al hablar así reapareció su diestra empuñando una petaca de suela y un rollo de hojas de maíz); y si hay hombres á quienes ofende la luz de nuestras conquistas y seduce la parsimonia estúpida de los viejos procedimientos, yo no soy de esos hombres.
No afirmaré que lo hiciera en demostración de su aserto; pero es la verdad que, mientras tales cosas decía, raspaba con su cortaplumas una de las hojas de maíz por ambas caras, y la recortaba cuidadosamente hasta dejarla reducida al tamaño de un papel de cigarro. Púsose á liar uno, y en tanto, seguía declamando de esta suerte:
--No hay modo de convencer á estos zafios destripaterrones, de que la ley del progreso impone deberes, lo mismo que la ley de Dios... Y el progreso es fruto natural de la libertad, y la libertad padece persecuciones en el presente momento histórico... y el honor de los padres es el honor de los hijos; y donde padece la libertad, sufre el progreso; y si muere la una, acábase el otro... Pero la libertad es inmortal, porque Dios puso el sentimiento de ella en el corazón de los hombres; y siendo la libertad inmortal, el progreso no puede morir; pero pueden padecer... padecen ¡vive Dios! padecen; y padecen desdoro, porque el perjuro, el vencido en Luchana, los combate otra vez; y por el solo hecho de combatirlos, los afrenta... y el campo de batalla está á las puertas de nuestros hogares indefensos; indefensos, porque no hay patriotismo en ellos; y porque no le hay, se desoye mi voz que le invoca á cada instante, y sin cesar llama á la lid contra el pérfido... Pero yo no cejaré en mi empresa; yo levantaré el honor de Cumbrales peleando solo contra el tirano, si solo me dejan al frente de él, cuando profane este suelo con su planta inmunda. La muerte de un hombre libre lava la ignominia de un pueblo de esclavos. ¡Infelices! Ignoran que, en las corrientes del progreso, quien no va con ellas es arrollado y deshecho. Por eso mi voz es desoída aquí... por eso, en cuanto á los más, costra grosera del pobre terruño; y en cuanto á los menos, ¿qué excusa podrá salvarlos cuando la patria les pida cuenta de su conducta sospechosa? Sospechosa, sí, porque no todo es trigo limpio en Cumbrales, ¡vive el invicto Duque! Aquí también hay fósiles de los tiempos bárbaros; seres incomprensibles para quienes el tiempo no pasa, ni instruye, ni reforma, ni inventa, ni demuele. ¿En qué se conocería que vivimos en el siglo de la luz y del progreso, si ellos fueran los llamados á dirigir las corrientes de las ideas; si junto á esa raza obscurantista y retrógrada, no se alzara la de los hombres como yo?
Cuando hubo dicho esto y liado el cigarro, púsole en la boca, restregóse las palmas de las manos para sacudir el polvillo del tabaco adherido á ellas, y gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
--¡Sidora!... ¡la chofeta!
Y Sidora acudió con la única que debía quedar en el siglo; venerable joya de metal de velones, con sus dos mangos torneados, tintos en almazarrón.
Dejó la moza el braserillo clásico sobre la mesa, y marchóse, llevándose la olla vacía y la tartera con las sobras del potaje; y como ya no había qué comer ni qué beber á sus alcances, don Baldomero cogió la petaca de su padre, tomó de ella el tabaco necesario, y sin replicar ni siquiera prestar atención á lo que el veterano iba diciendo, hizo un cigarro con papel de su propio librillo, encendióle en las ascuas mortecinas de la chofeta, y comenzó á fumarle muy sosegadamente, entre eructos y carraspeos.
Don Valentín continuó un buen rato todavía declamando contra la poca fe liberal de los tiempos, hasta que reparó en su hijo, de quien se había olvidado en el calor de su fiebre patriótica; y al verle dormilento y distraído, alzóse de la silla, y díjole en tono admirativo y corajudo:
--¡Hombre, parece mentira que seas sangre de mi sangre, y que no se te despierte ese espíritu holgazán... por respeto siquiera al nombre que llevas y que, en mal hora, te pusieron en la pila, en memoria del héroe ilustre con quien vencí en Luchana! ¡Sorda y ciega sea esta imagen de él que nos preside; que á trueque de que no vea lo que eres ni oiga lo que te digo, consiento en que ignore la fe que le guardo y el altar que tiene en mi corazón!
Por toda réplica, y mientras don Valentín miraba el retrato, descubriéndose la cabeza calva, su hijo hundió los brazos en los bolsillos del pantalón, estiró las piernas debajo de la mesa, cargó el tronco sobre el respaldo hasta dar con éste y con la nuca en la pared, y así se quedó, arrojando por las narices el humo de la colilla que tenía entre los labios.
El veterano le miró con ira despreciativa; volvió á cubrirse la cabeza, y salió á cumplir con lo que él llamaba su deber, después de empuñar un grueso roten, que estaba arrimado á la pared en un rincón de la sala.
Momentos después roncaba don Baldomero con la apagada punta del cigarro pegada al labio inferior.
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VII
MÁS ACTORES
De una persona que tiene estrabismo, dicen las gentes aldeanas de por acá que _enguirla_ los ojos, ó simplemente que enguirla; y se llama la acción y efecto de enguirlar, _enguirle_. Ahora bien: Juan Garojos, hombre bien acomodado, trabajador, de sanas y honradas costumbres, alegre de genio y con sus puntas de socarrón, era un poco bizco; y como en esta tierra, lo mismo que en otras muchas, no bien se columbra el defecto en una persona, ya tiene ésta el mote encima, á Juan, desde que andaba á la escuela, dieron en llamarle Juan _Enguirla_; algunos, Juan _Enguirle_, y todos, al cabo de los años, _Juanguirle_, con el cual nombre se quedó por todos los días de su vida.
Pues este Juanguirle, un poco bizco, bien acomodado, honradote, chancero y socarrón, más cercano á los sesenta que al medio siglo, y alcalde de Cumbrales al ocurrir los sucesos que vamos relatando, hallábase en el portal de su casa, de las mejores del lugar entre las de labranza, con cercado _solar_ enfrente, para lo tocante á forrajes y legumbres en las correspondientes estaciones, sin perjuicio de la cosecha del maíz á su tiempo (pues á todo se presta la tierra bien administrada, máxime si amparan sus frutos contra las injurias y demasías del procomún, cercados firmes y el ojo del amo, alerta y vigilante), y el corral bien provisto de rozo y junco para las _camas_, y de matas y tueros para el hogar la socarreña accesoria, capaz también del carro y su armadura de quita y pon, la sarzuela y los adrales, un tosco banco de carpintería, el rastro y el ariego y muchos trastos más del oficio, que no quiero apuntar porque no digan que peco de minucioso, aunque tengo para mí que, en esto de pintar con verdad, y, por ende, con arte, no debe omitirse detalle que no huelgue, por lo cual he de añadir, aunque añadiéndolo quebrante aquel propósito, que debajo de la _pértiga_ dormitaba un perrazo de los llamados _de pastor_, blanco con grandes manchas negras, y que en el corral andaba desparramado un copioso averío, buscándose la vida á picotazos sobre el terreno que escarbaba.
Volviendo á Juanguirle, añado que estaba en mangas de camisa, canturriando unas seguidillas á media voz, pero desentonada, mientras pulía el asta que acababa de echar á un dalle; obra de prueba que pocos labradores son capaces de ejecutar debidamente. Raspaba el hombre con su navaja donde quiera que sus ojos veían una veta sobresaliendo, y luégo aproximaba á sus ojos la más cercana extremidad del asta; y tocando el _pie_ del dalle en el suelo, enfilaba una visual por los dos puntos extremos; y vuelta después á raspar, y vuelta á las visuales, y vuelta también á probar su obra, empuñando las _manillas_ y haciendo que segaba.
Cuando se convenció de que el asta no tenía pero, echó una seguidilla casi por todo lo alto; y acabándola estaba en un calderón mal sostenido, cuando el perro comenzó á gruñir sin levantarse, y se le presentó delante don Valentín Gutiérrez de la Pernía. Saludó al alcalde en pocas palabras, y en otras tantas, pero regocijadas y en solfa, fué respondido.
--Le esperaba á usté hoy, señor don Valentín,--díjole en seguida Juanguirle, volviendo á retocar el asta aquí y allá con la navaja.
--Eso quiere decir que llego á tiempo--contestó el otro.--Y ¿por qué me esperabas hoy?
--Porque, salva la comparanza, es usté como el rayo: tan aína truena, ya está él encima.
--Luego ¿ha tronado hoy, á tu entender?
--Y recio, ¡voto al chápiro verde! Y muy recio, señor don Valentín; ¡tan recio como no ha tronado en todo el año! Desde que me levanté y fué antes que el sol, no he oído otra cosa en todo el santo día... Como que si uno fuera á creerlo según suena, cosa era de encomendarse á Dios. El _menistro_ (con perdón de usté) que fué con un oficio mío á Praducos, por lo resultante de los ultrajes de ellos en el monte de acá, entendió que le cortaban el andar; y, por venirse por atajos y despeñaderos, llegó sin resuello y aticuenta que pidiendo la unción. De la pasiega no se diga, que hasta el cuévano trajo esta mañana encogollado de supuestos al respetive, y entre ésta y el otro, y el de aquí y el de allá, que lo corren y avientan, y que dale y que tumba y que así ha de ser, hasta los pájaros del aire cantan hoy la mesma solfa. De modo y manera que yo me dije: ó don Valentín es sordo, ó no tarda en darse una vuelta por acá, al auto de lo de costumbre.
--En efecto--respondió don Valentín:--en día estamos de grandes noticias; y esto me hace creer que no te hallaré, como otras veces, mano sobre mano.
--¡Mano sobre mano, voto á briosbaco y balillo!... ¿Y esto que tengo entre ellas? ¿Parécele á usté muestra de gandulería? Antayer era castaño de pie, que se curaba en el sarzo del desván; hoy está donde usté le ve, con el pulimento del caso. ¡Y que vengan los más amañantes del lugar y le pongan peros! Esto no es echar cambas, señor don Valentín, á golpe de mazo y corte usté por donde quiera: esto es obra fina, de espiga y mortaja... y punto menos que sin herramienta, porque de un clavijón hice un vedano á fuerza de puño.
--Ya sé que te pintas solo para lo tocante al oficio; pero yo no vengo hoy á visitar á Juan Garojos, sino al señor alcalde de Cumbrales, para preguntarle qué medidas ha tomado en vista de las noticias que corren.
--Pues el alcalde de Cumbrales, señor don Valentín, cumple con su deber.
--¿De qué modo?
--Dejando esas cosas como Dios las dispone, y no metiéndose en andaduras que pueden costarle al pueblo muchos coscorrones. Ya sabe usté que es viejo mi pensar al respetive.
--Pues para ese viaje no necesitábamos alforjas, mira.
--En las que yo le he pedido á usté me ajoguen, señor don Valentín. Y, por último, usté, que no piensa en otra cosa, debe de saber lo que hay que hacer, lo que puede hacerse, y hasta cómo se hace.
--¡Eso pido, Juan, eso pido! Pero ¿quién me oye? ¿quién me ayuda? ¿quién me sigue?
--Pero usté, y vamos por partes, ¿qué es lo que teme?
--¡Que vengan!... ¡que entren!
--¡Que vengan!... ¡que entren! Pues tal día hará un año. ¡Vea usté qué ajogo! Por aquí entrarán y por allí saldrán... ú _viste-berza_.
--¡Bravo, señor alcalde! ¿Y el honor? ¿y el deber?
--El honor y el deber á salvo quedan, señor don Valentín; que naide está obligado á imposibles que rayan en locuras; y locura fuera, y hasta tentar á Dios, lo que usté pretende. Dejándolos venir, cuestión será de quitarles el hambre y abrirles el pajar para que se tiendan y maten el cansancio; pero cerrarles el paso es abrirnos todos la sepultura en los escombros del lugar. Con que tonto será quien al escoger se engañe.
--¡Que así se exprese la primera autoridad del pueblo!... ¡el representante del gobierno constituído!
--La primera autoridad del pueblo ha cumplido con la ley dando los hombres que se le han pedido. Allá está la flor y nata de Cumbrales: parte de ella no volverá. Al rey serví en su día; y si hoy tengo el hijo en casa, buen por qué me cuesta. ¿Qué más quieren? ¿qué más debo? ¿Mando, por si acaso, en alguna plaza fuerte? ¿Son quiénes cuatro viejos y un puñado de mozos que los amparan por deber natural, y sin más armas que el horcón y las trentes, para hacer cara á quien tiene la guerra por oficio?
--Cuando la libertad peligra, señor alcalde, no se cuentan los enemigos... ¡Numancia!... ¡Zaragoza!
--Mire usté, don Valentín, no entiendo mayormente de historias; pero en lo tocante á tener ó no cada uno el alma en su lugar, que venga el moro ú que vuelva el francés... y hablaremos. Hoy por hoy, en saldo y finiquito, hermanos somos todos; la mesma lengua hablamos; á un mesmo Dios tememos...
--Juan, no están tus entendederas en armonía con la gravedad de los acontecimientos ni con el valor de mis advertencias patrióticas; pero habiéndote en el único lenguaje que penetras, te diré que al son que me toquen he de bailar; como os portéis conmigo ahora, he de portarme con vosotros mañana. No tardará en presentarse una ocasión en que el parecer de uno solo valga más que la conformidad de todos los restantes del pueblo. Ese parecer puede ser el mío: acuérdate del año pasado. Asaduras fué el causante del conflicto, que, al cabo, se conjuró; pero yo no soy Asaduras, ni estoy, como él, supeditado á nadie que me obligue á desdecirme cuando una vez empeño mi palabra.
--¿Lo dice usté por el caso de la derrota?
--Por eso mismo.
--¡Bah! señor don Valentín, usté no tiene punto de comparanza con Asaduras, y no se meterá usté donde él se metió sin qué ni para qué. Además, usté no es labrador ni ganadero.
--Pero lo son mis aparceros y colonos.
--No es igual; pero aunque lo fuera, ya nos entenderíamos, que usté no es hombre que intente el daño del vecino sólo por el aquél de hacerle.
--¡Verás qué chasco te llevas, Juan!
--Que no me le llevo, señor don Valentín. ¡Si le conoceré yo á usté! Además, en lo tocante á lo solicitado por usté, todo lo respondido por mí es pura chanza y fantesía de palabra... Si esa libertad llega á verse aquí en trance de muerte, ya sabremos sacarla avante. Para eso nos bastamos usté y yo, y á todo tirar, Asaduras y Resquemín. Uno en este portillo, dos en el de más allá y el otro en el campanario... ¡pin! ¡pan! ¡pun! cuatro tiros hacia aquí, cuatro hacia allí, boca abajo el faicioso... y se acabó la guerra.
Como si le hubiera picado un tábano, salió corralada afuera don Valentín al oir estas palabras de Juanguirle. Celebró éste con fuertes risotadas el efecto de su chanza, y continuó raspando el asta del dalle.
En esto salió del cuarto del portal, pieza de carácter en las casas montañesas, un mozo como un trinquete: recién peinado, bien vestido, aunque no de gala, y con los zapatos, sobre medias de color, ajustados al empeine con cordones verdes. No tenía tacha el mancebo, en lo tocante á lo físico: buena estatura, hermosa cabeza y artística corrección en las demás partes de su cuerpo; pero en el modo de llevar el sombrero, en lo artificioso del peinado y en la forzada rigidez de sus miembros al moverse dentro del vestido del cual parecía esclavo más que dueño, muestras daba de ser, con exceso, presumido y fachendoso.
--No hay como tú, Nisco--díjole Juanguirle.--Hoy domingo, mañana fiesta: ¡buena vida es ésta!
--Gana de hablar es, padre, cuando sabe usté que á la hora presente tengo bien cumplida mi obligación. La ceba dejo en el pesebre, y las camas listas para cuando venga del monte el ganao. De leña picá, está el rincón de bote en bote.
--No lo dije por tanto, hombre; sino que, como te veo tan dao al zapato nuevo y al pelo reluciente de un tiempo acá, en días de entre semana...
--Voy con Pablo al cierro del monte.
--Por eso creía yo que sobraba la fantesía del vestir. ¡Para los tábanos que han de mirarte allá!...
--Pero entro antes en su casa... y ya ve usté...
--Antes y después, Nisco. Lléveme el diablo si no vives más en ella que en la tuya. Pero, en fin, si aprendes de lo que no sabes y ensalza el valer de la persona... ¡Mira qué alhaja, hombre!
Dijo, y al mismo tiempo puso el dalle en manos del mancebo. Éste echó sobre el asta varias visuales, hizo también como que segaba, y, por último, arrimó el trasto á la pared, con la guadaña en lo alto. Marcó un punto con el _callo_ sin mover el asta, y haciendo centro con el extremo inferior de ésta, describió un arco hacia la derecha. La punta del dalle pasó entonces por la marca hecha con el callo.
--¡En lo justo, Nisco, en lo justo! Bien visto lo tengo.
--Ni menos ni más,--respondió solemnemente Nisco, entregando el dalle á su padre con todos los honores debidos al mérito de la obra.
--Ahora--añadió el alcalde,--voy á picarle, y luégo á segar un garrote de verde; y si no me le siega el dalle de por sí solo, te digo que no vale mi sudor dos anfileres.