El sabor de la tierruca

Part 19

Chapter 194,127 wordsPublic domain

--¡De la Pernía, señor de Calderetas!--corrigió don Valentín, alzándose sobre las enjutas piernas.--Y entienda usted que para cantar ahora esos laúdes, no había para qué entonar el otro día tantos vituperios... Fortuna que sé yo demasiado á qué atenerme.

Y con esto salió don Valentín de casa de don Rodrigo Calderetas, sin tomarse el trabajo de despedirse de él.

Husmeando en la villa luégo, fué llenando de pormenores el saco de sus noticias; y tan atacado le puso y tal se convenció de que el peligro no daba ya instante de espera, que se vió á punto de que le faltara el resuello á medio camino de su casa.

¡En qué estado llegó! Jadeante, amarillo y desencajado; con el sombrero en el cogote, el bastón al hombro, los ojos encandilados y los pábilos con espuma. Era media tarde, no había comido aún, y se negó á probar las sobras de la comida de su hijo, que Sidora le había guardado. Se encerró en su cuarto, arrojó el sombrero y el bastón sobre la cama, y se sentó á descansar en una silla vieja. No había otra mejor allí.

Á los pies de la cama había una percha de castaño negro y apolillado ya; sobre la percha, un guardapolvo muy ancho, y sobre el guardapolvo, entre dos viejas sombrereras de cartón, una caja de pino, más alta que ancha, con tapadera sujeta con un cordel. En aquella caja clavó la vista don Valentín en cuanto se sentó á descansar, y de aquella caja se apoderó, empinándose sobre la silla, tan pronto como no le fué necesaria para reposo de su cuerpo fatigado.

Desatado el cordel y alzada la tapadera, sacó á pulso el héroe un morrión descomunal, envuelto en _Gacetas_ arranciadas. El morrión era de _herrada_, más ancho de arriba que de abajo, de felpa algo raída y marchita de color, y con grandes chapas y carrilleras de metal. Después de colocar con mucho mimo sobre la cama el morrión, don Valentín abrió un cofre que había en otro rincón de la estancia. En aquel cofre estaba el resto del uniforme: una casaca azul de faldones muy largos y talle muy corto, vueltas amarillas (el veterano había servido en fusileros) y acribillada de botones en las picudas solapas; un pantalón de dril blanco; dos charreteras con flecos de cordoncillo de plata, ennegrecidos, mohosos y de un palmo de largos; un sable envainado, con su correspondiente tahalí, y un pompón, amarillo también, como de media vara de alto, envuelto en dos bulas de la Cruzada.

Todo lo fué colocando en el orden debido sobre la cama, y para cada pieza tuvo un requiebro de amor y de entusiasmo su boca balbuciente. ¡Cuántos años hacía que su cuerpo no se envolvía en aquellos arreos marciales! ¡Quién le diría á él que aquellas reliquias del tiempo de sus glorias habían de volver á salir á la luz del sol, precisamente para ahuyentar al «monstruo de la tiranía,» á quien él mismo había enterrado en Vergara!

En fin, que se quitó el casaquín y los calzones, y se encasquetó el uniforme sobre la escasa ropa que le quedaba encima del rugoso pellejo. Pero ¡cuánta sobra veía por todas partes! ¡Cómo se le hundía el chacó y le hacían alforjas la casaca y los pantalones! Todo había mermado en el héroe; todo menos el corazón, que le tenía tan grande y tan lleno de amor á la causa de la libertad, como en los albores de su juventud.

--No hay remedio--discurría mientras atacaba de papeles la badana interior del morrión, añadía ropa vieja al _peto_ de la casaca y colgaba las prendas de la paz en la percha de castaño:--me declaro á mí mismo en estado de guerra, y publico yo solo y para mí solo la ley marcial... Haré el último esfuerzo para adquirir auxiliares; y si no los hallo, yo seré general, y ejército, y hasta plaza fuerte; y después... ¡á vencer ó morir!... ¿De qué lado vendrá el enemigo? No lo sé. ¿Qué fuerza será la suya? No debe importarme. Sé que anda cerca y que puede estar aquí á la hora menos pensada, y esto me traza la senda. Á ello me atengo, porque ese es mi deber. Sabré cumplirle.

Iba anocheciendo ya. Sidora había salido de casa, y don Baldomero no había vuelto á ella. Apareció don Valentín en la sala armado de pies á cabeza. Se cuadró delante del retrato de Espartero; desenvainó el sable; presentóle como cuando pasa el rey; después saludó marcialmente, describiendo en el aire ancha curva con la bruñida hoja; giró hacia la derecha sobre sus talones; envainó... y fuése.

Media hora después aparecía en el despacho de don Pedro Mortera, el cual personaje se creyó bajo el imperio de una pesadilla, al contemplar la extraña catadura del que se le puso delante.

Don Valentín habló así, temblando de emoción y de fatiga:

--Mi ansiedad y este equipo en que vengo, le dicen á usted, señor don Pedro, que no hay tiempo que perder y que es llegada la hora de hacer un esfuerzo, si ha de hacerse. El enemigo puede venir, vendrá, de un momento á otro, y no hay que contar con que la autoridad de Cumbrales se aperciba á la defensa... Á usted acudo, por última vez, á pedirle una parte, por mínima que sea, de su legítimo influjo sobre estas gentes pacíficas, para que me ayuden en la empresa que estoy resuelto á acometer. Con ese auxilio, y con el que obtendré seguramente del señor don Juan de Prezanes...

--¡El auxilio de don Juan de Prezanes!--exclamó don Pedro Mortera mirando con asombro á don Valentín.--¿En qué se funda usted para creer que le obtendrá?

--En que no se resistió á concedérmele cuando otra vez se le pedí.

--Mentira.

--¡Señor don Pedro!... ¡Yo no miento nunca!

--Pues vaya usted á pedírsele, y déjeme en paz.

--Sí, señor, que iré... y me le concederá, por lo mismo que usted me le niega. Cuento con él, porque me le ha ofrecido y es caballero... y muy liberal.

--Pues será tan mentecato como usted si le ha oído con paciencia, y loco rematado si le aplaude.

--¡Ira de Dios! Si eso es ser loco, ¿dónde está la cordura?

--En quien, teniendo atribuciones para ello, se apoderara de usted ahora y le encerrara en una jaula, antes de que con sus majaderías produzca una ociosa alarma en el pueblo.

--Esa es la justicia de los tiranos: amarrado el mastín, y suelto el lobo entre las ovejas.

--Todo lo que usted quiera, con tal que me deje en paz inmediatamente.

--Eso es echarme de casa.

--Figúrese usted que sí, y buenas noches.

--¡Yo no hago eso con nadie, señor don Pedro!

--Yo con todos los que vengan á molestarme con locuras como la de usted.

El pobre don Valentín ya no supo qué replicar á esto, porque no se le ocurrían sino improperios, y no se atrevía á soltarlos, ni estaban su boca balbuciente ni su pecho jadeante para meterse en recias disputas. Conformóse con apretar los puños y mirar fiero y torcido á don Pedro Mortera, y se largó, poniéndole entre mandíbulas (pues ya se ha dicho que ni raigones tenía en ellas) de tirano, servilón y mal patriota, que no había por dónde cogerle.

¿Quién sabe lo que anduvo después, de puerta en puerta, predicando aquí, amenazando allá: al uno porque era joven y debía toda su sangre á la patria; al otro, porque tenía hijos á quienes dar ejemplo de independencia y valor; á éste, porque estaba amenazado su hogar de un atropello; á aquél, porque su novia y su hija podían ser presa de los «inmundos chacales!»... Pero nada consiguió sino servir de espectáculo á las atónitas gentes, con su pompón cimbreante, su morrión descomunal, sus charreteras lacias, sus faldones inmensos y su pantalón blanco salpicado del lodo de las callejas, ¡en tal mes, á tales horas y con la helada que estaba dejándose sentir!

Eran cerca de las nueve de la noche cuando llegó á casa de don Juan de Prezanes, último refugio de sus mortecinas esperanzas.

Hay que advertir que, á la sazón, se disponía el bueno del jurisconsulto á ir á buscar á su hija, que aún estaba en casa de don Pedro Mortera, entregada á los sabidos afanes de costura. Don Juan se había despedido de allí aquella tarde algo amostazado, porque su compadre le hizo la contra en no sé qué pequeñeces, con no sé qué palabras y qué gestos; gestos y palabras que le traían mareado desde que se había encerrado en su casa, dándolos vueltas en el magín; y claro es que cuanto más lo revolvía en aquel horno, más le caldeaba y más _burlón_ y más _dominante_ iba pareciéndole don Pedro Mortera. De modo que volvía á casa de éste de muy mala gana, y sólo porque se lo había prometido á su hija que le esperaba allí. En este propósito y con un humor endemoniado, le halló don Valentín. No fué menor el asombro que le produjo la rara silueta del héroe, que el causado en cuantas personas le habían tenido delante aquella noche. Dijo el pobre hombre qué pensamientos le sacaban de casa á tales horas y en aquella guisa, y se asombró más don Juan y le tuvo lástima.

--¡Es posible, don Valentín--exclamó,--que hasta ese punto le enardezca á usted su manía?

Precisamente lo que no comprendía don Valentín era que se llamara manía á su ardimiento patriótico, y que se asombrara nadie de su bélica actitud enfrente del enemigo. Respondió en este sentido al jurisconsulto, y añadió:

--No hay para qué hablar más en demostración de esta verdad palmaria, no hace mucho tiempo aceptada por sus amigos de usted... y aun por usted mismo.

--¡Por mí?

--Por usted no fué negada al menos, cuando le pedí su apoyo con la recomendación del señor don Rodrigo Calderetas; apoyo que tampoco le pareció entonces cosa del otro jueves... Verdad que estaba de por medio el señor don Pedro Mortera, á quien tratábamos de combatir. Hoy han variado las circunstancias, bien lo veo, y con ellas el fondo de ciertas personas á los ojos de otras.

--Señor don Valentín, hoy, como ayer, don Pedro Mortera es un caballero, mi mejor amigo, casi mi hermano. Si tiene sus debilidades, yo tengo las mías también; pero ésta es cuenta para ajustada entre él y yo solos, si lo tenemos por conveniente.

--No entiendo, señor don Juan...

--Pues esto quiere decir que hoy le prohibo á usted, como se lo prohibí en la ocasión que cita, traer á cuento el nombre de esa persona, si no es para honrarle como se merece.

--Pues á eso respondo hoy, señor don Juan de Prezanes, lo mismo que respondí entonces á usted por una observación idéntica y con razones que en aquella ocasión no tenía: que don Pedro Mortera corresponde muy mal á las ausencias que hace usted de él.

--¿Quién se lo ha dicho á usted?

--Nadie, porque lo he oído yo mismo.

--¿Á quién?... ¿en dónde?... ¿cuándo?

--Á don Pedro Mortera, en su casa, dos horas hace.

--¡Falso!

--Mentecato le llamó á usted, con todas sus letras, y por tan digno le reputó como á mí de ser encerrado en una jaula.

--¡Falso!... ¡falso!

--Tan cierto como estamos aquí los dos, frente á frente.

--Repito que es falso, señor don Valentín... y si no lo es, quiero que lo sea. ¿Me entiende usted? ¿Me entiende usted, espíritu diabólico y tentador?

--¡Pero, señor don Juan!...

--¡Vaya usted al demonio! Lárguese usted de aquí cuanto antes, y déjeme en paz, ¡si esto es ya posible!

Y salió don Valentín, que no podía con el peso de tantas contrariedades ni con el del morrión que le abrumaba.

Quedóse solo otra vez don Juan de Prezanes; y quedándose solo, comenzó por quitarse el sombrero, que ya se había puesto para ir á buscar á su hija cuando entró don Valentín, y por arrojarle sobre la mesa. Después, con las manos en los bolsillos, echó á andar, á andar por el cuarto, de aquí para allí, y, por último, se enredó en la siguiente maraña de reflexiones, sin dejar de moverse como un azogado:

--Que vengan á decirme ahora que esto es una ofuscación de mi genio impresionable y feroz. Que venga el hombre de más paciencia... que venga Job en persona; que se coloque en mi lugar, y á ver cómo se las arregla; á ver qué cara pone cuando le larguen por la espalda una puñalada así. Que no se pase un día sin que el mejor de sus amigos... ¡amigo!... le dé un alfilerazo, y celebren y aplaudan la gracia hasta sus propios hijos; que responda á esas provocaciones y á esas burlas ahogando su dolor y su pesadumbre con una prudencia heróica; que gentes de todas cataduras le digan una y otra vez: «ese amigo no es cosa buena y te quiere mal;» que se indisponga con todas esas gentes por defender el honor del falso amigo, es decir, que pague con caricias sus bofetones; que los vínculos de amistad lleguen á ser de parentesco; que busquen al santo Job y le mimen y le halaguen; que cuando más confiado se entregue á los halagos y á los mimos, sienta otra vez en sus carnes las heridas alevosas, y vea el arma sutil en la mano que le acaricia; que se resigne y calle todavía, aunque, tras de ofendido, oiga que le murmuran por violento é intolerable; que tenga, en fin, la evidencia de que el amigo, á sangre fría, con premeditación y en medio de la plaza pública, como quien dice, le llama á boca llena mentecato, y le juzga digno de ser encerrado en una jaula de locos... y á ver si Job no acaba por darse á todos los demonios y por buscar al falso amigo y armar un escándalo que sirva de ejemplo á todos los oprimidos, y de escarmiento á todos los hipócritas... Pues yo, el irascible, el insoportable, tengo más paciencia que Job; porque devoro acá dentro, en este pecho donde no cabe la nobleza de mi corazón, esas provocaciones alevosas.

Sentíase don Juan sofocado en la estrechez del gabinete, y abrió la ventana. La noche no estaba tan serena y estrellada como antes. Reaparecía el Sur; amontonábanse nubarrones en el cielo, y la luna sólo á intervalos lucía. Algunas bocanadas de aire llegaban á la ventana, trayendo consigo rumor de lejanas voces; rumor de que don Juan no se dió cuenta, porque no estaba entonces ni para oir ni para ver sino lo que tenía dentro y le hervía en la mollera.

--¿Qué móviles son los que guían á ese hombre--se decía el jurisconsulto volviendo á pasear intranquilo y vertiginoso,--para conducirse como se conduce conmigo? Su altanería, su soberbia... el empeño de imponerme sus ideas y sus gustos hasta en las cosas más nimias, como se los impone á cuantos le rodean ó le deben algo. Pero yo no le debo nada, ¡voto á Lucifer!... nada, si no son disgustos como éste que ahora me enciende la sangre. No soy tampoco un zafio campesino que necesite pedirle permiso para discurrir. Tengo mi criterio propio, mis luces en la inteligencia; tantas luces... más luces que él, sí, señor; ¡muchas más! porque he visto más mundo, he estudiado más libros y he ejercitado más el entendimiento, ¡muchísimo más! ¡Tengo, cuando menos, iguales derechos que los suyos á ser oído y respetado; á hablar donde él hable, á pensar donde él piense, á vivir donde él viva!...

Aquí ya don Juan de Prezanes, sin percatarse de ello, decía á voces todo lo que iba pensando; y como si su amigo estuviera provocándole en el hueco de la ventana, delante de ella era donde más aspavientos hacía y más levantaba la voz.

Entre tanto, los rumores de afuera continuaban acercándose, y llegaron á oirse próximos á la pared del corral, por la parte de la calleja.

Tampoco entonces reparó en ellos.

Volviendo á sus paseos y á su monólogo, llegó á decir, enardeciéndose por instantes:

--¡Me quieres idiota?... ¡me quieres esclavo?... pues chasco te llevas, ¡tirano! Tengo una razón... á Dios se la debo, y por ella soy libre... ¡libre como el pájaro y el aire!

En esto, y mientras la luna se escondía detrás de espesos nubarrones, y se oía ruido cercano, como de gentes en tropel, don Juan de Prezanes temblaba, y se arrimó á la ventana, y sintió dentro de sí una cosa que le exigía un esfuerzo supremo; algo que necesitaba salir de su pecho y de su garganta, veloz y bullicioso; algo que le oprimía el corazón y le golpeaba el cerebro... No pudo contenerse más. Echó todo el busto fuera de la ventana; y, apretando los puños, gritó loco, desaforado:

--¡Viva la libertad!

En aquel instante crecieron los rumores de la calleja y se agitaron unos bultos en la obscuridad; brillaron dos fogonazos; se oyeron dos tiros, y lanzó un grito don Juan de Prezanes, desapareciendo de la ventana mientras saltaban las maderas hechas astillas, y en polvo los cristales.

Casi al mismo tiempo sonó hacia la iglesia otro tiro que pareció un eco de los primeros.

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XXVIII

SICUT VITA...

Mientras caminaba don Valentín, después de salir de casa de don Juan de Prezanes, calleja arriba, por donde vino el tropel de que se hace mención en el capítulo antecedente, resbalando en este morrillo y metiéndose en aquella poza, tropezando aquí y estando á pique de caer allá, despechado y febril, reflexionaba de este modo:

--Nada espero, nada temo, nada quiero; en nadie confío sino en Dios y en el odio que tengo al perjuro. Tristeza en mí, tristeza y soledad en mi casa, menosprecio y burlas en la ajena, viejo, moribundo ya; envuelto en los hábitos de mis glorias, con la espada de Luchana al costado... ¡qué mejor ocasión que ésta para dar el último grito de libertad, delante del sempiterno enemigo de ella? ¡Qué muerte más señalada para un hombre como yo?... ¡Ah, si topara con _ellos_ esta noche!

Pensando así, andaba, andaba, y corría el sudor por los surcos de su cara rugosa, porque la gimnasia que iba haciendo, el peso del uniforme y la brega que traía desde media mañana, no eran para menos; y andaba maquinalmente y sin rumbo determinado, aunque á veces creía oir en sus adentros una voz que le aconsejaba seguir adelante y apercibido, porque _por allí se iba_.

Y andando, andando, llegó á un recodo que formaba la calleja, y oyó ruido de voces y de pasos inseguros al otro lado. Le latió el corazón con desusada fuerza. Llevó la diestra á la empuñadura del sable, y detúvose. Los rumores se acercaron más. Don Valentín aguzó entonces el oído, la vista, hasta el olfato. Parecía un sabueso delante de _la barda_. Cierto que tenía, por don misterioso de la naturaleza, una nariz para conocer al perjuro por el rastro, como el perro la tiene para el jabalí.

--¡_Él_ es!--dijo balbuciente y conmovido.

Sin otras averiguaciones, desenvainó el sable y plantóse en mitad de la calleja, bien alumbrada entonces por la luna.

Y no se equivocaba don Valentín: era _él_, ó, por lo menos, algo que lo aparentaba. Á la vuelta del recodo, á pocas varas de distancia, apareció un grupo armado y vestido como el héroe suponía. El grupo no llegaba á una docena de hombres; pero era un ejército para don Valentín, solo y viejo y casi inerme. Nada le importó esta reflexión que no pudo menos de hacerse: antes le infundió mayores bríos en medio de aquella fiebre que le estaba devorando horas hacía. Se afirmó sobre los pies, enderezó cuanto pudo el encorvado cuerpecillo; y temblando de entusiasmo desde la coronilla hasta los talones, gritó, resuelto á todo, presentando el jadeante pecho al enemigo:

--¡Alto ahí!

Y el enemigo se detuvo; y aun hizo más, para gloria de don Valentín: retrocedió, acaso porque creyera que había fuerzas militares detrás de aquellos arreos, en cuya vetusta é inusitada conformación no pudo reparar de pronto y á tan escasa luz como la intermitente de la luna; pero es lo cierto que retrocedió, y á esto se atuvo el héroe.

--¡Cobardes!--gritó en seguida, ebrio de entusiasmo, partiendo hacia los ocultos invasores.--¡Huís de un hombre solo, viejo y desarmado!... ¡Dadme la cara, bandidos!

Esta baladronada, que puso en evidencia su pequeñez y su soledad, perdió á don Valentín. Sin ella, acaso hubiera corrido aquella noche detrás del enemigo alucinado. Pero éste se rehizo con la advertencia, y se encaró con el extraño retador.

--¡Matadle--dijo el que mandaba allí,--si no se entrega callando!

--¡Entregarme yo!--exclamó don Valentín,--¡y á vosotros, infames!... ¡Muerto, sí; pero rendido, nunca!... ¡Viva el Duque!

Y se lanzó, blandiendo el sable, al enemigo que, á su vez, le embestía.

--¡Viva la lib!...

El infeliz no acabó de dar este segundo grito de su heróico ardimiento, porque se sintió oprimido y atropellado por aquellos hombres; los cuales, al verle un momento después, en el paroxismo de su rabia, caer de espaldas en la calleja y quedar inmóvil, creyéronle muerto ó poco menos, y allí le dejaron, continuando ellos el camino que antes llevaban.

Ya sabemos cómo respondieron dos de los más irreflexivos de la partida, al grito casual de don Juan de Prezanes; y es de saberse ahora que el lance no hubiera concluido así, á juzgar por las trazas, sin el otro tiro que sonó hacia la iglesia y puso en precipitada fuga á los invasores, señal de que andaban con poca tranquilidad y perseguidos de cerca por enemigos más serios que el pobre don Valentín.

El cual permaneció muy cerca de una hora tendido sobre el fango de la calleja; y allí se hubiera muerto de frío, ya que no de los golpes ó de la corajina que tal le habían puesto, sin la llegada de Juanguirle y de algunas otras personas que le acompañaban, entre ellas Nisco, armadas de sendos garrotes, excepto el montanero y el alguacil, que llevaban, para estorbo y compromiso, como ellos decían, dos fusilones de chispa.

Comenzaba á moverse un poco y á balbucir palabras inconexas en el momento de topar con él la ronda.

--¡Siempre me temí yo algo de esto, voto al chápiro verde!--dijo el alcalde al levantar á don Valentín, cogiéndole por debajo de los brazos;--aunque nunca pensé que llegara á tanto. El diablo me lleve si no está á punto de entregar el alma... ¡Agarray vusotros por las patas, muchachos!... ¡Uf!... ¡cómo está de barro, el infeliz, hasta el cogote! Vamos, señor don Valentín, un poco de ánimo, que la cosa no es tanto como aparenta. Dígote que fué suerte para todos que al demonio de Lambieta le moviera la curiosidad de los tiros y saliera á tiempo de ver correr á los causantes vega abajo, y me diera parte y saliera yo también, y se viera lo visto y se discurriera lo discurrido; que si no, aquí fenece esta noche el venturao del hombre, sin tus ni mus. ¡Voto á briosbaco y balillo, que hubiera sido caso de andar en coplas!... ¿Estáis ya? Pues hágase ahora la silla con los brazos... ¡Ajá!... Tú, por aquí, Nisco... Sostenle tú la cabeza por atrás, Ogenio... ¡Jum! mucho la zarandea para cosa buena... Apañay vusotros esa espada y ese murrión... ¡Mil demonios si no hace media fanega larga el sandifesio! Y á todo esto, el de su hijo... ¡por vida del chápiro verde! pondría las orejas á que anda por onde no debe. ¡Cuando no espante yo de una vez á esa pingolondona, afrenta del lugar y acabación de las casas honradas... voto á briosbaco y balillo!... ¿Qué tal vamos, señor don Valentín?

--Mal,--respondió el pobre hombre, con apagada voz, mientras con todo su cuerpo inerte, movido arriba y abajo y de un lado á otro, marcaba el andar desconcertado de los mozos que le conducían.

Así llegó á casa, donde le recibió Sidora entre aspavientos y declamaciones, y se trató de desnudarle para meterle en la cama.

--¡Eso no!--dijo don Valentín.--Nadie me despoje de lo que llevo encima. Ya que no me ha valido para bandera, quiero que me sirva de mortaja. Con eso no lo profanará nadie, vendiéndolo por un vaso de aguardiente.

--¿Quién piensa en mortajas ahora, por vida del chápiro verde!

--Yo, hijo, yo... yo, que me muero sin remedio... ¡Siento un frío... y una debilidad!...

--¡Algo caliente, y un vaso de buen vino!--gritó Juanguirle encarándose con Sidora;--y si no lo hay en casa, á la mía volando por ello, que guardado tengo un botellón de la Nava rancio, para estas ocasiones.

Corrió Sidora á la cocina por una taza de caldo del que reservaba todos los días para comienzo de la cena de don Valentín, y descerrajando la alacena de la sala, por no parecer la llave, se sacó una botella de vino blanco que denunció la fámula.

Probó con dificultad uno y otro el extenuado y yerto veterano; reanimóse un instante, y dijo, mientras le envolvían en mantas sobre la cama, pero sin desnudarle:

--Estos fríos no se curan á la lumbre... Son los de la muerte. Por tanto, que venga el cura, y á escape... que cristiano soy ante todo... y como cristiano debo y quiero morir.

Fueron en busca del cura dos mozos de los allí presentes, pues uno solo no se atrevía en noche de tales peripecias; y en tanto preguntó don Valentín:

--¿Y el perjuro?