Part 18
En seguida se fué al cuarto de Pablo. Acababa éste de acostarse. Le pulsó, le tocó la frente... y se nubló la suya.
--¡Tú estás herido, Pablo!--le dijo angustiado, pero enérgico:--horas hace que lo estoy sospechando.
--Es cierto--respondió el mozo.--No me he atrevido á decirlo delante de las mujeres, por no alarmarlas.
--¿Y yo?... ¿soy por ventura una de ellas? ¿No sabes, insensato, que en estas ocasiones no deben desperdiciarse ni los instantes?
Le dió cuenta el enfermo de la precaución que se había tomado en casa de Juanguirle, y quiso don Pedro examinar la herida. Toda la fuerza de su voluntad, que era mucha, necesitó para no lanzar una exclamación de espanto al ver aquel ancho boquete con los bordes inflamados y sanguinolentos. Volvió á cubrirle como se lo permitió su aturdimiento; dejó á Pablo y voló al portal, donde esperaba el criado con las espuelas calzadas y el caballo listo.
--¡Á escape á la villa!--le dijo.--Avisa al médico de casa; adviértele que se trata de una herida, para que traiga á prevención siquiera lo más indispensable; que monte en este mismo caballo, si no tiene otro más veloz, y que venga en el aire, porque el herido está muy grave.
Este recado le oyeron doña Teresa y María, que andaban con oídos sutiles detrás de la verdad. Al descubrirla se espantaron, y corrieron hacia el dormitorio de Pablo. Don Pedro las detuvo.
--Pero ¿se morirá, Dios mío?--exclamaba la dolorida madre, mientras su hija lloraba amargamente.
--¡Silencio, por la Virgen!--les decía don Pedro por lo bajo.--¡Que no os oiga; que nada conozca! Entrad allá, vedle, acompañadle; pero como si nada grave sucediera.
--¡Hijo de mi corazón!... Pero ¿crees que se halla en peligro de muerte?
--¡No lo permita Dios!--dijo don Pedro, descubriendo, en lo trémulo de la voz y en las lágrimas que asomaban á sus ojos, el dardo que tenía clavado en el alma.
Luégo entraron todos en el cuarto del enfermo, que yacía postrado en el sopor de la fiebre.
[Ilustración]
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XXVI
DE VARIOS COLORES
¡Qué noche!... El tiempo pasaba; el médico no venía; Pablo continuaba agravándose, y nadie se atrevía allí á aventurar un remedio, porque el aspecto de la enfermedad ataba las manos indoctas, que bien podían dar veneno por triaca. Se entraba y se salía á cada instante, y se andaba de puntillas en la estancia á media luz; se aplicaba el oído á la agitada y seca respiración, y la palma de la mano á la ardorosa frente del enfermo; y cada acto de éstos producía una pregunta muda y anhelosa en los ojos contristados de los demás. Del cuarto de Pablo se iba á todas las puertas y ventanas que daban al corral; y por cada rendija se escuchaban los ruidos de afuera, hasta los más leves rumores... el latir de algún perro, los golpes del pesado rodal, las esquilas de la yunta, las almadreñas del carretero, algún cantar lejano... todo muy de tarde en tarde. Después, el silencio absoluto, impenetrable como la obscuridad que le envolvía... ¡ni un sonido que se pareciera al de las herraduras del brioso caballo de don Pedro sobre los resbaladizos cantos de la calleja!
Nada se le había dicho á Ana de la alarmante gravedad en que se hallaba Pablo; pero hasta en las ondas del aire hay oficiosos correos para las malas noticias; y ésta no tardó en llegar á casa de don Juan de Prezanes.
Cenando estaban ya padre é hija: ésta triste y sobresaltada por los sucesos del día, y aquél sombrío, mudo y desazonado por la misma causa, pero vista con ojos bien distintos de los de Ana. Cayó entre ambos la noticia como la guadaña de la muerte; y, yertos y despavoridos, alzáronse al punto de la mesa; abrigáronse mal y de prisa, y volaron al lado del enfermo.
Se adivinan, sin que yo las describa, las impresiones de Ana junto á aquel lecho en que yacía Pablo medio aletargado por la calentura. Corríanle á la infeliz las lágrimas por las mejillas, y ahogaba los sollozos en su pecho y las palabras en su boca; pero no pudo evitar que sus manos se posaran trémulas y codiciosas sobre la frente caldeada del enfermo.
--¡Se abrasa el desdichado!--tuvo que decir entonces, porque la pena y el sobresalto de que se vió acometida, la impusieron aquel desahogo.
Abrió los ojos Pablo al oir aquella voz, y dijo, queriendo sonreírse:
--Esto pasará pronto...
--¿Cómo te encuentras, hijo mío?--le preguntó su madre, anhelosa y acongojada, aprovechando el inesperado momento de lucidez para explorar el estado del enfermo.
--Bastante bien--respondió éste volviendo á cerrar los ojos.--El calor me incomoda mucho... ¡Más agua!
Sobre la mesita cercana al lecho había una botella, casi vacía ya, y una copa con agua. Ana se apoderó de ella rápidamente y la acercó á los labios ardientes de Pablo. Este cogió con su mano, que abrasaba, la copa, y con la copa la mano de Ana; y así bebió, sorbo á sorbo, como si le refrescara, más que el agua que bebía, el contacto de aquella piel fina y rosada, misterioso centro en que á la sazón convergían los anhelos de dos almas y la esencia de dos vidas.
Mientras esto pasaba, don Juan de Prezanes (que ya se había quejado amargamente de que no se les hubiera dado antes la noticia) preguntaba á todos y á cada uno cómo había sido _aquello_; qué trámites había seguido la agravación; á qué hora se había ido á buscar al médico; por qué no venía ya... y todo cuanto podía preguntarse y mucho más, espeluznado, nervioso, inquieto y descolorido. Pero cuando observó que Pablo hablaba, y tan pronto como Ana volvió á poner la copa sobre la mesa, no pudo contenerse y avanzó hasta la cabecera del lecho. Pulsó al enfermo, le palpó la frente, le arropó cuidadoso, le subió el embozo de las sábanas y volvió á bajársele; tornó á subírsele, quiso hablarle, y se contuvo; le arregló la almohada, y otra vez las ropas; volvió al intento de preguntar algo... y tampoco dijo nada. Iba y venía; escuchaba la respiración del enfermo y miraba á los circunstantes; y á todo esto le temblaban los labios y la barbilla, y los ojos se le humedecían; sacaba el pañuelo del bolsillo; llevábale rápido á las narices; daba con ellas un trompetazo seco; volvía á guardarle... en fin, mareaba.
Al último, estalló así:
--¡Pablo... hijo mío!... Yo no sé si algo de lo que ayer te dije puede haber contribuido á la desazón en que te hallas. Si es así, ¡perdóname, por el amor de Dios!... Yo no podía presumir... no era fácil adivinar... Creía tener mis razones, estar en mi derecho; porque cabe muy bien que un viejo como yo, en determinados casos de la vida, reprenda á un mozo como tú, que se halla en salud cabal, como tú te hallabas cuando yo te reprendí... quizá con mayor dureza que la debida, porque á la lengua más la mueve el temperamento que la voluntad. Pero aquello pasa... pasó como pasan las tempestades; y ahora me asusta el temor de que el recuerdo de ello pueda afligirte la memoria en el estado en que te ves... Por supuesto, que no le doy importancia maldita, y creo que eso ha de desaparecer como un relámpago... ¡Pues no faltaba más!... Pero, aunque pasajero, te postra en la cama y te hace padecer... ¡Si supiera yo dónde hallar al infame que te hirió!... ¡Y ese médico que no llega!... ¡Y al bestia que fué á traerle no se le habrá ocurrido buscar otro á faltas de él!... Hay gentes que entienden algo de remedios caseros para estos lances perentorios. Aquí todos somos unos burros que no sabemos jota de ello. Nada se nos ocurre para aliviar á este infeliz que se abrasa, Dios sabe por qué... ¡Y esto es precisamente lo que hay que averiguar cuanto antes; y sólo puede averiguarlo un médico, y el médico no viene!... ¡Si estos bestias de Cumbrales no hubieran despedido al suyo hace cuatro meses!... Hombre, ¿no sería bueno mandar otro propio con el caballo del cura? No soy gran jinete; pero me atrevo á ir hasta el fin del mundo en busca de un médico ahora mismo...
Hablaba y hablaba sin cesar don Juan de Prezanes, al tenor de lo apuntado, mientras se paseaba inquieto y taciturno su compadre por delante de la puerta de la estancia, y permanecían las tres mujeres junto al lecho de Pablo, como otras tantas estatuas de la melancolía.
Notábase demasiado calor allí; lo advirtió el enfermo y se desalojó el cuarto, quedando en él solamente doña Teresa, sentada junto á los pies de la cama.
Pasó otra hora; y ya don Pedro había dado las órdenes para que se fuera en busca de otro médico, cuando se oyeron en el corral las herraduras del caballo que debía traer lo que con ansia mortal se esperaba...
Y lo traía el noble bruto sobre sus lomos empapados en sudor.
Digo que llegó el doctor, forrado, por cierto, de pies á cabeza en altas polainas, recio capote y descomunal bufanda.
Cómo fué recibido, no hay que contarlo, pues ya se sabe con qué ansiedad se le esperaba.
Siempre sucede lo mismo en idénticos casos; lo cual no nos impide, cuando estamos en cabal salud, poner á los médicos á bajar de un burro, por ignorantes y matasanos. Así somos, con la gracia de que en otros muchos lances de la vida, aún somos peores y más injustos y más ingratos. Pero vamos al asunto.
Tardó el médico, porque se hallaba ausente de la villa cuando fueron á buscarle. Llegado á su casa, le enteró de lo ocurrido el criado de don Pedro; después salió á encargar á un farmacéutico los medicamentos que juzgó necesarios, operación nada breve... Pero, en fin, ya estaba allí, aunque un poco retrasado, con un frasco en cada bolsillo y llena de emplastos la cartera. Aunque entradillo en años, era chancero y alegre; por lo que sus palabras (después de oir de pie, y mientras se despojaba de los pesados abrigos que llevaba encima, la relación hecha por don Pedro) fueron á modo de brisa que, si no barrió, adelgazó mucho los negros celajes que abrumaban el ánimo de aquellas buenas gentes.
Entró luégo en el cuarto del enfermo, seguido de don Pedro Mortera y de don Juan de Prezanes. Salió doña Teresa; cerróse la puerta y comenzó el reconocimiento, que fué largo y escrupuloso.
La herida, por estar muy inflamados sus bordes, no pudo examinarse como el doctor quería; pero era indudable, por lo que estaba al alcance de la sonda y lo que respondía el enfermo, que no era profunda, sino á lo largo de la costilla sobre la cual estaba.
Hízose la cura como debía de hacerse; se le dió á Pablo una bebida al caso; se recomendó el silencio y el desahogo en la estancia, y volvieron á salir de ella los hombres. Las tres mujeres los esperaban en el _carrejo_, con la ansiedad que es de suponerse. El médico habló así entonces, sin cuidarse maldita la cosa de bajar la voz:
--Es más el ruido que las nueces. La calentura, que es muy alta, tendría gran importancia si la herida fuera penetrante; pero felizmente no lo es, y de ello he de convencerme más tan pronto como disminuya la inflamación á beneficio de lo dispuesto ahora. Pablo es nervioso y vehemente; han pasado muchas horas perdidas desde que fué herido; precedió al lance una escena violenta, según me han dicho, y parece ser que vino tras otra por el estilo ocurrida ayer. Todo esto contribuye, indudablemente, á poner á Pablo en el estado de exacerbación en que se halla; estado que no juzgo grave, ni mucho menos, aunque á los ojos profanos lo aparenta... Con que á cenar, si no lo han hecho ustedes ya; á la cama después los que no velen, y á dormir sin penas ni cuidados; que, ó yo me engaño mucho, ó esto ha de ser obra de pocos días.
¡Bendita boca! ¡Bendita ciencia que por ella habló! ¡Benditas palabras que rompieron en un instante las férreas y candentes ligaduras que oprimían y abrasaban tantos corazones henchidos de amor al valiente mozo!
Una hora antes habían llegado Juanguirle, el padre de Catalina y media docena más de vecinos de las inmediaciones, á saber noticias del enfermo, de cuyo estado gravísimo comenzaba á hablarse en el pueblo, y á ofrecerse á todo cuanto ellos pudieran hacer en servicio y descanso de la casa. Todos estaban en la cocina aguardando el resultado de la visita del médico, y á todos les dió cuenta don Pedro Mortera, muy regocijado, del fallo del doctor.
Este consintió en quedarse allí aquella noche, y era muy corrida ya la mitad de ella, cuando Ana y su padre, después de haber visto que Pablo dormía con relativo sosiego, se retiraron á su casa.
Á la mañana siguiente la calentura había cedido mucho; tenía poca sed el enfermo, y la herida presentaba mejor aspecto; con lo que el médico, confirmándose en su primer dictamen, se volvió á la villa.
No entra en mis propósitos, ni vendría muy al caso, escribir la historia detallada de la enfermedad de Pablo. Lo que importa conocer aquí es el resultado de ella; y á este propósito, digo que, tres días después de lo narrado, el enfermo estaba completamente limpio de calentura, y su herida, nueva y cómodamente examinada por el doctor, en las mejores condiciones apetecibles.
Como ya se le permitía hablar, Nisco, que había saltado de la cama en cuanto supo lo que á su amigo le ocurría (aunque, por acuerdo de Juanguirle, lo ignoró hasta que hubo pasado lo más grave), le acompañaba algunos ratos.
No era ya el mozo aparatoso y remilgado de antes. Presentábase en la nueva etapa de su vida sencillo, modesto y bondadoso. ¡Cuánto había ganado en el cambio! Atribuíase éste en casa de don Pedro Mortera al reciente percance que aún le tenía con la frente vendada, y á su pena por lo acontecido á Pablo; pero yo sé que el descalabro que principalmente había dado origen á tan notable transformación, era bien diferente del que le produjo la pedrada del Sevillano. El resto fué obra de la abnegación de Catalina, ejemplo admirable que acabó de abrir los ojos al iluso.
Estando una tarde sentado á la cabecera de la cama de Pablo, llegó Chiscón al portal, hallándose en él don Pedro Mortera. Descubrióse con respeto el hercúleo mozo, y habló así al caballero, que le miraba con repugnancia:
--Tiénenme por amigo del hombre que ha puesto á Pablo en peligro de muerte. Nunca lo fuí, señor don Pedro, aunque dejé que me lo llamara y que á mi lado se le viera muchas veces. De saber acabo la maldá del alevoso; habrá quien piense que consejos míos le movieron la mano traidora, como á mí los suyos me acabaron de mover la voluntá á preparar la guerra del domingo... y aquí vengo, señor, á lavarme, con la verdá, de la mancha de esa duda. Yo no soy santo; la ira me tienta muy á menudo; y, por verme fuerte, gústame que valga la mía más de lo que debiera gustarme; pero guerreo en buena ley, cara á cara y con armas iguales. Á Pablo busqué así: pudo más la su maña que la mi fuerza, y vencióme... Usté lo vió. Dolióme la afrenta, es verdá; pero juzguéla castigo por mano de un valiente, y de allí no pasaron mis rencores, aunque la pena fué grande. Sin ser visto de naide, volvíme á mi casa... ¡Por el santo nombre de Dios, juro que, desde mucho antes de enredarme con Pablo aquella tarde, no he vuelto á ver al traidor que al otro día le dió la puñalada!
Cayó mucho hacia la benevolencia la antipatía con que miraba don Pedro á Chiscón, cuando éste acabó su apasionado razonamiento, y le dijo el grave señor, pero sin dureza:
--Nadie ha sospechado aquí semejante cosa: puedes estar tranquilo.
--De justicia son, señor don Pedro; pero con no ser más que de justicia, estimo mucho esas palabras. Y ahora--añadió el mocetón, manoseando el sombrero,--si en ello no ofendiera...
Y aquí se paró; pero don Pedro, leyéndole el pensamiento, noblote y generoso, al través de aquella rudeza medio salvaje, le dijo, señalando hacia la puerta del estragal:
--Sube á ver á Pablo si quieres.
--Ese favor iba á pedir, señor don Pedro,--respondió Chiscón agradecido.
Un momento después crujían las tablas de los peldaños, holladas por los herrados zapatones del gigante.
Llamó arriba con un _deogracias_ que retumbó en toda la casa. Apareció doña Teresa; y después de oir al mocetón, le condujo á la estancia de Pablo.
Por entrar, habló en términos parecidos á los que empleó delante de don Pedro Mortera. Pablo, por toda respuesta, desde la cama en que estaba sentado le alargó su mano pálida, fina y un tanto descarnada; mano que desapareció al punto entre las dos de Chiscón y enormes, atezadas, callosas y peludas.
--Dicen--añadió el de Rinconeda un poco conmovido,--que anda oculto por temor á la justicia. ¡Que Dios le libre de caer en la de mis manos!
Después soltó la de Pablo y tendió una de las suyas á Nisco, diciéndole:
--La misma culpa que en la herida de Pablo, tengo en la pedrada que te alcanzó á tí, obra de un mismo traidor. Por lo demás, si prenda tuya quise tomar, fué porque abandonada la ví. Confieso que el _no_ me sacó de quicios; pero no todo lo que después vino fué sólo intento mío, que lances y consejos lo fueron arreglando así. Á lo tuyo te has vuelto ahora, y has hecho bien, que la prenda lo vale y la merecías más que yo.
También Nisco le alargó la diestra, en señal de amistad sin resentimientos. Después se enteró Chiscón muy al por menor del estado de Pablo, y celebró cordialmente la mejoría. Luégo se despidió cortés, á su manera, y salió del cuarto, carrejo adelante, dejando aquí un pastel de arcilla blanda, y allá un chinarro, de lo agarrado en las callejas por sus zapatones, y haciendo temblar los suelos en cada zancada.
En tanto, había llegado Juanguirle muy apurado, y estaba con don Pedro Mortera en el cuarto del portal. Tratábase de un oficio del alcalde de Praducos al alcalde de Cumbrales, recibido por éste en aquel momento.
--Ya usted lo ve--decía Juanguirle:--esas gentes se han desbandado por estar muy perseguidas, y andan en pandillas cortas de merodeo por acá y por allá. Han entrado en Praducos y en Sopando... y en Coloños, que está á dos pasos de este pueblo. Verdad que ha sido entrada por salida, á lo que parece, y que se han conformado con unas cuantas raciones. De todas suertes, ¿qué le parece á usted, señor don Pedro, que hagamos en Cumbrales, en virtud de este aviso que me dan?
--Hablar poco de ello y tener mucho juicio--respondió don Pedro;--y, sobre todo, cuidar de que nada sepa don Valentín, que puede hacer una majadería que nos cueste muy cara á todos.
--Eso mismo creo yo... porque, señor, una aldea abierta, de poco vecindario, sin otra arma que el sable de ese loco...
--Y tan loco será como él quien llegue á escucharle con paciencia; y mucho más loco, quien se pare á considerar lo que podrá creerse de los que no le hagan caso.
--¿Quiere decirse que este oficio... como si hubiera caído en un pozo?
--No tanto, porque debe servirte el aviso para estar alerta y prevenido, á fin de evitar al pueblo cuantas vejaciones puedan evitarse, si tenemos la mala suerte de recibir esa visita.
--Pues alerta está, señor don Pedro; y Dios sobre todo.
--Esa es la fija... ¡y cuidado con don Valentín!
[Ilustración]
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XXVII
GENIO Y FIGURA...
La rápida y feliz convalecencia de Pablo volvió á normalizar la vida en ambas casas; con lo que reaparecieron en el salón de don Pedro Mortera los rollos de holandas y los paquetes de batistas que días antes anduvieron por allí entre manos de Ana, de María y de doña Teresa; preparativos de boda y mínima parte de lo que se había encargado con igual destino á las modistas y costureras de la ciudad.
Había, pues, tertulia constante en casa de don Pedro, á la que no faltaban Pablo, muy animoso aunque algo dolorido y débil todavía; su cuñadito en ciernes, por las tardes, y don Juan de Prezanes cuando menos se le esperaba. Ya para entonces y desde antes de los trágicos sucesos referidos, las familias de don Pedro Mortera y de don Rodrigo Calderetas se habían hecho sendas visitas; por lo que también se vió más de tres veces al caballero de la villa, con su señora y su otro vástago (una jovenzuela pálida y muy peripuesta, que se llamaba Niquis, contracción elegante del vulgar Nicasia que le arrimó en la pila su padrino, un pañero acaudalado, pero de poco gusto), en la apacible reunión aquélla.
Antes la enfriaban que la divertían los ceremoniosos continentes de estos tres personajes; pero eran sus visitas actos de cortesía, y había que agradecerlas. En cambio, cuando se hallaban solos los de Cumbrales y el novio de la villa, que era suelto y ocurrente, se cobraban con usura los ratos tan mal empleados; porque hasta el mismo don Juan de Prezanes andaba hecho unas castañuelas, y solamente en cinco ó seis ocasiones se había ido del seguro con su compadre por cosas de poco más ó menos.
En fin, que todo era paz y alegría entre aquellas gentes, y hasta se habían fijado las bodas para el día en que Pablo se viera completamente restablecido (restablecimiento que ya daba el convaleciente por alcanzado), cuando olió don Valentín lo de allende los montes, por más empeño que puso Juanguirle en que ignorara lo que de oficio le había dicho su _colega_ de Praducos. Pero ¿dónde se movería el perjuro que no lo advirtiera el oído sutil del veterano de Luchana, que sólo vivía para odiarle y para combatirle?
No bien averiguó lo de Coloños, voló á casa de Juanguirle. Le preguntó, le increpó y hasta le excomulgó; pero sólo burlas y malas razones pudo obtener del alcalde de Cumbrales. Entonces corrió á la villa, y asaltó el despacho de don Rodrigo Calderetas.
--Ahora--le dijo sin preámbulos ociosos,--todos ustedes son unos; don Pedro Mortera no podrá negarse á tomar en cuenta las indicaciones patrióticas que usted le haga, ni usted á hacérselas en vista de la gravedad de los sucesos que tenemos encima.
--Cierto es--dijo el caballero,--que ustedes y nosotros estamos amenazados de una invasión á la hora menos pensada; pero es también un hecho que las fuerzas se han subdividido...
--Tanto mejor para vencerlas, señor don Rodrigo.
--No hay necesidad, don Valentín, de tomarlo tan por lo serio, puesto que siendo grupos insignificantes los que merodean por ahí, no son de temer extorsiones de gravedad. Piden unas cuantas raciones, se les dan... y se van tan contentos. Esto es mucho más sencillo y conveniente que una resistencia armada que puede costar perturbaciones y sangre. Ya ve usted cuántos más elementos hay aquí que en Cumbrales para resistir, y cuánta mayor responsabilidad adquirimos ante la historia nosotros que ustedes, y, sin embargo, á nadie se le ha ocurrido aquí apelar á medidas extremas que...
--Yo, señor don Rodrigo--expuso don Valentín, comprimiendo la ira que ardía en su pecho,--no tengo nada que ver con lo que en esta villa se haga en el caso de que se trata. Impórtame sólo la honra del pueblo en que nací, y esa es la que quiero salvar... porque debo salvarla. Don Pedro Mortera es el único hombre que en Cumbrales puede llevar á buen término mis propósitos; usted puede hoy mover el ánimo de mi convecino, y al mismo tiempo hacer que don Juan de Prezanes acabe de ponerse á mi lado, porque lo uno ha de venir como consecuencia de lo otro. Del pie que cojea el don Pedro, no lo ignora usted, y aquí mismo hemos hablado de ello los dos, no hace mucho tiempo, con leal franqueza...
--Se hablan muchas cosas, señor don Valentín, con sobrada ligereza, aunque la lealtad mueva los labios y esté el corazón henchido de los más hidalgos sentimientos. Verdad que hablamos algo de lo que usted dice; verdad que apoyé entonces, hasta cierto punto, las nobles miras de usted; cierto que se las recomendé, digámoslo así, al señor don Juan de Prezanes... pero hay circunstancias en la vida... y no siempre los informes son exactos; la lealtad se engaña muchas veces, y los caballeros, como yo, estamos expuestos á padecer alucinaciones...
--Es decir, que don Pedro Mortera, para usted, es hoy muy distinto de lo que fué ayer... En plata, que ya es liberal y trigo limpio.
--Quizá, quizá, señor don Valentín.
--¡Cómo había de resultar otra cosa!--exclamó el héroe, con la sonrisa más burlona que puede imaginarse, y un brío impropio de sus muchos años.--¡Cómo había de salir cosa mala un consuegro ricachón!
--¡Señor Gutiérrez!...