El sabor de la tierruca

Part 15

Chapter 153,941 wordsPublic domain

Como la castañera estaba soltando el fruto de puro sazonado, y era de la pertenencia de varios vecinos de Cumbrales que tenían hijos mozos, autorizóse á éstos para que ofrecieran un sabroso regodeo á toda la gente joven con las castañas que se _sacudieran_ de los árboles, en vez de hacer la magosta con las compradas á escote, como ordinariamente acontece. De este modo tendría la fiesta un aliciente más en los lances de la sacudida, y una ventaja de consideración el ser la fruta regalada.

Aquel día, después del rosario, no quedaron en el corro de Cumbrales más que las viejas jugando á la brisca, y unos pocos hombres en la bolera; todo lo demás se fué en alegre romería, después de hacer los mozos el necesario acopio de vino, y de proveerse también de un par de recias y larguísimas varas, camino de la castañera.

Una vez allí la gente, varazo á esta rama, varazo á la otra, desde el suelo si la vara alcanzaba al fruto, ó desde la cruz del castaño si los erizos estaban muy altos; apañando esta moza las castañas sueltas; _descachizando_ la otra los erizos con los tacones de los zapatos y con mucho tiento para no reventar lo que guardaba la espinosa envoltura; acopiando escajos secos unos mozos; avivando en lugar conveniente dos mozas de las más amañadas la mortecina lumbre; templando otras á su calor los flojos parches de las panderetas, y mordiendo todos y todas, por un lado, las acopiadas castañas para que no reventaran en el fuego, con peligro de los cercanos ojos; canturriando unas aquí, relinchando otros allá, locuaces los más y risueños todos, el campo de la castañera, abrigado del aire y del sol por las anchas, espesas y bajas copas de los árboles, parecía un hormiguero en el ir y venir de la gente, y una pajarera en lo ruidoso y pintoresco del conjunto.

Acabóse el vareo y el acopio; trocóse la lumbre tímida en voraz hoguera, y ésta, á su vez, en descomunal brasero; hízose en él con una estaca honda sima; llenóse de castañas; volvieron á unirse los bordes candentes; y mientras se dejó al cuidado de personas de juicio é inteligencia la delicada tarea de revolver las ascuas y de sacar las castañas que fueran asándose, pero sin quemarse, en lo que estriba toda la dificultad del caso, la gente de sobra hizo corro más abajo, sonaron las panderetas, y comenzó el baile, que es la salsa de todas las fiestas aquí... «y en Valladolid,» anden en ellas el percal de á peseta y el paño burdo, ó triunfen la seda turgente y el frac diplomático. La misma raza con diferente librea; la propia carne con distinto pelo.

Duró el baile hasta que las castañas se asaron. Entonces se sentaron en rueda mozos y mozas, y comenzó á circular la bota para remojar las castañas, que se repartieron á sombrerada por concurrente. Amenizábase el regodeo con dichos y risotadas, y se tiznaba la cara con pellejos quemados al que se distraía un instante; en el cual empeño, condición especial de las magostas, eran las mujeres las más tercas.

Así se andaba allí, tan pronto sorbiendo como mascando, como limpiándose la cara con el delantal ó la manga de la camisa, cuando apareció Chiscón en la magosta, por el lado de Rinconeda. No se supo nunca si fué casual ó de intento la llegada del calabaceado mocetón, y á nadie agradó verle allí tan de improviso; pero como saludó muy atento, se le brindó con lo que había. Tomó, por no desairar la oferta, una castaña, y se llevó á los labios la bota de vino; y debió infundirle ánimos la cortés acogida, porque, en vez de seguir su camino, se sentó con los de Cumbrales.

Terminado el refrigerio, _se enterró la bruja_[4] entre las ya tibias cenizas de la lumbre, y volvió á comenzar el baile. Cada moza fué _sacada_ por un mozo, y el de Rinconeda se quedó entre los pocos desparejados que miraban; pero se tocó _á lo alto_, y entonces, al amparo de la costumbre, que es ley en muchos casos, y en tales como aquél, indiscutible, _echó fuera_ al mozo que bailaba con Catalina, creyendo el testarudo que así no eran posibles las calabazas; pero se equivocó. La esquiva moza se plantó en firme en cuanto le tuvo delante, y en seguida le volvió la espalda. Sintió Chiscón el golpe en lo más vivo, y para disimular sus efectos, echó fuera al mozo que le seguía por la izquierda. También entonces se le plantó la moza. Atolondrado ya por la ira y el despecho, siguió fila abajo empeñado en hallar pareja; pero sólo halló desaires en todas partes.

[4] Enterrar la bruja es dejar una castaña oculta entre la ceniza, no sé por qué ni para qué; pero es detalle de carácter en las magostas.

Reventóle al fin la corajina del pecho, y dijo, dispuesto á todo:

--¡Quisiera conocer al que tiene la culpa de esto!

Á lo que respondió Catalina con gran serenidad:

--Pues arráncate la lengua con que me agraviastes.

--¡Arrancara yo--repuso el otro, lívido de rabia,--la que te fué con la impostura!

--Muchas son entonces las impostoras.

--¡Pues todas las arrancara yo, si las conociera!

--Con arrancar la tuya se acababa la peste.

--¿Hay quien se atreva á hacerlo entre los presentes?... ¡Pues venga á echarla mano!--dijo Chiscón, irguiendo su colosal escultura y sacando luégo fuera de la boca un palmo de lengua, ancha, gruesa y roja como la de un caballo.

Acercósele un mozo de Cumbrales, y le respondió:

--De lo que te pasa, á naide culpes en ley de josticia: que seas valiente, no se te ha negado; pero que, con sólo decirlo, llegues _á campar_ aquí, no lo sueñes nunca. Por el corazón se mide á los hombres y no por la estampa, y corazón no falta al más ruín de los presentes. De fiesta estamos y en nuestra casa; en ella entrastes y se te brindó con lo que había; de lo demás, tuya es la culpa por no escarmentar cuando debistes. Si buscas guerra, mal haces, que, sobre no ser justa ahora, á tí te conviene menos que á nosotros.

--Y eso que me cuentas--preguntó Chiscón al templado mozo, con burlona sonrisa,--¿es amenaza ú caridá?

--Esto que te cuento--respondió el otro,--es riflisión de hombre de bien y de enemigo leal.

En tanto platicaban los dos así, Catalina reunió el cotarro y consiguió en cuatro palabras ponerle en marcha hacia Cumbrales.

--Vámonos, Braulio--dijo con resped al pasar junto al mozo que hablaba con Chiscón:--deja esa peste que te mancha.

Obedeció Braulio; y tan á punto, que quedaron sin respuesta las últimas palabras que enderezó al de Rinconeda.

En un instante se vió éste solo en la castañera. Irritóle más aquel nuevo desaire que recibía, y gritó mirando á los que se marchaban:

--Vos prometí el domingo bailar en el corro de Cumbrales hasta cansarvos... ¡Pos hoy vos lo juro por la luz que me alumbra!

Las últimas palabras de esta amenaza se perdieron entre el son de las panderetas y el cantar y el gritar desaforados de la gente de la magosta, que se largaba hacia su pueblo, mientras el sol trasponía el horizonte entre celajes de púrpura.

Desde el siguiente día comenzó á circular por Cumbrales el rumor de que los de Rinconeda pensaban armar una que fuera sonada contra sus sempiternos enemigos. Los rumores crecieron durante la semana; el jueves se dijo que se trataba de una invasión de los mozos de abajo, para dar una batalla á los de arriba en el mismo Cumbrales; el viernes se contó que vendrían mozos y mozas en son de romería á bailar en el Campo de la Iglesia, y, por último, el sábado pudo asegurarse que al día siguiente habría de todo en el pueblo; es decir, baile en competencia y palos por remate. De todo ello tendría la culpa Chiscón, aconsejado por su amigo el Sevillano.

Bajo estas impresiones desagradables, y al arrullo del Sur, que bufaba sordamente en las rendijas de las puertas y ventanas, se durmió aquella noche el vecindario de Cumbrales.

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XXII

ENTREACTO RUIDOSO

Los que madrugaron al otro día (y cuenta que en Cumbrales se levanta al alba la gente) vieron que, mientras el sol salía embozado en crespones de escarlata, sobre las lomas del Sur relucía, fulguraba el celaje, como si fuera lago de cristal fundido; lago con islotes de nácar y grumos de oro; á trechos, ondas purpúreas, blancas vedijas inalterables, y _rabos de gallo_ más efímeros, sobrenadando; y por riberas y marco en toda la redondez de este espacio, moles de negras y plomizas nubes amontonadas. Entre una y otra mole, densas brumas cenicientas, valles fantásticos de aquellas raras montañas que se prolongaban, en contrapuestos sentidos, en forma de ásperas cordilleras. En lo más alto del cielo, tenues veladuras rotas; luégo el éter purísimo hasta el horizonte del Norte, donde el celaje era cárdeno, mate y estirado, como una inmensa lámina de acero sin bruñir.

El aire era tibio y pesaba tanto sobre el ánimo como sobre el cuerpo; ni una hoja se movía en los árboles, ni una yerba en los campos; la vista y el oído adquirían un alcance prodigioso; las tintas de las montañas, más que calientes, parecían caldeadas; los contornos y relieves flotaban en un ambiente seco y carminoso que, acortando las distancias, engrandecía las moles; y el silbido del pastor y el sonar de las esquilas del ganado, llegaban claros y perceptibles al oído desde los cerros del Mediodía.

Cuando en la Montaña amanece entre estos fenómenos de la naturaleza, todo montañés sabe qué viento va á reinar aquel día; y entonces se llama al espacio brillante rodeado de nubarrones, _el agujero del ábrego_[5].

[5] Los campesinos montañeses, los de la región central, por lo menos, llaman ábrego al viento del Sur.

Y por allí salió este caballero, en la ocasión de que se trata, dos horas después de amanecer.

Salió blando, sosegado y apacible, y como de recreo por el campo de sus hazañas, jugueteando con el humo de las chimeneas, las mustias y ya escasas hojas de los árboles, las yerbecillas solitarias de los muros y las sueltas y errabundas pajas de la vega... Lo que haría cualquier cefirillo de tres al cuarto. En Cumbrales no levantaba el polvo de las callejas, ni movía las puertas entornadas, ni siquiera los pliegues de un refajo ni los picos de una muselina.

Así es que el señor cura tocó muy tranquilo á misa mayor, y luégo las tres campanadas para los perezosos; y la iglesia se fué llenando de gente que nada temía y sólo se quejaba del «bichorno, poco al consonante de la bajura del mes que iba corriendo.»

Con esta tranquilidad en los espíritus y sin alterarse la de la naturaleza, comenzó la misa gorjeada y solemne.

Pero no había llegado el _Credo_ á la mitad, cuando las chanzas comenzaron á enardecer á la fiera; y la tramó con las ramas tenaces, los matorrales espesos y las ventanas cerradas, que, siquiera, le ofrecían alguna resistencia. Mas si doblegaba á las unas y bamboleaba á los otros, las ventanas no cedían ni le franqueaban el paso.

Tanteóle por las buhardillas, donde las había; y se encontró con que las más de ellas tenían los postigos clavados desde que estaban allí; quiso también entrar en la iglesia, y hasta logró apagar los cirios de los primeros _tajos_; pero le cerraron la puerta apresuradamente. Con estas contrariedades se fué embraveciendo poco á poco, y tornó á las ventanas con propósito de desquiciarlas metiéndose por las rendijas. Metióse, forcejeó y se hartó de dar bufidos de coraje; pero no logró su intento. En venganza, con las ramas de los frutales de los huertos, azotó las viviendas de sus dueños. Entonces conocieron éstos que la cosa iba de veras; y los que no lo habían hecho todavía, se trancaron por dentro á llave y palanca. Esta actitud equivalía á un reto; y el enemigo, rugiendo amenazas, se retiró á sus antros, como para acabar de pertrecharse. La calma y el silencio volvieron á reinar en la naturaleza; pero por pocos momentos.

Cuando reapareció el monstruo, temblaron hasta los más valientes. Sordos mugidos le precedían; y, á su paso, humillaban los árboles las erguidas copas; alzábase el polvo en remolinos; las puertas se estremecían en sus quiciales, y el día se quedó á media luz parda y traidora. Comenzó la batalla. ¡Qué estruendo!... ¡qué empuje!... ¡qué acometidas aquéllas! Algunas chimeneas vacilaron, y más de un alero crujió, soltando la carcoma de la vejez al choque de la furia; las puertas más firmes lanzaban gritos de agonía; las podridas ramas de las vetustas higueras saltaban hechas pedazos; en los manzanos tremolaba el muérdago desarraigado, como triste gallardete con que demanda auxilio el desmantelado buque; lloraban escombros las humildes socarrenas sobre sus regazos de ortigas, y chasqueaban y se conmovían los empingorotados tejadillos de las altivas portaladas.

En medio de su ferocidad imponente, el viento tenía caprichos verdaderamente pueriles: recogía las hojas dispersas en solares y callejos, y las arrinconaba donde mejor le parecía, en un solo montón: encrespábale, revolvíale, alzábale del suelo, y en rápido y sonoro remolino, subíale muy alto; allí le cernía, le ensanchaba, le encogía, le alargaba, dejábale descender nuevamente; y cuando le tenía en el suelo, dispersaba de un soplo todas las hojas, que desaparecían detrás de los vallados, en los fosos y entre los bardales; volvía á reunirías al instante sacándolas de sus escondrijos, y tornaba á amontonarlas y á cernerlas, á subirlas y á bajarlas, y á darles libertad otra vez, y otra vez á recogerlas. Con el polvo hacía diabluras: nubes espesas, diáfanas neblinas, mangas y espirales. Desconchaba los lomos de los muros revocados, y desnudaba á los viejos de sus vestiduras de yedra.

Tras estos juegos y aquellas violencias, que no eran más que un tanteo de fuerzas y un ensayo de batalla, las tablas dejaron de estremecerse y las rendijas de silbar; callaron los gemidos de los árboles, y sólo se oyó un rumor, á modo de jadeo, hacia la vega, como si sobre ella y los montes vecinos se hubiera tendido el monstruo á descansar. De vez en cuando se agitaban un poco las ramas, y el polvo y las esparcidas hojas se revolvían en el suelo. Diríase entonces que tenían cara las viviendas y los muros y los árboles, y que en ellas se pintaba el dolor de lo pasado y el espanto de lo que aún les esperaba. ¡Qué acongojado aspecto ofrecían aquellas casas con los ojos cerrados, y aquellos árboles contraídos y tiritando!

La tregua fué breve, y la embestida que le siguió, con el estruendo de cien batallas, espantosa.

En algunos embates parecía el viento macizo, y entonces resonaban sus golpes como cañonazos; y cada golpe de éstos producía un desastre: lo firme oscilaba, lo vacilante caía; las tejas se encrespaban, hervían en los tejados, como si diablillos danzaran debajo de ellas; y en la casa donde la puerta saltaba de sus pernos, barría el huracán muebles y vasares; y al buscar salida por la cumbre, removía las tablas del desván y derrengaba los cabrios. ¡Con qué astucia rastreaba los suelos y husmeaba los hogares, buscando una chispa que llevarse al pajar para regalarse con el espectáculo de un incendio!

No había punto en el lugar donde la furia no metiera su cabeza, y con la cabeza las garras, y con las garras el azote. Por eso todo era estrago y fragor en torno suyo. Silbaba furioso en huecos y rendijas, bufaba en los arbustos, bramaba en los callejones, y en las arboledas rugía; y, en ocasiones, hasta las campanas lanzaban solas desacordes sonidos, con pavor de los fieles que se guarecían en la iglesia.

Á lo lejos, un rumor incesante, como el del mar cercano en noche tormentosa: aquí, el crujir de la rama desgajada ó del tronco que se quiebra; allí, el estruendo de la pared que se derrumba, ó el zumbido del bardal que se agita desesperado y extiende sus greñas espinosas, buscando de qué asirse para que no le arranquen de la tierra que le nutre; y como complemento del cuadro, una luz tétrica y sulfúrea iluminándole; la atmósfera, sofocante y enrarecida, sin sus alegres y naturales pobladores, ocultos á la sazón Dios sabe dónde, llena de objetos raros é inconexos: tallos de maíz, hojas maceradas, polvo, astillas... y guijarros.

Con frecuencia terminan estos huracanes con una _virazón_ rápida al Noroeste, ó _galerna_: remedio mucho peor que la enfermedad; pues si no llega á ésta en la fuerza del empuje, la aventaja en estragos, por el agua demoledora que trae consigo; pero cuando el Sur es estacional, como en el caso de que se trata aquí, concluyen sus furores por cansancio, y el silencio y la inmovilidad reemplazan al fragoso desconcierto.

Tal sucedió en Cumbrales al rayar el mediodía. ¡Qué triste cuadro contemplaron entonces los ojos! El Campo de la Iglesia y las corraladas estaban cubiertos de menudo escombro, ramas, cascos y hojarasca. No había árbol en el pueblo sin quebraduras ó cicatrices; algunos, arrancados de cuajo; otros, hendidos; los arbustos, lacios, desgreñados y con el follaje en esqueleto... Pero cuando la gente fué abriendo poco á poco las puertas de sus hogares, y salió de la iglesia la que en ella había estado encerrada, ¡válgame Dios, qué aspavientos los suyos y qué puestos en razón eran! Por de pronto, cada uno se echó á examinar los propios quebrantos, y luégo á compararlos con los del vecino. Y aconteció lo que siempre que se reparten desventuras: cayeron las mayores sobre los que podían menos; por lo que se llevó don Valentín el premio gordo de esta desastrosa lotería. Ninguna casa fué tan castigada como la suya: perdió la chimenea, medio alero, una ventana y la cerradura del estragal, amén de alcanzarle su parte, y no pequeña, del común revoltijo de los tejados.

Es sabido que la mitad del vecindario de Rinconeda estuvo contemplando el desastre de Cumbrales durante la furia del huracán, agazapado al socaire del cerro adyacente, y aun se afirma que palmoteaba aquella gente levantisca cada vez que un árbol se tronchaba ó caía una chimenea. Esto se corrió por Cumbrales á la hora de calmarse el viento; y fortuna fué que se tomara por cierta la noticia, pues con la indignación que produjo en el lugar, se mató la pesadumbre que cada cual sentía por los recientes descalabros.

--¡No les faltaba más--decían todas las bocas de Cumbrales,--que venir esta tarde á provocarnos! Pues ¡como vengan!...

Y jurando echar hasta las asaduras en el trance, volcaron todos la puchera mal sazonada; y con el último bocado entre los dientes, subióse cada cual á su tejado á reparar lo más perentorio, por si la turbonada que se iba formando hacia el Saliente, acababa en aguaceros antes de la noche.

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XXIII

GRIEGOS Y TROYANOS

Continuaban la calma sofocante y el cielo cargado de nubes como peñascos, con unas intermitencias de sol que levantaba ampollas; los desperfectos del Sur, en tejados y cerrajas, iban poco á poco reparándose, y hasta se consolaban las gentes, unas á la fuerza y otras como podían; pero no se olvidaba un punto la anunciada invasión de los de Rinconeda; y hacia el camino de Rinconeda miraban todos los ojos de Cumbrales desde huertas, callejas y tejados, y á voces de Rinconeda sonaban todos los rumores en los oídos de la gente de arriba. Odiosa era siempre una provocación semejante... ¡pero en aquel día!... ¡después de las devastaciones del huracán, apenas encalmado!...

--¡Pues como vengan!...

Y esto decían todas las bocas de Cumbrales.

Pero subieron Cerojas y Lambieta al campanario con otros camaradas que lo tenían por costumbre; hartáronse de repicar á vísperas... y nada. Tocáronse luégo las tres campanadas al rosario; acudió la gente, llegó el señor cura, rezóle y hasta _echó_ su poco de plática sobre la paz y concordia entre los pueblos cristianos; acabóse la piadosa tarea, que duró tres cuartos de hora... y nada. Se desocupó la iglesia; quedáronse en el porche, murmurando, las mujerucas á ese manjar aficionadas; agrupáronse de cuatro en cuatro, á la sombra de las tapias fronteras al corro del baile, las viejas, acurrucadas en el suelo, á jugar el ochavo á la _brisca_ ó al _mayor punto_; avanzó la gente moza; resonaron las panderetas recién templadas; arrimáronse al calorcillo del baile muchos de los mozos aficionados, y los restantes, entre los que estaban Pablo y Nisco, entraron en la bolera; sentáronse los viejos mirones en las paredillas; oyóse la voz alegre de las cantadoras acometer la tarea con la tradicional y obligada copla

Para espenzar á cantar, licencia tengo pedida, al señor cura, primero, y á la señora Josticia.

Dió principio también el baile; rifaban ya las viejas sobre si se vió ó no se vió, si se hizo ó no se hizo la prohibida seña del _as_ ó del _tres_ del palo del triunfo; alzóse regocijada gritería en el corro de bolos por haber hecho Nisco un emboque á la segunda bolada; correteaban Bodoques por aquí, Lergato por allí y Lambieta por el otro lado, reclutando muchachos para jugar á la cachurra en la mies, silbando unas veces, voceando otras y estorbando siempre... en fin, que el corro, lleno, como quien dice, de bote en bote, se había normalizado ya... y nada. Los de Rinconeda no venían, y los de Cumbrales llegaron á no pensar en ellos: como que el cura se fué á rezar vísperas, y el alcalde á dormir un rato.

Así estaban los ánimos cuando se presentó Cabra á todo correr por el camino alto de Rinconeda.

--¡Ahí vienen!--gritó cerca del corro de bolos.

Produjo la noticia mucha efervescencia en hombres y mujeres; tanta, que los juegos cesaron y el baile se suspendió.

--¡Eso es una cobardía!--gritó un mozo encaramándose en la pared de la bolera y dirigiéndose á los dos corros.--¡Si vienen, que vengan! ¿Pensáis que vos van á comer? Pus lo que hagan haremos... yo, por mi parte.

Gustó la arenga, aprobóse, serenáronse los espíritus y continuaron los juegos y el baile, interrumpidos más por curiosidad que por miedo, á mi entender.

En esto, apareció el enemigo en la ancha calleja por donde había venido Cabra. Era una muchedumbre de hombres y mujeres: como una romería que se trasladara de un punto á otro. Provocación como ella no se conocía en la historia del odio tradicional entre ambos pueblos. Uno á uno, tres á tres, ocho á ocho, hasta doce á doce, se habían pegado infinidad de veces los de Rinconeda con los de Cumbrales, allí en Rinconeda y en todas las romerías en que se habían encontrado, porque esto era de necesidad; pero invadir un pueblo entero al otro pueblo, con premeditación y á sangre fría, pasaba con mucho la raya de todas las previsiones.

Venían delante una ringlera de mozas, dos de ellas con panderetas, y traían en medio á Chiscón con ramos en el sombrero y en los ojales de la chaqueta, y un gran lazo de cintas en la pechera de la camisa. Parecía un buey destinado al sacrificio en el ara de un dios pagano. Esto ya era un dato para creer que la función era de desagravio y en honor del Hércules de Rinconeda. El cual traía un palo, de _los de pegar_, debajo del brazo: otro dato; y también lo era el verse algunos garrotes más entre la turba, toda de gente moza, que seguía á la primera fila. Si esto no era venir en son de guerra, dijéralo el más lerdo. Pero se notó que abundaban mucho las mujeres en aquella tropa, y que no todos los hombres eran igualmente temibles; se echó una ojeada al corro de bolos y al Campo de la Iglesia, y se vió que, llegado el caso, podía librarse la batalla con buen éxito. Por supuesto que las mozas de Cumbrales, al ver la actitud provocativa de las de Rinconeda, no acababan de hacerse cruces con los dedos. «¡Mosconazas!... ¡Tarasconas!...» ¡Cómo las ponían, entre cruz y cruz! Pero lo que acabó de elevar la indignación á su colmo, fué ver al Sevillano entre los invasores... ¡Con ellos venía el _Opas_, el _don Julián_ de Cumbrales!