Part 12
Desaparecieron como por encanto los portillos y seturas de las mieses; y cada una de las brechas resultantes fué vomitando en la vega el ganado á borbotones, en abigarrada y pintoresca mezcla de especies, sexos, edades y tamaños: la mansa oveja y el retozón becerro; la cabra arisca y el perezoso buey; la dócil burra y la gentil novilla; la sosegada vaca, el inquieto potro de recría y el toro rozagante. Tras el ganado y por el lado de la Cajigona, que vuelve á ser nuestro observatorio, apareció la gente que lo había conducido, y mucha más que se le fué agregando; pero la parte juiciosa de ella no pasó de los bordes de la meseta. Los muchachos, armados de sendos palos, terminados en gruesa y curva cachiporra, se lanzaron mies abajo, silbando al vacuno, apaleando á las burras, ladrando á las ovejas y espantando á los potros con gritos y aspavientos. Pero no era necesaria tan ruidosa excitación para que las inofensivas bestias dieran al traste con la formalidad; pues no bien sus pezuñas hollaron el blando suelo de la mies, toda la extensión de la vega les pareció poco para campo de su regocijo.
¡Válgame Dios, qué triscar el suyo y dar corcovos y sacudir el rabo! ¡Qué mugir los unos, y relinchar los otros, y balar aquestos, y rebuznar por allí, y bramar por el otro lado! ¡Qué embestir los chicos á los grandes, y hacerse éstos los temerosos y los débiles por chanza y pasatiempo! ¡Qué revolcarse los burros, y galopar los potros sin punto de sosiego, como si el lobo los persiguiera! ¡Qué derramarse por la cuesta abajo el compacto rebaño, y entrar en la cañada, largo, angosto y serpeante, verdadero río de lana tomando la forma de su lecho! ¡Qué gallardearse á lo mejor el becerrillo negro con humos de toro, junto á la apuesta novilla, y escarbar el suelo, y bajar la cabeza, y mirar en derredor con fiera vista, y hacer la rosca con el rabo, sin qué ni para qué, puesto que ningún rival le disputaba el campo! ¡Qué perder el tiempo en estos alardes que no eran agradecidos ni siquiera observados! Hasta el manso y trabajado buey olvidaba su esclava condición, sus años y sus fatigas, para tomar parte en el general holgorio con tal cual amago de corcovo mal hecho y aun ciertos asomos de galanteo á la vaca de su vecino.
Á todo esto, ni pensar en pacer seria y formalmente. Se tiraba un bocado al fresco retoño de la hondonada, pasando de largo; y otro, más lejos, á la _paulina_ de la heredad; y luégo otro, de refilón, al verde de una regatada; y así se andaba y se probaba todo sin fijarse en nada, creyendo acaso que lo desconocido era más sabroso que lo ya probado. Faltaba el tiempo para recorrer la blanda y fragante alfombra de la vega; y el loco y desacorde vocerío y el sonar incesante de esquilas y cencerros, enardecía las bestias y túvolas sin juicio ni sosiego cerca de una hora.
Calmados los ímpetus poco á poco, los sesudos bueyes humillaron la cabeza sobre el elegido terreno para pacer de veras y á qué quieres estómago; trocóse en manso lago, sobre este prado ó aquella heredad, cada rebaño que antes fué torrente de ovejas; enderezóse el burro, harto de revolcarse, y sin sacudirse la basura, ahogó los últimos suspiros, roncos y desconcertados, entre cogollos de helechos arrancados á la sombra de una mimbrera terminal; los potros, dejando de correr, cruzaron de dos en dos los enjutos cuellos, se _espulgaron_ á dentelladas y por largo rato... y todo movimiento fué cesando en la vega, hasta que no se oyó en ella otro ruido que el sonoro y acompasado de las esquilas y los cencerrillos de las bestias, que los movían al pacer blanda y sosegadamente.
Entonces se retiró á paso lento, con los brazos cruzados y la pipa en la boca, el último de los espectadores que habían contemplado el descrito cuadro desde lo alto de la meseta por el lado de la Cajigona, seguro de que, al anochecer, su ganado, sin otro conductor que el natural instinto, estaría á pie firme y rumiando á la puerta del establo ó á la del corral, esperando á que se la abrieran.
En tanto, los muchachos dispersos por la vega fueron reuniéndose en pandillas; una de las cuales, la más numerosa y apta para el lance de que se trataba, se posesionó de la vasta y limpia pradera que comenzaba pocas varas abajo de la Cajigona.
Pasaban de veinte los muchachos, cada cual con su _cachurra_ (el palo de que antes se habló); todos descalzos, los más de ellos en mangas de camisa, y no eran los menos los que llevaban al aire la cabeza, trasquilada de medio atrás hasta el pescuezo. Á esta sección pertenecían, como cabos de ella, _Birriagas_, largo, chupado y pálido, muy reñidor y no cobarde; _Cabra_, incomparable salteador de huertas y robador de manzanas; tan ducho y hábil, que distinguía de noche, y sin catarlas, las _carretonas_ de las _piqueras_; _Bodoques_, corto de resuello y gordo, pero fuerte; seco de palabra y de muy respetado consejo; _Lergato_ (lagarto), sutil y marrullero para escaparse sin una desolladura de donde sus camaradas dejaban tiras del pellejo; _Lambieta_, goloso y desdentado; y, por último, _Cerojas_, así llamado por dos lobanillos negros que tenía en la cara y comenzaron á asomarle poco tiempo después de haberse dado una panzada de las llamadas _bruneras_, en el huerto de Asaduras.
Tratábase de un desafío á la cachurra, ó á la _brilla_, como también se dice; juego que se inaugura y cesa con las derrotas, porque sólo en las praderas de la mies puede jugarse, y vociferaban y se revolvían los muchachos de la pandilla sobre quién debía de _arrimarse_ á quién para equilibrar con el posible acierto las fuerzas beligerantes. Hízose al cabo lo que propuso Bodoques, y quedó la tropa dividida en dos bandos, figurando en el uno Birriagas, Lergato y Cabra, y en el opuesto Bodoques, Cerojas y Lambieta, con sus respectivos soldados de fila. Se echaron _pajucas_ entre Bodoques y Cabra, y tocóle la mano al primero; el cual, como tonto, eligió para _brillar_ la cabecera alta del prado en que se hallaba la patulea.
Sacó luégo del bolsillo una bola de madera, del tamaño de una pelota; requirió su cachurra, que era de acebo con _porro_ macizo y á la veta, y se fué á ocupar su puesto. Los demás muchachos se escalonaron prado abajo en dos filas paralelas, cara á cara, á la distancia de dos cachurras próximamente. Los últimos, y en el último tercio del prado y bastante lejos de sus camaradas respectivos, se situaron, frente á frente, Cabra y Cerojas. Entonces puso Bodoques la bola de madera, ó sea la _catuna_, ó la _brilla_ (que de ambos modos se llama), encima de una topera, previamente _amañada_; se escupió las palmas de las manos; empuñó con las dos el extremo de la cachurra, y gritó con toda su voz, sin dejar de hacer la puntería á la catuna:
--¡Brilla va!
Á lo que respondió Cabra, su contrario, poniéndose en guardia:
--¡Brilla venga!
Y replicó Bodoques:
--¡_Al_ que rompa una pata, que la mantenga, y si no, que la venda!
Dicho lo cual, hizo unas rúbricas en el aire con la cachurra, y ¡plaf!... allá fué la brilla, rápida y zumbando, por encima de los dos ejércitos en expectativa.
Corrieron debajo de ella siguiéndola, y Cerojas se dispuso á socorrerla con su cachurra para _pasarla_ sin que tocara el suelo; pero erró el golpe por ir muy alta; y Cabra, más sereno, dejándola perder fuerza y altura, la recogió en el aire y á su gusto, y la volvió de un cachiporrazo hasta muy cerca de la topera de donde había partido. Dos varas más, y pierden el juego los de Bodoques. Pero andaba éste muy alerta; la tomó con su cachurra apenas tocó el suelo, y la volvió al medio del prado. Como iba rastrera entonces, cayeron sobre ella las cachurras á manojos; y entre ruidoso machaqueo y discordante vocerío, tan pronto subía la catuna como bajaba. Hubo un instante en que más de diez cachurras la sujetaron contra el suelo, no queriendo nadie que su enemigo la arrastrara á su terreno. Entonces Bodoques, que era forzudo, tiró con brío, y un poco al sesgo, un cachurrazo al montón; y mientras la brilla salió rápida del atolladero, las cachurras saltaron como si las volara una mina; y cuál de ellas machacó la nariz del propietario; cuál la espinilla del colateral; otra levantó en la frente chichones como el puño, y alguien se quedó, tras de contuso, desarmado. Hubo, por ende, ayes y por vidas de dolor, amenazas y protestas; y lo de _soldado en tierra no hace guerra_, fué invocado por ambos ejércitos en apoyo de sus conveniencias respectivas. Mas como en la porfía no se lograba siquiera el armisticio, y entre tanto el juego continuaba más abajo con varia suerte, poco á poco, mitigándose los dolores de los contusos, fueron los ánimos entrando en caja; y aunque renqueando unos y palpándose otros los coscorrones, cada cual se arrimó á su bando y continuó con nuevo empeño la partida, que, al cabo, ganó la gente de Bodoques, metiendo la catuna en la heredad con que lindaba la cabecera baja del prado.
Como el que gana es el que tiene derecho á brillar, y brilla desde el mismo sitio en que ha ganado, las dos hileras de combatientes cambiaron de terreno al brillar Bodoques; es decir, que jugaba prado arriba la que antes había jugado prado abajo, y viceversa.
Tal es el juego de la cachurra, ó brilla, que dura en la Montaña tanto como la derrota. El lector ha visto que se reduce á pasar la catuna de un lado á otro del terreno elegido. Para impedir que el contrario lo consiga antes por su banda, hay mil ardides con que los muchachos prueban su destreza; engaños lícitos, algo parecidos á los de que se valen los jugadores de pelota. Todo es permitido allí menos la intrusión de un jugador en el terreno del contrario. Cuando tal acontece, se le apercibe con estas palabras: _á tu tierra, que te pego un palo_; advirtiendo que el terreno de cada cual está bien determinado siempre por las cachurras mismas en ejercicio, frente á frente y porro con porro. Pero, por lo común, si la partida está muy empeñada, se prescinde del apercibimiento y, á buena cuenta, se larga el palo en la espinilla ó en los nudillos del pie desnudo.
Juego, en fin, de lo más higiénico y entretenido, si no fuera por las quiebras que lleva aparejadas, de piernas, dientes y otras no menos integrantes y estimadas porciones del jugador.
[Ilustración]
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XVIII
EL SECRETO DE MARÍA
Los mejores mercados de la villa (porque en la villa se celebra uno cada semana) son los del _maíz nuevo_. En ese tiempo no hay pobres en el país, y cada cual acude á aquel concurridísimo centro de riqueza á proveerse de lo que no tiene, con un poco de lo que menos necesita. Al calorcillo de esta animación, hormiguean los tratantes y las mercancías de mil especies; y unidos todos estos estímulos á la suavidad de la temperatura, la belleza del lugar y la abundancia de las vías de comunicación, acontece que cada mercado es entonces una fiesta en que toman mucha parte las gentes desocupadas del contorno.
En Cumbrales no abundan las distracciones para personas de la condición social de Ana y María; por lo cual aprovechaban éstas la del mercado, muy á menudo, especialmente en otoño. Y no se crea que iban á la villa entonces con el único fin de recrearse: llevaban los bolsillos bien repletos, amén de una interminable lista de _cosas_, en un papel ó en la memoria; en la cual lista había de todo, desde el manojo de chiribías, hasta la vara de raso; desde la palangana de loza, hasta la resmilla de papel de cartas; desde la madeja de seda para bordar, hasta el bombasí para un refajo; desde la libra y media de queso pasiego, y el molinillo del chocolate, y el paquete de azucarillos, y las zapatillas de alfombra, y las tres libras de arroz, y la cerraja para el armario, y el vidrio para el _cuarterón_ de tal ventana, etc., etc., hasta el lienzo para los calzoncillos de don Juan ó de don Pedro, ó el tartán para el vestido de invierno de doña Teresa. Para conducir este revoltijo de especies inconexas, acompañaban á las jóvenes sus respectivas fámulas de mayor empuje, con sendas cestas de mimbre pelado, de dos asas, á la cabeza, sobre el _rueño_ de colores, bien guarnecido de picos pespunteados. Las leyes del bien parecer no exigían otro acompañamiento que éste á dos señoritas que iban al mercado; pero, á mayor abundamiento, Ana y María solían llevar el amparo de doña Teresa, ó el de don Pedro, ó el de don Juan, y vez hubo de ir los tres juntos; pero una, nada más. Y vamos al caso.
Después de los sucesos referidos en los últimos capítulos; cogidas y derrotadas las mieses y comenzadas las deshojas donde había mucho que deshojar, y hasta desgranado el maíz donde éste era el pan y la moneda de la casa; hechos dos tórtolas Ana y Pablo, y no tan regocijada, pero sí muy animosa, María, acordaron los tres ir juntos al mercado el primer día que le hubiera en la villa, si el tiempo no se entornaba; y como el tiempo no se entornó, el acuerdo llegó á cumplirse.
El camino derecho para ir á la villa desde Cumbrales, es por encima de Rinconeda; pero es mucho más blando y placentero el del valle, y éste usan las gentes de Cumbrales mientras las lluvias del invierno no reblandecen el suelo de las praderas y le hacen intransitable en algunos sitios las pozas y los pantanos. Este camino tomaron, en la susodicha ocasión, por la Cajigona abajo, Ana, María y Pablo, con dos mozas de carga, bien trajeadas, rozagantes y frescotas, antes que el sol llegara al fin del primer cuarto de su diaria carrera. Caminaban los cinco en ringle, porque el sendero era angosto y en los prados sentían los pies la frescura y humedad del rocío, aún no seco por el sol que aquel día andaba á la greña con las nubes. Como los bajos de Ana y da María se mojaban al rozarse con la yerba, y para que esto no sucediera era preciso levantarlos, y levantándolos se descubrían los _altos_ del parlanchín y menudo zapato, y algo más que los arranques de la fina y estirada media, Pablo, que iba detrás de Ana, con un pretexto mal urdido por ésta, pasó á la cabeza de la fila.
Mientras así caminaban, por todos los senderos que desde el pueblo iban á parar al que nuestros amigos seguían, bajaban gentes con el mismo rumbo que ellos. Por lo común, mujerucas con la cestilla al brazo ó el saco lleno sobre la cabeza. Unas pasaban de largo después de saludar muy atentas, y otras se agregaban al grupo de las señoras: charlatanas insufribles, aduladoras sin medida, ó torpes y encogidas hasta la tartamudez. De las primeras era la _Cotorrona_, alta, seca y acartonada, alegre sin ser risueña, y relatora incansable de lo suyo, de lo ajeno y de otro tanto más. Nunca perdió un mercado, y jamás se supo á qué iba á ellos, con una cesta colgada del brazo izquierdo y cubierta con un refajo tirado sobre el hombro. Nada compraba ni vendía, aunque todo lo sobaba y ponía en precio; pero dejar de tomar á la salida, en una taberna de su devoción, el pucherete de potaje y dos cuartos de queso... antes faltaría el pedazo de borona para «el su hombre.»
Esta mujer se puso detrás de Ana, y comenzó á despotricar sin que nadie se cuidara de ayudarla ni de contradecirla. En ocasiones dejaba la tarea, no para descansar, sino para meterse donde no la llamaban; como verbigracia:
--Alevante un poco más, doña Ana, que le arrastra entovía la randa por la herba... ¡Jos! no me mirara yo tanto en su caso, que, por cierto vida mía, bien tiene que locir... ¡Vaya, que quien ve esa cinturica, tan fina que se puede abarcar con la llave de la mano, y esos pies de cañamón en dulce, no pensara que tan rollizas las tenía, hija!... Dígote que onde menos se piensa... Bendito Dios, ¡cómo rejunde el buen sustento!... Y no me dejará doña María por mentirosa, aunque esa más á la vista lleva la rebustez. ¡El Señor las conserve tan majas y locías para salú propia y bien de los caballeros que tengan la suerte de merecerlas!
Sonreíase Ana, bajaba María las faldas hasta los pies, y carraspeaba Pablo. Tornaba luégo la Cotorrona á rajar con la lengua famas y caudales; terciaba de vez en cuando en el empeño alguna de las mujeres pegadizas; y de este modo se habló allí de cuantas gentes pasaban al mercado; de lo que llevaban, de lo que traerían, de lo que dejaban en casa, de la cosecha, del ganado, del Ayuntamiento, de _lo del perro_, y, por último, de las «malas almas» de Rinconeda, cuyas mieses comenzaban á pisar á la sazón las murmuradoras y sus taciturnos y aburridos oyentes. Pablo, en tanto, espantaba las mansas bestias que pastaban cerca del camino, para que nada temieran las dos jóvenes, ó las ayudaba á saltar esta zanja ó aquel vallado; tareas en que el mozo disimulaba mal el gusto con que oprimía la mano ó ceñía la cintura de la hija de su padrino.
Acabáronse las praderas y comenzaron los callejos, muy ásperos aunque cortos; pero no calló un punto la Cotorrona, por más que Ana lo intentó muchas veces. Después de los callejos, la sierra, donde el camino se arrastra entre brezos y matorros. Allí necesitaron Ana y María abrir las sombrillas, porque comenzaba el sol á calentar. Breve fué la subida, pues la sierra no es larga; y estar en lo alto de ella es estar en la villa, porque ya se la ve abajo, con la cabeza reclinada en la falda del monte, tendida en la linde del valle de que es dueña y señora; valle quizá el más hermoso de toda la Montaña, regado por el mismo río que hemos visto pasar al Norte de Cumbrales.
Ana y María, en un impulso que es instintivo en las mujeres en semejantes casos, antes de comenzar á bajar la sierra, que espeso monte es por aquella vertiente, se arreglaron el cabello y los pliegues de la falda, como dama que llega á la puerta de un salón de baile, y se detuvieron un buen rato, no tanto para orearse y descansar, como para deshacerse de la molesta compañía de la Cotorrona.
Quedáronse al fin solas con Pablo y las dos fámulas, y así entraron en la villa por aquel arrabal, hasta donde llegaba el reflujo del hervor que se oía más adentro; reflujo de gentes dispersas y errabundas que iban y venían sin derrotero fijo, entre casas desperdigadas y medio campesinas todavía.
Andando, andando, las casas iban uniéndose y enfilándose unas con otras, el gentío espesaba y los rumores crecían, hasta que se llegaba al foco de la ebullición, verdadero mar de cosas y de gentes, con sus bramidos sordos y su agitación incesante. Este mar estaba en la plaza, vastísimo espacio circuído de grandes edificios con espaciosos soportales de arcos de sillería. ¡Lo que había sobre aquel encachado suelo! El cestuco de patatas; el taleguillo de harina; los nabos de Reinosa; los limones de Cóbreces; las _calladas_ del Puente; la triguera de chiribías; la banasta de manzanas; el queso de las Cabeceras; el celemín de _fisanes_; las tres parejas de pollos; las dos docenas de huevos... Todas estas menudencias y otras infinitas, delante de los vendedores, acurrucados en el suelo en apretadas hileras. Después, en espacios más anchos, los zapatos de Novales; las abarcas de Carmona; los yugos y _prisiones_ de Cieza; los montes de pan en roscos, en cruz y en tortas; los calderos y trébedes de Balmaseda; los puestos de baratijas, como dedales de acero, alfileteros de latón, navajas de poco más ó menos, cordones de estambre y gargantillas de cristal; las montañas de pimientos _morrones_ y _choriceros_; los corderos en capilla, quiero decir, atados de pies y manos, jadeantes, con los ojos revirados y la punta de la lengua fuera de la boca, ora en el suelo, ora danzando en el aire sopesados por el comprador; las ollas y cazuelas de barro; las cestas de mimbre; los garrotes de Peñamellera; la vasija valenciana; amoladores y zapateros ambulantes; gallineras de Asturias... y demonios colorados; y entre todo ello, los compradores y curiosos yendo y viniendo, oprimidos, casi prensados, guardando el equilibrio, bregando sin cesar y ayudándose unos á otros para avanzar un paso en el continuo atolladero de contrarios oleajes, más irresistibles que por su fuerza, por su ruido ensordecedor y mordicante.
Publicábase á gritos la mercancía; á gritos se regateaba, y á gritos se la ofrecían más barata desde otro puesto al comprador indeciso; á gritos se pedía paso donde, contra toda ley, no le había; á gritos se quejaba quien no podía apartarse á un lado por falta de terreno para moverse; á gritos se saludaban las gentes, y á gritos se citaban, y á gritos se entendían; el ferretero tocaba con el martillo una _palillera_ sin fin sobre la mayor de sus sartenes; cacareaban los gallos; gemían los cabritos amontonados; gruñían los cerdos que pasaban, á rempujones, del mercado de los de su especie desdichada; resonaban las panderetas probadas por mozas de buena mano, y los dalles, heridos contra las piedras; roznaba el paciente burro del pasiego, atado á un pilar de los soportales, libres sus lomos por entonces de la carga que su dueño publicaba á voces un poco más allá; sonaban las campanillas de un puesto de ellas, sacudidas una á una por el aldeano que buscaba un par bien acordado, cuando no zarandeaba con toda su fuerza un collar cargado de esquilones... ¡que es lo que hay que oir!; chirriaba el eje del carro que pasaba cargado de maíz; aullaba el perro perseguido á puntapiés por el queso robado ó el pan mordido; cantaba el ciego al son de la ronca gaita, y el lazarillo al de su pandereta, herida á puñetazo seco; sonaba el martillo del herrador, y el mazo del hojalatero... y, en fin, la campana del reló cuando callaban las de la iglesia.
En los soportales alzábanse, sobre improvisados mostradores, cordilleras de paños y bayetas de todos los imaginables colores, y había detrás de los mostradores tiendas atestadas de los mismos géneros y otros sin número; y en cada calle de las que partían de la plaza, tiendas y más tiendas, y hasta en los rincones de los edificios mal alineados; y más lejos, otro mercado donde los granos y frutos de muchas especies entraban por miles de fanegas y de arrobas; y más lejos todavía, y en adecuado lugar, otro mercado de bestias de cerda; y lo mismo que en la plaza principal, en los soportales, en las tiendas, en las calles y en los otros mercados, gente y más gente, y ruido y más ruido.
Quisiera yo que el lector de ultrapuertos no tomara á broma esta pintura que le borrajeo de un pueblo montañés, que es, en España, quizá el primero entre los de su modesta categoría. Esto por lo que hace á su rápido crecimiento; pues si se mira su belleza _externa_ y la del paisaje que le circunda, es aún más difícil hallarle competidor.
Volviendo al asunto, digo que muy buen rato antes de mediodía, comenzaron á verse en el mercado las damas de la villa, en elegante arreo, husmeando los puestos de la plaza, con su cortejo de galanes de punta en blanco. Mirábanlos de reojo y con recelosa curiosidad los caballeretes de los pueblos, que braceaban en aquel mar, un tanto desaliñados y polvorientos á causa de la fatiga y estrago del camino, y dejábanse mirar los de la villa con piadosa complacencia, seguros de su importancia incomparable.
Á María, corta de genio y muy desconfiada de su valer, la acoquinaban las actitudes de aquel encopetado señorío, ante el cual, á pesar de su lozana frescura y de su intachable atavío, se creía fea, desgarbada y mal vestida. Ana, por el contrario, dejándose llevar de su natural franco y abierto, parecía complacerse en excitar la curiosidad por el gusto de vencerla con su mirar valiente, que sabía hacer burlón y desdeñoso sin esfuerzo y muy al caso. Cuanto á Pablo, no hay para qué decir lo que se aburría y mareaba entre el barullo, sin curarse más de lo que pasaba ante sus ojos, que de las coplas de Calaínos.
Ya, para entonces, estaban las cestas repletas, y hasta colgaban de las asas, por fuera, muchas cosas que dentro no cabían; pero no había que pensar aún en volverse á Cumbrales. Necesitaban antes dar una vuelta por la villa y un vistazo á los otros mercados; porque cuando de ellos se vuelve á casa, los que no han estado allá hacen muchísimas preguntas; y es bueno saber entonces á cómo iban las alubias, y el maíz y las patatas, y los cerdos de cría y los de matanza, para responder á todos.