El sabor de la tierruca

Part 10

Chapter 104,035 wordsPublic domain

Cuando transcurrió una semana y vió el hijo de don Pedro Mortera que estos fenómenos continuaban en progresión creciente, declaró de gravedad el caso. El cual tenía para él dos aspectos muy distintos: risueño el uno, y desagradable el otro. Risueño, porque, desde la altura á que se había elevado su espíritu, descubría espacios y horizontes que jamás había contemplado con los ojos del sentimiento. Encantábale el espectáculo por nuevo y por bello, y de aquel mundo quería hacer, y hacía desde luégo, la patria y el paraíso de su alma. Pero este mismo arrobamiento, tan dulce y sabroso, le alejaba del mundo de la realidad y de sus viejas tendencias y aficiones; de activo, fuerte y despreocupado, transformábale en muelle, débil y caviloso; extrañábanle las personas de su trato, y él mismo se consideraba desarraigado y sin apego dentro del hogar y en el seno de la familia. Éste era el aspecto desagradable del caso.

Pero el mozo se arreglaba mal con las situaciones complejas y con los caminos enmarañados; quería, aunque fuera escabroso, suelo firme y luz para caminar; considerábase á obscuras y en una senda erizada de obstáculos inextricables; no podía retroceder, porque la vehemencia misma de sus deseos le había cortado la retirada, y entróse por derecho, resuelto á llegar pronto á donde se viera claro y se pisara en firme.

Buscó á Ana, y la dijo en cuanto estuvo á su lado y sin testigos:

--¿Qué es esto que me sucede desde el día en que tu padre, delante de tí, me aconsejó que me casara?

Siempre sobresaltan á las jóvenes preguntas de esta clase, aunque las esperen; y Ana, con ser tan animosa y resuelta de ordinario, no solamente se sobresaltó al oir la de su amigo, sino que se vió en grandes apuros para contestar, entre latidos del corazón y desmayos del espíritu, estas pocas palabras:

--Pues ¿qué te sucede, Pablo?

Verdad es que, aunque sabía muy bien de qué se trataba, no debía responder mucho más que esto.

--Sucédeme--añadió Pablo,--que desde aquel instante parece que me he transformado de pies á cabeza; que no soy lo que antes era; que miro y veo de otro modo, y siento en otra forma... en fin, Ana, que me desconozco. ¿Qué pasó allí?... Yo recuerdo que te miré, y jurara que lo hice sólo por curiosidad; que tú me miraste también, y que las dos miradas se encontraron; que tus ojos, que nunca fueron cobardes, huyeron entonces, y huyendo siguen, de los míos; que de aquel choque repentino resultó algo, á modo de luz, con la que yo ví acá dentro, en lo más hondo y obscuro de mí mismo, cosas que jamás había visto ni pensado, y sentí lo que nunca había sentido. Al propio tiempo, aquella luz, y tú, y mis ojos, y los tuyos, y mi corazón, y mis pensamientos... y el aire que nos rodeaba, y el cielo que se distinguía... todo era una misma cosa; cosa que yo no podía explicar, porque era más de sentirse con el alma que de verse con el entendimiento. Apartéme de tí, y el encanto no se deshizo; pero noté que viéndote como eres, pintada en mi memoria, daba el mayor regalo á mis deseos. Desde entonces acá, en cuanto miran mis ojos sólo á tí ven; y si el campo y el aire y el sol me recrean, es porque todo lo contemplo con el ansia que siento, sin cesar de sentirla, de verte y de oirte. Esto no me pasaba á mí antes: yo te conocía y te trataba, como te conozco y te trato ahora, y tú eras la misma que eres. ¿En qué consiste esta mudanza?

Se deja comprender que Ana oyó toda esta parrafada, ruborosa y un tanto conmovida, y que, llegado el caso de responder á la ociosa pregunta final, lo hizo del modo más sencillo, natural y elocuente: clavando los ojos tímidos en Pablo y callándose la boca.

--¿No lo sabes?--añadió el impetuoso y sencillote galán.--Pues lo mismo que ahora, me miraste aquel día, y la misma luz había en tu mirada. ¿Sientes, al mirarme, lo que siento yo, Ana?... ¿Ó es que tus ojos queman, sin abrasarte?

Sonrióse la joven y preguntó á su vez:

--¿Nunca habías pensado en mí hasta ahora, Pablo?

--Sí que he pensado, Ana; pero sin ser esclavo de esos pensamientos. Cavilando hoy en lo que he sido, en fuerza de asombrarme de lo que soy, acuérdome de que, en mis ausencias, era tu pensamiento el que más me asaltaba en ciertos actos de la vida: por ejemplo, si me ponderaban una mujer por aguda ó por hermosa, contigo la comparaba para calcular lo mucho que le faltaba para valer lo que decían; si algo me robaba la atención por nuevo ó por divertido, lamentábame de que tú no lo vieras también; si un trapo de moda caía con gracia en el cuerpo de una elegante de fama, pensaba yo lo mucho más que luciría en el tuyo... y así por este orden. Pero después se borraba el recuerdo con otros bien distintos. En fin, que, sin dejar de quererte mucho, pensaba yo que te quería... como quiero á mi hermana, supongamos. ¡Pero esto otro es muy distinto!

--Y si estuviera en tu mano la elección--preguntóle Ana,--¿con qué te quedarías, Pablo? ¿con esto que hoy te asombra y desasosiega, ó con lo que ayer sentías, muy tranquilo?

--¿Quién deseará cegar, Ana?

--¡Y dices eso y lo sientes, y no sabes lo que es?

--Sí: lo sé, Ana, lo sé... es decir, sé cómo lo llaman las gentes en el mundo: lo que ignoro es por qué lo siento ahora y no lo sentía antes; por qué bastó una palabra casual para que del encuentro de dos miradas que tantas veces se habían encontrado sin conmoverse, se produjera en mí cambio tan raro y pronto.

--¡Y eso te asombra, Pablo?

--¡No ha de asombrarme?

--Oye un ejemplo. Sobre un hogar frío hay un montón de ceniza: pasas delante de él una y cien veces, y nada ves allí que la atención te llame. De pronto, hace la casualidad que las cenizas se remuevan, y aparece el fuego que ocultaban... ¿Lo entiendes?

--¿Luego tú crees que yo llevaba conmigo el fuego, y que la palabra de tu padre aventó las cenizas que le cubrían?

--Eso mismo.

--Pero el que brilló después en tus ojos, ¿dónde estuvo primero?

--¡Qué más te da, si le había?

--Pero no te sorprende el hallazgo.

--Porque tenía que suceder... porque le esperaba.

--Y ¿por qué le esperabas?

--Porque... porque Dios es justo y bueno.

--Mira--dijo aquí el mozo, echando el resto,--hablemos ya para entendernos de una vez: esto que yo siento, es amor, no tiene duda; y empiezo á comprender que es verdad lo que de él cuentan los enamorados: bien correspondido, da la vida; pero también es puñal que mata si no halla esa correspondencia... ¿Siéntesla tú en el pecho, Ana?

Cruda fué la pregunta, y harto excusada, por cierto; pero ya se habrá notado que á Pablo le gustaba mucho que le pusieran los puntos sobre las _ii_, y Ana no tuvo otro remedio que responder clara, precisa y terminantemente, según el sentir de su corazón; sentir tan viejo en ella, por las trazas, como las ya fenecidas indiferencias de Pablo; con lo que éste se encalabrinó hasta el punto de que quiso hacer público el suceso y llevar las tramitaciones por la posta.

--No tanto, Pablo--díjole Ana entre chanzas y veras,--que no por andar de prisa se llega primero. Nadie nos corre ahora; y no te vendrá mal un noviciado, aunque sea breve. No siempre se logra el fuego de que antes hablábamos: muchas veces se muere á poco de haberse descubierto. Cuida mucho el tuyo; y cuando estemos seguros de que no ha de apagarse, yo te avisaré. Reparte el tiempo entre ese cuidado y tus quehaceres y diversiones, _lícitas_, se entiende; mucho juicio... y apártate allá ahora y haz que te paseas, que llega tu padrino.

Desde aquel día ya supo á qué atenerse Pablo; penetró en los laberintos que le obstruían la senda, y halló la luz que echaba de menos; y sin descender con la fantasía del Olimpo á que le habían elevado sus nuevas impresiones, volvió á ser en Cumbrales el amigo de Nisco, el jugador de bolos, el cultivador del cierro, el amante incansable de la naturaleza y de las costumbres de su país... todo, menos el concurrente á zambras y bureos, como alguna vez lo fué, según nos dijo su padrino, en ocasión bien señalada para esta parejita de nuestros personajes. Es decir, que la pasión de Pablo dejó de ser impetuoso torrente, é iba transformándose en manso, rumoroso y cristalino arroyo (como dicen los poetas), con harto gusto y complacencia de Ana, que fundaba en el amor firme y arraigado de aquel noble mancebo todas las aspiraciones de su vida.

[Ilustración]

[Ilustración]

XV

VERDADES AMARGAS

¡Qué distintas de las de Pablo corrían las horas para Nisco! Aquellos pensamientos, dulces como las mieles, altos y relucientes como el sol y la luna, que saboreaba y entreveía el hijo de Juanguirle, sus dejos tenían ya de la ruda amarga en que el desengañado amigo los había empapado al hundirlos en la charca terrena y prosáica de sus consejos sesudos. Ya no arrullaban los sueños del presumido mozo dulces sinfonías, ni visiones de palacios de oro, donde reinas y emperatrices le vestían y le calzaban, duques eran sus mayordomos, y marqueses sus criados. Muy de continuo sentía el cencerreo del ganado en la vecina cuadra, y en sus espaldas los duros bodoques del mal tundido colchón de su pobre lecho; realidades de la vida más poderosas ya que las encantadas imaginaciones de otros días bien cercanos.

No se entienda por esto que daba Nisco por perdidas sus esperanzas; pues bien sabe Dios que aún las mimaba y las consentía, porque el esencial fundamento de ellas no había padecido, que él supiera, menoscabo alguno. Pero era indudable que en la senda de flores que recorría había topado con un tropiezo de mucha cuenta. Las palabras de Pablo fueron claras y terminantes; y esto era muy grave, no tanto por ser de quien eran, cuanto por estar muy puestas en razón. Así le dolían á él en lo más hondo de su vanidad; así las recordaba y exprimía á cada instante, y muy especialmente cuando se miraba al espejillo colgado debajo del _cuarterón_ de su ventana; como si no comprendiera entonces, aunque lo temiera mucho, que aquéllos sus rizos pegados á las sienes, el mirar blando de aquéllos sus ojos negros, aquélla su belleza toda, en fin, con el saber adquirido, por su voluntad, y el buen querer de su corazón, no eran alas bastantes para volar hasta el sol que había contemplado cara á cara sin deslumbrarse. Desde el suceso del cierro (más de ocho días), tres veces nada más había estado en casa de Pablo, y otras tantas se habían visto y hablado los dos en la calle; pero en la calle y en casa, Pablo no era el amigo íntimo y afectuoso de antes: hallábale Nisco frío, reservado y lacónico hasta la sequedad; y como ignoraba los verdaderos motivos de este cambio, achacábale á lo que más temía; y esta aprensión le abrumaba el espíritu, porque para ayuda de sus males, ¡se conjuraban contra él tantos elementos!...

Saliendo la última vez de casa de Pablo, mustio y compungido, porque, como en las dos anteriores, halló á su amigo reservado y serio, cerrada la puerta de la sala y los pasadizos desiertos, topó, cerca de la portalada, con la Rámila que iba á entrar por ella.

--¡Hola, guapo mozo!--díjole la vieja, al notar que no le gustaba el encuentro.--No pensé que eras tú de los que temen.

--¡Temer yo!--respondió Nisco de mala gana.--¿Por qué había de temer cosa alguna?

--Eso es señal de que no la has hecho. Ya sabes: quien no la hace...

--¡Ya se ve que no la he hecho!

--¿Estás muy seguro de ello, Nisco?

--No recuerdo haberla ofendido á usté.

--¡Otra, bobo!... si no se habla de mí. Si de mí se hablara, igual fuera una de más que de menos. Me han hecho tantas, que ya no reparo. Pero bien pudieras habérsela hecho á otros.

--¡Á naide!

--¿Ni siquiera á Catalina, santuco de Dios?

--¡Dale otra más!... ¡Mire usté que es tema, puño!--dijo Nisco machacándose con los suyos cerrados las caderas.--Y á usté ¿qué le importa? y por último, usté ¿qué sabe?

--¿Pues no he de saberlo? ¿No ves que soy bruja, tocho?... El que me importe ó no, ya es distinto, y sobre esto no reñiríamos en ningún caso; pero te importa á tí, y, porque te importa, te voy á contar un cuento.

Nisco no sabía á qué santo encomendarse en aquel trance, ni sobre qué pie echar el cuerpo para descansar mejor, en el desasosiego que le consumía. Para cortar por lo sano, trató de largarse; pero la vieja se le atravesó delante, y, á mayor abundamiento, le agarró por las solapas de la chaqueta y le dijo muy seria:

--¡Escúchame... ó te muerdo!

Tembló Nisco al oir aquella amenaza en tal boca, y respondió, resignándose á la fuerza:

--¡Pero acabe pronto!

--En dos palabras te despacho--dijo sonriéndose la vieja; y añadió en seguida:--Amigo de Dios, éste era un mozo soltero, con pocos bienes de fortuna, pero amañado y trabajador que pasmaba. Pasábase lo más del día en el monte cortando varas de avellano para hacer en su casa zonchos y adrales, que vendía en ferias y mercados; trabajaba además un poco de tierra prestada, y tenía una vacuca en aparcería. Así iba tirando el hombre de Dios, con los calzones remendados y no muy llena la barriga, pero en buena salud y muy contento, porque no había conocido cosa mejor. Pues, señor, que estando un día en el monte y en lo más espeso de él, porque en lo más espeso se jallan siempre los buenos avellanos, corta esta vara y corta la otra, cátate que oye tocar el _bígaru_[3] ajunto á sí mesmo, y de un modo que gloria de Dios daba el oirle. Y oyendo tocar el bígaru tan cerca, y no viendo por allí pastor que pudiera hacerlo, fuése detrás del son; y yéndose detrás del son, apartaba las malezas; y apartando y apartando, llegó á un campuco muy majo, donde vió el bígaru solo arrimado á una topera grande y sonando sin parar. Pues, señor, qué será, qué no será, acercóse á la topera, y vió que en el borde mesmo de ella y con las patucas metías en el ujero, estaba sentao un enanuco, menor que este puño cerrao, y que este enanuco era el que tocaba el bígaru. Viendo el enanuco al mozo, deja de tocar y dícele:--«¿Qué hay, buen amigo?--Pues aquí vengo,» respondió el otro, «por saber quién tocaba tan finamente; pero si es que estorbo, me volveré por donde vine.» Á lo que volvió á decirle el enanuco:--«¡Qué estorbar ni qué ocho cuartos, hombre!... sépaste que para que tú vinieras he tocado yo.» Pues, amigo de Dios, que en éstas y otras, métense en conversación el enanuco y el mozo, y cuéntale el mozo al enanuco todos los trabajos de su vida. Y contándole todos los trabajos de su vida, dícele el enanuco al mozo:--«Pues, amigo, de todo eso era yo sabedor y noticioso; y porque lo era, te llamé para preguntarte qué deseas en premio de tu hombría de bien.» Á lo que respondió el mozo:--«Con que fuera mío lo que á renta y en aparcería llevo, y dos tantos más para vivir sin esta fatiga del monte, que es la que me quebranta, creyérame el más rico del lugar y no envidiara al rey de las Indias.--Pues tendrás lo que deseas, si eso te basta,» dijo el enanuco. Y volvió á responder el mozo:--«Me basta, y hasta me sobra, si bien se mira, lo que hasta hoy he tenido y el mal uso que haría de cosa mejor, por desconocerla.» Con que, amigo de Dios, cátate que le dice en esto el enanuco:--«Coge de esta tierra que ves junto á mí, y échatela en el pañuelo.» Asombróse el mozo, porque pensó que el enanuco se burlaba de él, y tornó á decirle el enanuco:--«Cógelo, hombre, sin recelo, que de ello tengo yo llenos los mis palacios, á los que se va por este ujero en que estoy.» Por si era ó por si no era, el hombre sacó del seno el moquero, y echó en él una buena _mozá_ de aquella tierra, y añudó luégo los picos. Y díjole entonces el enanuco:--«Ahora, vete á casa, y cuando te acuestes, pon debajo de la almohada esa tierra, según está en el pañuelo. Al despertarte mañana, verás si te he engañado.» Pues, señor, que lo hizo como se lo mandaron; y ¡quién te dice á tí que, al despertar al otro día con el sol, abre el pañuelo, y ve que la tierra se ha convertido en ochentines y onzas de oro!... ¡más de mil había entre unos y otras! Como que el pobre zonchero pensó enloquecer de alegría. Pues, señor, que, entrando en su quicio poco á poco el mozo, empezó á echar sus cuentas: tantos carros de tierra así; tantos asao; tantas reses de esta clase; tantas de la otra; el carro de tal modo; la casa de cuál otro... Y cátale en poco tiempo con unas labranzas de lo mejor y unos ganados que tenían que ver; bien comido y bien trajeado, y con buenas onzas sobrantes al pico del arca; motivao á lo que las mejores mozas le persiguieron, echándole memoriales con los ojos. Y bien lo merecía, que, no por ser buen mozo y rico, dejaba de ser trabajador y honrado, como cuando era pobre. Pero, amigo de Dios, cátate que un día se le antoja ver un poco de mundo, cosa que jamás había visto, y plántase en la ciudad, de golpe y porrazo. ¡Él que allí se ve entre tanta gala y señorío!... ¡Madre de Dios!... ¡Aquéllas sí que eran mozas, con sus vestidos de seda y sus abanicos y sus lazos de crespón y sus caras de rosa de mayo! ¡Aquéllos sí que eran mozos, con sus casacas de paño fino, sus borlajes de oro y sus botas relucientes! ¡Y qué vida la suya! Éste á caballo, aquél en coche; el otro de brazalete con la señora; paseo abajo, paseo arriba; comedia aquí, valseo allá; buena mesa, muchos sirvientes y gran palacio... vamos, que vivir así y vivir en la gloria, pata. De modo y manera, que volvió el mozo á su pueblo pensando ser la criatura más desgraciada del mundo. Volviendo así á su pueblo, cogió _duda_ á la borona, dió en aborrecer el trabajo, y los días enteros se pasaba pensando en aquello que había visto y en ser un caballero de los más regalones; y pensando de esta manera, quería una dama por mujer, y no había que mentarle las mozas de su lugar, que todas le parecían poco para un personaje como él. Pues, amigo de Dios, que abandonó las labranzas por entero, y tuvo que comer de lo agorrao, mientras le andaba cierta idea en el majín, que no se atrevía á poner por obra; pero cátate que no tuvo otro remedio que ponerla, porque lo agorrao iba á acabarse, y él no estaba por volver á trabajar las tierras que tenía en abandono. Un día unció los bueyes al carro, puso en él media docena de sacos vacíos, y arreó hacia el monte; y arreando hacia el monte, llegó al sitio que buscaba; y llegando á aquel sitio, oyó sonar el caracol del enanuco; y oyéndole sonar, se acerca al enanuco y le dice:--«Hola, buen amigo: pues yo venía á darle á usté las gracias por el favor que me hizo tiempo atrás, y á pedirle otro nuevo, si no ofende.--¡Qué ha de ofender, hombre!» respondió el enanuco. «En siendo cosa que yo pueda, pide con libertad.» Alegrósele el corazón al mozo, y tornó á decir al enanuco:--«Pues yo deseara llenar estos sacos que traigo aquí, de la misma tierra que usté me dió la otra vez.--Todo este campo es de ella,» respondió el enanuco; «con que así, cava donde quieras y llénalos á tu gusto. No te olvides de ponerlos esta noche cerca de la cama para abrirlos en cuanto despiertes al amanecer.» Y con esto, metióse el enanuco por el ujero á los sus palacios; con lo cual quedóse solo el mozo; y cava, cava, en un periquete llenó de tierra los sacos, y se volvió á casa con ellos más contento que unas pascuas. Llegó la noche, acostóse, durmió poco con la brega que traía en el majín, y al amanecer ya estaba el mozo más listo que las liebres; y estando más listo que las liebres, pensaba en abrir un pozo muy hondo para guardar tantas onzas como iban á salir de aquellos sacos; y pensando en esto, los abrió; y abriéndolos... ¡hijo de mi alma!... no encontró en ellos más que la tierra que había cavao en el monte. Quedóse en la agonía el pobre hombre; y quedándose así, llegó á consolarse cavilando que, mirando bien las cosas, con lo que ya tenía de antes le bastaba; y cavilando esto, fué al cajón donde guardaba las pocas monedas sobrantes... ¡y tierra eran también como la de los sacos!... ¡y tierra los papeles de sus compras! Fué á la cuadra... ¡y montones de tierra los bueyes!... ¡y montones de tierra el ganado que pagó con el dinero del enanuco! No quedaba allí otra bestia que la vaca en aparcería. Reparó entonces en la casa, y vió que era la misma en que él vivía cuando era pobre zonchero: á la puerta había un coloño de varas y unos adrales á medio hacer. Gimió y golpeóse, el venturao; y al monte fué á contar su desgracia al enanuco; pero el enanuco le dijo:--«Eso que te pasa, no puedo remediarlo yo: quien por mi mano te dió la riqueza que has menospreciado, te dice ahora por mis labios que la miseria en que vuelves á verte es el castigo que da Dios á los cubiciosos que quieren pasar de un salto, y sin merecerlo, de zoncheros bien acomodados, á caballeros poderosos.» Y colorín colorao... ¿Qué te paece del cuento, Nisco?

[3] Caracol marino.

--Pues no me paece cosa mayor--respondió Nisco, que había estado escuchándole con la boca abierta.--Pero, valga ó no valga, ¿por qué me le cuenta usté aquí?

--Cuéntotelo aquí, porque, como dijo el otro, aquí te cojo y aquí te mato; y cuéntotele también, por si conociste tú al zonchero, ú á persona que se le ameje siquiera en los humos de la chimenea.

--¡Yo no conozco ni he conocido á naide de esas señas!

--Pues yo sí, Nisco. Yo conozco á uno, amejao al zonchero en las infladuras de la vanidá; un mozo que, por tener de todo, tuvo una novia como unas perlas, que por él se moría y por él se muere.

--¡Bah, bah!--dijo aquí Nisco clavándose en la alusión de la vieja.--¡No me venga con coplas!

--No son coplas éstas--replicó la Rámila impertérrita:--son verdades como puños, que te importan más que á mí. Hace ya mucho que andas caminando hacia el monte con los sacos vacíos en el carro; y te salgo al encuentro para decirte que te vuelvas, porque sé lo que te aguarda si los llenas como el zonchero. Aquellos tesoros no son para tí, probe tonto, que guardados están para quien mejor los merece. Buenos los tienes en tu casa; vuélvete á cuidarlos, que tierra será para tí el mejor de todos ellos, si la cubicia llega á descubrírsete como al otro. Yo sé que hoy te quiere Catalina más que antes te quiso; pero también sé que no te querrá así el día en que tú seas la rechifla de Cumbrales. Y ahora vete con Dios y perdona el poste; pero no olvides el cuento de _El zonchero cubicioso_, que has de agradecérmelo.

Con lo que la Rámila se entró en la corralada de don Pedro Mortera, y Nisco tomó el camino de su casa, mustio y contrariado... y voy á lo que decíamos de los elementos conjurados contra los planes de este mozo: no bien abocó al estragal, encaróse con él Juanguirle, que iba á salir á _picar_ leña en la accesoria, y le echó un trepe que ardía. En conclusión le dijo: