El Romanticismo y los románticos

Part 2

Chapter 21,151 wordsPublic domain (Wikisource)

al campo de los difuntos;

allí te espera un amigo

y un ataúd.

-Vaya, vaya, señoritu, esto ya pasa de chanza; o usted está locu, o yo soy una bestia... Váyase con mil demonius al cementeriu u a su cuartu, antes que empiece a ladrar para que venga el amu y le ate.

Aquí me pareció conveniente poner un término a tan grotesca escena, entrando a recoger a mi moribundo sobrino y encerrarle bajo de llave en su cuarto; y al reconocer cuidadosamente todos los objetos con que pudiera ofenderse, hallé sobre la mesa una carta sin fecha, dirigida a mí, y copiada de la Galería fúnebre, la cual estaba concebida en términos tan alarmantes, que me hizo empezar a temer de veras sus proyectos y el estado infeliz de su cabeza. Conocí, pues, que no había más que un medio que adoptar, y era el arrancarle con mano fuerte a sus lecturas, a sus amores, a sus reflexiones, haciéndole emprender una carrera, activa, peligrosa y varia; ninguna me pareció mejor que la militar, a la que él también mostraba alguna inclinación; hícele poner una charretera al hombro izquierdo, y le vi partir con alegría a reunirse a sus banderas.

Un año ha trascurrido desde entonces, y hasta hace pocos días no le había vuelto a ver; y pueden considerar mis lectores el placer que me causaría al contemplarle robusto y alegre, la charretera a la derecha, y una cruz en el lado izquierdo, cantando perpetuamente zorcicos y rondeñas, y por toda biblioteca en la maleta, la ordenanza militar y la Guía del oficial en campaña.

Luego que ya le vi en estado que no peligraba, le entregué la llave de su escritorio; y era cosa de ver el oírle repetir a carcajadas sus fúnebres composiciones; deseoso sin duda de probarme su nuevo humor, quiso entregarlas al fuego; pero yo, celoso de su fama póstuma, me opuse fuertemente a esta resolución, y únicamente consentí en hacer un escrupuloso escrutinio, dividiéndolas, no en clásicas y románticas, sino en tontas y discretas, sacrificando aquéllas y poniendo éstas sobre las niñas de mis ojos. En cuanto al drama no fue posible encontrarlo, por haberlo prestado mi sobrino a otro poeta novel, el cual lo comunicó a varios aprendices del oficio y éstos lo adoptaron por tipo, y repartieron entre sí las bellezas de que abundaba, usurpando de este modo ora los aplausos, ora los silbidos que a mi sobrino correspondían, y dando al público en mutilados trozos el esqueleto de tan gigantesca composición.

La lectura en fin, de sus versos, trajo a la memoria del joven militar un recuerdo de su vaporosa deidad; preguntóme por ella con interés, y aun llegué a sospechar que estaba persuadido de que se habría evaporado de puro amor; pero yo procuré tranquilizarle con la verdad del caso, y era que la abandonada Ariadna se había conformado con su suerte; ítem más, se había pasado al género clásico, entregando su mano, y no sé si su corazón, a un honrado mercader de la calle de Postas: ¡ingratitud notable de mujeres! Bien es la verdad que él por su parte no la había hecho, según me confesó, sino unas catorce o quince infidelidades en el año trascurrido. De este modo concluyeron unos amores que si hubieran seguido su curso natural, habrían podido dar a los venideros Shakespeares materia sublime para otro nuevo Romeo.

(Setiembre de 1837.)

El Romanticismo y los Románticos. -El mérito de este artículo (si es que alguno tiene) fue sin duda el de la oportunidad, y el osado atrevimiento del autor en darle a luz en los momentos en que la nueva secta Hugólatra dominaba toda la línea del uno a otro extremo de la república literaria. -Ya hemos recordado el ferviente entusiasmo, la asombrosa vitalidad que por entonces ofrecían en nuestra capital las imaginaciones juveniles y la energía que prestaban a su desarrollo la revolución política, la revolución literaria, y la creación de la tribuna de los periódicos y de los Liceos. -Era un momento de vértigo y de exageración, aunque fecundo en magníficos resultados. -A las modestas y filosóficas comedias de Moratín, Gorostiza y Bretón, habían sustituido en nuestra escena los apasionados dramas de El Trovador, Los Amantes de Teruel, y La fuerza del Sino. Espronceda y Zorilla con su robusta entonación, elevadas imágenes y florido estilo, habían arrinconado la lira antigua de Garcilaso y de Meléndez, las anacreónticas y églogas, los madrigales e idilios, los pastores y zagalas. -Con ellos habían enterrado los preceptos de Aristóteles y de Horacio, de Boileau y de Luzán; Shakespeare, el Dante y Calderón, eran las nuevas divinidades poéticas; y Victor Hugo su gran sacerdote y profeta. -¿Quién podría negar justamente el tributo de entusiasmo y admiración al autor de Nuestra Señora de París y de Lucrecia Borgia, de las Orientales, y del Angelo? ¿Quién resistir al impulso de la época que agitando y conmoviendo todas las imaginaciones, todos los talentos, en política, en ciencias, en literatura y artes, les presentaba nuevos y dilatados horizontes de porvenir y de gloria?

Aquella exaltación, sin embargo, rayó breves momentos en un punto ridículo, y estos momentos oportunos fueron los que con no poca osadía escogió para castigarle el autor de las Escenas Matritenses, llegando su valor hasta el extremo de leer su composición en el mismo Liceo de Madrid centro de las nuevas opiniones, y magnífico palenque de sus más ardientes adalides.

Por fortuna hizo asomar la risa a los labios de los mismos censurados, y en gracia de ella, y en prenda también de su buena amistad, lo perdonaron sin duda aquella festiva y bien intencionada fraterna. -Hubo, sin embargo, algunos pérfidos instigadores de mala ley, que achacando al autor intenciones gratuitas de retratar en sus líneas a algunos de nuestros más peregrinos ingenios, procuraron indisponerle con ellos y hacerles tomar, por aplicaciones a su persona, los rasgos generales con que aparecía presentado al público el tipo del poeta romántico; pero el grande y verdadero talento de aquéllos les hizo conocer no sólo la inexactitud de tal supuesto, sino la buena intención del autor y la rectitud de su juicio literario. Algo cree haber contribuido a fijar la opinión hacia un término justo entre ambas exageraciones clásicas y románticas: por lo menos coincidió su sátira con el apogeo de la última de éstas, y desde entonces fue retrocediendo sensiblemente hasta un punto racional y admirable para todos los hombres de conciencia y de estudio. Además dio la señal de otros ataques semejantes en el teatro y en la prensa, que minando sucesivamente aquel ridículo de bandería, acabó por hacerle desaparecer y que fructificasen en el verdadero terreno de la razón y del estudio, talentos privilegiados que han llegado a adquirir en nuestro parnaso una inmortal corona.

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