Chapter 2
La señora Pepa, que continuaba atisbando por ver si Perico se asomaba a los balcones, vio al anochecer que volvía la carretela con don Juan y el otro caballero; y como notase que éste la saludaba muy a lo señor, se llenó de admiración y volvió a decir para sí:
-¿Quién será el otro caballero?
A las seis comenzó la comida, que no concluyó hasta las ocho. Durante aquellas dos horas, que Perico calificó de dos horas de cielo, Perico caminó de sorpresa en sorpresa y de delicia en delicia. ¡Qué manjares, qué vinos, qué licores, qué café, qué cigarros, y hasta qué chicas tan hermosas, tan zalameras y tan querenciosas las que sirvieron la comida! Pues es de advertir que como Perico hubiese dicho a don Juan, al ver que el almuerzo era servido por hombres, que a él, como estaba acostumbrado a que su mujer sirviese la comida, le gustaban más las mujeres que los hombres para aquellas cosas, don Juan había creído complacerle mandando que las mejores chicas de casa (donde las había del rechupete) sirviesen la comida.
-Ea -dijo don Juan, después que saborearon el café y purearon en grande-, ahora nos vamos a oír un poquito de música y canto.
-¡Bien, carape! -contestó Perico-. Porque eso me gusta a mí mucho. Mire usted, don Juan, una vez acerté a pasar por delante del teatro de la Zarzuela cuando las cantarinas y los cantarines se estaban ensayando al son de la música, me paré a oír, y a poco más me desmayo de gusto oyendo aquellas divinidades. ¡La música y el canto por lo fino me gusta mucho, carape!
Don Juan y Perico se fueron al teatro Real. Cuando entraron en el palco de don Juan, y Perico sacó la cabeza para mirar a todas partes, Perico se quedó como alelado de asombro y placer viendo toda aquella riqueza, y sobre todo viendo las chicas que había en los palcos.
Contar los aspavientos, los asombros, los alelamientos, el entusiasmo, la emoción, los derretimientos de placer que causaron a Perico el canto, la música, y sobre todo la hermosura artificial de las cantatrices y las damas de los palcos, sería el cuento de nunca acabar.
Al salir a los corredores del teatro, don Juan dio la mano y despidió con un «hasta luego» a unas señoras tan hermosas, que Perico se quedó mirándolas como embobado.
-¿Te gustan esas chicas? -preguntó don Juan a Perico.
-¿Que si me gustan? -contestó Perico chispeándole los ojos de gula-. ¡Me las comería vivas!
-Esta noche -dijo don Juan al subir a la carretela- tenemos que hacerla redonda.
-¡Carape! ¿Más redonda aún quiere usted que la hagamos, señor don Juan?
-Sí, hombre. Los caballeros como nosotros no nos recogemos tan temprano.
¿Tan temprano, y son ya las doce? Por lo visto en las casas de campanillas, como la de usted, se acuestan las gallinas...
-A media noche. Supongo que ya tendrás ganas de cenar.
-Al parecer ni pizca de gana tengo; pero, ¡carape!, cuando uno es caballero no sabe uno si tiene o no gana de comer, porque come uno unas cosas que saben que rabian a todas horas.
Don Juan y Perico fueron a parar a una casa de mucho lujo, y ¡cuál no sería la sorpresa y la alegría de Perico, cuando se encontró en ella con una porción de hermosísimas señoritas y señoronas, entre ellas aquellas que había dicho se comería vivas!
Allí hubo cena, y baile, y música y juegos de escondite; de modo y manera que Perico creyó volverse loco con lo que allí gozó, porque hasta dio la pícara casualidad de que cayó en gracia a todo aquel coro de ángeles, y sobre todo a una chica de las más retrecheras y hermosas, y en su vida se había visto tan mimado y obsequiado de las chicas como se vio aquella noche.
Serían las dos de la mañana largas de talle cuando la señora Pepa, que no podía pegar los ojos pensando en Perico, dale que dale no sé con qué demontre de cavilaciones que a veces le llenaban los ojos de agua, sintió que un coche había parado a la puerta del palacio de enfrente, y se levantó a toda prisa a atisbar quién venía en él.
¿Quién será el otro caballero? -se preguntó retirándose tristemente a su cama al ver que era don Juan y otro caballero los que venían en el coche.
Al bajar del coche, Perico miró hacia su casa acordándose de su mujer y poniéndose a sí mismo de bribón que no había por dónde cogerle, por no haberse acordado de su mujer durante qué sé yo cuántas horas.
Don Juan, que sin duda adivinaba lo que le andaba por dentro, se asió de su brazo, y asidos subieron juntos las escaleras
Media hora después Perico se metía en la consabida y riquísima cama de holanda y seda, que le parecía tanto más deliciosa, cuanto que acababa de calentarla y perfumarla una de las chicas querenciosas y sandungueras que por la tarde habían servido la mesa.
VI
Sin duda porque la costumbre hace ley, Perico despertó poco después de amanecer, y dejó como con pesar la rica cama en que había dormido como un bienaventurado. Antes de vestirse abrió las maderas del balcón de la habitación, que daba frente a la ventana de su guardilla, y apenas se acercó a los cristales, vio a su mujer, que estaba a la ventana llorando a lágrima viva.
No sé qué revolución silenciosa y santa, y, por tanto, nada parecida a las revoluciones políticas, que siempre son vocingleras y pecaminosas, estalló de repente en su interior.
Juntó las puntas de los dedos, depositó en ellas, un beso y se le envió a su mujer, que le contestó con otro transmitido por la misma vía telegráfica.
Perico corrió en seguida a vestirse, y se vistió, no de caballero elegante, sino de zapatero remendón endomingado. (¡Endomingado! Ya se conoce que no aspiro a la Academia, a pesar de lo hueco que me pondría si me abriese sus puertas.) Como sabía que don Juan se levantaba tarde, creyó que no era cosa de despertarle ni esperar a que despertara para despedirse de él, y pian, pian, cruzó los ricos salones, sin que inclinara siquiera la cabeza, al verle pasar vestido de zapatero, ninguno de los que el día anterior se habían tronzado el espinazo al verle pasar vestido de caballero, bajó la escalera, atravesó la calle y subió a su guardilla.
Su mujer le recibió abrumándole de caricias; y digo abrumándole, porque Perico no las recibió con el entusiasmo de costumbre.
-¡Carape! Me parece que hay mal olor aquí dijo Perico, frunciendo las narices.
-No, hijo, no hay mal olor ninguno; al contrario, le hay muy rico, porque no contenta yo con ventilar la casa, teniendo toda la noche la ventana abierta, al encender el fuego he echado, según costumbre, un puñadito de espliego.
-Pues barre y arregla la casa, ¡carape!, que va siendo ya hora de sentarse en esa condenada silla de labor.
¡Hijo, si la casa está ya barrida y arreglada!
-Me parece que no. Es verdad, ¡carape!, que como todo es en ella tan viejo, tan sucio y tan ordinario, y esta guardilla es tan destartalada y triste...
-¡Ja! ¡ja! ¡ja! -exclamó la señora Pepa, echándose a reír alegremente-. ¡Qué gitano de hombre, cómo remeda a don Juan! Vamos, hijo, toma la copita de aguardiente.
- ¡Carape! ¡Esto sabe a demonios! -dijo Perico, arrojando la buchada de aguardiente que había tomado.
-¡Pero qué ha de saber, hombre, si es hermano del que ayer bebiste, y dijiste que estaba tan rico! Será que te habrás constipado algo y tendrás mal gusto de boca.
-¡Carape! Puede que sea eso.
Perico lió un cigarro, le encendió, dio una chupada y le tiró, añadiendo muy malhumorado:
Sí, eso es, ¡Carape!, porque me sabe a rejalgar este tabaco, que ayer mañana me sabía a rosquillas.
Perico, interrogado por su mujer, contó a ésta, en resumen lo que le había pasado en las últimas veinticuatro horas. Los resúmenes son gran cosa para omitir lo que no se quiere decir.
Su mujer se acercó a echarle el botón del cuello, de la camisa para que estuviera abrigadito y no se constipara más, y aprovechó la ocasión para hacerle una caricia.
-¿Qué carape -dijo Perico- te ha pasado esta noche que tienes esa cara?
-Nada, gracias a Dios, como no sea haber estado desvelada y triste, y haber llorado un poco viendo que tú no venías.
-Pues es que tienes una cara que da no sé qué el verla.
-Hijo, nunca la he tenido hermosa.
-Ayer mañana mismo la tenías como un sol, y hoy la tienes que no se la puede mirar.
Perico se sentó a trabajar, y ni él ni su mujer cantaron ni rieron en todo el día. Es verdad que tuvieron una desazoncilla porque Perico encontró, tanto la sopa de ajo del almuerzo como el puchero del mediodía, tan sin sustancia, que apenas probó bocado, cuando siempre le gustaba tanto lo que cocinaba su mujer, que se quería comer los dedos tras ello.
-¡Carape! ¡No sé cómo has hecho esta cama que está más dura que un demonio! -exclamó Perico cuando se acostaron.
-Pero, ¡hombre de Dios, si la he hecho como todos los días! -contestó la señora Pepa.
Que si está mal hecha, que si no lo está, disputaron y se incomodaron un poco, y al fin se quedaron dormidos, aunque Perico no cesó de dar vueltas en la cama toda la noche.
Al día siguiente tampoco cantaron ni rieron Perico y su mujer. Perico todo se volvía cavilar y poner faltas a todo lo de la casa, inclusa su pobre mujer, a quien acusaba hasta de vieja, y decir que dos pesetas diarias eran una miseria y no alcanzaban para nada, y era necesario ver de ganar más para no vivir tan arrastradamente como vivían.
Perico se metió al fin a revendedor de billetes de los teatros y de la Plaza de Toros, con lo que ya podía purear de cuando en cuando e ir él y su mujer de Pascua en San Juan al paraíso del Real, y la ignominia de la Zarzuela; pero como entonces la autoridad aún tenía la reventa de billetes por lo que las antiguas leyes de Castilla llamaban monipodio y castigaban como tal, Perico fue cogido una noche revendiendo billetes, y por buenas composturas le secuestraron todos los que tenía, y gracias que no fue también su persona secuestrada en el Saladero.
En ésta y otras industrias extrañas a su oficio, que apenas ejercía ya porque ya le iba tomando horror, se sacaba lo menos un duro diario; pero no le alcanzaba para cubrir sus más precisas obligaciones, y hubo muchas noches que él y su mujer se acostaron sin cenar, y, por añadidura, como el perro y el gato.
-¡Carape! -decía Perico-. Esto no puede seguir así, y es menester buscar un modo de vivir que le dé a uno siquiera un par de duros cada día, porque un duro es una miseria que no alcanza para nada.
Un negocio, con que casi casi podía hacerse rico, le habían propuesto, que era meterse a matutero; pero Perico rechazó indignado la proposición, considerando que tan ladrón es el que contrabandeando roba la hacienda de un pueblo o una nación, como el que, horadando una pared o abriendo con ganzúas una puerta, roba la hacienda de un particular.
No faltó quien quisiese decidirle a meterse a contrabandista, arguyéndole del modo siguiente: «Los contrabandistas no son ladrones; porque si, por ejemplo, un español roba la hacienda de España, de lo suyo roba, y robar de lo suyo no es pecado. En cuanto a que la hacienda de España sea de los españoles, no cabe duda, porque hasta el mendigo que pide limosna de puerta en puerta se llena la boca diciendo: «Nuestros fondos... nuestro tesoro... nuestros millones»...
Este argumento, que parece de gran peso a pueblos enteros que viven del contrabando y no se avergüenzan de ello, puso un poco perplejo a Perico, que no era hombre para muchas cavilaciones, pues se hacía un ovillo en cuanto se enredaba en ellas; pero Perico consultó a su mujer, cuya superioridad de talento aún no había puesto en duda, y como su mujer le dijese que tal argumento era absurdo, le rechazó resuelta y definitivamente.
Buscaba Perico otro medio más honrado de echar enhoramala el tirapié y la lezna y ganar cada día un puñado de duros que permitiesen a él y su mujer probar siquiera los días de incienso aquella gloria que los franceses hacen con cuatro porquerías, cuando se oyó un tiro en casa de don Juan Lozano.
Qué será, qué no será ese tiro, la calle se alborotó con el tiro y los chillidos que daba la servidumbre de don Juan. Acudieron a ella el alcalde de barrio y los vecinos, incluso Perico, y se encontraron con que don Juan se había levantado la tapa de los sesos de un pistoletazo.
-¡Calla! Aquí hay un papel que puede que nos explique esta catástrofe -dijo el alcalde de barrio, viendo un papel escrito sobre un velador salpicado con sesos de don Juan.
Y el alcalde leyó en alta voz el papel, que decía:
«Me mato porque me da la gana; o, como dijo el otro, porque sí. ¿Para qué demonios quiero la vida si he visto a un zapatero remendón ganar dos pesetas diarias y ser dos mil veces más feliz que yo, que tengo doscientos millones?
»Cuando menos dinero se tiene, más goces proporciona el dinero. Cuanto menos lleno está el estómago, menos expuesto está a reventar de indigestión. El mío estaba lleno, y ¡plaf!, ha reventado.
»El arquitecto que hizo la casa de Correos y el arquitecto que hizo el cielo debieron estudiar en un mismo libro, pues ambos se olvidaron de lo esencial: el primero de una escalera que condujese al piso principal, y el segundo de un pasillo que condujese al infierno.
»Si se pasara por el cielo al infierno, el infierno sería insoportable. El que no lo crea que se lo pregunte al susodicho zapatero, a quien yo hice dar por el cielo un paseíto para que no cantara ni riera mientras yo rabiaba».
-¡Carape! -gritó Perico al oír esto-. Yo soy el zapatero que reza ese papel; pero juro a bríos que don Juan ha de volver a rabiar oyéndome cantar y reír desde el infierno o donde esté.
VII
Yo no sé si don Juan Lozano oirá o dejará de oír, desde el sitio adonde van los desdichados suicidas, lo que pasa en la calle de Atocha; pero si pasan ustedes cualquier día por tan alegre calle, apliquen el oído y oirán cantar y reír en su guardilla a Perico y su mujer; él, dale que dale al martillo y la lezna y el cáñamo, y ella dale que dale a las tijeras y la aguja.
Notas:
Categoría:ES-E Categoría:Cuentos de Antonio Trueba Categoría:Cuentos