Chapter 2
Esa manía funesta retira también de la circulación capitales que aquí debieran invertirse y producir, disminuye nuestras fuerzas, nos desune, y hace cada día mayor nuestra ruina. ¡Cuán feliz, cuán próspera sería Granada si todos sus hijos trabajaran unidos por cuantos medios estén a su alcance en pro de ella, unos con su actividad, otros con su talento, el rico dedicando sus capitales a la industria, y todos poniendo al servicio del interés común una firme y decidida voluntad! No seríamos entonce un pueblo pobre del que impunemente abusan los gobiernos y al que sin protesta se despeja, sino que haríamos de Granada una fuerza viva, una población floreciente, no solo consagrada a los recuerdos sino también, y sin que por ello hayamos de desconocer nuestro abolengo histórico, una ciudad que mire al porvenir y se labre con su trabajo en el presente, el pedestal de sus futuras prosperidades. Granada entonces sería verdaderamente libre y feliz; entonces no se daría el caso tristísimo de que las aguas puras cristalinas y frescas de nuestros montes, lleguen a los depósitos para el abasto potable convertidas en disolución venenosa que asesina lentamente a nuestro pueblo; no veríamos este vergonzoso espectáculo que ofrece nuestra provincia, sin comunicación posible entre sus distintas zonas por falta de caminos, y por lo tanto sin tráfico alguno que les dé vida; no habríamos perdido todas las prerrogativas y todos los prestigios que alevosamente ha ido arrancando a la corona de Granada el alto caciquismo, hasta dejarla reducida a la triste y mísera condición en que hoy la vemos; no tendría que abandonarse a la Hacienda el número terriblemente crecido de fincas agrícolas y urbanas que dejan en manos del fisco el labrador arruinado, y el propietario a quien la miseria general hiere de modo indirecto, aunque no por eso menos hondo, en sus intereses; no veríamos como se va extinguiendo el comercio granadino que arrastra una vida penosísima porque la incomunicación en que a esta provincia se tiene le cierra todo mercado, ni se impondría la clausura de nuestras fábricas como estuvo a punto de ocurrir con las de azúcar de la Vega y ha ocurrido con las productoras de alcohol; ni serían por último posibles esas burlas sangrientas que frecuentemente tenemos que devorar en silencio los granadinos y como ejemplo de las cuales bastará citar la triste historia del ferro-carril de Murcia; historia que representa el Calvario de una región importantísima digna de protección y de respeto, cuyos intereses y porvenir se sacrifican del modo más inicuo al interés de una compañía que ha logrado encontrar en las esferas del poder central manto protector para todos sus abusos.
Porvenir de Granada.
Pues bien, todos estos males puede curarlos el despertar de la opinión regionalista que se proponga sacudir el yugo que nos sujeta, buscando fuerza y poder en la unión de los granadinos por el vínculo santo del amor a Granada. Si esto se consiguiera, como es mi deseo, como es seguramente el de todos los que me escuchan, ¡ah señores! ¡cómo cambiaría nuestra suerte! Granada volvería a ser lo que fue, y lo que nunca debió dejar de ser: la espléndida sultana cuyo prendido daba ocupación a 50.000 telares de seda, y en un porvenir próximo podríamos saludar a nuestra tierra con la admiración que en los historiadores y en los poetas produce siempre el nombre de Granada, a la que todos ellos cantan un himno de gloria, en el que ha escrito las mejores estrofas nuestro insigne Castelar que la saluda en estas frases hermosísimas con que concluiré mi discurso:
«El edén que a los suyos el Profeta reservara, carece de la frescura en los valles, de las formas en los montes, de la belleza en los cielos, que tiene nuestra feliz Granada. Inútilmente querrá saber lo que es música suave, quien no haya escuchado las cadencias del Genil, por la Vega, entre los cañaverales; lo que es luz pura quien no haya visto el día reluciendo en Sierra Nevada; lo que es oro nativo quien no haya recogido las arenas del Darro! ¡Cuántas veces por sus colinas, al rumor de las fuentes que se desatan en arroyos y a la sombra de los álamos que se elevan al cielo, desde el pintado mirador de un ajimez moruno he visto aquí las cien rojas torres de la Alhambra, surgiendo del follaje y dibujando sus barbacanas en los horizontes! Allá las galerías del Generalife con sus azulejos parecidos a piedras preciosas y sus tejas relucientes como el oro puro, destacándose entre los sicomoros y las palmas y teniendo los mirtos y laureles por alfombra y los olorosos jazmines y los trepadores rosales por corona; acullá los barrios del Albaicín con sus patios misteriosos engarzados en una orla de oscuros áloes y claros nopales, entre cuyas pencas espinosas levantan sus ramos y sus flores las poéticas adelfas!... Por todas partes los matices y los reflejos, y los iris de horizontes cuya luz da pródigamente a todas las cosas entonaciones tales que creéis hallaros en los senos de un mundo ideado por la imaginación y teñido de fantásticos colores… Así muchas veces heme puesto a contemplar la ciudad, y viendo los muros que tiran a sombríos y las tierras que tiran a rosadas, con coronas de almenas destacándose en el azul claro de los cielos, y circuidas de florido ramaje y cortadas por surtidores que me parecían movibles columnas de cristal de roca, he comprendido los calificativos dados a la ciudad por los poetas árabes, cuando la llamaban Granada de rubíes, nido de palomas, taza de jacintos y amatistas, luna llena, oriente del sol, puerta del paraíso, templo del amor, peana del Eterno.»
He dicho.
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