Part 27
Fablad, fablad; non estedes mudos; que quiero ver si en esta plaça se topa entre vosotros home que, teniendo sangre en el ojo, sepa volver por su dama, contra la grande fermosura de la reina Zenobia que conmigo traigo, la cual por sí sola es bastante como yo sé por luenga experiencia, á daros bien que hazer á todos juntos y á cada uno por sí: por tanto dadme luego la respuesta; que uno solo soy y manchego, que para cuantos sois basta. El Corregidor y cuantos con él estaban, que semejantes razones oyeron dezir á don Quixote, no sabian á qué las atribuir ni qué responderle á ellas. Mas quiso Dios que, estando en esta confesion, llegasen á la plaça dos hidalgos mancebos de la ciudad, y viendo el estado y corrillo que hazian al hombre armado toda aquella gente y el Corregidor, llegandose á ellos, el uno le dixo: Han de saber vs. ms. que el armado que miran ha dias que me causó la misma admiracion que á todos les causa; porque habrá como un mes, poco más ó menos, que pasó por aqui con el mismo traje que le ven, y posó en el meson del Sol, do viendole yo, y aqui el señor don Alfonso, á la puerta, llegamos á hablarle, y de sus palabras coleximos que es loco ó falto de juizio; porque él nos dixo tantos dislates, y con tales afectos y visajes, ya del imperio de Trapisonda, ya de la infanta Micomicona, ya de las inmensas heridas que en diferentes batallas habia recebido, y de quien habia salido curado por el milagroso balsamo de Fierabras, que jamas le podimos acabar de entender; pero informandonos de un labrador harto simple que traia consigo y él le llamaba su escudero, nos dixo como su amo era de un lugar de la Mancha, hidalgo muy honrado y rico y muy amigo de leer libros de caballerias, y por imitar los antiguos caballeros andantes habia dos años que andaba de aquella manera; y con esto nos contó muchas cosas que le habian sucedido á él y á su amo en la Mancha y Sierra-Morena; de lo cual quedamos maravillados sin saber á qué poderlo atribuir, sino solo á que el triste se habria desvanecido leyendo libros de caballerias, teniendolos por autenticos y verdaderos: ansi que, de cuanto aqui dixere no hagan vs. ms. caso; antes, si quieren gustar dél, preguntemosle algo, y veran como habla con tal reposo, que parece algun gran principe de los antiguos; y lea v. m., señor Corregidor, las letras que trae en la adarga, que son tan ridiculas, que confirman bastantemente cuanto he dicho. Oyendo esto el Corregidor, volvió la cabeça, y llamando á un alguacil, le mandó fuese volando á la carcel, y que, sacando della y de las prisiones en que estaba aquel labrador que poco ha habia llevado á ella por su orden, se lo traxese suelto á su presencia; y volviendose á don Quixote, que estaba aguardando la respuesta lleno de coraje, le dixo: Señor caballero, yo el emperador y todos estos duques, condes y marqueses que conmigo estan, agradecemos mucho á v. m. su buena venida á esta corte, pues merecemos tener en ella hoy la flor de la caballeria manchega y el desfazedor de los agravios del mundo: por tanto, respondiendo á la su demanda, dezimos que ninguno se atreve á entrar en batalla con v. m., porque su valor es conocido y su nombre es manifiesto en este imperio, como lo es en todos los del universo; y asi nos damos por vencidos y confesamos la hermosura desa señora reina que dize. Solo pedimos á la su merced sea servido de nos la hazer quedandose en esta corte quinze ó veinte dias, en los cuales toda ella le servirá y regalará, no conforme v. m. mereze, sino segun nuestra posibilidad permitiere; y tenga v. m. por bien que yo y todos estos principes vamos á ver á su casa á esa señora reina, para que, mereciendo besarle las manos, le ofrezcamos nuestras vidas y haciendas. Don Quixote le respondió: Señor emperador, de hombres sabios y discretos es arrimarse siempre al mejor y más sano consejo; y asi vs. ms., como tales, reconociendo el valor de mi persona, la fuerça de mi braço y la razon que llevo en defender la grandisima fermosura de la reina Zenobia, han dado en la cuenta y caido en el punto de la verdad; no como otros fieros jayanes, que, fiandose del furor de sus indomitos coraçones y de las fuerças de sus braços y de los filos de sus cortadoras espadas, han presumido como locos entrar en batalla conmigo; pero ellos han llevado, y llevaran cuantos los imitaren, el justo pago que merecieron sus sandezes y locas arrogancias: por tanto, respondiendo á lo que vuesa serenidad y esos potentados me piden, de que les honre con mi persona esta corte por quinze dias, digo que no lo puedo hazer por agora de ninguna manera, porque tengo aplaçada una fiera batalla para la corte del rey Catolico, contra el arrogante y membrudo gigante Bramidan de Tajayunque, rey de Chipre, y se acerca el plaço della; pero en acabandola, doy palabra á todas vuesas altezas que, no estorbandolo otra alguna importante y nueva aventura, como suele suceder muchas vezes, volveré á visitarles y á ennoblecer este grandioso imperio con mi persona. Estando en estas platicas, llegó el alguacil con el bueno de Sancho, el cual, como viese á don Quixote en medio de tanta gente, se llegó á él diziendo: ¡Ah señor don Quixote! ¿no sabe ¡cuerpo non de Dios! como vengo de pasar una de las más terribilisimas aventuras que el Preste Juan de las Indias, ni el rey Cuco de Antiopia, ni cuantos caballeros andantes se crian en toda la andantesca provincia pueden haber pasado? Ello es verdad que unos estantiguos ó picarones que estaban alli presos me han hurtado la bolsa por arte de encantamiento, y echado por el pescueço abaxo invisiblemente más de setecientos mil millones de piojos; pero á fe que quedan buenos, pues los dexo acomodados como ellos merecen, para que otros tales no se atrevan á tal de aqui adelante con escuderos tan andantes y de estofa como yo, sino que tomen exemplo, y viendo la barba de su amigo remojar, echen la suya á quemar. ¡Oh mi Sancho! dixo don Quixote: ¿que has habido y que te ha sucedido con esos malandrines y ladrones que dizes? Cuentamelo, con el castigo que les has dado. ¿Disteles acaso á todos de palos? Peor, dixo Sancho. ¿Cortasteles las cabeças? Peor, respondió él. ¿Partistelos por medio? Peor hize, respondió. ¿Hiziste sus carnes tajadas muy pequeñas, para echarlas á las aves del cielo? Peor, replicó Sancho. ¿Pues que castigo, dixo don Quixote, les diste? El castigo, añadió Sancho, que les di (¡ay pobres dellos, y cuales quedan!), que començamos á jugar al que es cosa y cosa, y cuando hubieron dicho todos, les pregunté yo: ¿Qué es cosa y cosa que parece burro en pelo, cabeça, orejas, dientes, cola, manos y pies, y lo que más es, hasta en la voz, y realmente no lo es? Y no me supieron jamas dezir que era la burra. ¡Mire v. m. si les paré buenos, pues de corridos quedan hechos unas monas, sin saber qué les ha sucedido! Y aun si no me llamara tan por la posta aqui el señor alguacil, yo les dexara como nuevos con otra pescuda que tenia ya en el pico de la lengua. Rieronse todos los que la simpleza de Sancho oyeron; pero don Quixote, sin hazer caso della, haziendoles señas con las manos les dixo que cuantos quisieren ver y besar las hermosisimas manos de la reina Zenobia, se fuesen tras él. Hizieronlo todos asi, yendo siempre por el camino el Corregidor hablando con Sancho, y riendo mucho de las boberias que dezia. Llegaron pues al meson del Sol, y entrando delante don Quixote, baxó de Rocinante, y llamando á Barbara por su nombre de invictisima reina Zenobia, salió luego ella de la cocina, donde estaba, con una capa vieja del huesped por saya; porque, como arriba queda dicho, habia quedado la pobre en el bosque en camisa, y faltabale el reparo que le habia hecho el manto del ermitaño, y despues el de la ropa vieja de la muger del mesonero, que hasta alli la habia traido. Apenas la vió don Quixote, cuando con grande mesura le dixo: Estos principes, soberana señora, quieren besar las manos á vuesa alteza. Y entrandose tras esto con Sancho en la caballeriza para hazer desensillar y dar de comer á Rocinante, salió ella á la puerta del meson con la figura siguiente: descabellada, con la madeja medio castaña y medio cana, llena de liendres y algo corta; por detras la capa del huesped, que diximos, traia atada por la cintura en lugar del faldellin: era viejisima y llena de agujeros, y sobre todo tan corta, que descubria media pierna y vara y media de pies llenos de polvo, metidos en unas rotas alpargatas, por cuyas puntas sacaban razonable pedazo de uñas sus dedos; las tetas, que descubria entre la sucia camisa y faldellin dicho, eran negras y arrugadas, pero tan largas y flacas, que le colgaban dos palmos; la cara trasudada y no poco sucia del polvo del camino y tizne de la cocina, de do salia; y hermoseaba tan bello rostro el apacible lunar de la cuchillada que se le atravesaba: en fin, estaba tal, que solo podia agradar á un galeote de cuarenta años de buena boya. Apenas hubo salido de la puerta, obligada de las vozes de su bienhechor don Quixote, cuando, viendo en ella al Corregidor, caballeros y alguaciles que le acompañaban, quedó tan corrida, que se quiso volver á entrar; más detuvola el Corregidor diziendole, disimulando cuanto pudo la risa que le causó el verla: ¿Sois vos acaso la hermosa reina Zenobia, cuya singular hermosura defiende el señor don Quixote el manchego? Porque si sois vos, él anda muy necio en esta demanda, pues con sola vuestra figura podeis defenderos, no digo de todo el mundo, pero aun del infierno; que esa cara de requiem y talle luciferino, con ese resguiño[24] que le amplifica, y esa boca tan poco ocupada de dientes cuanto bastante para servir de postigo de muladar á cualquier honrada ciudad, y esas tetas carilargas, adornadas de las pocas y pobres galas que os cubren, descubren que más pareceis criada de Proserpina, reina del estigio lago, que persona humana, cuanto menos reina. Turbada la triste Barbara de oirle, y sospechando que la querria llevar á la carcel, porque acaso habia sabido el mal trato de hechicera que, como abaxo diremos, habia usado en Alcala, le respondió llorando: Yo, mi señor Corregidor, no soy reina ni princesa, como este loco de don Quixote me llama, sino una pobre muger natural de Alcala de Henares, llamada Barbara, que siendo engañada por un estudiante, me sacó de mi casa, y á seis ó siete leguas de Sigüença me dexó desnuda y desbalijada como estoy, atada de pies y manos á un arbol, y me llevó cuanto tenia y quiso Dios que estando en tal conflito, pasaron por junto de aquel pinar este don Quixote y el labrador que le sirve de escudero, y me desataron, trayendome consigo y prometiendome volver á mi tierra. Como el Corregidor le oyó dezir que era de Alcala, llamó á un pajecillo suyo que detras dél estaba, y dixo á Barbara: ¿Veis aqui este muchacho que ha venido de allá no ha un mes? El paje, mirandola bien, la conoció, y dixo: ¡Valate el diablo, Barbara de la cuchillada! ¿quien te ha traido á Sigüença? Su amo le preguntó si la conocia, y él respondió que sí, y que era mondonguera en la calle de los Bodegones de Alcala, con fama de harto espesa, y que habia dos meses que la habian puesto á la puerta de la iglesia de San Yuste en una escalera, con una coroça por alcahueta y hechicera; y que se dezia por Alcala sabia bravamente de revender donzellas destrozadas por enteras, mejor que Celestina. Como ella oyó lo que el paje dezia y vió que se reian todos, le respondió con mucha colera, diziendo: Por el siglo de mi madre, que miente el picaro desvergonçado; que si me pusieron en la escalera, como dize, fue por invidia de unas bellacas vecinas que yo tenia; cuanto y más, que por hazer bien á ciertos amigos que me lo rogaron me vino todo ese mal. Pero á fe que no podran dezir de mí otra cosa, pues no estuve alli por ladrona, como otras que sacan á açotar cada dia por esas calles: por hazer bien, sea Dios alabado. Y començó á llorar tras esto, al compas que los demas á reir. Salió luego don Quixote; y como la vió llorando de aquella manera, le asió de la mano, diziendola: Non vos cuitedes, fermosisima é poderosa reina Zenobia; que asaz seria yo mal andante caballero si non vos fiziese tan bien vengada de las sandezes de aquel estudiante y de las alevosias que vos han fecho, que podais dezir sin reproche que si sois fermosa fembra, que tambien el caballero que desfizo tal tuerto es uno de los mejores del mundo. Y volviendose el Corregidor y á los que con él venian, les dixo: Soberanos principes, yo me parto mañana para la corte; si por algun tiempo, como suele suceder, algun caballero tartaro ó rey tirano viniere á quereros perturbar la paz, cercando con su fuerte exercito esta vuestra imperial ciudad, y llegare á teneros tan apretados y puestos en tal extremo, que os vieredes compelidos, por la grandisima hambre y falta de bastimentos en duro cerco á comer los hombres, los caballos, jumentos, perros y ratones, y las mugeres sus amados hijos, enviadme á llamar do quiera que estuviere; que os juro y prometo por el orden de caballeria que recebi, de venir solo y armado como veis, y entrar por el campo del pagano, de noche, haziendo, en dos ó tres dellas, en él una espantosisima riça, pasando en la ultima dellas, á fuerça de mi braço, por medio de todo el exercito del contrario, y entrando, á pesar de sus centinelas, escaramuças y armas, en la ciudad, de la cual luego saldreis todos con mucha alegria, al son de una suave musica, á recebirme, acompañados de muchas hachas, y estando las ventanas llenas de luminarias y de asombrados serafines de mi valor, más hermosos todos que las tres bellas damas que vió desnudas el venturoso Paris en el monte Ida, siendo imposible contener sus regaladas vozes y dexar de dezirme: ¡Bien venga el valentisimo caballero! Y porque no sé si será entonzes mi apellido del Sol, ó de los Fuegos, ó de la Ardiente Espada, ó del Escudero Encantado, no aseguro el que me daran; pero sin duda sé que al que me dieren añadiran: Bien venga el deseado de las damas, el Febo de la discrecion, el norte de los galanes, el açote de nuestros enemigos, el libertador de nuestra patria, y finalmente, la fortaleça de nuestros muros. Tras lo cual me llevará el Rey á su real casa, do regalandome él y sirviendome sus grandes, y sobre todo, recuestandome importunamente su hija, unica en sucesion y más en beldad y prudencia; dando exemplo al mundo, y á los caballeros andantes que en él me sucedieren, de continencia, cortesia y fuerças, emplearé las mias en atropellar los nuciales deleites que toda la corte y la misma infanta me ofreceran, obligado de algun benevolo planeta que para mayores y más grandiosas empresas me llamará, en gloria de los dichosos coronistas, y más de mi grande amigo Alquife, uno de los mayores sabios del mundo, que con ellos merecerá en los siglos dorados que estan por venir, historiar mis invencibles hechos. Salió en esto muy aprisa de la cocina Sancho diziendo: Venga v. m., señor, pesia á cuantos historiadores han tenido todos los caballeros andantes desde Adan hasta el Antecristo (que mal siglo le dé Dios al muy hijo de puta); que es tarde, y dize el mesonero que tiene, para v. m. y la reina Zenobia, asada á las mil maravillas con ajos y canela una hermosisima pierna de carnero; y si se tarda, temo no se vuelva en pierna de carbon, segun se va poniendo ya dura, de cansada de aguardarnos. Fueronse, en oyendo el recado, el Corregidor y los que con él venian llenos de risa y asombro, unos de oir los dislates del amo y simplicidades del escudero, y otros de ver el estraño genero de locura del triste manchego, efeto maldito de los nocivos y perjudiciales libros de fabulosas caballerias y aventuras, dignos ellos, sus autores, y aun sus letores, de que las republicas bien regidas igualmente los desterrasen de sus confines; pero de lo que más se fueron admirados, era de ver la facilidad que tenia don Quixote en hablar el lenguaje que antiguamente se hablaba en Castilla en los candidos siglos del conde Fernan Gonçalez, Perançules, Cid Ruiz-Diaz, y de los demas antiguos. Cenaron don Quixote, la reina Zenobia y Sancho con grande gusto, los dos por la buena cena y hambre con que llegaron á ella, y don Quixote por la vanagloria con que quedó de ver el aplauso con que á su parecer le habian recebido los principes de aquella ciudad; y despues de cena, llamando al mesonero, dixo le traxese alli un ropavejero, porque queria comprar luego un curioso vestido para la reina Zenobia; y diziendole el mesonero que era imposible hazerlo entonzes, por ser ya muy tarde, pero que en amaneciendo se levantaria y le iria á buscar, se fueron á acostar cada uno en su aposento.
[24] Así en la edición original. Pero creemos que debe leerse _rasguño_.
_Aqui da fin la sexta parte del ingenioso hidalgo, don Quixote de la Mancha_
SEPTIMA PARTE DEL INGENIOSO HIDALGO DON QUIXOTE DE LA MANCHA
CAPITULO XXV
De como al salir nuestro caballero de Sigüença encontró con dos estudiantes, y de las graciosas cosas que con ellos pasaron hasta Alcala.