El Quijote apócrifo

Part 26

Chapter 262,138 wordsPublic domain

Hechas las copias dél, llamó á Sancho, diziendo: Toma, Sancho, estos papeles, y busca un poco de engrudo ó cola, y ponlos en las esquinas de la ciudad de manera que puedan ser leidos de todos; y advierte con toda diligencia en cuanto los caballeros que llegaren á leerlos dixeren, y en si se meten en colera, volviendo por sus amantes damas, y en si dizen algun improperio (porque la virtud siempre es invidiada), ó en si se alegran por la honra que ganan de solo entrar conmigo en batalla, y finalmente, en si te preguntan donde estoy ó donde está la Reina mi señora. Ve volando, Sancho mio, y por tus ojos que lo adviertas y notes todo, para que me sepas dar, cuando vuelvas, cumplida cuenta y razon dello; que yo, si fuere necesario, no haziendo caso de la cena, iré luego á la hora á castigar su sandez y atrevimiento, para que de aqui adelante no le tengan otros tales como ellos para dezir semejantes desvarios contra quien tan bien sabe castigarlos. Sancho estuvo un rato con los papeles en la mano pensativo, porque hazia él esto del fijar carteles de desafio de muy mala gana, y quisiera más que don Quixote le inviara por una pierna de carnero, porque traía razonable apetito de cenar; y ansi con la cabeça baxa le dixo: ¡Valgame las parrillas del señor san Lorenço, mi señor don Quixote! ¿Es imposible que pudiendo nosotros vivir en haz y en paz de la santa madre Iglesia catolica romana, gustemos de meternos de nuestro proprio caletre en pendencias y guerreaciones necias que no nos va ni nos viene, y sin para qué? ¿Quiere v. m. que salga algun Barrabas de caballero que, habiendo estado muy descansado y regalado en esta ciudad él y su caballo, y queriendo her batalla con nosotros, que venimos cansados, y con Rocinante, que de puro molido no puede comer bocado, permita la misericordia de Dios que nos venza, y demos con toda nuestra caballeria en casa de Judas? ¿No será mejor, ya que tal intente, pedir licencia al alcalde deste lugar para poner estos papeles, puesto me veo ya desta hecha en cuatro mil peligros, desastres y desventuras? Don Quixote le dixo: ¡Oh necio, oh pusilanime, oh cobarde! ¿Y eres tú el que piensas recebir el orden de caballeria en Madrid con publico honor, en presencia de la sacra, cesarea y real magestad del Rey nuestro señor? Pues sabete que no es la miel para la boca del asno, ni el orden de caballeria se suele ni puede dar sino á hombres de brio, animosos, valientes y esforçados, y no á golosos ni pereçosos como tú. Ve luego, y haz lo que te digo sin más replica. Sancho, que vió tan enojado á su amo, calló y fuese, maldiziendo mil vezes á quien con él le habia juntado; y compró en casa de un çapatero un cuarto de engrudo, y llevandolo puesto sobre la suela de un çapato viejo, se fué á la plaça, en la cual, como era sobre tarde, estaban algunos caballeros y hidalgos y otra mucha gente tomando el fresco con el Corregidor. Llegose Sancho sin dezir palabra á nadie á la Audiencia, y començó á pegar en sus mismas puertas un papelon de aquellos; pero un alguacil que estaba detras del Corregidor, viendo fixar á aquel labrador en la Audiencia un cartel de letras gordas, pensando que fuesen papeles de comediantes, se le llegó diciendo: ¿Que es lo que aqui poneis, hermano? ¿Sois criado de algunos comediantes? Respondió Sancho: ¿Que comediantes ó que nonada? Esto que aqui se pone, majadero, no es para vos; que más alto pica el negocio; para aquellos de las capas prietas se haze, y mañana lo vereis. Leyó el cartel el alguacil confuso, y volviendose luego á Sancho, que estaba alli junto poniendo otro en un poste, le dixo: Ven acá, hombre del diablo, ¿quien os ha mandado poner aqui estos papelones? Respondió Sancho: Llegaos vos acá, hombre de Satanas; que no os lo quiero dezir. A las porfias y vozes que Sancho y el alguacil daban se volvieron el Corregidor y los que con él estaban, y preguntando qué era aquello, llegó el alguacil diziendo: Señor, aquel labrador anda, fixando por la plaça unos carteles en que desafia no sé quien á batalla á todos los caballeros desta ciudad. ¡Desafios pone! dixo el Corregidor. Pues ¿estamos ahora en carnestolendas? Andad y traednos un papel de aquellos: veremos qué cosa es; no sea algun dislate que llegue á oidos del Obispo antes que tengamos acá noticia dél. Llegó el alguacil, y quitó el primero que halló fixado en un poste, para llevarle al Corregidor; lo cual visto por Sancho, se encendió en tanta colera, que se fue para él con un guijarro en la mano, diziendo: ¡Oh sandio y descomunal alguacil! por el orden de caballeria que mi amo ha recebido, que si no fuera porque tengo miedo de ti y dese rey que traes en el cuerpo, te hiziera que pagaras con la primer pedrada todas las alguacilerias que hasta aqui has hecho, para que otros tales como tú y la puta que te parió, no se atrevieran de aqui adelante á semejantes locuras. Como vió el Corregidor aquel labrador con la piedra en la mano para tirar al alguacil, mandó que le prendiesen y llevasen alli en su presencia. Llegaron media dozena de corchetes á hazello, y él con su guijarro en la mano no se dexaba asir de ninguno; pero cuando vió que el negocio iba de veras y que ya desenvainaban las espadas contra él, soltó la piedra, y puesta la caperuça sobre las dos manos, començó á dezir: ¡Ah señores! por reverencia de Dios, que me dexen ir á dezir á mi amo como unos follones y malandrines no me dexan poner los papelones del desafio; que veran como viene hecho un cisne encantado y no dexa ningun pagano dellos á vida. Los corchetes, que no entendian aquel lenguaje, tenian á Sancho agarrado delante del Corregidor mientras acababa de leer el papel; y cuando lo hubo leido, le comunicó con todos los circunstantes, que le celebraron infinito; y vuelto á Sancho, le preguntó: Veni acá, buen hombre; ¿quien os ha mandado poner estos papelones en la Audiencia? porque á fe de hidalgo, que os ha de costar á vos y á quien os ha enviado á fixarlos, más caro que pensais. ¡Ah desventurada de la madre que me parió y del ama que me dió leche! dixo Sancho. Señor, mi amo, que mal siglo haya, me los ha mandado poner; y bien se lo dezia yo, que no tuviesemos guerreaciones en esta tierra hasta que primero hubiesemos muerto aquel gigantazo del rey de Chipre, adonde habemos de llevar á la señora reina Zenobia: sueltenme; que les juro, á fe de Sancho Pança, que iré á dezirle corriendo lo que pasa, y veran como se viene él aqui por sus pies ó por los de Rocinante, á hazer una carniceria tal, que jamas otra como ella se haya oido ni visto. Preguntole el Corregidor: ¿Como se llama tu amo? Sancho le respondió que su proprio nombre era Martin Quijada, y que el año pasado se llamaba don Quixote de la Mancha, y por sobrenombre el Caballero de la Triste Figura; pero que hogaño, porque ya habia dexado á Dulcinea del Toboso (ingrata causa de la excesiva penitencia que habia hecho en Sierra-Morena, si bien despues mereció en premio della la conquista del precioso yelmo de Mambrino), se llamaba el Caballero Desamorado. ¡Bueno por Dios! dixo el Corregidor; y vos ¿como os llamais? Yo, señor, respondió él, hablando con perdon de las barbas honradas que me oyen, me llamo Sancho Pança, que no debiera, escudero feliz del referido caballero andante, natural del Argamesilla de la Mancha, engendrado y nacido de mis padre y madre, y bautizado por el cura. ¿Como lo fuerais si dixerades que erais hijo de asno y bestia? respondió lleno de risa el Corregidor, mandando juntamente al alguacil y corchetes que le llevasen á la carcel, y echasen dos pares de grillos hasta que se informase de todo el caso; y hecho esto, fuesen luego por todas las posadas del lugar, y buscasen el amo de aquel labrador y se le traxesen alli. Llevaron al desgraciado Sancho al punto á la carcel; y las cosas que hizo y dixo por el camino y cuando se vió en ella y que le echaban dos pares de grillos, no hay historiador, por diligente que sea, que las baste á escribir; pero entre otras muchas simplicidades que se cuentan dél, es que, cuando se los hubieron echado, dixo: Tornenme, señores, á quitar estos demonios de trabas de hierro; que no puedo andar con ellas, y no tenian para qué ponermelas, porque yo las diera por muy bien recebidas sin que tomaran este trabajo. En dexandole en la carcel, se le llegaron tres ó cuatro picaros que alli habia presos, con ciertos cañutillos de piojos en las manos; y como le vieron simple, pareciendoles sano de Castilla la Vieja, y viendo por otra parte que á cada paso daba de ojos con los grillos, y que de ninguna manera sabia andar con ellos, le echaron por lo descubierto del pescueço más de cuatrocientos piojos, con que le dieron bien de rascar y sacar todo el tiempo que en la carcel estuvo; y como ellos le daban tanta pesadumbre, no hazia sino lamentarse de su fortuna y de la hora en que habia conocido á don Quixote. Mesabase las barbas, despidiendose ya de su muger, ya del rucio, ya de Rocinante; y obligado de la gran pesadumbre que los grillos le daban, dixo á uno de aquellos moços: ¡Ah señor picaro! Asi Dios le dé la salud cual el contento que muestra de mi trabajo, que me quite esas cormas, que no me dexan remecer; y si esta noche las tengo en los pies, no podré de ninguna manera pegar los ojos. Llegó un moço del carcelero que le oyó, y dixo: Hermano, como vos deis un real á mi amo, os los quitará por esta noche, para hazeros, placer y buena obra. En oyendo esto, sacó Sancho de la faltriquera una bolsilla de cuero, en la cual tenia seis ó siete reales; para el gasto que aquella noche se habia de hazer en el meson; de la cual sacó un real de plata, y se le dió al moço, con que al punto le quitó los grillos. Cuatro ó cinco de aquellos presos, que eran aguilas en hallarse las cosas antes que las perdiesen los dueños, mirando bien adonde habian visto poner la bolsa á Sancho, se concertaron, y llegandose uno dellos á él, le abraçó diziendo: ¡Ay, buen hombre, y como nos holgamos que os hayan quitado aquellos malditos grillos! Por muchos años y buenos. Y con esto guió la mano con tanta sutileza camino de la faltriquera, que sin errar el golpe ni ser sentido le sacó della la bolsa; pero procedió, hecho el lance, como liberal y honrado, pues le convidó á su misma costa á unos barquillos, fruta y vino, en que gastó el dinero. Mas volviendo á don Quixote, como viese que Sancho tardaba tanto en poner los papeles por los cantones, sospechando lo que podia ser, se entró en la caballeriza, y con toda presteza ensilló á Rocinante, y subiendo en él con su adarga y lançon, caminó para la plaça; y como entrase en ella muy paso á paso, acompañado de muchachos, y fuese visto por el Corregidor, y todos los que con él estaban se admirasen de ver aquella fantasma armada y circuida de gente, llegandose todos para ver su pretension ó lo que hazia, oyeron que don Quixote, concebiendo que estaba rodeado de principes, sin hazer cortesia á nadie, fixando el cuento del lançon en tierra, les començó á dezir con gravedad. ¡Oh vosotros, infanzones, que fincasteis de las lides, que no fincarades ende! ¿Non sabedes por ventura que Muça y don Julian, magüer que el uno moro y el otro á mi real corona aleve, las tierras talan por mí luengo tiempo poseidas, y que fincar ademas piensan en ellas? Tan cuellierguidos estan con las vitorias que asaz contra razon han ganado, fugiendo nosotros de sus airadas fazes, non faziendo la resistencia que á tales infanzones y homes buenos atañen, non considerando las cuitas de nuestras fembras, ni los muchos desaguisados y fuerças que aquestos mal andantes, con infinitos tuertos, cuidan fazer en pro de Mahoma y en reproche de nuestra fe, fablando cosas non dezideras, llenas de mil sandezes. ¡Erguid, erguid pues vuestras derrumbadas cuchillas! salga Galindo, salga Garcilaso, salga el buen Maestre y Machuca, salga Rodrigo de Narvaez. ¡Muera Muça, Zegri, Gomel, Almoradi, Abencerraje, Tarfe, Abenamar, Zaide, mejor para cazar liebres que para andar en las lides! Fernando soy de Aragon, doña Isabel es mi amantisima esposa y reina; desde este caballo quiero ver si hay entre vosotros alguien tan valiente,

Que me traiga la cabeça De aquel moro renegado Que delante de mis ojos Ha muerto cuatro cristianos[23].

[23] Como prosa, en el original.