El proletario en España y el Negro en Cuba

Part 3

Chapter 33,976 wordsPublic domain

Aquellos, que vieron en el primer año perdido el valor de los jornales invertidos en el cultivo de las viñas, los escasearon en el segundo, y al ver en el segundo el mismo lamentable resultado, los suprimieron por completo en el tercero. Juan fué de los últimos trabajadores que despidieron, porque era un mozo que trabajaba con conciencia, pero al fin le despidieron, porque no podia ser otra cosa.

Este fué un golpe fatal para aquella pobre familia, ante quien se presentaba una larga série de privaciones.

Juan, el primer dia, hizo vivas dilijencias por encontrar trabajo; el segundo vió á algunos labradores y maestros de obras con el mismo objeto; el tercero encargó á algunos amigos que le avisaran cuando supieran donde habia un jornal que ganar: el cuarto se lamentó de ello en la taberna y, por último, el quinto, sexto y subsiguientes, no se ocupó mas del asunto y empezó para él esa vida de desarreglo y desenfreno, en que el dia y la mayor parte de las noches trascurrian entre el vino y los cantares.

Mas como quiera que para todo esto se necesitaba dinero y este no le habia, ni por donde viniera, y en las numerosas tabernas de donde eran parroquianos él y sus amigos, se negaban ya á darles al fiado, sucedió lo que era natural que sucediera, que cada cual empezó por vender y empeñar cuanto tenia en su casa; y cuando esto se acabó, que no tardó mucho, se formaron planes á cual mas descabellados, para obtener á todo trance aquel elemento tan indispensable para continuar alimentando su detestable vicio.

El infeliz padre de Juan, que observaba con espanto el camino de perdicion que habia emprendido su hijo, el único sosten de sus ancianos dias; que veia con amargo dolor que á sus consejos, amonestaciones y reprimendas, contestaba unas veces con el silencio y otras,--cuando su razon estaba ofuscada por los vapores del vino,--con una falta de respeto y hasta con una desvergüenza, que el pobre no podia castigar por su imposibilidad física; que pasó muchas noches en vela, con el alma en un hilo y temiéndose siempre alguna catástrofe; que echó de menos alguna ropa de cama y un cuadrito con marco dorado de la Santísima Trinidad, que tenia en mucha estima y devocion por ser herencia de sus padres; y por último, que su hija Cármen, única que entonces atendia á las necesidades de la casa con lo poco que ganaba, habia sufrido ya en la calle dos ó tres acometidas de su hermano, para que le diera el dinero que habia ganado, llegando hasta á maltratarla una vez porque la infeliz se negaba á ello; y que ya los vecinos empezaban á murmurar en alta voz y á pronosticar un fin desastroso para su hijo; aquel hijo que antes era citado como modelo entre los buenos; todos estos disgustos, bien graves por cierto, unidos á la escasez de alimentos sanos y nutritivos, fueron minando su ya quebrantada salud y acabaron por imposibilitarlo en el lecho, quizás para no levantarse mas.

Cármen, que era una buena muchacha, amante de su padre y de su hermano hasta el delirio, redoblaba sus esfuerzos por ganar lo suficiente para alimentar al primero y aun para dar algunos cuartos á su hermano á fin de tener derecho á llorarle y suplicarle por Dios, que dejase aquella vida y aquellos amigos que habian de causar su perdicion y su desgracia; consejos que aquel oia como quien oye llover.

Una noche, acababa Cármen de dar á su padre un cocimiento de flores aromáticas que una vecina le habia aconsejado, y así que lo vió reposando al parecer, cerró la puerta de su dormitorio y ya se iba á desnudar para descansar de las fatigas del dia.

Varias veces se habia asomado durante la noche á la ventana por ver si volvia su hermano, pero como esto acontecia muy rara vez antes del alba, aunque se asomó una vez mas, fué mas bien por costumbre, que por la esperanza de verle llegar.

Acababan de dar las doce en todos los relojes de la poblacion: las calles estaban silenciosas y desiertas y no se escuchaba otro ruido que el confuso murmullo de las aguas del Guadalmedina, que con las lluvias del dia anterior habia tenido dos fuertes avenidas, y de vez en cuando el grito lejano y monótono del sereno que cantaba la hora.

Ya iba á cerrar el postigo y á acostarse, cuando creyó oir unos pasos sordos y precipitados, como de alguno que corriera descalzo. Cármen prestó atencion y empezó á temblar al percibir aquellos pasos cada vez mas cerca y ahogó un grito al reconocer á su hermano en un hombre pálido, ensangrentado, descompuesto, que de un salto cruzó la calle, empujó la puerta, volvió á cerrar atrancándola por dentro, penetró en la sala, dió un soplo al candil de hoja de lata que ardia colgado de un clavo, cerró cuidadosamente el postigo y agarrándola convulsivamente por el brazo, le dijo al oido con voz lúgubre: «_¡A dormir!_» y la empujó violentamente hácia su cuarto.

La infeliz, toda trémula y sobrecojida, no pudo articular una frase y temblando de angustia y de miedo, se arrojó vestida en su cama, aunque dispuesta á saber en qué paraba todo aquello, que habia despertado en su alma los mas tristes presentimientos.

Por lo pronto, oyó que su hermano cojió á tientas el porron del agua, se salió al patio y al parecer se estuvo lavando: esto le recordó las manchas de sangre de que le habia visto cubierto al cruzar la calle y cierta húmeda frialdad que notó en sus dedos al cojerla por el brazo. Su mente vió mas claro entonces, y comprendió horrorizándose, que su hermano venia de cometer algun crímen.

Un sudor frio corrió por todo su cuerpo y acurrucandose en un rincon de la cama, contuvo hasta la respiracion y su corazon latió con violencia, por que en medio de la densa oscuridad que la rodeaba, creyó ver mil fantasmas ensangrentados cruzar por delante de su vista.

En esta horrible situacion, oyó dar la una y las dos y antes de dar las tres, oyó fuertes pisadas en la calle, rumor confuso de voces y los secos golpes de los chuzos de los serenos al apoyarlos en el suelo; notó que el ruido se acercaba lentamente y que llegaba hasta su casa y se medio incorporó jadeante y muerta de angustia y ansiedad, porque creyó que aquella patrulla se detenia en su puerta y la reconocian y aun se figuró oir decir en voz baja pero firme: «_¡aquí es!..._»

Al mismo tiempo creyó percibir un leve ruido por el patio, poco despues sordas pisadas en el tejado y...... nada mas por aquel lado...... pero instantáneamente sonaron en la puerta dos fuertes golpes dados con la contera de un chuzo y una voz, que reconoció por la del celador, intimando la órden de abrir.

Confusa, atribulada y llena de miedo contestó: «¡Ya van!» y levantándose encendió el candil y ya se dirigia á abrir, cuando se vió el brazo izquierdo manchado de sangre: aunque esto la acabó de trastornar, se limpió apresuradamente, fué á la puerta, quitó la tranca y al abrir, vió penetrar la acerada punta de tres chuzos y brillar el cañon de una pistola.

El celador y los serenos, al verla sola, entraron en la casa y el primero le preguntó apresuradamente por su hermano.

Cármen no podia contestar, pues su voz se anudaba en su garganta, pero intimada fuertemente por aquel, dijo al fin balbuceando, que aun no habia vuelto á recojerse.

El celador entonces, cogiéndola del brazo, la condujo hasta la puerta y mostrándole las manchas de sangre, fresca aun, impresas en ella por fuera y por dentro, así como en la tranca, le dijo que ¿quién habia podido dejar allí señalada aquella sangrienta huella sino Juan?

Cármen, ante esta prueba evidente, palpable, del crímen de su hermano, palideció intensamente y cayó de rodillas á los pies del celador, balbuceando algunas frases de súplica que este no solo no escuchó, sino que alzándola bruscamente, la hizo marchar delante de él para registrar la casa; pero colocando antes uno de los serenos en la puerta de la calle, otro en el patio y haciéndose acompañar por el tercero.

Todo esto pasó en menos tiempo del que se necesita para describirlo. Bien pronto hubieron investigado todos los rincones de la casa y ya se dirigian á la alcoba interior donde dormia el anciano, cuando Cármen, que lo creia ignorante de cuanto habia sucedido, pedia ya al celador que por la Vírgen Santísima evitara á su padre enfermo el sobresalto que esta visita y la causa de ella le habia de ocasionar; pero no pudo concluir, porque abriéndose la puerta le vió aparecer en el dintel y apoyándose en su marco, pálido como la muerte, vacilante, herizado el blanco cabello y cubierta la frente de gruesas gotas de sudor, indicando al celador, con su brazo descarnado y tembloroso, que pasara á reconocer aquella habitacion.

Este, á quien la aparicion inusitada de aquel espectro vivo, habia sorprendido momentáneamente, recordó sus deberes y penetró resuelto con el sereno, volviendo á salir al cabo de un momento sin hallar lo que buscaban.

Entonces se dirigió al patio para recojer al sereno y continuar sus pesquisas por otro lado, pero este le dijo algunas palabras al oido y variando de opinion, comunicó rápidamente algunas órdenes á los otros dos y él se quedó en el patio con el primero, esperando el resultado de su disposicion.

El anciano á todo esto, se habia adelantado paso á paso y apoyándose en el hombro de su hija, expresando su rostro una angustia indescriptible y encendida su frente por el rubor de la vergüenza, porque...... ¡lo habia oido todo y en el fondo de su alma, juzgaba á su hijo criminal!

El desenlace de aquella fatal escena, no se hizo esperar mucho: oyóse distintamente una voz que decia: «_¡entrégate!_» luego, un segundo de silencio, interrumpido por una detonacion: un grito de dolor, y por último, el ruido sordo que produce la caida de una masa inerte desde una altura á la calle.

«¡Mi hijo!..» «¡Mi hermano!..»--esclamaron á un tiempo el padre y la hija, lanzándose á la calle precedidos del celador y el sereno, que se habian precipitado hacia el lugar de la catástrofe.........

A unos quince pasos mas abajo de la casa, se hallaba Juan tendido en un mar de sangre, lívido, descompuesto y lanzando prolongados gemidos de dolor; rodeábanle los serenos y algunos vecinos que habian salido de sus casas al oir el tiro.

Cármen, arrastrando mas bien que conduciendo á su anciano padre, que por un prodigioso y supremo esfuerzo podia seguirla, y exhalando lastimeros ayes, se arrojó sobre su hermano, vió que de su pecho manaba la sangre á borbotones y rasgando sus vestidos procuró restañarla, pero entonces observó con espanto que aquella salia por la boca y que las sombras de la muerte iban cubriendo su faz lívida y descompuesta.

Por fin llegaron el médico y el escribano, á quienes se habia mandado buscar. Examinóle el primero y mandó que inmediatamente se avisara á la parroquia, pues al herido le quedaban muy pocos minutos de vida. El escribano quiso á su vez extender las primeras diligencias, pero no pudo conseguir una sola palabra del moribundo y se hubo de contentar por entonces con las declaraciones del celador, los serenos y algunos vecinos.

El anciano padre de Juan, de quien nadie se cuidaba, fijos sus desencajados ojos en su hijo; entreabierta la boca; crispados sus dedos; sombrío, mudo, sin ver á nadie de los que le rodeaban, iba reflejando en su semblante las rápidas trasformaciones, los mismos signos mortales que se dibujaban, con tintas cada vez mas pronunciadas, en el rostro de aquel, hasta el punto de que, al llegar el sacerdote y cuando ya empezaba á administrar el _Santo Oleo_ al moribundo, se exhaló un ronco y extraño quejido de su pecho, dobláronse sus piernas, nubláronse sus ojos y cayó pesadamente al lado de su hijo, arrancando á los circunstantes un grito general de conmiseracion mezclado de espanto.

El sacerdote tuvo que pasar del hijo al padre y á los pocos segundos, ambos habian dejado de existir.

Los caritativos vecinos se llevaron á Cármen á su casa atacada de horribles convulsiones, y la justicia se encargó de lo demas, enterrando al dia siguiente y en una misma fosa al padre y al hijo.

El hecho que habia provocado aquel sangriento drama, hélo aquí: Juan, y tres mas de sus amigotes de taberna, á quienes, como ya dijimos anteriormente, no fiaban en ninguna parte, se habian pasado algunos dias sin _mosto_ por carecer de _blanca_ y proyectaron robar al tio Curro el tabernero, que segun fama de todo el barrio tenia _achocados_ algunos napoleones en el fondo del arca.

Esperaron á que todo el mundo durmiera aquella noche y asaltando su casa por las tapias del patio trasero, penetraron sigilosamente tres de ellos, pues el otro se quedó en la calle de acecho, y llegaron hasta la alcoba donde el tabernero y su mujer dormian. Por mas cuidado que pusieron, marchando descalzos y sin hacer ruido, el tio Curro, que tenia seguramente el sueño muy ligero ó que aun no se habia dormido profundamente, oyó sus sordas pisadas y levantándose de un brinco,--pues era hombre _terne_,--cogió la descomunal _tea_ que siempre tenia á la mano, salió al encuentro de los salteadores y les arremetió á tientas, _despachando_ á uno de ellos del primer _viaje_.

Aunque esto fué rápido como el pensamiento, los otros dos cayeron sobre él y lo arrojaron al suelo sin vida, no sin que arrastrara en su caida á Juan, de quien el tabernero se habia agarrado fuertemente.

La mujer del tio Curro se despertó sobresaltada al ruido de aquella sangrienta lucha, y empezó á dar tan desaforados gritos, que pusieron en fuga á los dos ladrones que quedaban de pié. Saltaron la misma tapia por donde habian entrado y ya no vieron al compañero que habia quedado de acecho, por lo cual huyó cada uno en distinta direccion.

Hé aquí explicado el estado en que Juan llegó á su casa, descalzo y cubierto de sangre.

Cuando Juan se hubo lavado y hecho desaparecer en parte las manchas delatoras que le cubrian, temblando como un azogado y asaltado por atroces remordimientos, porque aquel era su primer paso en la sangrienta carrera del crímen, se sentó vestido en su lecho y se puso á reflexionar sobre su crítica situacion.

Le espantaba el temor de dar en manos de la justicia y aunque creia que las sospechas de esta no podrian recaer sobre él, con todo, su espíritu estaba desasosegado, intranquilo.

Pasaron algunas horas y aunque se recostó y quiso dormir, el sueño huia de sus párpados.

En vela como estaba, oyó los pasos de los serenos y su corazon empezó á latir con violencia, porque comprendió instantáneamente que venian en su persecucion. De un salto se plantó en el patio, se encaramó en el tejado, lo atravesó saltando á otro y de allí á otro, hasta alejarse bien del de su casa y se escondió detrás de una chimenea. Allí estuvo largo rato, interin registraban su casa, pero de pronto vió la luz de un sereno que se acercaba por aquel lado y que hiriéndole con sus rayos le denunciaria en cuanto aquel se aproximara y montando al caballete del tejado iba á descolgarse á la calle, cuando se encontró con otro sereno que le intimó á que se entregara, encañonándole una pistola.

Juan, que á todo trance queria escapar, del poder de la justicia que le horrorizaba, trató de huir de este nuevo peligro, pero la bala que el sereno le envió, le cortó la retirada, pues atravesándole el pecho, le echó sobre el alero del tejado y de allí á la calle, en cuyas duras piedras acabó de hallar el castigo de su crímen.

La huella de su fuga por el patio de su casa, la descubrió el sereno que quedó allí de centinela, porque sus pies descalzos habian pisado en la huida, el agua que vertiera en el patio al lavarse, dejando impresas sus plantas en la pared al trepar por ella.

La pobre Cármen, continúa aun vendiendo flores y frutas, con lo que se mantiene, sin haberse querido nunca casar por mas partidos que se le han presentado, porque no quiere exponerse á que un hijo suyo renueve la profunda herida que dejó en su alma el desastroso fin de su padre y de su hermano.

VI.

REFLEXIONES.

Los tres _cuadros tomados al acaso_ que, de entre los infinitos que conocemos de su género, hemos presentado á nuestros lectores; verídicos, reciente uno de ellos y elocuentes por sí solos, se prestan sin embargo á un mundo de reflexiones. No podemos prescindir de estampar algunas en estas páginas, siguiendo nuestro inalterable principio de emitir francamente nuestra opinion.

Téngase bien entendido, que no son cuentos creados por nuestra mente, los que hemos tratado de bosquejar; y en los cuales, solo hemos alterado los nombres, por creerlo así oportuno y por razones de fácil comprension.

En todos ellos, se echa de ver esa falta de proteccion al trabajo, esa garantia indispensable de su modesta existencia; espuesta siempre á los azarosos vaivenes de la fortuna; esa estabilidad de que carece, por que infinidad de elementos de diferente índole: como las guerras, las sublevaciones, las luchas políticas, diplomáticas y financieras; las ambiciones personales, las epidemias ¡y hasta la atmósfera! la alteran con harta frecuencia y siempre en su inmediato perjuicio.

En todos ellos aparece como la verdadera víctima de todos los desastres y conmociones que esperimenta la sociedad y rara vez vislumbra en el limitado horizonte de sus aspiraciones, ese iris de esperanza que á las demas criaturas promete con frecuencia, un cambio favorable y progresivo en su posicion y en su fortuna, y con él una vida apacible y rodeada de tranquilos goces.

Pablo el albañil, era un honrado y laborioso trabajador, que cumplia con sus deberes para con la sociedad y con su familia; que vivía feliz y tranquilo, atendiendo á todas sus necesidades con su modesto jornal; sin envidiar jamás la grandeza y el fausto que por do quiera hería su vista; y le vemos perecer de hambre y de frio con su familia, abandonado de sus hermanos los demas hombres; relegado al olvido en el sombrio y húmedo rincon de su miserable albergue; sin que la mano protectora de la sociedad, de que él formaba parte, se tendiera hácia él con dignidad y con amor, no humillándole, para levantarlo de la triste postracion en que le habian sumido elementos contrarios á su voluntad.

Jayme el obrero, infatigable y entusiasta trabajador; constante y aplicado en su oficio; buen hijo y buen esposo; amante de su patria y de sus hermanos; de sanas y religiosas costumbres y orgulloso de su humilde pero honrada posicion; halla tambien en la falta de trabajo y en la de prevision y cordura de los encargados de la seguridad pública, fatalmente combinados en un momento, el mas terrible de los golpes y la mas trágica de las muertes.

Y por último, vemos á Juan, el jornalero del campo, que á pesar de su organizacion meridional, tan contraria á la rudeza de un constante y asiduo trabajo; vence su natural molicie por atender á las necesidades de su casa de que es el único sosten y solo la falta de ocupacion, unida á su ningun criterio para distinguir lo bueno de lo malo, le conducen paso á paso por la rápida pendiente del vicio hasta llegar al insondable abismo del crimen, que es su inevitable y fatal consecuencia.

Fijemos nuestra atencion en estos hechos y meditemos.

Nace un hombre, entre las remendadas sábanas de una pobre cuna; se desarrolla y crece, y cuando se halla en esa edad en que la imaginacion puede recoger con fruto la regeneradora semilla de la instruccion,--antorcha luminosa que es á la humanidad, lo que el radiante astro del dia es á las brumosas sombras de la noche; que disipa sus tinieblas y alumbra sus pasos por el escabroso sendero de la vida; con la cual salva las distancias mas remotas; penetra en los profundísimos abismos de los mares y en las recónditas entrañas de la tierra; observa la marcha de los astros, conoce su magnitud y su naturaleza, la distancia que de ellos nos separa y sus misteriosas revoluciones; dá direccion á los rayos, los recoje y los analiza; varía el curso de los rios y de los mares y abre anchurosos caminos por debajo de su lecho; allana los montes y perfora gigantescas montañas; aplica maravillosamente el vapor y la electricidad; navega por el fondo de las aguas y fabrica aire artificial igual al de la atmósfera y en fin, produce ese conjunto sorprendente de adelantos y reformas que el progreso va marcando en las brillantes páginas de oro de su libro, pues bien, cuando el hijo del pobre, decíamos--; se encuentra en la edad á propósito para beber en esa bienhechora fuente que se llama _enseñanza_, sus padres, hijos del trabajo, faltos tambien de instruccion y de elementos, por que apenas les basta lo que ganan para atender á las mas perentorias necesidades de la vida, los llevan consigo á las obras, al campo, á los talleres, y allí, á fuerza de años y de constancia, aprenden el oficio, arte ú ocupacion que en su edad viril les ha de dar el _pan de cada dia_.

¿Y la enseñanza gratuita?--Se nos dirá.

La enseñanza gratuita, aprovecha á _unos pocos_, dá un escasísimo rayo de sus luces á _muchos_, y de nada sirve á la _gran mayoría_.

La veracidad de este aserto, que la experiencia misma manifiesta, la probaron ademas, plumas mas competentes que la nuestra, señalando, á la vez que los defectos de que adolecía aquella institucion, el remedio necesario para evitar sus perniciosas consecuencias, contrarias á su verdadero é interesante objeto.

No es nuestro ánimo venir á desentrañar estas cuestiones, harto graves por cierto, para tratadas en las modestas páginas de un _opúsculo_. Cumple solo á nuestra designio, probar que, entre las causas que conocemos como orígen de los males que aquejan á las clases proletarias; la falta de instruccion es una de las mas trascendentales sin duda, puesto que ella es la que engendra en el hombre el deseo de su perfeccionamiento; reformando sus gustos y sus hábitos, en armonia con la civilizacion que le rodea y haciéndole conocer por último, todos esos goces intelectuales que no pueden comprender y apreciar los que de ella carecen.

No echamos en olvido, el inmenso bien que hacen en todos los pueblos, esas caritativas asociaciones de beneficencia domiciliaria y parroquial, socorriendo á los pobres en su indigencia; pero no es esto lo bastante para las clases proletarias de que nos ocupamos, por que al hombre honrado, laborioso, trabajador, repugna la limosna y se crée humillado al recibirla, á pesar de las delicadas formas con que á veces se reviste para presentársela.

Esta clase proletaria, forma la inmensa mayoria de la nacion, y aunque son los mas en número, son los menos en riqueza, puesto que nada poséen. Por eso las demas clases poseedoras de bienes, capitales ó conocimientos, que todo es poseer, deberia reunir sus esfuerzos y con sus elementos y sus luces, asentar en buenas y sólidas bases un principio salvador é imperecedero, que pusiera fin, de una vez para siempre, á esos vaivenes y contratiempos á que constantemente se vé expuesta la nave que conduce á los hijos del trabajo, sus hermanos, por el proceloso mar de la vida.

Muchas desgracias y no menos crímenes se evitarian y la humanidad adelantaria mas desembarazada y rápidamente por las vias de la civilizacion y del progreso.

¡Cuan feliz no seria el pueblo que lograra llevar á cabo esta noble empresa! Ella señalaria una nueva era de paz y de ventura, de bienestar y de abundancia, que borraria, tal vez para siempre, esos ódios y mezquinas ambiciones que se anidan en el corazon de la mitad del género humano, hácia la otra mitad.

Pero nos hemos dejado arrastrar mas allá de lo que nos propusimos al trazar el plan de esta obrita.

Siguiendo pues, las exigencias de ella, nos hemos de trasladar, con aquellos de nuestros lectores que gusten acompañarnos, al feracísimo suelo de nuestras ricas Antillas, á la inestimable perla de occidente, á la tierra prometida del inmortal Colon.

VII.

EL ESCLAVO.