El proletario en España y el Negro en Cuba

Part 2

Chapter 23,942 wordsPublic domain

Pero los infelices lograron vencer un mal y entraron en otro peor.

El médico y la botica acabaron bien pronto con sus escasas economías de aquel año, y aun no habia entrado el enfermo en el período de la convalecencia, tan largo en estas enfermedades, cuando ya Antonia habia tenido que ir á empeñar lo poco que poseian; de modo que cuando Pablo estuvo ya en disposicion de trabajar, habian tenido que dejar su alegre buhardilla y empeñado ó vendido lo último que les quedaba. Entonces empezaron las lluvias, se suspendieron las obras y los infelices se vieron sumidos en la mayor indigencia.

¿De qué le servia al pobre Pablo ser honrado y trabajador si no encontraba donde ganar un jornal?

Aquellas lluvias, que á los labradores prometian _oro_, á él le producian _hambre_.

Y veia que los empleados, los comerciantes, los agentes y en fin, todos los que no estaban como él pendientes de un jornal, se agitaban, bullian, ganaban su vida, lo mismo un dia que otro, sin cuidarse de si el cielo estaba sereno ó nublado. Que si estaban enfermos, sus sueldos ó emolumentos corrian sin interrupcion y rara vez les faltaba pan para dar á sus hijos y abrigo para preservarse del frio.

El infeliz recorria casi diariamente todo Madrid, en busca de trabajo y cada dia volvía á su casa mas triste y desalentado; y á la vista de sus hijos y de su mujer medio muertos de frio y de hambre, se apoderaba de su alma la mas profunda desesperacion y la criminal idea de obtener por la fuerza ó por el crímen, el pan que sus hijos le pedian y no podia ganar con su trabajo, cruzaba tentadora por su mente; pero su buena Antonia, que leia en sus ojos lo que pasaba en su alma, confortaba su abatido espíritu y haciéndole volver los ojos á Dios y confiar en su sabia providencia, borraba pronto de su imaginacion aquella pasajera nube que la oscureciera.

Y aquel hombre vigoroso y fuerte, enérgico y valiente, resignado al fin con su mísero destino, vencido por las virtuosas palabras de su santa mujer, se encierra en un mutismo sombrío y desconsolador, brotando de vez en cuando de sus apagados ojos, cuya hundida órbita revelaba sus terribles sufrimientos, una ardiente lágrima que es una protesta viva y elocuente del abandono en que la sociedad tiene á aquellos de sus hijos que mas necesitan de sus maternales desvelos; los hijos del trabajo; los que verdaderamente hacen reproductivo el pan que llevan á sus labios; la poderosa palanca en que aquella se apoya y sin la cual no existiria, porque ellos son los que sostienen el equilibrio y las fuerzas de una nacion.

Con dolor lo decimos, pero es preciso: aquella desventurada familia, pereció víctima del frio y del hambre en su oscuro rincon, sin que la sociedad se conmoviera al ver que abrian una fosa mas profunda que las demas en el cementerio general.

No así en la otra vida, donde sin duda el Dios de la justicia les destinó un puesto preferente entre los bienaventurados.

Nos reservamos toda clase de reflexiones y comentarios sobre este sencillo y oscuro drama, para cuando llegue su turno.

IV.

CUADRO SEGUNDO.

EL OBRERO EN BARCELONA.

El pueblo catalan es, sin disputa, uno de los pueblos mas activos y emprendedores; mas cultos é ilustrados; mas laboriosos y económicos de cuantos pueblos forman parte de la monarquía española.

Orgullosos y dignos, á la vez que rectos en sus principios, son sobrios en sus necesidades, modestos en su trato y fieles guardadores de la honra de su pais y de sus gloriosas tradiciones.

La gran mayoría de este pueblo, la forman los obreros ú operarios de las innumerables fábricas, que constituyen una de las principales riquezas del antiguo principado.

El obrero catalan, vive dedicado esclusivamente á su trabajo, que desempeña con inteligencia y aficion durante los dias laborables de la semana; pero el dia de fiesta lo dedica por entero á su familia, si es casado, ó á sus amigos si no lo es, con los cuales forma partidas de caza ó pesca, á que suele ser muy aficionado.

Conoce perfectamente sus deberes para con la sociedad, pero á la vez tiene conciencia de sus derechos como ciudadano.

Un triste episodio que conocemos, acaecido en una de esas épocas calamitosas que, casi sin interrupcion, se suceden en aquel pais de algunos años á esta parte, dará á conocer la verdad de cuanto dejamos anteriormente consignado.

Corria el mes de Febrero del año 184... y era el segundo dia de Carnaval ó _Carnestoltas_, que la condal Barcelona celebrára siempre con extraordinaria pompa y regocijo.

Las calles principales y la Rambla, que en años anteriores se vieran tan animadas por la algazara de numerosas comparsas y cabalgatas, se veian ahora desiertas y silenciosas.

Los rostros de aquellos hijos del pueblo, que tanto aman esta fiesta, macilentos y tristes aquel dia, no expresaban otra cosa que abatimiento y desesperacion.

Las autoridades trataron de organizar cabalgatas y fiestas con que animar el aspecto de la poblacion: ofrecieron los fondos necesarios á los que anualmente se encargaban de la direccion de estas bromas, pero ellos los rehusaron, alegando que no hallarian quien les secundara aunque intentaran hacer algo, porque _cuando el pueblo tiene hambre, no está para fiestas_.

Y en efecto: hacia ya algunos meses que la mayor parte de las fábricas estaban cerradas y la que trabajaba algo, era á lo sumo un par de dias á la semana.

El que conozca algo aquella poblacion, esencialmente fabril, comprenderá que los operarios y las infinitas familias y pequeñas industrias, que viven solo del alimento que las fábricas les proporcionan, quedarian, al cerrarse estas, en la mas precaria situacion. Y así era, en efecto.

Esta tranquila manifestacion, digna y severa á la vez, fué interpretada por algunos hombres, como una muda y sombria amenaza, en que el órden corria peligro de alterarse; comunicaron á otros sus temores, estos los propalaron como cosa infalible; tomó cuerpo, y la noticia llegó á extenderse de tal modo, que las tiendas se cerraron mas temprano que de costumbre, y las autoridades hubieron de tomar sus medidas de precaucion, colocándose á la espectativa y dictando, entre otras disposiciones, la de que en cada una de las principales calles de la capital, se colocara una pareja de mozos de escuadra, que las recorrieran incesantemente.

En una estrecha y tortuosa callejuela del barrio de San Pedro y en un reducido _zaquizami_, levantado en la azotea de una casucha vieja, que á duras penas se sostenia de pié, vivia, ó mas bien, prolongaba con trabajo su existencia, un pobre obrero, con su mujer y su anciana madre paralítica.

Los esposos caminaban ya entre los cincuenta años, y en esa edad en que las fuerzas físicas empiezan á decaer sensiblemente, la paralizacion de las fábricas, de que dependian, vino á hacerles probar todos los sinsabores de la indigencia.

Llevaban ya tres meses el uno y el otro sin ganar un solo jornal, no quedándoles ya nada que vender ni que empeñar, para atender á sus mas precisas necesidades y pagar al casero las cuatro pesetas mensuales que les costaba el vivir en aquella especie de palomar.

Mientras lo pudo soportar, el obrero, hijo cariñoso y amante de su madre, la hacia visitar una ó dos veces á la semana por el médico, que si bien no la curaba completamente, la aliviaba mucho en sus dolencias; pero desde que ya no podia pagar á este, ni gastarse los cuatro ó seis reales que le importaba en la botica cada receta, el pobre Jayme, que así se llamaba, sufria el tormento de oir los lamentos de su madre sin poderla consolar. Su mujer la cuidaba con cariñoso esmero y procuraba, con remedios que le facilitaban los vecinos, aliviarla en sus padecimientos; pero nada conseguia y el mal tomaba cada dia mayor incremento.

Serian las once de la noche: negros nubarrones cruzaban por la atmósfera, como fantasmas jigantescos, arrastrados por un fuerte viento del Sudoeste, cuyo desagradable silvido penetraba por las rendijas de la carcomida puerta de aquel albergue.

Jayme y Quima, su mujer, estaban acurrucados en un rincon, envueltos en un pedazo de manta, que apenas les resguardaba del frio y en el lado opuesto yacia la anciana paralítica, tendida sobre un colchon relleno de borras de algodon y cubierta con una vieja frazada y un refajo de Quima extendido á sus piés. Una mariposa improvisada en una taza rota, consumia sus últimas gotas de aceite y alumbraba con su débil y vacilante luz aquel cuadro de dolor y de miseria.

Jayme, con la desesperacion y el desaliento pintado en su rostro, demacrado por las privaciones; meditaba profundamente sobre la triste situacion y el mísero abandono en que se encontraba. Gracias á sus economías, habian podido vivir tres meses sin trabajo, pero ya no podian mas: habianse agotado todos sus recursos y al dia siguiente, para dar á su madre y á su mujer algun alimento, tendria que ir á mendigar por las calles.... ¡mendigar!.... ¡qué vergüenza!.... La poca sangre que habia en sus venas afluia á su corazon y subia á enrojecer su altiva frente, á la sola idea de la mendicidad!.... Y era preciso hacer este inmenso sacrificio: su deber de hijo y de esposo se lo mandaban y forzoso era obedecer......

¡Por qué amargo trance estaba pasando el infeliz Jayme!.........

Pero Quima, que leia en las prolongadas arrugas de su frente, las tristes ideas que le preocupaban; que comprendia sus repentinos sonrojos, sus temblores convulsivos, formaba á su vez la resolucion de aprovecharse del sueño de este y salir muy de mañana á mendigar, á fin de evitarle el rudo golpe, que seguramente no podria soportar.

Pero aun quedaba algo mas que sufrir á aquellos desventurados.

Llamaron á la puerta: levantóse Jayme á abrir y se halló frente á frente con las atléticas figuras de un sub-cabo y dos mozos de escuadra[2] que traian la órden de prenderle.

[2] Institucion creada en Cataluña para la persecucion de malhechores dentro y fuera de la poblacion, que tanto hacen el servicio de la guardia civil, como el de los agentes de policía de las demas provincias de España.

La anciana lanzó un grito de espanto al despertarse: Quima se levantó sobresaltada y aunque lloró y suplicó, y Jayme se deshizo en protestas de inocencia, nada consiguieron; porque aquellos hombres debian cumplir con su deber y no les tocaba á ellos hacer cargos ni admitir disculpas, sino llenar su cometido dentro de los límites que les habian marcado.

Así, pues, Jayme, convencido por las poderosas razones de estos, razones que no admitian réplica, se vió obligado á abandonar su casa y su familia, y salió acompañado de los mozos y el sub-cabo; sin atreverse á volver la cara por que le espantaba el cuadro de miseria que dejaba tras de sí, en las personas mas queridas para él en el mundo. De esta manera fué conducido hasta la cárcel, donde aquellos le entregaron al alcaide.

La puerta de la habitacion quedó abierta de par en par al salir el obrero y los mozos: una ráfaga de aire apagó la ya moribunda lámpara ó mariposa, y el silencio y la oscuridad de la muerte reinaron en aquella estancia; porque Quima cayó al suelo presa de mortal congoja, al ver marchar á su esposo hácia la cárcel.

Precisamente ocurria esto en momentos tan críticos para ellos y sin que la pobre pudiera hacer nada para variar el curso de las cosas.

Oh!...... la fatalidad con su fatídica mano pesaba sobre aquellos desvalidos ó la Providencia les sujetaba á duras y amargas pruebas que tal vez no tendrian fuerzas suficientes para soportar con resignación.

Rendida Quima por las fatigas y las privaciones de tantos dias, permaneció muchas horas aletargada, aturdida y como juguete de una horrible pesadilla; pero al penetrar por la puerta con las primeras luces del alba la fresca brisa matutina, despejáronse poco á poco sus sentidos; empezó á tener conciencia de sí misma, reconoció el cuarto con azorados ojos; recordó la escena de la noche anterior, y como movida por una poderosa fuerza magnética, se incorporó de un salto y su primer ímpetu fué salir á la calle á averiguar el paradero y la suerte de su marido.

Ya estaba en la puerta, cuando una idea repentina cruzó por su mente y volvió á entrar pálida y temblorosa.

Se habia acordado de la pobre anciana y del sobresalto que le causara la brusca aparicion de aquellos hombres. Su pertinaz silencio la espantaba porque todos los dias á aquellas horas ya se la oia quejarse. Presa de un fatal presentimiento, se acercó á su lecho, la llamó repetidas veces y viendo que no contestaba la cogió una mano.......

Un escalofrio y estremecimiento general recorrió todo su cuerpo al contacto de aquella mano rígida y helada con el frio de la muerte: un grito de espanto se escapó de su boca y asustada, despavorida, se lanzó á la azotea, bajó de cuatro en cuatro los escalones y como perseguida por un fantasma aterrador, salió á la calle y huyó sin direccion fija y sin parar, hasta encontrarse en el paseo de S. Juan.

Serenóse algun tanto allí su atribulado espíritu y la razon, recobrando su imperio, vino en su ayuda: reflexionó, y al hacerlo, comprendió sus deberes en aquella apurada situacion; así, pues, volvió sobre sus pasos, entró de nuevo en su casa; llamó á la puerta de dos vecinas, que enteradas por ella del suceso, se apresuraron á auxiliarla, yendo á dar parte al médico, al celador del barrio y á la parroquia y ayudándola por fin en los tristes preparativos que suceden siempre á la muerte........ porque la anciana madre de Jayme habia muerto efectivamente á consecuencia del sobresalto que le causó la violenta escena de aquella noche fatal.

Jayme entre tanto, se hallaba encerrado é incomunicado en oscuro calabozo, presa su alma de mortales angustias y devorando en sus ardientes lágrimas que vertia una á una como otras tantas gotas de fuego, toda la indignacion, toda la rabia que habia encendido en su pecho el injusto atropello cometido en su persona y en su casa.

Un negro presentimiento le anunciaba, que algo mas terrible que su prision, tendria que lamentar, como fatal consecuencia de aquellos sucesos: crispábanse sus dedos; levantábase su pecho á impulsos de la ruda tempestad que en él empezaba á agitarse y de sus trémulos labios, contraidos por el dolor y el despecho, se escapaban inarticuladas frases, cuyo terrible significado era fácil comprender.

En sus momentos de tregua, recorria el infeliz toda su vida pasada y no hallaba en ella nada de que tuviera que reprocharse. Su amor al trabajo, á la familia y á las tradiciones de su pais; su vida pacífica, sus escasas reuniones y amistades; todo, todo lo examinaba..... Una idea acudió á su mente, pero la rechazó en seguida, porque ¿qué delito habia en ello?....

Jayme recordó que entre los tranquilos goces que se proporcionaba en las horas destinadas al descanso en su modesto hogar, se contaba la lectura de libros y periódicos. Estos libros y estos periódicos, escritos por hombres que _se decian_ colocados á la vanguardia del progreso y de la civilizacion, abogaban por las clases proletarias; y aunque en su sano criterio siempre consideraba irrealizables aquellas bellísimas teorías y sueños aquellas imágenes poéticas con que engalanaban sus discursos aquellos canoros ruiseñores; con todo, halagaban su imaginacion y recreaban su fantasía. ¿Qué le importaba al mundo que hubiera _uno mas que soñara_? ¿qué mal hacia en ello á la sociedad, si al salir cada dia á la calle con la aurora, sus sueños de color de rosa se habian borrado de su mente y en el resto del dia no pensaba mas que en su trabajo?

En estas alternativas pasó hasta las doce del dia, hora en que fueron á sacarle para tomarle la primera declaracion, sobre un delito que el infeliz no conocia.

Su arresto de aquella noche, así como el de otros muchos, fué motivado por las falsas noticias que circularon de que los obreros sin trabajo iban á alterar el órden, y el pobre Jayme fué comprendido en este número, no solo por que se hallaba en esta situacion, sino porque se sabia de público que era suscritor constante á periódicos y obras de política avanzada, en la cual se le consideraba afiliado.

Fácil le fué probar su inocencia y al dia siguiente expidieron su órden de libertad y abandonó las puertas de la cárcel, cuyos umbrales era la primera vez que habia pisado; pero cuando Jayme llegó á las inmediaciones de su casa, lo primero que hirió su vista fué...... ¡Un entierro! Nadie le dijo nada: el atahud iba cerrado, pero su corazon de hijo, adivinó que el cuerpo de su madre iba encerrado en aquella caja, que acompañaban algunos de sus amigos y vecinos!....

Un vértigo se apoderó de todo su ser: una nube de sangre cruzó por su vista y loco, desatinado, sin concierto, se lanzó rápido hácia el centro de la poblacion.

¿Adonde iba á parar aquel hombre?... ¿Cuál era su designio? Ni él mismo tenia conciencia de ello.

En aquel estado llegó á la Rambla: la fatalidad hizo que casualmente acertaran á pasar por delante de él dos mozos de escuadra: este hecho tan insignificante en otra ocasion, determinó sus intenciones.

Estaban arreglando el paseo y habia diseminadas por el suelo algunas herramientas: veloz como un relámpago, se lanzó sobre una de ellas y arremetió furioso á los mozos, recibiendo uno de ellos una herida tremenda en la cabeza, que le hizo bambolearse; pero cuando sus brazos iban á descargar el segundo golpe, dos detonaciones seguidas le arrojaron cadáver al suelo, atravesado su cráneo por dos balas, que le disparó el otro mozo de escuadra.

De esta manera trájica y sangrienta, concluyó el pobre Jayme una vida apacible, honrada y laboriosa.

En cuanto á la desgraciada Quima, estuvo dos meses en el Hospital, luchando entre la vida y la muerte; pero por fin curó y al verse en la calle sin casa, sin familia, sin recursos, se puso á servir de cocinera en casa de unos señores de su pueblo que se habian establecido en Barcelona.

Por ella supimos los tristes detalles de este trágico suceso, que dejó profunda huella en nuestra alma.

V.

CUADRO TERCERO.

EL JORNALERO DEL CAMPO EN MÁLAGA.

Uno de los pueblos en que mas fotografiados quedaron el carácter, los usos y costumbres y hasta el tipo distinguido y poético de los árabes, despues de su dominacion de siete siglos en la mayor parte del territorio de la Península Española, fué sin duda el pueblo de Málaga; último escalon que, vencidos y espulsados, pisaron aquellos al regresar á las ardientes playas del Africa, donde debian ser víctimas de la ferocidad de sus mismos hermanos, que ya los desconocian.

Nacidos en un suelo feraz y bajo los ardientes rayos de un sol abrasador, los hijos de la _perla del mediterráneo_, como la llamara uno de nuestros inspirados poetas contemporáneos, son en general de carácter vivo y risueño; francos, amables y hospitalarios con los extranjeros; pero á la vez burlones y ponderativos; haciendo alarde de prendas y cualidades que á veces no poseen; indolentes y perezosos para el trabajo material, se entregan con pasion al _dolce farniente_ del que solo se cuida del _hoy_, y jamás piensa en el _mañana_.

Dotados por un lado de bellísimas dotes, que hacen ameno y agradable su trato; adolecen por otro, de todos los vicios y defectos inherentes á los hijos de los puertos meridionales.

Son á la vez músicos y poetas, _boleros_ y farsantes; materia siempre dispuesta para todo lo que no sea grave y formal; airosos y gallardos, tienen siempre en sus labios una flor y un chiste para la mujer y en sus ojos una provocacion y una amenaza para el hombre; pero en lo general son tan prontos para lanzar lo uno y lo otro, como para retirarlo cuando conviene.

Calcúlese pues, en hombres _hechos así_ por la naturaleza: ¡cuál no será el sacrificio del pobre jornalero del campo, que para vivir se ha de colgar del hombro el pesado azadon, cuando aun brillan las estrellas; y se ha de encaminar á la viña de Juan ó de Pedro y empezar la ruda tarea de cavar profundamente aquella tierra, desde que amanece Dios, hasta que anochece; y esto, con pequeños intérvalos de descanso y durante todo un dia, que al pobre le parece una eternidad: y para mayor consuelo, repetir esta funcion al dia siguiente, y al otro, y al otro, y por último, todos los dias del año, escepto los domingos y fiestas de guardar!

Y sin embargo, es tal la costumbre y el hábito del trabajo, creado por la necesidad; que este mismo hombre, que de tan mal talante empieza su trabajo por la mañana, concluye generalmente alegre y festivo y dispuesto para una broma y un jaleo, aunque sus huesos esten quebrantados. Es verdad, que mientras sus brazos lanzan una y otra vez el azadon sobre la dura tierra, su voz no cesa de cantar esas melodiosas y poéticas _playeras_, cuyas ricas armonias y suaves modulaciones jamás ha podido escribir ninguno de los príncipes del arte; y que recrean su mente, trasladando su espíritu á otras regiones y haciéndole olvidar que su cuerpo trabaja.

Pero el dia de fiesta, el jornalero del campo, falto de instruccion y de esos gustos que recrean la inteligencia, sin menoscabar la dignidad del hombre y sin perjudicar su cuerpo; lo pasa entregado á los corruptores vicios del juego y la bebida, entre las pintorreadas paredes de una taberna, donde pierde ó gasta con frecuencia, el mísero jornal que con tantos sudores ganara y de donde salen siempre riñas y pendencias, que le conducen con frecuencia al patíbulo ó al presidio, dejando á su familia deshonrada y sumida en la indigencia.

Dada ya una ligera idea del carácter, costumbres é índole especial de los hijos del pueblo del castillo y la Alcazaba, pasemos á dar á conocer, tambien ligeramente, el asunto que motiva este cuadro.

Un jóven de unos veinte y cinco años, fuerte, robusto y vigoroso, jornalero del campo, vivia con su padre y una hermanita, menor que él, en una modesta, pero aseada casita del barrio de la Trinidad.

La circunstancia de ser hijo único varon de padre sexagenario, le habia servido de escepcion legal, para librarse de la suerte de las quintas y el mozo trabajaba para mantener á aquel y á su hermana, que tambien ayudaba algo, vendiendo frutas y flores por las calles de la ciudad.

Ganaba seis, siete y hasta ocho reales de jornal, segun las circunstancias, y con esto y con lo poco que su hermana se agenciaba, vivian, sino con desahogo, por lo menos sin pasar necesidades, que bien pocas son las de los pobres.

Juan,--que así se llamaba el mismo,--era alegre y de chispa; enamorado y amigo de bailoteos y francachelas, en que figuraba como _cantaor_ que era, y de _primo cartello_ en aquellos barrios, de _rondeñas_ y _fandango_, _playeras_ y _soleá_; pero el trabajo no le dejaba tiempo para aquellas bromas y hacia de la necesidad virtud. Con todos, los dias de la semana destinados al descanso, Juan se entregaba en cuerpo y alma á estas bromas con sus amigotes, y mas de una vez, arrastrado por la tentacion del vicio y calientes los cascos por el vinillo seco de Málaga, que embriaga solo de olerlo, hubiera dejado á su familia en ayunas, si su padre, conocedor del mundo en que vivian, no le hubiera con tiempo registrado la faja y sacado de ella todo el dinero, escepto dos pesetas, que cada semana le dejaba para fumar y demas gastos.

Mal que bien, la olla se ponia todos los dias en aquella casa, y esto indicaba un pasar regular entre aquellas gentes en cuyas chimeneas no siempre se veia humo, y tanto era así, que muchos envidiaban su bienestar, citando á Juan y á Cármen como modelo de buenos hijos.

Mas como quiera que nada hay duradero en este mundo, pues que todo en él tiene término; sucedió que empezó á desarrollarse entre las viñas una enfermedad que los sencillos labradores llamaban _ceniza_ y que no era otra cosa que el _oidium tukeri_ y á perderse sus frutos un año y otro año bajo la influencia abrasadora de esta epidemia.