El prisionero de Zenda

Chapter 9

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--¡Obscura está la maldita noche!--exclamó una voz penetrante.

Era Ruperto Henzar, que un momento después se halló frente a mis compañeros. Inmediatamente sonaron varios tiros y me adelanté seguido de Sarto y Tarlein.

--¡Mata, mata!--aullaba Ruperto, y un gemido me anunció que el bribón daba el ejemplo a su gente.

--¡Estoy perdido, Ruperto!--exclamó al caer uno de los que le seguían.--Son tres contra uno. ¡Sálvate!

Me precipité hacia Ruperto, empuñando la maza, y le vi inclinarse sobre su caballo.

--¿Te han despachado también a ti, Crastein?--gritó.--No obtuvo respuesta. Di un salto y así las riendas del caballo.

--¡Por fin!--exclamé.

Creía tenerlo seguro. Mis amigos le rodeaban y no parecía quedarle otro recurso que rendirse o morir.

--¡Por fin!--repetí.

--¡Calla! ¡es el cómico!--exclamó,--y de un poderoso tajo cortó mi maza en dos. Preferí la huida a la muerte y (me avergüenzo de confesarlo) eché a correr. Aquel Ruperto Henzar era un verdadero demonio. Le vi lanzarse a escape y arrojarse al agua con su caballo, entre una granizada de balas. La profunda obscuridad que reinaba le salvó la vida. Ganó la orilla opuesta del foso y desapareció.

--¡El diablo le lleve!--exclamó Sarto.

--Lástima que sea tan gran bribón. ¿Quiénes han caído?

--Laugrán y Crastein.

Allí estaban sus ensangrentados cadáveres, que arrojamos al foso junto con el de Máximo, pues ya era inútil ocultarlo. Montamos a caballo y bajamos la cuesta, llevándonos el cuerpo de uno de nuestros amigos cuya muerte lamenté profundamente.

También me inquietaba más que nunca la suerte del Rey y me dolía verme burlado una vez más por Ruperto Henzar, que además de escaparse me había llamado cómico.

XV

TENTACIÓN

Ruritania no es Inglaterra, pues de lo contrario, la lucha empeñada entre el duque Miguel y yo, con todos los notables incidentes que la caracterizaban, no hubiera podido proseguir sin llamar vivamente la atención pública. Los duelos entre personas de las clases más elevadas, era cosa frecuente y ocasionaban feudos y reyertas en los que participaban también los amigos y servidores de los principales contendientes. Sin embargo, después del encuentro que dejo reseñado, circularon rumores tales, que me impusieron la mayor prudencia. Era imposible ocultar a los parientes de las víctimas la muerte de sus deudos. Di, pues, un severo edicto contra el duelo, redactado en los términos más enérgicos por el gran Canciller, en el cual se decía que habiendo tomado aquella práctica proporciones inusitadas, quedaba prohibida bajo rigurosas penas, a excepción de ciertos casos contados y gravísimos. Envié un mensaje de pésame al Duque y recibí de él cortés y amistosa respuesta; porque es de notar que ni él ni yo podíamos jugar a cartas vistas y que a pesar de nuestros odios nos importaba fingir una concordia que hasta entonces había engañado al público.

Lo peor era que el disimulo me imponía nuevas dilaciones, y entretanto podía morir el Rey o podían transportarlo a otra prisión desconocida para mí. Durante aquella tregua tuve el consuelo de ver que Flavia aprobaba cordialmente mi edicto contra el duelo, si bien me rogó que lo prohibiese en absoluto.

--Lo haré después de nuestra boda--le dije sonriéndome.

Uno de los más curiosos resultados de la tregua y del derecho que la dictó, fue la conversión de la villa de Zenda, en una especie de zona neutral en la que ambos bandos podían encontrarse sin peligro durante el día; de noche no hubiera yo fiado gran cosa en su protección. Por entonces tuve también un encuentro que aunque chistoso, no dejó de preocuparme bastante. Cabalgando un día entre Flavia y Sarto, vimos acercarse un coche descubierto tirado por dos caballos, en el cual iba un pomposo personaje que echó pie a tierra y me saludó profundamente. Entonces reconocí al jefe de policía de la capital.

--Puedo asegurar a Vuestra Majestad--me dijo,--que estoy haciendo cumplir al pie de la letra las órdenes dictadas contra el duelo.

Y temiéndome yo que su presencia en Zenda tuviese por objeto seguir dando allí pruebas de igual celo que en Estrelsau, resolví impedírselo cuanto antes.

--¿Es ese el motivo de su venida a Zenda, señor prefecto?--le pregunté.

--¡Oh, no, señor! Me trae el deseo de complacer al Embajador inglés...

--¿De qué se trata--dije aparentando indiferencia.

--Parece que un joven compatriota del señor Embajador, miembro de distinguida familia, ha desaparecido. Ni amigos ni parientes han tenido la menor noticia suya desde hace dos meses, y hay motivos para creer que ha estado en Zenda. Flavia dedicaba escasa atención a las palabras del prefecto. Por mi parte no me atrevía a mirar a Sarto.

--¿Qué motivos son esos?

--Un amigo suyo que reside en París, el señor Federly, ha dado informes que hacen creer en su presencia aquí, y los empleados del ferrocarril recuerdan haber visto el nombre del viajero en su equipaje.

--¿Y ese nombre?

--Raséndil, señor.

En la manera de decirlo comprendí que el tal nombre nada significaba para él. Dirigió luego una rápida mirada a Flavia y prosiguió, bajando la voz:

--Se cree que ha venido en seguimiento de una mujer. ¿Ha oído hablar Vuestra Majestad de cierta señora de Maubán?

--Sí--dije mirando involuntariamente hacia el castillo.--Esa dama llegó a Ruritania al mismo tiempo que el Raséndil de quien habla usted.

El prefecto me miró fijamente, como interrogándome.

--Sarto--dije,--tengo que hablar un momento a solas con el prefecto. Escolte usted a la Princesa. Veamos, señor prefecto; ¿qué quiere usted decir?--pregunté.

Se me acercó y me incliné hacia él.

--¿Y si el joven ese hubiera estado enamorado de la dama?--murmuró.--Nada se ha sabido de él en los dos meses--y a su vez el prefecto dirigió una mirada al castillo.

--Sí, la señora de Maubán está allí--dije con toda calma.--Pero no creo que Raséndil... ¿es ese el nombre?

--El Duque no tolera rivales--murmuró.

--Tiene usted razón--repuse con absoluta sinceridad.--Pero la suposición esa implica un grave cargo.

Iba el prefecto a excusarse, pero sin darle tiempo le dije casi al oído:

--El asunto es serio. Vuelva usted a Estrelsau...

--Pero, señor, tengo y sigo aquí una pista que...

--Vuelva usted a Estrelsau--repetí.--Diga al embajador que ha descubierto una pista, pero que necesita una o dos semanas para seguirla con éxito. Y entretanto yo mismo me encargaré de investigar el asunto.

--El embajador se muestra muy apremiante, señor.

--Cálmelo usted. Es evidente que si las sospechas de usted son fundadas, hay que proceder con la mayor prudencia. Nada de escándalo. Regrese usted esta misma noche.

Prometió hacerlo así y me reuní con mi comitiva, algo más tranquilo. Importaba evitar toda investigación de mi paradero por una o dos semanas, y el prefecto había andado muy cerca de descubrir la verdad. Algún día podrían ser útiles sus sospechas, pero por lo pronto sólo significaban un grave peligro para el Rey. Maldije a Federly de todo corazón por no haber sabido refrenar la lengua.

--¿Y bien?--preguntó Flavia.--¿Ha terminado la conferencia?

--De la manera más satisfactoria--contesté.--Volvamos atrás; estamos casi en tierras del Duque.

Habíamos llegado al extremo del pueblo, y al pie mismo de la colina donde empezaba el pendiente camino del castillo. Admirando estábamos la solidez de sus altas murallas, cuando vimos salir de ella numerosas personas que lentamente empezaron el descenso de la cuesta.

--Retirémonos--dijo Sarto.

--No, preferiría permanecer aquí--fue la opinión de Flavia.

Puse mi caballo junto al suyo y esperamos la aproximación del cortejo. Venían en primer término dos sirvientes a caballo, con negras libreas galoneadas de plata. Seguíanlos un coche fúnebre tirado por cuatro caballos, y en él un féretro cubierto con negros crespones. Detrás iba un jinete enlutado y sombrero en mano. Sarto se descubrió a su vez y Flavia dijo, posando su mano sobre mi brazo:

--Es uno de los caballeros muertos en la última reyerta, ¿verdad?

--Vé a preguntar de quién es el cadáver que escoltan--dije a uno de mis lacayos.

Acercóse a los sirvientes que iban delante del féretro, quienes lo dirigieron al enlutado caballero.

--Es Ruperto Henzar--murmuró Sarto.

Era él, en efecto, y no tardó en adelantarse al trote, ordenando al cortejo que se detuviera en el camino. Me saludó con profundo respeto, pero la triste expresión de su semblante desapareció en una sonrisa al ver que Sarto llevaba la mano al pecho. También me sonreí yo, adivinando tan bien como Ruperto lo que el veterano ocultaba en el bolsillo del pecho.

--Vuestra Majestad pregunta de quién son los restos que escoltamos. Son los de mi querido amigo Alberto de Laugrán.

--Nadie deplora más que yo su desgraciada muerte--dije,--y lo prueba el edicto que evitará la repetición de esos encuentros.

--¡Pobre señor de Laugrán!--exclamó Flavia con dulzura.

Ruperto le lanzó una mirada que me exasperó, porque con ella supo expresar aquel libertino toda la admiración que le inspiraba la Princesa.

--Vuestra Majestad es siempre bondadoso--continuó.--Por mi parte, a la vez que siento la muerte de mi amigo, no olvido que esa es la ley común y que muy pronto les tocará a otros el turno.

--Reflexión que a todos nos importa tener presente--dije.

--Aun a los Reyes--insistió el truhán con cómica unción, haciendo soltar al viejo Sarto media docena de reniegos entre dientes.

--Muy cierto es eso--repuse.--¿Qué noticias me da usted de mi hermano?

--Ha mejorado mucho, señor.

--De lo cual me alegro.

--Y espera ir a Estrelsau tan luego esté completamente restablecido.

--¿Es decir que sólo se halla convaleciente?

--Le quedan dos o tres molestias pasajeras de las que espera librarse muy pronto.

--Sírvase usted expresarle--dijo Flavia,--mi vivo deseo de que esas molestias desaparezcan en breve.

--El deseo de Vuestra Alteza es también el muy humilde mío--replicó Roberto Henzar, mirándola con insistencia y expresión tales, que el rubor coloreó el rostro de la joven.

Me incliné y Ruperto, saludando profundamente, ordenó a sus servidores que continuasen su camino. Súbito impulso me obligó a seguirle, y al oír él las pisadas de mi caballo se volvió en la silla rápidamente, como temeroso de que ni la presencia de la Princesa pudiera contenerme.

--La otra noche peleó usted como un valiente--le dije en voz baja.--Decídase usted, joven; entregúeme a su prisionero y le respondo de que no ha de pesarle.

Me miró con burlona sonrisa, pero de repente se me acercó y dijo:

--Estoy desarmado y el amigo Sarto podría despacharme de un balazo con la mayor facilidad.

--Nada tema--le dije.

--Demasiado lo sé, por desgracia--replicó.--Oiga usted. Tiempo atrás le hice una oferta en nombre del Duque...

--¡No quiero mensajes de parte de Miguel el Negro!--exclamé.

--Pues entonces oiga usted el plan que le propongo por mi cuenta. Ordene un ataque decisivo contra el castillo, encomendando la dirección del asalto a Tarlein y al viejo coronel...

--¡Adelante!

--Pero diciéndome de antemano la hora exacta del ataque.

--Eso es. ¡Me infunde usted tanta confianza!

--¡Bah! Sarto y Tarlein caerán en la refriega, como caerá también el Duque.

--¡Hola!

--Sí, Miguel el Negro, como un miserable que es. Cuanto al Rey, tomará el camino del infierno por la «Escala de Jacob.» ¡Ah! ¿También sabe usted eso? Y quedarán sólo dos hombres cara a cara: Ruperto Henzar y usted, rey de Ruritania.

Se detuvo un momento, y con voz que la emoción agitaba, continuó:

--¿No es una jugada soberbia? Pues, ¿y la apuesta? Para usted el trono y la beldad que desde allí nos mira; para mí una recompensa suficiente y... la gratitud del Rey.

--Es usted el mismo demonio, señor de Henzar--le dije.

--Bueno, usted piénselo y tenga en cuenta también que no deja de costarme duro esfuerzo eso de ceder así tan fácilmente la muchacha aquella--y su insolente mirada volvió a fijarse en Flavia.

--¡Póngase usted fuera de mi alcance!--exclamé; sin embargo, un momento después la audacia misma de aquel malvado me hizo reír.

--¿Es decir, que usted haría traición al Duque?--pregunté.

Por toda respuesta aplicó a Miguel un epíteto que no merecía, pues era el Duque hijo de una unión legal, aunque morganática, y añadió en tono confidencial:

--Me estorba. ¿Comprende usted? Es un bruto celoso. Anoche mismo me interrumpió tan inoportunamente que estuve a punto de clavarle un puñal.

Aquellos detalles me interesaban vivamente.

--¿Una mujer?--pregunté.

--Sí, y preciosa. Usted la ha visto.

--¡Ah! La del cenador, la noche aquella en que tres amigos de usted se estrellaron contra una mesita de hierro...

--¿Qué otra cosa puede esperarse de gaznápiros como Dechard y De Gautet? ¡Ojalá hubiera estado yo allí!

--¿Y el Duque se mezcla en el asunto?

--No es eso precisamente. Quien quiere mezclarse soy yo.

--¿Y ella prefiere al Duque?

--¡Sí, la tonta! Pues bien, ya conoce usted mi plan, y piénselo--dijo; e inclinándose, espoleó su caballo y partió en seguimiento del fúnebre cortejo.

Volví adonde me esperaban Flavia y Sarto, pensando en el extraño carácter de aquel desalmado, cuyo igual no he vuelto a ver en mi vida.

--¡Qué arrogante tipo!--fue el comentario de Flavia, que, mujer al fin, no se había ofendido con las expresivas ojeadas de Ruperto Henzar.--¡Y cómo parece sentir la muerte de su amigo!--prosiguió.

--Más le valdría pensar en la suya propia que no anda lejos--dijo Sarto bruscamente.--Por mi parte me sentía descontento e irritado al pensar que en realidad yo no tenía más derecho al amor de la Princesa que el insolente Henzar. Seguí silencioso a su lado hasta que, cerca ya de Tarlein y habiendo anochecido, dejó Sarto que nos adelantásemos un tanto, quedándose él atrás para impedir todo súbito ataque de nuestros enemigos. Entonces Flavia me dijo con su voz dulcísima:

--Sonríete, Rodolfo, si no quieres verme llorar. ¿Estás enojado?

--¡Oh, no! La culpa la tiene ese malvado Henzar.

Lo cual no impidió que ambos llegásemos sonrientes a las puertas de Tarlein, donde me entregaron una carta llevada para mí, según dijeron los sirvientes, por un joven desconocido. Abrí el sobre y leí:

«Juan se encarga de llevar estas líneas a su destino. Soy la que le envió a usted otro aviso en ocasión anterior. ¡Hoy le pido en nombre de Dios, que me libre de esta guarida de asesinos!--A. de M.»

Entregué la esquela a Sarto, en quien no hizo mella la súplica lastimera de la dama, limitándose a decir:

--Suya es la culpa. ¿Quién la llevó al castillo?

Sin embargo, no considerándome yo enteramente irresponsable de lo ocurrido, resolví compadecerme de Antonieta de Maubán.

XVI

UN PLAN DESESPERADO

Desde el día en que recorrí a caballo las calles de Zenda y hablé en público con Ruperto Henzar, me fue forzoso prescindir de todo pretexto de enfermedad. El efecto de mi presencia se notó desde luego en la guarnición de Zenda, cuyos oficiales y soldados desaparecieron de la población y sus cercanías para encerrarse en el castillo, donde reinaba la más perfecta vigilancia, como pudieron observarlo mis amigos en sus exploraciones. No veía medio practicable de socorrer al Rey y a la señora de Maubán. El Duque me retaba sin disimulo. Se había mostrado fuera del castillo, no tomándose siquiera la molestia de explicar o excusar su ausencia. El tiempo apremiaba. Por una parte me preocupaban los rumores e investigaciones de que he dado cuenta, con motivo de la desaparición de Raséndil; y por otra, sabía que mi ausencia de la capital ocasionaba vivo descontento. Mayor hubiera sido éste sin la presencia de Flavia a mi lado y sólo por esta razón le permitía yo seguir en Zenda, rodeada de peligros y aumentando con sus encantos la pasión que me dominaba. Como si esto no bastase, mis celosos consejeros, el Canciller y el general Estrakenz se presentaron en Zenda, instándome a que designase día para la solemnización de mis esponsales, ceremonia que en Ruritania es casi tan obligatoria y sagrada como el matrimonio mismo. Tuve que hacer lo que me pedían, con Flavia sentada a mi lado oyéndolo todo, y les anuncié que el acto se celebraría quince días después, en la catedral de Estrelsau. La noticia fue recibida con extraordinarias manifestaciones de aprobación y alegría en todo el Reino, y supongo que sólo dos hombres la deploraron: el Duque y yo. Cuanto al Rey, lo único que me atreví a esperar fue que no llegase a sus oídos.

Juan volvió a salir ocultamente del castillo tres días después, a riesgo de su vida pero impulsado por la codicia. Nos dijo que cuando el Duque supo la noticia de la próxima ceremonia se puso furioso; que su exasperación aumentó al declarar Ruperto que yo era muy capaz de casarme con la Princesa y que así lo haría indudablemente; y que Ruperto acabó felicitando a la señora de Maubán, allí presente, porque pronto se vería libre de Flavia, su rival. El Duque echó mano a la espada, sin que al joven noble pareciese importarle un bledo la cólera de su señor, a quien felicitó también por haber proporcionado a Ruritania un Rey como no lo había tenido en muchos años. «Y lo que es la Princesa, terminó diciendo Henzar (según el relato de Juan), tampoco puede quejarse porque el diablo le manda novio más galán que el que le había deparado el Cielo.» El Duque le mandó retirarse de su presencia, pero Henzar no obedeció hasta haber obtenido de la dama el permiso de besar su mano, como lo hizo rendidamente ante las miradas furiosas de Miguel.

Noticia de más importancia para mí fue la que también nos dio Juan sobre la grave enfermedad del Rey. Juan le había visto, demacrado y débil; su estado llegó a ser tan alarmante que el Duque llamó al castillo a un médico de Estrelsau, el cual examinó al Rey, salió del calabozo pálido y temblando y rogó a Miguel que le permitiese volver a la capital y no mezclarse más en el asunto; pero Miguel se lo prohibió, anunciándole que quedaba preso con el Rey y que respondía de la vida de éste hasta el día en que el Duque quisiera quitársela. A instancias del médico permitió que la señora de Maubán visitase al Rey, a quien prestó solícitos cuidados. La vida del monarca se hallaba, pues, en peligro inminente, a la vez que yo seguía sano y vigoroso; contraste que exasperó a los moradores del castillo ocasionando continuos disgustos y reyertas. Sólo Ruperto Henzar continuaba tan contento como siempre, y según decía Juan, riéndose a carcajadas porque el Duque ponía siempre de guardia a Dechard cuando la señora de Maubán se hallaba en la celda del Rey; precaución no del todo inútil por parte de mi prudente hermano.

Tal fue el relato de Juan, que le valió buena recompensa; y aunque me pidió que le permitiese quedarse en Tarlein, conseguí que regresase al castillo, donde lo necesitaba mucho más, encargándole anunciase a la señora de Maubán que estaba procurando auxiliarla y que ella dijese al Rey en mi nombre algunas frases de esperanza y de consuelo.

--¿Cómo vigilan ahora al Rey?--pregunté, recordando que dos de los Seis habían muerto y que igual suerte había cabido a Máximo Holf.

--Dechard y Bersonín están de guardia por la noche y Ruperto Henzar y De Gautet, de día--contestó Juan.

--¿No más que dos a la vez?

--Pero el resto de la guardia está en el primer piso, precisamente sobre la prisión del Rey, y allí puede oírse todo grito o señal dados desde abajo.

--¿Sobre la prisión del Rey? No sabía yo eso. ¿Existe alguna comunicación directa entre el calabozo y la sala de guardia?

--No, señor. Hay que bajar algunos escalones, cruzar el puente levadizo y desde allí bajar al encierro del Rey.

--¿Está cerrada la puerta que lleva al puente?

--Sólo los cuatro caballeros tienen la llave.

--¿Y también la de la reja de entrada a la prisión?--pregunté acercándome a Juan.

--Creo que esa únicamente la tienen Dechard y Henzar.

--¿Dónde habita el Duque?

--En la parte nueva del castillo, en el primer piso. Sus habitaciones quedan a la derecha del puente levadizo.

--¿Y la señora de Maubán?

--A la izquierda. Pero cuando se retira cierran la puerta por fuera.

--¿Para impedir que huya?

--Sin duda, señor.

--¿Y quizás también por otra razón?

--Es posible.

--¿Supongo que el Duque se reserva esa llave?

--Sí, señor. Y también la del puente, después de alzarlo, y nadie puede cruzar el foso por él sin que lo sepa y lo permita el Duque.

--¿Y tú, dónde duermes?

--En el cuarto que hay a la entrada del castillo nuevo, con otros cinco criados.

--¿Armados?

--Con picas, porque el Duque no quiere confiarles armas de fuego.

Aquellos informes me decidieron por fin y formé resueltamente un nuevo plan de ataque. Había fracasado cuando lo emprendí por la «Escala de Jacob,» y me dije que fracasaría también intentándolo contra el cuerpo de guardia. Resolví, pues, dirigirlo contra el lado opuesto del castillo.

--Te he prometido diez mil pesos--dije a Juan.--Te daré veinticinco mil si mañana por la noche haces lo que yo te diga. Pero ante todo ¿saben esos criados quién es el prisionero?

--No, señor; creen que es un caballero enemigo del Duque.

--¿Y no dudarán que yo soy el Rey?

--¿Cómo han de dudarlo, señor?

--Pues escucha, Juan: mañana, a las dos en punto de la madrugada, abre de par en par la puerta principal del castillo nuevo, la que da al frente ¿entiendes bien?

--¿Estará usted allí, señor?

--Nada de preguntas. Haz lo que te digo. Da cualquier excusa para salir de tu cuarto. Nada más exijo de ti.

--Y una vez abierta la puerta ¿puedo escaparme por ella?

--Sí, a todo correr. Toma esta esquela, que entregarás a la señora de Maubán. La he escrito en francés a propósito para que no puedas enterarte de ella. Y dile que si tiene en algo la vida de todos nosotros, no deje de hacer lo que en ella le indico.

Juan temblaba al oírme, pero no me quedaba elección posible y tuve que fiar en él. No me atreví a esperar más porque temí que el Rey muriese en su prisión.

Despedí a Juan y sólo entonces di cuenta de mi plan a Tarlein y Sarto. Este último manifestó su desaprobación desde luego.

--¿Por qué no espera usted?--me preguntó.

--Porque puede morir el Rey. Y si no muere puede llegar el día de los esponsales.

Sarto se mordió el blanco bigote, y Tarlein, poniéndome la mano sobre el hombro, exclamó:

--Dice usted bien. ¡Probemos!

--Con usted cuento, Tarlein--le dije.

--Corriente--contestó.--Pero lo que es usted, Raséndil, se queda aquí cuidando a la Princesa.

Los ojos de Sarto brillaron.

--¡Eso es, eso es!--exclamó.--Así burlaríamos los designios de Miguel cualquiera que fuese el resultado de nuestra empresa. Al paso que si usted tomase parte activa en ella y lo matasen, como matarían también al Rey ¿qué sería de todos nosotros?

--Servirían ustedes a la reina Flavia--repliqué,--y ojalá pudiese yo hacer otro tanto.

Siguió una pausa y después dijo el viejo Sarto, con expresión tan cómica, que Tarlein y yo nos echamos a reír:

--¿Por qué no se casaría el finado rey Rodolfo III con la bisabuela aquella de usted, Raséndil?

--Al grano, al grano--le dije.--Se trata del Rey actual.

--Es verdad--asintió Tarlein.

--Además--continué,--si he consentido ser impostor en beneficio del Rey, jamás lo seré en provecho propio. Y si el Rey no se halla vivo y en su trono antes del día fijado para la celebración de los esponsales, confesaré y proclamaré la verdad, sean cualesquiera las consecuencia.

--Irá usted con nosotros al ataque del castillo--dijo Sarto.