Chapter 8
A la mañana siguiente di algunas órdenes y me sentí más satisfecho que nunca. Había puesto manos a la obra, al trabajo, y éste, ya que no cura el amor, es por lo menos como un narcótico que nos permite olvidarlo temporalmente. Sarto, que andaba agitado y nervioso, se sorprendió mucho al verme aquella mañana, arrellanado en cómodo sillón de brazos, escuchando la canción amorosa que con muy buena voz entonaba uno de los caballeros de mi séquito. Tal era mi ocupación cuando el más joven de los Seis, Ruperto Henzar, que no temía a Dios ni al diablo, se adelantó de repente a caballo, con tanta calma como si detrás de cada árbol no pudiese tener yo apostado un buen, tirador, y ni más ni menos que si cabalgase en el parque de Estrelsau.
Se acercó a mí, saludándome con cómica reverencia, y solicitó hablarme a solas para comunicarme un mensaje del duque Miguel. Hice que se retirasen todos y Henzar, sentándose a mi lado, comenzó:
--¿El Rey está enamorado a lo que parece?
--No de la vida, señor mío--contesté sonriéndome.
--Más vale así. Pero estamos solos. Usted, Raséndil...
--¿Qué es eso? ¿Cómo se entiende?--le dije en tono seco y arrogante, haciendo ademán de levantarme.
--¿Qué ocurre?--preguntó.
--Pues nada, sino que iba a llamar para que le trajeran a usted su caballo. Si ignora usted cómo dirigirse al Rey, es indispensable que mi hermano elija otro embajador.
--¿Para qué continuar esta farsa?--preguntó con suma indiferencia, sacudiendo con su latiguillo el polvo que cubría sus altas botas.
--Porque la farsa no ha terminado todavía--repliqué;--y mientras dure me reservo el derecho de usar el nombre que mejor me cuadre.
--Corriente. Lo único que me proponía hacer era hablarle con entera franqueza. Porque no le quiero a usted mal, es usted todo un hombre.
--Por tal me tengo, modestia aparte. Soy honrado con los hombres y honro y respeto a las mujeres, señor mío.
Me dirigió una mirada iracunda.
--¿Vive su madre de usted?--proseguí.
--No, ha muerto.
--Tanto mejor para ella--dije, gozándome al oír la maldición que me lanzó entre dientes.--Y ahora, oigamos ese mensaje.
Le había herido en lo vivo, porque todo el mundo sabía que Henzar había instalado a una querida en su propia casa, y destrozado el corazón de su madre, muerta de pesar. Toda su arrogancia desapareció por el momento.
--El Duque le ofrece a usted más de lo que yo le ofrecería--murmuró.--Mi opinión era que le mandase a usted la cuerda con que merece ser ahorcado, pero él se empeñó en darle un salvo-conducto hasta la frontera y quinientos mil pesos.
--Pues entre las dos ofertas prefiero la de usted, señor mío.
--¿Es decir que rehusa usted la del Duque?
--Desde luego.
--Así se lo dije a Su Alteza.
Y el bribón que había recobrado todo su aplomo, me dirigió la más alegre de sus sonrisas.
--La verdad es, acá entre nosotros, que Miguel no sabe ni puede comprender lo que es un caballero.
--¿Y usted?--dije riéndome en sus barbas.
--Yo sí. Corriente: pues le daremos a usted la cuerda.
--Lo malo es que no vivirá usted para verme ahorcado con ella--observé.
--¿Me hace Vuestra Majestad el honor de buscarme querella?
--Para eso sería preciso que tuviera usted siquiera algunos años más.
--Maldito lo que eso importa. Joven o no, me basto y me sobro para el caso--dijo con burlona risa.
--¿Cómo está su prisionero?
--¿El Rey?
--Su prisionero, digo.
--¡Ah, sí! Había olvidado los deseos de Vuestra Majestad. Pues el preso vive todavía.
Dejó su asiento, le imité y sonriéndose dijo:
--¿Y qué tal la bella Princesa? Apuesto a que el próximo Elsberg será rojo, por más que Miguel el Negro le haga las veces de padre...
Di un salto hacia él cerrando los puños. No retrocedió una sola línea y siguió mirándome con expresión y sonrisa insolentes.
--¡Vete, antes de que te haga pedazos!--murmuré.
Me había pagado con creces la alusión a la muerte de su madre.
Lo que hizo después fue buena muestra de su increíble audacia. Mis amigos se hallaban a cincuenta pasos de distancia. Heznar ordenó a un lacayo que le trajese su caballo y despidió al criado dándole una moneda de oro. Yo permanecía inmóvil, sin sospechar cosa alguna. Fingió que iba a montar, pero volviéndose de repente hacia mí, con la mano izquierda en el cinto y tendiéndome la diestra, dijo:
--Aquí está mi mano.
Me limité a inclinarme e hice lo que él había previsto: crucé ambas manos a la espalda. Rápida como el rayo brilló en alto su daga y se clavó en mi hombro: de no haberme apartado bruscamente me hubiera atravesado el corazón. Retrocedí lanzando un grito, saltó él en la silla sin tocar el estribo y salió disparado como una flecha, perseguido por gritos y tiros de revólver, tan inútiles éstos como aquéllos. Me dejé caer en mi sillón, mirando cómo el malvado desaparecía al extremo de la avenida. Después me rodearon mis amigos y perdí el conocimiento.
Supongo que me llevaron al lecho, donde pasé muchas horas de las que nunca conservé el menor recuerdo. Era de noche cuando recobré el conocimiento y vi a Tarlein a mi lado. Me sentía débil y fatigado, pero Tarlein se apresuró a darme la buena noticia de que mi herida curaría pronto y que entretanto todo iba bien, pues Juan el guardabosque había caído en el lazo que le tendimos y se hallaba en nuestro poder.
--Y lo más raro es--continuó Tarlein,--que no parece muy contrariado de verse aquí. Sin duda se dice que le tiene más cuenta no figurar como testigo del crimen que Miguel prepara con el auxilio de sus Seis matachines.
Aquella idea me hizo concebir muy buenas esperanzas en la cooperación de nuestro prisionero. Dispuse que me lo trajeran en seguida, y pronto llegó acompañado de Sarto, que le hizo tomar asiento junto a mi lecho. Estaba atemorizado, pero también nosotros abrigábamos nuestros recelos después de la tentativa de Ruperto Henzar, y Sarto cuidó de tenerlo muy al alcance de su revólver mientras duró la entrevista. Al entrar tenía atadas las manos, pero inmediatamente hice que lo desataran.
No detallaré todas las garantías y recompensas que le ofrecimos y que en su día fueron cumplidas religiosamente, de suerte que hoy vive con holgura, aunque no diré dónde. Era más débil que perverso y muy pronto nos convencimos de que hasta entonces había obrado por temor al Duque y a su hermano Máximo más que por adhesión a la causa de aquél. Pero todos estaban convencidos de su lealtad; y aunque ignoraba los planes secretos de su amo, su conocimiento de la disposición interior del castillo, y de las medidas tomadas en él, lo hacían un auxiliar precioso. He aquí en breve los informes que nos proporcionó:
Debajo del piso del castillo había dos pequeñas celdas labradas en la roca viva, a las cuales se bajaba por medio de una escalera de piedra que comenzaba a un extremo del puente levadizo. Una de dichas celdas carecía de ventanas y había que tener siempre en ella velas encendidas. La segunda tenía una ventana cuadrada que daba al foso. En esta celda velaban siempre de día y de noche, tres de los Seis, con orden de defender la puerta que daba a la otra celda, en caso de ataque, mientras les fuera posible; pero dado que los asaltantes parecieran próximos a triunfar, Henzar y Dechard, uno de los cuales se hallaba siempre allí, tenían orden expresa del Duque de separarse de sus compañeros, entrar en la celda inmediata y matar al Rey. Allí estaba preso éste, bien tratado hasta entonces, pero sin armas y atados los brazos con delgadas cadenas de acero que apenas le permitían moverlos. Es decir que antes de franquear nosotros la segunda puerta habría muerto el Rey. ¿Y su cuerpo? ¿No sería éste la prueba más clara y comprometedora del crimen de Miguel?
--No señor--dijo Juan.--Su Alteza ha pensado en eso, y el asesino del Rey no tiene más que abrir la reja de hierro que encierra la ventana de la celda, reja cuyo marco gira sobre sus goznes. El hueco de la ventana está hoy obstruido por un enorme tubo, capaz de dar paso al cuerpo de un hombre, y cuyo extremo opuesto llega precisamente hasta la superficie del agua que llena el foso. Muerto el Rey, su matador arrastra el cuerpo hasta la ventana, le ata un peso de plomo que allí tienen preparado y desliza el cadáver por el tubo hasta el agua del foso, que mide allí veinte pies de profundidad. Hecho esto, da un grito que sirve de señal a los otros, se arroja a su vez por el tubo, le siguen los demás si pueden, y mientras el cuerpo del Rey va derecho al fondo del foso, los asesinos nadan hacia la orilla opuesta, donde varios hombres tienen orden de esperarlos con cuerdas para sacarlos del agua y caballos para huir, si no queda otro recurso. En este caso Miguel huiría también con ellos. Pero si les quedase alguna esperanza de triunfar, volverían al castillo y cogerían a sus enemigos en las dos piezas subterráneas, como en una trampa. Este es el plan de Su Alteza, pero sólo se propone emplearlo en último extremo, porque su intento es no matar al Rey hasta haberlo matado a usted, o hasta tener la seguridad de que podrá despacharlo poco después de muerto el Rey. Y ahora, señor, le ruego que me proteja, porque si el duque Miguel llega a saber lo que he hecho, no habrá tormento bastante cruel para mí.
Por el relato de Juan, que completamos con nuestras preguntas, supimos también que en caso de ataque al castillo por una fuerza numerosa, como la que yo el Rey podía reunir, sus defensores renunciarían a toda resistencia, limitándose a matar al Rey y arrojar su cadáver al fondo del foso. Pero en lugar de huir los asesinos, uno de ellos debía ocupar el lugar del Rey en el calabozo y pedir a los asaltantes favor y justicia a grandes gritos; llamado entonces Miguel, declararía que el preso había ofendido a la señora Maubán y por eso sufría aquel castigo; y que él, el Duque, se alegraba de tener aquella oportunidad para aclarar lo ocurrido en la fortaleza y contradecir y disipar ciertos rumores que habían circulado acerca de la presencia de un misterioso prisionero en el castillo de Zenda. Burlados entonces los invasores, se retirarían, permitiendo al Duque disponer con toda calma del cuerpo del Rey.
Sarto, Tarlein y yo en mi lecho oíamos con horror aquellos detalles de la maldad del Duque y de la audacia de su plan. Fuese yo al castillo ocultándome o en pleno día, solo o al frente de mis tropas, el Rey estaba condenado a morir antes de que yo pudiera acercármele. Si Miguel me vencía todo acababa allí, pero de ser yo vencedor no tendría medios de castigarlo, ni de mostrar su culpa sin descubrir también la mía. Pero por lo pronto sería yo Rey, ¡Rey! pensamiento que hacía latir mi corazón apresuradamente; y el porvenir se encargaría de decidir en la lucha entre él y yo. Hasta entonces me había inclinado a creer que el Duque gustaba de dejar a sus amigos los peligros de la empresa; pero desde aquel momento comprendí que se reservaba la dirección de la misma y que no le faltaban ni audacia ni astucia.
--¿Conoce el Rey esos detalles?--pregunté.
--Mi hermano y yo--contestó Juan,--colocamos el tubo, dirigidos por el señor de Henzar, pues estaba de guardia aquel día. El Rey preguntó lo que aquello significaba y el señor de Henzar le contestó riéndose que era una nueva «Escala de Jacob,» por la cual, como dice la Biblia, pasan los hombres de la tierra al Cielo; y que si llegase el caso de hacer el viaje, aquel camino sería más propio de un Rey, que pasaría por él con toda comodidad, sin verse expuesto a las miradas de los curiosos. Después soltó otra carcajada y pidió al Rey permiso, para volver a llenar su vaso, porque Su Majestad estaba comiendo. Valiente como es el Rey y como lo son todos los Elsberg, palideció al mirar el siniestro tubo y oír al villano que así se mofaba de él.--¡Ah, señores!--acabó diciendo Juan,--en el castillo de Zenda le cortan la cabeza a un hombre con tanta frescura como juegan una partida de cartas; y precisamente ese Henzar es el más cruel de todos... y el más temible también cuando hay mujeres cerca.
Cesó de hablar el guardabosque y dispuse que Tarlein diese orden de vigilarlo cuidadosamente. Pero antes de que se lo llevaran le dije:
--Si alguien te pregunta si hay un prisionero en Zenda, puedes contestar que sí, pero si te preguntan quién es cállate. Todas mis promesas no podrían salvarte la vida si alguien llegase a saber que el Rey está en el castillo. ¡Yo mismo te mataría como un perro si la verdad se sospechase siquiera en esta casa!
Cuando hubo salido miré a Sarto.
--¡Difícil empresa, amigo!--le dije.
--Tanto--respondió moviendo pensativamente la encanecida cabeza,--que según toda probabilidad dentro de un año seguirá usted siendo Rey de Ruritania. Y dicho esto desahogó su cólera lanzando una sarta de maldiciones contra Miguel el Negro.
--Mi opinión es--dije reclinándome en las almohadas,--que sólo tenemos dos medios de sacar al Rey vivo de Zenda. El uno es lograr que los amigos del Duque le hagan traición...
--Prescinda usted de ese medio--dijo Sarto.--Veamos el otro.
--¡Pues el otro--dije,--es ni más ni menos que un milagro del Cielo!
XIV
RONDANDO EL CASTILLO
Grande hubiera sido la sorpresa del buen pueblo ruritano si hubiera podido oír la conversación que acabo de transcribir, porque según las noticias oficiales yo me había herido con un venablo durante una cacería. Por orden mía el primer boletín oficial hizo constar que la herida era algo grave, lo cual ocasionó viva sensación en Estrelsau y produjo el triple resultado siguiente, que yo estaba lejos de esperar: primero, ofendí gravemente a los médicos de la Corte, prohibiéndoles que vinieran a mi lado a excepción de un joven cirujano amigo de Tarlein, en quien podíamos confiar; segundo, el general Estrakenz mandó a decirme que, a pesar de sus órdenes y las mías, la Princesa se disponía a salir para Tarlein, escoltada por él (noticia que a pesar de lo alarmante que era me llenó de alegría y orgullo); y tercero, que mi buen hermano el Duque, perfectamente enterado de la procedencia de mi herida, creyó que mi estado era grave y aun que se hallaba en peligro mi vida.
Esto último lo supe por Juan, en quien tuve que confiar, mandándole volver a Zenda, donde Ruperto Henzar le hizo dar de latigazos por el crimen de haber pasado toda una noche fuera del castillo, engatusado por alguna mozuela del pueblo. Aquel castigo aumentó el odio de Juan hacia Henzar y el Duque, y me respondió de su auxilio y lealtad más que cuanto hubieran podido hacerlo todas mis ofertas y promesas.
Poco diré de la llegada de Flavia. Es aquél un recuerdo que no puedo renovar sin dolor. Nunca olvidaré su alegría al verme casi restablecido y no moribundo como temía; y sus quejas y reproches por no haber confiado en ella y díchole la verdad, justifican en parte los medios de que me valí para aplacarla. Su presencia fue para mí en aquellas circunstancias lo que la vista del cielo para el condenado réprobo, y tanto más dulce porque yo sabía la suerte casi inevitable que me hubiera impedido volver a verla sin aquella su última visita. Dos días pasé con ella en completa inacción, al cabo de los cuales el duque de Estrelsau tuvo a bien anunciar que me había preparado una partida de caza.
Se acercaba el momento decisivo. Sarto y yo habíamos acordado, tras ansiosas conferencias, arriesgar el golpe; afirmándonos en esta resolución las malas noticias que Juan nos daba sobre la salud del Rey, que palidecía y se debilitaba con aquel prolongado encierro. En mi opinión, Rey o no, la muerte instantánea recibida de un balazo o una estocada, era preferible mil veces a la lenta agonía que esperaba al joven Soberano en su calabozo. Desde este punto de vista, importaba obrar prontamente a favor del Rey; pero no menos interesado estaba yo en ello por cuenta propia. Estrakenz insistía en la necesidad de mi inmediato matrimonio, al cual me impulsaban también mis deseos, hasta el punto de hacerme vacilar en la senda del deber. No me creía capaz de faltar a éste, pero sí podía ocurrírseme huir, abandonar el país, lo cual hubiera significado la ruina de los Elsberg. Es más: como no soy santo (dígalo mi cuñadita), podría llegar un momento de ofuscación que me hiciera cometer una falta irreparable.
Jamás había ocurrido caso semejante en la historia de ningún pueblo. El hermano del Rey y el que personificaba a éste en el trono, empeñados en una guerra a muerte, disputándose la persona del verdadero Rey, sin que el país se diera cuenta de ello, en medio de la más profunda paz y a las puertas de una población tranquila y confiada. Y, sin embargo, tal era en aquellos momentos la situación entre el castillo de Zenda y la morada de los Tarlein. Cuando recuerdo ahora aquella época me pregunto si estuve loco. Sarto me ha dicho después que por entonces yo no admitía intervención alguna ni aceptaba consejos de nadie; que me conduje como Rey absoluto de Ruritania. Por ninguna parte veía solución que pudiera hacerme atractiva la vida, y por lo mismo la arriesgue de la manera más temeraria. Al principio trataron de protegerme, quisieron evitar que me expusiese al peligro; pero, cuando comprendieron que mi resolución era inquebrantable, se dijeron, dándose o no cuenta de la verdad, que el único medio era fiarlo todo a la suerte y dejarme llevar adelante, a mi manera, la lucha mortal emprendida contra Miguel.
A la noche siguiente dejé muy tarde la mesa en que acababa de comer en compañía de Flavia y la conduje hasta la puerta de sus habitaciones. Allí besé su mano y me despedí de ella deseándole tranquilo reposo. Inmediatamente cambié de traje y salí. Sarto y Tarlein me esperaban con tres hombres y los caballos. Sarto llevaba consigo una larga cuerda, y ambos iban bien armados. Cuanto a mí, sólo tenía una pequeña maza y un agudo puñal. Dimos un largo rodeo para no cruzar el pueblo, y al cabo de una hora subíamos la cuesta que conducía al castillo de Zenda. Era la noche obscura y tormentosa; el viento soplaba con furia, agitando los árboles, y llovía a cántaros. Llegados a un bosquecillo no muy distante de la fortaleza, dispuse que nuestros tres acompañantes se quedasen allí con los caballos. Sarto tenía un silbato con el cual podía llamarlos en mi auxilio; pero hasta aquel momento nadie nos había visto ni aparecía señal de peligro. Yo tenía la esperanza de que Miguel siguiera desprevenido, creyéndome postrado todavía en el lecho. Llegamos sin tropiezo a la cumbre y a la orilla del cenagoso foso. Sarto, sin perder momento, ató la cuerda al tronco de un árbol inmediato al foso. Yo me quité las botas, tomé un trago de licor, estreché las manos de mis dos amigos sin hacer caso de la mirada suplicante de Tarlein, y después de asegurarme de que el puñal salía fácilmente de la vaina, así la maza con los dientes y me aproximé al foso. Iba a inspeccionar la «Escala de Jacob.»
Con ayuda de la cuerda me deslicé suavemente en el agua, nada fría, porque el día había sido muy caluroso. Crucé a nado el foso y seguí nadando junto a los altos muros de la fortaleza, sin ver a más de tres varas de distancia y con muy buenas esperanzas de no ser descubierto. En la parte nueva del castillo se veían algunas luces, y oí también risas y cantos, pareciéndome distinguir entre las voces la de Ruperto Henzar, a quien me figuré excitado por el vino. Descansé un momento, y orientándome pensé que si la descripción hecha por Juan era exacta, debía hallarme en aquel momento al pie de la ventana que buscaba. Volví a nadar lentamente, y a tres pasos vi una sombra; era el enorme cilindro que saliendo de la ventana llegaba a flor de agua. Su diámetro era, aproximadamente, doble que el cuerpo de un hombre. Iba a acercarme más, cuando divisé al otro lado del tubo la proa de un bote. Mi corazón latió con violencia y permanecí inmóvil. Escuchando atentamente, oí en el bote un rumor como el de una persona que cambiase de posición. ¿Quién era aquel hombre encargado de guardar la invención diabólica de Miguel? ¿Estaba despierto o dormido? Llevé maquinalmente la mano al puño de mi daga, y al propio tiempo noté con alegría que hacía pie. Los cimientos del castillo proyectaban hacia el foso formando un reborde de unas quince pulgadas, sobre el cual posé ambos pies con agua hasta el pecho. Después me incliné y miré por debajo del tubo.
En el bote vi a un hombre y a su lado brillaba el cañón de un fusil. ¡Era el centinela! Permanecía inmóvil, y a poco pude oír su respiración, fuerte y acompasada. ¡Dormía! Arrodillándome sobre el reborde, adelanté el cuerpo por debajo del tubo hasta poner mi rostro a media vara del suyo. Era Máximo Holf, un hombrachón, hermano de Juan. Deslicé la mano hasta el cinto y saqué el puñal. El recuerdo de aquel momento es el que más me remuerde en mi vida, y no quiero ni pensar si fue aquél un acto varonil o una traición. Lo único que me dije fue: «Es esta una guerra a muerte, y de mí depende la vida del Rey.» Llegué junto al bote, respirando apenas, fijé los ojos en el punto donde quería descargar el golpe y alcé el brazo armado. El centinela hizo un movimiento y abrió los ojos; los abrió desmesuradamente, mirándome con expresión de terror intenso, y empuñó el fusil. Descargué el golpe. Y desde la orilla opuesta oí el coro de una canción de amor.
Dejando a mi víctima en el bote, me volví hacia la «Escala de Jacob.» Tenía poco tiempo disponible. Además, de un momento a otro podían venir a relevar al centinela. Inclinándome sobre el tubo, lo examiné desde el punto en que proyectaba del agua hasta su extremidad superior, que parecía hundirse en el macizo muro. No presentaba la menor solución de continuidad; pero mi corazón latió precipitadamente al notar que por su parte superior, donde entraba en el hueco del muro, se deslizaba un tenue rayo de luz. ¡Aquella luz procedía de la celda del Rey! Apoyé el hombro contra el tubo, y el intersticio por donde salía la luz se ensanchó perceptiblemente, algunas líneas. Desistí en seguida; aquella prueba me bastaba para convencerme de que el tubo no estaba sólidamente adherido al muro por su parte superior.
Entonces oí una voz brusca, que decía:
--Y ahora, si Vuestra Majestad no desea mi compañía por más largo tiempo, le dejaré descansar. Pero antes tengo que asegurarle las muñecas con este precioso par de brazaletes...--¡Era Dechard, cuyo acento inglés reconocí al instante!
--¿Desea Vuestra Majestad darme alguna orden antes de separarnos?
Entonces la voz del Rey, cavernosa y débil, muy distinta de aquella otra tan alegre que había oído en el bosque de Zenda, contestó:
--Ruegue usted a mi hermano que me mate, que abrevie esta muerte lenta.
--El Duque no desea la muerte de Vuestra Majestad--replicó burlonamente Dechard;--a lo menos... por ahora. Si llega el momento, allí está el camino que lleva derecho a la gloria.
--Está bien--dijo el Rey.--Y ahora, si sus instrucciones se lo permiten, déjeme usted solo.
--¡Buenas noches y gratos sueños!--exclamó el rufián.
La luz desapareció y oí el ruido de los cerrojos y después los sollozos del Rey. Se creía solo. ¿Quién podía oírle y mofarse de su llanto?
No me atreví a hablarle. Podía escapársele una exclamación de sorpresa que nos vendiera. Nada me quedaba por hacer aquella noche sino ponerme en salvo y ocultar el cadáver del centinela, cuyo hallazgo en aquellas circunstancias hubiera puesto en guardia a mis enemigos. Desaté el bote y subí a él. El viento soplaba con violencia y nadie podía oír el ruido de los remos. Me dirigí rápidamente al punto donde me esperaba Sarto, y en el momento de tocar la orilla oí un penetrante silbido detrás de mí, al lado opuesto del foso.
--¡Eh, Máximo!--gritó una voz.
Llamé a Sarto por lo bajo, cayó la cuerda en el bote y con ella até el cadáver. Después salté a la orilla.
--Silbe usted también--ordené a Sarto,--para llamar a nuestra gente y entretanto icemos el cuerpo que ahí traigo. No hablemos ahora.
Llegaron nuestros hombres y apenas tuvimos el cadáver de Máximo en tierra, vimos a tres jinetes que saliendo del otro lado del castillo, se dirigían hacia nosotros, aunque no podían vernos todavía, porque estábamos a pie.