Chapter 7
--Si tienes en algo tu vida, y aun más que tu vida, amor mío, haz al pie de la letra lo que esa carta te dice. Hoy mismo enviaré fuerza suficiente para proteger este palacio, del cual no saldrás sino custodiada por numerosa guardia.
--¿Es esa una orden que me da el Rey?--preguntó altiva.
--Lo es, Flavia. Orden que obedecerás... si me amas.
--¡Ah!--exclamó, con expresión tal que le di otro beso.
--¿Sabes quién ha escrito eso?--preguntó.
--Creo saberlo. El aviso proviene de persona que es buena amiga mía, y más diré, lo envía una mujer desgraciada. Precisa contestar que estás indispuesta, Flavia, y no puedes ir a Zenda. Presenta tus excusas en la forma más fría y ceremoniosa que sepas.
--¿Es decir que te consideras suficientemente fuerte para desafiar la cólera de Miguel?--me dijo con orgullosa sonrisa.
--Nada hay que yo no esté dispuesto a hacer por tu propia seguridad--fue mi contestación.
Poco después me separé de ella, no sin esfuerzo, y tomé el camino de la casa del general Estrakenz, sin consultar a Sarto. Había tratado algo al anciano General, creía conocerlo y lo estimaba. No así Sarto, pero yo había aprendido ya que éste sólo estaba satisfecho cuando él mismo lo hacía todo, y que a menudo lo impulsaba, más que el deber, un sentimiento de rivalidad. La situación era tan crítica que Sarto y Tarlein no me bastaban para dominarla, pues ambos tenían que acompañarme a Zenda y necesitaba una persona segura que velase por lo que yo amaba más en el mundo y me permitiese dedicarme con ánimo tranquilo a la empresa de libertar al Rey.
El General me recibió con afectuosa lealtad. Le hice confidencias parciales, le encomendé la guardia de la Princesa y mirándole fija y significativamente le ordené que no permitiese a ningún emisario del Duque acercarse a Flavia, como no fuese en su presencia y en la de una docena de nuestros amigos, por lo menos.
--Quizás no se engañe Vuestra Majestad--dijo, moviendo tristemente la encanecida cabeza.--A hombres que valían más que el Duque les he visto hacer peores cosas por amor.
Yo más que nadie podía apreciar el valor de aquellas palabras, y dije:
--Pero hay en todo esto algo más que amor, General. El amor puede satisfacer su corazón. Pero ¿no necesita y procura algo más para saciar la ambición que le devora?
--Ojalá le juzgue mal Vuestra Majestad.
--General, voy a ausentarme de Estrelsau por algunos días. Todas las noches le enviaré a usted un mensajero. Si durante tres días consecutivos no recibe usted noticias mías, publicará un decreto que dejaré en su poder, privando al Duque del Gobierno de Estrelsau y nombrándolo a usted en su lugar. En seguida declarará usted la capital en estado de sitio, y mandará a decir al Duque que exige ser recibido en audiencia por el Rey... ¿Me comprende usted bien?
--Perfectamente, señor.
--Si en el plazo de veinticuatro horas no consigue usted ver al Rey--continué posando mi mano sobre su rodilla,--eso significará que el Rey habrá muerto y que usted deberá proclamar al heredero de la corona. ¿Sabe usted quién es?
--La princesa Flavia.
--Júreme usted por Dios y por su honor que la defenderá y apoyará hasta morir por ella, que matará, si es necesario, al traidor, y que la pondrá en el trono que hoy ocupo.
--¡Lo juro, por Dios y por mi honor! Y ruego a Dios que proteja a Vuestra Majestad, porque creo que la misión que se propone está llena de peligros.
--Lo único que espero es que esa misión no cueste otras vidas más valiosas que la mía--dije levantándome y ofreciéndole mi mano.--General--continué,--quizás llegue un día en que oiga usted revelaciones inesperadas concernientes al hombre que en este momento le dirige la palabra. Cualesquiera que sean ¿qué opina usted de la conducta de ese hombre desde el día en que fue proclamado Rey en Estrelsau?
El anciano, estrechando mi mano, me habló de hombre a hombre.
--He conocido a muchos Elsberg--dijo.--Y ¡suceda lo que quiera, _usted_ se ha portado como buen Rey y como un valiente; y también como el más galante caballero de todos ellos.
--Sea ese mi epitafio--dije,--el día en que otro ocupe el trono de Ruritania.
--¡Lejano esté ese día y no viva yo para verlo!--exclamó Estrakenz, contraídas las facciones.
Ambos nos hallábamos profundamente conmovidos. Me senté para escribir el decreto que debía de entregarle, y dije:
--Apenas puedo escribir; la herida del dedo me impide todavía moverlo.
Era aquella la primera vez que me arriesgaba a escribir, a excepción de mi nombre y a pesar de los esfuerzos que había hecho para imitar la letra del Rey, distaba mucho de la perfección.
--La verdad es, señor--observó el General,--que este carácter de letra se diferencia bastante del que todos conocemos. Circunstancia deplorable en este caso, porque puede despertar sospechas y aun hacer creer que la orden no procede del Rey.
--General--exclamé sonriéndome,--¿de qué sirven los cañones de Estrelsau si con ellos no puede disiparse una mera sospecha?
Tomó el documento en sus manos, sonriéndose a su vez de la ocurrencia mía.
--El coronel Sarto y Federico de Tarlein me acompañarán--continué.
--¿Va Vuestra Majestad a ver al Duque?--preguntó en voz baja.
--Sí; al Duque y a otra persona a quien necesito ver y que se halla en Zenda.
--Quisiera poder ir con Vuestra Majestad--dijo retorciendo el blanco bigote.--Quisiera hacer algo por el Rey y su corona.
--Aquí le dejo a usted algo más precioso que la vida y la corona--le dije;--y lo hago porque en toda Ruritania no hay hombre que más merezca mi confianza.
--Le devolveré a Vuestra Majestad la Princesa sana y salva, y si esto no es posible la haré Reina.
Nos separamos, regresé a palacio y dije a Sarto y Tarlein lo que acababa de hacer. Sarto refunfuñó algo, pero lo esperaba, y en definitiva dio su aprobación a mi plan, animándose a medida que se acercaba la hora de realizarlo. También Tarlein se manifestó dispuesto a todo, aunque por estar enamorado arriesgaba más que Sarto. ¡Cuánto lo envidiaba yo! Para Tarlein el triunfo de mi empresa significaba también el de su amor, su unión con la joven a quien adoraba, en tanto que para mí, era aquel triunfo señal cierta de sufrimientos más crueles que cuantos pudiera proporcionarme el fracaso de mis planes. Así lo comprendió él también, porque tan luego nos vimos algo apartados de Sarto, tomó mi brazo y me dijo:
--Dura prueba es ésta para usted; mas no por ello disminuirá un ápice la confianza que me merecen su rectitud y su hidalguía.
Desvié el rostro para no dejarle ver todo lo que pasaba en mi ánimo; bastaba que presenciase lo que me proponía hacer. Ni aun Tarlein mismo había descubierto toda la verdad, porque no se había atrevido a elevar sus miradas hasta la princesa Flavia y leer en sus ojos, como lo había hecho yo.
Quedó por fin acordado nuestro plan en todos sus detalles, los mismos que se verán más adelante. Se anunció que a la mañana siguiente saldríamos a una cacería, lo dispuse todo para mi ausencia y sólo una cosa me quedaba ya por hacer, la más penosa y difícil. Al anochecer crucé en coche las calles más concurridas y me dirigí a la residencia de Flavia. Fui reconocido y aclamado cordialmente, y a pesar de mis temores y tristezas, me sonreí al notar la frialdad y altivez con que me recibió mi amada. Había oído ya que el Rey se proponía salir de Estrelsau para ir de caza.
--Siento que no podamos divertir a Vuestra Majestad lo suficiente para retenerle en la capital--dijo golpeando ligeramente el suelo con el pie.--Comprendo que yo hubiera podido ofrecer a Vuestra Majestad alguna mayor distracción, pero fui bastante inocente para creer...
--¿Qué?--pregunté inclinándome hacia ella.
--Que aunque sólo fuese por dos o tres días, después de... de lo ocurrido anoche, quizás Vuestra Majestad se sentiría suficientemente complacido para no necesitar otras distracciones. Espero que los jabalíes consigan interesarlo y distraerlo más que yo--agregó.
--Precisamente voy en busca de un jabalí--dije,--y de los más feroces y corpulentos--y luego, sin poderlo remediar, me puse a acariciar sus cabellos, pero ella apartó la cabeza.
--¿Estás irritada conmigo?--pregunté fingiendo sorpresa y deseoso de aumentar un tanto su enojo. Nunca la había visto irritada hasta entonces y la hallaba no menos graciosa bajo aquel nuevo aspecto.
--¿Tengo acaso el derecho de enojarme?--preguntó.--Cierto es que anoche tuviste a bien decir que cada hora pasada lejos de mí era una hora perdida. Pero tratándose de un jabalí enorme ya es cosa muy diferente.
--Tan enorme que quizás sea yo cazado por él.
Flavia nada dijo.
--¿No te conmueve mi propio peligro?
Como continuase muda, acerqué mi rostro al suyo, que procuraba ocultar a mis miradas y vi que tenía los ojos llenos de lágrimas.
--¿Lloras porque corro peligro?
--Te portas ahora como solías ser antes, pero no como el Rey... como el Rey que yo había aprendido a amar.
Lancé un gemido y la estreché sobre mi corazón.
--¡Amor mío!--exclamé olvidado de todo para no pensar más que en ella;--¿has podido creer que yo iba a dejarte para ir de caza?
--Pero entonces, Rodolfo... ¿vas acaso?...
--Sí, en busca de esa fiera, de Miguel en su guarida.
Flavia estaba densamente pálida.
--Ya ves, pues, querida mía, que no soy el amante ingrato que suponías. Pero no permaneceré ausente mucho tiempo.
--¿Me escribirás, Rodolfo?
Aunque pareciese debilidad por mi parte, no podía decir cosa, alguna que despertase sus sospechas.
--Te enviaré mi corazón todos los días--respondí.
--¿Y no correrás peligro?
--Ninguno que pueda yo evitar.
--¿Cuándo volverás? ¡Oh, qué largos me parecerán ahora los días!
--¿Que cuándo volveré?--repetí.--No lo sé, no puedo saberlo.
--¿Pronto, Rodolfo, pronto?
--Sólo Dios lo sabe. Pero si no volviese, amada mía...
--¡Oh, cállate, Rodolfo! ¡Cállate!--y posó sus labios sobre los míos.
--Si yo no volviese--murmuré,--tendrías que ocupar mi puesto, porque entonces tú serías la única representante de nuestra casa. Tu deber entonces sería reinar, no llorarme.
Irguióse con toda la majestad de una Reina y exclamó:
--¡Sí, lo haría! ¡Ceñiría la corona y representaría mi papel! Pero ¡ah! mi corazón moriría contigo...
Se detuvo, y aproximándose otra vez a mí murmuró dulcemente:
--¡Vuelve pronto, Rodolfo!
Su voz, su acento, me dominaron.
--¡Juro--exclame,--verte una vez más, pero yo mismo, antes de morir!
--¿Tú mismo? ¿Qué quieres decir?--preguntó fijando en mi sus asombrados ojos.
No me atreví a pedirle perdón; le hubiera parecido un insulto. No podía decirle entonces quién era yo. Flavia lloraba y me limité a enjugar sus lágrimas.
--¿Es acaso posible--pregunté,--que hombre alguno no regrese al lado de la mujer más hermosa del mundo?--dije.--¡Un centenar de Migueles no podrían impedírmelo!
Se estrechó aún más contra mí, algo consolada.
--¿No permitirás que Miguel te mate?
--No, amor mío.
--¿Ni que te separe de mí?
--No, amor mío.
--¿Nadie podrá separarte de mí?
Y una vez más contesté:
--No, amor mío.
Y sin embargo, existía un hombre--no Miguel,--que debía de separarme de ella y por cuya vida iba yo a arriesgar la mía. El recuerdo de aquel hombre, la arrogante figura que yo había contemplado por primera vez en el bosque de Zenda, el cuerpo inerte abandonado en el sótano del pabellón de caza, se me aparecía entonces como una doble sombra, interponiéndose, separándome de Flavia, que yacía pálida y casi desvanecida en mis brazos, pero fijando en mí una mirada llena de amor, como no he visto otra en mi vida; una mirada cuyo recuerdo me persigue aún y me perseguirá eternamente, hasta que la tierra cubra mis huesos y (¿quién sabe?) quizás aun más allá de la tumba.
XII
UN ANZUELO BIEN CEBADO
A dos leguas de Zenda y por la parte opuesta de aquella donde se alza el castillo, queda un extenso bosque. En su centro y sobre la colina, cuyas laderas cubre el bosque, está construida la hermosa residencia del conde Estanislao de Tarlein, pariente lejano de mi amigo el joven Tarlein. El Conde visitaba aquella propiedad muy raras veces, la había puesto a mi disposición y a ella nos dirigíamos. Elegida en apariencia por la abundante caza de sus cercanías, entre la que no escaseaban los jabalíes, lo había sido principalmente por su inmediación a la magnífica residencia del Duque, situada, como dicho queda, al lado opuesto de la población. Por la mañana salieron de Estrelsau numerosas personas de mi servidumbre, con caballos y equipaje, y nosotros los seguimos a mediodía, yendo buena parte del camino por tren y haciendo después la jornada a caballo hasta la posesión de Tarlein.
Me acompañaban diez bizarros caballeros, además de Sarto y Tarlein, cuidadosamente elegidos todos ellos y ciegamente adictos al Rey. Se les dijo parte de la verdad, revelándoles también la tentativa contra mi vida hecha en el cenador de Antonieta de Maubán, para estimular su celo y acrecentar el odio que profesaban al Duque. Se les dijo además que éste tenía preso en el castillo de Zenda a un fiel servidor del Rey, cuyo rescate era uno de los objetos de la expedición; pero añadiendo que la mira principal del nuevo soberano era tomar ciertas medidas contra su díscolo hermano, respecto de las cuales nada más podía revelárseles por entonces. Jóvenes, leales y valientes, les bastaba que el Rey manifestase sus deseos; lo único que deseaban era mostrarle su buena voluntad, y tanto mejor si para ello tenían que desenvainar la espada.
Así quedó trasladado el teatro de los sucesos desde Estrelsau al palacio de Tarlein y al castillo de Zenda, que se alzaba sombrío y amenazador al otro lado del valle. Por mi parte traté de no pensar por el momento en Flavia y de dedicarme con toda energía al cumplimiento de mi ardua empresa. Era ésta nada menos que sacar vivo al Rey de su prisión. La fuerza era inútil; había que idear alguna estratagema y yo tenía ya un proyecto en embrión; pero me veía muy contrariado por la publicidad dada a mi salida de la capital. Miguel debía de estar ya perfectamente enterado de mi expedición y de su verdadero objeto, pues ni por un momento podía engañarle el pretexto de la cacería. Pero había que aceptar ese riesgo, con todo lo que para nosotros significaba, porque tanto Sarto como yo reconocíamos que la situación era ya insostenible. Una ventaja militaba a mi favor; la de que Miguel el Negro no podía creer que yo abrigase favorables designios respecto del Rey. El veía y apreciaba la oportunidad que se me ofrecía, como la veía yo, como la había visto Sarto. Miguel, por su parte, amaba a la Princesa y no dudo que hubiera matado al Rey, a mi otro rival, sin el menor escrúpulo; pero no sin quitar antes de en medio a Rodolfo Raséndil.
En todo esto iba pensando yo por el camino, y no había permanecido más de una hora en la casa cuando se presentó una imponente embajada enviada por el Duque. No tuvo el cinismo de mandarme a los tres que antes intentaron asesinarme, pero sí diputó la otra mitad del sexteto, Laugrán, Crastein y Ruperto Henzar, los ruritanos. Tres arrogantes mocetones, soberbiamente montados y equipados, el último de los cuales, Henzar, que no contaría más de veintidós o veintitrés años, me dirigió un bien pensado discurso, manifestándome que mi cariñoso hermano se veía privado del placer de ofrecerme sus respetos en persona y aun de poner su residencia a mi disposición, porque así él como varios de sus servidores estaban atacados de escarlatina. Así lo aseguró, con sardónica sonrisa, Henzar, su embajador, apuesto mozo, tan bribón como bien parecido, de quien se decía que andaban enamoradas muchas y muy principales damas.
--Vamos, que mi hermano Miguel con escarlatina debe de estar más parecido a mí que de ordinario, a lo menos por el color--dije.--¿Sufre mucho?
--No tanto que no pueda atender a sus asuntos, señor.
--Espero que no se contarán entre los otros enfermos mis tres buenos amigos De Gautet, Bersonín y Dechard--continué.--Del último he oído decir que está herido.
Laugrán y Crastein hicieron una feísima mueca, pero el joven Henzar se sonrió al decir:
--Dechard espera hallar muy pronto bálsamo eficaz para su herida.
Por mi parte me eché a reír, porque sabía que para mi malparado enemigo no había más que un remedio: venganza.
--¿Se sentarán ustedes a mi mesa, señores?--pregunté.
El joven Ruperto declinó respetuosamente la invitación, alegando que importantes deberes los llamaban al castillo.
--Pues entonces--dije con un ademán de despedida,--¡hasta nuestra próxima entrevista, que espero nos permitirá conocernos mejor!
--¡Y para ello, ojalá que Vuestra Majestad nos proporcione pronta oportunidad!--agregó Ruperto altaneramente; y al pasar junto a Sarto miró a éste con tal expresión de desprecio y burla que el veterano apretó los puños y sus ojos brillaron amenazadores.
Cuanto a mí, me agradaba aquel bribón franco y alegre y lo prefería con mucho a sus dos compañeros de sombrío rostro y siniestra mirada. Más vale ser un bribón con gracia que sin ella.
Aquella primera noche, en vez de saborear la excelente comida que me habían preparado mis cocineros, dejé que los caballeros de mi séquito la despachasen a su gusto, bajo la presidencia de Sarto, mientras yo cabalgaba en compañía de Tarlein hacia la villa de Zenda y más particularmente hacia cierta posada que allí conocía. La excursión ofrecía poco peligro; la noche era clara, el camino hasta Zenda, muy concurrido y lo único que hice fue envolverme en una amplia capa. Un lacayo nos seguía a distancia.
--Tarlein--dije al llegar a la población;--en la posada adonde nos dirigimos hay una muchacha muy linda.
--¿Cómo lo sabe usted?--preguntó.
--Porque he estado en ella.
--¿Desde?...
--No, antes.
--Pero le reconocerán a usted.
--Probablemente. Y por lo mismo, he aquí lo que vamos a hacer. Somos dos caballeros del séquito del Rey, uno de los cuales tiene dolor de muelas. El otro dispondrá que nos sirvan de comer en habitación separada, con una botella de buen vino para alivio del paciente. Y si es usted tan avisado como lo creo, la linda muchacha de que le he hablado, y nadie más, será quien nos sirva a la mesa.
--¿Y si ella se niega a servirnos?
--Querido Tarlein, si se niega a hacerlo por usted, lo hará por mí.
Llegamos a la posada, bien embozado yo; vi a la madre de la muchacha y poco después a ésta, se dio orden de servirnos la comida, me instalé en una pieza reservada para nosotros, y no tardó en reunírseme Tarlein.
--La chica será quien nos sirva--dijo.
--Y de lo contrario--añadí,--hubiera yo dudado mucho del buen gusto de la condesa Elga.
Entró la buena moza, le di tiempo de poner la botella sobre la mesa para evitar que con la sorpresa la hiciera pedazos, y Tarlein llenó un vaso, que me ofreció.
--¿Sufre mucho este caballero?--preguntó la joven.
--Ni más ni menos que la primera vez que te vio--dije desembarazándome.
Dio ella un ligero grito y exclamó:
--¡Con que era el Rey! Así se lo dije a mi madre apenas vi el retrato de Su Majestad. ¡Oh, señor, perdón!
--No recuerdo tener nada que perdonarte--dije.
--Pero, señor, todas aquellas cosas que dijimos...
--¡Oh, te las perdono de todo corazón!
--Voy a decirle a mi madre...
--Ni una palabra--le ordené.--Vé a traer la comida y nada digas a nadie sobre la presencia del Rey en esta casa.
Volvió a los pocos momentos llena de curiosidad.
--¿Y Juan?--le pregunté, empezando a comer.--¿Qué tal está?
--Apenas le vemos ahora, señor.
--¿Por qué?
--Yo le dije que venía por aquí muy a menudo.
--¿Es decir que está enfadado y se oculta?
--Sí, señor.
--¿Pero tú puedes hacerlo volver por aquí?
--Es muy probable...
--¡Oh, sí! Yo sé lo mucho que tú vales y puedes--le dije, haciéndola ruborizarse de placer.
--Pero, señor, no sólo es eso lo que lo aleja de Zenda. En el castillo tienen ahora mucho que hacer.
--Pero si el Duque no está de caza...
--No, señor; pero Juan tiene a su cargo el servicio interior.
--¿Juan convertido en doncella de servicio?
La muchacha se desvivía por chismear un poco.
--Es que no hay allí nadie más que pueda hacerlo--explicó.--Ni una sola mujer. Es decir, como criada, porque no falta quien diga que... Pero es falso, sin duda.
--No importa, sepamos lo que dicen.
--Pues corre el rumor de que en el castillo habita una señora. Lo cierto es que Juan tiene que servir a los caballeros que allí residen ahora.
--¡Pobre Juan! No dejará de hallarse muy ocupado. Sin embargo, estoy seguro de que nunca le faltará media hora para venir a verte. ¿Tú lo quieres?
--No mucho, señor.
--¿Pero quieres servir al Rey?
--Sí, señor.
--Pues entonces, mándale a decir que le esperas junto a la gran piedra que hay en el camino de Zenda al castillo, a la salida del pueblo, mañana a las diez de la noche.
--¿Piensa usted hacerle algún daño, señor?
--Ninguno, si hace lo que yo le ordene. Pero creo haberte dicho lo bastante, linda muchacha. Cuida de obedecerme puntualmente y recuerda que nadie ha de saber que el Rey ha estado aquí.
Hablé con alguna severidad, porque nunca está de más infundir cierto grado de temor a las mujeres que nos quieren; y al propio tiempo, suavicé la severidad de mis palabras, haciéndole un valioso presente. Comimos, volví a embozarme y precedido de Tarlein me dirigí adonde nos esperaban los caballos.
No eran más de las ocho y media de la noche, había mucha gente en las calles para una población tan pequeña y era fácil ver que los buenos vecinos de Zenda comentaban noticias al parecer muy interesantes. Y no era extraño, porque con el Duque por un lado y el Rey por otro, Zenda les parecía indudablemente el centro de toda Ruritania. Recorrimos las calles al paso de nuestros caballos, pero les pusimos al galope tan luego salimos al campo.
--¿Quiere usted atrapar a ese Juan de que habla?--preguntó Tarlein.
--Sí, y convendrá usted conmigo en que he cebado bien el anzuelo. Nuestra bonita Dalila de la posada, atraerá al Sansón del castillo. La precaución del duque Miguel, de no tener mujeres en el castillo no basta, amigo Tarlein. Para lograr completa seguridad, se necesita que no haya faldas en cincuenta leguas a la redonda.
--Conque las haya en Estrelsau me basta--dijo el enamorado Tarlein dando un suspiro.
Subimos por la avenida que conducía a la villa Tarlein y apenas pudo oírse desde ésta el paso de los caballos, salió Sarto apresuradamente a recibirnos.
--¡Gracias a Dios que vuelve usted sano y salvo!--exclamó.--¿No ha asomado ninguno de ellos por el camino?
--¿De quiénes habla usted, coronel?--pregunté, echando pie a tierra.
Nos llevó a un lado, para que no lo oyesen los lacayos.
--Joven--dijo,--basta ya de cabalgar solo o poco menos, por estos alrededores. No puede usted volver a hacerlo, sin que le acompañemos media docena de nosotros. ¿Sabe usted lo que le ha pasado a Berstein?
El caballero de este nombre, uno de los de mi séquito, era un arrogante mozo, casi tan alto como yo, y de caballo muy parecido al mío.
--Pues está arriba en su cuarto y en cama, con una bala en el brazo.
--¡Qué me dice usted!
--Lo que oye. Después de comer se le ocurrió ir a dar un paseo por el bosque, y a lo mejor divisó entre los árboles a tres hombres, uno de los cuales le apuntó con un fusil. Como estaba desarmado, echó a correr en dirección a esta casa, pero sonó un disparo, le atravesaron un brazo y cuando llegó aquí estaba a punto de caer desvanecido.
Hizo Sarto una pausa y continuó:
--Esa bala, joven, le estaba destinada a usted.
--Es muy probable--dije.--Primera sangre a favor de Miguel.
--Quisiera saber cuál de los dos tríos es el autor de esa hazaña--dijo Tarlein.
--Sarto--dije a mi vez,--mi salida de esta noche tenía objeto importante, como lo verá usted más adelante. Pero por lo pronto puedo asegurar una cosa.
--¿Y es?
--Que creería corresponder muy mal a los grandes honores de que me ha colmado Ruritania, si saliese del país dejando con vida a uno siquiera de los Seis. Y con la ayuda de Dios me propongo limpiar de ellos al país.
Sarto, al oírme, tomó y estrechó mi mano.
XIII
NUEVA ESCALA DE JACOB