Chapter 6
--¡Escúcheme usted! Una vez asesinado llevarán su cuerpo a uno de los barrios bajos de la ciudad, donde lo descubrirán. Miguel hará prender en seguida a todos los amigos de usted, Sarto y Tarlein los primeros; proclamará el estado de sitio en la capital y enviará un mensajero a Zenda. Los otros tres asesinarán al Rey en el castillo y el Duque se proclamará a sí mismo o a la Princesa; a sí mismo si llegado el momento se considera suficientemente fuerte para hacerlo. De todos modos, se casará con ella y será Rey de hecho y pronto también de nombre. ¿Comprende usted?
--No es malo el plan. Pero usted, señora, ¿cómo es que?...
--Diga usted, si quiere, que estoy celosa. Pero, ¡Dios eterno! ¿puedo, acaso, verlo casado con ella? Y ahora, retírese usted. Pero recuerde, y esto es lo que principalmente quería decirle, que nunca, ni de día ni de noche, estará usted seguro aquí. Tres personas, tres guardianes le siguen a usted constantemente ¿no es así? Pues a ellos los siguen y espían otros tres. Esas hechuras de Miguel no se hallan nunca a más de quinientos pasos de usted. Si llega un momento en que lo hallen solo está usted perdido. La puerta del jardín está ya cerrada y guardada por ellos. A este lado del cenador, junto a la tapia, hallará una escalera, puesta allí para salvarlo...
--¿Y usted?
--Yo representaré mi papel. Si el Duque descubre lo que estoy haciendo, no volverá usted a verme nunca. De lo contrario, quizás yo... Pero no importa. Parta usted.
--¿Y qué le dirá usted?
--Que usted no acudió a la cita. Que sospechó el lazo.
Tomé su mano y deposité en ella un beso.
--Señora--dije,--ha hecho usted un magno servicio al Rey esta noche. ¿En qué parte del castillo lo tienen?
--Al otro lado del puente levadizo--dijo bajando la voz,--hay una maciza puerta, y tras ella queda... ¿Oye usted? ¿Qué ruido es ese?
Se oían pasos fuera del cenador.
--¡Están ahí! ¡Han anticipado su venida! ¡Dios mío, Dios mío!--exclamó, pálida como un cadáver.
--No podían llegar más a tiempo--dije.
--Oculte usted la luz de la linterna. La puerta tiene una rendija, ahí. ¿Los ve usted?
Apliqué el ojo a la puerta y divisé vagamente tres hombres al pie de la escalinata. Monté el revólver y Antonieta posó su mano sobre la mía.
--Podrá usted matar uno de ellos--murmuró.--¿Y después?
--¡Señor Raséndil!--oímos decir, en inglés y con perfecto acento.
No contesté.
--Deseamos hablarle. ¿Promete usted no hacer fuego hasta habernos oído?
--¿Tengo el gusto de hablar con el señor Dechard?--pregunté.
--No importa el nombre.
--Pues entonces prescindan ustedes del mío.
--Corriente. Tengo que hacerle a usted una proposición.
Yo seguía mirando por la hendidura y vi que mis enemigos habían subido dos escalones y que tres revólvers apuntaban a la puerta.
--¿Nos deja usted entrar? Damos nuestra palabra de honor de observar la tregua convenida.
--No confíe usted en ellos--murmuró Antonieta.
--Podemos hablar perfectamente sin abrir la puerta--dije.
--Pero también puede usted abrirla cuando le parezca y disparar--repuso Dechard,--y aunque lo mataríamos, siempre moriría también uno de nosotros. ¿Da usted su palabra de no hacer fuego mientras hablemos?
--Desconfíe usted--repitió Antonieta.
Me ocurrió una idea, que juzgué practicable.
--Prometo no disparar antes que ustedes--dije.--Pero no los dejaré entrar. Quédense donde están y hablen.
--Aceptado--dijo Dechard.
Los tres acabaron de subir la escalinata y se detuvieron al otro lado de la puerta. No pude oír lo que se decían, pero vi que Dechard hablaba al oído del más alto de sus compañeros. De Gautet, según creo.
--Secreto tenemos--pensé.
Y añadí en voz alta:
--Veamos, señores, cuáles son esas proposiciones.
--Un salvo-conducto hasta la frontera y doscientos cincuenta mil pesos.
--No, no--murmuró Antonieta casi imperceptiblemente.--Todo es una traición.
--Generosa oferta--dije sin perderles de vista un momento.
Los tres se hallaban juntos y pegados a la puerta. Conocía bien a aquellos bandidos y no necesitaba las advertencias de Antonieta. Lo que proyectaban era precipitarse sobre mí repentinamente durante mi conversación con ellos.
--Déjenme ustedes meditar su promesa unos instantes--añadí, pareciéndome oír burlona risa al otro lado de la puerta.
--Póngase usted ahí, contra la pared, fuera del alcance de los revólvers--murmuré dirigiéndome a Antonieta.
--¿Qué va usted a hacer?--preguntó alarmada.
--Ya lo verá usted.
Así la mesita de hierro por las patas y la levanté poniéndola ante mí a manera de escudo que me protegía por completo cabeza y pecho. Aunque pesada, no lo era mucho para un hombre de mis fuerzas. Antes había colgado del cinto la linterna y puesto el revólver en un bolsillo, bien al alcance de la mano. De repente vi que la puerta se abría algunas líneas, como movida por el viento, o impulsada quizás por una mano para probar si cedía. Retrocedí, apartándome de la puerta cuanto pude y guareciéndome tras la mesa de hierro en la posición que dejo descrita.
--Acepto su oferta, señores--grité,--confiando en su palabra de caballeros. Si se toman el trabajo de abrir la puerta...
--¡Ábrala usted!--exclamó Dechard.
--¡Se abre hacia fuera!
--¡Qué diantres, Bersonín--gritó impaciente Dechard.--¿Tienes miedo a un hombre solo?
Me sonreí al oírle y en el mismo instante se abrió la puerta violentamente. La luz de una linterna me mostró a los tres rufianes agrupados en el umbral y apuntando con sus revólvers. Lancé un grito y me precipité sobre ellos a la carrera. Sonó una triple detonación y tres proyectiles se estrellaron contra mi improvisado escudo. La mesa cogió de lleno al grupo y hombres y mesa rodamos juntos escalera abajo, entre gritos y juramentos. Antonieta de Maubán lanzó un agudo chillido, al que yo, levantándome de un salto, contesté con una carcajada.
De Gautet y Bersonín yacían en tierra como aturdidos. A Dechard le cayó la mesa encima, pero al incorporarme yo, la echó a un lado y volvió a hacerme fuego. Levanté mi revólver y disparé casi sin apuntar. Oí una blasfemia y apreté a correr como un gamo, sin dejar de reírme. Alguien corría también detrás de mí, y tendiendo el brazo en su dirección solté otro balazo al azar. Los pasos cesaron.
--¡Con tal que halle la escalera!--pensé, porque la tapia era alta y estaba erizada de púas.
Sí, allí estaba y subí por ella en un abrir y cerrar de ojos. Me incliné sobre el muro y vi los caballos. Cerca de ellos oí un tiro. Era Sarto, que habiendo oído los disparos en el jardín se desesperaba por abrir la puertecilla y al fin la emprendía a tiros con la cerradura. Había olvidado por completo que le estaba prohibido tomar parte en la lucha. Al ver aquello volví a reírme, salté al suelo y poniéndole la mano en el hombro le dije:
--A casa y a la cama, viejo mío. Tengo que contarle a usted la historia más graciosa que ha oído en su vida.
Se volvió, absorto, y exclamó, estrechando mi mano:
--¡Salvado! ¡Salvado!
Pero en seguida refunfuñó como acostumbraba.
--¿De qué demonios se ríe usted?
--De cuatro convidados, al figurármelos en torno de cierta mesa...
Y volví a soltar la carcajada, pensando en la ridícula derrota del formidable y malparado trío.
Y como habrá observado el lector, cumplí mi palabra y no disparé hasta que mis enemigos rompieron el fuego.
X
AMORES POR CUENTA AJENA
Era costumbre establecida que el jefe de la policía me enviase todas las tardes un informe sobre la situación en la capital y el estado de la opinión pública; documento que también contenía datos relativos a las personas que la policía tenía orden de vigilar. Desde mi llegada a Estrelsau, Sarto me leía el referido informe, comentando muchas noticias de interés que solía contener. El día siguiente a mi aventura en el cenador, trajeron el parte de policía en ocasión de hallarme jugando una partida de tresillo con Federico de Tarlein.
--Muy interesante viene el informe de esta tarde--dijo Sarto sentándose.
--¿Habla de cierta aventura nocturna?...
El coronel no pudo reprimir una sonrisa y dijo:
--Leo en primer lugar: «Su Alteza el duque de Estrelsau ha salido de la capital (repentinamente, al parecer) acompañado de algunos de sus servidores. Se cree que su destino es el castillo de Zenda, en dirección del cual salió, no por el tren, sino a caballo. Los señores de Gautet, Bersonín y Dechard le siguieron una hora más tarde, llevando el último un brazo en cabestrillo. Se ignora la causa de la herida, pero se sospecha que ha tenido un duelo, en el que figura como causa una mujer.»
--Informes auténticos--observé, alegrándome al saber que el bribón tenía buena memoria mía.
--«La señora de Maubán--siguió leyendo Sarto,--a quien se vigila por orden superior, tomó el tren de mediodía. Pidió billete para Dresde...»
--Antigua costumbre suya--comenté.
--«Pero el tren de Dresde pasa por Zenda.» ¡Si será listo el autor del parte éste! Y por último, oiga usted lo que dice aquí: «El estado de la opinión en la ciudad no es satisfactorio. Se critica mucho al Rey» (ya sabe usted que al jefe de policía le hemos mandado ser muy franco), «porque no activa los preparativos de su matrimonio. Por informes adquiridos entre las personas más allegadas a la princesa Flavia, se sabe que está muy ofendida por la indiferencia de Su Majestad. El pueblo habla ya de boda posible de Su Alteza con el duque de Estrelsau, proyecto que aumenta mucho la popularidad del Duque. He hecho anunciar que el Rey dará esta noche un baile en honor de la Princesa, y la noticia ha producido desde luego el mejor efecto.»
--Y a mí me coge de nuevo--observé.
--¡Oh, los preparativos están todos hechos!--exclamó Tarlein riéndose.--Yo me he encargado de eso.
Sarto se volvió hacia mí para decirme con imperioso acento:
--¡Y sepa usted que esta noche tiene que hacerle la corte a la Princesa!
--A lo cual estoy más que dispuesto, como pueda verme con ella a solas--contesté.--De seguro no cree usted que la tarea pueda parecerme ingrata ni difícil, ¿eh, Sarto?
Tarlein tuvo a bien ponerse a silbar, y luego dijo:
--Tarea es esa que hallará usted más fácil de lo que piensa. Mire usted, Raséndil, me duele decírselo, pero no lo puedo remediar. La condesa Elga me ha confesado que la Princesa está prendada del Rey, y que desde el día de la coronación su afecto por él ha ido en aumento. También es cierto que está muy ofendida por la aparente indiferencia del Rey.
--¡Buena la hemos hecho!--exclamé angustiado.
--¿Y eso qué?--dijo Sarto.--Supongo que más de una vez le habrá usted dicho requiebros a una muchacha bonita. Pues eso es todo lo que ella quiere.
Tarlein, que estaba enamorado, comprendió mejor la penosa situación en que yo me veía, y sin decir palabra puso la mano sobre mi hombro.
--Sin embargo--prosiguió impasible el viejo Sarto,--creo que esta noche debe usted declarársele.
--¡Santo cielo¡--exclamé.
--O poco menos. Y por mi parte mandaré a los periódicos una nota semioficial.
--¡No haré semejante cosa!--dije.--¡Ni usted tampoco! Desde ahora me niego rotundamente a engañar de tal modo a la Princesa.
Sarto clavó en mí sus ojillos penetrantes. Después apareció en sus labios sardónica sonrisa.
--Corriente, joven; como usted quiera. Vaya, limítese usted a tranquilizarla un poco, como pueda. Y ahora hablemos de Miguel.
--¡A quien Dios confunda!--dije.--Ya hablaremos de él otro día. Tarlein, vamos a dar una vuelta por los jardines.
Sarto cedió inmediatamente. Bajo sus bruscas maneras se ocultaba prodigioso tacto y también, como lo fui reconociendo más y más cada día, un profundo conocimiento del corazón humano. ¿Por qué se mostró tan poco exigente conmigo respecto de la Princesa? Porque sabía que la belleza de ésta y mi natural impulso me habían de llevar mucho más allá que todos sus argumentos, y que cuanto menos pensase yo en aquella trama, tanto más probable sería que la llevase adelante. No podía ocultársele la desventura que acarrearía a la Princesa, pero esta consideración nada significaba para él. ¿Puedo decir, con toda sinceridad, que hacía mal? Suponiendo que el Rey volviese al trono, le devolveríamos la Princesa. Pero ¿y si no lográsemos libertarlo? Punto era éste del cual jamás habíamos hablado. Pero yo tenía la idea de que, en tal caso, Sarto se proponía instalarme en el trono de Ruritania y sostenerme en él toda la vida. Al mismo Satanás hubiera él puesto en el trono antes que a Miguel el Negro.
El baile fue suntuoso. Lo inauguré yo con la princesa Flavia y con ella bailé también después, seguidos ambos por las miradas y los comentarios de la brillante concurrencia. Llegó la hora de la cena y en medio de ella me puse en pie, enloquecido por las miradas de mi prima, y quitándome el collar de la Rosa de Oro se lo puse al cuello. Aquel acto fue acogido con unánimes aplausos, y vi que Sarto se sonreía satisfecho, pero no Tarlein, cuya sombría expresión revelaba su disgusto. Pasamos el resto de la cena en silencio; ni Flavia ni yo podíamos hablar. Por fin, a una señal de Tarlein, me levanté, ofrecí mi brazo a la Princesa y recorriendo el salón de uno a otro extremo, la conduje a una habitación contigua, más pequeña, donde nos sirvieron el café. Las damas y caballeros de nuestro séquito se retiraron y quedamos solos.
Los balcones de aquella pieza daban a los jardines del palacio. La noche era hermosísima. Flavia tomó asiento y yo permanecí en pie ante ella. Luchaba conmigo mismo y creo que hubiera triunfado si en aquel momento no me hubiese dirigido ella una mirada breve, repentina, que equivalía a una interrogación; mirada a la que siguió fugaz rubor.
¡Ah, si la hubieseis visto en aquel instante! Me olvidé del Rey prisionero en Zenda y del que reinaba en Estrelsau. Ella era una Princesa, yo un impostor. Pero ¿acaso pensé en ello un solo momento? Lo que hice fue doblar la rodilla ante la bella y tomar su mano entre las mías. Nada dije. ¿Para qué? Me bastaban los suaves rumores de aquella hermosa noche y el perfume de las flores que nos rodeaban, únicos testigos del beso que deposité en sus labios.
Flavia me rechazó dulcemente, exclamando:
--¡Ah! Pero ¿es verdad?...
--¿Si es verdad mi amor?--dije en voz baja, con apasionado acento.--¡Te amo más que a mi vida, más que a la verdad misma, más que a mi honor!
No pareció dar a mis palabras otro valor que el de una de tantas exageraciones del lenguaje de los enamorados.
--¡Oh, si no fueses Rey! ¡Entonces podría demostrarte cuánto te amo! ¿Por qué te quiero tanto ahora, Rodolfo?
--¿Ahora?
--Sí, últimamente. Antes... antes no era así.
El orgullo del triunfo embargó mi ánimo. ¡Era yo, Rodolfo Raséndil, quien la había conquistado!
--¿No me amabas antes?--pregunté rodeándole el talle con mi brazo.
Me miró sonriente y dijo:
--¿Será tu corona? Este nuevo sentimiento se me despertó en mí el día de la coronación.
--¿No antes?--le pregunté ansioso.
Dejóme oír su argentina risa y contestó:
--Hablas como si desearas oírme repetir que no te amaba cuando no eras Rey.
--Pero ¿es eso cierto?
--Sí--murmuró casi imperceptiblemente.--Pero tén cuidado, Rodolfo, sé prudente. Mira que ahora estará furioso.
--¿Quién? ¿Miguel? ¡Oh, si no fuera más que eso!
--¿Qué quieres decir, Rodolfo?
Aquella era la última oportunidad que podía ofrecérseme. Logré dominarme, no sin gran esfuerzo, y retirando mi brazo me aparté dos o tres pasos de ella.
--Si yo no fuera Rey--comencé,--si fuese un simple caballero...
Antes de que pudiera añadir una palabra puso ella su mano sobre la mía, diciendo:
--Aunque fueras un miserable presidiario nunca dejarías de ser mi Rey.
--¡Dios me perdone!--dije para mí. Y estrechando su mano volví a preguntarle:--¿pero si no fuese Rey?
--Basta--murmuró.--No merezco que dudes de mí de esa manera. ¡Ah, Rodolfo! ¿Acaso una mujer que va a casarse sin sentir amor podría mirarte como te miro yo?
Después inclinó el rostro, procurando ocultarlo. Más de un minuto permanecimos unidos, abrazados; pero aun entonces, a pesar de su hermosura y de las circunstancias en que nos hallábamos, apelé a mi honor y a mi conciencia.
--Flavia--dije con voz tan alterada que no parecía la mía,--has de saber que no soy...
Elevábanse sus ojos hacia mí cuando oímos, pesados pasos en el enarenado sendero del jardín y un hombre se detuvo ante el abierto balcón. Flavia lanzó un ligero grito y se apartó de mí rápidamente. La frase que mis labios habían comenzado quedó interrumpida. Sarto, pues era él, se inclinó profundamente, grave y sombrío.
--Perdonad, señor--dijo,--pero Su Eminencia el cardenal espera hace un cuarto de hora, deseoso de ofrecer sus respetos a Vuestra Majestad antes de partir.
--No es mi voluntad hacer esperar a Su Eminencia--repuse.
Pero Flavia, que no se avergonzaba de su amor, radiantes los ojos y ruborizado el rostro, tendió su mano a Sarto. Nada dijo, pero a nadie que haya visto a una mujer en la exaltación producida por el amor, podía ocultársele lo que aquel ademán significaba. Con triste sonrisa se inclinó el veterano y besó la mano que ella le tendía, diciendo con cariñosa y conmovida voz:
--Alegre o triste, feliz o desgraciada, ¡Dios proteja siempre a Vuestra Alteza!
Hizo una pausa y añadió, mirándome y cuadrándose como un soldado:
--Pero ante todo y sobre todo está el Rey. ¡Dios lo proteja!
Y Flavia, besando mi mano, murmuró:
--¡Así sea! ¡Oh, Dios mío, te ruego que así sea!
Volvimos a la sala de baile. Obligado a recibir los saludos de despedida, me vi separado de ella. Cuantos me habían saludado se dirigían en seguida a la Princesa. Sarto iba de grupo en grupo, dejando tras sí miradas de inteligencia, sonrisas y cuchicheos. No dudé que, en cumplimiento de su irrevocable resolución, iba dando a todos la noticia que acababa de adivinar más bien que oír. Preservar la corona para el verdadero Rey y derrotar a Miguel el Negro; ese era todo su afán. Flavia, yo y aun el mismo Rey, no éramos más que otras tantas cartas puestas en juego y nos estaba prohibido tener pasiones. No se limitó a propagar la nueva dentro de los muros del palacio, y así fue que al descender yo la escalera principal dando la mano a Flavia y conducirla a su carruaje, nos esperaba en la calle densa multitud, que prorrumpió en aclamaciones entusiastas. ¿Qué podía hacer yo? De haber hablado entonces se hubieran negado a creer que no era el Rey; a lo sumo hubieran creído que el Rey se había vuelto loco. Los manejos de Sarto y mi propia pasión me habían impulsado; la retirada no era ya posible y la pasión seguía llevándome hacia delante. Aquella noche aparecí ante todo Estrelsau como el verdadero Rey y el prometido de la princesa Flavia.
Por fin, a las tres de la mañana, cuando empezaba a romper el alba, me vi en mis habitaciones sin más compañía que la de Sarto. Contemplaba distraídamente el fuego; mi compañero fumaba su pipa y Tarlein se había retirado a descansar, negándose a dirigirme la palabra. Cerca de mí, sobre la mesa, se veía una rosa de las que Flavia había llevado al pecho aquella noche. Ella misma me la había entregado, después de besarla.
Sarto hizo ademán de tomarla, pero detuve su mano con rápido ademán, diciéndole:
--Es mía, no de usted... ni del Rey.
--Esta noche hemos ganado una victoria a favor del Rey--dijo.
--¿Y quién puede impedirme ganar otra a favor mío?--pregunté iracundo, volviéndome hacia él.
--Sé muy bien lo que está usted pensando--contestó.--Pero su honor se lo prohibe.
--¿Y es usted quien viene a hablarme de honor?
--Vamos, la cosa no es para tanto. Una broma inocente que en nada puede perjudicar a la muchacha...
--No prosiga usted, coronel, a no ser que me tenga usted por un villano desalmado. Si no quiere que su Rey se pudra en su prisión de Zenda mientras Miguel y yo nos disputamos aquí lo que vale más que la corona... ¿Me comprende usted bien?
--Sí, adelante.
--Tenemos que libertar al Rey, o intentarlo cuando menos, y pronto. Si esta comedia, por usted preparada, continúa una semana más, va usted a hallarse con otro problema entre manos, y de los más difíciles. ¿Cree usted poder resolverlo?
--Sí lo creo. Pero si llegara usted a hacer lo que amenaza, tendría que habérselas conmigo y que matarme.
--Con usted y con veinte más. ¿Qué significaría eso para mí? Sin contar con que en un instante puedo levantar a todo Estrelsau contra usted y ahogarlo con sus propias mentiras.
--No lo niego.
--Como podría casarme con la Princesa y mandar y Miguel y su hermano a...
--También es cierto--asintió el viejo soldado.
--¡Pues entonces, en nombre del Cielo--grité extendiendo hacia él los puños,--corramos a Zenda, aplastemos a Miguel y traigamos al Rey a su capital y a su trono!
Sarto se puso en pie y me miró fijamente.
--¿Y la Princesa?--preguntó.
Incliné la cabeza y tomando la rosa la oprimí hasta destrozarla entre mis manos y mis labios. Sentí la diestra de Sarto sobre mi hombro y oí que decía, con turbada voz:
--¡Por Dios vivo! Es usted más Elsberg que todos ellos. Pero yo he comido el pan del Rey y mi deber es servirle. ¡Iremos a Zenda!
Le miré y tomé su mano. Ambos teníamos lágrimas en los ojos.
XI
CAZA MAYOR
Asaltábame una tentación terrible. Quería que Miguel, obligado a ello por mí, diese muerte al Rey. Me creía en situación de afrontar la ira y el poder del Duque y de retener a la fuerza la corona, no por ambición, sino porque el Rey de Ruritania era el esposo destinado a la princesa Flavia. ¡Sarto, Tarlein! ¿Qué me importaban? ¿Qué significan los obstáculos, ni cómo examinarlos y medirlos a sangre fría cuando la pasión ciega domina al hombre por completo?
Hermosa mañana aquella en que me dirigí a pie al palacio de la Princesa, llevando en la mano un ramo de preciosas flores. La razón de estado excusaba mi amor; y si bien las atenciones que prodigaba a mi supuesta prima eran nuevos incentivos a la pasión que me impulsaba, me unían también más estrechamente al pueblo de la gran ciudad, que adoraba a la Princesa. Encontré a la condesa Elga cogiendo flores en el jardín y le rogué que ofreciese las mías a su señora. La amada de Tarlein parecía radiante de felicidad, olvidada por el momento del odio que el duque de Estrelsau profesaba al predilecto de su corazón, único obstáculo que hasta entonces había empañado la dicha de ambos amantes.
--Y ese obstáculo--me dijo con picaresca sonrisa,--lo ha suprimido Vuestra Majestad. Llevaré gustosa estas flores a la Princesa. ¿Quiere Vuestra Majestad que le diga lo primero que Su Alteza hará con ellas?
Nos hallábamos en una amplia terraza inmediata al palacio.
--¡Señora!--llamó alegremente la Condesa, y a su vez apareció Flavia en uno de los abiertos balcones del primer piso.
Me descubrí y saludé profundamente. La Princesa tenía puesta una blanca bata y llevaba suelta la hermosa cabellera. Contestó a mi saludo enviándome un beso y dijo:
--Sube con el Rey, Elga. Le ofreceré siquiera una taza de café.
La Condesa me miró de soslayo sonriéndose y me precedió hasta la habitación donde esperaba Flavia. Una vez solos nos saludamos de nuevo como verdaderos amantes y en seguida me presentó dos cartas. Era una de Miguel el Negro, invitándola cortésmente a pasar el día en el castillo de Zenda, como tenía por costumbre hacerlo una vez cada verano, cuando el parque y los jardines del castillo ostentaban toda su belleza. Arrojé al suelo la carta con desprecio, lo que hizo reír a Flavia, que me presentó la segunda misiva.
--Ignoro quién me la envía--dijo.--Léela.
Un momento me bastó para saber quién había trazado aquellas líneas. Era la misma letra de la esquela que me había dado cita en el cenador de Antonieta de Maubán, y decía:
«No tengo motivos para querer a Vuestra Alteza, pero Dios la libre de caer en poder del Duque. No acepte Vuestra Alteza invitación alguna suya. No vaya sola a ninguna parte; una fuerte guardia armada bastará apenas para protegerla. Enseñe esta carta al que reina hoy en Estrelsau.»
--¿Por qué no dice «al Rey?»--preguntó Flavia inclinándose hacia mí hasta que sus cabellos rozaron mi mejilla.--¿Será broma?