Chapter 5
--El Rey ha pasado toda la noche en un sueño--agregó el viejo Sarto, a quien, según empezaba yo a descubrir, le gustaba endilgar una mentira de vez en cuando, nada más que por el gusto de mentir.
El mensajero se deshizo otra vez en reverencias y salió de la cámara. Había terminado la comedia y el rostro pálido de Tarlein nos llamó a la realidad; por más que en definitiva la farsa proyectada iba a convertirse para nosotros en _única_ realidad.
--¿Ha muerto el Rey?--preguntó.
--¡Dios no lo quiera!--contesté.--¡Pero se halla en poder de Miguel el Negro!
VIII
PRIMA RUBIA Y HERMANO MORENO
La vida de un Rey tiene sin duda sus exigencias, pero la de un Rey apócrifo las tiene decididamente mucho mayores. Desde el siguiente día comenzó Sarto a instruirme en mis regios deberes, a explicarme lo que tenía que saber y hacer, y la primera lección duró tres horas. Almorcé apresuradamente, con Sarto siempre frente a mí, diciéndome que el Rey bebía vino blanco en el almuerzo y que detestaba los platos picantes. Después se presentó el Canciller, con quien me pasé otras tres horas y a quien le expliqué que habiéndome lastimado un dedo (y aquí me vino de perlas el balazo recibido) no podía escribir ni siquiera firmar; tras discutir mucho el punto y rebuscar precedentes, quedó acordado que me bastaría trazar una cruz al pie de los documentos y que el Canciller atestiguaría la validez de aquella nueva firma regia con gran copia de fórmulas y juramentos. Recibí más tarde al embajador de Francia, que me presentó sus credenciales; ceremonia en la que nada me perjudicó la ignorancia del oficio, porque tampoco el Rey había recibido embajadores hasta entonces. En los días siguientes se repitió el acto hasta quedar recibido todo el cuerpo diplomático, formalidad que hay que cumplir cada vez que sube al trono un nuevo soberano. Por fin logré verme solo. Llamé a mi nuevo sirviente (habíamos elegido para reemplazar al pobre José, a un joven que nunca había visto al Rey) le ordené que me trajese un refresco y volviéndome hacia Sarto le manifesté la esperanza de que por fin me dejasen descansar algo.
--Pero ¡cómo se entiende!--exclamó Federico de Tarlein, que también se hallaba presente.--¿No vamos a desollar a Miguel el Negro?
--Poco a poco, caballerito--dijo Sarto frunciendo el ceño.--Sería una satisfacción, sin duda, pero podría costarnos cara. ¿Creen ustedes posible que si cae Miguel deje vivo al Rey?
--Además--añadí,--¿qué motivo de queja puede alegarse contra mi amado hermano mientras el Rey siga aparentemente en Estrelsau y en su trono?
--¿Es decir que nada haremos?
--Por lo pronto se trata de no hacer una tontería--gruñó Sarto.
--La situación--dije,--me recuerda la escena dominante de una de nuestras modernas comedias inglesas, en la que dos personajes se amenazan mutuamente con sus revólveres. Porque la verdad es que no puedo denunciar a Miguel sin denunciarme a mí mismo...
--Y al Rey--interrumpió Sarto.
--Y lo propio le sucede a Miguel, que no puede decir palabra contra mí sin acusarse gravemente.
--Situación llena de interés--comentó el viejo Sarto.
--Si me descubren--proseguí,--lo confesaré todo y me veré cara a cara con el Duque; pero por ahora no hago más que esperar su próxima jugada.
--Que será matar al Rey--dijo Tarlein.
--Se guardará bien de hacerlo--repuso Sarto.
--Tres de los seis están en Estrelsau--continuó Tarlein.
--¿Tres no más? ¿Está usted seguro?--preguntó el veterano coronel con vivo interés.
--Segurísimo. La mitad de la cuadrilla.
--¡Pues entonces el Rey vive, porque los otros tres están vigilándolo en su prisión!--exclamó Sarto.
--¡Verdad es!--dijo Tarlein.--Si el Rey hubiera muerto los seis estarían aquí con Miguel el Negro. ¿Sabe usted que el Duque ha regresado, coronel?
--Sí, lo sé. ¡El diablo le lleve!
--A ver, señores míos--dije.--¿Quiénes son esos seis de que tanto hablan?
--No tardará usted en trabar conocimiento con ellos--contestó Sarto.--Son seis caballeros a quienes Miguel tiene a su servicio, y que le pertenecen en cuerpo y alma. Tres son ruritanos, uno francés, uno belga y el otro compatriota de usted.
--Y todos ellos dispuestos a cortarle el pescuezo a cualquiera, si el Duque se lo manda.
--Quizás me corten el mío--se me ocurrió decir.
--Es muy posible--asintió Sarto.--¿Quiénes son los que están aquí, Tarlein?
--De Gautet, Bersonín y Dechard.
--¡Los extranjeros! Es más claro que la luz del día. El Duque los ha traído consigo, dejando a los tres ruritanos con el Rey; y es porque quiere comprometer a estos últimos todo lo posible.
--¿Vio usted a alguno de ellos entre los jayanes a quienes zurramos en el pabellón de caza, coronel?--pregunté.
--No, por desgracia; de lo contrario ya no serían seis, sino cuatro.
Por lo pronto había adquirido yo una cualidad regia, la de no revelar todo mi pensamiento o mi plan, ni aun a mis más íntimos amigos. Había tomado una resolución irrevocable. Estaba resuelto a conquistar el mayor grado de popularidad posible, y al propio tiempo no mostrar hostilidad alguna al Duque; esperando calmar así la oposición de sus partidarios y conseguir, llegado el caso de un rompimiento definitivo, que Miguel apareciese ante el pueblo, no como un hermano perseguido, sino como un ser ingrato y descastado.
No es esto decir que yo desease o temiese un conflicto con él. En interés del Rey convenía seguir guardando el secreto, y mientras éste no se descubriese tenía yo las mejores cartas en mi juego. Toda dilación había de redundar forzosamente en perjuicio del Duque.
Pedí un caballo, y en compañía de Federico de Tarlein recorrí la gran avenida del parque real, devolviendo todos los saludos con la mayor cortesía. Pasé después por algunas calles, me detuve para comprar flores a una linda muchacha, a quien pagué con una moneda de oro; y habiendo atraído suficientemente la atención pública, hasta el punto de notar que me seguían más de quinientas personas, tomé el camino del palacio que habitaba la princesa Flavia, a quien envié a preguntar si se dignaba recibirme. Aquel paso creó vivo interés en el pueblo y fue saludado con aclamaciones. La Princesa era popularísima y el Canciller mismo no había vacilado en decirme que cuanto más asiduamente hiciese yo la corte a mi noble prima y cuanto antes se verificase la boda, tanto mayor sería la satisfacción de mis subditos, y, por consiguiente, la popularidad del nuevo soberano. Claro está que el Canciller no tenía idea de los obstáculos que me impedían seguir su leal y excelente consejo. Díjeme, sin embargo, que la visita era a todas luces conveniente; y Tarlein la aprobó con gran entusiasmo, que no dejó de sorprenderme algo, hasta que descubrí que él también tenía sus motivos para querer visitar el palacio de Su Alteza, cuya dama de honor, la condesa Elga, era la dama de sus pensamientos.
La etiqueta favoreció los deseos de Tarlein; pues mientras yo fui recibido en el salón de la Princesa, él permaneció en la antecámara con la linda Condesa; y no dudo que logró contemplarla y hablarle a su saber, a pesar de las otras muchas personas que allí esperaban. Pero lo más importante para mí en aquel momento era el delicado paso que iba a dar en la dificilísima partida empeñada. Tenía que atraer a la Princesa, y al propio tiempo serle indiferente o poco menos; tenía que mostrarle afecto y no sentirlo. Consistía mi papel en hacer el amor por cuenta de otro, y a una joven que, princesa o no, era desde luego la más hermosa que había visto en mi vida. Me recibió con encantadora confusión, que hizo aún más difíciles los primeros momentos de nuestra entrevista. Del éxito de mis esfuerzos para realizar el programa antes trazado, se juzgará más adelante.
--Vuestra Majestad está conquistando preciados lauros--me dijo, dándome por primera vez aquel alto tratamiento.--Como uno de los príncipes de Shakespeare, Vuestra Majestad se ha transformado por completo al convertirse en Rey.
--Dos cosas te ruego, prima mía--le contesté.--Que, Rey o no, me digas siempre lo que tu corazón te dicte, y que continúes llamándome por mi nombre.
--Me miró un instante y dijo:
--Tus palabras me alegran y me enorgullecen, Rodolfo. Como te dije, todo en ti parece cambiado, hasta tu rostro.
Agradecí el cumplido, pero no me agradaba aquel tema de conversación, por lo que dije:
--Mi hermano está de vuelta, según me han anunciado.
--Sí, está aquí--repuso frunciendo ligeramente el ceño.
--Parece que no puede seguir ausente de Estrelsau por mucho tiempo--observé sonriéndome.--Más vale así, y me alegro de verlo aquí. Cuanto más cerca mejor.
La Princesa me dirigió una rápida mirada y preguntó:
--¿Qué quieres decir, primo? ¿Que así podrás?...
--Ver mejor lo que hace, eso es. Y tú, ¿por qué te alegras de ello?
--No he dicho tal cosa.
--Pero no falta quien lo diga por ti.
--Nunca faltan personas insolentes--observó con encantadora altivez.
--¿Y quizás sea yo una de ellas?
--Vuestra Majestad no puede serlo nunca--dijo haciéndome cómica reverencia.--A no ser que quieras decir...
-¿Qué?
--Que me importa ni poco ni mucho que el Duque se halle aquí o en otra parte--añadió picarescamente.
A la verdad, hubiera querido ser el Rey en aquel momento.
--¿No te importa que tu primo Miguel?...
--¿Mi primo Miguel? Yo le llamo siempre el duque de Estrelsau.
--Y Miguel cuando le hablas.
--Sí, por orden del Rey tu padre.
--Eso es. ¿Y ahora por orden mía?
--Si así me lo mandas.
--Desde luego. Conviene que todos nos mostremos muy amables con nuestro querido Miguel.
--¿Y supongo que también me ordenas recibir a sus amigos?
--¿Los seis?
--¿Tú también los llamas así?
--Por seguir la moda. Pero no te mando recibir más que a las personas a quienes tú quieras hacer esa honra.
--¿Excepto a ti?
--Por lo que a mí se refiere, no tengo órdenes que darte. Me limito a suplicar.
En aquel momento se oyeron vítores en la calle. La Princesa corrió hacia uno de los balcones.
--¡Es él!--exclamó.--¡El duque de Estrelsau!
Me sonreí, pero nada dije, y ella volvió a su asiento. Permanecimos breves instantes en silencio. Cesó el clamor callejero, pero oímos rumor de voces y pasos en la antecámara. Empecé a hablar sobre diversos temas, y al cabo de algunos minutos me pregunté qué se habría hecho del Duque. Sin embargo, me pareció que no me tocaba intervenir en el asunto, cuando de repente, y con gran sorpresa mía, cruzó Flavia las manos y exclamó con agitada voz:
--¿Te parece bien irritarlo así?
--¿Irritarlo? ¿A quién? ¿Cómo?
--Haciéndolo esperar tanto.
--Pero, prima mía, si yo no quiero hacerlo esperar ni...
--¿Es decir, que puede entrar?
--Sin duda, si tú se lo permites.
Flavia me miró con curiosidad.
--¡Qué cosas tienes!--dijo.--Demasiado sabes que mientras estés conmigo no pueden anunciarme a nadie.
¡Valiosa prerrogativa regia!
--No hay nada como la etiqueta--dije.--Pero había olvidado esa regla por completo. Y dime: si yo estuviese a solas con otra persona, ¿podrían anunciarte a ti?
--Lo sabes tan bien como yo--contestó admirada.--Podrían anunciarme, porque soy princesa de la sangre.
--Jamás pude acordarme de todas esas distinciones--dije, en tanto interiormente maldecía a Tarlein por no haberme instruido mejor.--Pero sabré reparar mi falta.
--Me dirigí presuroso a la puerta, y abriéndola de par en par entré en la antecámara. Miguel se hallaba sentado ante una mesa, irritado el semblante y torva la mirada. Todas las otras personas presentes estaban en pie, excepto el tunante de Tarlein, que arrellanado en un sillón galanteaba a la condesa Elga. Al entrar yo se levantó de un salto, mostrando tanto respeto hacia mí como indiferencia hacia el Duque. No era extraño que éste no le tuviese buena voluntad.
Tendí la mano a Miguel, que la estrechó, y le di un abrazo. Después lo conduje yo mismo a la habitación inmediata.
--Hermano--le dije,--de haber sabido yo que Vuestra Alteza se hallaba aquí, no hubiera vacilado un momento en solicitar de la Princesa permiso para conducir a Vuestra Alteza a su lado.
Me dio las gracias, pero con mucha frialdad. Sin negar al Duque algunas buenas cualidades, no tenía la de saber ocultar sus impresiones. Aun el más indiferente hubiera comprendido que me odiaba, sobre todo viéndome a solas con la princesa Flavia; sin embargo, estoy convencido de que procuró disimular su odio y aun hacerme creer que me tomaba por el verdadero Rey. Comprendía yo que esto último era imposible, y me figuraba la ira de que estaría poseído al tributarme homenaje y al oírme hablar de «Miguel» y «Flavia.»
--Noto que Vuestra Majestad tiene herida o lastimada una mano--observó con fingido interés.
--Sí, me puse a jugar con un perro faldero--dije, resuelto a burlarme de él,--y ya sabe Vuestra Alteza cuán falsos y traidores son.
Se sonrió sarcásticamente y me miró con fijeza breves momentos.
--¡Pero esas mordeduras son peligrosas!--exclamó alarmada la Princesa.
--Nada temas, prima mía--dije.--Otra cosa sería si yo hubiese permitido al gozquecillo morderme más profundamente.
--¿Pero, le han dado muerte?
--Todavía no. Esperamos a ver si su mordedura es nociva.
--¿Y si lo fuese?--preguntó Miguel con su siniestra sonrisa.
--Lo despacharíamos en un santiamén, hermano.
--¿Pero no volverás a jugar con él?--preguntó Flavia.
--Puede que sí.
--¿Y si vuelve a morderte?
--Procurará hacerlo, no lo dudo--contesté sonriéndome.
Después, temeroso de que Miguel dijese algo que me obligase a mostrarme ofendido, empecé a felicitarlo por el marcial aspecto de su guardia y por la lealtad que me había demostrado el día de la coronación. Pasé después a hacer un caluroso elogio del pabellón de caza que había puesto a mi disposición. Pero sin duda le iba faltando la paciencia, porque levantóse de repente y se despidió en breves frases. Sin embargo, llegado a la puerta, se detuvo para decir:
--Tres caballeros a quienes estimo, desean vivamente ser presentados a Vuestra Majestad. Esperan en la antecámara.
Inmediatamente me llegué al Duque y tomé su brazo, a pesar del gesto avinagrado que puso, y entramos en la antecámara como buenos hermanos. Hizo Miguel un ademán y se adelantaron tres hombres.
--Estos caballeros--dijo el Duque con la más graciosa y perfecta cortesía,--son los más leales y adictos servidores de Vuestra Majestad, a la vez que fieles amigos míos.
--Títulos ambos, repuse, que los hacen igualmente acreedores a toda mi estimación.
Uno tras otro se adelantaron y besaron mi mano. De Gautet, un sujeto alto, delgado, de erizados cabellos y retorcido bigote. El belga Bersonín, personaje grueso, de mediana estatura y calvo, aunque no contaba mucho más de treinta años. Y por último el inglés Dechard, de cara estrecha y larga, cabello cortado al rape y bronceado color. Tenía muy arrogante presencia, ancho de hombros, delgada la cintura. «Buena espada, pero un bribón de marca,» me dije al verlo. Le hablé en inglés, con ligero acento extranjero y vi asomar a sus labios una sonrisa, que reprimió en seguida.
--Es decir que el caballero Dechard está en el secreto--pensé.
Una vez libre de mi querido hermano y sus amigos, me volví para despedirme de mi prima. Estaba esperándome en la puerta que separa ambas habitaciones, y al tomar yo su mano me dijo muy quedo:
--Sé prudente, Rodolfo. Tén cuidado...
--¿De qué?
--Bien lo sabes; no puedo decirlo ahora. Pero piensa en lo que vale y significa tu vida para...
--¿Para quién?
--Para Ruritania.
¿Hacía yo bien o mal en representar aquel papel? No lo sé; ambos caminos eran peligrosos y no me atreví a decirle la verdad.
--¿Sólo para Ruritania?--le pregunté dulcemente.
Súbito rubor coloreó sus primorosas facciones.
--Y también para tus amigos--dijo.
--¿Amigos?
--Y para tu prima--murmuró por fin;--tu amante prima.
No pude hablar. Besé su mano y salí indignado contra mí mismo.
Hallé afuera al galante Tarlein, muy entretenido con la condesa Elga, sin cuidarse de los lacayos que le observaban.
--¡Qué diantre!--dijo.--No todo ha de ser conspirar y el amor reclama también sus derechos.
--Lo mismo digo--contesté; y Tarlein me siguió respetuosamente.
IX
UNA NUEVA CATAPULTA
No dudo que la enumeración de los diarios sucesos de mi vida en aquellos días, revestiría gran interés para los que nada saben de lo que ocurre dentro de regios palacios; como no dudo tampoco que la revelación de alguno de los secretos que allí descubrí, tendría gran valor para los estadistas de Europa. Pero lejos de mí una y otra cosa. Por un lado el temor a la monotonía del relato y por otro el riesgo de parecer indiscreto, me aconsejan concretarme al drama que iba desarrollándose calladamente bajo la tranquila apariencia de la política ruritana. Sí diré que mi impostura no fue descubierta. Cometí algunos errores, pasé mis malos ratos, necesité de todo el tacto y toda la afabilidad que me fue posible desplegar para desvanecer los malos efectos de ciertos olvidos y descuidos inexplicables, que a veces me llevaban hasta no recordar ni reconocer a personas que de antiguo me eran, o debían de serme, perfectamente conocidas. Pero salí en bien de todo, y lo atribuyo, como ya lo indiqué antes, a la audacia misma de mi temeraria empresa. Tengo para mí, que en iguales condiciones de parecido físico, me fue más fácil suplantar al Rey que pretender hacerme pasar por otra persona cualquiera.
Un día entró Sarto en la habitación donde me hallaba y arrojándome una carta, dijo:
--Ahí va eso para usted. Letra de mujer si no me engaño. Pero ante todo tengo que darle una noticia.
--¿Qué es ello?
--El Rey está en el castillo de Zenda.
--¿Cómo lo sabe usted?
--Porque allí está la otra mitad de la cuadrilla de Miguel, de los Seis. Lo tengo bien averiguado: Laugrán, Crastein, el mozo Ruperto Henzar, tres bribones, a fe mía, como no hay otros en toda Ruritania.
--¿Y bien?
--Pues nada, sino que Tarlein quiere que marche usted en seguida contra el castillo, con infantería, caballería y artillería.
--¿Para qué? ¿Para desaguar el foso de la fortaleza hasta dejarlo en seco?
--Probablemente--refunfuñó Sarto.--Y con eso no hallaríamos ni aun el cadáver del Rey.
--¿Pero está usted seguro de que tienen al Rey en el castillo?
--Lo creo muy probable. No sólo están allí los tres belitres citados, sino que el puente levadizo permanece alzado día y noche y a nadie se permite entrar sin permiso especial del joven Henzar o del mismo Miguel. Acabaremos por tener que atar a Tarlein de pies y manos.
--Yo seré quien vaya a Zenda--dije.
--¿Está usted loco?
--Repito que iré, algún día.
--Puede ser, y lo más probable es que se quede usted allí.
--¡Oh, eso está por ver!--repuse con arrogancia.
--Vamos, parece que hoy está Vuestra Majestad de mal humor. ¿Cómo van los amores?
--¡Silencio!--exclamé.
Me contempló por un momento y encendió su pipa. Tenía razón al decir que estaba yo de un humor insufrible, y continué furioso:
--Me siguen por todas partes media docena de espías.
--Ya lo sé; yo se lo tengo mandado--contestó muy tranquilo.
--¿Y a qué viene eso?
--Pues a que Miguel no vería con malos ojos la desaparición de usted. Una vez quitado usted de en medio podría él realizar la jugada que antes le echamos a perder, o por lo menos lo intentaría.
--Yo me basto para defenderme.
--De Gautet, Bersonín y Dechard están en Estrelsau; cualquiera de ellos, joven, lo degollaría a usted con tanto primor y gusto como... como lo haría yo con Miguel el Negro, por ejemplo, pero mucho más traidoramente. ¿Qué dice esa carta?
La abrí y leí en alta voz:
«Si el Rey desea saber nuevas de gran interés para él, le bastará seguir las indicaciones contenidas en esta carta. Al fin de la Avenida Nueva hay una casa en el centro de extenso jardín. La casa tiene un pórtico con la estatua de una ninfa en el centro. El jardín está rodeado de una tapia y en ésta, por la parte de atrás de la casa, hay una puertecilla. Si el Rey entra por ella solo a la media noche de hoy, verá un cenador a veinte varas de la puerta. Suba los seis escalones que a él conducen, entre, y hallará en el cenador a una persona que le impondrá de lo que más vivamente atañe hoy a su vida y a su trono. Estas líneas están trazadas por un amigo fiel. Tiene que acudir solo. Si menosprecia este aviso pondrá en peligro su vida. No enseñe el Rey esta carta a nadie; va en ello la suerte de una mujer que le ama: Miguel el Negro no perdona.»
--No--comentó Sarto;--pero también sabe dictar una carta muy zalamera.
Tuve la misma idea y ya iba a rasgar el anónimo cuando noté unas líneas escritas al dorso:
«Si el Rey duda, consulte al coronel Sarto...»
--¿Eh?--hizo el veterano asombrado.--¿Me toma por tan sandio como a usted?
Indicándole que guardase silencio continué la lectura:
--«Pregúntele qué mujer está más dispuesta que ninguna otra a impedir el matrimonio del Duque con su prima y por consiguiente a impedir también que alcance la corona. Pregúntele si el nombre de esa mujer empieza con A.»
Me puse en pie de un salto y el coronel colocó su pipa sobre la mesa.
--¡Antonieta de Maubán como hay Dios!--exclamé.
--¿Y cómo lo sabe usted?--preguntó Sarto.
Le dije cuanto sabía de aquella dama, y Sarto hizo un ademán de aprobación.
--Lo cierto es--dijo pensativo,--que ha tenido un disgusto serio con el Duque.
--Si quisiera podría sernos útil--observé.
--Pero sigo creyendo que esa carta la ha escrito Miguel.
--Pienso lo mismo, pero quiero saberlo con certeza. Acudiré a la cita, Sarto.
--No; yo iré.
--Hasta la puertecilla del muro, pero no más adelante.
--Iré al cenador.
--¡Que me ahorquen si lo permito!--exclamé levantándome y apoyando la espalda en la repisa de la chimenea.--Sarto--añadí,--tengo confianza en esa mujer e iré.
--Pues yo no tengo fe en ninguna mujer, y no irá usted.
--O acudo a la cita o me vuelvo a Inglaterra--le dije.
Sarto empezaba a aprender hasta dónde podía dictarme a mí y dónde y cuándo tenía que ceder y someterse.
--Estamos tomando las cosas con sobrada calma--continué.--Cada día que dejamos pasar sin rescatar al Rey es un nuevo peligro. La prolongación de esta farsa mía constituye, también, un peligro más. Sarto, ha llegado el momento de jugar el todo por el todo.
--Así sea--suspiró.
A las once y media de aquella noche montamos Sarto y yo nuestros caballos. A Tarlein le volvimos a dejar de guardia, sin revelarle nuestros propósitos. La noche era obscurísima. Yo no llevaba espada, pero sí el revólver, un largo puñal y una linterna sorda. Llegamos a la puertecilla, desmontamos, y Sarto me tendió la mano.
--Esperaré aquí--dijo.--Si oigo un disparo, me...
--Permanezca usted aquí, como la única esperanza de salvación que le queda al Rey. Si yo caigo, importa que no perezca también usted.
--Es verdad, joven. ¡Buena suerte!
Empujé la puerta, que cedió, y me hallé en un jardín abundante en plantas y arbustos. El sendero desviaba algo hacia la derecha y por él tomé, cautelosamente. Tenía oculta la luz de la linterna y mi diestra empuñaba el revólver. No percibía el menor sonido. Pronto distinguí los vagos contornos del cenador, cuyos peldaños subí. La puerta de madera y muy endeble, se abrió en seguida y una mujer que allí esperaba se apoderó vivamente de mi mano.
--Cierre usted la puerta--murmuró.
Obedecí y dirigí hacia ella la luz de la linterna. Llevaba vestido de corte, con ricas joyas, y su hermosura aparecía deslumbradora bajo la viva luz que la inundaba. El cenador no tenía más mueblaje que un par de sillas y una mesita de hierro como las que se ven en algunos cafés.
--No hable usted--me dijo.--No tenemos tiempo para ello. Limítese usted a escucharme, señor Raséndil. Escribí la carta por orden del Duque.
--Lo sospechaba--dije.
--Dentro de veinte minutos estarán aquí tres hombres que se proponen asesinarlo a usted.
--Tres... ¿Los tres aquellos?
--Sí, tiene usted que partir antes de que lleguen. De lo contrario perecerá usted esta noche...
--O perecerán ellos.