Chapter 4
--Aquí está la firma del Rey--dijo.--Y aquí tengo un pliego de papel de calco. Si en diez minutos no consigue usted escribir «Rodolfo» de una manera presentable, lo escribiré yo.
--Pues escríbalo usted desde luego--dije,--que mi habilidad no llega a tanto.
El coronel puso manos a la obra y no tardó en presentarnos una falsificación muy pasable.
--Y ahora, Federico--prosiguió,--el Rey se retira porque está muy fatigado, no sin ordenar que no se permita la entrada en su cámara a nadie hasta mañana a las nueve. A nadie ¿comprende usted?
--Comprendo perfectamente.
--Puede que se presente Miguel pidiendo audiencia inmediata. Contestará usted que sólo los Príncipes de la sangre tienen derecho a ello.
--Bueno se pondrá el Duque--replicó Tarlein echándose a, reír.
--¿Queda bien entendido?--repitió Sarto.--Si la puerta de la cámara real se abre durante nuestra ausencia, ha de ser después de muerto usted...
--No hay para qué recordármelo, coronel--repuso Tarlein con altivez.
--Ahora, envuélvase usted en esta amplia capa--continuó Sarto dirigiéndose a mí,--y póngase esta gorra de cuartel. Es usted mi ordenanza, que me acompaña esta noche al pabellón de caza que usted sabe.
--Hay un obstáculo--dije,--y es que no existe caballo capaz de recorrer más de quince leguas conmigo a cuestas.
--Por eso montará usted dos, uno aquí y otro en Zenda. ¿Estamos listos?
--Por mi parte lo estoy--contesté.
Tarlein me tendió la mano.
--Por si acaso--dijo;--y nos estrechamos la mano cordialmente.
--¡Nada de niñerías!--gruñó el coronel.--¡En marcha!
Pero en lugar de dirigirse a la puerta se acercó a la pared del fondo.
--En tiempo del viejo Rey--dijo,--hacíamos uso frecuente de este camino.
Le seguí y anduvimos cosa de doscientas varas por un estrecho corredor, hasta llegar a maciza puerta de roble, que Sarto abrió. Salimos y nos hallamos en una solitaria calle a la que daban los jardines de la parte de atrás del palacio. Allí nos esperaba un hombre con dos caballos; uno alazán, magnífico, de gran alzada y el otro bayo, no menos fuerte y brioso. Sarto me indicó que montase el primero y sin decir palabra nos pusimos en marcha. Animada y bulliciosa estaba la ciudad, pero tomamos las calles menos concurridas, cubierta yo la mitad del rostro con la capa y bien calada la gorra para ocultar en lo posible mis delatores cabellos. Hallamos pocos transeuntes en nuestro tortuoso camino, y cuando llegamos a las murallas se oía todavía el tañido de las campanas que daban la bienvenida al Rey. Eran las seis y media y no había obscurecido aún.
--Mano al revólver--me dijo Sarto al acercarnos a una puerta.--Si el guarda se da por entendido hay que cerrarle la boca para siempre.
Empuñé mi arma. Sarto llamó y vimos acercarse a una chiquilla de trece o catorce años. La suerte nos favorecía.
--Mi padre ha ido a ver al Rey, señor oficial--dijo.
--Pues para eso mejor hubiera hecho en quedarse aquí--me dijo Sarto con sorna y a media voz.
--Pero me encargó que no abriese la puerta.
--¿Sí, eh?--dijo Sarto desmontando.--Pues dame la llave.--La mozuela tenía la llave en la mano. Sarto le dio una moneda de oro.
--He aquí una orden del Rey. Enséñasela a tu padre. ¡Abre esa puerta, muchacha!
Eché pie a tierra, abrimos entre los dos la pesada puerta y haciendo salir a nuestros caballos volvimos a cerrarla.
--Lo siento por el guarda, si el Duque averigua que estaba ausente de su puesto. Y ahora, joven, al trote. No conviene acelerar mucho el paso mientras sigamos cerca de la ciudad.
Ya algo más apartados de las murallas y cerrada la noche, disminuyó el peligro y pusimos los caballos al galope. El magnífico animal que yo montaba iba tan ligero como si no llevase la menor carga. La noche era hermosa y no tardó en aparecer la luna. Hablamos poco y eso reducido casi exclusivamente a los progresos que hacíamos en nuestra jornada.
--Quisiera saber el contenido de los despachos que recibió el Duque--dije una vez.
--También yo--se limitó a contestarme Sarto
Nos detuvimos para vaciar un vaso de vino y dar pienso a los caballos, con lo que perdimos media hora. No me arriesgué a entrar en el figón y me quedé con los caballos en la cuadra. Continuamos la marcha y llevábamos recorrida más de la mitad del camino, unas nueve leguas, cuando Sarto se detuvo repentinamente.
--¿Oye usted?--me dijo.
Escuché atentamente. A lo lejos, detrás de nosotros, resonaban pisadas de caballos. Eran entonces las nueve y media y en el silencio de la noche la fuerte brisa que se había levantado traía muy distintamente hasta nosotros aquel rumor lejano. Miré a Sarto.
--¡Adelante!--exclamó,--y poniendo espuelas al caballo se lanzó al galope.
Cuando volvimos a detenernos nada oímos, pero a poco se repitió el rumor. El coronel desmontó y aplicó el oído a tierra.
--Son dos--dijo,--y están a un cuarto de legua. Por fortuna el camino es tortuoso y la dirección del viento nos favorece.
Galopamos de nuevo, logrando mantener la misma distancia entre nosotros y los que sin duda nos perseguían. Habíamos llegado al bosque de Zenda y a la media hora nos hallamos en una bifurcación del camino. Sarto detuvo su caballo.
--El sendero de la derecha es el nuestro--dijo.--El de la izquierda conduce al castillo y ambos son de unas tres leguas. Desmonte usted.
--¡Pero nos alcanzarán!--exclamé.
--¡Pie a tierra!--repitió bruscamente; y obedecí.
El bosque era espesísimo desde la orilla misma del camino. Ocultamos nuestros caballos entre los árboles, les vendamos los ojos y permanecimos inmóviles junto a ellos.
--¿Quiere usted saber quiénes son?--murmuré
--Sí, y adónde van.
Entonces noté que su diestra empuñaba un revólver. Oíase cada vez más próximo el trote de los caballos. La luna brillaba en toda su plenitud y el camino se destacaba como ancha franja blanca. Nuestras cabalgaduras no habían dejado el menor rastro sobre la tierra endurecida.
--¡Ahí están!--murmuró Sarto.
--¡Es el Duque!
--Me lo figuraba--contestó.
Era el Duque, en efecto; y con él un robusto gañán a quien yo conocía y que más tarde aprendió a conocerme a mí más de lo que hubiera querido; era Máximo Holf, hermano de Juan el guardabosque y criado de Su Alteza. Se hallaban frente a nosotros; el Duque detuvo su caballo y vi que el dedo de Sarto acariciaba el gatillo de su arma. Tengo para mí que hubiera dado diez años de su vida por pegarle un balazo a Miguel el Negro, a quien hubiera podido despachar en aquel momento con tanta facilidad como yo una gallina a diez pasos de mi revólver. Posé la mano sobre su brazo, y movió la cabeza negativamente, para tranquilizarme: el deber ante todo era su máxima.
--¿Qué camino tomaremos?--preguntó el Duque.
--El del castillo, Alteza--aconsejó su compañero.
--Allí sabremos la verdad.
El Duque vaciló un momento.
--Me parecía haber oído pasos de caballo--dijo.
--No creo que nadie nos preceda, Alteza.
--¿Por qué no ir al pabellón de caza?
--Temo una celada. Si «todo va bien,» es inútil ir al pabellón. En caso contrario el aviso no es más que una celada.
De repente el caballo del Duque relinchó. Un momento nos bastó para cubrir las cabezas de los caballos con nuestras capas y después apuntamos al Duque y su compañero con nuestros revólvers. De habernos descubierto los hubiéramos matado allí mismo, o hécholos prisioneros.
--¡A Zenda, pues!--exclamó por fin Miguel y clavando las espuelas a su caballo lo lanzó al galope.
Sarto siguió apuntándole, con expresión tan dolorida en el rostro que me costó trabajo no soltar la carcajada. Permanecimos allí diez minutos más.
--Ya lo ha oído usted--dijo Sarto.--Le han mandado a decir que «todo va bien.»
--¿Y qué quieren decir con eso?--pregunté.
--¡Dios sabe!--contestó Sarto frunciendo el ceño.
--Pero es innegable que el mensaje le ha hecho venir de Estrelsau en la mayor incertidumbre.
Montamos otra vez y tomamos el camino del pabellón con toda la rapidez que permitía el cansancio de nuestros caballos. No pronunciamos palabra durante aquel último tramo de nuestra jornada y nos asaltaban mil temores. «Todo va bien.» ¿Qué significaba esa frase? ¿Le habría ocurrido algo al Rey?
Llegamos por fin a la puerta del pabellón, en el que todo parecía tranquilo y silencioso. Nadie acudió a recibirnos y desmontamos precipitadamente. De repente, Sarto oprimió mi brazo.
--¡Mire usted!--exclamó señalando al suelo.
Vi a mis pies cinco o seis pañuelos de seda hechos trizas y me volví hacia él.
--Son los pañuelos con que até a la vieja--me dijo.
--Asegure usted los caballos y sígame.
La puerta cedió sin resistencia y entramos en la habitación donde habíamos cenado la noche anterior, en la que se veían aún los restos de la cena y numerosas botellas vacías.
--¡Adelante!--exclamó Sarto, que por primera vez parecía próximo a perder su maravillosa serenidad.
Nos precipitamos por el corredor en dirección a la entrada del sótano. La puerta de la carbonera estaba abierta de par en par.
--Han descubierto a la vieja--dije.
--Eso ya lo sabía yo desde que vi los pañuelos--repuso el coronel.
Llegamos frente a la puerta del sótano, que estaba cerrada, y al parecer en el mismo estado en que la habíamos dejado aquella mañana.
--Entremos, todo va bien--dije.
Me contestó una violenta imprecación de Sarto, cuyo rostro palideció a la vez que señalaba al suelo con el dedo. Por debajo de la puerta se extendía una gran mancha roja que cubría parte del pasillo del sótano. Sarto se apoyó en la pared opuesta a la puerta. Traté de abrir ésta, pero estaba cerrada.
--¿Dónde está José?--preguntó Sarto.
--¿Dónde está el Rey?--fue mi respuesta.
El veterano sacó un frasco y lo llevó a los labios. Por mi parte volví corriendo al comedor y tomé del hogar una sólida barra de hierro destinada a atizar el fuego. Lleno de terror, desatinado, descargué con ella fuertes golpes sobre la puerta y por último disparé mi revólver contra la cerradura, que saltó en pedazos y se abrió la puerta.
--¡Venga una luz!--dije,--pero Sarto siguió apoyado en la pared, inmóvil.
Estaba, naturalmente, más conmovido que yo porque amaba profundamente a su señor. No temía por sí mismo, nadie hubiera creído de él semejante cosa; pero le aterrorizaba el pensar en lo que podía revelarnos aquel sótano. Fui al comedor, tomé de la mesa un candelero de plata y encendí una vela: la esperma hirviente que cayó sobre mi mano, reveló cómo temblaba ésta, y cuán disculpable era la agitación de Sarto.
Llegué a la puerta del sótano, la mancha roja, de color más obscuro en los bordes, se extendía al interior. Penetré unas dos varas en el sótano y elevé la vela. Vi las pipas de vino formando hilera, algunas arañas que corrían por la pared, un par de botellas vacías en el suelo y más allá, en un rincón, el cuerpo de un hombre tendido de espaldas, con los brazos abiertos y una sangrienta herida en el cuello. Me dirigí a él, me arrodillé a su lado y encomendé a Dios el alma de aquel fiel servidor. Porque era el cuerpo del pobre José, muerto en defensa del Rey.
Sentí que una mano se posaba sobre mi hombro y volviéndome vi los ojos brillantes y espantados de Sarto.
--¡El Rey, Dios mío, Rey!--articuló sordamente.
Dirigí la luz de la vela a todos los rincones del sótano.
--El Rey no está aquí--dije.
VII
SU MAJESTAD DUERME EN ESTRELSAU
Rodeé la cintura de Sarto con mi brazo y sosteniéndole le hice salir del sótano, cuya destrozada puerta cerré lo mejor que pude. Permanecimos en el comedor, sentados y silenciosos unos diez minutos. Después el viejo Sarto se frotó los ojos, dio un profundo suspiro y pareció recobrar su calma habitual. Al oír la una en el reloj de repisa, golpeó fuertemente el suelo con el pie y exclamó:
--¡Se han apoderado del Rey!
--Sí--contesté.--«¡Todo va bien!» como decía el despacho recibido por el Duque. ¡Qué rato pasaría al oír esta mañana las salvas que saludaban al Rey! ¿Cuándo recibió el mensaje?
--Debió de ser por la mañana. Se lo enviaron probablemente antes de que llegase a Zenda la noticia de la presencia de usted en Estrelsau; porque supongo que el mensaje lo mandaron de Zenda.
--¡Y lo ha llevado encima todo el santo día!--exclamé.--Bien puedo decir que no soy el único que ha pasado un día de prueba. ¿Pero qué pensaría él de todo esto, Sarto?
--¿Qué nos importa? Pregunte usted más bien qué es lo que piensa ahora.
--Tenemos que volver a la capital--dije poniéndome de pie apresuradamente.--Importa reunir en seguida cuantas fuerzas hay allí y ponernos en persecución de Miguel antes de mediodía.
Sarto sacó su pipa, la llenó y la encendió cuidadosamente en la vela que goteaba sobre la mesa.
--¡Quizá estén asesinando al Rey mientras seguimos aquí cruzados de brazos!--exclamé.
Sarto continuó fumando en silencio.
--¡Maldita vieja!--gruñó por fin.--Lograría atraer su atención de alguna manera. Me figuro lo ocurrido. Vinieron a apoderarse del Rey y como digo, de una manera u otra dieron con él. Si no hubiera usted ido a Estrelsau, usted, Federico y yo estaríamos a estas horas en el reino de los Cielos.
--¿Y el Rey?
--¿Quién sabe dónde está el Rey en este momento?
--¡Partamos!--exclamé; pero Sarto siguió inmóvil. Y de repente se echó a reír.
--¡Por vida de!--exclamó;--no le hemos dado mal sofocón a Miguel el Negro.
--¡Vamos, vamos!--repetí.
--¡Y no es malo tampoco el que le espera!--añadió con aviesa sonrisa que acentuó las arrugas de su atezado rostro.--Corriente, joven, volveremos a Estrelsau. El Rey estará otra vez mañana en su capital.
--¿El Rey?
--¡El Rey coronado hoy!
--¿Está usted loco?--exclamé.
--Si volviéramos y confesásemos la jugada que les hemos hecho ¿cuánto daría usted por nuestras vidas?
--Ni más ni menos que lo que valen.
--¿Y por el trono del Rey? ¿Se imagina usted que a los nobles y al pueblo les hará pizca de gracia verse burlados como los ha burlado usted? ¿Cree usted que seguirán amando y respetando a un Rey que, demasiado borracho para ser coronado, les envió a su criado para que lo representase en aquel acto?
--¡El Rey fue víctima de un narcótico y yo no soy su criado!
--Me limito a dar la versión que hará de lo ocurrido Miguel el Negro.
Dejó su asiento, se me acercó y posando la mano sobre mi hombro, dijo:
--Raséndil, si se porta usted como un hombre, todavía puede usted salvar al Rey. ¡A Estrelsau otra vez, a conservarle su trono!
--Pero el Duque lo sabe todo, los villanos que le sirven han averiguado...
--Pero no pueden decir palabra!--gritó Sarto con expresión de triunfo.--Los tenemos en nuestro poder. ¿Cómo han de denunciarle a usted sin denunciarse a sí mismos? ¿Osarán decir al país: «Ese hombre es un impostor, porque al verdadero Rey lo tenemos nosotros prisionero y hemos asesinado a su servidor?» ¿Pueden hacer tal cosa?
La situación se me apareció de repente con toda claridad. Me conociese o no el Duque, tenía que callarse. ¿Qué podía hacer mientras no presentase al verdadero Rey? Y si éste apareciese, ¿qué sería del Duque? Por un momento me sentí convencido, pero no tardé en comprender todas las dificultades del proyecto.
--Me descubrirán--dije.
--Quizás, pero entretanto cada hora que ganemos vale mucho. Ante todo, es indispensable que tengamos un Rey en Estrelsau, o, de lo contrario, Miguel será dueño de la ciudad en veinticuatro horas. Y entonces ¿qué valdría la vida del Rey? ¿dónde estaría su trono? ¡Joven, tiene usted que aceptar!
--¿Y si matan al Rey?
--Lo matarán si es que no lo mata usted.
--¿Y si lo han asesinado ya?
--En tal caso ¡voto a sanes! tan buen Elsberg es usted como Miguel el Negro y reinará usted en Ruritania. Pero no creo que le hayan dado muerte; como tampoco lo harán mientras siga usted en el trono. Matar al verdadero Rey, en tales condiciones, sería en beneficio exclusivo de usted.
Era un plan descabellado, una empresa más loca y difícil aún que la jugarreta anterior tan felizmente terminada por mi parte; pero al escuchar a Sarto pude ver y apreciar las ventajas que teníamos a nuestro favor. Además, era yo joven, activo y se me ofrecía un papel tal y en tales circunstancias como jamás le había tocado en suerte a ningún hombre.
--Me descubrirán--repetí.
--Quizás--volvió a decir Sarto.--¡Vamos a Estrelsau! Mire usted que si seguimos aquí nos van a coger como en una ratonera.
--¡Sarto!--exclamé.--¡voy a intentarlo!
--¡Bien, joven, bien! Ahora sólo falta que nos hayan dejado los caballos que tenía aquí de repuesto. Voy a ver.
--Pero tenemos que dar sepultura a ese infeliz--dije.
--No hay tiempo para eso.
--Pues he de hacerlo.
--¡El demonio me lleve!--gruñó.--Lo hago a usted Rey, y... Bueno, pues lo enterraremos. Vaya usted a traerlo mientras yo procuro los caballos. No será muy profunda la fosa, pero dudo que al muerto le importe gran cosa. ¡Pobre José! Era todo un hombre.
Salió y yo bajé al sótano. Tomé el cuerpo en mis brazos y lo llevé por el corredor hasta cerca de la puerta del pabellón, donde lo deposité en el suelo, recordando, que necesitábamos azadones para cavar la fosa. En aquel momento regresó Sarto.
--Los caballos están ahí--dijo--Uno de ellos es hermano del que le trajo a usted aquí. Cuanto al oficio de sepulturero, puede usted ahorrarse ese trabajo.
--No me iré hasta dejar a José bajo tierra.
--¡A que sí!
--No, coronel; ni que me diera usted a todo Ruritania.
--¡Terco!--exclamó.--Venga usted aquí.
Me llevó a la puerta. La luna iluminaba el camino y vi a cosa de quinientas varas un grupo de hombres que se acercaban por el camino de Zenda. Eran siete u ocho, cuatro de ellos a caballo, y vi que llevaban al hombro palas y azadones.
--Esos le ahorrarán a usted el trabajo--dijo Sarto.--Vámonos.
Tenía razón.--Los que llegaban eran sin duda servidores de Miguel, enviados para hacer desaparecer las huellas de su crimen. Ya no vacilé, pero se apoderó de mí un deseo irresistible de castigarlos, y señalando al cadáver del pobre José, dije a Sarto:
--Venguémoslo, coronel!
--¿Desea usted proporcionarle compañía, eh? Pero no deja de ser arriesgado.
--No me voy sin darles una lección--insistí.
Sarto vaciló.
--Pues bien--dijo,--no es lo más acertado, pero se ha conducido usted bien y hay que complacerle. Después de todo, si caemos nos habremos ahorrado una porción de disgustos y cavilaciones. Yo le diré a usted cómo sorprenderlos.
Cerró cuidadosamente la puerta--que teníamos apenas entreabierta,--y pasando por el interior de la casa llegamos a la puertecilla de atrás, junto a la cual estaban los caballos. En torno del pabellón había un camino destinado a los coches.
--¿Tiene usted a mano el revólver? preguntó Sarto.
--No, quiero caer sobre ellos espada en mano--repliqué.
--¡Diantre! Veo que, se le ha despertado a usted el apetito esta noche. Corriente.
Montamos, desenvainamos las espadas y esperamos unos momentos en silencio. Por fin oímos los pasos de los recién llegados en el camino de coches, al otro lado del pabellón, donde se detuvieron y uno de ellos exclamó:
--¡Id a buscar al muerto y traedlo aquí!
--¡Ahora!--murmuró Sarto.
Clavamos espuelas y dando vuelta a la casa nos precipitamos sobre aquellos bribones. Sarto me dijo después que había matado a uno y lo creí, pero por lo pronto lo perdí de vista. Lo que sé es que de un tajo le abrí la cabeza a uno de los jinetes, que cayó al suelo. Entonces me hallé frente a frente de un mocetón y vi también que a mi derecha quedaba otro enemigo. Era peligroso seguir allí y hundí otra vez las espuelas en los ijares de mi caballo, a la vez que clavaba mi espada en el pecho del rufián que tenía delante. La bala de su revólver me rozó una oreja; tiré de la espada, pero no pudiendo arrancársela del cuerpo la solté y salí a escape en seguimiento de Sarto, a quien divisé en aquel momento a unas veinte varas de distancia. Agité la mano en señal de despedida, pero la bajé inmediatamente dando un grito, porque una bala me había alcanzado en un dedo. Sarto se volvió hacia mí y sonó otro disparo, pero como sólo tenían revólvers pronto nos pusimos fuera de tiro. Entonces Sarto se echó a reír.
--Uno yo y dos usted--dijo.--No lo hemos hecho mal y el pobre José tendrá compañía.
--Sí, partida completa--repuse; estaba furioso y me alegraba de haber despachado a dos de aquellos truhanes.
--Y con eso les ha caído también algún trabajo a los restantes--prosiguió el coronel.--¿Cree usted que lo han reconocido?
--Al recibir la estocada el segundo, le oí exclamar: «¡el Rey!»
--¡Bravo! No vamos a darle poco que hacer a Miguel el Negro.
Nos detuvimos un instante para vendar mi dedo, que sangraba abundantemente y me dolía no poco, pues la bala había interesado algo el hueso. Después galopamos de nuevo en silencio, disipada ya la excitación de la lucha. Despuntó el día, frío y despejado, y un labrador nos proporcionó algún alimento y pienso para los caballos. Pretexté un dolor de muelas y me cubrí la cara casi por completo. Tras larga carrera llegamos por fin a Estrelsau, entre ocho y nueve de la mañana. Todas las puertas de la ciudad estaban abiertas como de ordinario, excepto cuando las cerraban el capricho o las intrigas del Duque. Entramos en la capital siguiendo el mismo camino que habíamos recorrido la noche anterior, pero rendidos de cansancio, tanto jinetes como caballos. Las calles estaban aún más desiertas que la víspera, como si los moradores buscasen en el sueño el necesario descanso tras las fiestas y prolongados regocijos de la noche precedente, y apenas hallamos alma viviente a nuestro paso. Junto a la puertecilla de palacio nos esperaba el fiel servidor de Sarto.
--¿No ha habido novedad, señor?--preguntó.
--Todo va bien--dijo Sarto,--a tiempo que su criado tomaba mi mano para besarla.
--¡El Rey está herido!--exclamó.
--No es nada--dije desmontando.--Me lastimé el dedo cerrando una puerta.
--Y sobre todo silencio--dijo Sarto;--aunque a ti, mi buen Freiler, es casi inútil recomendártelo.
El interpelado se encogió de hombros.
--A todos los jóvenes les gusta hacer una salida de noche, de cuando en cuando--dijo.--¿Por qué no ha de gustarle también al Rey?
La risa de Sarto pareció confirmar aquella interpretación de mi breve ausencia.
--Mi sistema--dijo cuando hubimos entrado--es no confiar en nadie más allá de donde sea absolutamente necesario confiar.
Al abrir la puerta de mi antecámara vimos a Federico de Tarlein, vestido y reclinado en el sofá. Parecía haber dormido, pero nuestra entrada lo despertó. Incorporándose vivamente me dirigió una mirada y con un grito de alegría se arrodilló a mis pies.
--¡Gracias a Dios, señor, que os veo sano y salvo!--exclamó, procurando asir mi mano.
Confieso que me sentí conmovido. El rey Rodolfo--cualesquiera que fuesen sus faltas,--sabía hacerse amar de sus subditos. Por breves instantes no me atreví a hablar ni disipar la ilusión del pobre joven. Pero el viejo Sarto no era de los que se conmovían y dando palmadas exclamó:
--¡Bravo, joven! ¡Cuando digo yo que todo marchará a pedir de boca!
Tarlein nos miró atónito y yo le tendí la mano.
--¡Estáis herido, señor!--exclamó.
--No es más que un rasguño--dije,--pero...--y me detuve.
Tarlein se puso en pie con expresión de profundo asombro en el rostro. Tomó mi mano, me miró atentamente y de repente retrocedió un paso.
--¡Pero, el Rey! ¿Dónde está el Rey?--gritó.
--¡Silencio, imprudente!--dijo Sarto.--No tan alto. Este es el Rey.
Oímos llamar a la puerta. Sarto asió mi mano
--¡Pronto, a su cámara! ¡Fuera esa gorra y esas botas! Métase usted en cama y cubra bien todo el traje con las sábanas.
Hícelo así en un abrir y cerrar de ojos y momentos después aparecía Sarto, saludando, para anunciarme a un caballerete muy ceremonioso, que se acercó a mi lecho y tras grandes reverencias dijo que se hallaba al servicio de la princesa Flavia, y que Su Alteza lo enviaba a preguntar cómo seguía Su Majestad después de la fatiga de la víspera.
--Dé usted las gracias a mi prima--dije,--y asegúrele que jamás me he sentido mejor.