Chapter 3
--Siempre es una probabilidad--dijo Tarlein,--que por primera vez mostraba alguna confianza en el proyecto.
--Si antes no descubren la substitución--indiqué.
--¡Y si la descubren, yo me encargo de mandar a Miguel el Negro a los profundos infiernos antes de que me toque el turno, como hay Dios!--exclamó Sarto.--Siéntese usted en esa silla, joven.
Obedecí y él se precipitó fuera de la habitación, gritando: «¡José, José!» Volvió a los dos minutos y José con él, trayendo este último un jarro de agua caliente, jabón y navajas de afeitar. El pobre mozo tembló al oír las explicaciones que el coronel creyó necesario darle antes de decirle que me afeitase.
De repente Tarlein se dio una palmada en la frente exclamando:
--¡Pero la guardia, la guardia de honor, que vendrá aquí, verá y se enterará de todo!
--¡Bah! No la esperaremos. Iremos a caballo a la estación de Hofbau, donde tomaremos el tren, y cuando llegue la guardia ya habrá volado el pájaro.
--¿Y el Rey?
--En el sótano, adonde lo voy a transportar ahora mismo.
--¿Y si lo descubren?
--No lo descubrirán. José se encargará de despistarlos.
--Pero...
--¡Basta ya!--rugió Sarto, dando una patada en el suelo.--¡Por vida de! ¿No sé yo lo que arriesgamos? Si lo descubren no se verá en peor predicamento que si no lo coronan hoy en Estrelsau.
Hablando así abrió la puerta de par en par e inclinándose asió y levantó en sus brazos el cuerpo del Rey, dando prueba de un vigor que yo estaba lejos de suponerle. En aquel instante apareció en la puerta la madre de Juan el guardabosque. Permaneció allí algunos momentos y sin manifestar la menor sorpresa nos volvió la espalda y se alejó por el corredor.
--¿Habrá oído?--preguntó Tarlein.
--¡Yo le cerraré la boca!--dijo Sarto con siniestro acento;--y salió llevándose el cuerpo inerte del Rey.
Por mi parte, me dejé caer, medio alelado, en amplio sillón, y José procedió a rasurarme sin pérdida de momento; no tardó en desaparecer mi pobre barba, quedando mi cara tan monda como la del Rey. Al mirarme Tarlein, no pudo menos de exclamar, asombrado:
--¡Por Dios vivo! ¡Ahora sí que realizaremos nuestro plan.
Eran las seis y no teníamos tiempo que perder. Sarto me llevó apresuradamente al cuarto del Rey, donde me puse el uniforme de coronel de la Guardia Real, no olvidando preguntar a Sarto, mientras me calzaba las botas, qué había sido de la vieja.
--Me juró que nada había oído--contestó el coronel;--pero para mayor seguridad la até de manos y pies, la amordacé de firme y la tengo bajo llave en la carbonera, pared por medio del sótano donde duerme el Rey. José cuidará de ambos más tarde.
No pude reprimir la risa y el mismo Sarto me imitó.
--Me figuro--continuó,--que cuando José anuncie a la escolta la partida del Rey, la atribuirán a que nos temíamos una mala pasada. Desde luego juraría que Miguel el Negro no espera ver hoy al Rey en Estrelsau.
Me puse el casco y Sarto me entregó la regia espada, mirándome prolongada y cuidadosamente.
--¡Gracias a Dios que el Rey se afeitó la barba!--exclamó.
--¿Por qué lo hizo?--pregunté.
--Porque la princesa Flavia así lo quiso. Y ahora, a caballo.
--¿Está todo seguro aquí?
--Nada está seguro hoy, pero cuanto podemos hacer está hecho.
En aquel momento se nos unió Tarlein, que vestía uniforme de capitán del mismo regimiento que yo, y a Sarto le bastaron cinco minutos para ponerse también su respectivo uniforme. José anunció que los caballos estaban listos; montamos y partimos al trote rápido. Había empezado la peligrosa aventura. ¿Cuál sería su término?
El aire fresco de la mañana despejó mi cabeza y pude darme perfecta cuenta de cuanto me iba diciendo Sarto, que mostraba sorprendente serenidad. Tarlein apenas habló y cabalgaba como si estuviera dormido; pero Sarto, sin dedicar una sola palabra más al Rey, empezó a instruirme desde luego en mil cosas que necesitaba saber, a enseñarme minuciosamente todo lo relativo a mi vida pasada, a mi familia, mis gustos, ocupaciones, defectos, amigos y servidores. Me detalló la etiqueta de la Corte de Ruritania, prometiendo hallarse constantemente a mi lado para indicarme los personajes a quienes yo debía conocer y la mayor o menor ceremonia con que convenía recibirlos y tratarlos.
--Y a propósito--me dijo,--¿supongo que es usted católico?
--No por cierto--contesté.
--¡Santo Dios, un hereje!--gimió el veterano; y en seguida me enumeró una porción de prácticas y ceremonias del culto católico que me importaba conocer.
--Afortunadamente--continuó,--no se esperará que esté usted muy al tanto, porque el Rey se ha mostrado ya bastante descuidado e indiferente en materia de religión. Pero hay que aparecer lo más afable del mundo con el cardenal, a quien esperamos atraer a nuestro partido ahora que tiene una cuestión pendiente con Miguel el Negro sobre asuntos de procedencia.
Llegamos a la estación, y Tarlein, que había recobrado en parte su presencia de ánimo, dijo brevemente al sorprendido jefe de estación, que el Rey había tenido a bien modificar sus planes. Llegó el tren, tomamos asiento en un coche de primera, y Sarto, cómodamente arrellanado, reanudó su lección. Consulté mi reloj, mejor dicho el reloj del Rey, y vi que eran las ocho en punto.
--¿Habrán ido a buscarnos?--¡pregunté.
--¡Con tal que no descubran al Rey!--dijo Tarlein inquieto, mientras que el impasible Sarto se encogía de hombros.
A las nueve y media vi por la ventanilla las torres y los edificios más elevados de una gran ciudad.
--Vuestra capital, señor--dijo Sarto con cómica reverencia, e inclinándose me tomó el pulso.--Algo agitado--continuó con su eterno tono gruñón.
--¡Como que no soy de piedra!--exclamé.
--Pero servirá usted para el caso--dijo satisfecho.--En cambio este Federico de mis pecados parece sufrir un ataque de tercianas. ¡Saca el frasco, muchacho, y toma un trago!
Tarlein lo hizo como se lo decían.
--Llegamos con una hora de anticipación--observó Sarto.--En cuanto echemos pie a tierra enviaremos aviso de la llegada de Vuestra Majestad, porque lo que es ahora no habrá nadie esperándonos. Y entretanto...
--Entretanto--dije yo,--el Rey acabará por darse a Satanás si tiene que seguir mucho tiempo todavía sin almorzar.
El viejo Sarto se rió socarronamente y me tendió la mano.
--¡Es usted un verdadero Elsberg!--dijo. Después nos miró detenidamente y exclamó:--¡Dios haga que nos veamos vivos esta noche!
--¡Amén!--fue el comentario de Federico de Tarlein.
El tren se detuvo. Mis dos compañeros bajaron al andén, descubriéndose y dejando abierta la portezuela del coche. Por un momento fui presa de una profunda emoción. Después afirmé el casco sobre mi cabeza, dirigí al Cielo (lo confieso sin avergonzarme) una breve y ferviente súplica, y bajé al andén de la estación de Estrelsau.
Momentos después todo era movimiento y confusión; hombres que se acercaban apresuradamente, sombrero en mano, y partían con no menor celeridad; otros que me conducían al restaurant de la estación, jinetes que salían a escape con dirección a los cuarteles, a la catedral, a la residencia del duque Miguel. Tomaba yo el último sorbo de mi taza de café cuando se oyeron los alegres tañidos de las campanas en toda la ciudad, y poco después llegaron a mis oídos los acordes de una banda de música y las primeras aclamaciones de la multitud.
¡El rey Rodolfo V se hallaba en su leal ciudad de Estrelsau!
--¡Viva el Rey!--gritaba el pueblo fuera de la estación.--¡Dios proteja a nuestro Soberano!
En los labios del viejo Sarto apareció irónica sonrisa.
--¡Dios los proteja a los dos!--le oí murmurar.--¡Animo, joven!--y su mano estrechó disimuladamente la mía.
V
AVENTURAS DE UN SUPLENTE
Volví al andén seguido de cerca por Federico de Tarlein y el coronel Sarto, y lo primero que hice fue cerciorarme de que tenía el revólver a mano y de que mi espada salía fácilmente de la vaina. Me esperaba un alegre grupo de jefes militares y grandes dignatarios y al frente de ellos un anciano alto, de porte marcial y cubierto el pecho de cruces y medallas. Ostentaba la banda roja y amarilla de la Rosa de Ruritania que, dicho sea de paso, decoraba también mi indigno pecho.
--El general Estrakenz--murmuró Sarto, haciéndome saber así que me hallaba en presencia del más famoso veterano del ejército de Ruritania.
Detrás del General se hallaba un hombrecillo que vestía amplio ropaje rojo y negro.
--El Canciller del Reino--murmuró Sarto.
El General me saludó con algunas leales palabras y en seguida me presentó las excusas del duque de Estrelsau. Al parecer, éste era víctima de una indisposición súbita que le impedía venir a la estación, pero me rogaba que le permitiese esperarme en la catedral. Manifesté mi sentimiento, acepté bondadosamente las excusas del General y recibí los plácemes de muchos y muy distinguidos personajes. Ninguno manifestó la menor sospecha y sentí que iba recobrando la serenidad y que mi corazón latía menos apresuradamente. Pero Tarlein seguía pálido y noté que le temblaba la mano al dársela al General.
El cortejo formó frente a la estación, donde monté a caballo, teniéndome el estribo el anciano General. Los dignatarios civiles tomaron asiento en sus carruajes y comencé a recorrer las calles de Estrelsau, con Estrakenz a mi derecha y Sarto (que como mi primer ayudante tenía derecho a ello) a mi izquierda. La ciudad consta de una parte antigua y otra moderna. Anchas avenidas y barrios enteros de magníficos edificios rodean la primitiva ciudad, con sus calles estrechas, tortuosas y pintorescas. En los barrios modernos residen las clases acomodadas, y en el centro están situadas las tiendas y vive una población pobre, turbulenta y en parte criminal, que se oculta en sus obscuras callejuelas.
Aquellas divisiones sociales y locales correspondían, según los informes suministrados por Sarto, a otra distinción mucho más importante para mí. La Ciudad Nueva estaba toda por el Rey; para la Ciudad Vieja, Miguel de Estrelsau era una esperanza, un héroe y un ídolo.
Brillante era el golpe de vista al pasar la cabalgata por la Avenida Central y también en la gran plaza donde se alzaba el palacio regio. Allí me encontraba rodeado de mis más adictos partidarios. Todas las casas ostentaban rojas colgaduras y banderas; en la calles habían construido gradas para los espectadores y pasé saludando a derecha e izquierda, entre entusiastas aclamaciones, saludado a mi vez por millares de blancos pañuelos. Los balcones estaban llenos de damas vistosamente ataviadas, que aplaudían, saludaban y me dirigían sus más seductoras miradas. Caía sobre mí una lluvia de rosas; tomé un precioso capullo que se había enredado en las crines de mi caballo y lo coloqué en el ojal de mi levita de uniforme. El General se sonrió con ironía. Yo le había dirigido frecuentes miradas, pero su impasible semblante no me revelaba si era o no de los míos.
--Para los Elsberg, la rosa roja, General--le dije alegremente; a lo cual contestó con un ademán afirmativo.
He dicho «alegremente» y parecerá extraño. Pero la verdad es que me hallaba por completo bajo el dominio de la intensa excitación creada por aquellas circunstancias excepcionales. En aquel momento no distaba mucho de creerme realmente el Rey, y alzando la frente dirigí una mirada de triunfo a los balcones atestados de hermosas. De repente me sobresalté; acababa de ver, fijos los ojos en mí, el hermoso rostro de mi compañera de viaje, Antonieta de Maubán; noté que también ella parecía sorprendida, que se movían sus labios y que se inclinaba hacia mí como para verme mejor. Me repuse de mi sorpresa inmediatamente y sostuve su mirada con toda calma. Pero también me acordé del revólver, pronto a empuñarlo. ¿Qué hubiera sucedido si la hermosa dama hubiese gritado en aquel momento: «¡Ese no es el Rey!»?
Pero, en fin, pasamos sin tropiezo hasta llegar a un punto donde el General, volviéndose en la silla, hizo una señal con la mano e inmediatamente nos rodearon los coraceros, de suerte que ninguna persona del pueblo hubiera podido llegarse hasta mí. Era que salíamos ya de la Ciudad Nueva para entrar en los barrios del duque Miguel, y aquella precaución del General me indicó con más claridad aún de lo que hubieran podido hacerlo las palabras, cuál era el estado de la opinión en aquella parte de la ciudad. Pero ya que el hado me había convertido en Rey, lo menos que podía yo hacer era representar dignamente, mi papel.
--¿Por qué este cambio, General?--pregunté.
Estrakenz se mordió el cano bigote.
--Es más prudente, señor--murmuró.
Inmediatamente detuve mi caballo.
--Sigan andando los que me preceden--mandé,--hasta llegar a cincuenta varas de mí; y usted, General, y el coronel Sarto, esperarán aquí con el resto de la escolta hasta que yo también me haya adelantado otras cincuenta varas. Quiero ir absolutamente solo, para demostrar a mi pueblo que tengo confianza en él.
Sarto extendió una mano hacia mí, y el General pareció vacilar.
--¿No han sido comprendidas mis órdenes?--pregunté; y el General, mordiéndose otra vez el bigote, dio las órdenes necesarias.--Vi que Sarto se sonreía ligeramente, pero también me hizo con la cabeza una señal negativa. Cierto es que si me hubieran asesinado aquel día en las calles de Estrelsau, el bueno de Sarto se hubiera visto en apurado trance.
No estará de más decir aquí que yo llevaba puesto un uniforme blanco y cruzada al pecho la ancha banda de la rosa; el casco era de plata con adornos de oro, y las altas botas de montar completaban mi atavío. Hubiera sido hacer una injusticia al Rey el no confesar, modestia aparte, que con aquellos arreos hacía yo muy buena figura a caballo. Tal fue también la opinión del pueblo, pues al adelantarme aislado por las callejas sombrías y apenas decoradas de la Ciudad Vieja, se oyó primero un murmullo, después una aclamación, y una viejecilla asomada al balcón de una casucha, repitió en alta voz el dicho tradicional y popularísimo:
--«¡Es rojo, luego es bueno!»
Al oírla me sonreí y quitándome el casco mostré al pueblo mi roja cabeza, acto que fue acogido con grandes aclamaciones.
Cabalgando solo, el paseo era mucho más interesante para mí, porque podía oír los comentarios del pueblo.
--Parece más pálido que de costumbre--dijo uno.
--Y tú parecerías un espectro si llevaras la vida que él hace--fue la irrespetuosa respuesta de otro.
--Es más alto de lo que yo creía--comentó un tercero.
--Sus retratos no le hacen mucho favor--dijo una bonita muchacha, cuidando de que yo la oyese. Pura lisonja, sin duda.
Pero, a pesar de aquellas muestras aisladas de aprobación e interés, la mayoría de la población miguelista me recibió en silencio y con ceñudos semblantes, y en gran número de casas se veía el retrato de mi muy amado hermano, irónica manera de dar la bienvenida al Rey. Me alegré de que éste no estuviera allí para presenciar el nada grato espectáculo. Era Rodolfo de carácter poco sufrido y probablemente no lo hubiera tomado con la imperturbable calma que yo demostré.
Llegamos por fin a la catedral, cuya gran mole de piedra obscura, embellecida con numerosas estatuas y las puertas más primorosas entre las de todos los templos de Europa, se alzaba ante mí por primera vez, haciéndose comprender toda la audacia de mi conducta. Al desmontar vi confusamente cuanto me rodeaba; el General, Sarto y la multitud de sacerdotes y religiosos que a la puerta esperaban. Y con igual vaguedad se me aparecían todos los objetos al recorrer la gran nave central, mientras el órgano dejaba oír sus notas majestuosas. No distinguí la brillante concurrencia que llenaba el templo, y apenas vi al venerable cardenal cuando dejó su solio para recibirme. Tan sólo dos rostros se me aparecieron con toda precisión y claridad: el de una joven, pálido y encantador, realzado por una corona del hermoso cabello rojo de los Elsberg (porque en una mujer es hermosísimo); y el semblante de un hombre cuyas encendidas mejillas, negro cabello y obscuros ojos de penetrante mirada, me anunciaron que me hallaba por fin en presencia de mi hermano, Miguel el Negro. Y al verme, sus mejillas palidecieron de repente y el casco se le escapó de las manos y cayó ruidosamente al suelo. Era indudable que hasta aquel momento no había creído en la presencia del Rey en Estrelsau.
No recuerdo cosa alguna de lo que sucedió después. Me arrodillé ante el altar y el cardenal ungió mi frente; después extendí la mano y tomé de las suyas la corona de Ruritania, que puse sobre mi cabeza, prestando a la vez el juramento regio. Volvió a oírse el órgano, el General ordenó a los heraldos que me proclamasen y Rodolfo V quedó coronado Rey; imponente ceremonia reproducida en un cuadro magnífico que hoy adorna mi comedor. El retrato del Rey es acabadísimo.
La dama de pálido rostro y encantadora cabellera se aproximó entonces, sostenida la cola del vestido por dos pajecillos, y el heraldo anunció:
--¡Su Alteza Real la princesa Flavia!
Hízome profunda reverencia y tomando mí mano la beso. Vacilé un momento. Después la atraje hacia mí y deposité dos besos en sus mejillas, que coloreó el rubor. Tras ella, Su Eminencia el cardenal llevó también mi mano a sus labios y me presentó una carta autógrafa de Su Santidad, ¡la primera y la última que he recibido de tan elevado personaje!
Vino después el duque de Estrelsau. Juraría que le temblaban las piernas y miraba a derecha e izquierda como si hubiera querido huir de allí; tenía el rostro amoratado, y al tomar mi mano con las agitadísimas suyas para besarla, noté que sus labios estaban secos y ardientes. Dirigí una rápida mirada a Sarto, que se sonreía socarronamente, y resuelto a cumplir mi deber hasta el fin, en la posición que me había deparado la suerte, abracé a mi muy amado Miguel y le di un beso fraternal. No dudo que uno y otro nos alegramos de ver terminada aquella comedia.
Pero ni en el rostro de la Princesa, ni en el de ninguna otra persona allí presente, noté el menor indicio de duda o extrañeza. Si el Rey hubiera estado a mi lado, habrían podido distinguirnos sin gran dificultad. Pero no podían imaginarse que yo fuese otro que el Rey, tanta era nuestra semejanza; y allí permanecí por espacio de una hora, tan a mis anchas y al fin tan fatigado por la ceremonia como si hubiese sido Rey toda la vida. Continuó el besamanos y me saludaron también todos los miembros del cuerpo diplomático extranjero, entre ellos lord Tofán, el Embajador inglés, en cuyos salones de la Plaza Grosvenor de Londres, había bailado yo una docena de veces. A Dios gracias, el buen señor era medio cegato y no se dio por entendido.
Vino después el regreso por las calles de la capital hasta palacio, y no dejé de oír algunos vivas al duque Miguel, quien, según me dijo después Tarlein, iba royéndose las uñas y como absorto en negros pensamientos, tan anonadado que hasta sus mismos admiradores convinieron en que debió haber mostrado menos desaliento. Hice el camino de regreso en una carretela descubierta, teniendo a mi lado a la princesa Flavia, lo cual hizo exclamar a un palurdo:
--¿Cuándo es la boda?
La pregunta le valió una puñada por parte de otro espectador, que gritó: «¡Viva el duque Miguel!» y la Princesa volvió a ruborizarse, más hermosa que nunca.
Grande era el aprieto en que me hallaba junto a ella, porque había olvidado preguntar a Sarto el estado exacto de mis relaciones con Flavia; y a decir verdad, si yo hubiera sido el Rey, habría deseado que aquellas relaciones estuviesen lo más avanzadas posible, porque ni soy de piedra ni podía olvidar el par de besos dados a mi bella prima. En la duda, preferí guardar silencio, hasta que algo más tranquila la Princesa, me dijo:
--¿Sabes Rodolfo, que te encuentro hoy algo cambiado?
No era extraño, pero la pregunta era algo inquietante.
--Me pareces--continuó--más grave y serio, hasta pensativo, y casi estoy por decir también que más delgado. ¿Será posible que tú, con tu carácter, hayas empezado a tomar la vida en serio?
Por donde se verá que la princesa Flavia tenía del Rey un concepto muy parecido al que mi cuñada Rosa tenía formado de mí. Hice un esfuerzo para sostener aquella difícil conversación.
--¿Te sería grato ese cambio?--le pregunté dulcemente.
--¡Oh, demasiado conoces mi opinión sobre ese punto!--contestó apartando la vista.
--Procuraré hacer siempre lo que sea de tu agrado--continué; y al notar su sonrisa y el leve rubor, no pude menos de decirme, que por lo pronto, representaba bien el panel de Rey y aun le estaba haciendo a éste un famoso servicio. Proseguí, pues, con toda sinceridad.
--Te aseguro, mi querida prima, que nada en mi vida me ha afectado tan profundamente como la recepción de que he sido objeto hoy.
Volvió a aparecer su animada sonrisa, que se disipó un instante después, al murmurar:
--¿Reparaste en Miguel?
--Sí, no parecía muy satisfecho que digamos.
--¡Tén cuidado! No le vigilas bastante, estoy segura de ello. Ya sabes que...
--Sí, ya sé que ambiciona precisamente lo que yo poseo.
--Eso es. ¡Silencio!
Entonces (y el hecho no tiene justificación posible, porque obligué y comprometí al Rey mucho más de lo que tenía derecho a hacer) me sentí dominado por la hermosa y continué:
--Y también algo más que no poseo aún, pero que espero conquistar algún día.
De haber sido yo el Rey, la respuesta que recibí me hubiera parecido suficientemente animadora:
--¿No crees, primo, haber contraído hoy bastantes responsabilidades para un solo día?
El estampido de los cañones y el toque penetrante de las cornetas nos anunciaron que habíamos llegado al palacio. Nos esperaban guardias y lacayos formados en largas hileras; y dando la mano a la Princesa subí con ella la gran escalera del regio edificio, morada de mis antepasados, de la cual tomé posesión como Rey coronado. Me senté después a mi propia mesa, teniendo a mi derecha a la Princesa, al otro lado de ésta a Miguel el Negro y a mi izquierda al venerable cardenal. Detrás de mi sillón se hallaba el coronel Sarto, y al otro extremo de la mesa vi a Federico de Tarlein, quien, por cierto, apuró su primera copa de champaña algo antes de lo que en rigor se lo permitía la etiqueta.
No pude menos de preguntarme qué estaría haciendo en aquel momento el rey de Ruritania.
VI
EL SECRETO DE UN SÓTANO
Nos hallábamos en el gabinete del Rey, Federico de Tarlein, Sarto y yo. Me dejé caer rendido en un sillón de brazos. Sarto encendió su pipa y aunque no formuló la menor felicitación por el maravilloso éxito de nuestra descabellada tentativa, su aspecto revelaba claramente la satisfacción, de que estaba poseído. Cuanto a Tarlein, nuestro triunfo y algunas copas de buen vino habían hecho de él otro hombre.
--¡Qué recuerdo para usted el de este día!--exclamó.--Confieso que yo también quisiera ser Rey por doce horas. Pero cuidado, Raséndil, con tomar su papel muy por lo serio. No me admira que Miguel el Negro pareciese hoy más negro y tétrico que nunca, visto que usted y la Princesa parecían tener tantas cosas que decirse.
--¡Qué hermosa es!--exclamé.
--Prescindamos de ella--dijo Sarto.--¿Está usted pronto a partir?
--Sí--contesté con un suspiro.
Eran las cinco y a las doce volvería a convertirme en Rodolfo Raséndil, transformación a la cual me referí chanceándome.
--Y afortunado será usted--comentó Sarto,--si a las doce no es el _finado_ Roberto Raséndil. ¡Vive el cielo! No sentiré mi cabeza segura sobre los hombros mientras se halle usted en la ciudad. ¿Sabe usted, amigo Raséndil, que el duque Miguel ha recibido hoy noticias de Zenda? Se retiró a una habitación para leerlas a solas y al salir parecía aturdido.
--Estoy pronto--dije, sintiéndome menos dispuesto que nunca a prolongar mi permanencia en Estrelsau.
--Tengo que extender un permiso para que podamos salir de la ciudad--continuó Sarto, sentándose.--Miguel es Gobernador de la plaza, como ustedes saben y hay que esperar que no nos faltarán obstáculos. El documento tiene que firmarlo usted.
--Querido coronel, no he nacido para falsificador.
Sarto sacó un papel del bolsillo.