Chapter 11
Dechard, blasfemando, saltó hacia atrás, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que iba a hacer, dirigió su arma contra el Rey, que cayó lanzando un doloroso gemido. El ágil espadachín me hizo frente otra vez, pero al volverse resbaló en el charco de sangre inmediato al cadáver del médico, y cayó al suelo. Me lancé sobre él con la rapidez del rayo, y asiéndole por la garganta lo atravesé de parte a parte. El miserable cayó sobre el cuerpo de su víctima, lanzándome una maldición.
¿Había muerto el Rey? Mi primer pensamiento fue para él y corrí a su lado. Parecía cadáver; tenía una enorme herida en la frente y permanecía inmóvil, tendido en el suelo. Me arrodillé y apliqué el oído a su pecho; pero antes de que pudiera cerciorarme de su muerte oí el chirrido de las cadenas del puente al bajarlo, y un momento después descansaba en su lugar contra el muro, del lado del foso en que yo estaba. Iba, pues, a verme cogido en una trampa, y el Rey conmigo, si todavía estaba vivo. Tenía que abandonarlo a su suerte. Torné la espada y volví a la primera habitación. ¿Quién había echado el puente? ¿Habrían sido mis amigos? En tal caso todo iría bien. Mi mirada se dirigió a los revólvers y tomando uno de ellos me dirigí a la puerta de la escalera y escuché. Necesitaba también unos momentos de descanso. Rasgué la manga de mi camisa y con ella me vendé el brazo lo mejor posible. Escuché otra, vez; hubiera dado cuanto poseía por oír la voz de Sarto, porque me sentía débil, casi exánime y el bribón de Ruperto seguía suelto por el castillo. Pero comprendiendo que me sería más fácil defender la estrecha puerta situada en la parte superior de la escalera que la muy ancha que daba entrada a las celdas, subí los escalones casi arrastrándome y me detuve detrás de la puerta.
Lo primero que oí fue la risa burlona y altanera de Ruperto, risa extraña en aquellas circunstancias y en aquel lugar. Desde luego indicaba que no habían llegado mis amigos, pues de lo contrario hubieran despachado a Ruperto a tiros. ¡Y el reloj dio las dos y media! ¡Dios mío! ¿Sería posible que viendo la puerta cerrada y no hallándome a orillas del foso, hubiesen regresado a Tarlein con la noticia de la muerte del Rey y la mía? Muertes que por cierto parecían muy próximas, que ocurrirían probablemente antes de que Sarto y los suyos llegasen a Tarlein. ¿No lo anunciaba así la risa triunfante de Ruperto?
Permanecí algunos instantes anonadado, apoyándome contra la puerta. Luego me incorporé vivamente, porque Ruperto gritaba con despreciativo acento:
--¡Ea, venid! ¡Aquí está el puente! ¡A no ser que Miguel el Negro os lo prohiba, perros, para convertirse él mismo en campeón de su dama! ¡Vén a batirte por ella, Miguel!
Si la lucha había de ser entre tres bien podía yo tomar parte en ella, por malparado que estuviese. Di vuelta a la llave, entreabrí la puerta y miré.
XIX
CARA A CARA EN EL BOSQUE
Nada pude ver por el momento, porque la viva luz de las antorchas y linternas que brillaban al otro lado del puente me deslumbró. Pero no tardé en distinguir los detalles de aquella escena singular. El puente estaba echado. En su más lejano extremo, un grupo de servidores del Duque, dos o tres de los cuales llevaban las luces de que he hablado y los otros tres o cuatro estaban armados con largas picas dirigidas hacia adelante, en actitud defensiva. Formaban apretado grupo y la palidez de sus rostros denotaba la agitación de que estaban poseídos. La verdad es que contemplaban con espanto a un hombre, plantado en medio del puente, espada en mano. Era Ruperto Henzar, en mangas de camisa, ensangrentada ésta sobre el pecho; pero su aspecto resuelto y erguido cuerpo, me indicaron desde luego que estaba ileso o cuando más levísimamente herido. Allí se hallaba, cortando el paso del puente, retando a sus contrarios y al Duque mismo; al paso que aquéllos, sin armas de fuego, temblaban ante el denodado joven, sin osar atacarlo. Hablábanse en voz baja y tras ellos, apoyado contra el dintel de la puerta, vi a mi amigo Juan, que con un pañuelo procuraba restañar la sangre que manaba de una herida recibida en la mejilla.
Una casualidad providencial me hacía dueño de la situación. Aquellos cobardes no se atreverían conmigo más que con Ruperto; y en cuanto a éste, me bastaba alzar el brazo y de un disparo mandarlo al otro mundo a dar cuenta de sus crímenes. Ignoraba hasta mi presencia allí. Sin embargo, nada de eso hice. ¿Por qué? Nunca lo he sabido. Había ya dado muerte a un hombre, de noche y traidoramente, y a otro más bien por suerte que por maña. Pero a pesar de ser Ruperto tan gran villano, me repugnaba la idea de unirme a la turba que lo amenazaba para matarlo. Quizás fuese esta la causa. Por otra parte, me fascinaba la curiosidad, el vivo deseo de presenciar el fin de aquella escena.
--¡Miguel! ¡Perro! ¡Vén si te atreves!--gritaba Ruperto, avanzando un paso hacia el grupo de sus temblorosos enemigos.--¡Miguel! ¡bastardo!
La respuesta se la dio el agudo grito de una mujer.
--¡Muerto, Dios mío! ¡Ha muerto!
--¡Muerto!--vociferó Ruperto.--¡Ah, el golpe fue más certero de lo que yo creía!--y lanzó una carcajada triunfante.--¡Abajo esas armas, vosotros! ¡Ahora soy vuestro amo! ¡Abajo, digo!
Creo que le hubieran obedecido, a no haberse elevado en aquel preciso momento súbito y lejano rumor, como de gritos y golpes dados al lado opuesto del castillo. El corazón me saltó en el pecho. Era sin duda mi gente, que por fortuna desobedecía mis órdenes y venía en mi busca. Las voces continuaban, pero la atención de todos los presentes se fijó por entonces en una aparición inesperada. El grupo de soldados del Duque se abrió para dar paso a una mujer que se adelantaba vacilante. Era Antonieta de Maubán, vistiendo blanca y holgada bata, suelto a la espalda el negro cabello, pálido el rostro y cuyos ojos brillaban amenazadores a la luz de las antorchas. Su trémula mano empuñaba un revólver y adelantándose por el puente apuntó a Ruperto y disparó. La baja vino a estrellarse en el muro, a alguna distancia de mi cabeza.
--¡Ah, señora!--exclamó Ruperto riéndose.--¡Si sus ojos no fueran más mortíferos que su revólver, no me vería yo en este lance, ni Miguel, a estas horas, en el infierno!
Antonieta, sin dedicar la menor atención a aquellas palabras, hizo un poderoso esfuerzo y logró permanecer inmóvil, rígida. Después levantó el arma lentamente y apuntó con calma.
Esperar allí hubiera sido una locura por parte de Ruperto. Tenía que lanzarse sobre ella, corriendo el riesgo de recibir un balazo, o retroceder hacia mí. Por mi parte le apunté también.
Pero no hizo una cosa ni otra. Antes de que ella hubiera asegurado la puntería, saludó graciosamente y gritó: «¡No puedo matar a la que he besado!» y sin que Antonieta o yo pudiéramos impedírselo, apoyó la mano sobre la barandilla del puente y saltó ligeramente al foso.
En aquel mismo instante oí pasos precipitados y la voz de Sarto que decía: «¡Dios eterno, es el Duque! ¡Muerto!» Comprendí entonces que el Rey no me necesitaba ya, y arrojando al suelo mi revólver corrí hacia el puente. Oí gritos de sorpresa: «¡El Rey, el Rey!» pero imitando a Ruperto Henzar salté al foso, espada en mano, resuelto a terminar de una vez mi contienda con él. A quince varas de distancia, sobre el agua, veía su rizada cabeza.
Nadaba rápidamente, y sin esfuerzo, al paso que yo, cansado y resentido de mi herida, no podría alcanzarle. Nadé algún tiempo en silencio, pero al verle doblar el ángulo del castillo, le grité:
--¡Alto, Ruperto!
Dirigió una mirada atrás, pero siguió nadando. Habíase acercado a la alta orilla y comprendí que buscaba lugar favorable para tomar tierra. No lo había, pero me acordé de mi cuerda, que probablemente colgaría donde yo la había dejado horas antes. Mientras él exploraba el terreno me le acerqué bastante, pero de pronto le oí lanzar una exclamación de alegría y comprendí que había descubierto la cuerda.
Empezó a subir por ella y tan cerca estaba yo que le oí murmurar: «¿Cómo demonios ha venido esto aquí?» Llegué a la cuerda y él me vio, suspendido como estaba, pero no pude alcanzarle.
--¿Quién va?--preguntó sobresaltado.
Creo que a primera vista me tomó por el Rey y no lo extrañé porque mi palidez contribuía al engaño; pero muy pronto exclamó:
--¡Calla, si es el comiquillo! ¿Qué hace usted por aquí?
Diciendo esto llegó a la orilla. Yo tenía asida la cuerda, pero me detuve. Ruperto se hallaba en terreno firme, con la espada en la mano y nada más fácil que hendirme de un tajo la cabeza o atravesarme de una estocada si me arriesgaba a subir. Solté la cuerda.
--No importa--dije;--lo esencial es que aquí estoy y aquí me quedo.
Me miró sonriéndose.
--El diablo son las mujeres...--empezó a decir, cuándo se oyó la gran campana del castillo que tocaba a rebato, y fuertes gritos que parecían salir del foso.
Ruperto volvió a sonreírse y me hizo un saludo de despedida con la mano.
--Mucho hubiera deseado habérmelas con usted--dijo,--pero la cosa se pone fea; y desapareció de mi vista.
En un instante, sin pensar en el peligro, subí por la cuerda. Le vi a treinta varas de distancia, corriendo como un gamo en dirección al bosque. Era la primera vez que Ruperto se mostraba más prudente que animoso. Corrí tras él, gritándole que se detuviese, pero no me hizo caso. Ileso y ágil ganaba terreno a cada paso; pero yo, olvidado de todo, excepto del deseo de vengarme, seguí sus huellas y muy pronto desaparecimos ambos en el bosque de Zenda.
Eran las tres de la mañana y empezaba a despuntar el día. Me hallaba en una avenida larga y recta, cubierta de césped y a cien varas de distancia corría Ruperto, flotante al viento el rizado cabello. Me sentía rendido y respiraba fatigosamente; le ví volver el rostro y saludarme otra vez con la mano. Se burlaba de mí, porque veía que me era imposible alcanzarle. Tuve que detenerme para respirar y un momento después Henzar torció rápidamente a la derecha y desapareció.
Creí que todo había terminado y me dejé caer abatido sobre la hierba. Pero eché a correr de nuevo en seguida, porque oí salir del bosque el grito de una mujer. Haciendo un esfuerzo supremo llegué al lugar donde Ruperto había cambiado de rumbo, e imitándole, volví a verle, en compañía de una muchacha, a la que obligaba a bajar del caballo que montaba. Ella era sin duda la que había lanzado aquel grito. Parecía una campesina y llevaba una cesta pendiente del brazo. Probablemente se dirigía al mercado de Zenda. El caballo era fuerte y de buena estampa. El truhán de Ruperto la posó en tierra sin hacer caso de sus gritos, pero sin violencia; al contrario, la besó riéndose y le dio dinero. Después montó de un salto, a mujeriegas, y me esperó. Yo me detuve y le esperé a mi vez.
Dirigió su caballo hacia mí, pero lo detuvo a corta distancia y alzando la mano preguntó:
--¿Qué ha hecho usted en el castillo?
--He matado a sus tres amigos--respondí.
--¡Cómo! ¿Bajó usted a la prisión?
--Sí.
--¿Y el Rey?
--Fue herido por Dechard, a quien di muerte, y espero que el Rey viva.
--¡Necio!--exclamó Ruperto jovialmente.
--Otra cosa hice.
--¿Y fue?
--Perdonarle a usted la vida. Me hallaba detrás de usted en el puente, revólver en mano.
--¡Digo! ¡Pues estuve entre dos fuegos!
--¡Apéese usted--le grité,--y luche como un hombre!
--¿En presencia de una dama?--dijo señalando a la muchacha.--¡Qué cosas tiene Vuestra Majestad!
Entonces, furioso, sin saber lo que hacía, corrí hacia él. Pareció vacilar un instante, pero después refrenó el caballo y me esperó. Continué mi carrera, enloquecido, así las riendas y le dirigí una estocada, que paró, devolviéndome el golpe. Retrocedí un paso y renové el ataque, pero aquella vez le abrí la mejilla y salté atrás antes de que él pudiera alcanzarme. Parecía desconcertado por la violencia de mi ataque, pues de lo contrario creo que hubiera acabado conmigo. Caí sobre una rodilla, jadeante, esperando verme atropellado por su caballo. Así hubiera sucedido indudablemente, pero en aquel instante resonó un grito a nuestras espaldas y volviéndome vi a un jinete que acababa de dejar la avenida y galopaba por el sendero, revólver en mano. Era Federico Tarlein, mi fiel amigo. Ruperto lo reconoció también, y comprendió que había perdido la partida. Tomó la debida posición en la silla, pero todavía se detuvo un momento, para decirme con su eterna sonrisa:
--¡Hasta la vista, Rodolfo Raséndil!
Después, sangrándole la mejilla, pero apuesto y gallardo siempre, moviéndose en la silla con la facilidad y maestría de costumbre, me saludó; se inclinó también hacia la joven campesina, que se había acercado fascinada; y con un ademán se despidió a su vez de Tarlein, que habiéndose puesto a tiro levantó el revólver y disparó. La bala estuvo a punto de acabar con Ruperto, porque le hizo pedazos el puño de la espada que en la diestra tenía. Soltó el arma, sacudiendo los dedos, golpeó los costados del caballo con los talones y lanzando una blasfemia, partió al galope.
Le miré alejarse de la larga avenida, con tanta soltura como si se tratase de un paseo a caballo, como si no fuera desangrándose por sus heridas.
Todavía se volvió una vez más para saludarnos con la mano, y se ocultó a nuestra vista, indomable y airoso como siempre, tan valiente como perverso. Y yo arrojé al suelo mi espada y supliqué a Tarlein que lo persiguiese. Pero lejos de eso detuvo su caballo, desmontó y corriendo hacia mí me abrazó estrechamente. A tiempo llegaba, porque la herida que recibí en la lucha con Dechard había vuelto a abrirse y la sangre corría abundante, formando roja mancha en el suelo.
--¡Pues entonces déme usted su caballo!--grité, apartándolo de mí.--Di algunos pasos hacia el caballo, tambaleándome, y caí de bruces. Tarlein se arrodilló a mi lado.
--¡Federico!--dije.
--Sí, amigo mío, amigo querido--me contestó con la dulzura de una mujer.
--¿Vive el Rey?
Sacó su pañuelo, limpió con él mis labios y me besó en la frente.
--¡Si, vive, gracias al más valiente caballero que he conocido!--contestó en voz baja.
La pobre campesina seguía allí, llorosa y sorprendida, porque me había visto en Zenda y creía que el Rey yacía pálido y ensangrentado a sus pies.
Al oír aquellas palabras de Tarlein quise gritar:
«¡Viva el Rey!» pero no pude, y recliné la cabeza en los brazos de mi amigo, lanzando un gemido; mas temeroso de que él interpretase mal mi silencio, volví a abrir los ojos y procuré articular aquellas palabras: «¡Viva!...» ¡Imposible! Mortalmente cansado, transido de frío, me cobijé en brazos de Tarlein, cerré los ojos y quedé desvanecido.
XX
EL PRISIONERO Y EL REY
Para que se comprenda bien lo ocurrido en el castillo de Zenda, tengo que completar el relato de lo que yo en persona vi e hice aquella noche con una breve reseña de lo que más tarde supe por Tarlein y la señora de Maubán. Esta me explicó por qué el grito que yo le había mandado dar como señal se había convertido de estratagema en siniestra realidad y oídose mucho antes de la hora convenida; grito que por un momento apareció ser la ruina de todas nuestras esperanzas, pero que vino a favorecerlas en definitiva. La desgraciada mujer, impulsada, según creo, por verdadero afecto al duque de Estrelsau, no menos que por la brillante perspectiva ofrecida a su ambición, había seguido al Duque, a petición de éste, de París a Ruritania. Era Miguel hombre de violentas pasiones, pero de voluntad más poderosa todavía. Con frío egoísmo lo tomó todo sin dar cosa alguna en cambio, y Antonieta no tardó en descubrir que tenía una rival en la princesa Flavia; desesperada, no reparó en medios para conservar el amor del Duque. Al propio tiempo se vio mezclada en las audaces maquinaciones de éste. Resuelta a no abandonarlo, unida a él por los lazos de su impura pasión y por sus propias esperanzas, no quiso, sin embargo, servirle de pretexto para llevarme a la muerte. De aquí las cartas que me había escrito revelándome el peligro. No pretenderé averiguar si las líneas dirigidas a Flavia las habían dictado el afecto o el odio, la compasión o los celos: pero nos fueron también de gran servicio. Cuando el Duque fue a Zenda ella le acompañó; y allí pudo comprender por primera vez la crueldad de Miguel en toda su extensión y se apiadó su alma del desgraciado Rey. Desde aquel instante estuvo de nuestra parte. Pero por lo que ella misma me dijo comprendo que, mujer al fin, seguía queriendo al Duque y esperaba obtener del Rey la vida de aquél, cuando no su perdón, en recompensa de sus propios servicios a nuestra causa. No deseaba el triunfo de Miguel, abominaba su crimen y mucho más el premio que con él se proponía alcanzar el Duque, la mano de su prima, la princesa Flavia.
Otros elementos que figuraron en el drama de Zenda fueron el libertinaje y la audacia de Ruperto. Quizás se sintió atraído por la belleza de Antonieta; quizás le bastara saber que ésta pertenecía a otro hombre y le odiaba a él. Por muchos días habían menudeado los conflictos y las discusiones entre Miguel y Ruperto, acrecentándose su odio, y la reyerta que yo presencié entre ellos en la habitación del Duque no fue más que una de tantas. Cuando revelé a la señora de Maubán las ofertas que me había hecho Ruperto, no se mostró admirada; ella misma había aconsejado a Miguel que desconfiase de Ruperto, aun en los momentos en que me escribía rogándome que la rescatase del poder de ambos. Aquella noche resolvió Ruperto realizar sus inicuos designios y proporcionándose una llave de la habitación de Antonieta, la había sorprendido en ella. Sus gritos atrajeron al Duque, lucharon ambos en la obscuridad, dio Ruperto un golpe mortal a su señor y al precipitarse los criados en la habitación, escapó él por la ventana, como dejo referido. Ignorando la muerte del Duque, había regresado al puente para renovar el combate. No sé lo que se propondría hacer con los otros tres secuaces de Miguel y cómplices suyos, pero creo que no había formado plan alguno, porque la muerte del Duque fue impremeditada por su parte. Sola Antonieta con el herido, procuró restañar la sangre, pero inútilmente; y habiendo expirado el Duque poco después, oyó ella las voces de reto de Ruperto y acudió a castigarlo y vengarse. A mí no me vio hasta que me lancé al foso, en persecución de nuestro común enemigo.
En aquel instante entraron mis amigos en escena. Habían llegado al castillo nuevo a la hora convenida, y esperaron cerca de la puerta, que no se abrió porque Juan se vio arrastrado con los otros en auxilio del Duque; es más, deseoso de disipar toda sospecha, se había distinguido muy especialmente atacando a Ruperto en persona, lo que le había valido una estocada de éste. Sarto esperó hasta cerca de las dos y media, y después, en cumplimiento de mis órdenes, había enviado a Tarlein a buscarme por las cercanías del foso. No hallándome, habían conferenciado ambos, proponiendo Sarto seguir al pie de la letra mis instrucciones y regresar a escape a Tarlein; pero el buen Federico se negó rotundamente a abandonarme, cualesquiera que fuesen las órdenes recibidas. Discutieron algunos minutos, cedió Sarto, envió un destacamento mandado por Berstein al palacio de Tarlein en busca del general Estrakenz, y el resto de la fuerza atacó furiosamente la gran puerta del castillo. Resistióles ésta unos quince minutos y cayó por fin, en el momento mismo en que Antonieta disparaba su revólver contra Ruperto. Sarto y ocho de sus soldados se precipitaron en el castillo; la primera habitación a que llegaron fue la de Miguel, que yacía tendido en el suelo, atravesado de una estocada. Entonces lanzó Sarto el grito que yo había oído: «¡El Duque ha muerto!» y atacó a los servidores de Miguel, que aterrorizados se rindieron a discreción. Antonieta se arrojó sollozando a los pies de Sarto, a quien sólo pudo decir que me había visto lanzarme al agua desde el otro extremo del puente.
--¿Y el prisionero?--le preguntó el coronel.
Pero ella se limitó a mover negativamente la cabeza, y Sarto, Federico y sus acompañantes cruzaron en silencio el puente, hasta tropezar con el cadáver de De Gautet.
Escucharon ávidamente, pero ningún rumor llegó hasta ellos desde las celdas, lo que les hizo temer que el Rey había sido asesinado por sus guardianes y su cuerpo arrojado al foso, escapando aquéllos a su vez por la «Escala de Jacob.» Sin embargo, el hecho de haber sido visto ya cerca de allí les infundía alguna esperanza (así me lo dijo el buen Tarlein); por lo que volviendo a la habitación de Miguel, en la que estaba orando Antonieta, hallaron un manojo de llaves y entre ellas la de la puerta de la prisión que yo había cerrado tras mí al salir. Abrieron; la escalera estaba a obscuras y al principio no quisieron encender una antorcha, temiendo servir de blanco a sus enemigos. Pero no tardó en exclamar Federico: «¡La puerta está abierta! ¡Y hay luz en la celda!» Bajaron resueltamente y en la primera celda sólo hallaron el cadáver de Bersonín, lo que les impulsó a dar gracias a Dios, exclamando Sarto: «¡No hay duda! ¡Raséndil ha pasado por aquí!»
Precipitándose después en la inmediata estancia, vieron el cuerpo exánime de Dechard sobre el del médico y a pocos pasos el del Rey, tendido de espaldas, junto a su derribada silla. «¡Muerto!» exclamó Tarlein; y Sarto los hizo salir a todos, excepto Tarlein, y arrodillándose junto al Rey no tardó en descubrir que vivía y que con solícitos cuidados su salvación era segura. Le cubrieron el rostro, lo transportaron a la habitación de Miguel, en cuyo lecho lo pusieron y Antonieta suspendió sus preces para bañar la ensangrentada frente del Rey y vendar sus heridas, en tanto llegaba un médico. Y Sarto, convencido más que nunca de mi reciente presencia allí y habiendo oído el relato de Antonieta, envió a Tarlein en mi busca, por foso y bosque. Federico halló primero mi caballo, tembló por mi suerte y me descubrió al fin, guiado por el grito con que yo había retado a Ruperto. Su gozo fue tan intenso como si de su propio hermano se tratara, y en su cariño y ansiedad por mí, desdeñó cosa tan importante como la muerte de Ruperto Henzar. Sin embargo, yo hubiera sentido no haberlo castigado por mi propia mano.
Una vez realizado tan felizmente el rescate del Rey, le tocaba a Sarto ocultar a todos el cautiverio de éste. Antonieta de Maubán y Juan el guardabosque (bastante malparado este último por el momento para andar en chismes) habían jurado guardar secreto; y Tarlein se había adelantado en busca, no del Rey, sino del ignorado amigo del monarca que se había aparecido por un momento en el puente, ante los sorprendidos servidores del Duque. Se había verificado la sustitución, y el Rey, herido gravemente, según a todos se dijo, por los carceleros que tenían cautivo a uno de sus fieles amigos, había vencido por fin y se hallaba en la habitación de Miguel el Negro. Allí lo habían conducido, cubierto el rostro, desde su prisión subterránea y allí se había dado orden de llevarme sigilosamente tan luego me encontrasen. También se despachó un mensajero al palacio de Tarlein, con encargo de anunciar al general Estrakenz y a la Princesa, que el Rey se hallaba en salvo y deseaba conferenciar con el General sin pérdida de momento. Cuanto a Flavia, debía permanecer en Tarlein hasta que el Rey le enviase nuevas instrucciones. Así había preparado Sarto las cosas mientras se reponía un tanto el Rey, después de haber escapado casi por milagro de las asechanzas de su inicuo hermano.