El prisionero de Zenda

Chapter 10

Chapter 104,173 wordsPublic domain

He aquí mi plan. Una numerosa fuerza mandada por Sarto se dirigiría sigilosamente a la puerta principal del castillo nuevo. Si se viese descubierta, la consigna sería matar a cuantos hallasen a su paso, empleando exclusivamente el arma blanca. Si no se presentase obstáculo imprevisto, Sarto y su gente se hallarían a la puerta al abrirla Juan. Suponiendo que su sola presencia y el nombre del Rey no bastasen para someter a los servidores del castillo, habría que apoderarse de ellos a la fuerza. Al mismo tiempo (y de esto dependía principalmente el buen éxito de mi plan) Antonieta de Maubán prorrumpiría en agudos gritos, pidiendo auxilio al Duque y alternando con el nombre de éste el de Ruperto Henzar. Mi esperanza estribaba en que el Duque saliese furioso de sus habitaciones, situadas al lado opuesto de las de Antonieta y cayese vivo en manos de Sarto. Continuarían los gritos, mi gente bajaría el puente levadizo y extraño sería que Ruperto, al oír su nombre a voces en tales circunstancias, no bajase de su cuarto y procurase cruzar el puente. Cuanto a De Gautet, su presencia dependía del azar.

Tan luego Ruperto pusiese el pie en el puente empezaría mi papel. Contaba yo tomar otro baño en el foso, llevando conmigo una pequeña escala que me serviría en primer lugar para esperar con relativa comodidad, poniendo la escala contra el muro y apoyando en ella manos y pies mientras estuviese en el agua. Llegada la hora, subiría por la escala al puente y de mí dependería que ni Henzar ni De Gautet lo cruzasen con vida. Muertos éstos quedarían tan sólo dos de los Seis, con los cuales esperaba acabar también a favor de la confusión y de una violenta acometida. Si ambos obedeciesen las órdenes recibidas del Duque, la vida del Rey dependería de la rapidez con que pudiésemos forzar la puerta exterior; y me felicito al pensar que Dechard y no Ruperto era el encargado de la guardia nocturna del Rey. Aunque Dechard tenía serenidad y valor, carecía del ímpetu y la osadía increíble de Henzar. También contaba yo con que, siendo Dechard el único entre ellos verdaderamente adicto al Duque, dejase solo a Bersonín guardando al Rey y se precipitase hacia el puente para tomar parte en la lucha al lado opuesto.

Tal era mi plan, verdaderamente desesperado. Para engañar al enemigo dispuse que aquella noche iluminasen vivamente todas las habitaciones de mi residencia, como si diera en ella una gran fiesta, congregando al efecto a muchos de nuestros amigos y mandando que la música tocase toda la noche. Estrakenz era uno de los que debían de hallarse allí, con encargo de hacer todo lo posible para que la Princesa no notase mi partida. Le ordené que si a la mañana siguiente no estuviésemos de regreso, se pusiese en marcha hacia el castillo con todas sus fuerzas y exigiese públicamente la entrega del Rey. Si Miguel el Negro no estuviese allí, el General llevaría a la Princesa a Estrelsau, para proclamar la traición de Miguel y la muerte probable del Rey, congregando en torno de Flavia a los mejores elementos del Reino. A decir verdad, esto era precisamente lo que yo esperaba que sucedería.

En mi opinión, ni al Rey, ni a Miguel ni a mí nos quedaba más que un día de vida. Me resignaba a morir, sobre todo si conmigo moría también Miguel el Negro y si por mi propia mano libraba a Ruritania de Ruperto Henzar, ya que no pudiese salvar la vida del Rey.

Nuestra conferencia terminó bastante tarde y pasé a las habitaciones de la Princesa. Se mostró algo pensativa, pero al despedirnos me abrazó cariñosamente, a la vez que deslizó una sortija en mi dedo. Usaba yo el anillo del Rey, pero tenía puesto también uno más pequeño, de oro liso, con la leyenda de las armas de mi familia: _Nil Quæ Feci_. Me lo quité y poniéndolo en el dedo de Flavia, le indiqué con un ademán que me permitiese retirarme. Comprendió, y apartándose un tanto me miró con los ojos llenos de lágrimas.

--Lleva puesto ese anillo aunque uses otro cuando seas Reina--le dije.

--Use o no otros, llevaré éste mientras viva y aun después de muerta--dijo besándolo.

XVII

A MEDIA NOCHE

Llegó la noche hermosa y clara, aunque yo la hubiera preferido tan obscura y tormentosa como la que protegió mi primera expedición, pero la fortuna no quiso mostrárseme favorable. No obstante, contaba deslizarme lo más cerca posible al muro, para no ser visto desde las ventanas del castillo nuevo que daban a la parte del foso por donde me proponía escalar el puente. Por Juan supe que habían fijado sólidamente al muro la «Escala de Jacob,» de tal suerte, que sólo empleando substancias explosivas o atacándola a golpes de pico hubiera sido posible moverla de su sitio y el estrépito producido por tales medios hubiera advertido en seguida a los del castillo. Pero esa nueva precaución había de serme favorable, porque confiados en ella no vigilarían tanto el foso. Aun suponiendo que Juan me hiciese traición, ignoraba aquella parte de mi plan y sin duda esperaba verme atacar la puerta principal a la cabeza de mi gente. Allí--como le dije a Sarto,--estaba el verdadero peligro.

--Y allí--agregué,--se hallará usted. ¿Todavía no está usted satisfecho?

No, no lo estaba. Lo que él quería era acompañarme, a lo cual me negué terminantemente. Un hombre solo podía acercarse sin ser visto; con dos el riesgo hubiera sido mucho mayor, y cuando me dijo que mi vida era demasiado preciosa para arriesgarla solo, le mandé guardar silencio, asegurándole que si el Rey no escapase con vida aquella noche tampoco viviría yo.

La columna mandada por Sarto salió de Tarlein a media noche y tomó por la derecha un camino poco frecuentado que no pasaba por el pueblo de Zenda. Si no ocurría tropiezo alguno, la columna debía de hallarse frente al castillo a las dos menos cuarto, y tenía orden de dejar los caballos a buena distancia de la fortaleza, en un punto convenido de antemano, acercarse después cautelosamente a la entrada y esperar que Juan abriese la puerta. Si a las dos permaneciese cerrada, Sarto mandaría a Tarlein a reunirse conmigo al otro lado del castillo, y suponiendo que yo viviese todavía, decidiríamos entonces si convenía o no intentar un asalto decisivo. Si Tarlein no me hallase, él y Sarto deberían de regresar con su gente a Tarlein a toda prisa, llamar al General y con éste y todas las fuerzas disponibles atacar abiertamente el castillo. Mi ausencia significaría que yo había muerto y sabía que en tal caso el Rey no me sobreviviría cinco minutos.

Dejando por el momento a Sarto y su gente, referiré lo que hice por mi parte aquella memorable noche. Salí del palacio de Tarlein montando el mismo vigoroso caballo en que regresé del pabellón de caza a Estrelsau el día de la coronación. Iba armado con revólver y espada y envuelto en amplia capa, bajo la cual llevaba ceñido y abrigado traje de lana, gruesas medias y ligero calzado de lona, como lo requería mi plan. Había tomado la precaución de frotarme bien todo el cuerpo con aceite y de llevar conmigo un frasco de licor, para contrarrestar en lo posible los efectos de mi prolongada inmersión. También me enrollé a la cintura una cuerda delgada y sólida y no olvidé la escala. Salí después de Sarto y tomé el camino más corto de la izquierda, que a las doce y media me llevó al lindero del bosque. Até mi caballo en el centro de espeso grupo de árboles, dejando mi revólver en la pistolera porque me hubiera sido inútil, y escala en mano me dirigí a la orilla del foso, donde até sólidamente la cuerda a un árbol cercano y asiéndola me deslicé en el agua. El reloj de la torre dio la una cuando empecé a nadar lo más cerca posible al muro del castillo y empujando ante mí la escala. Llegado al cilindro por donde pensaban arrojar el cadáver del Rey, sentí bajo mis pies el reborde que allí formaban los cimientos; y haciendo pie me incliné bajo el enorme tubo, traté en vano de moverlo y esperé. Recuerdo que en aquellos momentos pareció disiparse toda mi ansiedad por el Rey y aun mi amor a Flavia, para no pensar más que en una cosa: el deseo vivísimo de fumar. Deseo que, como se comprenderá, me fue imposible satisfacer.

Apoyado de espaldas en el muro de la prisión del Rey, divisaba en lo alto a unas diez varas a mi derecha la armazón elegante y ligera del puente levadizo. Dos varas más acá y casi al mismo nivel del puente vi una ventana que, según los informes de Juan, pertenecía a la habitación del Duque. La ventana correspondiente al otro lado, era sin duda la de Antonieta. Temía vivamente que ésta olvidase mis instrucciones y el ataque nocturno de que debía de fingirse víctima a las dos en punto. Me reía al pensar en el papel que había destinado a Ruperto Henzar, pero tenía con éste una cuenta pendiente y todavía me dolía la puñalada que me había dado en el hombro a traición y con sin igual audacia, en presencia de todos mis amigos, en la terraza del palacio de Tarlein.

De repente se iluminó la habitación del Duque, cuyas mal cerradas persianas me permitieron ver en parte el interior de la misma, poniéndome de puntillas sobre la sumergida roca. Luego se abrieron las persianas por completo y distinguí el gracioso contorno de Antonieta de Maubán, destacándose con toda precisión en la viva luz del cuarto. Anhelaba decirle muy quedo: «¡Acuérdese usted!» pero no me atreví, y fue fortuna, porque muy pronto apareció a su lado un hombre, que trató de enlazar con su brazo el talle de la dama. Apartóse ésta rápidamente y oí la risa burlona de su compañero. Era Ruperto, que inclinándose hacia ella murmuró algunas palabras. Antonieta extendió la mano hacia el foso y dijo, con voz resuelta:

--¡Antes me arrojaría por esta ventana!

Ruperto se asomó y volviéndose después hacia ella, dijo:

--¡Vamos, Antonieta, usted se chancea! ¿Es posible? ¡Por Dios, qué dice usted!

No obtuvo respuesta, o por lo menos nada oí; Ruperto golpeó varias veces el repecho de la ventana y continuó:

--¡El diablo cargue con el Duque! ¿No le basta la Princesa? Y usted misma ¿qué atractivos halla en él?

--Si yo le repitiera lo que usted dice...

--Repítaselo usted en buena hora--dijo Ruperto con la mayor indiferencia;--y viendola desprevenida, se le acercó de un salto y la besó, echándose después a reír y exclamando:

--¡Ahora tiene usted algo más que contarle!

De haber tenido mi revólver, la tentación hubiera sido quizás demasiado fuerte, pero desarmado como estaba, agregué aquel nuevo desmán a la cuenta que tenía pendiente con Ruperto.

--Y eso que al Duque--continuó,--maldito lo que se le importa. Está loco por la Princesa y no habla más que de cortarle el pescuezo al coquillo.

Bueno era saberlo.

--Y si yo le hago ese servicio ¿sabe usted lo que me ofrece?

La pobre mujer elevó ambas manos sobre su cabeza, no sé si suplicante o desesperada.

--Pero no me gusta esperar--dijo Ruperto; y comprendí que iba a poner de nuevo sus manos sobre Antonieta, cuando oí el ruido que hacía una puerta al abrirse dentro de la habitación, y una voz que decía ásperamente:

--¿Qué hace usted aquí, señor mío?

Ruperto volvió la espalda a la ventana, saludó y dijo con su voz fuerte y alegre de siempre:

--Pues estoy tratando de excusar la ausencia de Vuestra Alteza. ¿Podía dejar sola a esta señora?

El Duque se adelantó, asió a Ruperto por el brazo y señalando la ventana, exclamó:

--¡En el foso hay lugar para otros además del Rey!

--¿Me amenaza Vuestra Alteza?--preguntó el joven.

--Una amenaza es más de lo que muchos obtienen de mí--replicó Miguel.

--Lo cual no impide que Raséndil, a pesar de tantas amenazas, siga vivo.

--¿Soy yo acaso responsable de las torpezas de los que me sirven?

--En cambio Vuestra Alteza no corre el riesgo de cometer torpezas--replicó Ruperto con sorna.

No podía decírsele más claro a Miguel que evitaba el peligro. Gran dominio debía de tener sobre sí mismo, porque le oí contestar con calma:

--¡Basta ya! No disputemos, Ruperto. ¿Están en sus puestos Dechard y Bersonín?

--Sí, señor.

--No le necesito a usted por ahora.

--No estoy fatigado...

--Sírvase usted dejarnos--ordenó impaciete Miguel.--Dentro de diez minutos quedará retirado el puente levadizo y supongo que no querrá usted regresar a nado a su cuarto.

Desapareció la silueta de Henzar y oí la puerta que se cerraba tras él. Antonieta y Miguel quedaron solos y noté con pesar que el último cerraba la ventana. Todavía los vi hablar unos momentos, Antonieta movió la cabeza negativamente y el Duque se apartó de ella con ademán impaciente. Perdí de vista a la dama, volví a oír la puerta que le daba paso y el Duque cerró las persianas.

--¡De Gautet! ¡Eh, De Gautet!--llamó una voz desde el puente.--¡Despacha, hombre, si no quieres tomar un baño antes de meterte en cama!

Era la voz de Ruperto y momentos después él y De Gautet dándose el brazo cruzaban el puente. Llegados al centro de éste, Ruperto detuvo a su compañero, se inclinó, mirando hacía el foso, y yo me oculté prontamente tras la «Escala de Jacob.»

Entonces Henzar se divirtió a su modo. Tomó de manos de su amigo una botella que éste llevaba, la aplicó a sus labios y arrojándola furioso al agua exclamó:

--¡Apenas una gota!

A juzgar por el sonido y por los círculos trazados en el agua, la botella cayó muy cerca del tubo que me ocultaba a menos de una vara. Y Ruperto, sacando el revólver, la convirtió en blanco de sus disparos. Los dos primeros no le acertaron, pero dieron en el tubo, y el tercero rompió la botella en mil pedazos. Supuse que con aquello se daría por satisfecho, pero siguió disparando contra el tubo hasta vaciar su arma, el último de cuyos proyectiles me rozó los cabellos.

--¡Ah del puente!--gritó una voz con gran regocijo mío.

--¡Un momento!--exclamaron Ruperto y De Gautet, echando a correr.

Retirado el puente, todo quedó tranquilo. El reloj dio la una y cuarto, y yo me desperecé, bostezando.

Habían transcurrido diez minutos, cuando oí un ligero ruido a mi derecha. Miré por encima del tubo y vi una sombra, la vaga silueta de un hombre, en la puerta que daba al puente. Reconocí la gallarda apostura de Ruperto. Tenía una espada en la mano y permaneció inmóvil algunos momentos. Me pregunté alarmado qué nueva maldad meditaba aquel bribón. Le oí reírse con sorna, como solía, y le vi volver de cara al muro, dar un paso hacia mí, y luego, con gran sorpresa por mi parte, empezó a bajar por al muro mismo. Comprendí que en éste había peldaños, ya cortados en la piedra, ya clavados de trecho en trecho entre los sillares. Ruperto, llegó por fin al último y poniendo su espada entre los dientes se deslizó en el agua sin hacer el menor ruido. Tratándose sólo de exponer mi vida, le hubiera salido al encuentro sin vacilación alguna; con verdadero placer hubiera saldado allí nuestras cuentas, cara a cara y espada en mano, sin testigos, en la soledad de aquella hermosa noche. Pero ¿qué sería entonces del Rey? Me dominé y seguí espiando sus movimientos con creciente interés.

Nadó pausadamente hasta llegar al lado opuesto; el muro tenía también allí peldaños, por los cuales subió hasta verse en la otra parte que también daba al puente, la cual abrió con una llave que le vi sacar del bolsillo. Después desapareció sin que la entornada o cerrada puerta hiciera el más pequeño ruido.

Abandonando mi escala, pues era evidente que ya no la necesitaba, nade hacia el puente, escalé la mitad del muro y allí me detuve, espada en mano, escuchando atentamente. La ventana del Duque estaba cerrada, y la habitación, al parecer en profunda obscuridad. En la de Antonieta había luz. Nada interrumpió el silencio de la noche, hasta que dio la una y media en el gran reloj de la torre.

Evidentemente no era yo el único que conspiraba aquella noche en el castillo.

XVIII

GOLPE DE MANO

La situación en que me hallaba no era por cierto muy favorable para entrar en hondas meditaciones. Sin embargo, no dejé de reconocer y decirme que el nuevo proyecto de Henzar, por infame que fuese, significaba una ventaja para mí; la de situarlo al lado opuesto del foso, separado por lo tanto del Rey. No sería culpa mía si lograba regresar a la otra orilla. Los restantes con quienes tenía que habérmelas eran tres: dos de guardia y De Gautet dormido. ¡Ah, si hubiera tenido las llaves en mi poder! Con ellas lo hubiera arriesgado todo y atacado a Dechard y Bersonín antes de que sus secuaces pudieran acudir en su auxilio. Pero, por lo pronto, me veía forzado a esperar que la llegada de mi gente llamase la atención de los que tenían las llaves, o de algunos de ellos, induciéndoles a cruzar el puente y ponerse a mi alcance. Esperé cinco minutos más que me parecieron media hora, y entonces empezó el próximo acto en aquel drama de tan inesperadas cuanto rápidas escenas.

Todo estaba tranquilo en la opuesta orilla. La habitación del Duque seguía cerrada y obscura, pero en la ventana de Antonieta se veía el reflejo de la luz que brillaba en su cuarto. Entonces oí el leve rumor, apenas perceptible. Provenía del otro lado de la puerta que daba paso al puente, y no tardé en oír también el ruido de una llave cuidadosamente introducida en la cerradura. ¿Qué puerta era aquélla? Imaginábame a Henzar con la espada en una mano, la llave en la otra y en los labios su cínica sonrisa, pero no conocía con certeza sus designios.

Pronto salí de dudas. A los pocos momentos, mucho antes de que mis amigos llegasen a la puerta del castillo y antes también de que Juan pensase en abrirla, se oyó un gran estrépito en la habitación iluminada, como si la lámpara hubiese sido arrojada violentamente al suelo y desapareció la luz que salía por la ventana. Al mismo tiempo partió de la habitación un grito penetrante: «¡Socorro, Miguel! ¡Socorro!;» y a estas voces siguieron otros gritos desesperados que revelaban indecible terror.

Presa de mortal angustia, permanecía yo en el más alto peldaño, asido al quicio de la puerta con una mano y sosteniendo en la otra la espada. De repente noté que el arco de entrada era más ancho que el puente y formaba un obscuro ángulo, en el que me oculté apresuradamente. Desde allí dominaba aquella vía de comunicación entre el antiguo castillo y la construcción moderna.

Entonces resonó otro grito agudo. Se oyó después el golpe dado contra la pared por una puerta abierta violentamente, y la voz de Miguel que gritaba: «¡Abre, Antonieta! En nombre del Cielo, ¿qué sucede?»

La respuesta fue precisamente la que yo había escrito en mi carta:

--«¡Socorro, Miguel! ¡Es Henzar!»

El Duque lanzó una blasfemia y golpeó violentamente la puerta. En aquel instante oí abrirse una ventana sobre mí cabeza, la voz de un hombre preguntando: «¿Qué es eso? ¿qué ocurre?» y después pasos precipitados. Oprimí firmemente el puño de mi espada. Si De Gautet llegaba a salir su muerte era segura.

Oí después el choque de dos aceros, las pisadas, de los combatientes y el grito de uno de ellos al caer herido. Se abrieron de golpe las persianas, lo que me permitió ver a Ruperto Henzar que, de espaldas a la ventana y tendiéndose a fondo, exclamó:

--¡Para ti, Juan! ¡Y ahora te toca el turno, Miguel! ¡Acércate!

Es decir, que Juan estaba allí, que había acudido probablemente en auxilio del Duque. Y en tal caso, ¿cómo había de abrir a tiempo la puerta del castillo? Porque me temía que Ruperto acababa de matarlo.

--¡Socorro!--gritó débilmente el Duque.

Oí pasos en la escalera inmediata a la puerta donde me ocultaba y también rumor de voces a mi derecha, hacia abajo, en dirección a la celda del Rey. Pero antes de que ocurriese cosa alguna de la parte de acá del foso, vi por la ventana de Antonieta que cinco o seis hombres rodeaban a Ruperto. Este les hacía frente con sin igual destreza y brío, y por un momento los obligó a retroceder. Aquella pausa le bastó para saltar sobre el antepecho de la ventana, blandiendo su espada, sonriente, ebrio de sangre. Después, dando una carcajada, se lanzó de cabeza al agua.

Nada más supe de Ruperto por entonces, porque al arrojarse él al foso asomó por la puerta inmediata a mí el aguzado rostro de De Gautet. Sin vacilar un momento levanté la espada, le descargué un golpe con toda la fuerza que Dios me ha dado y cayo muerto: ni una palabra, ni un gemido. Me arrodillé junto al cadáver y le registré ansiosamente los bolsillos, murmurando: «¡Las llaves, las llaves!» No encontrándolas, furioso, golpeé (¡Dios me perdone!) el rostro de aquel muerto.

Por fin descubrí las llaves. Eran tres, e introduciendo la mayor en la cerradura de la puerta que conducía a la prisión del Rey, vi que giraba sin dificultad. ¡La puerta estaba abierta! Entré, y cerrándola tras mí con el menor ruido posible, retiré la llave y la guardé en el bolsillo.

Me hallé en lo alto de una escalera de piedra, alumbrada débilmente por una lámpara de aceite. Descolgué ésta y permaneciendo inmóvil, escuché.

--¿Qué demonios será?--preguntó una voz al otro lado de la puerta que quedaba al pie de la escalera.

--¿Te parece que lo matemos?--dijo otra voz.

--Espera un poco; mira que si damos el golpe antes de tiempo tendremos un disgusto serio,--fue la respuesta de Dechard, que oí con indecible placer.

Siguió un breve silencio y después oí que descorrían cautelosamente el cerrojo. Apagué en seguida la lámpara que tenía en la mano y volví a colgarla del gancho fijo en la pared.

--Está obscuro. Se ha apagado la lámpara. ¿Tienes fósforos?--dijo Bersonín.

Pero había llegado el momento. Antes de que pudieran hacer luz bajé cuan aprisa pude los escalones y me lancé contra la puerta, cuyo cerrojo había descorrido Bersonín y que cedió al golpe. Allí estaba el belga empuñando la espada y con él Dechard, sentado en un sofá. Bersonín, sorprendido al verme, retrocedió; Dechard saltó sobre su espada. Ataqué furiosamente al primero, acosándole hasta la pared. Aunque valiente, no era esgrimidor de primera fuerza y pronto cayó a mis pies. Me volví hacia donde estaba Dechard, pero éste había desaparecido; fiel a la consigna recibida del Duque, en lugar de atacarme había corrido a la puerta de la otra celda y cerrádola tras sí. ¿Qué sería del Rey en aquel momento?

No dudo que Dechard le hubiera dado muerte y a mí también, sin la intervención de un adicto servidor que dio la vida por su soberano. Forcé la puerta y vi al Rey en un rincón, impotente, debilitado por la enfermedad, moviendo de un lado a otro sus manos encadenadas, riéndose, medio loco. Dechard y el médico estaban en el centro del calabozo; el último se había abrazado al asesino con todas sus fuerzas, impidiéndole por el momento mover los brazos. Pero Dechard no tardó en desasirse y en atravesar con su espada al indefenso médico.

Después se volvió hacia mí, gritándome:

--¡Por fin!

Cruzamos los aceros. Por fortuna mía, ni él ni Bersonín tenían a mano los revólvers al sorprenderlos yo. Los encontré más tarde, cargados, en la otra habitación, sobre la repisa de la chimenea. Empezamos, pues, el combate con armas iguales. La lucha fue silenciosa, encarnizada, mortal. De sus peripecias conservo escaso recuerdo, pero sé que Dechard manejaba la espada tan bien como yo; mejor aún, porque conocía más tretas y golpes secretos, que le permitieron acosarme y hacerme retroceder hasta la reja que guardaba la entrada de la «Escala de Jacob.» Apareció en sus labios una sonrisa y su espada me atravesó el brazo izquierdo.

No me envanezco de aquel combate. Creo que mi enemigo hubiera acabado conmigo y asesinado después al Rey, porque era el duelista más hábil que he conocido; pero cuando me veía en mayor aprieto, se incorporó el Rey de un salto, cadavérico y fuera de sí, gritando:

--¡Es mi primo Rodolfo! ¡Mi primo Rodolfo! ¡Yo te ayudaré, primo! Y asiendo su silla, que a duras penas pudo levantar del suelo, se acercó a nosotros. Era aquel un auxilio inesperado.

--¡Adelante!--le grité.--¡Un golpe con la silla!

Dechard me dirigió una estocada furiosa, que apenas pude parar.

--¡Adelante!--volví a gritar al Rey.--¡Pronto, pronto!

El Rey lanzó una carcajada y se adelantó de nuevo, empujando la silla.