Part 9
--¡Los días felices de la paz!--añadió--. Un domingo fuimos de campo; comimos junto al Sena para celebrar el ascenso de Alberto á primer contramaestre de su fábrica.... Dos semanas después estalló la guerra.
El comisario hizo un gesto, que la vieja creyó de cansancio.
--Sí; ya sé que llevamos cuatro años de guerra y á todos aburre hablar de estas cosas. No insistiré, señor comisario. Me han dicho que hasta en los teatros y en los periódicos están cansados de la guerra y sus aventuras. ¡Además, mi historia es la de tantas y tantas mujeres!... Alberto fué á incorporarse á su regimiento en los primeros días de la movilización. No lo vi hasta un año después, que volvió del frente vestido de soldado. Luego vino otra vez. Yo había acabado por acostumbrarme á esta situación. Me imaginaba que sólo los otros hombres podían morir, ¡pero mi Alberto!... Un día recibí un papel, que nos hizo llorar á mí y á su mujer. Después nos visitó un compañero de mi nieto para traernos varios objetos suyos.
La voz de la vieja se enronqueció.
--Y ya no lo vi más, señor comisario.... Ellos me lo mataron.
Pero acordándose de su promesa, hizo un esfuerzo para serenarse y no hablar de la guerra.
--La viuda de Alberto trabaja ahora en una fábrica de municiones al otro lado de París, y yo sólo de tarde en tarde puedo ver á mi biznieto. Hay que ganarse la vida.... Además, ¿por qué no decirlo? desde que murió Alberto gusto de entrar en la taberna más que antes. Cada uno mata su pena como puede. Estoy en los setenta, y á esa edad, cuando hay que levantarse antes del alba para ir á los Mercados centrales á comprar el género, un vasito de vez en cuando es la mejor de las medicinas. ¿No lo cree usted así, señor comisario?...
El silencio del aludido quiso demostrar á la vieja lo inoportuna que era su pregunta. Pero ella continuó, con cierta precipitación que revelaba la proximidad de la parte más interesante de su relato.
--Hoy, al anochecer, estuve en la taberna con el tío Crainqueville. El señor comisario debe conocerlo. Sus desgracias andan escritas en libros y comedias.
Este nombre pareció despertar un vago recuerdo en la memoria del funcionario. La afirmación de que con sus aventuras se habían escrito libros le hizo interesarse en una rebusca mental. Luego levantó los hombros é hizo un gesto de incredulidad.
--Su historia--continuó la vieja--la ha escrito un señor Anatole, que trabaja al otro lado del Sena, en un taller de sabios. Es un palacio con una cúpula, donde dan recetas para que la gente rica pueda hablar bien.
El comisario se incorporó en su sillón, impulsado por la sorpresa. Aquel taller de sabios á la orilla del Sena era sin duda la Academia Francesa; la casa de la cúpula, el Instituto; y el tal Anatole no podía ser otro que Anatole France.
--¿Pero existe el tío Crainqueville?--preguntó con incredulidad.
--Treinta años lo conozco, señor. Vendemos en diferentes barrios, pero nos vemos todas las madrugadas al hacer nuestras compras, y por la noche volvemos á encontrarnos en la misma taberna. ¡Un infeliz! Ahora sus asuntos andan mal; trabaja poco; sabe demasiado. Su protector le enseñó muchas cosas; él me las dice, y yo paso las horas muertas en la taberna escuchándole.
Hizo una pausa antes de reanudar su relato donde lo había abandonado.
--Digo que nos encontramos al anochecer en la taberna. Luego, como á las nueve, salimos, y sin saber por qué, me detuve en la puerta de un cinema, sintiendo deseos de entrar. Me atrajo un cartel con una alsaciana muy hermosa defendiéndose de un alemán feroz. Yo adoro esta clase de historias. Soy muy patriota. Tal vez es porque he visto dos guerras.... Pero no hablemos de la guerra. El tío Crainqueville se negó á entrar, y eso que yo pagaba. No sé en realidad qué es lo que le gusta. Todo le hace sonreír con aire de lástima. Entré sola, y debí entrar con mal pie. ¿No ha notado el señor comisario cómo algunas veces todo nos sale torcido, y cuando queremos agradar ofendemos á las gentes, lo mismo que si un demonio nos guiase?...
El comisario no se dignó contestar.
--Me disgusté con la señora que vende en la taquilla por si una moneda era buena ó falsa; discutí también con el que recoge las entradas porque acudió en su defensa.... Dentro, en la sala, la misma mala suerte. Mis vecinos de fila se quejaron, diciendo que había entrado con demasiada violencia. Mala voluntad de su parte, pues á mí no me gusta molestar á nadie. Una remilgada, cerca de mí, se atrevió á decir que yo olía á vino. Otro insolente aludió á mis anchuras, dudando de que cupiesen en el asiento. Les contesté como sé hacerlo y el público protestó á gritos, asegurando que perturbaba el espectáculo. Si me callé al fin, fué porque había empezado la historia de la alsaciana y su perseguidor. Una historia interesante. Yo se la contaría á usted, señor comisario, pero temo molestarle. Además, no sé cómo termina; no me dejaron ver el final.
El comisario había vuelto á mirar al techo y á silbar por lo bajo para distraer su impaciencia.
--Un señor que estaba detrás de mí y parecía muy entendido en esto del cinema, daba en voz baja sus opiniones á los vecinos.... De pronto, la alsaciana se iba al frente, huyendo de su perseguidor, y empezaban á verse las trincheras con muchos soldados, las cocinas, los cañones. El señor entendido decía que estas vistas no pertenecían en realidad á la historia; que eran, ¿cómo diré yo? lo mismo que retales que le habían puesto al _film_. ¿Me explico bien, señor comisario? Cosas viejas de la guerra que habían aprovechado; algo así como los remiendos que se echan á la ropa para que parezca mejor.... Pero yo no entiendo de esto, y las vistas me han parecido magníficas.
»De pronto salió en el telón el interior de una trinchera, con muchos soldados descansando. Uno de ellos escribía una carta sobre sus rodillas, puesto de espaldas al público. Poco á poco volvió la cabeza y sonrió á las gentes. Yo dudé, creyendo que veía mal. Luego debí gritar. ¡Era mi nieto!...
»Me levanté para verle mejor; quise ir hacia mi Alberto. Tal vez pasé entre la gente con demasiada violencia. El público debió creer que era alguna farsa mía y acudieron los empleados, y muchos espectadores me cerraron el paso. Intenté hablar y no me dejaron. No quisieron oir mis explicaciones; me creían borracha. Acabé por batirme á puñetazos con los que me empujaban hacia la puerta. Llamaron al mismo agente que está ahora aquí. Dicen que lo insulté, que le mordí en una mano. Ignoro cómo pude hacerlo. Estaba tal vez loca en aquel instante. Es verdad que este señor me llevó á empujones, sin querer oirme; que no me permitió seguir viendo á mi Alberto....
Hizo una larga pausa. Sus ojos empezaron á humedecerse.
--Y así es--terminó la vieja--como he vuelto á encontrar á mi nieto.... Pido perdón al señor comisario.... Pido perdón al señor agente.
Bajó la cabeza, juntó las manos y miró al suelo, refugiándose voluntariamente en el silencio, confiándose á la suerte, sin insistir más en su defensa, mientras sus lágrimas empezaban á correr mejillas abajo.
El comisario no dijo nada. Miró al agente que tenía á su lado, un veterano con la Cruz de Guerra sobre el pecho del uniforme y varios galones en una manga indicadores de sus campañas. Él también miró á su superior. Había permanecido impasible hasta entonces, pero varias veces se mordió el recio bigote.
Los dos hombres parecieron entenderse con la mirada. El comisario devolvió al agente el parte redactado por él media hora antes en la sala de espera de la Comisaría dando cuenta del escándalo ocurrido en el cinema.
El veterano, sin decir una palabra, rasgó el papel en menudos pedazos.
--Buena mujer, puede usted marcharse.
La voz del comisario sacó á la vieja de su abstracción. ¿Era cierto que la dejaban irse?... ¡Qué señores tan buenos!
--¿Y podré volver al cinema?--añadió con ansiedad--. ¿Me dejarán ver todas las noches á mi pequeño?
Los dos hombres rieron de su simpleza, contestando con un gesto afirmativo.
Salió de la Comisaría lentamente. No convenía que la viesen huir como el que tiene la conciencia sucia.
Pero al llegar á la calle, se convenció de que nadie la espiaba, y recogiéndose las faldas, echó á correr con una ligereza juvenil. Su arrugado rostro se dilató, jadeando de fatiga; sus cabellos blancos se escaparon en desorden de la pañoleta de punto con que abrigaba su cabeza.
Cuando llegó al cinematógrafo, salían de él los últimos grupos de espectadores. Los empleados apagaban las luces y retiraban los carteles. La vieja vió luego cómo cerraban las puertas.
Se mantuvo inmóvil, con un codo apoyado en la pared y la frente en una mano. Lloraba con una angustia infantil.
--¡Esperar hasta mañana!--murmuró--. ¡No ver á mi pequeño en tantas horas!...
II
A la noche siguiente la vieja se presentó en el cinema con un aire de humildad. Se encorvaba para pasar inadvertida. Se aproximó al despacho de billetes, volviendo el rostro para que no la reconociese la empleada.
Pero el hombre encargado de guardar la puerta corrió hacia ella:
--¡Ah, no! ¿Viene usted á mover escándalo otra vez?... Para usted no hay entrada.
--Déjeme pasar, buen señor. Le juro que seré muy juiciosa.
Hablaba con una dulzura infantil, y el empleado acabó por reir, lo mismo que la mujer de la taquilla.
La vieja los saludó á los dos con agradecimiento al ver que la dejaban pasar. Luego saludó también á un policía inmóvil en el pasillo de entrada, como si fuese un antiguo amigo. No le parecía el mismo de la noche anterior...pero ¡por si acaso era!...
Dentro de la sala procedió con modestia y afabilidad. Saludó á todos los espectadores que encontraba al paso con una cortesía extremada, sin obtener contestación. Algunos se limitaron á mirarla extrañados.
«Es una loca», parecían decir con sus ojos.
Se encogió en su asiento y procuró ocupar el menor espacio, por miedo á molestar á sus vecinos. Al principio volvió repetidas veces la cabeza para ver si la observaban los empleados del cinema y recibir su aprobación. Pero el espectáculo la hizo olvidarse pronto de la realidad. El alemán perseguía ya á la alsaciana, desarrollándose sobre el lienzo blanco las complicadas aventuras de la novela cinematográfica. Luego aparecían las trincheras y el soldado que escribía la carta puesto de espaldas, y al volver la cabeza hacia el público, mostraba su rostro.
--¡Alberto!... ¡Alberto!...
La vieja tuvo que hacer un esfuerzo enorme para contenerse. Le subía este grito á la garganta con estertores dolorosos. Pero tembló ante la idea de escandalizar á los espectadores, como en la noche anterior. Le arrojarían del local para siempre; no podría ver más á su soldado.
El miedo la hizo contenerse, y su emoción ruidosa se deshizo en lágrimas. Para desahogar su pecho, hablaba en voz muy queda, una voz que sonaba hacia dentro del cuerpo, mientras sus ojos lacrimosos seguían contemplando con devoción todo lo que pasaba por el lienzo.
--¡Alberto!... ¡Pequeño mío!... Soy yo, tu abuela; ¿no me conoces?... Vendré á verte todas las noches.... ¡todas las noches!
En la representación siguiente lloró menos. A la salida, habló con el hombre de la puerta con cierta familiaridad, como si ella también fuese de la casa.
--¿Ha visto usted qué bien «trabaja» mi nieto?...
Y el empleado, que había oído ya varias veces su historia sin prestarle mucha atención, se llevó un dedo á la frente mirando á la mujer de la taquilla.
Los dos se entendieron con una sonrisa que decía lo mismo: «Está loca, verdaderamente loca.»
La vieja apenas pudo dormir aquella noche. Sentía intranquila su conciencia. Era una egoísta que guardaba para ella toda la felicidad de su descubrimiento. Alberto tenía en el mundo de los vivos alguien más que su abuela.
A la mañana siguiente vendió apresuradamente las verduras, sin cuidarse de la ganancia, y guardó su carretoncillo mucho antes que los compañeros. El Metro la puso en las afueras de París. Se vió en un paisaje grisáceo, yermo, con fábricas humeantes y casas de ladrillo, tristes como prisiones, en las que vivían los obreros.
Habló con la portera de una de estas viviendas. Su biznieto estaba en la escuela y la mujer de Alberto trabajaba en la fábrica.
Fué luego á la tal fábrica, y el conserje, un inválido, le cerró el paso. Prohibida la entrada; ningún curioso podía introducirse en los talleres, porque en ellos se torneaban obuses.
Pero la vieja, pegada tenazmente al arco de la puerta, pudo ver de lejos á varias mujeres que pasaban y repasaban por los patios, en las evoluciones de su trabajo, todas ellas con pantalones anchos, lo mismo que si fuesen ciclistas. Casi rió de sorpresa al darse cuenta de que una especie de muchacho pequeño y delgado, con amplios calzones azules, abandonaba la carretilla que iba empujando, llena de virutas de acero, para saludarla desde lejos. Era la mujer de Alberto.
Cuando sonó la campana de mediodía y las trabajadoras salieron para almorzar, la vieja pudo verla de cerca. Tenía una palidez cenicienta y sus ojos eran más grandes que nunca, rodeados de aureolas azuladas y dolorosas.
Rompió á llorar al enterarse de que su marido aparecía todas las noches en un cinema, después de haber muerto hacía un año.
--¿Cómo puede ser eso?...
Su asombro era tan grande, que cortaba su llanto. Hacía esfuerzos inútiles para entender á la vieja, la cual iba repitiendo las explicaciones que había escuchado, aunque sin comprenderlas mejor que la otra.
--Lo cierto es que Alberto trabaja en el cinema. Ven con el niño; os espero esta noche.
Hizo su invitación con aire de mando. A las ocho la encontrarían en la puerta del cinematógrafo, situado casi en el extremo opuesto de la gran ciudad. Después se separaron, pues los pobres no tienen tiempo que perder.
La vieja los vió llegar puntualmente. Llevaba la viuda un vestidito negro adquirido en un bazar; el niño iba con su mejor ropa y peinado como un paje.
Al ver que la obrera intentaba ir hacia la taquilla, la vieja se opuso.
--¿Qué es eso?... Aquí pago yo. Me aprecian mucho; soy como de la casa.
Y para demostrar su confianza bromeó con la vendedora de billetes. Luego estrechó una mano del hombre que guardaba la puerta--su antiguo enemigo--, dándole un cigarro barato que había comprado momentos antes.
--Los pequeños regalos mantienen las amistades. Tome usted, señor.
Dentro de la sala saludó á la acomodadora como si fuese una antigua conocida.
--Son la mujer y el hijo de mi nieto, el que trabaja en la obra--dijo, dándola al mismo tiempo unas cuantas piezas de cobre.
Y se sentó con orgullo en las sillas designadas por la empleada, juzgándolas mejores que las otras.
Pero la satisfacción de mostrar á sus acompañantes la inmensa influencia de que gozaba en este lugar público duró muy poco. Al aparecer Alberto, temió que gritase también aquella mujercita vestida de luto que tenía á su lado. Pero era silenciosa en su dolor. Contempló la visión con unas pupilas agrandadas é inquietantes, que hacían recordar los ojos de los aficionados á la morfina. Cerraba los labios con fuerza, y por ambos lados de su boca corrían dos hilos de lágrimas.
El enlutado pajecillo miraba con la inconsciencia de una edad en que se oye hablar de la muerte sin saber lo que es. Aquel soldado lo conocía él: era su padre; lo había visto llegar á su casa vestido así. ¿Por qué no volvía?...
--¡Papá...papá!...--murmuró, tendiendo sus manecitas hacia la visión.
Y la madre y la bisabuela, sin dejar de llorar, le empujaron dulcemente en la obscuridad para que permaneciese quieto.
A la salida, antes de despedirse junto á la puerta del cinema, la vieja tomó su aire imperativo:
--Mañana aquí, á la misma hora. Yo pago.
La viuda pareció extrañarse de tal invitación.
--Vivo al otro lado de París; un verdadero viaje. Me he de levantar temprano para el trabajo; debo ocuparme del niño antes de enviarlo á la escuela. ¡Imposible!... Además, ¿para qué volver? Alberto no resucitará, y este espectáculo me mata.
La vieja la siguió con los ojos mientras se alejaba con su niño titubeante de sueño. Siempre había creído á esta mujercita de poco corazón.
--¡Ay! La única que se acuerda verdaderamente de Alberto soy yo.
Anduvo triste y malhumorada todo el día siguiente. Al anochecer se encontró en la taberna con el tío Crainqueville. Aunque el verdulero filósofo hablaba poco y pasaba entre las personas y las cosas sin preocuparse de ellas, pareció interesarse por los actos de su vieja camarada. La había observado silenciosamente. Desde hacía unos días era otra mujer. Gastaba mucho dinero; convidaba á todo el mundo; llegaba tarde á los Mercados, comprando lo más caro y lo peor, para vender luego al público con mayor baratura que los demás.
--Te vas á arruinar, estás gastando tu capital.
Pero no obstante sus consejos, siguió bebiendo todos los vasos que quiso ofrecerle la vieja.
A las ocho, ésta se mostró impaciente.
--Adiós, Crainqueville. Te dejo, si no quieres acompañarme. Me espera mi nieto; ya sabes que trabaja en el cinema.
--¡Pero si á tu nieto lo mataron!...
--Es verdad que lo mataron; pero trabaja en el cinema.
El filósofo se limitó á encogerse de hombros. Sabía por su maestro y protector que no hay que asombrarse de nada en este mundo.
Hasta los actos más ordinarios y comunes resultan incoherentes cuando se les estudia de cerca. Era inútil, pues, exigir lógica en los sucesos extraordinarios de nuestra vida.
III
La vieja, después de apoyar un dedo en el timbre de la verja, examinó su vestido de seda negra. Databa de los tiempos de su pobre hija. Ella misma lo había cortado é hilvanado; pero de la primera hechura quedaba muy poco, después de los retoques que se habían sucedido durante su larga existencia.
Reconoció que no estaba del todo mal. Algo pasado de moda; pero el género bueno siempre es apreciado por las personas inteligentes, y ahora ya no se fabrican sedas como las de antes. La cabeza la llevaba desnuda. Sentíase orgullosa de su pelo blanco, duro y abundante.
Admiró al otro lado de la verja el pequeño hotel rodeado de árboles. ¡Lo que una mujer puede ganar con sus pies!... Pero la proximidad de una jovenzuela con delantal y gorro blancos no le permitió continuar su examen. Esta doméstica elegante avanzaba atraída por el llamamiento del timbre. A la vieja le fué antipática por sus ademanes varoniles, por la mirada altiva con que la midió de pies á cabeza y por su voz áspera.
--Buena mujer, si es para pedir un socorro á la señora, venga otro día. La señora no está.
Balbuceó la vieja de indignación.
¡El puñetazo que se llevaría la tal, de no existir la verja entre las dos!... Empezaba á dirigir terribles alusiones al pecho plano de la doncella, á sus angulosidades de muchacho, subiendo rápidamente el diapasón de sus ofensas, cuando sintió que la cogían de los hombros.
Al volver la cabeza, vió junto á la acera un automóvil que acababa de detenerse. Una señora elegante salida de él la sonreía, intentando abrazarla.
--¡Abuelita!... ¡abuelita!
Lo primero en que se fijó la vieja fué que la bailarina célebre iba vestida de luto: un luto vistoso y sobradamente llamativo, pero luto al fin, que sólo podía ser por su hermano Alberto.
Se sintió empujada cariñosamente al otro lado de la verja que acababa de abrir la doncella. Quiso anonadar con una mirada y un bufido á la insolente; pero ésta había bajado los ojos, no pudiendo resistirse á su confusión.
¡La que había tomado por una mendiga era la abuela de la señorita!...
Al mismo tiempo lamentaba en su interior las injusticias de la suerte. Ella había hecho estudios de bachillerato; tenía arriba en su habitación un cuaderno lleno de versos, y sin embargo, no venía ningún príncipe de leyenda á llevársela, regalándole un hotel igual al de la otra.
La vieja marchó de asombro en asombro al recorrer los salones de la bailarina. Ella se había imaginado el lujo de otra manera: grandes y ostentosas sillerías, muebles monumentales, y aquí apenas encontraba donde sentarse. Sólo veía divanes bajos y cojines en el suelo. Los muebles eran de aspecto tan frágil, que no osaba tocarlos; los colores de paredes y cortinas, tan raros y complicados, que daban el vértigo á sus ojos.
Apenas hubo nombrado á Alberto, la nieta se conmovió, perdiendo su alegría de pájaro.
--¡Cómo he sentido su muerte!--dijo con los ojos húmedos--. Nos llevábamos mal; apenas nos veíamos. Él no podía comprender mi modo de vivir. Pero lo amaba de veras.
Tomó un retrato que estaba sobre una mesilla, en lugar preferente, y lo besó. Era el retrato de Alberto. Esta fidelidad en el recuerdo conmovió profundamente á la abuela. ¿Y aún decían que si Julieta era esto ó aquello, por su profesión y su manera de vivir?... ¡Un alma de oro!
Su entusiasmo fué enfriándose un poco al notar la serenidad con que escuchaba la bailarina el relato de su descubrimiento en el cinema.
--Es curioso--se limitó á decir--, verdaderamente curioso.
Y adivinó cuál era el deseo de su abuela.
--¿Quieres llevarme á verlo? Bueno; te acompañaré esta noche, pero con una condición: la de que te quedarás á comer conmigo.
El recuerdo de su hermano había hecho surgir en ella otros recuerdos.
--¡Ay, abuelita! No es el pobre Alberto el único que fué á la guerra. Otros hay que viven aún; y los que viven inspiran mayores preocupaciones que los muertos.
Pensaba en su amigo, un joven rico que la verdulera no había visto nunca, pero, según murmuraba la gente, acabaría casándose con Julieta.
No pudieron hablar más. Era la hora del té, y empezaron á llegar las amigas de la señora, todas vestidas con unos trajes elegantes, raros y vistosos, que hacían parpadear á la vieja, desorientándola en sus opiniones. Algunas, á pesar de sus extraordinarias vestimentas, envidiaban el luto de Julieta. Una de ellas fué más lejos en la manifestación de sus deseos:
--¡Qué suerte tener un muerto en la familia! ¡El negro sienta tan bien!...
Todas fumaban. Se habían tendido en el suelo, sobre pieles de oso blanco ó redondos almohadones de seda, abullonados y con un botón hondo en el centro, semejantes á calabazas. Unas se estiraban lo mismo que fieras perezosas, sin reparar en lo que dejaban al descubierto; otras apoyaban la mandíbula en las rodillas, mientras mantenían éstas entre sus brazos cruzados.
El té estaba en el suelo, sobre una gran bandeja de plata, en la que movía la lámpara de alcohol su penacho azul casi invisible.
Julieta había hecho valientemente la presentación de la vieja á sus amigas.
--Mi abuelita, que vende hortalizas todas las mañanas en la _rue Lepic_. Yo estoy orgullosa de mis ascendientes, lo mismo que un nieto de los Cruzados.
Risa general de las señoras, que poco á poco olvidaron á la vieja. Ésta quiso irse. No gustaba de tales costumbres, pero al mismo tiempo temía ofender á su nieta.
Pasó cautelosamente de silla en silla, como una chicuela que desea escaparse, llegando de este modo hasta el comedor. Allí cobró ánimo, y poniéndose de pie, se aventuró francamente en un pasadizo inmediato.
Casi tropezó con la doncella, que volvía al salón llevando más agua caliente para el té. La vieja la saludó con un bufido implacable.
--¡Presumida!... ¡Fea!
Después de este insulto supremo se sintió más ágil, y empezó á bajar unos peldaños, hasta dar con la cocina.
Aquí admiró más que en los salones el bienestar de su nieta. ¡Qué abundancia! ¡Qué de cacerolas brillantes como astros!...
La cocinera le hizo los honores de sus dominios, colocando sobre la mesa una botella y dos vasos. La bebieron entera, hablando de sus penas. Luego sacó un retrato y le dió un beso, mostrándolo á su visitante.
--Mi hijo es cazador alpino, lo que llaman «diablo azul», y está en los Vosgos.
La vieja, por no ser menos, sacó también del pecho un retrato de soldado.
--A mi nieto lo mataron; pero ahora trabaja en un cinema todas las noches.
La cocinera se movió nerviosamente en su asiento, abriendo mucho los ojos. Decididamente aquella vieja estaba loca, como le había dicho la doncella. Pero calló, por ser la abuela de la señora.