# El préstamo de la difunta

## Part 18

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--¡Muy bien! ¡Me alegro mucho!--decía el Señor, mientras una sonrisa agitaba su barba resplandeciente--. Eso te enseñará á no desobedecer á tus superiores, y sobre todo, á no seguir los consejos de una hembra. ¿Creías acaso que ibas á comer gratis en el Paraíso y hacer al mismo tiempo lo que se te antojase?... ¡Sufre, hijo mío! ¡Trabaja y rabia! Así aprenderás lo que cuesta la libertad.

El Señor contempló luego á Eva. Desde mucho antes le había dirigido rápidas miradas de curiosidad y de indignación. Era la primera vez que veía á una mujer vestida. ¿De dónde había salido este animal de plumaje fantástico, este loro sin alas, cuya forma absurda y colores chillones no hubiera podido concebir Él, ni aun en sus momentos de más frenética creación?...

Dándose cuenta de que el Señor la observaba, Eva fué adoptando las actitudes que consideró más interesantes, esforzándose por hacer valer con ellas las gracias de su cuerpo y la elegancia de sus adornos. Al mismo tiempo sonreía, segura de sí misma.

--Y el Todopoderoso--continuó el tío Correa--no pudo menos de reconocer cierta gracia en estos adornos mujeriles que al principio había considerado feísimos.

--Continúa siendo la misma frívola de siempre--murmuró el Señor dirigiéndose al gran capitán Miguel, que le acompañaba á todas partes y se mantenía ahora de pie detrás de su sillón--. Es la misma cabeza de chorlito que conocimos en el Paraíso.... Pero hay que confesar que sabe adornarse con gusto.

Tal vez estas consideraciones, unidas á las sonrisas de Eva y al humilde silencio con que Adán acogió las reprimendas del Señor, ablandaron el corazón de éste. Pareció arrepentirse de su anterior severidad, y añadió con un tono de benevolencia:

--No esperéis que os perdone, permitiendo que volváis á disfrutar por segunda vez los placeres del Paraíso. Lo que está hecho ya está hecho, y debéis sufrir los efectos de mi maldición. Mi palabra es sagrada; y si la retirase, me desconocería á mí mismo.... Pero ya que he venido á veros, no quiero irme sin dejar un recuerdo de mi visita. A vosotros no puedo daros nada: los dos estáis malditos; pero vuestros hijos son inocentes y tendré mucho gusto en hacer un don á cada uno de ellos.... Yo había creído que teníais una descendencia más numerosa. ¿Sólo cuatro hijos? Seguramente que no me arruinaré con mis regalos. Anda, Eva, tráeme á tus pequeños.

Los cuatro pilletes se alinearon ante el Todopoderoso, que los examinó atentamente.

--Ven aquí, tú--dijo designando á un pequeño, serio y gordo, de mirada penetrante y cejas fruncidas, que había estado chupándose un dedo mientras escuchaba gravemente la conversación--. Te confiero el poder de juzgar á tus iguales. Serás el dispensador de la justicia; interpretarás según tu criterio las leyes hechas por los otros; poseerás el privilegio de establecer lo que es el Bien y lo que es el Mal, cambiando de opinión cada siglo. Sujetarás todos los delincuentes á las mismas reglas penales, medida tan cuerda y acertada como si los médicos pretendiesen curar á los enfermos con el mismo remedio. Tu situación será en el mundo la más estable é inconmovible. Podrá ocurrir que los hombres duden con el tiempo de todo lo que les rodea. Hasta llegará un día en que se atrevan á discutir mi existencia y á negarme. Pero no temas por ti. Tú serás la Justicia augusta é infalible, incapaz de equivocarse, sin la cual no es posible la vida. Los mismos que ostenten como un título de gloria su incredulidad absoluta, se indignarán si alguien tiene la audacia de poner en duda tu rectitud. Y si incurres en errores que cuestan la vida ó la libertad á los hombres, la mayoría disimulará tu horrible equivocación, apelando al «carácter sagrado de la cosa juzgada».

El Todopoderoso hizo señal para que avanzase un segundo muchacho.

Era moreno, de aspecto jovial y atrevido, con la cabeza puntiaguda, la mandíbula cuadrada y unas orejas prominentes. Llevaba siempre en su mano derecha un bastón, con el que pegaba á sus hermanos. A la hora de las comidas se apoderaba de las porciones de los otros, amenazándoles si protestaban.

Al llegar á corta distancia del Todopoderoso se cuadró, con las manos pegadas á los muslos y los ojos fijos, lo mismo que un soldado alemán bien disciplinado.

Y el Señor le dijo:

--Tú serás el hombre de guerra, el héroe. Conducirás tus semejantes á la muerte, como el matarife guía los rebaños al matadero. Esto no impedirá que todos te admiren y te aclamen (hasta aquellos mismos que serán hechos pedazos bajo tu dirección), pues emplearás como fetiches de poder inagotable las palabras Gloria, Honor, Patria, Bandera. Los hombres hablarán con emoción de leyes morales y mandamientos religiosos que les ordenan «no matarás», «no robarás», «amarás á tu prójimo como á ti mismo»; pero tú, guerrero semejante á un semidiós, vivirás más allá del Bien y del Mal. Si los otros hombres matan, serán juzgados como criminales y terminarán sus días en un presidio ó en el cadalso. Tú, por el contrario, te agrandarás en proporción de tus matanzas, y cuando las gentes te admiren cubierto de sangre humana, gritarán á coro: «¡Este es un verdadero héroe!»

»Si alguna vez deseas un territorio, lo primero que harás será apoderarte de él por la fuerza, exterminando á todos los que intenten resistirse en nombre de sus antiguos derechos. Siempre encontrarás jurisconsultos que se encarguen de probar, textos en mano, tu derecho á la posesión de las tierras conquistadas. Comete toda clase de atrocidades...pero vence. Nunca dejarás de tener razón si eres victorioso. Nadie osa pedir cuentas al conquistador, y en sus templos, los sacerdotes de todas las religiones cantarán por tu salud, celebrando tu triunfo. Inunda los países de sangre, pasa los pueblos á cuchillo, incendia las ciudades, mata, destruye, roba.... Esto no impedirá que los poetas te celebren y los historiadores perpetúen tus hazañas más que si fueses un benefactor de la humanidad. Pero los que intenten imitarte y cometan tus mismas atrocidades sin vestir unas ropas de corte y color especiales llamadas uniforme, arrastrarán una cadena en el calabozo de una cárcel.... Puedes retirarte. ¡Que avance otro!.

El tercero era un adolescente, seco de carnes, nervioso, con una palidez verdosa y los ojos de mirada astuta.

Reflexionó el Señor un instante antes de decidir lo que haría de él, y dijo finalmente:

--Tú dirigirás los negocios del mundo, siendo al mismo tiempo mercader y banquero. Prestarás oro á los reyes, lo que te permitirá tratarlos como si fuesen tus iguales; y si llegas á arruinar á toda una nación en provecho tuyo, el mundo admirará tu habilidad. Tus grandes combinaciones financieras extenderán el pánico por el universo entero, haciendo pesar sobre las ciudades horas de angustia mortal. Tus victorias en la Bolsa irán acompañadas por los pistoletazos de tus víctimas empujadas al suicidio y los llantos de sus familias. Provocarás guerras incomprensibles y favorecerás tratados de paz ruinosos, siendo responsable del envío de acorazados y de ejércitos expedicionarios para sostener tus reivindicaciones injustas y usurarias contra las naciones débiles.

»Tus hijos creerán proteger las artes manteniendo lujosamente bailarinas, cantantes ó simples portadoras de costosos trajes y joyas inauditas para halago de su orgullo. Tú, retenido por tus negocios, envejecerás y llegarás tarde á la escena de la vida, para ser un Mecenas de esta especie, contentándote con proteger á los pintores.

»La disparidad de opiniones más absoluta acompañará el recuerdo de tu nombre durante treinta ó cuarenta años, porque tu nombre, como el de los tenores y el de los cómicos, vivirá nada más lo que vivan las personas que te conocieron. «Sirvió al progreso humano», dirán algunos acordándose de tus flotas de buques mercantes y de las vías férreas con que surcastes los desiertos. «Era un bandido», afirmarán otros pensando que por cada kilómetro de rieles colocados llenaste un cementerio de trabajadores. «Fué un monstruo, que para ganar sus riquezas sacrificó más vidas humanas que un conquistador.» Y todos tendrán razón, todos dirán la verdad; porque lo que hay más divertido en la vida de los hombres es que todos ellos hablan de la verdad, de la verdad absoluta é indiscutible, ignorando que esta verdad absoluta no es mas que un ensueño y que siempre habrá tantas verdades como intereses.... Acuérdate de esto y sigue tu camino.

Llegó el turno al cuarto muchacho, y éste avanzó.

--Viendo al tal mocoso, el Señor empezó á reír--dijo el tío Correa--. Apenas levantaba dos palmos del suelo; y el Omnipotente, como lo sabe todo, vió que era el hijo preferido de su madre.

Ésta únicamente dudaba de la justicia de su preferencia al comparar á este pequeño con el hermano de las orejas grandes, armado siempre con un garrote. La mujer se siente en todas ocasiones atraída por el guerrero; pero cuando el pequeño abría la boca, Eva, completamente subyugada, reconocía su superioridad sobre el belicoso mayor.

El Omnipotente examinó al diminuto personaje con un regocijo mal disimulado. Se fijó en sus robustos hombros, su cabeza enorme y su amplia frente. Su mirada era orgullosa y sus labios se contraían con una mueca en la que se mezclaban el menosprecio y la adulación. Tenía á la vez algo de comediante y de rey.

No parecía intimidado el chicuelo por la presencia del Creador. Se mantuvo erguido, con una mano sobre el pecho y la otra apoyada en el respaldo de una silla. Su frente elevada parecía aguardar la inspiración de lo alto. Mostraba la rigidez de un modelo, como si estuviera delante del escultor encargado de su futura estatua.

Su madre le conocía bien. Cuando sentía hambre y deseaba un pedazo de pan, nunca lo reclamaba á gritos, como los niños ordinarios. Tenía el sentimiento precoz de las fórmulas parlamentarias, no conocidas aún en el mundo, y decía gravemente:

--Señora Eva, permítame su señoría una pequeña interpelación: ¿puedo tomar un poquito de pan?

La madre apelaba á su auxilio cada vez que tenía necesidad de mantener tranquila á la numerosa prole, mientras se consagraba á la confección de sus trajes.

--Ven aquí, vida mía--suplicaba Eva--. Hazme el favor de divertir á tus hermanos con uno de tus discursos.

Y el niño, empujado por su propia elocuencia, hablaba horas y horas, sin saber ciertamente lo que decía, dando tiempo á la madre para terminar su obra.

--Tú serás el rey de la tierra--declaró el Todopoderoso--; tú serás el Orador, y con eso queda dicho todo. A pesar de su poder y su orgullo, tus hermanos vivirán al amparo de tu palabra. El guerrero te obedecerá; el juez te servirá y sostendrá, para mantener su propia situación; el banquero te dará cuanto le pidas, para que seas su abogado y defiendas sus terribles combinaciones. Tu único mérito consistirá en hablar bien, y eso es suficiente para que todos te consideren el hombre más sabio de la tierra.

»Sin necesidad de estudiar los asuntos, hablarás de ellos indefinidamente; si alguna vez necesitas mostrar conocimientos, serán de tercera ó cuarta mano, y sin embargo las masas te aclamarán como un genio. En los tiempos difíciles todos te buscarán, viendo en ti la única esperanza de la patria. «Coloquémosle á la cabeza del gobierno, ya que habla mejor que todos», dirán las gentes.

»La humanidad se deja regir por una lógica absurda. Para gobernar una nación, para administrar su hacienda y hasta para mandar sus ejércitos, nadie vale lo que un buen orador, capaz de hablar a todas horas fácilmente y sin fatiga. Cuando surja una guerra, tú dirigirás desde tu sillón á los generales; cuando llegue el momento de negociar la paz, confiarán esta misión á un congreso de oradores. La palabra gobernará al mundo más aún que el sable. Habla, hijo mío, habla elocuentemente y sin cansancio, y el mundo será tuyo.

III

Adán lloraba silenciosamente, agradeciendo las bondades del Señor.

Sus cuatro hijos acababan de recibir la dominación de la tierra entera.

Sin embargo, su esposa se mostraba inquieta. Varias veces estuvo á punto de interrumpir al Omnipotente pronunciando una palabra, una sola, pero calló en el último instante. ¿Cómo iba á detener la ola de bienaventuranzas celestiales que se desplomaba sobre sus cuatro hijos?... Pero el remordimiento oprimía su corazón maternal.

Pensaba en la caterva de pequeños encerrada en el establo, que iba á quedar privada, por su culpa, de tan generoso reparto.

Al fin murmuró, aproximándose á Adán:

--Voy á enseñar los otros al Señor.

--Ya es tarde--objetó el marido--. Sería pedirle demasiadas cosas, y el Señor puede enfadarse.

Precisamente, en el mismo momento el arcángel Miguel, que había venido á visitar á los dos reprobos contra su voluntad, insistió cerca de su divino amo para que diese por terminada la visita.

Le era insoportable este capricho del Señor, pero protestaba de él con toda la circunspección de un ministro de la Guerra que lleva muchos siglos acompañando á su soberano.

--Majestad, se hace tarde--insinuó suavemente--. El sol se ocultará dentro de poco, y las noches son ahora frescas. Sería imprudente, á los años de Su Majestad, prolongar esta visita.

Miguel parecía inquieto. Había una expresión de tristeza en los ojos de este guerrero rubio, y algunas canas brillantes como la plata cortaban el esplendor de su cabellera de oro.

Pensaba en Lucifer.

Lucifer había sido tan rubio, tan arrogante y tan guerrero como él. Ahora, con el nombre de Satanás, era feo y estaba caído y pisoteado, como todos los rebeldes que no triunfan.

Durante muchos siglos, Miguel había permitido á los pintores y los escultores celestiales que le representasen teniendo bajo sus pies y su poderosa lanza á Satanás, el camarada y el adversario de otros tiempos. No había miedo de que algún habitante del reino celestial intentase una segunda sublevación pretendiendo continuar la rebeldía de Lucifer. Eran demasiado listos los de arriba para incurrir en error tan grosero. Pero el arcángel se daba cuenta de que Satanás, inerte bajo sus plantas durante tantos siglos, como si se hubiese resignado para siempre á su derrota, empezaba á agitarse, queriendo renovar la lucha.

El ángel caído por su soberbia revolucionaria contaba indudablemente con refuerzos extraordinarios, y como éstos no podía encontrarlos en el cielo, Miguel temía que los buscase en la tierra, previendo una serie de batallas de las cuales no saldría siempre vencedor.

Los papeles de la eterna tragedia iban tal vez á cambiarse. Satanás podía resultar victorioso, irguiéndose á su vez con arrogancia sobre el cuerpo caído de Miguel, vencedor en otros tiempos y ahora vencido.

--Majestad--insistió el guerrero--, dejemos cuanto antes á estos importunos.

El Señor abandonó su sillón. Fuera de la granja sonaron las notas chillonas de las trompetas de los arcángeles tocando llamada, y los rubios soldados de la escolta divina descendieron de los árboles con tal violencia, que no dejaron en ellos fruto ni hoja. Una nube de langosta no lo hubiese hecho peor.

La guardia se formó en dos filas ante la puerta, presentando sus armas, mientras el divino soberano salía lentamente, apoyado en un brazo de Miguel.

Eva le cerró el camino.

--Majestad: un instante.

Y corrió al establo, abriendo la puerta.

--¡No he dicho toda la verdad!--gritó con una voz emocionada por el remordimiento--. Tengo otros hijos. ¡Piedad, Señor, para estos pequeños! ¡Dadles un don cualquiera! ¡Que vuestra divina misericordia no los olvide!

El Todopoderoso contempló á esta muchedumbre de niños con estupor y repugnancia. Al mismo tiempo, su ministro de la Guerra fruncía las cejas, llevando instintivamente la diestra á la empuñadura del sable.

Miguel reconoció al futuro enemigo en esta horda sucia y revoltosa. Con estos monstruos contaba su adversario infernal para triunfar en el porvenir. Eran sus últimas reservas, las tropas de la desesperación. ¡Qué lástima no poder aplastarlos allí mismo, antes de que llegasen á crecer!...

--Vamonos, Señor--dijo empujando dulcemente á su soberano--. No hay que dar nada á esta canalla. Es mejor que todos perezcan.

Y repelió á Eva con rudeza, ordenándole que no insistiese en su demanda presuntuosa.

--No puedo hacer nada, pobre mujer--dijo el Señor excusándose--. No me queda nada que darles. Sus cuatro hermanos se lo han llevado todo.... No llores; no me gustan las lágrimas femeninas; yo reflexionaré y tal vez encuentre algo para ellos.... Ya veremos más adelante.

Pero la madre no se dejó convencer por estas promesas vagas:

--¡Señor, dadles cualquier cosa, pero ahora mismo! No importa el donativo. ¿Quién sabe cuándo volverá por aquí Su Majestad?... Me contento con un pequeño regalo para cada uno; un empleo, una ocupación. ¿Qué va á ser, si no, de estos pobrecitos?...

El arcángel iba á ordenar que una escuadra de la escolta celeste apartase á viva fuerza á esta mujer tenaz, cuando el Omnipotente encontró una solución gracias á su sabiduría infinita.

También él deseaba perder de vista cuanto antes la granja y su chiquillería repugnante.

El Señor se acarició su larga barba de plata y dijo á Eva:

--No llores, mujer; ya les he encontrado una ocupación, y no será ligera. Todos estos trabajarán para mantener á sus cuatro hermanos, sirviéndoles eternamente.

Hubo una larga pausa, y el tío Correa terminó así:

--Vosotros y yo, y todos los que pasamos la vida encorvados sobre la tierra para sostener nuestra miserable existencia, somos los descendientes de aquellos infelices que nuestra primera madre encerró en el establo.

Los segadores quedaron en un prolongado y reflexivo silencio. Pero de pronto, una voz surgió de la penumbra:

--¿Y las mujeres?... ¿Qué hace usted de las mujeres?

El tío Correa, sorprendido y perplejo, paseó una mirada por el corro de oyentes, preguntando:

--¿Qué mujeres son esas? ¿Qué tienen que ver las mujeres con esta historia?

El segador medio oculto en la obscuridad, añadió:

--Eva, seguramente, tendría alguna vez hijas, pues de no ser así, no existirían mujeres actualmente, y las hay en todas partes...tal vez demasiadas; ¿no es esto, tío Correa?... Lo que yo pregunto es cuál fué la suerte de las hijas de Eva. ¿Nuestra primera madre presentó algunas al Señor, para que también les hiciera un regalo, ó las encerró á todas en el establo en compañía de nuestros pobres abuelos?

Un murmullo de curiosidad se elevó del corro, semejante al que surge de una reunión electoral cuando el discurso del candidato queda cortado por una objeción imprevista.

Todos los ojos se volvieron hacia el viejo, que se rascaba la cabeza, mirando al suelo con una expresión de inquietud y de duda.

De pronto sonrió, triunfante.

--Bien se ve--dijo con una voz dulzona--que el que ha hecho esa pregunta es joven y sin experiencia. Eva era mujer y conocía demasiado bien las necesidades de las mujeres para perder el tiempo en peticiones inútiles. Dios, con ser Dios y disponer de todo lo existente, no puede dar nada á las mujeres después que han nacido.

Hizo una larga pausa para gozar del silencio con que la curiosidad y el interés acogían sus palabras.

--Antes de que ellas nazcan--continuó--, Dios puede darles la belleza y la gracia á manos llenas, y hasta algunas veces les da la discreción y el talento. Pero después que están en el mundo, su única esperanza es el hombre. Todo lo que son y lo que tienen lo deben al hombre. Para ellas es el trabajo de los pobres, el poder de los que gobiernan, las hazañas de los soldados, el dinero de los millonarios. Ellas son las que tuercen con más facilidad la dureza de la justicia.... No; las mujeres no tienen nada que pedir á Dios, pues todo lo reciben de los hombres.... Y los hombres, cuando trabajan por la gloria, por la ambición ó por amor al dinero, no hacen en el fondo mas que trabajar por ellas y para ellas.

LA CIGARRA Y LA HORMIGA

Reverbera en las blancas fachadas el sol de las primeras horas de la tarde. Procuramos, en nuestros paseos por la plaza de un pequeño pueblo valenciano, no salirnos de las islas de sombra que trazan los plátanos sobre la tierra rojiza y ardiente.

Silencio de sueño, calma profunda de siesta veraniega. Los únicos que vivimos en este ambiente exuberante de luz somos mi amigo y yo, que conversamos bajo los árboles de la plaza, los niños que ganguean á gritos sus lecciones en la escuela próxima, siguiendo el venerable método morisco, y los enjambres de insectos que aletean, zumban y trepan en torno de los plátanos.

Calla de pronto el coro escolar, y por las ventanas abiertas llega hasta nosotros la voz de un niño, el más aplicado tal vez, que recita una fábula: _La cigarra y la hormiga_.

Como el griterío de una muchedumbre alborotada que contesta á ultrajantes alusiones, suena el _chín-chín_ de numerosas cigarras moviendo sus cimbalillos entre las cortinas del follaje.

Mi amigo el naturalista se indigna mientras la voz infantil va desarrollando la acción de la conocida fábula, la cigarra imprevisora y alegre que canta sin pensar en el porvenir, y cuando llega el invierno, transida de frío y vacilante de hambre, va en busca de la hormiga para implorar un préstamo. El animal ordenado y económico, que tiene en torno los sacos llenos de cosecha y se prepara á invernar en opípara abundancia, no quiere oír la súplica de la bohemia y añade á su negativa la burla cruel: «¿No has pasado cantando el verano mientras yo trabajaba? Pues bien; ahora, baila.»

--Me irrita esta fábula--dice el naturalista--. Es una historia inmoral, que enseña á los hombres desde su infancia el respeto á la avaricia y á la crueldad, el culto del egoísmo, la burla soez contra los idealistas, que piensan en algo más que la satisfacción de los apetitos materiales. Todo es mentira en este relato inventado hace miles de años. La imprevisora y loca cigarra de la fábula es un ser laborioso y dulce, explotado hasta la muerte. En cuanto á la hormiga, modelo de economía doméstica que los padres ofrecen á los hijos, es una bestia rapaz que desde el mundo de la pequeña animalidad influye fatalmente sobre los hombres. Nuestro planeta sufre guerras y se cubre de sangre cada vez que á un Imperio se le ocurre organizarse como un hormiguero, imitando su férrea disciplina, su método para la acción, su soberbia, que tiende á engañar y esclavizar todo cuanto le rodea....

* * * * *

--Esa fábula es una calumnia--continúa mi amigo--. Los caracteres de sus protagonistas aparecen en ella escandalosamente invertidos. La hormiga es en realidad un ladrón y la pobre cigarra una víctima.

Al poeta La Fontaine (imitado después por el fabulista español) debemos el triunfo de este embuste, que, confiado á la memoria de los niños, resulta inmortal. Supo describir con exactitud el carácter del lobo, del zorro, del gato y otros animales protagonistas de sus historias. Los había visto de cerca, eran de su país. En todas las latitudes del mundo hablan las gentes de la cigarra á causa de la fábula, y sin embargo, son muy pocos los que han visto cigarras. Este animal sólo existe en la región asoleada del olivo, y París, donde vivió La Fontaine, no tiene olivos.

