# El préstamo de la difunta

## Part 17

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Después hubo de domesticar á muchos animales, para que su trabajo resultase más fácil y su nutrición más abundante. Enganchó al caballo, puso el yugo al buey, persuadió á la vaca de que debía permanecer quieta en un establo y dejarse ordeñar resignadamente; también logró convencer á la gallina y al cerdo de que les convenía vivir cerca del hombre, para que éste pudiera matarlos cómodamente cada vez que le apeteciese alimentarse con sus despojos.

--Y además--continuó el segador--, Adán tuvo que desmontar las tierras vírgenes antes de cultivarlas, y echar abajo árboles inmensos, y todo lo hizo con herramientas de madera y de piedra inventadas por él. No olvidéis, hijos míos, que en esa época, Caín, que es el primer herrero de que habla la Historia, estaba todavía dando chupones á los pechos de su madre....

Como el hombre no vive sólo de pan y las golosinas son las que hacen la vida agradable, Adán prestó más atención á su huerto, donde crecían los primeros árboles frutales, que á los campos, donde cultivaba otros artículos más sólidos é importantes para la nutrición. El tío Correa, excitado por los recuerdos de su país en esta pampa monótona, donde sólo hay trigo y carne, iba mencionando los árboles de dulces frutos que embellecieron el primer huerto creado por el hombre. Describía la higuera, de hojas puntiagudas como manos abiertas, cuyo tronco rugoso y gris parece forrado con piel de elefante, y que en las mañanas de sol deja caer de rama en rama un fruto que, al aplastarse en el suelo, abre sus entrañas rojas y granuladas. Había también en dicho huerto el naranjo, con su perfume de amor y sus redondas cápsulas de miel encerradas en esferas de oro; y las diversas clases de melocotones, y el plátano, y el melón, que vive junto al suelo para absorber mejor sus jugos, concentrándolos en una carne de dulce marfil.

A veces Adán recordaba el manzano del Paraíso y la serpiente enrollada á su tronco que había dado consejos á su mujer, inspirándole estúpidos deseos. Pero al contemplar luego su huerto, se encogía de hombros. La obra de sus manos le parecía más firme y de mayor porvenir que la creación improvisada del Paraíso.

--Podía sentirse orgulloso de su obra--continuó el viejo--, pero su trabajo le costaba. Habríais sentido lástima al verle tan consumido. Sólo le quedaban los huesos y la piel, después de tantos esfuerzos. Parecía tener dos siglos más que su edad. En cambio, Eva podía pasar por su biznieta.

Esto último no sorprendía al tío Correa. En sus andanzas, había viajado por los países más adelantados y modernos, observando muchas veces que el marido trabaja con una intensidad extraordinaria, pasando el día fuera de su domicilio en lucha áspera por conquistar el dinero, mientras la mujer se queda en su salón tocando el piano y recibiendo visitas. Y como resultado de esta desigualdad en el trabajo, las mujeres parecen las hijas de sus esposos, y éstos mueren, generalmente, mucho antes que ellas.

--Yo no sé verdaderamente quién murió antes, si Eva ó Adán--continuó el viejo--; pero apostaría, sin miedo á perder, que fué el pobre Adán. Eva debió sobrevivirle, siendo una viuda rica de las que saben administrar sus bienes; y así viviría mucho tiempo, amada y respetada por sus hijos, para que no los excluyese del testamento.

¡Pobre Adán!... A veces su cansancio era tan grande después del trabajo, que le faltaba la respiración y tomaba asiento en el umbral de su casa, para reposar un poco.

Había pasado el día entero cavando la tierra ó domando el caballo salvaje y el toro feroz. Sentía un fuerte deseo de contemplar á su Eva unos instantes; el mismo deseo que sienten muchos de adorar á los seres que los maltratan; la admiración irresistible que nos inspira todo lo que nos cuesta muy caro. ¿Y esta mujer no le había costado el Paraíso?...

Eva parecía siempre hermosa, á pesar de que daba al mundo un niño todos los años, y á veces dos. No podía hacer menos, teniendo la misión de poblar la tierra entera.

Apenas Adán, sentado en el umbral de la puerta, se enjugaba el sudor de la frente y empezaba á gustar la dulce voluptuosidad del reposo, cuando la voz de Eva le arrancaba de este deleite fugitivo.

--Oye, Adán: ya que no tienes nada que hacer, podías entretenerte poniendo la mesa.

Otras veces Eva se mostraba injusta y cruel.

--Adán, lávame los platos. Es una vergüenza que estés ahí, mano sobre mano, mientras yo me mato de trabajar.

Pero en ciertas ocasiones tomaba el tono de una súplica dulce y acariciante.

--Oye, maridito mío: tú que eres tan bueno, ¿por qué no das un paseo al bebé en su cochecito? El último que ha nacido, ¿sabes? el que lleva el número setenta y dos. Ya ves, alma mía, que, sola como estoy, no puedo llegar á cuidarlos á todos.

Y el trabajador infatigable, procreador de un mundo entero, debía poner la mesa, lavar los platos y pasear al recién nacido en un cochecito de su invención.

Eva trabajaba igualmente. No era floja labor limpiar los mocos, todas las mañanas, á siete docenas de niños, lavarlos y ponerlos á secar al sol, é impedir que se peleasen entre ellos hasta la hora del almuerzo. Pero su vida estaba agriada por otras preocupaciones.

Al encontrarse fuera del Paraíso, sintió inmediatamente los primeros tormentos del pudor y de la vergüenza. Su larga cabellera ya no le pareció bastante para ocultar su desnudez, como en los tiempos en que no había escuchado aún á la maligna serpiente. Viéndose en el mundo vulgar, como simple mujer de labrador, después de haber sido primera dama en el Paraíso, tuvo que hacerse á toda prisa un manto de hojas secas que la protegiese del frío y le permitiera mostrarse con un aspecto de persona decente ante los seres celestiales.... Pero ¿cómo puede una señora tener buen aspecto llevando siempre el mismo vestido?... Esto equivalía, además, á colocarse al mismo nivel de los animales inferiores, que desde que nacen hasta que mueren llevan siempre el mismo pelaje, las mismas plumas ó el mismo caparazón.

Eva era un ser razonable, capaz de las infinitas variaciones que forman el progreso, y por esto se dedicó á perfeccionar el arte del embellecimiento de su persona.

Con el noble deseo de sostener la superioridad humana sobre los demás seres creados, se hizo un vestido nuevo todos los días. Esta resolución no era dictada por la vanidad, ni por el frívolo deseo de gustar á los hombres ó de hacer rabiar á las amigas, como han pretendido después algunos filósofos malhumorados.

Eva puso á contribución para su adorno todos los recursos de la Naturaleza: las fibras de las plantas, las pieles de los cuadrúpedos, las cortezas de los árboles, las plumas de los pájaros, las piedras brillantes ó coloreadas que la tierra vomita en sus accesos de cólera.

La tarea de inventar nuevos vestidos y adornos fué tan importante para ella y de tal modo deseó la novedad y la variedad, que la vida cambió completamente en la granja de Adán. Los hijos no vieron á su madre en muchas horas, y á veces durante jornadas enteras. Los pequeños se revolcaban en el suelo, cubiertos de una costra de suciedad, mientras los mayores reñían á puñetazos para dominarse unos á otros, ó golpeaban á los hermanos débiles que se resistían á servirles de esclavos.

A veces la tribu entera se ponía de acuerdo para saquear la despensa paternal, devorando en unas cuantas horas todas las provisiones que Adán había almacenado para una semana.

--¡Mamá! ¡Mamá!...

Un coro de voces infantiles estallaba en el interior de la casa, como si implorase socorro.

--¡Callad, demonios! Dejadme en paz. Es imposible tener un rato de tranquilidad en esta casa.

Y después de imponer silencio con voz amenazante, Eva reanudaba el curso de sus meditaciones.

--Veamos: ¿qué tal resultaría una capa de piel de pantera con cuello de plumas de lorito, y un sombrero de cortezas adornado con rosas y rabos de mono?...

Su imaginación no se cansaba de concebir las más prodigiosas creaciones para el ornato de su persona. Luchaba entre el deseo de mostrar los ocultos tesoros de su belleza y un sentimiento de modestia y de pudor propio de una madre.

Cuando se decidía por una falda corta que apenas le llegaba á las rodillas, inventaba inmediatamente, á guisa de compensación, unas mangas muy largas y un cuello que subía hasta sus orejas. Si, en un acceso de coquetería audaz, creaba un traje de ceremonia, sin mangas y muy escotado, buscaba inmediatamente volver á la virtud, fabricándose una falda que le cubría la punta de los pies y arrastraba la cola sobre el suelo, con un fru-fru semejante al ruido otoñal de las hojas secas.

Mientras tanto, Adán iba casi desnudo, mostrando sus vergüenzas de puro pobre. Su ropero sólo contenía unas cuantas pieles de oveja viejas y rotas que estaban esperando una recomposición. Pero la mujer, ocupada en sus fantasías suntuarias, no encontraba nunca media hora libre para este remiendo.

El primer hombre mostraba una viva admiración por las transformaciones continuas que iba notando en Eva. Una mañana su cabellera ostentaba el rojo ardiente del mediodía; á la mañana siguiente tenía el oro suave de la aurora; dos días después sus cabellos mostraban la negrura profunda de la noche. Ciertas tardes venía al encuentro de Adán con una falda voluminosa, casi esférica desde el talle á los pies, y tan ancha, que le era difícil pasar la puerta. Pero como la moda está formada de cambios bruscos y contrastes violentos, al día siguiente mostraba una segunda falda, tan estrecha y ajustada como la funda de un espadín, y apenas si podía marchar, saltando lo mismo que un pájaro.

Su rostro también pasaba por estas extremadas transformaciones. A lo mejor estaba pálida, con la blancura del polvo de los caminos, cual sí acabase de sufrir una emoción mortal; otras veces sus mejillas eran tan rojas que parecían reflejar el fuego del sol poniente.

Adán se sentía feliz al contemplarla, á pesar de que ella lo maltrataba lo mismo que antes, obligándole á desempeñar muchas funciones domésticas cuando venía cansado del trabajo en los campos. El pobre, gracias á tan costosas transformaciones, creía tener una mujer nueva cada veinticuatro horas.

Eva, en cambio, se aburría, con un tedio mortal. ¿Para qué adornarse tanto, si ningún otro ser humano, aparte de su marido, podía verla?... Sin embargo, estaba convencida de que era la admiración de todo cuanto le rodeaba.

Su vanidad había acabado por hacerla entender el lenguaje de los animales y de las cosas, incomprensible hasta entonces para las personas.

Cada vez que salía de su casa, la selva entera se animaba con un murmullo de curiosidad femenil; los pájaros dejaban de volar, los cuadrúpedos se detenían en mitad de sus carreras locas, y los peces sacaban la cabeza sobre la superficie de ríos y estanques.

--Veamos lo que ha inventado hoy para imitarnos--gritaban los loros y los monos insolentes desde lo alto de los árboles.

--¡Muy bien, hija mía!--aprobaba el elefante con lentos movimientos de su trompa y el toro agitando su armado testuz.

--¡Venid á ver la última creación de Eva!--piaban millares de pájaros en el follaje.

Esta ovación de la Naturaleza, que en los primeros días hizo enrojecer de orgullo á nuestra primera madre, fué acogida finalmente con indiferencia por ella. Era el aplauso de una muchedumbre inferior, y Eva aspiraba á la aprobación de sus iguales. La única persona ¡ay! que podía admirar los inventos y los matices de su buen gusto era su marido; y un marido es un ser respetable que merece cierta atención, sobre todo cuando mantiene la casa, pero resulta ridículo que las mujeres se vistan para no ser admiradas mas que por sus esposos. Es como si un poeta hiciese sus versos únicamente para leerlos á los individuos de su familia.

No; la mujer es una artista, y como todos los artistas, necesita un público grande, inmenso, á quien inspirar la admiración y el deseo, aunque no piense ni remotamente en satisfacer ese deseo.... Y como no había en el mundo otro hombre que su marido, y éste le interesaba muy poco, Eva empezó á pensar en los bienaventurados que habitan el cielo y muchas veces habían ido á hacerle visitas cuando ella ocupaba el Paraíso.

Al llegar aquí, el tío Correa interrumpió su relato para dar una explicación que consideraba necesaria.

Como Dios es un rey, los que le rodean se esfuerzan por imitar á los cortesanos terrenales, adoptando todos los sentimientos y las pasiones de su regio amo con más firmeza que éste. Apenas el Omnipotente manifestó su cólera contra Eva y su marido arrojándolos del Paraíso, los habitantes del cielo rompieron sus amistades con ella y con Adán, retirándoles el saludo y evitando todo encuentro.

A veces, cuando Eva se contemplaba en el cristal de un pequeño lago que le servía de espejo, oía á sus espaldas un ruido de alas. Era un arcángel que iba á llevar un recado del Señor, cumpliendo sus funciones de mensajero celeste.

Eva lo reconocía, se acordaba perfectamente de que le había sido presentado asistiendo á sus recepciones en el Paraíso. Pero en vano tosía ó cantaba entre dientes para atraer su atención, adoptando posturas interesantes; el viajero aéreo se resistía á reconocerla, batiendo con apresuramiento sus alas para alejarse lo más pronto posible.

--¡De qué le sirve á una ser hermosa y vestir bien, si no recibe visitas y está condenada á vivir al margen de la sociedad!--decía Eva amargamente.

Y á impulsos de su rabia, desgarraba sus trajes más originales apenas terminados, buscando además camorra al pobre Adán, para acusarlo de ser el único autor de la pérdida del Paraíso.

--Sí, tú fuiste, ¡no lo niegues!--gritaba ella--. Tú me hiciste perder aquel jardín tan agradable y distinguido, con todas mis brillantes relaciones. Tú hiciste no sé qué lío con la serpiente, excitando la cólera del Señor.

Y el pobre Adán sólo sabía decir, como único remedio expuesto tímidamente:

--¡Si te ocupases un poco más de los niños! ¡Si dedicases menos tiempo á tus modas!...

Al oir estos consejos vulgares, la indignación daba á Eva un lenguaje poético.

--¿Quieres acaso que vaya desnuda?--decía con altivez--. Mira lo que hace el viento; es menos interesante que yo, no tiene cuerpo, y sin embargo se envuelve en una capa de polvo al correr á lo largo de los caminos y de un manto de hojas secas cuando atraviesa las selvas.

II

De vez en cuando un querubín volaba en torno á la granja, como un palomo perdido.

Huyendo por algunas horas de la tarea de hacer gorgoritos en los coros celestiales, había osado descender á las regiones terrestres, con la esperanza de que el Señor le perdonaría esta escapada cuando le contase lo que había visto y cómo progresaban los negocios de los humanos después del pecado original.

Eva, con sus ojos de mujer curiosa, no tardaba en descubrir la carita mofletuda que le estaba espiando medio oculta en las espesuras del follaje. Entonces, iniciando una de sus más hermosas sonrisas, lo llamaba:

--Oye, chiquitín, ¿vienes de allá arriba? ¿Cómo está el Señor?

Viéndose descubierto, el niño celestial se aproximaba hasta dejarse caer sobre las rodillas de nuestra madre.

El Señor se mantenía, como siempre, inmutable y magnífico.

--Cuando le veas--continuaba Eva--, dile que estoy muy arrepentida de mi desobediencia. ¡Qué tiempo tan agradable el que pasé en el Paraíso! ¡Qué espléndidas recepciones daba yo allá! ¡Y qué _buffet_ tan distinguido!... ¡Ay, las tortas celestiales!...

Una de sus melancolías más dolorosas era á causa de las tortas celestiales. Eva lamentaba su pérdida tanto como la de la amistad de los bienaventurados.

En vano Adán se calentaba la cabeza buscando algo adecuado para sustituirlas. Hizo tortas de trigo, que roció con la miel de las abejas, recientemente subyugadas; secó los frutos de la viña, inventando las pasas antes que el vino, y así llegó á descubrir el _pudding_. Pero ninguna de tales golosinas pudo hacer olvidar á su mujer las tortas deliciosas que ella encargaba á los pasteleros del cielo para sus tés paradisíacos de cinco á siete de la tarde.

--Dile también--continuaba Eva--que ahora trabajamos y sufrimos mucho. Dile que deseamos verle, una vez solamente, para presentarle nuestras excusas. Mi marido y yo necesitamos convencernos de que Él no nos guarda rencor.

--Se hará como se pide--contestaba el pequeñuelo.

Y dando dos ó tres golpes de ala, se perdía en las nubes.

Pero por más recados de esta clase que dió, nunca pudo conseguir una respuesta de lo alto. En general, la mayor parte de los volátiles celestes jamás volvían á las regiones terrenales, pero de tarde en tarde la mujer de Adán lograba reconocer la cara de alguno de estos seres alados.

--Sé quién eres, pequeño--decía--. La semana pasada te vi rondando por estos sitios. ¿Diste al Señor mi recado? ¿Qué es lo que contestó?

Las más de las veces los ángeles permanecían silenciosos ó balbuceaban palabras sin ilación, como niños bien educados que no quieren decir cosas desagradables á una señora.

--¡Pero Él te habrá dado alguna respuesta!--insistía Eva--. ¡Vamos, habla!

Y una vez encontró á un querubín pequeñito, de cara mofletuda, que le respondió:

--Sí, señora. Su Divina Majestad ha contestado algo. Al darle yo su recado, me dijo: «¿Pero es que ese par de sinvergüenzas viven todavía?...»

Eva sólo quiso ver en tales palabras una broma de niño falto de buena crianza. Juzgaba imposible que el Señor hubiera dicho esto. Si insistía en mantenerse invisible, era seguramente porque estaba muy ocupado en la dirección de sus dominios infinitos, no quedándole media hora libre para dar un paseo por la tierra.

Una mañana fué recompensada su fe en la bondad divina. Se presentó un mensajero celeste, saltando de nube en nube, y gritó á Eva:

--Escucha, mujer: si no llueve esta tarde, es posible que el Señor venga á haceros una visita corta. ¡Ha pasado tanto tiempo sin ver la tierra!... Anoche, hablando con el arcángel Miguel, le dijo: «A veces me pregunto en qué habrán venido á parar aquellos dos canallas desagradecidos que teníamos en el Paraíso. Me gustaría verlos.»

Eva quedó aturdida por la noticia, y llamó á Adán, que trabajaba en un campo próximo.

¡Cómo describir la agitación que conmovió á la granja!... El tío Correa la comparaba con la fiesta del santo patrono en cualquier pueblo de España, cuando las mujeres limpian en la víspera sus casas, desde la puerta al tejado, preparando además la gran comilitona del día siguiente.

La esposa de Adán barrió y lavó los pisos de la entrada de la casa, de la cocina y del dormitorio. También puso una colcha nueva sobre la cama y frotó las sillas con arena y jabón. Después inspeccionó el guardarropa de la familia, y al ver que las pieles de cordero de su marido no estaban presentables, le confeccionó en un momento una casaquilla de hojas secas. ¡Para un hombre, bien estaba!

El tiempo restante lo consagró al adorno de su persona. Contempló con mirada perpleja unos cuantos centenares de vestidos que había hecho y rehecho, preguntándose con desconsuelo:

--¿Cómo me arreglaré para recibir dignamente á tan gran personaje? Verdaderamente, tengo muy poco que ponerme.

Miró con ternura una larga túnica negra, de corte severo, que no dejaba visible ni una línea de su blanco cuerpo. Pero á continuación pensó que, por ser hombres todos los visitantes, no convenía recibirlos con tanta austeridad.

Acababa de escoger uno de sus trajea mixtos, muy atrevido por un extremo y muy discreto por el otro, cuando llegó á sus oídos una verdadera tempestad de gritos y llantos. Toda su prole se sublevaba. Sólo se componía de unos cien muchachos, pero se hubiera dicho que la tierra entera había empezado á gritar.

Por primera vez en su vida Eva contempló atentamente á sus hijos. Eran demasiado feos para presentarlos al Señor. Tenían los cabellos en maraña, las mejillas manchadas de barro seco y las narices cubiertas de costras. Eva, absorbida por sus inventos de modista, los había olvidado durante meses y meses.

--¿Cómo presento estos granujas á Dios?... El Todopoderoso va á creer que soy una sucia y una mala madre.... Porque el Señor es hombre, y los hombres no comprenden lo difícil que es cuidar á tantos chiquillos.

Después de esto empezó á insultar á Adán, como si éste fuese el responsable del abandono en que vivían sus hijos.

Pero transcurría el tiempo y era urgente tomar una resolución. Luego de muchas dudas y titubeos, Eva escogió á los hijos preferidos (¿qué madre no los tiene?) para lavarlos y vestirlos lo mejor que pudo. Después empujó á los otros á puro cachete, hasta dejarlos encerrados en un establo, bajo llave, á pesar de sus protestas.

Ya llegaban los visitantes. Eva apenas tuvo tiempo de dar una última mano al arreglo de su persona. Sacudió su vestido para hacer desaparecer las arrugas de la lucha con la terrible chiquillería y se pasó un peine por los pelos alborotados.

En el horizonte, una columna de nubes, blanca y luminosa, descendió del cielo hasta posarse en la tierra. Empezó á sonar un ruido de alas innumerables, acompañado por las voces de un coro inmenso, cuyos «¡hosanna!» repercutieron á través del espacio infinito.

Los primeros viajeros celestes, desembarcando de la nube que los había traído, empezaron á remontar el sendero de la granja. Estaban envueltos en tal esplendor, que parecía que todas las estrellas del firmamento hubiesen bajado á la tierra para juguetear entre los bancales de trigo cultivados por Adán.

Iba delante la escolta de honor, compuesta de un destacamento de arcángeles cubiertos de cabeza á pies con centelleantes armaduras de oro. Después de haber envainado sus sables, se acercaron á Eva para decirle unos cuantos chicoleos, asegurando que no pasaban por ella los años y que se mantenía tan fresca y apetitosa como en los tiempos que habitaba el Paraíso.

--Los soldados son así--explicó el tío Correa--. Allá donde van se lo comen todo, y lo que no se comen lo rompen ó se lo apropian. Cuando ven á una mujer sienten excitado su heroísmo, lo mismo que si oyesen sonar el toque de asalto....

Total: que algunos más atrevidos intentaron unir los actos á las palabras, abrazando á Eva. Pero ésta tenía cerca su escoba, y los obligó con una rápida contraofensiva á refugiarse en la huerta, donde se subieron á los árboles.

El viejo segador rió un poco, añadiendo después:

--El pobre Adán no sabía qué hacer. «¡Van á comerse todos mis higos y mis melocotones!», gritó levantando los brazos. Para él hubiera sido mejor un ciclón en su huerto que la entrada de la alegre soldadesca. Pero como era hombre de tacto, aunque juró un poco, acabó por callar.

El Señor llegaba ya. Su barba era de plata y su cabeza tenía como adorno un triángulo resplandeciente que lanzaba rayos lo mismo que el sol. Detrás venía Miguel, con una armadura incrustada de piedras preciosas formando fantásticos dibujos. Cerraban la marcha todos los ministros y altos dignatarios de la corte celestial.

--El Creador saludó á Adán con una sonrisa de lástima--prosiguió el viejo--. «¿Cómo estás, infeliz?», le preguntó. «¿Tu mujer no te ha metido en nuevos líos?...» Después acarició á Eva, tomándole la barbilla. «¡Hola, buena pieza! ¿Aún continúas haciendo locuras?»

Conmovidos por tanta simplicidad, los esposos ofrecieron al Señor el único mueble que poseían, semejante á un trono. Era una silla de brazos como las mejores que se pueden encontrar en una granja rica.

--¡Qué asiento, hijos míos!--dijo el tío Correa con entusiasmo--. Ancho, blandísimo, hecho con madera de algarrobo de la mejor y con cuerda de esparto bien tejido; un sillón, en fin, como sólo puede tenerlo un cura de pueblo rico.

Sentado en él Su Divina Majestad, fué escuchando lo que le contaba Adán, sus fatigas, sus malos negocios, las dificultades que había de vencer para ganar el sustento de él y su familia.

