El poema de la Pampa: "Martín Fierro" y el criollismo español
Part 9
En todo vagabundo hay un fracasado. Pero el vagabundo europeo puede fracasar epidémicamente; puede su vagancia haber nacido de la pereza, de la inhabilidad manual, de la torpeza mental, o simplemente de un morbosismo psicológico; con frecuencia es un pillo, que renuncia a luchar de frente, para atacar de soslayo a la sociedad, como hacen el mendigo español y el vagabundo francés; o ser un impotente y un perezoso, como el vago inglés. Mientras que en el _atorrante_, el fracaso arranca de las entrañas del ser. Lo que fracasa en el _atorrante_ es todo el caudal de ensueños, de ambiciones, de conjeturas sobre el porvenir, de proyectos grandiosos y felices para mañana. El _atorrante_ es un hombre a quien la ilusión ha desprendido de su raíz europea; ha venido a Buenos Aires con un bagaje sólido de ilusiones; y en Buenos Aires, rápidamente, su caudal ilusorio se ha gastado, se le ha ido, y el hombre se queda pobre, pero con la penuria de la ilusión, con la inopia ilusoria, la más profunda y trágica de las inopias.
Considérese que un hombre no se decide a traspasar el ancho piélago oceánico sino a requerimientos de una índole trascendental. El acto de desarraigarse, de abandonar las formas y los colores y los afectos natales es un acto único en la vida de un hombre; para que ese acto se realice, ha sido necesario que todos los motores internos se pusieran en actividad, y que una ilusión suprema viniese a henchir el alma del emigrante. Esta ilusión se compone de un deseo: la riqueza. A la mirada del emigrante, la visión de América se sintetiza en una especie de locura dorada. La fortuna se le representa vivamente, y se embarca con la firme seguridad de que ha de volver a su pueblo oyendo el tintineo jubiloso de las monedas en sus bolsillos. Y que ha de realizar después todo cuanto sueña: la buena comida, los buenos vinos, el buen amor de una bella muchacha y la serenidad de una vejez abastecida.
Pero este hombre llega, y a los pocos meses se retira de la lucha. Es joven aún, es fuerte, es inteligente. Sin embargo, no quiere luchar. Se retira a un lado, deja pasar a los victoriosos, y él no pide nada, sino vivir. Ha perdido su bagaje ilusorio. Le falta la voluntad. Le falta algún acicate interior y misterioso. ¿Qué tragedia moral ha sucedido en el alma del _atorrante_?... Lo extraño de este fenómeno psicológico, es que la mayoría de los _atorrantes_ que huelgan por la ciudad, son de procedencia hiperbórea. Para los pueblos latinos y cálidos, el fenómeno se presenta lleno de curiosidad. Porque nosotros, hombres a quienes llaman ahora decadentes, tenemos de los otros hombres septentrionales una idea respetuosa; consideramos, no sin justicia, que los hombres de raza rubia asumen el imperio de la fuerza, del trabajo y de la victoria: no podemos concebir que un inglés, un germano o un escandinavo rueden por las calles en estado de miseria o de vencimiento. Por eso, cuando un hombre de barbas rubias y de hablar tartajoso nos asalta con la mano tendida, sufrimos una decepción y una gran perplejidad, la misma que nos invade cuando alguno nos derriba alguna verdad que teníamos por inconcusa. Que un inglés me pida un peso para comer, produce en mi mente el mismo asombro que la negación de que la tierra es redonda.
Permitidme que hable con tanta unción de un personaje roto y desventurado. La gente mira pasar a los _atorrantes_, y apenas si se fija en ellos. Yo estimo que en esos seres hay océanos de problemas psicológicos, y que la pluma de los escritores debiera atacar ese motivo interesante, maduro, tentador. Caminando al azar por calles y plazas, siempre que tropiezo con un _atorrante_ me paro a observarlo. Tienen para mí esos seres el interés agudo de los supremos conflictos. A fuerza de observarlos, he llegado a entender el contraste de sus almas turbias y extrañas, en frente de la vida brillante y laboriosa de Buenos Aires. Mirándolos bien, acaso he llegado a considerar que en la profundidad de sus almas existe una mayor sabiduría que en las almas de los triunfadores, de los que llamamos, muy de ligero, felices y sabios. Y he llegado también a rectificar mi primera impresión; he sospechado que en el alma del _atorrante_ ha habido, en efecto, una previa tragedia, un supremo dolor; pero eso ocurre al principio, en el instante de la caída, cuando todo el bagaje ilusorio y mental se desploma, cuando viene la hora del gran desengaño; después, al cicatrizarse la herida, he sospechado que en el alma del _atorrante_ sobreviene una suave serenidad. Su ser entero se convierte en filosofía. Piensa, como su abuelo Diógenes, que la grandeza y la fortuna de Alejandro es pura vanidad; que en la vida sólo hay una cosa efectiva, el dolor; y como el origen certero del dolor es la actividad, renunciando a ésta se libra de aquél. De esta manera consigue el _atorrante_ evadirse del sufrimiento. No actúa, no lucha, no pide la felicidad por conducto del trabajo y de la pasión sobreexcitada; deja que la felicidad se produzca espontáneamente, por el mero hecho de no buscarla... El _atorrante_ sabe instintivamente que la felicidad es como la mujer; si se la busca y suplica, se muestra esquiva, pero si se la desprecia, ella acude sin condiciones.
En otro clima y en otra sociedad menos amables, el _atorrante_ sería un ser desgraciado; en Buenos Aires vive fácilmente, casi con la facilidad de los gorriones. El clima es benigno con él; hay más días de sol que de lluvia, y el frío no aprieta demasiado. La gente no le mima, bien es verdad; la gente, ocupada con exceso, tiene la religión del trabajo, y el holgazán le merece desprecio. Pero la gente, al mismo tiempo, carece de aquella crueldad moralizante de otros pueblos, y le deja vivir. Le dejan ir por las plazas y los paseos, tomar el sol, acostarse a dormir la siesta en los bancos de los jardines, a la misma hora en que todas las gentes sudan febriles. Sólo le limitan la entrada en ciertas calles; cuando al caer de la tarde, por ejemplo, un _atorrante_ se atreve a entrar en la calle Florida, los vigilantes lo expulsan, para que sus andrajos no desentonen entre el lujo de los atildados transeuntes. Pero esta limitación no le ofende ni lastima mucho: él ha renunciado al orgullo, no siente herida su dignidad al ser expulsado como un perro; en cuanto a la contemplación de los atildados y lujosos transeuntes, a él producen irónico desprecio. Conoce la cantidad de dolor que ha sido preciso desarrollar para adquirir un lindo sombrero con plumas ondulantes, o una cadena gruesa de oro.
El prefiere otras venturas más reales y sólidas. Sabe dónde corre una brisa dulcísima, o dónde cantan más deliciosamente los pájaros. Conoce todos los secretos de la ciudad, como si la ciudad hubiera sido hecha para su goce exclusivo. Obsérvese atentamente y se verá que las gentes llamadas poderosas y felices se reservan los puntos más desagradables de la ciudad, tales como las calles estrechas y llenas de carros, estrepitosas, sucias, irrespirables; en cambio el _atorrante_ se reserva los puntos más deliciosos. A cualquier hora del día, pero singularmente en las horas de más frío o calor, los jardines están solitarios; si el tiempo es de bochorno y de sudor, los árboles no tienen a quien albergar, y si hace frío, en las explanadas de los paseos el sol no tiene a quien acariciar con su tibieza. Las gentes sabias y felices están ocupadas en trabajar, en reunir elementos de dicha... y la dicha real está en otra parte. Entonces el _atorrante_ bendice la providencia de los hombres, que han construído unos jardines tan hermosos, y se recrea en ellos. Se tumba tranquilamente, y deja que el ave rara de la felicidad le roce con su ala misteriosa.
¿Y de qué se alimenta el _atorrante_? Preguntad a los gorriones de qué viven: de lo fortuito, de lo desconocido, de las migajas caídas. Aquí abre la portezuela de un ricacho, allí recoge el pañuelo que se le cayó a una dama, más allá aguarda el paso de los padrinos de un bautizo, en otra parte busca un coche de alquiler para un señor que lleva prisa; o come las sobras de los cuarteles, o pide una limosna a los transeuntes, o llega en el momento de la comida de los obreros, y con sublime cinismo, él come pan ganado con el sudor de la frente ajena. Vive de milagro, según dice la gente; pero él no cree en el milagro, y sabe que la vida es cosa natural, simple, lógica, y que el acto de comer no merece la transcendencia que se le da. Toda la humanidad preocupada con la conquista del pan, ¡cuando el pan llega a la boca del individuo sin ningún esfuerzo! Esta verdad la conocen muy bien los gorriones, los _atorrantes_, y la conocía también Jesús Nazareno, cuando predicaba a los obcecados judíos diciéndoles: “¿Atesoran las aves del campo? Sin embargo, ellas están bien gordas y adornadas...”
Es extraño que los sociólogos argentinos no se hayan apoderado de este problema del _atorrantismo_, tratándolo en sus fases curiosas, originales, características. Ya que se trata de un ejemplar diferente del vagabundo, y que adopta aspectos que pudieran llamarse nacionales, bien se merece largos y detenidos estudios. Yo he preferido hablar de él como de pasada, mirándolo desde el lado sentimental.
Vayan estas líneas dedicadas a ese tipo singular, el cual, quizá por un fenómeno de paradoja, merece toda mi ferviente simpatía...
LOS “PAYADORES”
He aquí unos personajes anacrónicos que en plena Pampa tienen la extraña virtud de reproducir las costumbres trovadorescas de la Edad Media.
El _payador_ es un rústico y rudimentario _trovero_, que si no mantiene la finura y la delicadeza de sus antepasados europeos, conserva los hábitos de bohemia y de parasitismo que distinguían a trovadores y juglares. Es algo más que un juglar, porque no se limita a repetir las coplas que otros inventaran, y un poco menos que un trovador, a causa de su incultura y rusticidad.
En fin, es un pícaro con donaire y con imaginación que acierta a vivir lindamente de las sobras y los regalos, y que, igual que los juglares, solicita un “vaso de buen vino”, que para él se convierte en un frasco de ginebra.
Su especialidad, dentro de la retórica trovadoresca, suelen ser las _tensiones_. Le gusta a él, y todavía le gusta más a su público, que otro _payador_ acepte el reto. Entonces, en las veladas que siguen a los bautizos, bodas, esquileo de ovejas y hierra de ganados, los dos _payadores_ se sitúan frente a frente, disponen sus guitarras, y con una tonada monótona que recuerda bastante a cierta música andaluza, se traban en una lucha de discreteos, de mordacidades y también de insultos. A la copla de uno contesta el contrincante como puede, y es más estimado el _payador_ que acierta a sugerir burlas y alusiones más ingeniosas. Si además sabe embellecer su canto con algunas imágenes poéticas e ingenuamente rimbombantes, el público le concede grandes agasajos y larga estima.
La gente del campo en la Argentina conserva el recuerdo de algunos famosos _payadores_, y hasta se ha formado la leyenda del máximo _payador_, el más glorioso de todos y el más inexistente.
En efecto, la literatura argentina ha podido utilizar, no siempre con fortuna, la leyenda de _Santos Vega_, especie de héroe gauchesco que recorría las _estancias_ y las _pulperías_ a lomo de su buen caballo, y armado de su guitarra sonora. Nadie sabía cantar como él; nadie más ingenioso, inventivo y conmovedor; inutilmente osaban contra él todos los adversarios. Pero un día, estando a la sombra de un ombú rodeado de admiradores, bruscamente llega un desconocido y pide licencia para luchar con el héroe. Cantan los dos, y pronto conoce _Santos Vega_ que su gloria ha terminado para siempre. ¡Su contrincante sabe cantar mejor que él, y el auditorio, mudo de terror, tiene que reconocerlo así!... ¿Quién era aquel payador misterioso, que tanto sabía cantar, y que al punto de su victoria huye sin dejar rastro? No podía ser otro que el diablo... Vencido, pues, por el mismo demonio, _Santos Vega_ cae en una profunda melancolía y muere.
EL EXITO DEL “MARTIN FIERRO”
El poema de José Hernández tuvo desde el principio una aceptación ruidosa; el pueblo inculto lo acogió como la expresión más sincera y veraz del alma, de las costumbres y de los modismos populares, y pronto las mismas personas ilustradas reconocieron al “Martín Fierro” un valor de cosa oportuna y providencialmente acertada. Sin embargo, como a otras muchas obras de imaginación, las gentes doctas tardaron bastante tiempo en atribuir a este poema popular el mérito de originalidad y de excepción que hoy se le concede en los países del Plata.
En el prefacio a la edición décimocuarta, que utilizo en este momento, los impresores se congratulan de haber llegado a la cifra de 62.000 ejemplares, “hecho sin precedente en estos países americanos”, como los mismos editores confiesan con admiración. “Aquí, en Buenos Aires, la ciudad de más movimiento intelectual del Nuevo Mundo (sic), no conocemos resultado semejante, ni aun tratándose de aquellas obras políticas, literarias o económicas, que lograron alcanzar gran boga. Millares tras millares ha colocado sin dificultad el editor de cada edición, en medio de la sorpresa que experimentaba al recibir, hasta por telégrafo, pedidos que le hacían de diversos puntos de la campaña...”
Primeramente apareció “El Gaucho Martín Fierro”, y en vista de su boga el autor se apresuró a dar la segunda parte, con el título de “La Vuelta de Martín Fierro”.
SARMIENTO
Domingo F. Sarmiento es una de las figuras más culminantes de la República Argentina. Su vida, que por gracia de los dioses fué muy larga, la dedicó enteramente al progreso y la cultura de su país.
Carácter original y combativo, tenía las características de su verdadera raza, la española. Sin embargo, o tal vez por lo mismo, España le debe bastantes juicios agrios y una enemistad que, por lo apasionada e injusta, demuestra igualmente su procedencia española...
Asumió desde la juventud la tarea de organizar un país que carecía de todo, empleando la espada o la pluma, afrontando el destierro, no tomándose un instante de reposo, puesto que a todas horas disputaba, contradecía, enseñaba, siempre con una candente violencia. Un día se presentó en el Congreso y comenzó su discurso: “¡Traigo los puños llenos de verdades!...”
Su violencia le ganó el sobrenombre de loco. Los más corteses se reducían a titularle energúmeno. Era un hombre, en efecto, que no estaba nunca satisfecho, y que pelearía con su sombra si le faltasen objetos de combate. No le faltaban, sin duda. Salió a la palestra cuando la Argentina cruzaba la zona más difícil de su existencia; cuando la tiranía de Rozas empujaba al país hacia un ignominioso retroceso político; cuando las mejores flores de la cultura colonial, después de algunos lustros de independencia, se malograban miserablemente; cuando las ciudades se empobrecían y se embrutecían, y el gauchaje, como reflujo bárbaro o indio, dominaba en esas ciudades.
Los tiempos y la ocasión no exigían, de seguro, procedimientos blandos. Sarmiento, argentino también en esto, hizo de “compadre” intelectual frente al cerril empecinamiento de la incultura. Fué audaz, violento, agresivo, desafiador, sarcástico, brutal, en un país donde el valor y la violencia individuales conservan tan profundo prestigio.
Estuvo reñido con todos; vivió formándose enemigos. Es cierto que se movió en los lugares más favorecidos por la saña y la tempestad: el periodismo y la política.
No le exijamos, pues, una cualidad de escritor consumado; no queramos ver en él un estilista, un gran creador de figuras novelescas, ni un erudito. No tuvo tiempo para formarse una personalidad literaria. Sólo tuvo tiempo para reñir y aguantar polémicas.
Sin embargo, resulta el escritor más personal de la Argentina, tal vez el más completo hombre de letras de su país. Y a la distancia, después que el ruido eventual se ha despejado, queda de Sarmiento únicamente su figura literaria. El mismo Mitre, hermano suyo en genialidad, nos aporta una figura más compleja, y no pueden separarse de él las cualidades de militar y de gobernante, asociadas para siempre a la historia argentina.
Escribiendo fragmentariamente, nutriéndose de cultura al pasar, viviendo en continua zozobra, Sarmiento ha logrado dibujarse como una vigorosa personalidad literaria. Posee un sabor intenso, imborrable, original. Sin que su estilo se distinga por ninguna condición expresa, escribiendo con frecuencia deshilachadamente, logra, no obstante, componerse una vigorosa personalidad literaria.
Es personal siempre, pero a la manera más estimable y profunda, no por un amaneramiento estilista. Su naturaleza portentosa vibra y rebosa en sus inmensos trabajos. Nada se escapa a su interés. Escribe de costumbres, de crítica literaria, de política, de sociología, de pedagogía. Cuando su espíritu reposa, sabe componer páginas tan sentidas y poéticas como las de “Facundo” o de “Recuerdos de Provincia”.
Creemos interesante reproducir algunos trozos literarios de Sarmiento, como muestra de su estilo y de su opinión a propósito de las cosas de España. Entresacamos unas páginas de un viaje por la Península, realizado en la primera mitad del siglo XIX. Siempre es curioso oir las impresiones que nuestro país le merece a un intelectual americano, especialmente en una época tan agitada. Lástima que la “moda romántica” y el recuerdo reciente del viaje de Alejandro Dumas le hagan incurrir en defectos de tono, en amaneramientos de escuela literaria y en esas exageraciones habituales al ritual romántico-progresista del siglo pasado.
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_Madrid, Noviembre, 15 de 1846_.
Esta España, que tantos malos ratos me ha dado, téngola por fin en el anfiteatro, bajo la mano; la palpo ahora, le estiro las arrugas, y si por fortuna me toca andarle con los dedos sobre una llaga, a fuer de médico, aprieto maliciosamente la mano para que le duela, como aquellos escribanos de los Tribunales revolucionarios, o de la inquisición de antaño, que de las inocentes palabras del declarante sacaban por una inflexión de la frase el medio de mandarlo a la guillotina o a las llamas. Preguntado cuál es su nombre, etc., y no respondiendo, el escribano pone: “se obstina en ocultar su nombre”. Interrogado de nuevo, dice que es sordo; entonces escribe, “el acusado confiesa que conspira sordamente”. Y luego aquellos benditos padres, con su hábito chorreado de polvito sevillano, con su voz gangosa, condolida y melíflua: “¡hermano! ¡abandonaos a la misericordia infinita del Santo Tribunal!...” “¡Infeliz! si os callais, sois condenado como hereje contumaz, endurecido; si hablais una palabra, seréis sospechado de leve, de grave, de gravísimo, de relapso, de todo, menos de que sois hombre, de que tenéis razón, de que sois inocente”, porque esa sospecha no pasó nunca por aquellas almas devotas.
Poned, pues, entera fe en la severidad e imparcialidad de mis juicios, que nada tienen de prevenidos. He venido a España con el santo propósito de levantarla el proceso verbal, para fundar una acusación, que, como fiscal reconocido ya, tengo de hacerla ante el Tribunal de la opinión en América; a bien que no son jueces tachables por parentesco ni complicidad los que han de oir mi alegato. Traíame, además, el objeto de estudiar los métodos de lectura, la ortografía, pronunciación y cuanto a la lengua tiene relación. De lo primero he hecho una pobre cosecha, y del resto encontrado secretos que a su tiempo verán la luz. Imaginaos a estos buenos godos hablando conmigo de cosas varias y yo anotando:--no existe la pronunciación áspera de la _v_; la _h_ fué aspirada, fué _j_, cuando no fué _f_; el francés los invade; no sabe lo que se dice este académico; ignoran el griego; traducen y traducen mal lo malo. A propósito, una noche hablábamos de ortografía con Ventura de la Vega y otros, y la sonrisa del desdén andaba de boca en boca rizando las extremidades de los labios. ¡Pobres diablos de criollos, parecían disimular, quién los mete a ellos en cosas tan académicas! Y como yo pusiese en juego baterías de grueso calibre para defender nuestras posiciones universitarias, alguien me hizo observar que, dado caso que tuviésemos razón, aquella desviación de la ortografía usual establecía una separación embarazosa entre la España y sus colonias. Este no es un grave inconveniente, repuse yo con la mayor compostura y suavidad; como allá no leemos libros españoles; como ustedes no tienen autores, ni escritores, ni sabios, ni economistas, ni políticos, ni historiadores, ni cosa que lo valga; como ustedes aquí y nosotros allá traducimos, nos es absolutamente indiferente que ustedes escriban de un modo lo traducido y nosotros de otro. No hemos visto allá más libro español que uno que no es libro, los artículos de periódicos de Larra; o no sé si ustedes pretenden que los escritos de Martínez de la Rosa son también libros! Allá pasan sólo por copilaciones, por extractos, pudiendo citarse la página de Blair, Boileau, Guisot, y veinte más, de donde ha sacado tal concepto, o la idea madre que le ha sugerido otro desenvolvimiento. Lo que daba más realce a esta preparación era que, a cada nueva indicación, yo afectaba apoyarme en el asentimiento unánime de mis oyentes. Como ustedes saben... decía yo, como ustedes no lo ignoran... ¡Oh! estuve admirable, y no había concluído cuando todos me habían dado las buenas noches...
Mas es preciso que os introduzca a España por dos caminos. Hay dos en España para diligencia. Hay diligencias. ¿No lo creeis? Verdad de Dios, y en prueba de ello que se mandaron a hacer a Francia las que viajan por la carrera de Bayona a Madrid, que son las únicas que tienen forma y comodidades humanas. Hay en ideas, como en cosas usuales en los pueblos, ciertos puntos que han pasado ya a la conciencia, al sentido común, y que no pueden alterarse sin causar escándalo, subversión en los ánimos. Por ejemplo, el arnés de las bestias de tiro en Inglaterra, Francia, Alemania o Estados Unidos, es una de esas cosas invariables; compónese de correas negras, lustradas, con hebillas amarillas, afectando cuando más en cada país diferencias insignificantes. Se entiende, pues, que la diligencia ha de ser tirada por dos, cuatro, cinco caballos manejados del pescante; que el conductor ha de llevar bota granadera, sombrero de hule y largo chicote para animar sus caballos. Salís de Bayona hacia Irún y Vitoria, y el francés, o el europeo caen, al pasar una colina, en un mundo nuevo. La diligencia es tirada por ocho pares de mulas puestas el tiro de dos en dos, a veces por diez pares en donde el devoto repasándolas con la vista podría rezar su rosario; negras todas, lustrosas, fusadas, rapadas, taraceadas, con grandes plumeros carmesí sobre los moños, y testeras coloradas, y rapacejos y redes y borlas que se sacuden al son de cien campanillas y cascabeles; animado este extraño drama por el cochero, que en traje andaluz y con chamarra árabe, las alienta con una retahila de blasfemias a hacer reventar en sangre otros oídos que los españoles; con aquello de _arre p_.... marche la _Zumalacarregui, anda... de la Virgen, ahí está el carlista... p... Cristina janda, jandaaa!_ y Dios, los santos del cielo y las potestades del infierno entran _pèle mèle_ en aquella tormenta de zurriagazos, pedradas, gritos y obscenidades horribles. Triste cosa por cierto, que en los dos países exclusivamente católicos de Europa, en Italia y España, el pueblo veje, injurie, escupa a cada momento todos los objetos de su adoración, de manera de hacer temblar un ateo. Leed aquellas reyertas de los gondoleros de Venecia, descritas por Jorge Sand, en que el uno echa en cara al otro para injuriarlo las sodomías, bestialidades y torpezas de su madona.