El poema de la Pampa: "Martín Fierro" y el criollismo español
Part 8
Es una desgracia que todo un pueblo, como por sufragio universal, decrete que la palabra _lindo_ ha de expresar todo cuanto sea excelencia, y que ninguna otra palabra pueda tener circulación. La desgracia en este caso significa una pérdida de diez, quince, veinte palabras; y como cada palabra corresponde a un matiz de expresión, hemos suprimido de nuestro mundo perceptivo numerosos puntos de vista. Las cosas, entonces, ya no tienen para nosotros dimensión, superficie, profundidad; las cosas quedan exhaustas de eso que es tan inapreciable para el hombre culto: la graduación. Porque, bien mirado, lo que distingue al civilizado del salvaje, es una cuestión de grados. El salvaje procede como nosotros: habla, ríe, llora, piensa, guerrea, cultiva la tierra y fabrica objetos que cambia por otros objetos. Pero todo eso lo realiza gradualmente por debajo de lo que nosotros realizamos. De la misma manera, un salvaje toca una música bárbara en instrumentos groseros; de su música hasta la de Beethoven, median infinitas gradaciones. Habla, pero sus palabras son pocas, sintéticas; los mil matices de expresión se le escapan, porque no los percibe. Distingue el color negro del blanco, el blanco del verde, pero confunde el verde con el amarillo, el azul con el morado...
Si en Buenos Aires pasa una joven pizpireta y graciosa, la llaman linda; pero si pasa una hermosa y elegante mujer la llaman linda asimismo; y le dicen lindo a un soberbio palacio, y lindo a un patético discurso, y lindo a una acción heroica, y lindo a un campo espléndido. Limitar de tal modo el idioma, equivale a tirar voluntariamente un rico caudal. Es otro lamentable descuido usar las frases, los giros, las salutaciones, las formas arquitecturales del discurso que todo el mundo usa. Pierde con eso su variedad el lenguaje, y nos convertimos en autómatas parlantes.
Pero la culpa de este mal no debe achacarse a nadie, sino a la misma constitución geográfica del país. Si el país es uniforme, el idioma corre el peligro de ser uniforme también. Otra causa de la uniformidad americana debe de consistir en los procedimientos coloniales de los conquistadores: se limitaban el punto de embarque y el punto de recepción, de manera que las cosas, las ideas y las palabras habían de salir inexorablemente de Sevilla y llegar sin escala intermedia a Panamá. Desde Panamá, las cosas, las ideas y las palabras eran distribuídas en los diversos virreinatos y capitanías. De ahí proviene la igualdad americana; esa es la causa de que el continente, a pesar de su extensión y de la variedad climatológica, tenga más cohesión que muchos pequeños Estados europeos; y que las canciones populares de Méjico guarden cierta conexión rítmica con los cantos de Chile y del Plata; y que se llame _pulpería_ en Puerto Rico a la misma cosa que en Buenos Aires se llama _pulpería_.
Las naciones viejas y occidentales tienen, entre sus muchos defectos, algunas cualidades buenas; la misma diferenciación regional, origen de tantos disgustos, produce un efecto vital; el hombre de Venecia mantiene formas y derivaciones locales, que unidas a las del hombre de Génova, Nápoles y Siracusa, prestan al idioma italiano una continua aportación de aguas verbales vivas. En ese caso, el idioma posee una manera de reservas lingüísticas, propicias para conservar en estado corriente y renovado al idioma nacional.
Idéntico es el caso de España con sus regiones tan variadas, donde los modos de decir locales suponen una reserva inagotable para el acervo común del idioma. En esas regiones escondidas, hasta atrasadas, se conserva latente una transpiración íntima, un ritmo interno del lenguaje. Sin proponérselo, el ritmo ese del lenguaje lo van traspasando las regiones a la lengua culta, como los manantiales que vierten aguas nuevas en un río. Porque el lenguaje, cuando se detiene y embalsa en un centro numeroso de cultura, puede derivar en una cosa quieta y exenta de elasticidad: para obviar tal peligro están los humildes manantiales de las regiones, con su vigor de naturaleza virgen.
Se habla mucho de los galicismos. Pero el mal del galicismo no está en el uso snobista de pocos o muchos vocablos gálicos. Una persona, o un escritor, pueden intercalar en su lenguaje diversos vocablos exóticos; decir _tour de force_ a todo trapo, y hablar de finanzas cuando cabría decir negocios. No está ahí el mal, sino en _construir_ a la francesa. Y desde algunos años a esta parte, nos estamos esforzando en desvirtuar el ritmo de nuestro idioma, deformándolo, no en la parte externa, sino en su interior. Lo estimable de un idioma, y lo que le hace ser original, es su arquitectura, o sean los movimientos esenciales de sus oraciones. Cada pueblo debe tener sus maneras peculiares de decir; y el pensamiento diferenciado de un pueblo se manifiesta en formas de expresión diferentes. Como ejemplo tenemos los idiomas germánicos y los latinos; así como el pensamiento germánico nos es hostil en el primer instante, y a veces no concluímos de aceptarlo nunca, del mismo modo sus idiomas se nos resisten, y al traducirlos necesitamos variar, suprimir y aumentar sus palabras y sus giros. Dentro de la familia de las lenguas romances, hay, aunque en menor grado, una disparidad semejante. El italiano castizo no construye sus oraciones, ni ataca las piezas principales de su discurso, como un francés, ni un francés como un español. Pero actualmente vamos suprimiendo esas diferenciaciones, y a diario leemos artículos o libros escritos en castellano, que si se tradujeran palabra por palabra al francés, quedarían incólumes dentro de la lengua de Racine. Muy bien; esto parecerá una gran hazaña de adaptación europea; pero renunciar al carácter intrínseco del lenguaje, presupone la renuncia del carácter personal. Tales renuncias, bien examinadas, cabría considerarlas como pecados o crímenes de lesa personalidad, o aún peor, de lesa nacionalidad.
En el porvenir, y un porvenir muy próximo, por cierto, las guerras de naciones se convertirán en guerras de idiomas. Lucharán los lenguajes por la hegemonía mundial, y varias naciones se unirán en torno a un idioma para presentar batalla a los otros.
El idioma inglés, con sus doscientos millones de adictos, triunfa actualmente, y amenaza prosperar hasta límites incalculables. La lengua alemana sube como una marea, al compás del fecundo crecimiento de esa prolífica raza tudesca. Pero este nuestro lenguaje, antes glorioso, está destinado a superar todas las metas y todos los cálculos. Las numerosas naciones que lo hablan, cada una por su parte se esmerará en dilatarlo; allí sólo, en la cuenca hidrográfica del Río de la Plata, promete dilatarse hasta pasmosas cantidades de millones. Será uno de los idiomas príncipes, uno de los grandes combatientes de esa guerra incruenta, pero formidable, del porvenir...
Todo, pues, cuanto hagamos por ennoblecer, robustecer y abrillantar esta arma fuerte que nos han dado, será obra que leguemos a nuestros hijos, méritos que hagamos para la gratitud de nuestros descendientes.
EL ESTILO DESMESURADO
Es singular el número de escritores exaltados que aparecen en América. A despecho de todas las censuras y de todos los silencios acusadores, continuamente brotan en aquellos climas poetas o prosistas que hablan en tono agudo, en la nota del _do_, como los tenores.
Se trata sin duda de una enfermedad. Hay poeta por aquellas calles que padece un verdadero delirio de persecución; otros sufren la manía de grandezas. Componen sus estrofas como si estuviesen frente a frente de la posteridad. Más que palabras, son gritos lo que pronuncian. Se creen entes geniales o providenciales que vienen al mundo a deshacer algún error descomunal. Se encaran con el público, lo apostrofan, hacen gestos de iluminado. Adoptan el papel de vengadores del pueblo unas veces, y su demagogia virulenta quiere fustigar no se sabe qué milenarias tiranías. Otras veces muéstranse investidos de un aristocraticismo bayroniano, y miran al mundo con un desdén que produce perplejidad.
Cuando la moda intelectual formó en todo el mundo tantos escritores anarquistas y socialistas, los jóvenes argentinos exigieron también su parte de excentricidad. Brotaron poetas blasfemos y anarquistas como hongos. El más famoso fué Almafuerte, el cual, con sus versos crepitantes, societarios y terribles, con su retórica fantástica y sus gesticulaciones de Cristo de suburbio industrial, instauró en la Argentina el reinado de lo energúmeno. Ha tenido, y tiene todavía, entusiastas imitadores.
Energúmenos del verso y de la prosa, para ellos no existe la medida, la discreción, el arte civilizado de reprimirse. Usan palabras fieras, versos espeluznantes, donde se complacen en rimar batalla con metralla, trapo con sapo.
Es curioso cómo aquellos exaltados hablan de esclavitudes y desolaciones en medio de una sociedad completamente distraída; benévola y exenta de amarguras fundamentales.
¿A qué se debe esa manera literaria, ese prurito de hablar en tono agudo y de mostrarse con actitudes sibilíticas? ¿Será la herencia tardía de Víctor Hugo? ¿La lectura precipitada de Nietzsche? ¿O tal vez el latinismo, ese latinismo gestero y exagerado que se hincha y aumenta bajo el clima fecundo de América?
Debe consistir también en la especial educación escolar y universitaria. Se educa al niño a los sones de los himnos patrios, y para afirmar en él el culto de los héroes nacionales, se le obliga a una especie de gimnasia panegírica. Después de esta gimnasia, el joven que se pone a escribir ve la vida en forma de apoteosis, los hombres los ve en estatua, y él mismo se considera a sí propio como perorando en la cima de un pedestal.
Para estos defectos suele ejercitarse, en los pueblos viejos, la acción de la crítica o la amonestación tácita, pero eficaz, del público. Pero allí se carece de crítica, y el público, desorientado o indeciso, no acierta a ejercer presión sobre los vicios literarios. Verdadera democracia aquélla, en donde cada cual dice lo que le gusta, se titula genio si quiere, destroza el idioma o atenta contra la discreción, en la seguridad de que nadie vendrá a atajarle.
Ha de transcurrir todavía mucho tiempo, antes de que pueda formarse una rigurosa y prudente escala de valores, de categorías y de limitaciones. La democracia literaria necesita desfogarse aún, hasta tanto que sus mismos abusos la pongan en la precisión de buscarse una disciplina.
LA PROFESION INTELECTUAL
No sé si voy a decir una vana paradoja: a mi entender, la causa de la penuria literaria argentina está en la riqueza material argentina. Cualquier actividad a que se entregue un hombre inteligente, rendirá más provecho que el cultivo de las letras. Una persona educada, de carrera o de alguna relación, encuentra allí fácilmente un empleo, un sueldo pingüe, y no es raro tampoco que esa persona alcance a reunir varios de esos pingües empleos.
Salvada la necesidad económica, esa persona cultivada no sentirá deseo de escribir y publicar páginas que han de rendirle poco provecho material, a cambio de un esfuerzo nervioso tan considerable. Hay, es cierto, la necesidad moral, y hasta el prurito vanidoso, de sentar plaza de escritor; pero esto se consigue con un libro o dos. Así hay en la Argentina tanto hombre de talento que ha escrito un libro único, y que no escribe más.
¿Para qué escribir? A los oídos de los seres más puros y platónicos llega continuamente el rumor de esa marea asombrosa de los negocios argentinos. Llama frenéticamente a todas las puertas el demonio de la especulación. Se hace imposible huir de la marea y del rumor satánico. Se oyen noticias de operaciones fáciles, fabulosas. El hombre más abstraído en sus problemas ideales tiene, por tanto, que escuchar esas palabras de tentación. Los terrenos valorizados enormemente, las Sociedades que se fundan en un día, el tanto por ciento crecido del capital, las sorpresas, las gangas, los hallazgos: todo esto, que anda por el aire, se infiltra en los gabinetes de estudio y ha malogrado tantas fecundas vidas.
Los extranjeros no se libran del contagio; muchos doctores y sabios europeos, llegados a la Argentina con fines pedagógicos e investigativos, a los pocos años entraron en la vorágine económica y dieron de lado a la ciencia. Conozco abogados distinguidos que abandonan su bufete por atender a su heredad; y médicos que visitan a un enfermo de prisa, porque tienen que marcharse a su _estancia_ para vender _tropas_ de novillos. Por eso es cinco veces rara y heroica la vida de Ameghino, que sólo quiso ser sabio, allí donde todos aspiran a ser ricos.
En los países densos de Europa, el profesor no es más que profesor, el médico es sólo médico, y el literato, literato. Aquí no es fácil distraer la atención en varias actividades, porque la concurrencia resulta muy reñida. El médico que quiera asaltar un puesto eminente y reunir nutrida clientela, deberá consagrar todos los momentos de su vida al trabajo profesional, porque de otro modo bien pronto será suplantado. El hombre de ciencia se encierra en su gabinete y trabaja con una ruda intensidad. No sólo es reñida la lucha por el renombre, sino la lucha simple por la despensa. Y ahí está la fórmula, en fin, para la creación de una cultura propia y consistente.
De la conjunción de tantas actividades intelectuales brota en el seno de un país un cuerpo de doctrina nacional: así vemos que la doctrina y los métodos educativos de Alemania son diferentes a los de Francia, y los de Inglaterra distintos a los norteamericanos. Ese cuerpo de doctrina alemán no es producto de un decreto del emperador; para llegar al resultado de una _cultura alemana_ ha sido necesario que sus hombres de estudio concentrasen apasionadamente sus vidas en el trabajo. Pero si a esos resultados no se llega por decretos imperiales, ¿habrá recursos conocidos y asimilables, excepción hecha de las condiciones de raza, medio y tradición? Sin duda que existen varios de esos recursos. Uno, el principal, es el estímulo.
La sociedad, con su estimación, resulta el más grande estímulo para los hombres que emplean sus días en faenas intelectuales. De este modo un Pasteur o un Berthelot hallan que sus trabajos han sido pagados espléndidamente por la sociedad francesa, con aquella veneración, aquellos agasajos de que eran rodeados en todo momento; cada francés se consideraba afortunado por coexistir con los sabios que daban honor a la Francia, y cada francés, asimismo, se consideraba glorioso nada más que por ser compatriota de Rostand o France. En sus últimos años, Víctor Hugo, gran vanidoso, viajaba en los imperiales de tranvía para ver cómo las gentes se paraban en la calle, y señalándole y descubriéndose, decían: _Allí va Víctor Hugo_.
En semejantes pueblos, la labor intelectual, siempre dolorosa, está soberbiamente compensada con goces morales, que siendo tan vagos, son los más poderosos incentivos del genio, y los únicos goces que conmueven de veras al genio.
Otro medio popular de la cultura consiste en formar centros universitarios tradicionales. Se observa con frecuencia que toda la civilización de un pueblo está reconcentrada en una Universidad, como si hubiese sido el vientre generador del pensamiento nacional. Y a menudo suele ser cierto. Tomemos como ejemplo lejano la Universidad de Salamanca, de cuyas aulas salieron para las contiendas del mundo aquellos embajadores, capitanes, obispos y literatos que adornaron la historia española de los siglos XVI y XVII. Como ejemplo actual tenemos la Sorbona de París, de tan ilustre abolengo, y Oxford, y tantas otras.
Se forma, pues, alrededor de una Universidad cierta atmósfera extraña, característica, mezcla de pedantería magistral, si queréis, pero también de alegría estudiantil y de entusiasmo pedagógico. A veces la Universidad se traga al pueblo donde está situada, y el pueblo entero se convierte en un criado de la Universidad. Tal debía ocurrir en Salamanca, donde la ciudad se supeditó al servicio de su famoso colegio, y cada estudiante y cada profesor gozaban de fueros, distinciones y preeminencias especiales. Cuando la Universidad radica en una población demasiado grande para ser absorbida, fórmase entonces en torno al colegio un barrio “sui géneris”, distinto, caprichoso, pintoresco, que goza también de fueros y libertades: verbigracia, el barrio Latino en París. Y en esos núcleos de población, en esos barrios, a la sombra de jardines escolares, bajo las arcadas de la Universidad, en los sombríos claustros, en los hoteles estudiantiles, en los cafés exclusivos, en las librerías, en los puestos de libros viejos, en los comercios de antigüedades, en los clubs algo exagerados, en los periodiquitos batalladores, en las reuniones nocturnas, en las bibliotecas bien nutridas... En todo eso reside, en fin, el _ambiente universitario_. Constituído tal ambiente, la nación entera se siente contagiada de él. La vida escolar se hace entonces más estimada, y no ocurre que haya una absurda distanciación entre los profesores y los estudiantes. Al contrario, se crea cierto espíritu de cuerpo, un cierto aire de familia. Los catedráticos aman su Universidad sobre todas las cosas, dedican a ella su vida, viven cerca de ella, no se acuerdan de la _valorización de las tierras_. Y los estudiantes viven juntos, siempre en su barrio, prestando a su vida un carácter colegial. Se toma en serio la cultura. Y es, cada uno de esos centros, una hoguera permanente y noble que nutre de calor científico a la nación. Algo parecido a esto había en Córdoba. No ha podido formarse en Buenos Aires. ¿Llegará a existir en La Plata?
He nombrado la palabra _profesional_, por quien sienten gran horror muchas personas. Bajo el apremio de teorías excesivamente idealistas, se conceptúa que del cultivo de las letras, de la poesía, de la filosofía, no debe hacerse nunca una profesión, y que el cambiar las ideas e imágenes por dinero, como se cambian las cosas de la industria, es un acto grosero y perjudicial. Sería, es verdad, mucho más grato para los mismos escritores que sus ideas e imágenes no estuviesen sujetas a una vulgar tarifa; pero si la acción no es grata, resulta, en cambio, muy conveniente para la literatura y para la humanidad.
¿No era Sócrates un profesional? Carecía de otro oficio que su filosofía, la cual no puede nadie considerar innoble y mercantil. Y Shakespeare, ¿tenía alguna profesión que no fuera su oficio de dramaturgo? La literatura, como todo arte, es un oficio. Un pintor llega a pintar bien al cabo de muchos años de aprendizaje; un músico necesita someterse a fatigosos ejercicios diarios, durante largo tiempo, para alcanzar el dominio de su arte. El genio está ahí, en el alma del artista; pero el arte es técnica, y la técnica se logra con un ímprobo trabajo. La técnica literaria es tan trabajosa como la del pintor o la del músico; un literato ha de romper muchas cuartillas, ensayar infinitos trabajos, sufrir grandes fracasos, someterse a desalentadoras esperas; finalmente acude la plenitud, el dominio del lenguaje, la facilidad, adquirida con tanta dificultad... El escritor está ya formado. ¿Qué hará de él la sociedad? ¿Le exigirá que produzca generosamente, platónicamente? Muy bien; en ese caso, el escritor se verá forzado a buscar la vida en otra distinta actividad, y una vez que ha desatendido el uso de su arte, su pluma se hará torpe, su mente perderá la fluidez exigida; olvidará la técnica, dejará de escribir.
Esas obras que nos conmueven o ilustran, obras que admiramos y que representan para nuestra existencia moral el alimento amado, son obras de profesionales. Los libros no surgen caprichosamente, efectos de una súbita inspiración; han sido pensados, rumiados, escritos, después de duras tentativas.
Los libros de los aficionados suelen ser siempre inferiores, mal escritos, confusos, vulgares o ñoños; el diletantismo produce pésimas frutos.
En la Argentina abunda el diletantismo, y él es una grave plaga. Le urge a aquel país crear profesionales. Profesionales de la educación, de la ciencia, de la literatura. Es el recurso inmediato para conseguir una cultura densa, fuerte y nacional. Personas que no hagan más que experiencias de laboratorio; personas que no se preocupen más que de su cátedra; personas que únicamente pinten cuadros, y personas que solamente escriban libros, versos y artículos. Pero, ¡esa grandeza argentina, esa _valorización de terrenos_!... Y después la petulancia ostentosa que adopta allí la riqueza, y la gran desgracia humillante que supone allí la pobreza...
ATORRANTISMO
Estos renglones están escritos bajo la sugestión de un organillo; un viejo y cascado organillo que un mozo italiano hacía sonar en la extremidad del puerto de Buenos Aires, en aquel suburbio atestado de gentes extrañas, cosmopolitas, venidas de los cuatro extremos del mundo.
Sonaba el organillo con la melancolía indescifrable de esos instrumentos mohosos, que suelen remover en nuestras almas civilizadas el poso dormido de las ideas, de las nostalgias, con mucha más eficacia que las mismas notas selectas de una orquesta magistral. Aquel organillo tocaba un vals. Los transeuntes lo oían y pasaban. Pero en un banco, bajo unos árboles protectores, había un hombre, y el hombre, que antes dormitaba placenteramente, se despertó y puso el oído bien atento a la música del organillo. Seguramente que ese hombre, al desperezarse, se figuraba seguir durmiendo, por mejor decir, soñando: la música le hablaba de su juventud, de su pueblo natal, de la historia romántica de sus primeros amores y de sus bailes bajo los tilos. Su gesto, en un principio, fué de placer; es porque se abandonaba a la dulzura de los recuerdos, ágiles y blancos como una banda de palomas que levantan el vuelo; después el gesto fué de tristeza. Cuando el organillo calló, el hombre del banco se quedó meditabundo. En seguida rectificó, y cerrando los ojos, volvió a dormirse.
Aquel hombre era un vencido. A esa especie de hombres les llaman en la Argentina _atorrantes_. Pero hombres vencidos los hay en todas las partes del mundo. En los pueblos ricos y laboriosos el vencido sufre los rigores de la moral dura y terminante. Bajo el sol andaluz, ser mendigo es ser casi un regalo; pero bajo el cielo de Londres, el vagabundo sufre la destilación de todas las torturas. Tampoco es más feliz en Francia el vencido. Ese egoísmo acabado, científico, meticuloso, metódico, de los franceses, empuja a los vencidos hacia la muerte o hacia el crimen.
Mientras que el _atorrante_ argentino, ni es el mendigo español, ni el vagabundo francés, ni el vencido de Londres. Su filiación está más lejos, mucho más atrás que el tiempo y el espacio actuales: Diógenes, en fin, lo tendría por su digno compañero. Buenos Aires no lo cuida y mima católicamente, como hace el español con su mendigo; tampoco lo lanza al dolor, como Londres, ni al crimen, como Francia; Buenos Aires, negligente y distraído, no hace caso de su _atorrante_; lo alimenta, le deja vivir, y pasa. De manera que el _atorrante_, entre los vencidos de la Tierra, es el más feliz. Come, sin saber de dónde, no le injurian, le dejan ir, le ceden los bancos en sombra, y el clima, también generoso, no le hostiga con rigores. Es un cínico a lo Diógenes, puede vivir libremente, y filosofar cuanto quiera. ¡Sería feliz, en efecto, si no existiera la parte moral! ¡Si no hubiese una tragedia en cada _atorrante_, el _atorrante_ sería definitivamente feliz! Pero el alma, el alma, ¡eso es lo que duele!