El poema de la Pampa: "Martín Fierro" y el criollismo español
Part 7
Y es que la convulsión de la guerra de independencia dejó en América muchos odios, rencores, suspicacias. Todo el siglo XIX ha durado el período del antiespañolismo. Suele sorprendernos, viviendo en la Argentina, que la Historia nacional la componen los argentinos en una forma un poco caprichosa, desde luego original; dividen su Historia en dos épocas: la Moderna y la Antigua. La Historia Antigua, comprende el período colonial, o sea el tiempo de la dominación española. Más bien puede llamársele prehistoria a ese período. Los argentinos lo tratan someramente, vagamente, como si lo ignoraran; en realidad no quieren recordarlo, o quieren extirparlo...
Pero alguna vez los verdaderos argentinos sentirán el pánico de la descomposición tradicional. Hartos de hablar en francés, desearán por fin hablar en español. Querrán ser argentinos, para no caer en la desgracia de ser una cosa híbrida e indeterminada. Entonces, ladeando a Sarmiento, buscarán las fuentes primitivas, y en lugar del _chacarero_ internacional ponderarán el gaucho, y más lejos todavía hallarán que el verdadero fundamento de la nacionalidad argentina se halla en los tres siglos de la colonización española a todo lo largo de América.
APÉNDICES
EXPLICACIÓN DE ALGUNOS CRIOLLISMOS CONTENIDOS EN ESTA OBRA
1. _Chiripá._ Especie de zaragüelles, que los gauchos vestían en lugar de pantalones. Era una gran pieza de paño, que se ajustaba a la cintura dejando holgadas las piernas y permitía montar desenvueltamente a caballo. Bajo la envoltura del chiripá se usaban amplios y vistosos calzoncillos, cuyos flecos bordados pendían sobre el tobillo.
2. _Carnear._ Acción de sacrificar una res y cortarla para ser comida.
3. _Compadre_, _compadrito_. Equivale a valentón, guapo, jaque. Se ha formado el verbo _compadrear_, que por extensión se aplica a todo acto jactancioso. El _compadre_ deriva cada vez más en la forma del _compadrito_, especie de chulo, de apache y de _soutener_.
4. _Pago._ Voz que en España tiene limitado uso y que en la Argentina se emplea corrientemente. Significa la patria local, el burgo o el terreno de donde se es originario y en donde están la familia, la casa, los bienes y las afecciones.
5. _Décian._ Los criollos acentúan a veces de manera que al español resulta extraña; pasan rápidamente sobre las dobles vocales. Sin que puedan precisarse estas modalidades fonéticas provinciales, aproximadamente pronuncian los criollos de esta manera: páis, décian. Por lo tanto, los versos populares de este poema ofrecerán más de una vez al lector culto español la impresión de estar mal medidos. Los escritores castellanos clásicos usaban también esta forma de acentuación.
6. _Cimarrón._ Uno de los varios nombres cariñosos que se da a la calabaza que contiene la infusión de la hierba mate. El mate es una especie de te americano; se bebe como estimulante, y en dosis regulares resulta beneficioso y agradable; pero tomado con exceso, degenera en vicio y puede ocasionar desarreglos nerviosos. Se bebe por medio de una espátula de plata, aspirando.
7. _China._ La mujer del pueblo en el Río de la Plata. Se entiende por _china_ a la criolla auténtica, castiza, casi siempre mestizada. No es vocablo despectivo; más bien es cariñoso.
8. _Apiarse._ Apearse. En toda América se usa mucho esta palabra, por bajarse, saltar, descender. Se ha usado también mucho en España.
9. _Pingo._ Uno de los numerosos nombres del caballo en el Plata.
10. _Daga._ Se llama con más frecuencia _facón_. Es un cuchillo largo, estrecho, de punta y filo. No lleva más guarda que una cruz en la empuñadura. Es el arma, el compañero y hasta la herramienta doméstica del campesino. Sirve para carnear, como tenedor y como insuperable defensa. Todo buen criollo aprende una consumada esgrima de cuchillo, realmente prodigiosa. Las armas de fuego, el revólver barato y el inmigrante, han reducido mucho el uso del clásico _facón_. Pero en el campo, si no en la pura forma antigua, sigue llevando la gente un cuchillo, más corto que el clásico, sin duda un puñal, que sirve para cien menesteres, y sobre todo para comer la carne asada.
11. _Fortín._ Hasta el último tercio del siglo XIX ocupaban los indios salvajes la parte meridional de la República Argentina. Llegaban sus aduares al mismo límite de la provincia de Buenos Aires. Para tener a raya a estos indios se estableció una línea de puestos militares o fortines.
12. _Tres Marías._ Forma pintoresca de referirse a las _boleadoras_, arma arrojadiza de los indios y los gauchos que consiste en tres pelotas de piedra dura unidas por cordeles cortos. Antes de lanzar esta arma, se revolea en alto, y así lanzada con fuerza y habilidad, cae sobre las patas de una res, maniatándola, o se enrolla al cuerpo de un hombre, derribándolo, o le destroza la cabeza.
13. _Pucha._ Interjección muy corriente, que sustituye a otra, también corrientísima en Sur América e impronunciable en estas páginas.
14. _Pulpería._ Nombre que en diversas naciones de América se da al establecimiento mixto de taberna y tienda de comestibles.
15. _Toldos._ Campamento o aduar de los indios salvajes.
16. _Turtubiando._ Quiere decir titubeando.
17. _Cancha._ Voz geográfica, del idioma quechúa, muy extendida a lo largo de los Andes. Significa un espacio de territorio abierto y despejado. Por extensión se da el nombre de cancha al lugar donde se lucha, juega o rivaliza. En el juego de pelota ha quedado vigente este criollismo, que equivale a pista, ruedo, arena.
18. _Entiendanló._ Esta manera de acentuar es frecuente entre el vulgo argentino.
19. _Gringo._ En general se llama con este mote despectivo a todo extranjero; pero se aplica particularmente y con más fijeza al italiano.
20. _Carniar._ Otro defecto de pronunciación criolla consiste en decir carniar, peliar, apiarse, etc.
21. _Voltiadas._ Se usa mucho voltear, en el sentido de derribar.
22. _Rancho._ Cabaña, habitación somera en la campiña.
23. _Pampero._ Viento seco y frío.
24. _Yuyos._ Hierbas inútiles de las praderas.
25. _Paisano._ Campesino.
26. _Estancia._ Finca de ganado.
27. _Ombú._ Arbol grande, de copa espaciosa, característico de la región platense. No forma nunca bosque y sirve con frecuencia para cobijar a su sombra el rancho o cabaña del campesino.
28. _Entrevero._ Se usa mucho en América para expresar el encuentro y confusión de una lucha marcial.
29. _Facón con S._ Se refiere a la cruz de la empuñadura, que tiene la forma de un garabato parecido a una S.
30. _Chajá._ Ave de Sur América.
31. _Parar._ Los criollos dicen parado en sustitución de derecho, erguido, en pie, etc.
32. _Flete._ Otra manera popular de nombrar al caballo.
33. _Mataco._ Mamífero que, como el erizo, se enrosca y rueda a modo de bola cuando alguien lo acomete.
34. _Vos._ En el lenguaje corriente de los criollos, el tratamiento de _tú_ queda substituído por el de _vos_. Este pronombre de estirpe tan ilustre lo usan en buena parte de la América meridional en una forma pintoresca, por lo arbitraria y confusa.
Es cierto que antiguamente, según se infiere de los diálogos realistas de nuestros clásicos, en España tenía el lenguaje vulgar los mismos errores en cuanto a la confusión o mezcla del tratamiento familiar y el respetuoso. Ahora mismo comete el vulgo de Andalucía graciosas confusiones con el uso del _tu_ y del _ustedes_. En la Argentina emplean estos trabucados pronombres hasta las gentes de posición elevada, en su vida familiar; el tuteo normal y correcto sólo se usa en la enseñanza escolar y en la literatura.
35. _Angurria._ Ansia, voracidad, avaricia.
36. _Chapetón._ Torpe, bisoño.
37. _Yunta._ Esta palabra ganadera suele usarse frecuentemente. Par. Pareja.
38. _Malón._ Turba de indios armados que irrumpen en los pueblos para matar y robar.
39. _Obraje._ Nombre de las grandes explotaciones de madera en los bosques del Chaco, del Paraguay y de las Misiones.
40. _Peludo._ Mamífero de la Argentina.
41. _Tranca._ Borrachera.
ESTOICISMO CRIOLLO
Cuando terribles inundaciones asolaron una buena parte de los suburbios de Buenos Aires, un fenómeno inusitado atrajo mi atención: el escaso clamoreo y la brevedad de las lamentaciones. Hubo allí innumerables horrores; destrucción de casas, barriadas hundidas, familias sin hogar, heridos y muertos. Con la mitad de tanta desolación, en muchos países hubieran tenido tema para largas declamaciones sentimentales. Allí el suceso produjo repentina emoción, se acudió con los remedios más a mano, y todo pasó en seguida al olvido.
Deberé insistir en la característica fatalista y estoica del criollismo. En el curso del texto hemos observado cómo la queja forma el _leit motiv_ del “Martín Fierro”, y cómo esa queja tiene un carácter tan resignado y tal dejo de fatalismo. A fuerza de ser estoica, la queja criolla pierde su aguda irritabilidad y pasa a convertirse en una manera de conformismo cuya raíz, sin duda, habrá que buscarla en la naturaleza india.
Con el vaivén de las inmigraciones y la lucha por la riqueza, el estoicismo indígena ha encontrado un refuerzo, y en las ciudades tumultuosas del litoral, como Buenos Aires, el lamento no encuentra ambiente favorable.
Esta especie de atonía quejumbrosa se advierte en los periódicos, que nunca insertan informaciones deprimentes; se observa en los gobernantes, que alardean de una tónica confianza; en fin, cada ciudadano argentino se convierte en un propagandista del optimismo nacional. El acento fatigado y lastimero está mal visto allí, y la gente suele desconfiar y apartarse de quien se muestra decaído, sin aliento ni ilusión. En el campo y en las poblaciones del interior queda siempre un eco de la poesía y la música indígenas, melancólicas y extrañas.
Tan fuerte es esta característica, que hiere desde el primer momento la curiosidad del extranjero, y aun aquel que por su condición de humildad intelectual se encuentra imposibilitado de explicarse los fenómenos morales, siente y percibe con fuerza ese caso psicológico argentino. Y quién sabe, al fin, si esa misma atonía quejumbrosa es uno de los atractivos más fuertes que tiene el país, para llamar y retener a los desvalidos del mundo, a aquellos que vienen precisamente de las regiones más tristes y quejumbrosas, a los cansados de oir el gemido de la multitud hambrienta, o sucia, o tiranizada.
El fenómeno en cuestión puede producir diversas interpretaciones falsas. A la mirada del europeo inteligente, un país que carezca de la fibra sentimental, del don de la queja, acaso aparecerá como incompleto, como demasiado simple y rudo. Otros deducirán una ausencia de emoción para el sufrimiento, quién sabe si una dureza de alma. Los más benévolos lo achacarán todo a la exclusión de la miseria y de la tragedia en la vida argentina. Todos sabemos, sin embargo, que el país no es insensible, ni absolutamente simple y rudo. En cuanto a la parte trágica, sabemos todos también cuán penosa se muestra la carrera de muchos hombres, y en los suburbios de Buenos Aires, en el corazón mismo de la soberbia ciudad, late un elemento de continua y sangradora tragedia.
Hay, es verdad, mucho de inconsciencia en el vivir argentino. Pero la causa principal de la falta de queja y de tristeza que se advierte en el país, está ahí, en esa renovación diaria de las muchedumbres intercontinentales. La tristeza es un mal que ataca a los pueblos inmóviles o viejos. La tristeza es como el musgo: necesita del silencio y de la quietud. Al individuo pasivo y perezoso, lo que primeramente le acomete es la conciencia de su fragilidad y la correlación de esa conciencia es el disgusto, la melancolía, la tristeza. Todo lo que está quieto, es triste. Un paisaje inmóvil nos induce a la melancolía, desde los árboles que aparentan meditar, hasta el sonsoneo agorero y supersticioso del aire y de las aguas; mientras que si la tempestad agita el paisaje, entonces salta la impresión airada y dramática, que nada tiene que ver con la tristeza. Y no trato aquí de discernir qué emoción sea la mejor y la más pura: en cuestiones de emoción, cada uno tenemos nuestra conformación espiritual determinada, que nos hace gustar fatalmente una, sin que esto arguya excelencia. Que a mí me solite mejor un paisaje profundo y quieto, no quiere decir que niegue a los demás el derecho a los encantos de la naturaleza vibrante y apasionada.
En tanto que la marea intercontinental inunde al país, en un flujo y reflujo acelerado, la Argentina no sentirá deseos de quejarse ni entristecerse. Su actividad y su renovación no le dan tiempo al reconcentramiento sentimental. La actividad nunca es triste. Algunos aseguran que tampoco es filosófica. Otros se aventuran a decir que no puede ser poética. Pero todo esto nace de los infinitos prejuicios de que nos rodeamos. Porque Leopardi era un espíritu inactivo que vivía a la luz de la luna, y porque Kant se anegaba en la inmensidad de sus libros, juzgamos que el pensamiento filosófico y la poesía han de vivir en la soledad, la pereza y un aristocrático aislamiento. Pero hubo en Grecia muchos filósofos que nos enseñaron a ser transhumantes y a ir rodando de pueblo en pueblo, para conocer, comparar y, sobre todo, _vivir_. Otros poetas nos enseñan también a crear poesía entre el rodar de los acontecimientos y la lucha de las cosas.
Allá en el norte de aquel continente americano vivió Walt Wiltman, hombre-poeta entre los poetas, el cual creyó dignas de sus cantos las cosas más vulgares, como el hervor de las calles, los gritos de la muchedumbre, el paso de la civilización excitada. Su canto de los _pioneers_ es la nota más entusiasta que se ha escrito sobre la marcha de los pobladores a través de las tierras y los bosques vírgenes.
Es preciso advertir también otra causa, para explicarnos la _falta de queja_ en la vida argentina. Es que la parte mayor de la población urbana, aquella que podía, por su condición apurada, contribuir al lamento público, es una masa de luchadores _voluntarios_. Cada uno de esos luchadores ha llegado por su propia cuenta, libremente, llamado por la ambición. ¿A quién ha de quejarse ese luchador si encuentra el fracaso en la lucha?... Además, el orgullo pone una parte importante en el problema. Cada luchador, cuando se ha lanzado a la mar en busca del vellocino de oro, concierta con sus compatriotas una especie de compromiso moral; sale de la patria dispuesto a vencer, y nada más que en el hecho de partir hay una confesión de la propia seguridad en el triunfo. Pero no haya temor de que se queje: su orgullo le cerrará los labios, y el que más vencido se vea caerá silenciosamente hasta los últimos peldaños, hasta el _atorrantismo_. Por eso el _atorrante_ argentino tiene ese aire callado, humilde y, en el fondo, orgulloso.
Falta de queja, horror a la lamentación, silencioso orgullo para caer, ¡ojalá que dure muchos años todavía en aquella tierra nueva y alentada! Que la manía de imitación no implante allí los procedimientos de otros países. Que una sociedad desocupada y femenina, o afeminada, por satisfacer ambiciones de aristocraticismo, no cultive la costumbre de las asociaciones limosneras. Que no cunda el hábito de los aspavientos, de las suscripciones, de los repartos piadosos, de las listas de donantes, de las protestas aflictivas. Todo esto lo dice quien está asqueado de ver en su patria cómo se pudre el sentimiento de la dignidad humana y cómo se lanza a la ruina emocional una nación entera, confundiendo la idea de piedad con la de la limosna, y legitimando, en fin, la mendicidad. Cuando se legitima el derecho al pordioseo, todo, en las sociedades débiles, conviértese en triste y deshonroso. El obrero nos ofrecerá sus servicios llorando, evocando el hambre de sus hijos; el muchacho que nos brinda un periódico, insistirá para que se lo compremos, alegando la enfermedad de su madre moribunda. Y entonces intervendrá la mentira y se inventarán desgracias para producir compasión. Y una vez que haya desaparecido el sentimiento de la dignidad, todo quedará disuelto, y las personas carecerán de su riqueza principal, que es el hueso medular: ese hueso fiero y resistente que nos hace mantenernos rígidos, sin doblarnos, ni aun en el momento de caer rendidos. La tensión medular--aceptadme el simbolismo--es la esencial riqueza que han de poseer los hombres, los pueblos.
ESTETICA DE LA PALABRA
Es indudable que una culta y armoniosa emisión de la voz proporciona a las personas la más eficaz cédula de tránsito social.
El hombre que habla bien se apodera desde el primer momento de nuestra simpatía, y tiene conquistadas ya gran parte de las cosas que solicita, si es que llega en tren de solicitar; en cuanto a la mujer, un lenguaje limpio y musical es en ella arma insuperable.
Si el lenguaje hablado sirve para graduar la delicadeza y cultura de una sociedad, el lenguaje escrito es la exposición íntima que presenta todo un pueblo. No es necesario más que hojear la prensa de un país, para descubrir su temperatura cultural. Cuando un pueblo se encomienda, excesivamente, a la lucha brutal por el dinero, su lenguaje escrito tiene un no sé qué de descuidado y grosero; en otros pueblos donde la lucha económica se equilibra con la otra lucha de las ideas, las hojas diarias aparecen mejor cuidadas, como si hubiera una sanción pública y anónima que las investigase. Dentro de una misma nación, se distingue la prensa de las ciudades exclusivamente comerciales, de aquella otra prensa de las ciudades que alberga colegios, academias, centros intelectuales. Y dentro de una misma ciudad, se distinguen a su vez los periódicos cuyo espíritu es comercial y los otros, los que persiguen algún fin educacionista o mantienen una tradición de cultura. Allí, en Buenos Aires, hay ejemplos de esa disparidad. Mejor dicho, Buenos Aires viene a ser una especie de museo periodístico, donde se leen hojas que parecen escritas e impresas por rusos o italianos, y otras hojas en que se cuida la dicción de un modo impecable y castizo, haciéndose las correcciones con angustiosa prolijidad.
¿Se habla bien o mal en la Argentina? ¿Se escribe bien o mal en Buenos Aires?...
Muchas veces he escuchado yo de labios argentinos palabras que me han ruborizado; ha sido cuando me han pedido excusas por _destrozar el castellano_. Y el ruborizarme yo tenía por causa la injusticia de la excusa. Porque mi oído, en las frecuentes peregrinaciones de mi vida, está habituado a escuchar toda clase de crímenes verbales, y sé, por experiencia, que el idioma, en todas las provincias del mundo por donde se ha extendido, es una víctima propiciatoria de la incorrecta ilustración de las gentes. Es decir, que _en todas partes cuecen habas_. Y necesito echar por delante la seguridad de que no es la Argentina el lugar del mundo hispano donde más habas se cuecen.
Es allí frecuente lamentarse, entre las personas distinguidas, de los solecismos en que incurre la gente del campo. Pero olvidan esas personas que en el corazón de España, en el centro de la misma Castilla, los pobres hombres de la plebe dicen _dende_ en lugar de _desde_; _vide_ por _vi_; _vos sigo_, en vez de _os sigo_. Ahora bien, en España se cuida la gente cultivada de incurrir en los defectos del vulgo, salvando esas incorrecciones que podrían llamarse elementales; mientras que en las tierras del Plata, no es raro oir de bocas cultas _bandiar_, en lugar de _bandear_; _voltió_, por _volteó_. Este defecto, sin duda, obedece a causas especiales; y es que hasta ayer mismo, como si dijéramos, la Argentina era un país rural, pastoril, en que los amos y ricos se confundían con los feudatarios, incurriendo en las mismas faenas y aventuras, y también en los mismos defectos.
La dicción argentina es agradable al oído. Es una manera de decir musical. Este musicalismo no existe en España, salvo en Andalucía y en Galicia. El castellano habla con tono unísono, sobriamente, sin darle a la frase demasiada flexión musical. Muchas veces una frase larga es enunciada sin flexión ninguna, de un solo aliento y casi en un mismo tono. A medida que se avanza hacia le Sur y hacia occidente, el lenguaje adquiere más variedad sonora; en Galicia la palabra tiende a convertirse en un canto mimoso y como afeminado, y los andaluces, indiscutiblemente, son los maestros en la música del lenguaje, al cual matizan con pintorescos incisos cromáticos.
De los andaluces tomaron los americanos su manera de hablar. La palabra es suave, tal vez demasiado suave para la boca de los hombres... La gente se explica bien, con método discursivo, sin balbuceos, expeditamente, y las palabras suelen ser correctas y distinguidas. Tan correctas y distinguidas, que el español, habituado a una conversación natural y modesta, se ve sorprendido en América ante palabras finas y poéticas, que tienen uso corriente sin embargo de parecer exclusivamente librescas.
Pero existe un defecto: la limitación. Primeramente tenemos la limitación de sonidos, y después la limitación de vocablos y giros verbales. En castellano están diferenciadas la zeda y la ese, la elle y la y griega, la y griega y la i latina. Todo el norte de España, el centro y el levante, mantienen pura esa diferenciación. Desde la latitud de Madrid comienzan a involucrarse, mejor dicho, a limitarse los sonidos; en la Mancha se acentúa el defecto, y llegando a Andalucía, el anarquismo es completo. Así, pues, la mitad del mundo que habla castellano se priva por su desgracia de varios matices de dicción. La zeda y la ese se confunden en un único sonido suave, un poco ceceoso y afeminado; la elle tiene sonido dental, lo mismo que la y griega, y el orador se ve confundido, embarazado, molesto por querer diferenciar los sonidos de las letras, sin lograrlo al fin, acaso porque el uso se encargó de atrofiar ciertos movimientos bucales.
La otra limitación es más grave, aunque más fácil de corregirse. Me refiero a la limitación de vocablos y giros verbales, al empobrecimiento del idioma, a la reducción de la zona del lenguaje. Un idioma es como un tesoro: delante de un tesoro, el avaro o el pacato reducen la actividad de las monedas, contentándose con el uso de unas pocas, las suficientes para sus breves necesidades; en tanto que el hombre enérgico y capaz pone en movimiento todas las monedas de su tesoro, llevando a extremos increíbles la irradiación de su voluntad.
Ahora bien, ¿me harán los lectores la merced de no incluirme entre los arcaistas y académicos?... La conservación del tesoro del idioma, no implica un compromiso de respeto cristalizado: el idioma tiene que ir marchando siempre, al compás de los años y las cosas. Pero debe ir marchando, y no estacionarse en el lugar común. ¡Cuántos escritores que se creen revolucionarios e iconoclastas, no hacen más que encastillarse en los lugares comunes, muy modernos y revolucionarios, pero al fin lugares comunes!