El poema de la Pampa: "Martín Fierro" y el criollismo español
Part 6
Se ha formado, en efecto, lo que llamaríamos “partido literario nacionalista argentino”, y los más vehementes de este partido llegan a considerar el _Martín Fierro_ como la epopeya de la Pampa, semejante, por tanto, a la _Chanson de Roland_ y al _Mío Cid_. El docto poeta y publicista D. Leopoldo Lugones pronunció en Buenos Aires, recientemente, algunas conferencias a propósito del _Martín Fierro_, y con su verbo frondoso y acaso desproporcionado sugirió al público argentino la idea de que se estaba frente a una obra genial, extraordinaria, profunda. Los exégetas y comentaristas han pronunciado su fervor sobre aquella obra, antes humilde y populachera, y no hay duda que en el alma argentina se ha producido un vivo movimiento de interés por un libro que verdaderamente da el tono y la medida del carácter criollo, antes de que este fuera amenazado por el aluvión cosmopolita.
No es nuevo el fenómeno, como ya dijimos. Y al igual que en todos los casos, esta vez también se repite en la Argentina la misma honda guerra de sentimientos y de ideas alrededor de la obra renacida. Clásicos y románticos peleaban un tiempo sobre los dramas de Shakespeare. No se trataba entonces de una mera controversia retórica, sino que palpitaba allí la lucha entre dos mundos mentales, entre dos fuerzas ideológicas y entre dos maneras de sentimientos. Dos civilizaciones, con todo su bagaje político, sociológico y sentimental, disputaban enconadamente sobre el tema en apariencia ridículo de las tres dimensiones teatrales o de la forma lírica.
Apresurémonos a decir que el _Martín Fierro_ no ha promovido solamente una guerra literaria. Siendo muy interesante la discusión de carácter retórico, que dura aún y que promete prolongarse mucho, es más importante la parte social, sentimental y política que hay en el asunto. Por de pronto, débese anotar la rehabilitación romántica del gaucho, personaje de ayer mismo y ya casi mitológico, a quien el consenso público declaró nefasto y perjudicial para el progreso de la patria, y que últimamente pasa a convertirse en una figura ideal, hermana de las otras figuras que vagan por los versos de Homero.
El problema sentimental de la Argentina es único, y tal vez más grave que el de otros pueblos. Existe, es verdad, el conflicto íntimo de Francia, que por naturaleza se ofrece como un pueblo monárquico, con una historia realenga empapada de glorias y triunfos, y que, sin embargo, la necesidad del momento, acaso la misma propensión lógica de la raza, obliga a ese noble país a aceptar el régimen democrático y radical. El sentimiento más íntimo le tira a Francia hacia la continuación monárquica, cuyo tipo glorioso puede residir en Francisco I, en Enrique IV o en Luis XIV; mientras tanto, la razón le empuja por el camino radicalmente democrático.
El conflicto argentino es más íntimo todavía, y también más irreconciliable. Aquí se trata de una oposición entre el ser tradicional y el ser futuro. Por una parte está la raza que hizo la nacionalidad y la independencia; por otro lado se levanta la gran responsabilidad del porvenir y el compromiso de formar un pueblo grande, activo y emulador. La raza original supo levantarse prodigiosamente, darse una constitución, guerrear por grandes ideales. Ella trazó las líneas de las primeras poblaciones, de los primeros caminos y canales, de las leyendas y tradiciones, de las costumbres y creencias, de los balbuceos literarios, que forman el cuerpo de la nacionalidad. Supo levantar un modesto edificio, pero substancial y completo, sobre las bases de la aportación colonial y con la experiencia de la propia naturaleza. No faltaba ni la disciplina de la religión, ni el rigor universitario, ni el cuerpo de leyes municipales que ofrecían una perfección relativa de civismo.
Pero todos estos elementos parecían precarios si se quería empujar al país a enormes saltos y a alturas increíbles.
Llegó la ráfaga ambiciosa, el vértigo de las grandezas. Con los antiguos elementos se tendría una nacionalidad, un carácter, una fisonomía enérgica, pero había el peligro del estancamiento. Era necesario sacrificar una gran parte del tesoro heredado, en aras de aquel magnífico porvenir.
Con una inflexible dureza, raro ejemplo en la historia de las nacionalidades, las personas directivas han insistido en recomendar el cambio del carácter y de los más esenciales componentes de la raza. Frente al hombre de la llanura, encastillado en su altanera independencia, sobrio, indolente y despreciador hidalgo del ahorro, se ensalzaban las virtudes del colonizador europeo, asiduo, codicioso, hábil en el uso de los oficios y de la agricultura. “Gobernar es poblar”, se dijo en diferente tono y en numerosas ocasiones. Y el poblar, en este caso, equivalía a substituir al hombre nacional de la llanura, reacio y altanero, por el hombre europeo, tan flexible y acumulador.
En el afán impaciente de renovación, los primeros cerebros del país no desdeñaban el ultraje o la injuria. El vehemente Sarmiento, después de pintar al gaucho en aquel célebre y no igualado capítulo de _Facundo_, pasa a condenarlo en mil formas, con mil razones y dicterios, en nombre de la civilización. La barbarie, para aquella mente obsesa, está en el campesino pampeano o andino, que vive sobre una tierra fértil y no quiere labrarla; que vaga a la orilla de un río como el Paraná y en lugar de utilizarlo como sendero comercial y llenarlo de naves, prefiere vadearlo rudimentariamente, asido a la cola del caballo nadador.
Sarmiento contempla sus lagunas provinciales de Huanacache, y las ve estériles, inútiles, como cuando el indio precolombiano pescaba en sus aguas. Contempla las ciudades provincianas, llenas de indolencia y fanatismo; recorre el caudal de costumbres coloniales, saturadas de herencias españolas, católicas, heráldicas; y proclama con ardor la guerra al tradicionalismo, al indianismo, al hispanismo. Amonesta a sus paisanos los hábitos gauchescos. Y exclama en sus _Recuerdos de provincia_ con inflamado acento:
“¡Los blancos se vuelven indios huarpes, y es ya grande título para la consideración pública saber tirar las bolas, llevar chiripá o rastrear una mula!...”
Hoy no podría decir lo mismo. Ya no se tiran las bolas apenas, ni lleva nadie chiripá. Por los caminos del campo van los colonos en tilburí. El gaucho ha pasado a la historia o se refugia en el último baluarte de ciertas provincias, aguardando allí la hora del desalojo. Y ahora que el gaucho no existe, ¿no le veis alzarse en lo recóndito de las imaginaciones, con la apostura ideal que prestan el recuerdo y la poesía a las figuras fenecidas?
Está volviendo _Martín Fierro_, del fondo de su pampa grave, al paso del peludo corcel amigo. Si antes disputaba en las pulperías o _payaba_ rudas canciones junto al fogón invernizo, hoy se codea con los héroes helenos, con los caballeros de Rolando y con los infanzones del de Vivar, mío Cid Campeador...
Su vuelta ha levantado choque de pendencia. Ya no es, como antes, la justicia aldeana quien acude a acosarlo, con golpe de soldados y jueces rurales; son los malcontentos de la tradición, los razonadores y los progresistas, quienes se levantan airados contra él, invitándole a volver a su obscuro sepulcro de la llanura. Pero a la vez le reciben otros muchos con ardientes salutaciones. Miran en él a un personaje remoto, fundido en las lejanías de la Historia, con lo esencial de la raza. Acaso no se atreva nadie todavía a proclamarlo como ejemplar auténtico y necesario del desdoblamiento nacional; los montones de trigo y la multiplicidad de los Bancos obligan a contener los impulsos del sentimiento. Bello como la cosa más íntima, sigue apareciendo como funesto al progreso, a la “valorización”...
Y ahí está el gran conflicto, que ahora puede decirse que empieza en su forma ostensible; conflicto que irá agrandándose más, a medida que el país se vaya transformando. Y los conflictos sentimentales suelen ser los más inquietadores, por lo mismo que son irresolubles. ¡Un país que ha tenido que retorcer el pescuezo al antecesor, en una manera de suicidio fenomenal, y que, sin embargo, no puede ahogar igualmente a los ancestrales y escurridizos sentimientos!
CAPÍTULO XIII
MARTÍN FIERRO Y SARMIENTO
Ha sido Domingo F. Sarmiento una de las personalidades más vigorosas de la Argentina, y el ruido de sus hazañas políticas y literarias llenó medio siglo. Pero Sarmiento, que era tan español por la raza y el carácter, no le concedió a España muchas frases cariñosas. Al contrario, el fondo de su predicación puede resumirse de este modo: El argentino debe extirpar de su seno todo lo que tiene de español, por incompatible con el progreso; la Argentina debe poblarse de europeos agricultores o comerciantes, expulsando a los indígenas retardatarios y perezosos; Buenos Aires, o sea la ciudad, necesita invadir y dominar el campo, someter las provincias originales y transformarlas... Todo esto, expuesto en diferentes páginas de sus libros, ya se comprende que es la teoría de un hombre de la época romántica, lleno de ideas enciclopedistas y progresistas, atestado de lecturas oratorias, con el idealismo retórico de la primera parte del siglo XIX. Además, se nota en Sarmiento al americano recién manumitido, que conserva aún el odio al amo colonial.
En el poema _Martín Fierro_, por el contrario, está expresado a mi parecer el sentimiento de nostalgia por la vida criolla antigua, pero en una forma espontánea y sincera como nunca se atreverían a exponer los publicistas cultos. Así, en cierto modo, “Martín Fierro” viene a ser una réplica de Sarmiento, una contradicción sentimental de la pedagógica y libresca teoría de Sarmiento.
El hombre modesto y obscuro que era José Hernández, no trató de velar sus ideas y sus instintos, ni tuvo en cuenta las altas conveniencias políticas y económicas que obligan a los criollos de Buenos Aires al uso del eufemismo.
José Hernández, a la manera de un _gaucho_ del interior, consideraba que la corriente civilizadora e inmigratoria iba arrasando lo substancial y característico de la Argentina, y se rebela contra ello, con la misma franqueza que podría usar un hombre del pueblo anónimo. Y en su mente se dibujaba ya el conflicto trágico y sentimental que alguna vez debería preocupar a todos los argentinos ilustrados y sensibles.
Yo recordaré siempre la pintoresca y graciosa definición que me hiciera un argentino entrerriano, a propósito de la teoría del progreso desenfrenado y vertiginoso. “A nosotros nos ha sucedido, decía, como al caballo que marcha tranquilo por un sendero, que no tiene prisa para llegar y que lleva un paso seguro y cómodo; de repente cruza en la misma dirección un _pingo_ desbocado, frenético, galopante, y nuestro buen caballo, dejándose arrastrar por el ejemplo y la emulación, aprieta a galopar también... ¡y de veras nos han fastidiado, porque nosotros no precisábamos correr tanto ni sentíamos ninguna imperiosa necesidad de ir tan aprisa!”
Este disgusto por la carrera vertiginosa se halla expresado en el “Martín Fierro” constantemente, y se apunta de continuo la idea máxima de que no vale el resultado lo mucho que cuesta. Porque un país que quiere variar fundamentalmente y busca el fin sin reparar los medios, necesita entregar mucha parte de sus bienes más caros, los que corresponden a la personalidad, a la tradición, a la raza.
“Gobernar es poblar”, se ha repetido en la Argentina de distintos modos; y han ingresado, en efecto, verdaderas avalanchas extranjeras. Por su parte, Sarmiento proclamaba su famoso dilema entre la silla de montar inglesa y el “recado” criollo; Sarmiento ha ganado la partida, y el país le dió la razón, optando por la silla inglesa que lleva en sí, con su triunfo, la adopción plena y apresurada de todas las normas y los caracteres extranjeros. En el dilema de Sarmiento se incluía la parte étnica, la población humana que había de ocupar el país; Sarmiento entendía que el paisano aborigen, preñado de defectos y caracteres españoles, era nefasto y correspondía al “recado” criollo; el criollismo, signo de barbarie, debía ceder el puesto a la civilización y al _gringo_... Efectivamente, el gaucho ha ido cediendo el puesto a los colonos extranjeros, que ocupan las mejores porciones del país y se instalan en los órganos dirigentes o matrices de Buenos Aires.
Todo lleno de nostalgia criolla y de un nacionalismo íntimamente xenófobo, José Hernández prorrumpe, por boca de su héroe Martín Fierro:
¡Ah tiempos... si era un orgullo ver jinetiar un paisano cuando era gaucho baquiano; aunque el potro se voliase, no había uno que no parase con el cabestro en la mano.
Y mientras domaban unos, otros al campo salían, y la hacienda recogían, las manadas repuntaban, y ansí sin sentir pasaban entretenidos el día.
Y verlos al cair la tarde en la cocina reunidos, con el juego bien prendido y mil cosas que contar, platicar muy divertidos hasta después de cenar.
Y con el buche bien lleno era cosa superior, irse en brazos del amor a dormir como la gente, pa empezar al día siguiente la faena del día anterior...
He aquí una exposición, toscamente referida, de esa edad de oro o vivir idílico que los pueblos construyen con sus materiales legendarios. He aquí también una refutación apasionada de las teorías de Sarmiento. El fogoso Sarmiento condenaba el recado criollo, la superstición española y la barbarie del gaucho; sus contemporáneos y sus descendientes le dieron la razón. Pero la queja de Fierro, la protesta criolla del gaucho que se siente suplantado y vencido, ha de sonar hoy, y mejor mañana, en la conciencia argentina como un grito de justa reivindicación.
¡Recuerdo! ¡Qué maravilla! ¡Cómo andaba la gauchada, siempre alegre y bien montada y dispuesta pa el trabajo! Pero al presente... ¡barajo, no se la ve de aporriada!
El gaucho más infeliz tenía tropilla de un pelo, no le faltaba un consuelo, y andaba la gente lista... Tendiendo al campo la vista sólo vía hacienda y cielo.
Por mucho que nosotros, hombres de harta cultura, tengamos bastante sospecha de la veracidad de esta edad de oro que los pueblos imaginan en una época anterior, no podemos dudar completamente de que Martín Fierro decía la verdad.
Es imposible negar que el galopante gaucho
Tendiendo al campo la vista sólo vía hacienda y cielo...
Un cielo libre, que era el suyo, y que le servía de tácito confidente en sus amores y en sus cantos.
Cuando llegaban las hierras ¡cosa que daba calor! tanto gaucho pialador y tironiador sin hiel. ¡Ah tiempos!... pero si en él se ha visto tanto primor!
Aquello no era trabajo, más bien era una junción, y después de güen tirón, en que uno se daba maña, pa darle un trago de caña solía llamarle el patrón...
He ahí ahora, como se ve, pintada la edad patriarcal, la edad familiar, la época en que, al modo de las relaciones bíblicas, el trabajo no es una pena, sino una _junción_; en que el amo y el sirviente no son dos enemigos, sino dos fuerzas compenetradas, amigas, solidarias, que se ayudan y se quieren. La teoría de Sarmiento tenía prisa por romper esta unión amigable; aspiraba al industrialismo europeo, a la civilización arrivista y sin alma, a la desunión del amo y del criado. La silla inglesa aportaría rieles, rascacielos, quintas canalizadas... Pero ya no llamaría el patrón al gaucho afanoso, y le alargaría, sonriendo paternalmente, el frasco de caña.
Se ha extraído del _Martín Fierro_, por los publicistas argentinos, principalmente la parte que contiene de protesta social. Pero el _socialismo_ del gaucho, en el libro de _Martín Fierro_, no tiene verdadero valor de lucha de clases, ni de protesta contra una abusiva repartición de tierras y poderes. Lo que realmente alienta en este libro, es un problema político, étnico, nacional. Es la protesta del tradicionalismo frente a la civilización arrivista; es la enemistad entre el _gaucho_ y el _gringo_; es la rivalidad entre la urbe ribereña, fastuosa, absorbente--Buenos Aires,--y el país histórico; es el conflicto que enunciara Sarmiento en su “Civilización y Barbarie”.
El gaucho habla por conducto de Martín Fierro, el cual recuerda la vida dorada de abundancia patriarcal. La vida dorada desaparece, y los gauchos son arreados hacia la _frontera_, donde se dará a los indios la última embestida. Cuando los indios desaparezcan también, el país se llenará de especuladores, de extranjeros, de codicias desenfrenadas. La ciudad, Buenos Aires, se hará inmensa como un coloso, como un monstruo. Y al decretar el censo de la República, resultará que el país alberga millones de extranjeros, en una cifra total de ocho millones de habitantes. Habrá pueblos argentinos en donde no se habla el castellano usualmente; habrá argentinos hijos de extranjeros, que hablan un castellano pestilente, corrompido, una jerga impura y presidiaria; habrá pueblos en que la sangre argentina está en una proporción insignificante...
Esto significa, seguramente, el triunfo de la doctrina de Sarmiento. Pero es una victoria semejante a la de Pirro; el ejército argentino se ha deshecho. Tradiciones, modalidades, características, fuerza racial, energía del tono primitivo, todo queda deshecho o expulsado ante el imperio triunfador de Buenos Aires, por cuyo puerto viene continuamente la avalancha.
El gran propagandista combatió el ruralismo gauchesco, el tradicionalismo español, la superstición española, todo lo que hay de español, y por tanto funesto, en el ser argentino. Después de algunos lustros, la sociedad argentina se ha enriquecido con preciosos valores económicos, agrícolas y políticos. El ideal de Sarmiento camina triunfante. Pero a cambio de la riqueza material y política, ¿el país no ha debido sacrificar su substancia tradicional, espiritual y étnica?...
El odio de Sarmiento a España es un monstruo que se vuelve contra sí mismo, y en realidad es la patria argentina la que sufre la mordedura. Combatir lo español en la Argentina, sobre todo a principios del siglo XX, es combatir el propio criollismo. Sarmiento condena y repudia las costumbres, los usos, las ideas, los resabios, hasta la gente gauchesca; ¿qué le queda para estimar? El suelo, la tierra... Es muy poco, seguramente. Y es mucho más poco si consideramos aquel suelo pampeano, liso e inexpresivo, monótona tierra de mieses y pastos, que sin la ayuda de la gente gauchesca y de la poesía tradicional pierde todo lo que avalora y explica una patria: el alma.
No; España no tenía la culpa de los defectos que Sarmiento analiza y combate en sus apasionadas obras. Tan pronto como el grande hombre argentino llega a la madurez mental, mira el espectáculo de su patria y la ve sometida a la guerra civil, a la tiranía y a la barbarie. Pero no quiere comprender que sobre la Argentina, como sobre toda la América, ha pasado la revolución y está triunfante la independencia. De todo lo que examina Sarmiento es culpable la misma independencia, puesto que ésta ha destruído en seis u ocho lustros cuanto pudo construir España en tres siglos.
Los virreynatos españoles habían absorbido las esencias de la civilización europea, que en este caso era civilización española; y España no envió a América las sobras y lo secundario, sino que muchas veces había en Perú y Méjico mayor vigor que en la misma Península, como ocurrió en la época de los últimos Austrias. En el siglo XVI dió España a las Indias su fervor evangélico y su espíritu valeroso, heroico, expansivo; en el siglo XVII envió España a América el sentido complementario de la organización política, municipal, eclesiástica y universitaria; el siglo XVIII vió aparecer en los virreynatos las compañías económicas y una sociabilidad culta, muy del tiempo, que llamaríamos de casaca y peluca.
Esta sociabilidad de casaca y peluquín era la que imperaba en los virreynatos cuando los desafueros de Napoleón a lo largo de la Península inspiraron a los criollos la idea de emanciparse. Sería estúpido alegar que la América de entonces, la América de los virreyes cultos y humanos, la América de casaca y peluquín, de las academias y la buena sociabilidad, era una América torva, hormiguero de gauchos cerriles y gentes bárbaras.
De esa América de los virreynatos desciende la civilización criolla, y de ella provienen las costumbres, el carácter, lo peculiar y _nacional_ del criollismo. Esa sociabilidad hispano-criolla hizo posible que en el fondo de los Andes, en el remoto interior continental, naciera y se agrandara la ciudad de San Juan, patria nativa de Sarmiento. Y Sarmiento, que nació en la época del virreynato, o sólo un año después de la revolución, no vino al mundo de unos padres soeces, bárbaros y rústicos; su familia era prócer, honrada, hidalga, y en ella aprendió los principios de una alta sociabilidad española.
Pues si España, a través del Atlántico, era capaz de crear una extensa e intensa civilización; si España dió el ser íntimo y fundamental a hombres como Sarmiento, y si Sarmiento no se explica sin España, ¿cómo es posible que se disculpen las arbitrariedades pseudocríticas de aquel voluntario antiespañolista?
La independencia rompió todos los frenos, desbarató la red de disciplinas que cubría a América y destruyó lo que había, de continuidad, de densidad, de correlación, de armonía y de gobierno en los virreynatos; la familia, la autoridad, la trabazón civilizada, todo vino a tierra. No fué el desbande de las ignorancias oprimidas lo que realizó la independencia; fué la supresión de la armonía civilizada, que trajo por consecuencia la barbarie. Este fenómeno lo conocen los labriegos en las tierras que se dejan de labrar y caen en poder de los matorrales. Fué injusto y cruel Sarmiento cuando, ante el cuadro que presentaba la Argentina en sus primeros años de independencia, se revolvía contra España. Aquella barbarie que él lamentaba no era española; era criolla nada más. La civilización española se había derrumbado, y lo que veía Sarmiento eran las ruinas y los matorrales del barbecho.
En vez de condenar absolutamente la barbarie, y sobre todo la tradición hispano-criolla, ¿por qué no se dedicó su talento a recuperar, a recomponer, a rehabilitar el viejo campo de la civilización española, adaptándola a los nuevos tiempos y a las nuevas normas políticas? Esto le hubiera diputado como hombre verdaderamente genial. Pero Sarmiento estaba corrompido por la admiración rastacuera hacia el extranjero. Y en lugar de levantarse como el gran _reformador americano_ (el reformador que todavía aguarda América), se detuvo en la categoría de un vulgar político transeunte, de cualquier político del momento y vista corta que en frente de una tierra ancha sólo se le ocurre trazar parcelas y darlas a labrar al que desee. Está bien; esto es lógico y práctico. Pero hay algún otro margen para la genialidad.
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Mientras la Argentina avanza en su camino de riqueza, la mente observadora, sin embargo asiste a una tragedia íntima, la de un pueblo que estaba lleno de vigor y carácter, y que rápidamente se transforma en una cosa diferente, amorfa, un poco caótica dentro de su opulencia nacional.
Caótica, porque al destruir sin piedad los cimientos de la tradición, no se han cuidado de conservar prudentemente los elementos substanciales de la raza. Han abierto demasiada franca la puerta a las aportaciones externas, y lo substancial propio se ve inundado, desorientado o invalidado.
En un país de nutrida población indígena, la inmigración puede admitirse sin reparo; los Estados Unidos tenían ya una base populosa bastante capaz cuando llegó la ola europea. La Argentina tenía una población insignificante, y el extranjero la ha invadido. Por eso puede dudarse de que el sistema antitradicional de Sarmiento fuese completamente sabio y oportuno.