El poema de la Pampa: "Martín Fierro" y el criollismo español
Part 5
Una vez que Martín Fierro se vió libre de su horroroso peligro, montó en el caballo del indio, dió el suyo a la cautiva, y con las debidas precauciones, a paso de carrera, huyeron de la tribu de los salvajes.
Vagaron por el desierto, llegaron a las primeras poblaciones civilizadas, y allí, portándose otra vez caballerescamente, Martín Fierro se despidió de la cautiva y tomó el rumbo de la tierra natal. Llevaba sobre su conciencia bastantes culpas, le adeudaba a la Justicia bastantes delitos; pero los jueces, en aquellos tiempos, saldaban pronto las cuentas pasadas. Y nuestro héroe se ve exento de toda reclamación. Pero está viejo, pobre, melancólico... Pide noticias de su mujer, y le dicen que ha muerto. Busca a sus hijos, y he ahí que aparecen dos lindos muchachos que le abrazan...
Esta última parte del poema es muy curiosa, porque se dedica a narrar las aventuras y picardías de los muchachos. Está sembrada de sentencias criollas, y por tanto equivale a un _refranero_ popular de la tierra del Plata. Vamos a internarnos en esa pintoresca trama de refranes criollos.
CAPÍTULO X
REFRANERO PICARESCO
La última parte del _Martín Fierro_ está dedicada a escenas familiares y al tierno reencuentro de los hermanos perdidos. En esta parte del poema popular criollo ya no se narran episodios de sangre, peleas y otros excesos. Pero en medio de las narraciones ingenuamente sentimentales, el tono de _picaresca_ que tiene este libro en todas sus páginas se afirma todavía más en su terminación, gracias a los dichos y refranes que aportan Fierro, sus dos hijos, el primogénito del sargento Cruz y el viejo Vizcacha. Probablemente, el _Martín Fierro_ es el último libro del género _picaresco_ que ha producido la literatura castellana. Y esto es más interesante, porque el autor de este poema rudimentario no era muy culto en letras ni se propuso emular los grandes autores del siglo XVI y el XVII; es la obra espontánea de la raza, que aun transportada a medio distinto y extraño, produce fatalmente estrofas y episodios de puro sabor castizo.
Sucede, pues, que nuestro héroe Martín Fierro regresa a sus _pagos_. Está un poco viejo y se ocupa en cantar al abrigo de las pulperías, tañendo la guitarra ante un concurso de amigos que escuchan atentos sus aventuras y trabajos. Allí se le unen sus dos hijos. Y cada uno de los muchachos, siguiendo el sistema literario antiguo, narra por su parte las aventuras y desdichas de su vida azarosa.
El hijo más pequeño cuenta cómo quedó abandonado, cuando Fierro fué llevado a servir de recluta en la frontera. La pobre madre murió. Y el muchacho, por una tropelía de la justicia, demasiado frecuente en aquellos climas inseguros, es acusado de haber dado muerte a un boyero, y cae en presidio. El triste mancebo se limita a describir la horrible vida del presidiario. Para un hijo de la naturaleza, hecho a la luz y la libertad, nada debe de haber, en efecto, tan horroroso como el encarcelamiento.
En esa estrecha prisión, sin poderme conformar, no cesaba de exclamar: ¡Qué diera yo por tener un caballo en que montar y una pampa en que correr!...
También le fatiga y le aterra mucho el silencio mortal de la prisión. Es un silencio que le obsede, que le aturde, que le alucina.
Allí se amansa el más bravo, allí se dobla el más fuerte. El silencio es de tal suerte, que cuando llegue a venir hasta se le han de sentir las pisadas a la muerte...
El otro hijo de Martín Fierro tiene algunas cosas más entretenidas que contar. Por lo pronto le recoge a su amparo una tía anciana, cuya amable tutela le permite vivir sin oficio y en perfecto holgazán. Pero la tía muere, y el muchacho queda otra vez desvalido. La amable tía le ha dejado una herencia, consistente en unas tierras y unos rebaños. En esto interviene el juez, y nuevamente la justicia criolla de aquel tiempo hace una de las suyas. En resolución, el chico no puede cobrar la herencia, porque es menor; en cambio le ponen de pupilo bajo la tutoría de un viejo cínico, ladrón, borracho, que responde al apodo de Vizcacha.
El viejo Vizcacha vive como un animal inmundo y ladino. Se dedica a hurtar reses y vender de tapadillo los cueros. Roba todo cuanto se le alcanza, desde una hebilla a una montura. Bebe sin tasa. Y a cambio de otros regalos, le da al chico sapientes consejos de la mejor picaresca.
Debo decir, como paréntesis, que el refranero criollo carece de gran originalidad; los refranes argentinos y generalmente los americanos, en realidad son puramente españoles. Aquellos países han inventado pocas cosas, acaso porque recibieron la civilización, la fe y el lenguaje españoles en su período de mejor madurez. Fuera de los términos o expresiones rigurosamente locales, el idioma se mantiene tan original como cuando llegaron allá los conquistadores. Me refiero, claro es, al idioma del campo y de las ciudades del interior; por desgracia, los escritores criollos cultos siembran su lenguaje de tristes galicismos aprendidos en los volúmenes de 3,50 francos.
Los mismos criollos castizos, cuando más presumen de estar argentinizando, no hacen otra cosa que hispanizar. Suelen darse, al efecto, equivocaciones graciosas; porque ellos piensan que las palabras y refranes que dicen son de pura cepa criolla, cuando son, al contrario, españoles. Esta equivocación, acaso, provendrá de la carencia de continuidad literaria y étnica. Leen los criollos muy escasísima literatura española; por otra parte, ellos ven llegar a los inmigrantes del país vasco, de Galicia, de tierra de Cameros, gentes que hablan un mal castellano, o un castellano incipiente.
El viejo Vizcacha no es ni más ni menos que un pícaro de Mateo Alemán, de Hurtado de Mendoza o de Cervantes. Nada dice que no supieran nuestros clásicos pícaros.
Jamás llegués a parar adonde veas perros flacos...
El diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo...
Hacéte amigo del Juez, no le des de qué quejarse; y cuando quiera enojarse vos te debés encoger, pues siempre es bueno tener palenque ande ir a rascarse...
Este redomado pillo que llaman Vizcacha parece un ente redivivo, arrancado propiamente del Arenal de Sevilla, del Perchel de Málaga, de las Almadrabas de orilla de la mar. Tiene toda la sorna antigua y racial, un poco disminuído sin duda por la inyección taciturna y sosa del indio. Conserva, aunque un tanto mitigado, el don de la gracia andaluza. Y expresa en sus dichos toda la sutileza filosófica, castizamente hispana, popular; toda la presteza del _madrugador_; todo el egoísmo experimentado y concienzudo, entre estoico y cristiano, del hombre que se lanza a luchar con jueces prevaricadores y pillos despiertos.
Véanse algunos de sus consejos:
No andés cambiando de cueva, hacé lo que hace el ratón; conserváte en el rincón en que empezó tu existencia; vaca que cambia querencia se atrasa en la parición.
Y menudiando los tragos, aquel viejo como cerro, --No olvidés, decía, Fierro que el hombre no debe creer en lágrimas de mujer ni en la renguera del perro.
A naides tengás envidia, es muy triste el envidiar; cuando veas a otro ganar a estorbarlo no te metas. Cada lechón en su teta; es el modo de mamar...
Si buscás vivir tranquilo dedicáte a solteriar; mas si te querés casar, con esta advertencia sea: que es muy difícil guardar prendas que otros codicean.
En lo que atañe a las armas y la defensa personal, el viejo Vizcacha presta al muchacho unos consejos que parecen arrancados de un código truhanesco del siglo XVI.
Y gangoso con la tranca me solía decir: Potrillo, recién te apunta el colmillo, mas te lo dice un toruno: _no dejés que hombre ninguno te gane el lao del cuchillo_.
Las armas son necesarias, pero naides sabe cuándo; ansina, si andás pasiando, y de noche sobre todo, debés llevarlo de modo _que al salir, salga cortando..._
Después que los dos hijos de Martín Fierro han narrado sus vidas, entra en la pulpería un buen mozo desconocido, que pide venia a la reunión para contar a su vez sus aventuras. Se le concede con gusto la licencia, y el mozo, que resulta ser hijo de aquel sargento Cruz, bizarro defensor de Martín Fierro y amigo de él en el éxodo entre los indios, relata de este modo su vida:
Quedó solo y desamparado, buscó dónde ganarse el pan, y lo mismo que un Lazarillo de Tormes se lanza a los azares de la pillería. Entra a servir en una tropa de titiriteros. Luego lo recogen unas tías, que son beatas y le obligan a rezar innumerables rosarios y novenas. Mientras reza con sus tías, una mulata de la tertulia devota le inspira un amor fogoso, desenfrenado; por mirar a su dama, trabuca los nombres de los santos y estropea las oraciones. Aquello termina mal, necesariamente. Huye de casa de sus tías y cae en pleno vagabundaje.
Anduve como pelota y más pobre que una rata. Cuando empecé a ganar plata se armó no sé qué barullo. Yo dije: a tu tierra, grullo, aunque sea con una pata.
La plata que dice ganar es por virtud de sus malas artes picarescas. Helo ahí convertido en un tahur, en un jugador de ventaja. Se dedica a desplumar a todo el gauchaje inadvertido y simplista. Parece un personaje de nuestras novelas clásicas. Le llaman de apodo _Picardía_... Sus conocimientos en el noble oficio de tahúr no pueden ser más pintorescos.
Al monte, las precauciones no han de olvidarse jamás; debe afirmarse además los dedos para el trabajo, y buscar asiento bajo que le dé la luz de atrás.
Un pastel, como un paquete, sé llevarlo con limpieza; dende que a salir empiezan no hay carta que no recuerde; sé cuál se gana o se pierde en cuanto cain a la mesa.
Con un socio que lo entiende se arman partidas muy buenas; queda allí la plata ajena, quedan prendas y botones. Siempre cain a esas reuniones zonzos con las manos llenas.
Deja a veces por la boca haciendo el que se descuida; juega el otro hasta la vida y es seguro que se ensarta, porque uno muestra una carta y tiene otra prevenida...
Pero el libro del _Martín Fierro_ es a su manera una obra moral, y en sus versos se salva siempre la virtud. Así, en las novelas picarescas, aunque los pillos hicieran muchos desaguisados, nunca faltaba la ejemplaridad y la coletilla moralizante. El hijo del sargento Cruz, por tanto, se arrepiente de esas fechorías y hácese mozo honrado. Y larga unos versos muy sentenciosos para lección de incautos:
Y esto digo claramente, porque he dejao de jugar; y les puedo asegurar, como que fuí del oficio, más cuesta aprender un vicio que aprender a trabajar...
CAPÍTULO XI
CONSIDERACIONES FINALES
Repetiré nuevamente, antes de acabar, que el _Martín Fierro_ me parece el último verdadero poema popular español que se ha escrito en lengua castellana. No importa la incultura y sencillez de quien supo escribirlo tan fragante y sincero, tan incorrecto y rudimentario, ni tampoco importa que se refiera el poema a costumbres y tipos de la Argentina: una nación colonizadora nunca se ciñe a los límites diplomáticos; tan romana era Mérida como Capua, tan griega Siracusa como Corinto, y del mismo modo se ha podido desdoblar España en la Argentina.
_Martín Fierro_, por tanto, siendo muy argentino y americano, no deja de ser muy español. Es un libro católico, hidalgo, valiente, generoso, con un poco de tristeza estoica, y otro poco de socarronería, bañado en gracia popular; y sobre todo, para ser del todo español, alienta en sus versos algo como una sorda incompatibilidad con eso que se entiende por civilización europea, moderna, industrialista, inexorablemente trepadora.
Si en el libro de José Hernández se trasluce la influencia de alguna clase de lectura, pronto atisbamos el recuerdo del _Quijote_. Las aventuras de Martín Fierro constan, en efecto, de dos partes, trozos o volúmenes; al final de la primera parte exclama el héroe, parodiando la frase de la _espetera_ cervantesca:
...Ruempo la guitarra pa no volverme a tentar; ninguno la ha de tocar, por siguro tenganló, pues naides ha de cantar cuando este gaucho cantó.
Y volviendo de su aventurero vagabundaje, al ingresar de nuevo entre los suyos, dice, como pudo decir otrora Don Quijote:
No faltaban, ya se entiende, en aquel gauchaje inmenso muchos que ya conocían la historia de Martín Fierro...
Ese gaucho de barba corrida y pelo amelenado, representa en la remota Pampa el último vástago del árbol español. Conserva de España todo su heroísmo y todo su renunciamiento transcendental. Por lejos que viva del corazón de la raza, por mucho que le separen la distancia, el clima, el tiempo y los prejuicios nacionales, el gaucho contiene, en potencia, todas las cualidades españolas, buenas y malas. Ríe y llora, canta y mata como un español. Reza también a la española, tan supersticiosamente, ingenuamente, como un español. Después que la suerte de las armas, por ejemplo, le empuja a matar en noble duelo a su adversario, Martín Fierro recapacita, al trote de su caballo, que no está bien, ni es de buen cristiano, mezquinarle al enemigo un piadoso tributo.
Después supe que al finao ni siquiera lo velaron, y retobao en un cuero sin rezarle lo enterraron.
Y dicen que dende entonces, cuando es la noche serena, suele verse una luz mala como de alma que anda en pena.
Yo tengo intención a veces, para que no pene tanto, de sacar de allí los güesos y echarlos al camposanto...
Hasta la propensión _conceptista_ y _culterana_, tan del gusto español, halla cabida en este poema. Y al final del libro, efectivamente, vemos que en la taberna, armados de sendas guitarras, se traban a cantar Martín Fierro y un negro _payador_, y riñen un duelo de estrofas improvisadas en que los discreteos, que se cruzan ante el regocijado auditorio, forman uno de los pasajes más curiosos del poema. Es una pintoresca, vulgar cosmología que abarca las principales nociones del conocimiento del pueblo. Por boca de los dos _payadores_, el pueblo rural de la Pampa emite sus balbuceos acerca de lo divino y de lo humano, en un estilo de castiza traza, espontáneamente barroco y culteranista. Entre los muchos conceptos sin valor o excesivamente vulgares, salta a veces una imagen que nos seduce. Dice el negro, cuando su adversario le alude la fealdad:
Bajo la frente más negra hay pensamiento y hay vida. La gente escuche tranquila, no me haga ningún reproche; también es negra la noche y tiene estrellas que brillan...
En suma, el poema de _Martín Fierro_ es una constante lección para la intelectualidad americana, y principalmente argentina. Los escritores criollos necesitarán comprender que es muy difícil, y acaso imposible, llegar a la consecución de la obra genial mientras la moda o la frivolidad les aleje de las fuentes originales. La obra verdadera no puede existir sin _carácter_, y por desgracia la actual inclinación argentina va derecha hacia las formas y los tópicos extraños.
Por un sentimiento de exagerada pasión cultural, el argentino busca en París la clave de su arte, y presume que en su país existe poco aprovechable. Hasta en los momentos en que trata de extraer lo característico de su raza y de su clima, adopta procedimientos y fórmulas aprendidos en Francia. El humilde José Hernández procedía de otro modo, y su pobre bagaje libresco le salvó; él se redujo a interpretar el sentido criollo y español de cuanto le rodeaba, y esto solamente le dió el premio.
Siempre he pensado que ese pequeño poema popular, con todas sus incorrecciones y con su factura rudimentaria, es una de las pocas obras geniales que en su corta vida ha producido la literatura ríoplatense. El genio argentino estuvo demasiado entretenido por sus luchas civiles y la constitución de su nacionalidad; no le sobró tiempo ni ocio para preocuparse bastantemente de la pura y amena literatura, y toda su fuerza la destinó a crear materia política. Los hombres políticos de la Argentina muestran un carácter y una altura que indudablemente no poseen sus hombres de letras. A veces asistimos a un triple desdoblamiento de la personalidad, como en Bartolomé Mitre, coincidente de militar, político y escritor. Otras veces todavía vemos el caso milagroso de Sarmiento, cuyo cuádruple desdoblamiento de militar, escritor, político y pedagogo nos produce estupefacción.
Entretenidos, pues, por tantas e inaplazables solicitaciones, no debemos exigir a los talentos argentinos una excesiva corrección. Es lo incorrecto, más bien, y lo malogrado, la característica del genio literario argentino. El mismo Sarmiento, con ser el más alto hombre literario de la Argentina, resulta un gran escritor malogrado, una obra literaria sin terminar; un _Facundo_ escrito a vuela pluma y un millar de artículos circunstanciales, periodísticos, como inconclusos. En Sarmiento estaba acaso el más grande escritor de Hispano-América; la vida agitada de su país, los múltiples e inminentes deberes que exigía la suerte de su patria, hicieron malograr el perfecto y definitivo escritor que se anunciaba.
Es curioso observar cómo se repite en la Argentina la ley histórica que ordena a los pueblos un desenvolvimiento ordenado e inflexiblemente lógico; es así que la mayor parte del siglo XIX, primero de su existencia independiente, lo ha empleado la Argentina en la dura labor de crear política, de crear civilidad. Mientras el país trabaja por consolidarse, las mejores producciones literarias que produce son las de carácter popular. Los cuentos, las leyendas y las narraciones que salen del mismo pueblo, tienen en la Argentina un sabor espontáneo, un alma honda que no alcanzan, seguramente, las prosas y los versos escritos por los autores ilustrados de la misma época.
Muchas de esas obras populares no lo son en absoluto, según el rigor de las clasificaciones académicas. No son anónimas siempre, puesto que se sabe quién las escribió. Pero el mismo poema de José Hernández parece que se haya desprendido, bien maduro, de la boca desconocida y cósmica del pueblo criollo. Nada tan popular, anónimo, colectivo, como esa historia de Fierro, verdadera expresión gauchesca arrancada del seno pampeano.
De tal modo sucede esto, que suele costarnos bastante dificultad el retener la ficha nominal del autor. El nombre del autor del poema se nos desvanace como una sombra sin sentido... Vemos el “Martín Fierro” como una cosa desgajada de la selva popular argentina. Se nos figura que no es un libro meditado, compuesto ante una mesa por un señor particular que tenía instrucción, que conocía los clásicos y que fraguaba composiciones tan endebles y ridículas como “Los dos besos” y “El carpintero”. Queremos imaginar que fué la muchedumbre entera quien aportó los versos de ese libro. El mismo nombre, José, y el apellido, Hernández, ayudan con su vulgaridad, con su popularidad, a que la cifra nominal de autor se diluya como una sombra en el cuerpo amorfo del pueblo argentino.
A pesar de su factura rudimentaria, el _Martín Fierro_ no carece de una pretensión moralizante, y en sus páginas, en efecto, hay apuntadas diversas tesis. Están iniciados algunos conflictos locales, puramente criollos, y la misma simplicidad de estos conflictos confirma el carácter netamente popular del libro.
Su autor, José Hernández, no poseía mucho mayor vuelo ideológico que los pobres paisanos de la Pampa; y así es bueno que sea para el efecto positivo del poema.
Las tesis y los conflictos están expuestos con una candorosa elementalidad y con un simplismo encantador. La xenofobia de “Martín Fierro” es la misma que siente el _paisano_ ante el _gringo_ codicioso, ridículo, sedentario, afeminado y tortuoso, que bonitamente, y sin descanso se va haciendo dueño de las tierras republicanas. El problema de la justicia rural está expuesto también con el sentimiento de la plebe gauchesca; para el pobre paisanaje, que pierde demasiado tiempo en beber, cantar, bailotear y darle gusto al cuchillo, el Juez de la campaña casi siempre es el personaje arbitrario y venal que pega, castiga, oprime y hace levas de conscritos. La vida del soldado no tiene tampoco un sentido noble y culto; el paisano que marcha a la frontera, arreado con otros pillos o infelices, no alcanza a comprender el idealismo de las armas nacionales que luchan por la civilización y el progreso; sólo ve un fortín desmantelado, unos oficiales avarientos, unos indios que invaden como fieras, unas pagas que no llegan nunca, hambre, tedio, miseria, y a sus espaldas el especulador de la ciudad, que prepara sus buenos negocios de tierras.
“Martín Fierro” es el poema tardío, desde luego impotente, que clama en favor del gaucho. Pide justicia contra la invasión de las fuerzas exóticas que invaden e inundan el país; pide justicia para el paisano, que hiciera otrora la campaña de independencia, que defendió las instituciones republicanas, que pobló el desierto y que al final es despreciado, vejado, expulsado de su misma tierra.
Lo cierto es que en todo el “Martín Fierro” no se escuchan más que lamentaciones y gritos airados. Se asiste en sus páginas al vagar de los pobres gauchos, a las tristezas y expoliaciones del paisanaje indefenso. Todo son desventuras y miserias para el gaucho. Y van los gauchos, efectivamente, a través del libro como sombras malditas, que recuerdan a las razas abyectas del Viejo Mundo, gitanos y judíos, siempre sujetos a ultrajes y persecuciones. Es el final de una lucha a muerte. Es la expulsión del gaucho, que será suplantado por el colono europeo. Es la liquidación de la primera fase de la vida nacional argentina. Es el cambio del carácter nacional y la anulación del criollismo histórico, verdaderamente americano, por el predominio de la ciudad arrivista, exótica, que es Buenos Aires... He ahí un conflicto sentimental y bien profundo, que todavía no ha sido atacado por la crítica argentina, tal vez porque sea tan delicado y doloroso de tratar desde el lado criollo.
CAPÍTULO XII
UN CONFLICTO DE SENTIMIENTOS
Las obras del hombre caen siempre en brazos de la casualidad, y los libros no se evaden a la ley de una suerte arbitraria e imprevista. Tal libro nace con pretensiones de inmortalidad, y no obstante se sume pronto en el olvido; otras obras, en cambio, salen humildes a la luz, huérfanas de reclamo y de pretensiones, y desde el silencio se remontan a la fama eterna. Algunos libros, como el _Quijote_ y el _Hamlet_, nacieron entre las risotadas de los lacayos y de los marineros, y después el asentimiento nacional los estima como nobles conceptos de la imaginación humana.
Este fenómeno se ha repetido con el poema del _Martín Fierro_. Nació para ser deletreado por gentes rudas; hablaba el lenguaje de la plebe; iban sus máximas y sus episodios dirigidos a la imaginación del pueblo, y si las inteligencias cultivadas lo leían, era nada más que a título de curiosidad. Hasta que un día el gaucho Martín Fierro vuelve de la vastedad pampeana y logra que se fragüen sobre su asunto complicadas discusiones en las academias, los liceos y las revistas.