El poema de la Pampa: "Martín Fierro" y el criollismo español
Part 3
Esta defensa del gaucho oprimido y esquilmado forma el motivo del poema. Pero la queja hubiera saltado de cualquier modo, porque la raíz del criollismo pampeano consiste en un acatamiento a la ley de fatalidad, y en una profunda e instintiva comprensión del duro e insuperable destino. El criollo es fatalista como un andaluz; la parte de semitismo que heredara de sus abuelos, se ve todavía corroborada por el fatalismo de las razas indias. Sobre la negrura de su fatalismo, igual que en el alma andaluza; el criollo vierte, a manera de relámpagos, sus chistes y donosidades, su graciosa socarronería.
Las estrofas del _Martín Fierro_, por tanto, recuerdan directamente las coplas andaluzas de la malagueña. Al comenzar un episodio, en cualquier intervalo de su narración, Martín Fierro lanza al aire libre de la llanura solitaria su queja, que es como una reconvención al destino.
Triste suena mi guitarra, y el asunto lo requiere; ninguno alegrías espere sino sentidos lamentos, de aquel que en duros tormentos nace, crece, vive y muere.
Los últimos versos de esta estrofa recuerdan inmediatamente a nuestro Segismundo de “La vida es sueño”. En el poema de Hernández hay otras varias referencias a libros españoles, que iremos anotando después; el _Quijote_ está patente en el _Martín Fierro_, y la obsesión de Espronceda obsérvase igualmente a lo largo del poema criollo. Los consejos que da el viejo Vizcacha a un hijo de Fierro, son eco demasiado patente de las advertencias que el presidiario hace al héroe de _El Diablo Mundo_.
La queja del gaucho se parece a la del andaluz; pero si en la copla andaluza palpita frecuentemente la indignación, la violencia o el arrebato pasional, en la estrofa criolla vaga un no sé qué de resignado y suave. Rara vez suena la copla criolla a maldición y a rebeldía, como en el canto andaluz; el gaucho gime con un tono más pasivo, más rendido y caballeresco; hace, frente al desdén de su dama, no como el enamorado andaluz, sino como el enamorado gallego o el galán provenzal.
Yo me atrevo a reproducir, dándole un valor totalmente representativo del carácter sentimental criollo, esta _vidalita_, muy popular en las tierras del Plata:
Palomita blanca, vidalitá, la que yo crié; salió tan ingrata, vidalitá, que voló y se fué...
Toma aquí el sentimiento de un pueblo la expresión más resignada, triste y vagorosa. Apenas si el enamorado osa protestar. Es como si admitiera la ley del destino que convierte a la mujer en cosa deseable, frágil, bella, fácilmente desvanecible. Admite la fatalidad, y como buen fatalista no incurre en la inútil propensión a la ira y los desesperados ultrajes.
Se siente, pues, el gaucho obligado a una actitud de compostura frente al desvío inevitable de la mujer. Y toma la postura del lamento según la buena tradición romántica y caballeresca del galán desgraciado; se refugia, pues, en la queja transcendental, en el suspiro y en el culto ácido de la ausencia. La ausencia, como tema de erotismo desgraciado, llena el fondo del cancionero popular argentino.
La copla andaluza exclama:
Entre Córdoba y Lucena hay una laguna clara donde lloraba mis penas cuando de tí me acordaba.
Pero aun aquí resalta o se entrevé la esperanza de recuperar el amor malogrado, o se presiente la secreta ira del amador que podrá acaso alguna vez ejercitar su derecho a la venganza. El defraudado galán criollo se contenta con gemir:
Palomita blanca, remonta tu vuelo, y al bien que yo adoro dile que me muero...
También Martín Fierro colabora en esta propensión a la queja dulce y al dolor de la ausencia. Azuzado por la justicia, pobre y errante, necesita poner su memoria en la dama de sus pensamientos y canta:
Es triste dejar sus pagos y largarse a tierra ajena, llevándose el alma llena de tormentos y dolores; mas nos llevan los rigores como el pampero[23] a la arena.
Cuántas veces al cruzar en esa inmensa llanura, al verse en tal desventura y tan lejos de los suyos, se tira uno entre los yuyos[24] a llorar con amargura.
En la orilla de un arroyo solitario lo pasaba, en mil cosas cavilaba, y a una güelta repentina se me hacía ver a mi china o escuchar que me llamaba.
Nada más justificado que el lamento criollo y ese tópico criollo de la ausencia. Es una melancolía que llamaríamos territorial, topográfica. Y ciertamente, si el gaucho encuentra algunas ocasiones de felicidad, su posición en el mundo le hace apto para la melancolía.
No es que sea sombrío, ni que le falte lo esencial a la vida; en los buenos tiempos de Martín Fierro, y aún ahora generalmente, el _paisano_[25] dispone de un caballo en que trotar, el amor lo encuentra fácil, un cobertizo y un poncho le son suficientes para cubrirse, y la carne, base casi única de su alimentación, la cobra sin ninguna dificultad. El trabajo es fácil también. Detesta el manejo de la azada y no gusta el oficio de labrador, que abandona a los gringos; pero es insuperable caballista, cuida como nadie de los ganados, sabe esquilar ovejas y domar potros y herrar lindamente, y es inapreciable, insustituible, en una _estancia_[26]. Bebe, rasguea su guitarra, canta por lo fino. Gallardea en las fiestas, y sobre su dócil caballo, a la madrugada, tendido al galope y con el lazo revoleado diestramente en medio de la manada cerril, siente sin duda el robusto goce de la vida plena, libre y masculina.
Pero delante de sus ojos, ¡cómo es de igual y plana la llanura! He allí un mar de hierba, monótono e inexorable como el Océano. Vagamente llega al alma una tristeza que no es la del marino, porque el marino _va_, y el gaucho no saldrá nunca de su profunda soledad. El jinete se endereza sobre su corcel, y no columbra nada a lo lejos, ni un pueblo, ni una roca, ni un campanario; acaso una cabaña, sombreada por un sauce llorón, o un _ombú_[27], el solitario árbol de la Pampa que no forma nunca bosque. Sólo el blanquear de las ovejas, y el mugido de los toros errantes y apaciguados. Un amanecer de oro, un mediodía azul, un crepúsculo lleno de nostalgias. El cielo y la llanura, tan anchos, tan infinitos, concluyen por parecer muros de limitación... Sólo el viento pampero, de largo en largo, brota súbito como del mismo seno de la llanura y hace estremecer los pajonales y retumba siniestra y poderosamente en la infinita soledad del desierto.
CAPÍTULO VI
EL CUCHILLO DEL GAUCHO
Por entre los versos del _Martín Fierro_ brilla con frecuencia el cuchillo de nuestro gaucho errante, y con esa arma compañera se consuman hazañas increíbles, como el resistir en pleno campo abierto a un pelotón de soldados policiales.
Viajando una vez por la provincia de Entre Ríos, cuyo paisaje algo seco y surcado de pelados oteros recuerda bastante al campo de Castilla, sorprendí un hombre a caballo, verdadera imagen del romancesco tipo del gaucho. Ya no vestía _chiripá_, pero en su defecto portaba unos anchísimos calzones bombachos, y sobre la erguida cabeza llevaba un sombrero afieltrado, con masculino y coquetón talante. Al girar de espaldas, mostró en el cinto, por la parte de los riñones, cruzado un largo cuchillo de punta sutil. Mientras el tren arrancaba con enfática carrera, el hombre del caballo y del cuchillo se internó serenamente en la llanura, bien tieso en su silla nacional, impasible y orgulloso, como una página del pasado que se vuelve y huye...
He nombrado el cuchillo, y la palabra no es justa del todo. El cuchillo o _facón_ gauchesco era más bien una espada. Sus dimensiones tenían una prudente medida, y si era demasiado largo para cuchillo, quedaba algo corto para llegar a espada. El gaucho no podía llevar una espada al cinto, como un soldado de caballería; su manera violenta y continua de cabalgar, y su deseo de no separarse nunca del arma fiel, le obligó a cortar la espada del caballero o del hidalgo. La cruzó en la cintura, la sujetó a su cuerpo, y así logró convertirla en algo indivisible con su persona.
Al referirme al cuchillo del gaucho hablo en pretérito, porque el arma nacional de los ríoplatenses va desapareciendo, y sólo es usado tal vez en las comarcas desviadas. El europeo ha traído el uso del revólver, arma fácil y expedita que no requiere una maniobra tan complicada como aquel acero filoso, únicamente eficaz cuando la mano, la vista y el corazón del gaucho lo esgrimía en los imponentes _entreveros_[28].
Tampoco podía el europeo desenvolverse en el seno de la Naturaleza, desafiarla y vencerla como el gaucho. Este hombre primitivo contaba solamente con su voluntad y sus iniciativas. Situado en mitad del desierto, se buscaba un camino, se orientaba por las huellas sutiles de la luz o del color y sabor de las hierbas, y nada quedaba para él sin expresión, desde el vuelo de las aves hasta el mugido de las bestias errabundas. Poco debía contar con la justicia ni con los poderes constituidos; en último caso fiaba a su acero la defensa de su familia y de su prestigio personal. El europeo, debilitado por la civilización, procura reconciliarse con la Naturaleza, y al reñir contra ella no marcha de frente, sino que la soslaya, y pone por medio la mecánica de la industria y la otra mecánica de las leyes colectivas.
Un pueblo entero, libre y robusto, usaba hasta ayer mismo la espada del caballero o del hidalgo, como hace dos o tres siglos la usaban en Europa las gentes nobles. No se olvide que la espada significa libertad, aunque las mentes un poco aturdidas por la democracia tomen esto por una blasfemia. La espada no ha sido nunca negocio de esclavos, porque implica el sentido de la mayor independencia personal. La espada hace sagrado el concepto de la personalidad, y un hombre que la lleva al cinto está significando a todos los otros hombres que su independencia personal comienza desde la misma punta de su espada. Los caballeros del siglo XVI, llevando todos el signo acerado y mortífero de la libertad, por imposición natural interponían entre ellos la virtud más deseable y democrática: el respeto mutuo.
Así Pizarro, detenido en la isla del Gallo por las suspicacias de algunos compañeros, cuando quiso arrastrar su gente a la gran aventura de conquistar el Perú no osó proferir gritos y órdenes de mando, sino que sacó la espada, rayó la tierra con un brusco ademán y empezó: ¡Señores...!
Aquellos hidalgos trajeron la espada a la llanura ríoplatense, y el gaucho, pobre y errante como su progenitor, lleno de sus mismos prejuicios, reacio a la industria, atento al honor y a la libertad más que al ahorro, fué un testamentario y un continuador en América de la tradición castellana. Cuando en la tierra originaria no quedaron hidalgos de espada al cinto, en la Pampa vivía el gaucho una vida hidalguesca, con su caballo y su daga, su puntillo de honor y su aventura.
No; no era para todos el manejo de la daga gauchesca. Nada tan complicado como su esgrima, ni nada tan terrible como un hombre de aquellos cuando enrollaba al brazo el poncho, se quitaba las grandes espuelas y hacía brillar la hoja del cuchillo. A veces las pendencias duraban mucho tiempo, y el sudor bañaba los rostros que la ira hacía enrojecer. Los circunstantes formaban en círculo, y a nadie se le ocurría que podía intervenir en aquel torneo legal y honroso. Juntos los pies de ambos luchadores, casi abrazados los dos, hacían largo tiempo culebrear los aceros, parándose los tajos con el poncho, ladeándose, evitándose como ágiles reptiles. Un _chirle_ en la cara era golpe muy apreciado, y a veces bastaba la herida del rostro para lavar una ofensa. Pero los verdaderamente bravos no se contentaban con tan poco. Martín Fierro era hábil en hundir el cuchillo hasta la empuñadura.
Yo tenía un facón con S[29] que era de lima de acero; le hice un tiro, lo quitó y vino ciego el moreno.
Y en el medio de las aspas un planazo le asenté, que lo largué culebriando lo mesmo que buscapié.
Le coloriaron las motas con la sangre de la herida, y volvió a venir furioso como una tigra parida.
_Y ya me hizo relumbrar por los ojos el cuchillo_, alcanzando por la punta a cortarme en un carrillo.
Me hirvió la sangre en las venas y me le afirmé al moreno, dándole de punta y hacha pa dejar un diablo menos.
Por fin en una topada en el cuchillo lo alcé, y como un saco de güesos contra un cerco lo largué...
Acabada la riña, Martín Fierro atraviesa por entre los silenciosos espectadores sin volver la mirada, convencido de que nadie habrá de poner una objeción a su terrible y lógico comportamiento.
Limpié el facón en los pastos, desaté mi redomón, monté despacio, y salí al tranco pa el cañadón...
En otro capítulo se verá la forma de pelea y el sentido de la muerte del gaucho.
CAPÍTULO VII
HAZAÑAS Y ENTREVEROS
EL uso consumado de la esgrima trae consigo una especie de culto de la serenidad; el esgrimidor, por lo mismo que cuenta con su destreza y quiere atestiguarla, se cuida mucho de mostrar una firme sangre fría al momento de la pelea.
El gaucho hace esgrima desde que nace, y en su mano se convierte el _facón_ en un prodigio. No le gusta, por tanto, combatir de un modo brutal y torpe; estima grato rodear el trance del peligro con el adorno de esas gracias marciales que consisten en jactanciosas actitudes, ademanes despectivos y palabras hirientes. Desde los tiempos del padre Homero, el hombre que fía su riesgo a la entereza de su mano y de su espada ha sentido siempre el trágico placer de irritar, de encolerizar al adversario, y demostrarle cuán poco terror alberga el pecho que se prepara a combatir.
El gaucho es un buen hijo de español, y sufriría mucho si le privaran del ácido y supremo placer de la jactancia varonil frente a la muerte. Ha heredado del andaluz el culto del gesto y la graciosa arrogancia del desplante masculino; antes de herir, se reserva el derecho de lanzar la frase punzante y retadora. Sus riñas suelen tener un prefacio terrible, emocionante, en que los contendientes se atacan con miradas y con palabras frías, con frases de ambiguo sentido, con sonrisas que cortan.
Era natural que en un ambiente así apareciera el tipo del matón. Lo hubo antes, y ahora mismo existe, sobre todo en los suburbios de las grandes poblaciones. Llaman en Buenos Aires _orilleros_ (sin duda por ser vecinos de las orillas urbanas) a unas gentes confusas, bastante híbridas, formadas de todos los restos de población indígena y forastera, con sedimentos criollos y mucha aportación italiana, especialmente de las partes de Nápoles, Calabria y Sicilia. En esta población circundante y procelosa surge con frecuencia el tipo del _guapo_, del _chulo_, del _apache_, que en el lenguaje provincial del país llaman _compadrito_. Antiguamente se titulaba _compadre_ a secas, y la palabra ha dado origen a un verbo muy usado, _compadrear_, que significa hacer el gallo, el guapo o el valentón; pero en la chulería arrabalesca, allí como en los bajos fondos sociales europeos, el valentón busca siempre la manera diminutiva o afeminada de mostrar su terrible y repugnante masculinismo. El _compadre_, pues, se convierte en _compadrito_, hombre pálido y cruel, apachesco, fríamente sanguinario, portador del revólver o del cuchillo, espejuelo de las infelices y deslumbradas mujeres, y diestro bailador de ese soez tango argentino que, en efecto, los argentinos honrados nunca quisieron bailar, y en Europa lo han bailado las atolondradas señoritas linajudas.
Del gaucho Martín Fierro no se puede decir que sea un _compadre_ militante. Obedece, sí, a la ley de su patria, y tomando un poco más de ginebra se siente algo provocador y demasiadamente dicharachero. Por soltar con exceso la lengua se ve obligado una vez a reñir con un negro, al que tiene la desgracia de rajar el vientre. Son cosas de la fatalidad, que hoy toca a uno y mañana nos escogerá a nosotros. Efectivamente:
Otra vez en un boliche estaba haciendo la tarde; cayó un gaucho que hacía alarde de guapo y de peliador.
A la llegada metió el pingo hasta la ramada, y yo sin decirle nada me quedé en el mostrador.
Era un terne de aquel pago que naides lo reprendía, que sus enriedos tenía con el señor Comendante.
Y como era protegido andaba muy entonao, y a cualquiera desgraciao lo llevaba por delante.
¡Ah, pobre! ¡si él mismo creíba que la vida le sobraba! Ninguno diría que andaba aguaitándolo la muerte.
Sabe ya Martín Fierro, desde la aparición del _compadre_ en la pulpería, que las cosas no podrán ir bien para todos. Antes de que estalle la tormenta, el héroe hace unas cuantas reflexiones filosóficas, seguramente no exentas de curiosidad.
Pero ansí pasa en el mundo, es ansí la triste vida; pa todos está escondida la güena o la mala suerte...
Observad ahora la manera especial de desarrollarse una pendencia entre gauchos:
Se tiró al suelo al dentrar, le dió un empellón a un vasco, y me alargó un medio frasco diciendo: “Beba, cuñao.” “Por su hermana, contesté, que por la mía no hay cuidao.”
“¡Ah, gaucho!,” me respondió, “¿de qué pago será crioyo? ¿Lo andará buscando el hoyo? ¿Deberá tener güen cuero?... Pero ande bala este toro no bala ningún ternero.”
Y ya salimos trenzaos, porque el hombre no era lerdo; mas como el tino no pierdo y soy medio ligerón, le dejé mostrando el sebo de un revés con el facón.
Pero estas son riñas de uno contra uno, de forma caballeresca popular y muy semejantes a las riñas de otros países. Donde se prueba el valor del gaucho y la potencia de su cuchillo y de su esgrima, es en los entreveros de uno contra muchos, o en la pelea contra un indio armado de boleadoras.
Me encontraba, como digo, en aquella soledá, entre tanta oscuridá echando al viento mis quejas, cuando el grito del chajá[30] me hizo parar[31] las orejas.
Como lombriz me pegué al suelo para escuchar; pronto sentí retumbar las pisadas de los fletes[32], y que eran muchos jinetes conocí sin cavilar...
Al punto me santigüé y eché de giñebra un taco; lo mesmito que el mataco[33] me arrollé con el porrón. “Si han de darme pa tabaco, dije, esta es güena ocasión.”
Me refalé las espuelas para no peliar con grillos, me arremangué el calzoncillo y me ajusté bien la faja; y en una mata de paja probé el filo del cuchillo...
_Yo quise hacerles saber que allí se hallaba un varón_; les conocí la intención y solamente por eso fué que les gané el tirón, sin aguardar voz de preso.
“Vos[34] sos un gaucho matrero,” dijo uno, haciéndose el bueno. “Vos matastes un moreno y otro en una pulpería, y aquí está la polecía que quiere ajustar tus cuentas. Te va a alzar por las cuarenta si te resistís hoy día.”
“No me vengan, contesté, con relación de difuntos; esos son otros asuntos; vean si me pueden llevar, que yo no me he de entregar _aunque vengan todos juntos_.”
Pero no aguardaron más y se apiaron en montón. Como a perro cimarrón me rodiaron entre tantos. Yo me encomendé a los Santos y eché mano a mi facón...
¿No es cierto que nos figuramos leer un folletín de Alejandro Dumas o de Fernández y González? Las estupendas luchas que nos describen las novelas de capa y espada, podrán, y tienen de seguro muchas veces, una parte importante de mentira. En nuestro caso no hay exageración, porque los anales de la Pampa están llenos de empresas parecidas, y el honrado José Hernández, además, rehuye siempre las narraciones hiperbólicas. El gaucho Martín Fierro saca fuerzas de flaqueza, y aunque está solo en la inmensidad, frente a varios hombres armados, sin más apoyo que su daga, prefiere morir matando, y no que lo sacrifiquen miserablemente.
Para nuestra pasibilidad de hombres civilizados, urbanos y tímidos, la actitud de un hombre luchando contra muchos nos resulta inverosímil. Pero Martín Fierro no está precisamente solo. A nosotros nos serviría para poco una daga punzante y un cuerpo más o menos dañado de artritismo; en cambio Martín Fierro le saca a su facón imprevistas y maravillosas aptitudes, y cada canto o punto de su daga es un resorte poderosísimo. En cuanto a su cuerpo físico, él se estira y encoge como la goma, salta o se soslaya, se acurruca o se acrecienta, se multiplica verdaderamente. Y hay, además, la astucia.
Es así como un “hombre de guerra”, un guerrero de oficio, ha sido en la Historia una cosa resistente y capaz de proezas increíbles. Los héroes de Homero, por ejemplo, el Aquiles y el Agamenón y el Ayax, eran completos y vigilantes esgrimidores que aterraban a sus enemigos. Cuando leemos en los libros de Caballería que un solo guerrero combatía y derrotaba a innúmeros adversarios, no todo cuanto nos cuentan es mentira. Un guerrero antiguo, por virtud de la esgrima, del _oficio_ y de la especial preparación del alma, valía por muchos hombres juntos. El _gendarme_, el _lansquenete_, el _suizo_, y sobre todo el caballero marcial a lo Rolando, Cid y Gonzalo de Córdoba, hicieron en mucho tiempo imposible la formación de grandes y eficaces ejércitos anónimos, democráticos, al estilo moderno.
Los enemigos de Martín Fierro traen, es verdad, alguna carabina; pero aquellos pobres fusiles de pistón, sobra sin duda de los arsenales europeos, no valen gran cosa.
Y ya vide el fogonazo de un tiro de carabina; mas quiso la suerte indina de aquel maula, que me errase, y ahí no más lo levantase lo mesmo que una sardina...
Era tanta la afición y la angurria[35] que tenían, que tuítos se me venían donde yo los esperaba; uno al otro se estorbaban y con las ganas no vían.
He aquí ahora que interviene la astucia, puesto que el guerrero ha de ser listo en ardides:
Dos de ellos que traiban sables, más garifos y resueltos, en las hilachas envueltos enfrente se me pararon, y a un tiempo me atropellaron lo mesmo que perros sueltos.
Me fuí reculando en falso y el poncho adelante eché, _y cuando le puso el pie_ uno medio chapetón[36], de pronto le dí el tirón y de espaldas lo largué...
Pegué un brinco y entre todos sin miedo me entreveré. echo ovillo me quedé, y ya me cargó una yunta[37], y por el suelo la punta de mi facón les jugué.
El más engolosinao se me apió con un hachazo; se lo quité con el brazo, de no, me mata los piojos; y antes de que diera un paso le eché tierra en los dos ojos.
Y mientras se sacudía refregándose la vista, yo me le fuí como lista y ahí no más me le afirmé, diciéndole: “Dios te asista”, y de un revés lo voltié...
En fin, la feroz pelea de uno contra tantos acaba, o se precipita al desenlace, cuando uno de los soldados, el sargento Cruz, se pasa al campo de Martín Fierro, gritando aquella voz quijotesca:
...¡Cruz no consiente que se cometa el delito de matar ansí un valiente!
CAPÍTULO VIII
LOS INDIOS
Cuando un hombre se ponía fuera de la ley, quedábale antiguamente en la Argentina el desesperado recurso de hacerse _gaucho matrero_, oficio semejante al de nuestro histórico bandido de Sierra Morena. El _matrero_ se contentaba con robar ganado, que vendía a los falaces intermediarios, y vagaba errante por la inmensidad de la llanura, libre y abierta entonces.
Hoy la llanura se ve toda dividida y reglada por fuertes alambrados, que si no impiden las raterías y los vagabundajes, dificultan mucho las antiguas aventuras.
En aquellos tiempos le quedaba todavía otra solución al perseguido por la ley: los indios en sus tolderías reservaban a veces un asilo a los cristianos, en la esperanza de utilizarlos como rehenes o a título de espías. Martín Fierro y el sargento Cruz se marcharon, pues, al país de los indios _pampas_.