El poema de la Pampa: "Martín Fierro" y el criollismo español

Part 2

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En su sangre alienta la tradición fanfarrona y osada, pundonorosa y altiva de un hidalgüelo español del siglo XVI. No le falta ni siquiera el punto necesario de petulancia, y con esto abarca el hispanismo de las dos grandes centurias; frecuentemente habla y se conduce Martín Fierro como un soldando andaluz que ha guerreado en Flandes bajo el reinado de Felipe IV.

El hispanismo, el andalucismo, el casticismo siglos XVI y XVII resalta en Martín Fierro a lo largo de todo el poema; y eso es más notable y guarda más interés, porque su autor Hernández no se propuso ni remotamente lograr este efecto de hispanismo; él quiso hacer un poema de pura esencia argentina, y siendo verdaderamente bien argentinos el poema, los personajes y las acciones, al mismo tiempo resultan fundamentalmente españoles.

Es muy difícil que en otra raza cualquiera el héroe del poema, convertido en narrador de sus hazañas, tome una actitud de reto y provocación. Es verdad que Martín Fierro, al comenzar su relato, usa la forma convencional y común a todas las epopeyas. Invoca, pues, a las deidades divinas, prestadoras de inspiración:

Pido a los santos del cielo que ayuden mi pensamiento; les pido en este momento que voy a cantar mi historia, me refresquen la memoria y aclaren mi entendimiento.

Vengan santos milagrosos, vengan todos en mi ayuda, que la lengua se me añuda y se me turba la vista. Pido a mi Dios que me asista en una ocasión tan ruda.

Está bien, y así hicieron todos los cultivadores de la épica. Pero antes de todo, Martín Fierro estima necesario precisar su actitud de jaque, inasequible al miedo y al deshonor:

Mas ande otro criollo pasa, Martín Fierro ha de pasar. Nada le hace recular, ni las fantasmas lo espantan. Y dende que todos cantan, yo también quiero cantar.

Con la guitarra en la mano ni las moscas se me arriman; naides me pone el pie encima, y cuando el pecho se entona hago gemir a la prima y llorar a la bordona.

Yo soy toro en mi rodeo y torazo en rodeo ajeno; siempre me tuve por güeno, y si me quieren probar, salgan otros a cantar y veremos quién es menos.

No me hago al lao de la güella aunque vengan degollando; con los blandos yo soy blando y soy duro con los duros, y ninguno en un apuro me ha visto andar turtubiando[16].

En el peligro, ¡qué Cristos!, el corazón se me ensancha, pues toda la tierra es cancha[17], y de esto naides se asombre; el que se tiene por hombre ande quiera hace pata ancha.

Soy gaucho, y entiendanló[18] como mi lengua lo explica, para mí la tierra es chica y pudiera ser mayor...

Yo no creo que en la literatura española abunden los pasajes representativos y característicos, positivamente raciales, en que se expresen, como en estos versos del _Martín Fierro_, la ilustre y sincera valentonería, la altivez quisquillosa, el punto de honor y la obsesión de la negra honrilla. Si el carácter histórico español ha sido considerado por los extranjeros como una exaltada soberbia y como un sentimiento en cierto modo místico del honor a lo hidalgo, las palabras fuertes y decididas que pronuncia el héroe Martín Fierro desde el principio son las más representativas y terminantes. El lector español se resiste a creer que esas palabras no hayan sido dichas por un habitante de la propia España. Pero mirando bien, el caso ya no nos parece insólito. Debe recordarse que en el siglo XVI pasaron a América ejemplares auténticos, firmes y sellados de la raíz española; y en el trasplante al otro lado del Atlántico, aquellos españoles se llevaron todo cuanto en ellos era esencial, lo mismo de bueno que de malo. Y aparte unos pocos aspectos de la naturaleza que disienten, todo es en el _Martín Fierro_ perfectamente, y acaso mejoradamente español.

Tiene, por ejemplo, una soberbia xenofobia y un ingenuo desdén para el extranjero, o sea el _gringo_[19]. Y cuando los conducen a la fuerza en calidad de soldados, Martín Fierro se permite hacer consideraciones graves y pintorescas a propósito de los intrusos que inundan la Pampa.

Yo no sé por qué el Gobierno nos manda aquí a la frontera gringada que ni siquiera se sabe atracar a un pingo. ¡Si creerá al mandar un gringo que nos manda alguna fiera!

No hacen más que dar trabajo, pues no saben ni ensillar; no sirven ni pa carniar[20]. Y yo he visto muchas veces que ni voltiadas[21] las reses se les querían arrimar.

Cuando llueve se acoquinan como perro que oye truenos. Qué diablos, sólo son güenos pa vivir entre maricas. Y nunca se andan con chicas para alzar ponchos ajenos.

El gaucho castizo siente un desdén varonil por los inmigrantes sedentarios, por los europeos borreguiles, gregarios, que la excesiva civilización hubo de ablandar. El gaucho, como el español, es un hombre sobrio; tiene a menos la glotonería, desdeña el regalo, y considera que ser masculino equivale a ser duro, independiente, valeroso, estoico. En suma, tiene la moral de los pueblos guerreros, y el gaucho, realmente, estaba en constante pie de guerra ante la inminencia de los indios saqueadores. Por otra parte, el gaucho era hijo de padre español. No se le pida, pues, ni voluptuosidad ni glotonerías. Come carne asada y galleta dura, bebe la infusión del mate, y como vicio tiene la ginebra y el cigarro. Si le falta ginebra y tabaco, sufre sin quejarse. Aunque le falte comida, callará dignamente, como un guerrero o un estoico. Desea el lujo, es verdad, pero un lujo personal consistente en arreos de plata para el caballo y bordados calzoncillos para él, cuyos flecos cuelguen bonitamente por debajo del chiripá o calzón holgado. ¡Ya se comprenderá, entonces, que los estadistas y reformadores argentinos tuvieran al gaucho por un elemento inútil para la civilización! Y así ha sido que en la Argentina, durante mucho tiempo, ciertas generaciones de impacientes reformistas procuraron anular, aniquilar en cierto modo al gaucho, como se hizo despiadadamente con el indio, sustituyéndolo por el inmigrante europeo, ese individuo sedentario y blanducho que Martín Fierro execra tanto, sin duda porque presiente que al último necesitarán los gauchos ceder la tierra a los gringos... En los últimos tiempos empiezan a reaccionar los intelectuales más distinguidos frente a esa desmesurada importación de formas y esencias extrañas, pues ven que por querer realizar una gran nación a toda costa, el país se les aumenta efectivamente, pero la patria íntegra y tradicional se les disminuye.

El gaucho Martín Fierro representa, en este sentido, el grito de noble protesta de una patria y de una civilización que no saben resistir, sino alejarse decorosa y orgullosamente. ¡Que irrumpa el gringo blandullón y plebeyo! ¡Que cuente sus monedas, que se afane por vivir a lo burgués y a lo civilizado! El gaucho, encarnado en la persona de Martín Fierro, está hecho para otras empresas

Yo abriré con mi cuchillo el camino pa seguir...

He ahí, pues, un _pionner_ esforzado, épico, novelesco; supo abrir camino a la civilización, y llevar la cultura europea, todo lo rudimentaria que fuese, a los remotos extremos del desierto. Pero fué un _pionner_ a la española, y por tanto estaba imbuído del espíritu heroico y de cierta noble arbitrariedad quijotesca. El otro _pionner_, el gringo codicioso, glotón y sedentario, es quien ha vencido al fin y se ha quedado dueño de la tierra.

CAPÍTULO IV

EL ESCENARIO DE MARTÍN FIERRO

_EVOCACIÓN QUIJOTESCA_

Alguna vez me ha ocurrido terminar la velada sobre una página del _Martín Fierro_; y al día siguiente, en una mañana limpia y luminosa, he ido a mirar, desde la trasera del parque del Retiro, la sublime inmensidad de la llanura castellana. Entonces, espontáneamente, mis labios han repetido los versos del _gaucho andante_, cuando pinta a su modo la naturaleza de aquella otra llanura, tendida entre los Andes y el Atlántico:

“Todo es cielo y horizonte en inmenso campo verde. ¡Pobre de aquel que se pierde o que su rumbo estravea! Si alguien cruzarlo desea este consejo recuerde:

Marque su rumbo de día con toda felicidá; marche con puntualidá siguiéndolo con fijeza, y si duerme, la cabeza ponga para el lao que va...”

Estos consejos que brinda el gaucho Martín Fierro a los viandantes de la Pampa no son imprescindibles en la llanura de Castilla; las carreteras rayan aquí la inmensa planicie, y la torre de un pueblo asoma de cuando en cuando al borde del horizonte; el peligro de extraviarse no existe. Pero entre Castilla y la Pampa hay de común la soledad, y una especie de sentimiento o angustia del infinito.

De todas suertes, en la Europa occidental ningún otro paisaje se asemeja tanto a la Pampa como la llanura de Castilla.

“Todo es cielo y horizonte en inmenso campo verde.”

En efecto, desde cualquier extremo de Madrid pueden contemplar los ojos esa inmensidad de cielo, horizonte y campo vacío de que habla el poeta criollo. Por la primavera, cuando verdean las primicias del trigo, los llanos manchegos reproducen aproximadamente una imagen de aquellos otros llanos platenses, rasos y monótonos, sublimes en su religiosa inmensidad. Lo mismo que la planicie argentina, esta llanura castellana está invitando al hombre a las ilimitadas correrías aventureras. Y es ahí, efectivamente, sobre esas tierras infinitas de lejano horizonte, por donde cabalgaron los guerreros de la Reconquista, persiguiendo el rastro de las huestes sarracenas; y es ahí también donde erraba el iluso Don Quijote, tras la huella de sus quimeras geniales.

En la otra llanura hermana y paralela, por los llanos argentinos, el sol americano vió alguna vez a los conquistadores, hijos directos de los soldados de la Reconquista cristiana. Y si no andaba por allá el propio Don Quijote, se veía cuando menos a su pariente. ¿No es el propio Martín Fierro, gaucho alzado y libre, una aproximada imagen quijotesca?...

Conviene realizar todo género de salvedades, y no conceder a las cosas un valor desmesurado. Pero siempre que hayamos investido a Don Quijote de toda su inabordable sublimidad, podremos ceder al gaucho Martín Fierro una cierta aura quijotil, un modo de parecido quijotesco. Acaso el gaucho Martín Fierro parecerá un Quijote plebeyo, humilde, tosco, un Quijote analfabeto y de pulpería; pero cuantas veces releo el poema de José Hernández, sin querer me acuerdo del libro de Cervantes.

La similitud no estriba en el valor literario, puesto que, como calidad y mérito, son dos obras que no pueden compararse. Existe, sin embargo, una relación en el tono, y especialmente en el aire de vagabundaje y andantería aventurera. La vida libre, el impulso errante, el abandono de la propia personalidad al azar del destino, el confiarse a una especie de fatalismo integral, así como el culto del caballo y de la fuerza del acero; todo esto, tan español del siglo XVI, está palpable y continuo en el poema del Martín Fierro.

Véase cualquier pasaje; la raza antigua habla en estos versos:

“Allí pasaron la noche a la luz de las estrellas, porque ese es un cortinao que lo halla uno dondequiera, y el gaucho sabe arreglarse como ninguno se arregla.

El colchón son las caronas, el lomillo es cabecera, el cojinillo es blandura, y con el poncho o la jerga para salvar del rocío se cubre hasta la cabeza.

Tiene su cuchillo al lado, pues la precaución es buena; freno y rebenque a la mano, y teniendo el pingo cerca...”

Esta es la forma, sin duda, que usaba Don Quijote para pasar las veladas cuando la fuerza del sino le alejaba de algún mesón confortable. “A la luz de las estrellas” es como al hidalgo manchego le placía recostar la frente sobre la almohada de sus sueños. Y bajo el palio del firmamento estrellado, como en la Pampa se reúnen junto al _fogón_ los gauchos, más de una vez solía Don Quijote hacer sus pláticas místico-caballerescas, a propósito, por ejemplo, de la “edad de oro”, mientras los pastores de Sierra Morena, oyéndole respetuosos, engullían la sabrosa cena y apuraban, en vez del mate criollo, el ardiente vino manchego.

Martín Fierro, por tanto, es un personaje literario que cae de lleno en la tradición española. Si le falta talla para acercarse mucho al héroe de Cervantes, merece ser considerado cuando menos como un Quijote disminuído. No es una caricatura de Don Quijote, ni una pretensión francamente quijotesca; pero tiene el _aire_.

El Quijote, diríamos, de la Pampa, sufre la suerte de su origen. No ha nacido hidalgo, ni tiene del todo limpia la sangre; viene un poco de herejes, de indios cimarrones, y sabe poco o nada de libros, poemas y caballeros. Rústico y primitivo, hijo directo de la Naturaleza y rozado apenas por la blandura y el prestigio de la civilización, ¿cómo exigiríamos a Martín Fierro que se comportase a todas horas como el Caballero de la Triste Figura? Así, pues, en Martín Fierro se opera una mezcla bizarra, y hay en él unas gotas de Don Quijote y un exceso de Sancho Panza.

No está loco a la manera de Don Quijote; sólo consigue estar borracho alguna vez. Entonces busca la pelea y es bravo como nadie; pero no lucha por un ideal de nobleza y de justicia, sino por vulgares motivos de taberna. No obstante, en su alma tosca de primitivo se esconde la virtud esencial de los antepasados, y suele ocurrir que se lance a “desfacer entuertos”, con una actitud propiamente quijotesca; como cuando salva a la mujer cautiva de las garras del salvaje indio, y mata al infame opresor en franca y descomunal pelea.

Es cierto que mata excesivamente. Carece de la espada del caballero, y al acortarse su arma, queda reducida a puñal, y el puñal busca el corazón más directamente.

He aquí el grito que le arranca a su conciencia el excesivo pecado:

“Yo junté las osamentas, me hinqué y les rece un bendito; hice una cruz de un palito, y pedí a mi Dios clemente me perdonara el delito de haber muerto tanta gente.”

De estos amargos arrepentimientos estuvo libre Don Quijote, el cual no hay noticia que produjese la muerte más que a unos cándidos y miserables corderos.

_LA MADRUGADA EN LA PAMPA ARGENTINA_

Yo no podré olvidar nunca la primera visión de la Pampa y el descubrimiento del primer _gaucho_ argentino. Fué durante un viaje largo y monótono, abrumador, desde Buenos Aires a la frontera chilena. Todavía ahora, a través de varios años, conserva mi alma fresco el recuerdo de aquella emoción alboreal, noble y honda emoción de “plena naturaleza”.

Al apuntar la mañana, por la ventanilla del vagón sorprendí el espectáculo anchuroso de la llanura, toda bañada de luz virginal. Era la llanura de siempre, la eterna e invariable Pampa, madre de trigos benéficos y de mugidores novillos, manchada alguna vez por el azul de una laguna, donde los flamencos de pata encogida ocupábanse, cómicamente apostados, en la caza de invisibles insectos.

Y cuando el sol asomó su faz indecisa, la llanura adquirió una gracia juvenil que invitaba a la alegría y al entusiasmo, tal como el mar, con toda su simplicidad y monotonía, suele conmovernos hasta lo más hondo.

Era un mar en sosiego lo que se tendía a mis ojos. Un mar sin complicación, una naturaleza simple, primaria. No había colinas que vinieran a involucrar la línea del horizonte, ni montañas que alterasen con sus crestas sinuosas la serenidad del paisaje; tampoco se veían árboles, ni arroyos, ni menos poblaciones. Parecía que el mundo aquel acabara de surgir, milagrosamente, todo nuevo, todo fresco, lleno de inocencia, de la mente del Creador, a la manera que nos cuentan las páginas bíblicas.

Y en aquella cándida vastedad de tierra verdeante, el tren marchaba veloz, como si él mismo, producto de la más complicada civilización, se sintiera maravillado de correr por un mundo que acababa de surgir a la vida. A lo lejos, como un punto vago, insinuábase una mancha incierta, tal vez una choza, acaso dos sauces melancólicos. El tren avanzó vertiginoso, y la cabaña, con sus dos arbolitos, se pronunciaron claramente a mi vista. Una cabaña bien somera, por lo demás. Su arquitecto no tuvo que macerar mucho la mente para imaginarla y construirla. Componíase de cuatro maderas y un techo de paja. Era una cabaña ingenua, hecho según un plano universal. La misma cabaña del hombre lacustre o del indígena polinesio. Cuatro maderas puestas de pie y un techo pajizo. Y los dos sauces, nada frondosos, encorvaban sus ramas languidecientes sobre la choza, con un amor filial lleno de respeto.

Un hombre a caballo salió de entre los sauces. En la frescura matinal, el hombre aquél cabalgaba con una hidalga prosopopeya, sin apurarse, reposadamente, como quien no siente el acicate de ninguna actividad perentoria. Iba tieso sobre su caballo, noblemente erguido, con rumbo a la inmensidad. Por un momento le distrajo el tren; pero volvió la vista luego, ajeno a la loca carrera del convoy mecánico. Parecía un ser ideal que marchaba a sumergirse en el infinito de luz y en el otro infinito de la llanura. Y, a pesar del vacío y de la soledad del sitio, aquel hombre que cabalgaba noblemente, sin prisa ni afán de ninguna clase, daba la impresión de una felicidad plena, redonda y definitiva. Sino fuera por el jactancioso ruido del tren, oiríanse, de seguro, las voces de su canto. No se concebía a aquel hombre en aquella hora sino cantando.

Reía entre tanto la naturaleza, y cada nimio detalle del paisaje se revestía de una íntima belleza. En el paisaje aquel, tan simple y sobrio, faltaban los elementos teatrales y decorativos. Pero había un amable encanto en la hierba matizada de rocío, en la lechuza que se posaba sobre un poste y abría sus curiosas y atónitas pupilas circulares, en las ovejas que pastaban, en el desbande de las aves azoradas, en la cómica expectación de los novillos ante el paso ruidoso del tren. Y, sobre todo, en la luz purísima que inundaba la llanura, aquella infinita llanura que se abría delante de la imaginación como un concepto casi metafísico de la libertad y de lo inconmensurable.

Y yo pensé: ¿Somos más felices los hombres porque amontonemos mayor número de útiles, de necesidades y de ideas? Aquel rancho[22] perdido en la llanura, aquellos dos sauces, el fogón encendido, la mujer que se queda amamantando a su criatura y el hombre que sale a cabalgar serena y noblemente, ¿no representaban la suma de las cosas y de las emociones que requiere un hombre para sentirse bien dentro del universo y cara a la vida? En aquella cabaña se habían reducido las necesidades hasta el mínimo. Siendo tan pocas las exigencias, el alma, en aquella parquedad de apetitos, debía pensar que el mundo era aún demasiado pródigo. Era la antítesis de la gran metrópoli, de la ciudad insaciable y codiciosa, de la urbe consumida por las pasiones. La ciudad no se satisfacía nunca. Anhelaba siempre más, nuevas formas de placer y de molicie. Las grandes fábricas gemían continuamente para producir los útiles, tan caros a la civilización; los hombres de ciencia alargaban sus vigilias para sorprender una nueva invención; y corrían los barcos y los trenes, acarreando cosas aptas para la molicie del hombre, y las calles se llenaban de fiebre, los Bancos multiplicaban sus negocios, el mundo entero vibraba al conjuro del universal anhelo. Todo para que unos hombres pudieran usar cosas agradables, y todo para que la vida se llenase de complicación. Lujo, vanidad, automóviles, timbres eléctricos, ascensores, teléfonos, bebidas heladas, salsas, especies, vinos espumantes, vestidos de seda, sombreros increíbles. Para satisfacer estas necesidades artificiosas, el mundo llenábase de inquietudes, estallaban las guerras, morían los miserables en los rincones.

En ese rancho perdido en mitad de la llanura ¿qué faltaba? La vida no reclamaba sino tres o cuatro casos simples: un pedazo de carne asada, una infusión de “mate”, y, como lujo, una galleta dura. Quizá un poco de tabaco para las horas de reposo. Y en los días de fiesta, un trago de ginebra. Para dormir, el sagrado suelo. Y en las noches tibias, tener como techumbre el cielo, empavesado de estrellas.

He ahí una razón fundamental: la vida conquistada a bajo precio. Pero la otra razón, la que se apoya sobre los intereses eternos, colectivos, universales, arguye que ese plan de vida es ruinoso, y que al simplificar las necesidades, reduciendo el radio de nuestros deseos, la civilización corre apuro de malograrse. La civilización es un algo supremo, inasequible, imponderable como el mismo Dios. Todos venimos a ofrecernos como servidores de ese fetiche insaciable, y sudamos, padecemos, morimos entre estertores de codicia, de vanidad o de ambición, a la mayor gloria del progreso. Se nos dice que es humillante desertar de nuestro puesto. Y efectivamente cumplimos con nuestro deber.

Por mi parte, yo siento en muchas ocasiones una fuerte intención de desertar. Siempre que me sitúo enfrente de la naturaleza libre, ingenua y pictórica, me asalta el mismo prurito de renunciar a mi corteza urbana, quitarme el uniforme de civilizado, traicionar a la obra del progreso y convertirme en un hombre sencillo.

He pensado seriamente en llegar a poder vivir así, como aquel paisano que a lomo de su potro tordillo salía cantando de mañana por lo ancho de la llanura. Renunciar a los numerosos detalles de la civilización, despreciar la vestidura del placer, la apariencia sonora de la dicha, a cambio de la verdadera felicidad. Reconciliarse con la salud, auténtica madre de la alegría. Ejercitar las funciones corporales con una segura amplitud. Sentir la plena conciencia de la normalidad del ser. Dormir sin achaques, de un largo y robusto tirón. Cabalgar, vencer las dificultades que se oponen al músculo, sudar, beber agua sana a grandes tragos. Respirar el viento sin temor, y agradecerlo más aún cuanto más frío. Ofrecerse al sol sin veladuras ni encogimientos. Recibir el golpe de la lluvia como una caricia. Curtirse la piel, tensa como un pandero. Ver acostarse el sol, sin miedo al mañana. Levantarse con el alba y agradecer con todas las fuerzas del cándido espíritu la gracia de poder vivir un nuevo día...

CAPÍTULO V

EL AMOR Y LA QUEJA

Por las páginas del _Martín Fierro_ corre constantemente un aura de queja y de reproche melancólico, y esto da al poema cierta monotonía, como de cancionero andaluz. Entre el gaucho y el andaluz existen coincidencias de tono y de sentimientos tan marcadas, que otra vez me veré inclinado a insistir sobre el paralelismo de dos pueblos que el Atlántico separa, pero que el origen y el concepto de la vida mantienen siempre unidos.

La queja del gaucho Martín Fierro va dirigida en dos direcciones: el abuso social y los males del amor. En el fondo, sin duda, lo que el poeta Hernández se propuso fué una patética e indignada recusación de los móviles ciudadanos, y del plan abusivo de las ciudades costeñas, como Buenos Aires, que henchidas de elementos inmigrantes, poseídas de un torvo espíritu de presa y con una despiadada prisa por el éxito y por la civilización a ultranza, arremetían contra el gaucho, lo hallaban reacio, lo oprimían y lo expulsaban, arbitraria y brutalmente, de la tierra y del usufructo del país. De modo que el poema del _Martín Fierro_ viene a ser una protesta de la tradición, del argentinismo, de la argentinidad histórica, y en efecto marca la línea que divide las dos épocas: una puramente criolla, con sus luchas políticas, sus violencias y también su generosidad romántica e idealista, su apasionamiento noble; la otra época corresponde al moderno contenido social, en que se ha levantado una nación ágil y ambiciosa, llena de arrivismos y de irreverencias, confuso vientre donde pululan todos los extranjerismos.