Chapter 7
Eudoxia nos ha devuelto esta mañana la visita que últimamente le hicimos. Venía acompañada de un caballero de los alrededores, llamado Ferreol de Montbreuse. Yo no te había hablado aún de Ferreol de Montbreuse, a pesar de que todo el mundo habla de él aquí. Es un hombre de treinta y seis años a lo más, pero cuya cortesía serena, la gravedad inalterable y la severidad reconocida de costumbres y de principios, harían honor a un hombre de más edad. Me habían hablado de su trato como de la ventaja más real de mi estancia en Turena, y, no obstante, yo no había tratado de frecuentarle. Tengo en singular estima la perfección, pero ésta carece para mí de ese atractivo que se apodera del corazón y que mi corazón necesita experimentar. Tú eres el único amigo que yo haya recibido de la sociedad (la naturaleza me había dado otro), tú eres el único, repito, que me haya reducido a sufrir, a perdonar, ese defecto desolador e inimitable de la perfección; pero la tuya tiene algo tan natural, tan involuntario, tan desconocido para ti mismo; forma en ti un conjunto tan inseparable, que uno se acostumbra sin darse cuenta. Cualquiera que sea el mérito del señor Montbreuse, se pretende que había tenido la dicha, por un momento, de ocupar los nobles pensamientos de Eudoxia; dos almas tan solemnes eran dignas de aproximarse. El descalabro de su fortuna le ha impedido ir más adelante. Es bien lamentable que después de una revolución, las familias que han corrido los mismos peligros, los parientes, los vecinos, los amigos, heridos por una misma desgracia, no imiten a los náufragos que la tempestad arroja a una isla desierta y no reunan todo lo que poseen. ¡Qué necesidad tenía yo de quedar tan rico! La noticia del restablecimiento casi total de la señora priora, me ha causado una alegría tan viva, que no he podido esperar al día siguiente para írsela a demostrar, y he acompañado a su casa a la señorita de Valency con una diligencia, que ella probablemente habrá atribuido a otros motivos. Su tía estaba sentada en un gran sillón de brazos, en un rincón de la terraza donde los rayos del sol, débilmente atenuados por algunos macizos de lilas, producían un agradable calor. Al verme ha querido levantarse, pero yo he corrido hacia ella para impedirlo. Hemos hablado alegre y largamente de mil cosas distintas y me ha hecho prometer que le contaría mis viajes y le hablaría de mis amigos, y le he dicho que tú eras el mejor de ellos. Por su parte me ha recomendado, con cierta autoridad, que cultivase las relaciones con el señor de Montbreuse, al que sólo encontraba demasiado austero para su edad. En fin, ya era bastante tarde y aun estábamos hablando, cuando advertí que la humedad de la tarde no podía serle beneficiosa. Entonces entramos en las habitaciones, apoyada por una parte en mi y por otra en una joven a la que ama mucho y a la que siempre está elogiando. La llama su amiga, su bienhechora, su ángel salvador, en reconocimiento de algunos cuidados que ha recibido de ella durante su enfermedad, y, en efecto, es un ángel esta niña. Yo no me acuerdo haber visto nada más gracioso ni más dulce que sus facciones, nada más atrayente ni más cordial. Es uno de esos conjuntos llenos de armonía y de serenidad en los que la vista se reposa. ¿Has encontrado alguna vez alguno de esos rostros celestes en los que se lee tanta paz, tanta dicha, y cuya expresión sobrenatural fascina? Pues algo así es. Daría cualquier cosa porque la vieses.
¡Una circunstancia encantadora! mis miradas se han encontrado por casualidad con las suyas. Entonces, ¡si hubieses visto sus hermosos ojos inclinarse hacia el suelo, sus largas cejas fruncirse ligeramente, sus mejillas colorearse con un tinte vivo y fugaz! El ángel se ha ruborizado; entonces no era más que una mortal, pero una mortal adorable ¡y adorada! iba a decir, ¡qué locura! He aquí lo que me han contado. Es una pobre muchacha a la que sus padres han abandonado sin que se sepa la causa. Hace ocho o diez años que dejaron esta aldea donde vivían de su trabajo, para ir no se sabe dónde. Ciertas personas hasta aseguran que han acabado bastante miserablemente, pero lo más probable es que se trate de personas mal informadas. Lo que hay de cierto es que la señora priora recogió a la pequeña Adela, de la cual era madrina, y le dio cierta educación. Si mi Adela te interesa, otra vez te daré más detalles, aunque en el fondo no se trate más que de la doncella de la señorita de Valency, pues me olvidaba advertirte que con este titulo vive Adela en el castillo.
Como yo había ido en el carruaje de la señorita de Valency, he vuelto a casa a pie a través del bosque, que es magnífico y en plena vegetación. La tarde era de una serenidad deliciosa y la puesta del sol de una pureza y de una luminosidad incomparables. Prestigios encantadores que se sucedían en mi espíritu como las ideas de un hermoso sueño, sumían mis sentidos en el más dulce bienestar. Ahora no sé por qué me encontraba tan dichoso, porque desde entonces nada ha cambiado en mí, ¡y, sin embargo!... ¡Qué difícil de comprender es el hombre!
Este bienestar de que yo gozo aquí, prueba por lo menos que no me equivocaba cuando te escribía que la paz del campo convenía a maravilla a mi situación actual y cuando yo concretaba toda mi felicidad en dejar transcurrir oscuramente mis días. Ya veo, pues, que el giro novelesco y la exaltación de mis ideas obedecían a otras causas que a las locas pasiones de la juventud, y esto es lo que nunca han querido comprender los que me conocen. Y es que yo tengo una conciencia de mí mismo que raramente me engaña.
_3 de mayo._
Ayer por la tarde, cuando acababa de escribirte, Latour entró en mi habitación con un aire inquieto y hasta algo asustado. Sé sentó a cierta distancia de mí, guardó por algún tiempo un silencio sombrío, y después empezó a murmurar no sé qué entre dientes. «¿De qué se trata--le dije--, mi pobre Latour?» «Que pierda mi nombre--continuó como si hablase solo--, si no es Maugis, el infame, el execrable Maugis. ¿Se acuerda el señor de aquel aventurero que se presentó al general con falsos poderes, que aprovechó cobardemente para entregar al enemigo un destacamento considerable de los nuestros, y que se substrajo, desgraciadamente, por una pronta huida al castigo que merecía?» «He oído hablar de ese miserable, y creo, como tú, Latour, que se llamaba, efectivamente, Maugis, sea con la única intención de ocultar su verdadero nombre, sea por seguir la costumbre bastante rara de nuestros oficiales; pero, ¿a santo de qué?...» «¿A santo de qué?--exclamó--. Ese infernal Maugis, que yo hubiese reconocido entre mil, no es otro que el honrado Ferreol de Montbreuse, que usted ha visto hoy, y, sin temor a equivocarme, afirmaré que no hay otro Maugis. ¡Rabia y maldición! ¡Es una vergüenza para la Providencia ver gentes así gozar del aire y del sol!»
Me costó gran trabajo apaciguar la cólera de Latour y hacerle comprender que era imposible que sus sospechas fuesen fundadas, por lo que salió más extrañado de mi incredulidad que convencido de mis razones.
Me estaba reservado para hoy sostener una discusión más difícil, discusión para la cual, por lo que te vengo escribiendo desde hace algunos días, estarías seguramente más preparado que yo. Mi madre me ha hecho entrar en sus habitaciones para hablar de cosas serias, muy serias, en efecto. Se trataba de perpetuar mi nombre ilustrándolo con una noble alianza. Fíjate bien, ¡ilustrar el nombre de mi padre! «Ya debía saber--ha añadido--que la nobleza de mi familia, por parte de mi padre, no respondía del todo al brillo de mi fortuna; y si la fortuna tiene alguna ventaja, ¿no es, sobre todo, la de favorecer uniones honorables que dan relieve al esplendor de nuestros propios títulos y los transmiten aún más gloriosos a nuestros hijos?» Y luego me ha hecho comprender modestamente que era una combinación de este género, a la que debía yo tener la madre que tenía. ¡Y yo que creí deberla a la naturaleza y al amor! ¿Cómo te lo diré? Los Valency son menos ricos que yo; Eudoxia es menos rica que yo; pero es noble como mi madre y piensa como ella. El resto ya puedes adivinarlo.
Todo esto me ha producido una sorpresa tan viva y tan dolorosa, que he tardado mucho tiempo en buscar una idea, y más aún en encontrar una expresión. Todo lo que puedo recordar, y aun muy vagamente, de aquellos instantes de confusión y de ira, es que pronuncié algunas palabras en solicitud de un plazo de unos meses para dedicarlos a la reflexión y seguramente, añadí, para que no se hiciera ilusiones, que de otro modo nada obtendrían de mí, porque mi madre salió dirigiéndome una mirada más severa que de costumbre. Es, no obstante, probable que no haya esperado ganar gran cosa haciendo violencia a mi corazón, porque ha accedido a mi demanda antes de que yo hubiese encontrado fuerzas para renovarla. Por lo demás, espera mi resolución dentro de seis semanas, y no es de suponer que en ese tiempo haya yo cambiado de modo de pensar.
Quiero decirte con esto que he tomado mi resolución en el mismo instante, y que ésta es invariable como los principios que, hasta hoy, han dirigido mi vida. No, no compraré mi dicha, y estoy seguro de que la Eudoxia no me haría dichoso; no compraré con mi tranquilidad, con mi libertad, con la incertidumbre deliciosa de mis esperanzas, el ridículo honor de asociar mi nombre al de una mujer a la que no puedo amar. Si yo concedo algún valor a mi fortuna y a la situación que ocupo en la sociedad, es, sobre todo, por la independencia que me da y por la inmensa amplitud que deja a mis elecciones; porque, en fin... a ti bien puedo decírtelo, porque preferiría cien veces favorecer a mi mujer con mi casamiento que no que ella me favoreciese a mí. Soy demasiado orgulloso para consentir en aumentar por un préstamo tan odioso la suma de mi valor personal y para dar esta ventaja sobre mí a la vanidad de una mujer. Antes de sufrir semejante humillación me casaría con la misma Adela. ¡Adela! ¡Ya lo creo!
_5 de mayo._
Hay ciertos días, días pasados demasiado a prisa, que el azar, que la Providencia nos trae cuando nuestro corazón, demasiado fatigado por los disgustos, tiene necesidad, para no ceder, de volver a saborear la felicidad, y que compensarían, ellos solos, toda una eternidad de abandono y de dolores. Si me fuera dable, yo pediría: Que ese día me sea devuelto, que vuelva a comenzar con todos sus encantos, con todas sus ilusiones; que me sea permitido vivirlo como la primera vez, sin que nada distraiga mi pensamiento, gustar sus placeres con la misma confianza, con el mismo abandono, agotar sus delicias; ¡y después que la nada comience su obra!
Cerca del castillo de Valency yo había notado en el bosque un lugar fresco y ameno en el que mueren encantadores senderos que parten de las aldeas inmediatas y que más lejos van a perderse en la llanura. Esta especie de vestíbulo de verdura, agradablemente sombreado por una amplia bóveda de follaje y tapizado de un césped florido del que se exhalan los más dulces olores, ofrece en todas partes pequeños asientos naturales tan cómodos como si el arte hubiese intervenido en ellos. A corta distancia se ve brillar a través del ramaje la limpia superficie de un estanque de agua clarísima, que encierra el bosque por aquel lado una vasta muralla de cristal y que atrae sobre sus bordes una multitud innumerable de pajarillos.
Es allí donde yo estaba sentado, contando escrupulosamente los estambres de una flor desconocida para mí, cuando el ruido de un paso ligero y el roce de una falda distrajeron mi atención. Era Adela, y aun cuando no tuviese nada de particular verla allí y hasta hubiese esperado encontrarla no sé cómo; aunque Adela no fuese para mí más que una joven interesante, pero casi desconocida, las palpitaciones de mi corazón se multiplicaron con violencia; me estremecí, temblé; una nube, en la que entraban todos los colores, turbó mi vista, y un desfallecimiento vago recorrió mi cuerpo y embarazó mis pasos; porque al verla me levanté, me acerqué a ella sin mirarla, o, por lo menos, sin verla, y le presenté mi brazo sin informarme a dónde iba. Cuando el velo que oscurecía mis párpados comenzó a despejarse y pude observar distintamente las facciones de Adela, noté que ella se extrañaba de mi proposición y, a decir verdad, yo también me extrañé de mi proposición, pero se la repetí, sin duda, con voz más segura. Después de algunos momentos de una vacilación llena de gracia, Adela pareció ceder a una orden más pronto que acceder a una súplica, apoyando ligeramente su mano en mi brazo; entonces yo fijé aquella mano con fuerza, apretando el brazo contra el costado, y eché a andar precipitadamente en la dirección que Adela parecía seguir.
Cuando mi agitación, sólo calmada a medias, dejó alguna libertad a mi espíritu, advertí que la agitación de Adela no era menos que la mía, no por sus miradas, que yo evitaba aún, sino por el estremecimiento de sus dedos que mi mano derecha había asido por un movimiento involuntario y tenía apretados contra mi corazón. Nada más adecuado para distraernos a los dos de aquel estado de emoción que la pregunta tan fría y tan natural que yo había omitido al principio, y pensé que una conversación necesariamente menos apasionada, menos tempestuosa, que nuestro silencio, acabaría por devolvernos un poco de tranquilidad. Pregunté, pues, a Adela a dónde iba y me respondió con una ligera e inocente sonrisa que era un gran secreto. Tal misterio, puedes creerlo, no me produjo la menor inquietud. Yo lo había olvidado ya cuando el último sonido de las palabras aún no había acabado de agitar el aire. Eran tales mis pensamientos, que buscaba en mi imaginación algo nuevo que la pudiese engañar y engañarme a mí mismo sobre lo que yo experimentaba. Sentía a la vez el deseo y el temor de que ella lo adivinase. ¡Me sentía tan dichoso de estar a su lado y tan impaciente por quedarme solo para pensar en todo lo que le hubiera dicho! Después de un minuto de silencio, renové mi pregunta con más aplomo. Entonces Adela me dijo que iba a la aldea próxima a llevar un pequeño socorro que la buena priora enviaba todos los días a una familia enferma. No la oí casi, tan ocupada tenía la imaginación.
Paso rápidamente sobre los detalles de ese paseo de una hora, hora deliciosa que debía haber sido un siglo y que no ha sido más que un minuto. Omito esos detalles porque perderían su encanto con la descripción; porque resultarían fríos bajo mi pluma y me abrasan el corazón; porque hay en ellos una flor de voluptuosidad que escapa a las facultades imperfectas que el hombre ha recibido para expresar y para comprender; porque yo creería limitar mi dicha limitando el espacio de mis recuerdos; porque en este relato que se refiere a Adela, hay, no obstante, circunstancias que no pertenecen a Adela, que me distraerían de Adela; de un modo o de otro, es cosa bien decidida que Adela tendrá todos mis pensamientos de hoy, ¡todos los pensamientos de mi vida!
_6 de mayo._
Las conveniencias sociales me prescriben ver, al menos, a Eudoxia. El corazón me lleva hacia su tía. Las he visto. He visto a Adela también. ¡Qué digo, ay! no he visto más que a Adela.
Sí, mi querido Eduardo, sería superfluo, sería indigno de mí ocultarte este sentimiento que me domina, que llena, que absorbe mi existencia. ¡Infierno y paraíso! ¿Quién hubiera pensado que a los veintiocho años la vista de una muchacha toda sencillez y bondad y nada llamativa, me subyugaría como en el tiempo de la debilidad y la ignorancia de mi corazón? ¿Quién podría expresar el éxtasis y el delirio que yo experimento al solo recuerdo de sus facciones y al solo rumor de su nombre? Pero no es eso tampoco. Floto en una atmósfera tan pura de felicidad, mi pecho se ensancha con una alegría tan pura y tan nueva... Porque todo es nuevo para esta alma que se despierta aún una vez sobre sus despojos para amar y para sufrir...
Para sufrir. Ya sé cuánta vergüenza y desgracia puede hacer caer sobre mí semejante pasión. Yo no cierro los ojos ante este extraño extravío de mi imaginación, o, mejor dicho, ante esta implacable contrariedad de mi fortuna, que me impulsa obstinadamente hacia todo aquello de lo que debería huir, y que me hunde tanto más profundamente en el abismo de mis resoluciones, cuanto menos esperanza veo en volver a la superficie. Yo maldigo la locura de mis proyectos, la increíble debilidad de mi razón, que se deja deslumbrar por la menor ilusión y claudica ante cualquier capricho; me indigno contra mí mismo y cedo, no obstante, a la indignación que me arrastra sin intentar resistir. Hay más aún. Si yo conociese un poder capaz de librarme de mis debilidades y de borrar de mi pecho hasta la traza de un recuerdo, no tendría la fuerza de invocarlo. Todo lo que los demás hombres encuentran vil y odioso será precisamente lo que a mí me ate con nudos más difíciles de romper, y tengo necesidad de decirte que este sentimiento ha adquirido tal autoridad en mi corazón, que los consejos y las instancias de la amistad no harían más que redoblar el ímpetu.
Eduardo, mi querido Eduardo, tú, en quien el cielo me había dado un hermano, un guía y un protector en medio de las tempestades de la juventud, tú que has sido tanto tiempo la luz de mi espíritu y el freno de mis pasiones, no me abandones en el estado de perplejidad en que me encuentro. Todo lo que he dicho antes no iba destinado a ti.
¡Oh amigo mío! ¿qué resultará de la violencia de tantos pensamientos contrarios que me proporcionan a cada minuto un nuevo tormento? ¿Quién me hará triunfar de la imagen que me sigue por todas partes? ¿quién la desterrará de aquí, de mi memoria, que ocupa exclusivamente, con sus grandes ojos negros tan nobles y tan conmovedores, sus labios tan voluptuosamente bellos, el aire de amor y de bondad que flota sobre su rostro, y su hablar un poco lento cuya franca melodía me penetra?
_8 de mayo._
¿Quién me impedirá buscar en otro sitio la independencia y el gozar en un olvido profundo, cobijado bajo cualquier abrigo impenetrable a las miradas de los hombres, la dicha que la sociedad me rehúsa? ¿Qué hago yo aquí, y quién advertirá mi ausencia en este torbellino de personas frías y extrañas, continuamente distraídas por los intereses de su fortuna y de su orgullo? ¿No he llenado ya para con mi país los deberes que me prescribía mi nombre? ¿El límite de mis obligaciones se extiende, acaso, más allá del sacrificio de mi vida cien veces expuesta en los campos de batalla? Yo abandonaré esa sociedad. Opondré a todas mis conveniencias y a todas las pueriles vanidades de su etiqueta el silencio y la oscuridad de mi soledad. Llega una época en que el alma siente la necesidad de tomar posesión de sí misma y de recogerse en meditaciones imponentes, lejos del caos de los negocios sociales, bien lejos, sobre la cumbre de un monte que agujerea las nubes y domina las llanuras inmensas y los mares sin orillas. Me parece que el Creador, al producir su universo tan completo en belleza, al arrojar una magnificencia tan maravillosa sobre las obras salidas de sus manos, y al hacer contrastar sus riquezas de una manera tan humillante con la miseria de nuestros sentimientos, ha querido revelarnos por un objeto de comparación sensible la nimiedad de todos los placeres que nos procuramos fuera de él y de todos los juicios que fundamos sobre la vana opinión de la multitud. Yo me traslado algunas veces con la imaginación al día en que, muy joven aún, pero ya proscrito, ascendí por primera vez a las altas cimas del Jura. Cuando se ha seguido sobre la más elevada de sus mesetas las sinuosidades de un camino severo que se prolonga sobre los flancos del Dole; cuando se llega al fin de ese paseo taciturno en el que, todo lo más, no se ha tenido más compañía que el grito de una vieja águila asustada que se extraña de oír entre aquellas rocas el sonido, olvidado desde hace mucho tiempo, de una voz humana; cuando parece que la tierra va a faltar bajo los pies y que con el brazo extendido se va a tocar el azul solidificado del firmamento, entonces se manifiesta de pronto un espectáculo tan poco vulgar que hace comprender en el mismo instante la necesidad de una voluntad divina en el misterio de la creación. Se creería que el genio de la tierra levanta el telón que separa de un mundo mágico este mundo de fango y piedra, para introducirse en una región de milagros. Yo quisiera describirte esto, pero, ¿con qué colores?
Imagínate que en la extremidad del bosque de Lavatay, sobre la última cresta de la montaña, hay una pobre casa, que de lejos parece perdida en el fondo de las nubes, y que se llama _casita de las hoces_, porque los senderos que antes descendían sobre el camino escarpado del abismo, se recurvaban sobre sí mismos como la hoz del segador. Hoy, que la esclavitud y el trabajo han construido caminos suntuosos para los cambios corruptores del comercio y para las invasiones de la guerra, las _hoces_ se desarrollan de una manera menos amenazadora en las profundidades del precipicio y la cabra montes, sorprendida de que una mano servil haya osado embellecer su morada, no se aventura ya en los caminos del hombre. Permanece inmóvil en el ángulo más saliente de una roca cortada a pico, y contempla tristemente el cielo, lo único que la civilización nos ha dejado. Todas las partes del cuadro que se presenta en conjunto a la mirada, preocupan de tal modo el pensamiento, que hay que pasar largo tiempo antes de conseguir poner en orden las sensaciones que se experimentan y de distinguir los detalles; allá abajo, donde acaban el Jura y Francia, un lago que en su inmensidad presenta el aspecto de un mar; sobre sus bordes las campiñas románticas del país de Vaud, los paisajes agrestes del Valais, las ásperas soledades de la Saboya; confundiéndose con el horizonte, y tan vasta como él, la cadena de los Alpes, cuyas innumerables cúpulas se agrupan sobre la semicircunferencia del cielo, diversas de formas, de carácter, de fisonomía, de color, pero todas afectando al fuego del sol el brillo de los diferentes metales; las unas resplandecientes como la plata pulimentada; las otras, según el efecto de las sombras que se proyectan sobre sus contornos, mates como el plomo o brillantes como el acero bruñido, con reflejos azules o violados; otras, en fin, tan deslumbrantes, cuando el sol poniente las inunda, que se diría que son masas de hierro blanqueadas a la fragua. ¡Aquel día el sol se ponía con tanta magnificencia y en un cielo tan puro! Los vapores del lago, aspirados por el crepúsculo, suspendidos de sus rayos, se balanceaban sobre las aguas como un ligero crespón teñido de rosa, se levantaban poco a poco desde los pies del viajero hasta las más elevadas cimas y desplegaban ante él, sobre el horizonte, un telón inflamado que esparcía sobre todos los objetos el prestigio de su luz; después, más densas y más oscuras ya, nimbaban, en fin, aquel magnífico espectáculo en un dosel de púrpura y de oro cuyo esplendor únicamente palidecía ante los astros de la noche.
¡Y esas montañas inmensas, deshabitadas, desconocidas en su mayor parte, no contienen un asilo al que yo pueda llevar conmigo, robarlo a la curiosidad insolente, a la censura hipócrita el secreto de mi felicidad y de mi vida! Yo no seré dueño de relegarme, de desterrar mi porvenir. ¡Moriré amarrado a la cadena odiosa que se me ha impuesto, sin hacer un esfuerzo para romperla! ¡Pero no, no se alabarán de mi esclavitud! Antes romperé todas las cadenas a la vez.
Eduardo, apiádate de mi infortunio.
_9 de mayo._