El pintor de Salzburgo

Chapter 5

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Emprendió el viaje en uno de los primeros días de enero. Cuando hubo llegado cerca del convento de Eulalia, a una legua de la ciudad, se sentó ante los muros del claustro y allí permaneció muchas horas, pero no vio ni oyó nada. Algunos conocidos suyos pasaron por delante de él, sin que él los viera. Llevaba la cabeza despeinada, la barba larga, su color era lívido y su mirada extraviada; a pesar del rigor de la estación, sólo le cubría una especie de túnica grosera, pujada por el viento, caía en torbellinos sobre su cabeza y un aquilón helado silbaba entre los pliegues de su ropa. Finalmente, cuando el sol declinaba, se levantó de su asiento, y se alejó con paso precipitado. El cielo se había aclarado mucho, la luna se levantó sin nubes, la noche era tranquila.

Pocos días después, la temperatura volvió a cambiar y la lluvia cayó de nuevo; las nieves y los hielos fundidos descendieron de las montañas y aumentaron el curso de los ríos. Todos los trabajos quedaron suspendidos, todos los caminos desiertos. No obstante, por aquella época se vio a Carlos en una aldea bastante próxima a Donnawert. Su rostro estaba cubierto en parte por su cabellera, sus pies, desnudos, y su ropa caía en pedazos sobre su cuerpo. Tuvo ocasión de hablar con alguien; su voz, sus gestos, su mirada denotaban una profunda alienación mental. Es probable que la soledad hubiese dejado mayor actividad al dolor, y que su razón, mal curada de las fuertes pruebas a que había sido sometida, hubiese acabado por ceder. Se añade que algunas almas compasivas se habían esforzado en retenerle haciéndole observar que los caminos estaban impracticables y que era peligroso continuar el viaje; pero él se obstinó en su resolución.

Al día siguiente se desbordó el Danubio.

Mientras tanto, Guillermo se extrañaba de que Carlos no hubiese llegado; y contaba impaciente los días transcurridos desde aquel en que su amigo debía de llegar. Pero sus temores aumentaron aún cuando vio que la inundación, que había llegado hasta el monasterio, había cubierto toda la campiña e interrumpido todas las comunicaciones. Tan pronto seguía con la vista inquieta aquel mar casi inmóvil, tan pronto la seguía en sus decrecimientos haciéndole creer que ya faltaba muy poco para llegar a sus límites naturales; y a medida que las tierras comenzaban a elevarse aquí y allá como pequeñas islas, su corazón renacía a la esperanza. Una vez, entre los restos que el río arrastraba, creyó ver algo informe y lívido que las ondas empujaban contra los arrecifes y que desaparecía para volver a aparecer hasta que fue abandonado sobre un banco de arena.

Impulsado por una vaga pero invencible curiosidad, descendió del claustro, atravesó la iglesia, y cuando hubo llegado al pie de sus muros, reconoció el objeto que le había atraído. Se aproximó y se estremeció de horror. Un cadáver casi desnudo, pálido, destrozado, cubierto de musgo y de fango, los miembros crispados, los cabellos ralos y sangrientos, y a través del desorden de aquellas facciones deshechas y mancilladas, un aspecto lleno aún de nobleza y de dulzura; así fue como Carlos Munster se ofreció a su vista. Guillermo entonces, sin lanzar una queja ni derramar una lágrima, envolvió aquel cuerpo sin vida con su hábito negro, lo cargó sobre su espalda y lo llevó al monasterio. Detúvose en el atrio de la escalera, y después de haber depositado su triste carga en el suelo, convocó por medio de la campana a los religiosos del convento. Cuando se hubieron reunido a su alrededor y los vio dispuestos a oírle, levantó bruscamente el velo bajo el cual se ocultaba su amigo, y les dijo con voz trémula y dolorosa: «Este es Carlos Munster.» Pero la palabra expiró en sus labios, sintió que las fuerzas le faltaban y cayó sobre el cadáver. Al abrir los ojos no vio más que a un hermano que le dijo que la comunidad no había creído prudente conceder a su amigo sepultura católica, porque en el misterio en que había sobre la naturaleza de su muerte, había temido excederse en sus deberes rodeando el ataúd del infortunado de las pompas de la religión.

Guillermo se levantó, cogió a su amigo en sus brazos y se dirigió silenciosamente a la orilla del río, donde cavó una fosa, colocando encima una piedra con una sencilla inscripción, pero el primer vendaval llenó la inscripción de arena y polvo, y la primera crecida del Danubio arrastró piedra, sepultura y cadáver.

Guillermo murió al año siguiente.

Eulalia aún vive; ahora tiene veintiocho años.

LAS MEDITACIONES DEL CLAUSTRO

1803

La existencia del hombre desengañado es un largo suplicio; sus días están sembrados de desengaños y sus recuerdos llenos de remordimientos.

Se nutre de absenta y de hiel; el comercio de los hombres se le ha hecho odioso; la sucesión de las horas le fatiga; los cuidados minuciosos que constituyen su obsesión le importunan y le sublevan; sus propias facultades son una carga para él, y maldice, como Job, el instante en que fue concebido.

Vacilante bajo el peso de la tristeza que le anonada, se sienta al borde de su fosa y, en la efusión del dolor más amargo, eleva los ojos al cielo y pregunta a Dios si es que su providencia le ha abandonado.

Tan joven aún y tan desgraciado, desilusionado de la vida y de la sociedad por una experiencia precoz, extraño a los hombres que han lacerado mi corazón, y privado de toda esperanza, he buscado un asilo en mi miseria y no lo he encontrado. Me he preguntado si el estado actual de la civilización era tan desesperado que no tenía ya remedios para las calamidades de la especie, y si las instituciones más solemnes consagradas por el sufragio de los pueblos adolecían también del defecto de la corrupción universal.

Caminaba al azar, lejos de los caminos frecuentados, porque yo evito el encuentro con los que la naturaleza me ha dado por hermanos, y temía que la sangre que caía de mis pies desgarrados no les sirviera de rastro.

A la vuelta de un sendero hundido en el fondo de un valle sombrío y agreste, vi un día un viejo edificio de una arquitectura sencilla pero imponente, y la sola contemplación de aquel lugar hizo descender a mis sentidos el recogimiento y la paz.

Llegué hasta el pie de los muros y presté atento oído a los rumores de su soledad, pero no oí más que el viento del norte que gemía débilmente en los patios interiores y el grito de las aves de presa que revoloteaban sobre las torres. En la parte exterior no encontré más que puertas rotas sobre sus goznes, grandes vestíbulos, sobre los que no se veían huellas humanas, y celdas desiertas. Después, descendiendo por los estrechos escalones, a la claridad de un tragaluz, en los subterráneos del monasterio, avancé lentamente por entre los restos de la muerte de que estaban sembrados; y, deseoso de entregarme sin distracción, al sentimiento vago y casi dulce que me inspiraba la solemnidad de aquel retiro, me senté sobre un ataúd destruido. Cuando me acordé de las asociaciones venerables que había de ver tan poco tiempo y echar de menos tantas veces, cuando reflexioné sobre esa revolución sin ejemplo que las había devorado en su carrera de fuego, como para arrebatar a las personas honradas hasta la esperanza de un consuelo posible, cuando yo me dije, en la intimidad de mi corazón: «Este lugar hubiera sido tu refugio, pero no te han dejado nada; sufrir y morir, tal es tu destino», ¡oh! cuán grandes y conmovedores me aparecieron los pensamientos que presidieron la inauguración de esos claustros, cuando la sociedad, pasando de los horrores de una civilización excesiva a los horrores infinitamente más tolerables de la barbarie, y en esta hipótesis en que el retorno al estado de la naturaleza y hasta del gobierno patriarcal no era más que la quimera de algunos espíritus exaltados, esos hombres de una austera virtud y de un carácter augusto erigieron, como el depósito de toda la moral humana, las primeras constituciones monásticas.

Esos monasterios conservadores fueron otros tantos monumentos a la religión, a la justicia y a la verdad.

La manía de la perfección, de donde derivan todas nuestras desviaciones y todos nuestros errores, estaba a punto de renacer; el mundo iba a civilizarse quizás una vez más. Todos los pensamientos generosos, todos los afectos primitivos volverían a borrarse, y los oscuros solitarios lo habían previsto. Modestos y sublimes en su vocación, no aspiran más que a conservarnos la belleza moral, perdida en el resto del universo.

El que era rico hace de sus bienes el patrimonio de los pobres.

El que era poderoso e imponía a su alrededor órdenes inviolables, se pone rudo cilicio y entra con sumisión en las vías que le son prescritas.

El que ardía en amores y en deseos, renuncia a los placeres prometidos y abre un abismo entre su corazón y el mundo.

El menor sacrificio del más débil de esos anacoretas, haría la gloria de un héroe.

Examinemos, no obstante, con una escrupulosa atención lo que esa sagrada milicia pueda tener de chocante para los sabios de nuestro siglo, y por qué crímenes los humildes cenobitas se han atraído esa animadversión furiosa, única en los anales del fanatismo.

Ellos eran ángeles de paz que se entregaban en el silencio de la soledad a la práctica de una moral excelente y pura y que no aparecían entre los hombres más que para ofrecerles algún beneficio.

Sus mismos ocios estaban consagrados a la oración y a la caridad.

Dirigían la conciencia de los padres, presidían la educación de los niños, protegían, como las hadas, los primeros días de los recién nacidos sobre los que atraían los dones del Cielo y las luces de la fe. Más tarde, guiaban sus pasos en los senderos difíciles de la vida, y cuando ésta llegaba a un período supremo, ellos sostenían al débil viajero en las avenidas de la tumba y le abrían la eternidad.

Que no se diga que el desgraciado es un anillo roto en la cadena de los seres.

El pobre expirante sobre la paja, estaba al menos acompañado de sus exhortaciones y de sus consuelos.

Comprendían a todos los afligidos en una misma compasión. Su viva caridad se informaba menos de la culpa que de la desgracia, y por eso encantaban con sus consuelos la agonía de los moribundos y la tristeza de los prisioneros; y si el inocente les era querido, no odiaban al culpable. ¿Acaso el crimen no necesita también la piedad?

Cuando la justicia había encontrado una víctima, y el paciente, abandonado de todo el mundo, avanzaba lentamente hacia el cadalso, podía ver a su lado a esos emisarios divinos de la religión, y sus ojos, antes de cerrarse, leían en sus ojos resignados la promesa de la salvación.

Sus modestas miradas se enriquecían, no obstante, con los más ilustres recuerdos. Habían visto poderosos monarcas abdicar la púrpura ante sus altares y guardaban en sus relicarios el cetro de Amadeo y la doble corona de Carlos V.

Habían dado jefes al mundo cristiano; Padres y oradores a la Iglesia; intérpretes y mártires a la verdad.

Los fundadores eran elegidos que Dios había inspirado; sus reformadores, hombres valerosos y entusiastas que el infortunio había instruido. Es en medio de ellos que floreció el genio de Abelardo, cuya memoria está ligada a todos los sentimientos de piedad y de amor. También fue en la oscuridad de sus celdas donde Rancé ocultó sus penas y donde aquel espíritu ingenioso que a los doce años había adivinado las delicadas bellezas de Anacreonte, abrazó libremente, a la edad del placer, las austeridades de que nuestra debilidad se asusta.

En fin, sus maneras, sus costumbres y hasta sus vestidos participan del carácter noble y severo de su misión.

Casi contemporáneos del verdadero culto, su origen se remonta además a los esenios de la Siria, a los terapeutas del lago Moeris. Los desiertos del África y del Asia hablaban de sus grutas.

Vivían en común como el pueblo de Licurgo y se trataban fraternalmente como los jóvenes guerreros tebaicos.

Tenían remedios secretos como los sacerdotes de Isis.

Algunos se abstenían de la carne de los animales y del uso de la palabra como los discípulos de Pitágoras. Otros usaban la túnica y el gorro de los frigios, y otros, en fin, ceñían sus riñones como el hombre primitivo.

Las órdenes de las mujeres no presentaban armonías menos maravillosas.

Su vida era casta como la de las musas. Cantaban con una voz melodiosa y habitaban en lugares retirados.

Algunas usaban velos y bandas como las vestales, otras túnicas flotantes como las romanas, o cascos y armaduras como las jóvenes sármatas.

Unas se dedicaban al cuidado de los niños abandonados, como otras tantas madres dadas por la Providencia, otras vendaban las heridas de los guerreros, como las princesas de los siglos heroicos y las castellanas medioevales.

Guardaban las memorias de las Eloisa y de las Chantal, de las Luisa y de las La Vallière; contaban entre los suyos los nombres de muchas hijas y de muchos amantes de reyes que habían cambiado los esplendores del lujo y las ilusiones de la voluptuosidad por el sayal y los trabajos de la penitencia.

En fin, cuanto más profundizo la historia de esos monjes tan desacreditados, más admiro y venero la extensión de sus trabajos.

Caballeros de la fe en Rodas y en Jerusalén; holocausto de la fe entre los idólatras; conservadores de la cultura en toda Europa y propagadores de la moral en ambos hemisferios; artistas y literatos en la China; legisladores en el Paraguay; instructores de la juventud en las grandes ciudades y patrones de los peregrinos en los bosques; hospitalarios en el monte de San Bernardo, y redentores de cautivos en Argelia, yo no sé si las malas acciones que se les atribuyen podrían contrapesar tantos servicios; pero se me ha demostrado que una institución perfecta sería contradictoria a nuestra esencia, y que si es verdad que las asociaciones monásticas no carecen de inconvenientes, es porque el genio del mal ha impreso su sello en todas las creaciones humanas.

¿Qué esperabas, pues, de tus orgullosas tentativas, innovador sedicioso? ¿Anonadamiento o perfección? El primero de esos deseos es quizás un crimen; el segundo es seguramente el más vano y el más peligroso de los errores. Lleva, si quieres, la antorcha de Eróstrato al edificio social; mi corazón está bastante amargado para aprobarte; pero puesto que el Cielo ha querido que habitásemos una tierra en la que todo es imperfecto, a excepción del dolor, no ensayes más esas reformas parciales que sólo servirán de monumentos a tu nulidad.

¡Y qué! ¡ellos han analizado el corazón del hombre, han sondado todas sus profundidades, han estudiado todos los movimientos y no han presentido siquiera una sola de esas ocasiones para las cuales la religión había inventado los claustros! Terrores de un alma tímida que carece de confianza en sus propias fuerzas; expansión de un alma ardiente que tiene necesidad de aislarse con su Creador; indignación de un alma afligida que ya no cree en la dicha; actividad de un alma violenta amargada por la persecución; debilidad de un alma consumida que la debilidad ha vencido; ¿qué específicos oponen ellos a tantas calamidades? Preguntádselo a los suicidas.

He ahí una generación entera a la cual los acontecimientos han dado la educación de Aquiles. Han tenido por alimentos la medula y la sangre de los leones; y ahora que un gobierno, que no deja nada al azar y que fija el porvenir[A], ha restringido el desarrollo peligroso de sus facultades; ahora que se ha trazado a su alrededor el círculo de Popilio y que se le ha dicho como el Todopoderoso a las olas: «De aquí no pasaréis», ¿sabéis lo que tantas pasiones ociosas y tantas energías reprimidas pueden producir de funesto? ¿sabéis cuán próximo está a abrirse al crimen un corazón impetuoso entregado al aburrimiento? Yo declaro con amargura, con espanto: ¡la pistola de Werther y el hacha del verdugo han diezmado nuestras filas!

ESTA GENERACIÓN SE LEVANTA A DIOS Y PIDE CLAUSTROS.

Paz completa a los dichosos de la tierra, pero maldición a los que niegan un asilo al infortunio. El primer pueblo que consagró entre el número de sus instituciones un lugar de reposo para los desgraciados, fue sublime. Una buena sociedad provee a todo, incluso a las necesidades de los que se separan de ella por su gusto o porque no tienen más remedio.

Mientras tanto, había vuelto al piso superior y, apoyándome contra una columna gótica, adornada con tristes emblemas, advertí unos caracteres penosamente trazados sobre una de las caras del zócalo, y leí lo siguiente:

«Viendo la ceguera y las miserias del hombre, y esas contrariedades sorprendentes que se descubren en su naturaleza, y mirando al universo entero mudo y al hombre sin luz, abandonado a sí mismo y como extraviado en este rincón del universo, sin saber quién le ha puesto en él, qué ha venido a hacer, cuál haya de ser su destino futuro, yo me espanto como el hombre a quien hubiesen llevado dormido a una isla desierta llena de peligros, y se despertase sin conocer dónde está ni los medios de salir; reflexionando sobre esto me admira cómo el hombre no se desespera por tan miserable estado.»

En estas líneas Pascal ha bosquejado toda la historia del género humano.

ADELA

1820

PREFACIO[B]

Estamos lejos de la época en que el lector deseaba en las novelas esos desarrollos hábilmente conducidos que aumentan el interés de una acción a la que concurren todas las circunstancias; esos detalles de costumbres y de caracteres que hacen vivir en el espíritu las cosas y las personas, el atractivo extraordinario y punzante de las combinaciones libres de la imaginación, conciliado a fuerza de arte con la verosimilitud de la historia. A la generación actual, impaciente de sensaciones fuertes y variadas, le importa poco encontrar en las producciones del espíritu esa acertada medida, esa exquisita conveniencia, en estilo tan puro y tan delicado que distinguen a los inimitables novelistas de Francia y de Inglaterra, a los Lesage y a los Fielding, a los Rousseau y a los Richardson. El alma no sale casi de su situación actual más que para cambiar el orden de sus emociones, para renovar la especie, para distraerse por sensaciones más poderosas; y es muy cierto que las emociones puramente sociales de nuestro siglo han debido hacernos más difíciles a las emociones novelescas. Ahora, cuando nuestra curiosidad, aguijoneada por una increíble variedad de cuadros que no ha buscado, se decide a buscar algo fuera de la esfera de las ideas positivas, es natural que se interese menos por los hechos que por las pasiones, por las circunstancias materiales de un relato que por el sentimiento indefinido que hará nacer, ver las aventuras verdaderas o falsas de un personaje indiferente que por no sé qué _idealidades_, las cuales, sin constituir un carácter particular, corresponden más o menos con las necesidades, los afectos, las ilusiones de la mayoría, en las épocas desgraciadas de la sociedad. Este orden de ideas es lo que se llama desde hace algún tiempo la _ola_ en literatura, y ya se sabe que la literatura es la expresión escrita de la moral. Esto es lo que quería decir para justificar el género de esta obra, en la que no se encontrarán más que caracteres esbozados, hechos entrevistos, el cuadro defectuoso, en fin, de una obra más que mediocre, que no he tenido el tiempo, ni el talento, ni la fuerza de hacer mejor.

Como es mi héroe, con todos sus errores y pasiones, el que habla, pido permiso al lector para hablar de él. Para Gastón ha pasado ya la edad de las ilusiones, y no es que su corazón esté fatigado, pero sí marchito por la experiencia. La costumbre de los disgustos le ha hecho sombrío y tímido. La costumbre de los desprecios le ha hecho desconfiado. Es como todos los hombres que han sufrido mucho. Teme las emociones nuevas porque siempre ha perdido en el cambio, pero las experimentará necesariamente porque hay almas que sienten la necesidad de ellas y las buscan a su pesar. Su sensibilidad se ha debilitado, pero él la cree extinguida. Su mismo estilo será más sencillo, más descuidado que de ordinario. La poesía de las expresiones se decolora con la poesía de los sentimientos. No obstante, la primera chispa que reanimará este volcán hará salir de su seno relámpagos más amenazadores que nunca. Esto no será una serie no interrumpida de ideas y de acciones vehementes, una manera continuamente violenta de ser y de sentir; serán movimientos raros, pero impetuosos y terribles, que, no obstante, no producirán nunca el mal absoluto, excepción distintiva y cierta en favor de las pasiones que tienen su fuente en una organización elevada. No intentaré disculparme por haberme encariñado por su carácter, ni tampoco diré las razones particulares que me han decidido a pintarle bajo diversos aspectos. El interés que me haya tomado a mi pesar, no excusará la multiplicidad de mis ensayos. Por haber vivido en un orden de sensaciones afortunadamente poco común, no se adquiere el privilegio de escribir malas novelas.

Esto exige una justificación más especial. Con su corazón recto, pero muy exaltado, Gastón no ha podido defenderse de la influencia del espíritu de paradoja que ha presidido por completo la educación de las últimas generaciones. Este espíritu se desarrolla en razón de la situación de Gastón, cuando la dicha de su vida viene a depender de una regla de conveniencia social y siente la posibilidad de justificar a sus propios ojos una falta por un sofisma. Una novela no es una conclusión y menos aún las opiniones de un personaje de novela, que no pretende ser eminentemente razonable, contra las conveniencias públicas a las que la razón de los siglos ha reconocido la importancia. Por otra parte, no seré yo el que acuse a los hombres que declaman contra ciertas consecuencias por aversión a todos los principios, y que no combaten, en el fantasma de la nobleza actual, más que la existencia aún positiva de la monarquía... Hay que confesar que nunca hubiera estado más fuera de lugar semejante género de agresión.

No me queda más que una palabra por decir. Importa poco al público que yo haya escrito tal o cual novela, pero a mí me importa muchísimo no haber escrito más que las mías. Puesto que mi nombre, que yo no creía tuviese tanto crédito, ha podido convertirse para algunos libreros en un objeto de especulación, aprovecho la ocasión para declarar que esta última obra es con _Juan Sbogar_, _Teresa Aubert_ y los volúmenes publicados con el título de _Cuentos_, _Novelas y Misceláneas_, todo lo que yo he hecho en este género. Estos escritos no merecen, ciertamente, mayor consideración que los que me han atribuido y me atribuirán aún, pero son míos.

GASTÓN DE GERMANCÉ A EDUARDO DE MILLANGES

_Germancé, 12 abril 1801._

Sé que te place, mi querido Eduardo, el haberme sugerido esta idea. Acostumbrado a partir contigo todas mis penas y todos mis placeres, a extraer de tu corazón todos mis consuelos y todas mis esperanzas, a no creerme seguro de la posesión de un pensamiento o de un sentimiento al que tú no te encuentres asociado en algún modo, ahora, separado de ti por la fuerza de los acontecimientos, lanzado en medio de una nueva existencia, me costaría demasiado trabajo el no saber dónde depositar cada una de las emociones que este orden de cosas me destina. Nosotros, afortunadamente, hemos atenuado la tristeza de esta vida solitaria, obligándonos a darnos fiel cuenta de nuestras jornadas, de nuestras aventuras, de nuestros proyectos, de nuestros secretos y dulces ensueños, de modo que cada uno de nosotros, al recibir al final de cada mes el diario sincero de su amigo, pueda aún identificarse con él como antes, volver a vivir todas las horas pasadas. El cambio continuo de los secretos y la confianza de todos los momentos, hará nulos los efectos del tiempo y del espacio y disminuirá el rigor de la ausencia.