Chapter 4
Después de haber gemido largo tiempo bajo el peso de tan odiosas violencias, ¿quién no querría abreviar la penosa carga de la vida, si esta alegría dependiese al menos de nosotros? Pero el Cielo y los hombres están conformes en prohibírnosla y no nos libertamos de nuestros días más que para volver a comenzar nuestro dolor. Vigila a la puerta de las tumbas, como esos monstruos que se nutren de cadáveres, nos desencanta del sueño de la muerte y se apodera de nuestra eternidad como de una herencia. Cualquiera que sea el terrible porvenir, el porvenir de sangre y de lágrimas que reserváis a los réprobos, permitid, permitid ¡oh Dios! que Eulalia me sea devuelta un momento, ¡que un solo momento este pobre corazón palpite contra el suyo! ¡que mi débil existencia pueda desvanecerse en la embriaguez de sus miradas y de sus besos! ¡que pueda morir en su amor! ¡Y a este precio, un infierno!
_9 de octubre._
Es una cosa admirable y llena de encanto seguir a un gran genio en su carrera, estar, en algún modo, asociado a sus descubrimientos y recorrer con él distancias que nunca se hubieran alcanzado sin guía, como el navío acostumbrado a cortas travesías, al que un piloto hábil hace surcar por entre mares inmensos y hacia puertos desconocidos. Así, nuestra imaginación arrastrada en el sublime vuelo de tu musa, ¡oh divino Klopstock!, y recorriendo sobre sus huellas los espacios que tú has poblado, se extraña de los milagros que le rodean y se detiene sobrecogido de espanto ¡Con qué magnificencia reúnes bajo nuestros ojos todo lo que la poesía tiene de maravilloso, lo mismo cuando nos introduces en los consejos del Altísimo en que los ángeles celebran los misterios del cielo y los querubines, penetrados de un religioso temor, agitan en su huida sus alas de oro, que cuando nos descubres las grutas tenebrosas de los infiernos, evocas, con una autoridad increíble, esos ángeles vencidos que una eterna venganza persigue con eternos tormentos, trémulos bajo sus cadenas ardientes y sus rocas calcinadas, o nos transportas al gran sacrificio del Gólgota en que el Creador del mundo se abandona a las angustias de la agonía para redimir a sus verdugos!
Pero la lectura de la Biblia me ofrece aún más deliciosos goces. No hay circunstancia en la vida en que el hombre no pueda hallar consuelo en alguno de sus pasajes; ninguna desgracia que ella no solemnice, ninguna alegría que no embellezca: por eso es un libro emanado directamente del cielo.
Con frecuencia, cuando la naturaleza, en todo el esplendor de sus galas otoñales, y con todos sus bosques diademados de oro y de púrpura, sonríe al sol poniente, yo me siento en la pendiente de un ribazo, bajo alguna añosa encina, y releo los ingenuos bucólicos de los primeros tiempos, la candorosa historia de Ruth y los cantos de amor de Salomón. Otras veces, bajo los arcos góticos de una iglesia arruinada que eleva sus torres solitarias en el valle, escucho; y, en el rumor del viento, que gime a través de sus muros, como voces de bronce, creo percibir la palabra profética de un Daniel o de un Jeremías. Otras veces sobre la fosa de mi padre y a la sombra melancólica de los árboles que yo he plantado, me acuerdo, con abundantes lágrimas, de la historia de José y de sus hermanos, porque yo que veía hermanos en todos los hombres, también he sido vendido por ellos y ellos son los que me han desterrado. Pero con más frecuencia, cuando la noche, velada de negros cendales, avanza por su silencioso camino, yo repito con Job, en la efusión de mi dolor, esta profunda exclamación del alma desengañada: _¿Por qué la luz ha sido dada a un miserable y la vida a los que tienen la amargura en el corazón?_
_10 de octubre._
De buena gana rompería mis pinceles cuando comparo la naturaleza de este triste Occidente, mezquina y desgraciada, con esos climas favorecidos, esos cielos puros y ese sol sin mancha del magnífico Oriente, cuando vago con el pensamiento, bajo las chozas nómadas y patriarcales de los pastorales oasis o entre los augustos monumentos del viejo Egipto y cuando el magnífico habitante de esas felices regiones se eleva ante mis ojos en toda la energía de su primitiva grandeza y de sus formas originarias, mientras aquí observo cómo se han comprimido todas las fuerzas y restringido todas las facultades. Cuando me parece ver al árabe, solo con su corcel, que como él respira toda la libertad de sus soledades, cuando con la imaginación le veo franquear las arenas tórridas o bien reposar bajo la sombra reparadora de las palmeras, entonces me quejo a la Providencia de que me haya desterrado a una zona fría, en medio de una naturaleza tímida y tan lejos de las soberbias miradas del sol inspirador, y me pregunto: ¿Por qué los hombres me han hecho cautivo y por qué me han conducido prisionero a sus ciudades? ¡Hubieseis visto como yo al león del desierto arrojarse sobre la tierra alterada, olvidando que ella arde, y saborearla largo tiempo entre sus dientes!
He dicho en el desierto, porque entre los lazos de hierro de la sociedad y bajo el peso de sus ignominiosas instituciones, vuestros órganos relajados no podrían soportar largo tiempo el esplendor de tan exuberante naturaleza. Sus ricas prodigalidades no podrían pertenecer al hombre que se ha dejado degradar de la dignidad de su especie y que ha traficado cobardemente con su independencia. ¡Y cuán profundamente se siente humillada el alma generosa que ha comprometido todas sus fuerzas en este contrato, cuando conoce el precio de su sacrificio, cuando se encuentra subyugada por el audaz ascendiente de esos insolentes dominadores, y cuando compara la presente con esas edades afortunadas de la juventud del mundo en que las sociedades circunscritas en los estrechos límites de las familias no reconocían otros poderes que los que le habían sido conferidos por la Divinidad, ni otro jefe que el que recibían de la naturaleza!
Es entonces cuando se siente la necesidad de elegir entre las armonías de la tierra las que tienen una afinidad más particular con nuestra miserable condición; es entonces, y yo lo he experimentado con frecuencia, cuando se prefiere a la pompa radiante del sol las dudosas claridades de la luna y los misterios de la noche, a los esplendores del estío, a las gracias de la primavera, a los opulentos dones del otoño, la triste desnudez del invierno, las brisas frías y las negras escarchas.
Así, cuando mi alma se desprendió de sus juveniles ilusiones y cuando no encontró ya nada que la pudiera retener entre los hombres, espió los secretos de las tinieblas y las alegrías silenciosas de la soledad, comenzó a vagar por las moradas de la muerte y bajo los gemidos del aquilón; por eso ella ama las ruinas, la oscuridad, los abismos, todo lo que la naturaleza tiene de terrorífico, y por eso ha estudiado, sin necesidad de buscar otro modelo, algunos de los caracteres del infortunio.
Sí; lo repito, el invierno en toda su indigencia, el invierno con sus pálidos astros y sus desolados fenómenos, me promete más goces que la orgullosa profusión de los hermosos días. Me place ver la tierra despojada de su fecunda vestidura y flotando en esos horizontes brumosos como en un mar de nubes. En medio de esas grandezas desvanecidas y de esa vegetación ahogada, todo parece adquirir aspectos fúnebres, todo se vuelve terrible y severo. A través de los velos grisáceos y de las nubes formidables en que está envuelto, se tomaría al sol por un meteoro que se extingue. Los ríos no tienen aquel estremecimiento divino, las selvas no murmuran ni dan sombra. No se oye más que el crujido de la rama muerta que se rompe y el zumbido del viento que se desliza silbando sobre la llanura desolada. La única verdura que se ve es la hiedra que extiende sus amplias alfombras por las paredes de las rocas, que se las adosa a los muros rústicos o envuelve con ellas el tronco de las viejas encinas. Unicamente algunos abetos destacan aquí y allá, entre la nieve de las montañas, sus obeliscos oscuros, como otros tantos monumentos dedicados a la memoria de los muertos... Y de cuando en cuando podéis ver, en la lejanía, algunos viajeros que cruzan precipitadamente la llanura, o peregrinos que oran sobre una tumba.
_17 de octubre._
Después de abundantes lluvias, un torrente amplio y rápido, alimentado con todos los arroyos y barrancos, desciende desde lo alto de las montañas, cae con el ruido del trueno, se lanza furioso en la llanura, la llena de espanto y de desastre, destroza, invade, devora todo lo que se opone a su paso, y, arrastrando en su loca carrera árboles arrancados de raíz, rocas y ruinas, rueda y se precipita rugiendo en el Salza.
Si sobre esos bordes veis un grupo de álamos que opone dulcemente su tranquila majestad a la agitación vehemente de la corriente, nuestro espíritu no puede por menos que entregarse a pensamientos graves y religiosos, y meditáis tristemente sobre esas vanas grandezas del mundo que aparecen de pronto, como esos torrentes, sin que se conozca el origen, que, como él, pasan entre estrépitos y devastaciones y como él se pierden en el abismo.
En cuanto a mí, sonrío con piedad ante los cuidados pueriles que el hombre siente, mientras que el tiempo arrastra en su porvenir siempre naciente el corto presente de que gozan; y al considerar que la vida no es más que un momento que huye en medio de la inmensa eternidad, siento que mis penas disminuyen.
_19 de octubre._
Esta noche me encontraba en esa situación indefinible que no tiene casi nada de la actividad de la vida, pero que tampoco es el sueño. Creí oír una música muy melodiosa, de una expresión suave y conmovedora, y cuyos sonidos eran modulados con tanta dulzura, que ni siquiera el arpa los hubiera podido producir más tiernos y más seductores. Se hubiera dicho que era un concierto angélico, pero su armonía inconstante y caprichosa no multiplicaba mis alegrías más que para multiplicar mis pesares; apenas había conseguido retenerla, cuando me escapaba de nuevo. En fin, después de una cadencia sollozante que resonó largo tiempo en mi alma, cesó y no oí más que un ruido sordo parecido al de un río lejano. Luego una mano fría se posó pesadamente sobre mi corazón; un fantasma se inclinó hacia mí y pronunció mi nombre con voz penetrante, y yo sentí que el aliento de su boca me había helado. Me volví y creí ver a mi padre, no como era antes, sino como una forma vaga y sombría, pálido, desfigurado, los ojos hundidos, las pupilas sangrientas y los cabellos en desorden; después se alejó, haciéndose cada vez menos distinto y disminuyendo en la oscuridad, como una luz presta a extinguirse. Quise lanzarme en su seguimiento, pero, en el mismo instante, la luz, la voz, el fantasma, todo se desvaneció con mi desvarío y no abracé más que el vacío.
_23 de octubre._
Puesto que es verdad que, desde el comienzo de este corto tránsito de la vida, todo lo que vemos a nuestro alrededor no nos deja más que pesares, dichoso el sabio que se envuelve en su manto, se abandona en su esquife y se aleja sin volver los ojos a la orilla. Pero carezco de este difícil valor.
Yo mismo me extraño de las vacilaciones de mi corazón y de la ciega facilidad con que acoge diariamente nuevas quimeras. Todo lo que tiene una apariencia de novedad le seduce, porque sabe que su estado actual es el peor y siempre saldrá ganando con el cambio. Quiere emociones desiguales y diferentes, una manera de ser diversa y fortuita, porque ha observado que el azar le daba mejor resultado que la previsión. No obstante, es tal su inquietud, que en medio de las agitaciones que busca, desea aún el reposo, únicamente, quizá, porque el reposo es una cosa distinta de lo que él experimenta diariamente, pero no tarda en fatigarse del mismo reposo. No ve la dicha más que lejos de él, y, desde que cree haberla visto en alguna parte, rompe, para alcanzarla, los nudos que le atan al lugar donde se encuentra; ¡dichoso si pudiera romperlos todos! ¿Qué ocurre mientras tanto? Antes de haber recorrido la mitad del camino que nos conduce al sitio deseado, el prestigio cesa y el fantasma se desvanece, burlándose de nuestras esperanzas. ¡Dios me preserve de vivir mucho tiempo así!
«¡Acercarme a Eulalia!--decía yo esta mañana--, ¡sí, vivir a su lado! ¡habitar donde ella habita! ¡respirar el aire que respira!» Y, desde entonces, todo lo que veo aquí me importuna.
_30 de octubre._
El otro día, casi sin darme cuenta, me encaminé hacia Salzburgo; pero, desde que vi la fortaleza de la montaña, las flechas de las iglesias, las cúpulas de los palacios, y desde que pude enlazar la sensación que experimentaba con todos mis recuerdos, me encontré tan poderosamente arrastrado, que por nada del mundo hubiese cambiado de dirección. Mientras tanto la noche se aproximaba y las brumas espesas y lluviosas hacían aún mayor la oscuridad. No tenía necesidad, además, de recogimiento y de libertad de espíritu y no quería entrar en la ciudad hasta después de haber acostumbrado mi alma a las agitaciones que la amenazaban. Me abandoné con voluptuosidad a aquella noche larga y rigurosa en la que nada limitaba la independencia de mi pensamiento. Todos esos cuadros que el día anima y colorea, todo lo que me recuerda la vida me enoja y me contraría. Si hay en mí alguna actividad poderosa, si siento algunas veces en mí una fuerza superior a la del hombre, es en el aislamiento de la noche y en la contemplación de las tumbas. Todas las ideas sublimes nacen del corazón, y el corazón del hombre está hecho de dolor y de sombras.
Al pasar por la aldea donde vi enterrar a Cornelia, y donde conocí al marido de Eulalia, penetré en el cementerio por las brechas del muro. La oscuridad era profunda. Los búhos de la vieja iglesia gemían o silbaban en las cornisas. La campana, lentamente movida por el aire, producía sonidos quejumbrosos y, de pronto, no sé qué acentos lúgubres se elevaron a mi lado. Entonces un hombre se atravesó en mi camino, y después, inclinando la cabeza sobre el pecho, pronunció el nombre de Cornelia. Era Guillermo, y el Cielo me permitió darle algunos consuelos; porque la voz de los desgraciados llega fácilmente al corazón de los desgraciados y se dice que los que han sufrido mucho conocen palabras para calmar el dolor. Conversamos largo rato.
«--Si yo hubiese querido--me dijo--, es fácil dejar la vida, y los días del hombre pueden abandonarse como un vestido. Pero, ¿me atreveré a decírselo? era media noche; yo estaba sentado sobre esas piedras y dispuesto a romper el frágil talismán de la existencia, ocupaba mi imaginación en la contemplación de los tiempos pasados, uniéndolos todos en mi pensamiento. Ya todos los acontecimientos transcurridos se sucedían en mi memoria como las reminiscencias de un sueño, pero yo aspiraba aún al porvenir, y este porvenir incierto lo llenaba con mis quimeras, cuando, de pronto, una idea horrible me sobrecogió. ¡El porvenir!--exclamé--, ¿y con qué derecho, miserable suicida, te atreves a hacer planes sobre el porvenir? Has querido dejar de ser antes de que llegase tu hora, ¿y quién sabe si tu castigo será el no ser jamás? Encuentras una salida para librarte de los dolores de la vida, pero, ¿quien sabe si te cierras las puertas de la eternidad? Cornelia, la más pura de las hijas de la tierra, te espera mientras tanto entre los justos, y, con una alegría inefable se prepara a iniciarte en las delicias del cielo... Pero el que ha destruido la imagen de Dios no vivirá ya más; ha sembrado la muerte y recogerá la nada.
»Después he reflexionado mucho--añadió Guillermo tras un buen silencio--, y creo que el que se da la muerte frustra las intenciones de la Divinidad; y reflexionando sobre este gran número de relaciones que enlazan al hombre con todos los objetos terrestres, yo le he considerado como el centro de una multitud de armonías que nacen y perecen con él, de modo que no puede caer sin arrastrar toda una creación en su caída, y el último suspiro que exhala lleva el luto a toda la naturaleza. Meditando sobre esas cosas, he reconocido que la suprema virtud consiste en amar a sus semejantes, y la suprema sabiduría en soportar su destino.
»Ya sé, no obstante, que la razón del hombre es una caña que cede a muchos huracanes; yo mismo ¡ay! tengo la penosa experiencia de que es difícil luchar con el dolor cuando no se le opone la ausencia y sobre todo la religión. Por eso he resuelto desterrarme de aquí y buscarme una tumba en otro sitio. Cerca de Donnawert hay un antiguo monasterio, cuyos muros baña el Danubio, y al cual se llega después de atravesar un bosque de abetos de un aspecto triste y formidable. Aquel lugar está lleno de misterios y de solemnidad; y el alma se abandona a sentimientos de un orden tan sublime que, según se dice, hace olvidar, por un privilegio milagroso, todas las antiguas emociones de la vida. Ese monasterio será mi asilo.»
El día nos sorprendió en esta conversación. El sol se levantaba por detrás de la torre de la iglesia y la coronaba con sus rayos como una pálida aureola; el aire estaba cargado de vapores húmedos y, a través de la niebla que nos envolvía, se nos hubiera podido tomar por sombras que erraban entre las sepulturas. Comprendí que era la hora de separarnos, besé tiernamente a Guillermo y abandoné el cementerio. Pero, al entrar en Salzburgo--yo no sé qué presentimiento espantoso...--mi corazón se ha oprimido, mi mirada se ha oscurecido y el sentimiento de la vida me ha abandonado.
CONCLUSIÓN
Aquí acaba el diario de Carlos Munster. Parece que hubo de experimentar agitaciones tan violentas, que ni siquiera pudo darse cuenta de ellas; después no encontramos más que notas de poca importancia sobre sus relaciones con Guillermo, hasta la partida de aquél para el convento de Donnawert. Lo que vamos a transcribir aparece escrito por otra mano en el original.
Desde hacía algún tiempo la melancolía del señor Spronck aumentaba continuamente; había oído hablar de Carlos Munster antes de la boda; le creía muerto cuando se casó con Eulalia, y al saber su regreso, presintió todo lo que los infortunados amantes tendrían que sufrir. El acontecimiento que le representó de una manera tan viva la pérdida que algunos años antes experimentara, fue el golpe de gracia para su dolorido corazón, y, perseguido por sus propios dolores y por los que causaba a los demás, su carácter contrajo algo de siniestro y de espantoso. Los cuidados de Eulalia contribuían a aumentar sus dolores, y cuando la joven se aproximaba a su marido con una mirada llena de ternura y de dulzura, él volvía tristemente la cabeza y la rechazaba gimiendo. Por aquel entonces la casualidad le hizo saber que Carlos, al que se había creído muy lejos, había vuelto a Salzburgo después de pasar algunas semanas en su aldea natal. Esta noticia pareció al principio consolarle mucho, pero la misma noche su estado empeoró, de tal modo, que se temía verle expirar a cada instante. Carlos, a quien una carta del desgraciado marido de Eulalia había enviado a llamar, acudió presuroso. El señor Spronck estaba tendido, sin conocimiento y casi sin vida. Eulalia, arrodillada ante su lecho, bañaba las manos del moribundo con sus lágrimas, y una lámpara, a punto de apagarse, arrojaba una tenue claridad sobre aquella escena de dolor. Al ruido que hizo la puerta al abrirse, el moribundo hizo un movimiento; con la vista fija y la fisonomía inmóvil, estaba en la situación de un hombre que despierta de una pesadilla y trata de reconciliar sus sentidos con los objetos que le rodean. Finalmente, pareció que la luz se hacía en su cerebro y pronunció con voz fuerte y clara el nombre de Carlos Munster. Este estaba a algunos pasos de distancia, y al verle Spronck, le saludó con una sonrisa tan tierna y tan paternal, que Carlos se dejó caer de rodillas ante él. Entonces el señor Spronck impuso sus manos sobre su esposa y sobre su amigo; y después de haber reunido todas las fuerzas de su alma, les describió con acento conmovedor las adversidades que habían envenenado su juventud, el dolor de las pruebas a que había sido sometido y, sobre todo, el encarnizamiento de la funesta fatalidad que les había envuelto a ellos en su propio destino. Les pidió perdón por el mal involuntario que les había causado, les habló de su próximo fin, y, enlazándoles con sus brazos, acabó así: «Sed felices ahora que mi miserable vida no puede ser un obstáculo; sed felices ahora que voy a devolver a la tierra este corazón destrozado por la desesperación; sed felices y no tengáis remordimiento por los días que quizás aún la suerte me habría reservado, porque yo no podía esperar nada más agradable que esto que me es permitido legaros: un porvenir sin alarmas que podrá resarciros de las penas que os haya causado. Permitiendo que mi muerte haya sido un beneficio para los que yo amo, el Cielo había colocado en mi muerte la única alegría que yo podía gozar aquí abajo. El me perdonará, sin duda, el haber apresurado la hora y no me condenará, como los hombres. Amaos, al menos, y perdonadme.
Después de estas palabras, su pecho se levantó con gran esfuerzo, su cuerpo se estremeció y la voz expiró en sus labios. Eulalia huyó de la habitación lanzando gritos espantosos, y Carlos perdió el conocimiento. Cuando algún tiempo después volvió en sí, la lámpara ya no brillaba y no le quedaban, de lo que había pasado, más que ideas vagas e inciertas, como las ilusiones de la noche. Extendió los brazos a tientas y tropezó con un cuerpo inmóvil y frío. Los hombres que habían acudido para conducir aquellos despojos a la tumba, le trasladaron a Salzburgo.
Las profundas impresiones que había recibido no eran de naturaleza que pudiesen borrarse prontamente. Pasó un mes antes de que su espíritu se hubiese repuesto de aquellas emociones violentas. Entonces recibió una carta de Eulalia; a la sola presencia de aquella escritura tan querida, cambió de aspecto y de color; sus mejillas se inflamaron, toda su vida pareció asomar a sus ojos, y en la inquietud que le agitaba se hubiera podido ver que su espíritu estaba fluctuando entre el temor de saber su suerte y el tormento de ignorarla. Poco a poco recobró la calma y la tranquilidad. Se había resignado a todo. Eulalia le declaraba, como él esperaba, que no podía concebir sin horror la idea de un nuevo enlace después de la muerte voluntaria de su primer marido; que estaba segura de que él tampoco querría una dicha que había costado tan cara, si es que podía llamarse dichosa una unión que dependiese de tal causa; que aprovecharse del generoso atentado del señor Spronck era hacerse casi autor de él y atraerse el castigo; que era conveniente, al contrario, dedicar la vida a expiarlo y colocarse como justos holocaustos entre la cólera de Dios y esa sombra abnegada que se había entregado a su castigo. Acababa diciendo que cuando recibiese aquella carta, ella ya estaría separada del mundo por una barrera que no es posible franquear cuando se ha cerrado tras de sí y que iba a entrar en la vida religiosa. Carlos leyó muchas veces la carta con la misma resignación. Después la dobló, imprimió un ardiente beso sobre ella y la colocó sobre su corazón, al lado de una cinta que había pertenecido a Eulalia. En seguida escribió a Guillermo comunicándole su proyecto de retirarse al monasterio de Donnawert; después distribuyó su patrimonio entre algunas familias pobres de Salzburgo, porque él ya no tenía a nadie.