Chapter 1
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BIBLIOTECA de LA NACIÓN
CARLOS NODIER
El Pintor de Salzburgo
TRADUCCIÓN DE
TOMÁS ORTS-RAMOS
BUENOS AIRES 1919
Derechos reservados.
Imp. de LA NACIÓN.--Buenos Aires
ÍNDICE
De los tipos en literatura
El pintor de Salzburgo
Las meditaciones del claustro
Adela
DE LOS TIPOS EN LITERATURA
La imitación es el objeto del arte propiamente dicho; la invención es el sello del genio.
Invención absoluta, tampoco, ciertamente, la hay. La invención más llena de atrevimiento y de originalidad, no es más que un conjunto de imitaciones escogidas. El hombre no compone nada de la nada; pero se eleva casi al nivel de la potencia creadora, cuando de una multitud de elementos dispersos forma una individualidad nueva y le dice: ¡Sé!
El escultor copia una figura de hombre; es el mismo hombre con las proporciones armoniosas de sus miembros, la ondulante flexibilidad de sus miembros, la elasticidad animada de sus carnes casi vivas a la vista: el escultor no ha hecho más que una academia.
Busca, compara, reúne, pone en relación en un orden posible, tan posible que parece verdadero, todas las partes de una organización perfecta, que respira la majestad soberana apenas humanizada por un resto de cólera y de desdén; entonces ya no es un escultor; ha hecho un Apolo, ha hecho un dios.
En el tiempo de Homero, ningún guerrero fue identificado con su Aquiles, o con su Ajax, o con su Diomedes, ni ningún rey con su Nestor; y, sin embargo, ese rey y esos guerreros, que no han existido jamás, son seres vivientes.
Si queréis reconocer por signos seguros en el poeta la invención y el genio, que son lo mismo, deteneos a examinar aquellos personajes que se han convertido en _tipos_ en todas las literaturas y cuyos nombres propios hacen casi el efecto de sustantivos en todas las lenguas. Es que, en efecto, el nombre de una figura típica ya no es una etiqueta banal que se adosa al zócalo de un busto o a los plintos de un bajo relieve; es el signo representativo de una concepción, de una creación, de una idea. Aun hoy mismo, el título de héroe o de semidiós habla menos al pensamiento que el nombre de Aquiles.
En las edades secundarias, en que el movimiento progresivo de la civilización ha puesto en juego nuevos resortes y desarrollado nuevas combinaciones, el espíritu humano ha seguido dos caminos: el uno, ya trillado, que no conducía más que a la reproducción perpetua de los bellos _tipos_ antiguos; el otro, innovador y temerario, en el que se aspira a apoderarse del carácter y de la fisonomía de los _tipos_ modernos. Es quizás en la elección de estas direcciones donde se ha manifestado la división de las dos escuelas que se llaman _clásica_ y _romántica_, bien que al principio las dos hayan también sido _románticas_ y hayan de convertirse en resultado tan _clásica_ la una como la otra.
En los pueblos de segunda formación, cuanto más se ha pensado la educación sobre la tradición de los pueblos antiguos, más se ha prevalecido el espíritu de imitación. Si se exceptúa esa galería fantástica de Dante, en que los tipos más sorprendentes y más extraordinarios están amontonados con una profusión espantosa, como en el _Juicio Final_ de Miguel Angel, los italianos han sido raramente creadores. En cambio, Shakespeare es tan rico en tipos como Homero, y ha recorrido todos los grados de la escala de la imaginación, desde el natural más positivo hasta la más delirante fantasía. La petulancia caballeresca, la fogosidad de las costumbres y la agudez del lenguaje del italiano Mercucio, no tienen más verdad que la ferocidad sensible y la heroica ingenuidad de Otelo, ni más individual que el vaporoso infantilismo de Puck y la grosera brutalidad de Caliban. Pero Shakespeare sabía personificarlo todo, incluso el genio, las pasiones, los errores, las vagas inquietudes y la enfermedad naciente de una sociedad que se despierta con los gérmenes de la muerte en el seno. La sublime figura de Hamlet, que no será nunca bastante apreciada, es un prototipo completo de la Edad Media. Los alemanes, a quienes una propensión orgánica al misticismo arrastra siempre hacia la espiritualidad, eran menos aptos a comprender y a fijar las imágenes de la vida social en sus realidades absolutas. El impulso de un psiquismo soñador les lleva hacia un mundo más ideal, y cuando descubren un _tipo_ sensible, es más pronto por el privilegio de la previsión que por el de la percepción, y más en el porvenir que en el presente. El hombre, tal como es, desaparece para ellos ante el hombre que será o ante el hombre como debería ser. Estacionarios en las costumbres, porque han colocado su vida moral en otra región, marchan como precursores a la cabeza de las ideas. Así, en _Los bandidos_, obra maestra de Schiller, cuyo mismo autor apenas si concebía el alcance, hay un sumario poético de las próximas revoluciones. Así en la pintura de esa sensibilidad soñadora, irritable y apasionada de _Werther_, que acaba por verse obligado a reaccionar sobre sí mismo, Goethe ha revelado el misterio. Si pudieseis encerrar esos dos tipos en un círculo trazado a compás, no habría necesidad de conservar otros monumentos de nuestra historia contemporánea, porque en ellos se encuentra toda.
Ya he dicho que el genio del escritor se reconoce sobre todo por la creación de _tipos_ y que ningún carácter de invención se convierte en _tipo_ si no presenta esa expresión de individualidad original, pero asequible, que la hace familiar a todo el mundo. ¿Quién de vosotros no conoce a Don Quijote y a Sancho? ¿quién no se complacerá en creerlos trotando juntos, el uno sobre Rocinante, el otro sobre su rucio, por las llanuras de la Mancha? ¿quién, encontrándose en España, no abandonará a costa de grandes molestias, los animados corros de la Rambla o las voluptuosidades del Prado para ir a buscar el inmortal espíritu de los dos héroes a alguna posada? En una de esas guerras imperiales que tenían por objeto dar a España un soberano a hechura de nuestro señor, los franceses, hostigados por los guerrilleros, se vengaban, según el uso inmemorial de los héroes, recorriendo el país a la claridad del incendio. De pronto llegan a una población que seguirá la suerte de las otras, cuando a alguien se le ocurre preguntar su nombre: es Toboso. Una carcajada simpática y cordial se eleva en todas partes; las armas caen de las manos del vencedor y los afortunados compatriotas de Dulcinea escapan a la carnicería, bajo la protección del genio de Cervantes.
Con frecuencia se ha negado a los franceses el genio de invención. Y, sin embargo, ningún pueblo los ha poseído en el mismo grado ni ha sido más variado en la creación de sus _tipos_; lo que le ha faltado es la libertad literaria que se le disputa, desde que posee una literatura, en nombre de Aristóteles, en nombre de la Sorbona, en nombre de la Universidad, en nombre de la Academia, y que, en los días de emancipación universal a que hemos llegado, se le negará probablemente en nombre de la universidad. Yo no sé por qué el genio en Francia me recuerda siempre la fábula de Gulliver y de Liliput. Si él aparece, se le huye; si se duerme, se le montan encima, y cuando despierta, se encuentra agarrotado por los enanos.
Lo que hay de cierto, es que este espíritu de creación nos era propio. Nuestro viejo _Pathelin_ es un tipo inmortal y, como tantos otros, confirma mi regla; se ha convertido en substantivo. Rabelais es el inventor de _tipos_ más fecundo que haya existido. Después de él, no se ha hecho más que espigar. Son los _Panurgo_, los _Hermanos Juan_, los _Rominagrobis_, _Picrochole_, _Bridoie_, _Janotus de Bragmardo_; personajes esencialmente verdaderos, los que pasan cada día al alcance de nuestra mano, pero que sólo Rabelais ha sabido sorprender. Para encontrar un genio gemelo suyo hay que remontarse a Molière. Todo el mundo conoce a _Tartufo_; todo el mundo, o, poco menos, ha tenido tratos con _Harpagón_. En cuanto al _Misántropo_, ya es otra cosa. Para él se ha servido de moldes blandos, estropeados, indescifrables. Molière se ha colocado en medio de esta sociedad insignificante, sin originalidad, sin relieve, sin caracteres salientes en que poder apoyarse, y, sin embargo, él la ha sorprendido, se ha apoderado de ella y la ha arrojado en el molde inmortal de sus invenciones, ha hecho un _tipo_ de ella. Si la bella y altanera organización de Corneille no hubiera sido miserablemente sometida por la Academia de su tiempo a las dimensiones de este hecho de Procusto, sobre el cual debían ser torturados a su vez todos los genios de Francia, nos hubiera dejado más _tipos_, porque la naturaleza le había dotado en el más alto grado de la potencia creadora. Pero, ¿qué hacer, ¡gran Dios!, cuando se tiene a Richelieu por enemigo, a Scudery por adversario y a Chapelain por juez? No obstante, los _tipos_ que él ha creado tienen la huella de una especialidad tan íntima, que ni siquiera la imitación se atreve a desflorarlos. _Poliuto_ y _Nicomedes_ son figuras vírgenes. Admitiendo la hipótesis que yo he abrazado, se comprenderá fácilmente que Racine, aún más sometido que Corneille a las exigencias académicas, y para colmo de desgracias obligado a ser cortesano, haya producido menos _tipos_ sorprendentes cuya expresión viva y original representa, con toda la exactitud de una cifra, el valor real del poeta. Ha sido preciso que prescindiese un día, por la elección del asunto, de las tradiciones rutinarias de la antigüedad y de la perniciosa influencia de los grandes señores, para que se atreviese a trazar el carácter de _Acomato_ y el de _Roxana_. Ahí únicamente se ha mostrado como era, capaz de novedades atrevidas y de sublimes invenciones; el resto no es más que un reflejo deslumbrador de los trágicos griegos y de los líricos sagrados.
Después viene Voltaire, que él mismo constituía un _tipo_. Cortesano asiduo de los poderes que acababan y de los que comenzaban, _clásico_ revolucionario y _romántico_ meticuloso, uno de esos genios inquietos, pero indecisos, que sirven de eje a las revoluciones del mundo, sabía romper las cadenas, pero arrastraba los andadores. Sus personajes son casi siempre calcos en los que apenas se encuentran las líneas de una fisonomía humana. Desde _Orosmane_, que es una imitación amanerada de _Otelo_, hasta _Pangloss_, que es una contraprueba borrosa de _Panurgo_, no ha hecho mover una imagen verdadera, una imagen típica de hombre. Se creería que se había impuesto la tarea de disfrazarla, de parodiarla. Sus güebros no son tales güebros, sus escitas no son escitas, sus musulmanes no son musulmanes, sus americanos no son americanos. Son comparsas del club de Holbach que recitan en versos alejandrinos fragmentos de filosofía rimada. El tipo de Mahomet era uno de los que estaban por hacer; él lo ha intentado y ha fracasado; y es, no obstante, en esta obra, donde él ha probado por una vez que no carecía del espíritu de invención. _Seide_ es un _tipo_ y se ha convertido, como todos saben, en un substantivo: ésta es una piedra de toque infalible.
Si el genio tiene un marco adecuado para la creación de _tipos_, es primeramente el drama y después la novela. Teniendo esto en cuenta, es fácil calcular cuán limitado es el número de los escritores de genio, relativamente a la masa innumerable de los escritores de profesión, y aun relativamente a la selección, también muy restringida, de los escritores de talento. La novela, género esencialmente moderno, se ha, en efecto, multiplicado de día en día, desde hace tres siglos, en una progresión siempre creciente y tan infinita que escapa ya a las dimensiones de las bibliografías especiales. No obstante, podrían contenerse en muy pocas líneas los títulos de todas las novelas que, después de las inmortales obras maestras de Cervantes y de Rabelais, contienen _tipos_ verdaderos, originales y bien caracterizados, y merecen un puesto en esta categoría. Nadie se atreverá, sin duda, a negar a Lesage un espíritu sutil, fino, creador, lleno de agilidad en la forma y de aptitud en la observación, animado de una alegría verbosa y comunicativa y de rasgos adústicos y graciosos; pero no ha puesto ni un solo _tipo_ en la circulación de las creaciones literarias. _Gil Blas_ es un personaje convencional colocado con una rara habilidad en una fábula ingeniosa, pero no es una individualidad arrebatada de una pieza a la cantera de la naturaleza. Crebillon, hijo, y Marivaux eran también observadores, pero cuyo tacto minucioso se sujetaba a maravilla a las mezquinas proporciones de una sociedad de pigmeos. Se creería que se dedicaron a aplicar a las costumbres de su tiempo el estudio de lo infinitamente pequeño. El microscopio más eficaz en perseguir la materia en sus últimas divisiones no os hará descubrir un solo _tipo_; sólo encontraréis átomos. El genio absolutamente idealista de Rousseau le ha hecho incurrir en el extremo contrario. Acostumbrado a vivir en el mundo conjetural que se había forjado, estaba demasiado alejado del otro para discernir un solo _tipo_ distinto. Nadie ha penetrado más profundamente en el pensamiento ni nadie ha desflorado más superficialmente al hombre. El no tenía esa mirada universal del águila que le permite a la vez mirar frente a frente el sol y divisar al insecto oculto bajo la hierba: no sabía leer más que en los cielos. No obstante, a fuerza de elevación y de poder, conseguirá alguna vez hacer compartir la ilusión que se hace a sí mismo; pero no hay que engañarse: es una ilusión. Los tipos que se esfuerza en imaginar no son solamente defectuosos e incorrectos, son falsos. No son _tipos_, son fichas especiales cuyo valor ficticio queda aniquilado a la primera prueba del ensayador. Hay cien veces menos realidad moral en los caracteres de Saint-Preux, de Julia y de Volmar, que en los del Ogro y Pulgarcito.
Dejadle que se extravíe en la vaga altura de sus concepciones con algunos espíritus especulativos que no tienen contacto con nuestra naturaleza más que por un pequeño número de puntos, y que han rechazado, con el pretexto de una perfección imaginaria, las simpatías íntimas de su propia especie. El _tipo_ de una perfecta organización de joven, pero ingenua y verdadera en su perfección, de una inocencia instintiva, de un pudor heroico, ese _tipo_, revestido de la más celeste idealidad, es a Bernardino de Saint-Pierre a quien estaba reservado producirlo; es la deliciosa y conmovedora figura de Virginia, concepción fresca, pura, inimitable, que su ingenuidad y su candor han hecho popular, aunque ella emane de lo alto, aunque su gracia angélica pareciera participar menos de las invenciones de un poeta que de las revelaciones de un dios.
El nombre de Saint-Pierre recuerda siempre el del más ilustre prosista de nuestros tiempos, el de Chateaubriand, y cuando se pasa revista a los tipos en literatura, no es permitido olvidar a _René_, imponente y magnífica creación, en la cual el genio ha depositado el secreto de nuestra civilización expirante. He dicho antes que la historia anticipada de las revoluciones próximas a desbordarse sobre Europa estaba enteramente contenida en _Carlos Moor_ y en _Werther_. _René_ contiene, como una profecía amarga y terrible, la historia de las sociedades extinguidas. A la primera impresión no ofrece más que rasgos graves, solemnes, místicos y de una vaguedad en la que el pensamiento se anonada, pero tienen huella del dedo todopoderoso que trazó sobre las paredes del palacio de Baltasar la sentencia de una monarquía, y, cosa maravillosa, permanecerán largo tiempo ininteligibles, tanto a los sabios como a los grandes de la tierra. Será necesario, para penetrar el formidable enigma, que los reyes despierten, de la pompa de sus fiestas y de la embriaguez de sus festines, al ruido de los tronos destrozados y al crujido del cristianismo que se derrumba.
En Francia cuando no se tienen los brazos bastante largos para abrazar una idea nueva en toda su intensidad, no se renuncia por ello a la pretensión de someterla y de apropiársela, y, para conseguirlo, hay un medio seguro y cómodo que no falta nunca a la crítica: el de reducir las dimensiones en una proporción análoga a las facultades que la juzgan y empequeñecerla progresivamente hasta que entra en la medida común. Así se ha querido ver en _René_ una imitación de _Werther_, y es muy posible que no se vea esto más que cuando se es corto de vista. En general, mi opinión es que no deben ser comparadas las obras maestras. Las producciones del espíritu tienen su individualidad como los hombres, y las que carecen de esta individualidad no vale la pena de ocuparse en ellas. Entonces entran en los dominios de la mediocridad, donde la comparación es fácil porque ya no se encuentran _tipos_; pero, _Werther_ y _René_, que son _tipos_ arcanos, son, no obstante, _tipos_ distintos. El de _Werther_ es la expresión de los trastornos de un alma que no puede bastarse a sí misma; el de _René_ es la expresión de las angustias de un alma que lo ha abarcado todo y que siente que todo se de escapa porque todo acaba. Es la ansiedad mortal, la duda inexorable, es la inconsolable desesperación de una agonía sin porvenir, es el grito espantoso de la creación social en el momento de disolverse. En _Werther_ hay la emoción profunda de algunas generaciones dolientes; en _René_ la última convulsión de un mundo que muere.
Los ingleses, cuya fisonomía moral es más variada que la nuestra, han podido, más que nosotros, multiplicar sus tipos en literatura. En Fielding son ingeniosos y sorprendentes, en Richardson ingenuos y sublimes. Walter Scott, cuyas fábulas demasiado difusas, los asuntos principales subordinados con frecuencia a los accesorios y los desenlaces demasiado precipitados, no llenan siempre exactamente las condiciones de una composición bien entendida, debe probablemente la popularidad de su genio a la abundancia y a la popularidad de sus _tipos_. Es verdad que un cierto número de ellos pertenece a una naturaleza fantástica, donde la imaginación se mueve con mayor desembarazo, porque dispone entonces de una creación que le pertenece por derecho propio, y que no reconoce por regla más que la potencia mágica que la crea; pero sería injusto sacar de ello la conclusión de que esos _tipos_ carecen del grado de verdad relativa que es el carácter esencial de lo bello en las obras de los hombres. Poco importa el carácter ideal o positivo en el cual el autor coloca sus personajes, puesto que les da un sello de identidad que siempre puede reconocerse. Es evidentemente en virtud de una ficción muy inverosímil y de una alucinación muy amplia, que nosotros atribuimos a los animales nuestras costumbres y nuestras pasiones, y, sin embargo, La Fontaine es más rico él solo en _tipos_ de una sorprendente realidad que todos los demás poetas juntos. Las gentes sensatas no creen en el diablo ni en las brujas, y todo el mundo conviene, sin embargo, en que _Fausto_ y _Mefistófeles_ son tipos admirables.
En mi opinión, pues, sólo el genio es capaz de inventar _tipos_, y la imitación más hábil no conseguirá apropiárselos. La contraprueba de un _tipo_ se hace ella misma traición por los esfuerzos que hace para sustraerse a la comparación, y sus esfuerzos son tanto más torpes, por cuanto no pueden producir nada verosímil alterando una naturaleza verdadera. Vale más encerrarse entonces en las atribuciones modestas del traductor y del copista, destino literario que no tiene en sí nada absolutamente de humillante, porque hay cien mil copistas por cada inventor. Una traducción espiritual, una imitación bien hecha, un arreglo hábil, aunque no sean obras de genio, no dejan de ser obras de buen gusto y de talento; y después, si no satisface este lote, que es el patrimonio de todos los hombres distinguidos, si se encuentran estrechas las filas sobre las cuales se elevan unos pocos genios dotados del más raro de los privilegios, si se está provisto de una de esas presunciones robustas que consideran usurpadas todas las glorias cuyas alturas no logran alcanzar, hay un recurso aún, ejemplo Aristóteles, La Harpe y Marmontel; se puede clamar contra la barbarie y la estupidez al borde del camino de los triunfadores; y queda aún el medio de refugiarse, como Aquiles, en su tienda, en los honores de la Academia: esto es un gran consuelo.
EL PINTOR DE SALZBURGO
DIARIO DE LAS EMOCIONES DE UN CORAZÓN DOLORIDO
1803
_25 de agosto._
Sí, todos los acontecimientos de la vida están en relación con las fuerzas del hombre, porque mi corazón no se ha roto aún.
Yo me pregunto aún si no es alguna pesadilla la que me ha traído esta blasfemia:--¡Eulalia esposa de otro!--Y miro a mi alrededor para asegurarme si estoy despierto; y me desespero cuando encuentro la naturaleza en el mismo estado que antes. Valdría más que mi razón se hubiese extraviado. Algunas veces querría también reposar en mi valor, pero he aquí que viene de pronto esa noticia increíble que aun resuena en mis oídos y que se apodera de mí con las angustias de la muerte.
Yo he contado muchos infortunios; ¡pero éste es demasiado amargo! Desterrado de Baviera como un miserable faccioso, proscrito y fugitivo, errante por espacio de dos años desde las riberas del Danubio a las montañas de Escocia, me lo habían robado todo, la patria y el honor. ¡Pero me quedaba Eulalia! y este recuerdo inefable encantaba mi miseria y acompañaba mi soledad. Yo era dichoso por el porvenir y por ella.
Ayer mismo, palpitante de deseo, de impaciencia, de amor, aun creía... ¡y hoy!...
_26 de agosto._
Hay una idea que oprime mi corazón, una idea dolorosa y mortal.
¿En qué consiste que nuestras impresiones más profundas sean una cosa tan incierta, tan yaga, que el transcurso de algunos meses, de algunos días, de un instante casi indiscutible, las borra? ¿Cuál es la naturaleza de este sentimiento, tan violento en su embriaguez, tan rápido en su duración, que aspira a sojuzgar el porvenir y que un año devora? ¿Será verdad que los afectos del hombre no son más que un arenal invertido que deja escapar poco a poco todo su contenido? ¿Y será preciso que muramos en todas partes donde hemos vivido--allí mismo donde encontrábamos tanta dulzura en inmortalizarnos--en el corazón de los que nos aman?
¡Oh! ¡cuán sabia fue la Providencia al asignar una carrera tan corta a los viajeros de la vida! Si hubiera sido más pródiga y si el tiempo nos hubiera traído más lentamente la hora de nuestra destrucción, ¿qué hombre hubiera podido envanecerse de arrastrar consigo algunos recuerdos de la juventud? Después de haber errado en un círculo sin fin de sensaciones siempre nuevas, llegaría, solo, a la tumba y, lanzando una mirada apagada sobre la escena oscura y confusa del pasado, buscaría inútilmente una de las emociones de sus primeros años: lo habría olvidado todo, ¡todo! hasta el primer beso de su amada, hasta los cabellos blancos de su padre.
Pero, si el vulgo emplea sus días en esas miserables irresoluciones, me parecía, por lo menos, que era dable a ciertas almas eternizar sus sentimientos. Una vez creí haber encontrado esa alma semejante a la mía y le confié mi dicha. ¿Quién podría repetir el encanto de esas horas de embriaguez en que, recostado sobre el seno de Eulalia, respirando su aliento, atento al menor latido de su corazón y en que todas mis facultades se abismaban en una sola de sus miradas? ¡Y, no obstante, me ha engañado! y cuando, al estrecharla en los tristes abrazos de una larga despedida, le pedí el título de esposo, me lo concedió ante el padre de todo amor. ¿Qué derecho me ha arrebatado? ¿por qué me ha reducido a este estado de anonadamiento?
Me han olvidado todos, porque si alguna voz amiga hubiera hecho vibrar mi nombre en medio del solemne perjurio...--Pero me han olvidado todos y nadie le ha dicho--: ¡Tiembla, Eulalia, Dios te ve!--Me han olvidado todos y la traición se ha consumado.
_28 de agosto._