Chapter 9
Sobre los altos muros que cerraban el jardín, divisábase un trozo de calle, una callejuela de los barrios bajos, sórdida, llena de burdeles y cafetines, por donde transitaban los chulos y las vendedoras de amor. Tras la encantada barrera del jardín, el cuadro innoble de la calleja era más violento, más detonante, más agrio e inarmónico. Las manchas de luz y sombra tenían una violencia hórrida, exenta de matices, y las figuras rotundas, lamentables y grotescas, figuras de mendigos, de golfos, de hampones, de prostitutas y celestinas, destacábanse con una crudeza repulsiva.
Filomena y Carlos hallábanse hacía rato en el balcón. Vestido él de frac, correcto, impecable, como correspondía a un hombre de mundo que había venido a comer al palacio de la condesa de Quintalvo; ella, envuelta ya en los pliegues de amplio ropón de seda, blanco, adornado de viejos encajes de Malinas, en el abandono de un _deshabillé_ de mujer elegante, asomáronse a la ventana, buscando tal vez, con un vago anhelo irrazonado, la sombra de la ilusión que había huido para siempre.
Desde la noche carnavalesca en que, en la ceguera del alcohol, comportárase como un jayán, el encanto de su amor habíase quebrado. Al día siguiente de la escena canallesca, Carlos, al volver a ser el hombre correcto, el _gentleman_ de siempre, sintió vergüenza y amargura. Un canastillo inmenso de orquídeas y una carta devota, humilde, ferviente y apasionada, fue el primer paso. Filomena perdonó fácilmente, y las cosas volvieron a su cauce. Pero, sin saber por qué, el encanto estaba destruido. La Quintalvo sentía que le faltaba algo. No es que le guardase rencor por las brutalidades; pero... Trató de analizar el origen de su inquietud, y no acertó a encontrar la causa. Decididamente, rencor no era. Pero anhelaba algo extraño, desconocido; una sensación inexplicable le invadía; la tristeza de un vacío inmenso gravitaba sobre su vida, dándole la impresión de tedio invencible, de monotonía, de una neblina gris y uniforme que lo envolvía todo. Algunas veces sorprendiose a sí misma espiando los menores gestos de su amante, buscando en ellos la huella o el conato de una brutalidad; nada. Carlos, impecable, caballeresco, galante, rendido, mostrábase cada vez más enamorado, más entusiasta, más fervoroso. Cada nuevo día despertaba en él una delicadeza; hacía vibrar una nueva fibra espiritual, como si esperase, a fuerza de bondad y dulzura, hacer olvidar la hora cruel. Y, sin embargo, Filomena no era feliz. Según él, se entregaba haciéndose romántico y quintaesenciado; el abismo abierto en la vida de la condesa de Quintalvo se agrandaba. Involuntariamente le zahería; involuntariamente en injustificadas crisis de mal humor; llevábale constantemente la contraria; trataba de irritarle, de soliviantarle, procurando, malévola, provocar la explosión de brutalidad.
--¡Ya no me quieres!--repitió Carlos tristemente--¡Ya no soy para ti lo que era antes! ¡Yo no me engaño y sé leer en tu corazón!--Hablaba con reprochadora melancolía. Sus ojos soñadores de niño grande mirábanle con una imploración suprema de piedad.--Yo te quiero más que nunca--prosiguió.--Tu frialdad me hiere, me entristece, me hace daño. Casi te preferiría...
--¡Calla!--interrumpió ella--¡Qué inoportuno eres! ¡No sientes el encanto de la noche!
Sorda ira hervía en ella contra el indiscreto que, por dos veces, rompía la inefable sensación de melancólica dulzura que la embriagaba como el aroma demasiado intenso de una flor venenosa. Por vez primera, desde hacía muchos días, hallábase bien así: no deseaba nada ni esperaba nada, en un nirvana voluptuoso y triste. Doblada sobre el barandal, con abandono casi absoluto, dejaba colgar sus manos de marfil, largas y finas, raramente enjoyadas, a la caricia de la brisa nocturna, y entregábase en cuerpo y alma a la sensual dulzura que subía de la tierra húmeda:
--¿Ves cómo ya no me quieres?--gimió él.
--¡Calla!--Ahora fue brusca e imperativa. Habíase incorporado súbitamente, y sus ojos azules, en que brillaba una claridad perversa, hecha de lascivia y de crueldad, la luz que debió de fosforecer en los ojos de las emperatrices ante los cristianos arrojados a las fieras, seguían un drama lejano.
En la callejuela lóbrega, situada al otro lado de los muros del jardín, desarrollábase una escena de barbarie callejera. Una mujer de las que hacen profesión de sus encantos, hablaba con un chulo, un tipo fuerte y arrogante de macho. Poco a poco, los gestos, en un comienzo untuosos, tiernos, acariciadores, fueron tornándose sobrios primero, bruscos luego, amenazadores después, violentos al fin. Estalló la bronca. El, violento, airado, había cogido a la infeliz por el mantón y zarandeábala. Luego siguió una pausa, en que tornaron a hablar unos instantes. Pero ella debía haberse negado a algo muy transcendental, por cuanto el galán comenzó a darla golpes. Eran unos golpes crueles, dirigidos a la parte más delicada de la infeliz: al rostro, al pecho, al vientre; eran unos golpes violentísimos, mal intencionados, feroces. En el claroscuro que formaban los cuadros reflejados por las puertas de las buñolerías en las sombras del callejón, la escena tenía una ferocidad cruel, que ponía un escalofrío en las espaldas.
Filomena, inclinada sobre el barandal, las manos crispadas, los labios secos, jadeante el pecho y los ojos dilatados, seguía la escena con un interés de pesadilla.
La mujer, por fin, cayó al suelo, y allí el bárbaro coceola a mansalva. Al fin la abandonó y, lentamente, comenzó a alejarse. Sucedió entonces algo extraño, absurdo; la hembra alzose trabajosamente y corrió tras él. Colgose suplicante, mimosa, de su brazo, y como él la rechazase aún, siguiole humildemente como un can.
Un velo se rasgó en el espíritu de la Quintalvo, y a la luz lívida de los cafetines, bajo el maleficio de la luna, sintió el terror de la revelación: ¡Ella, Filomena Roldán de Undaneta, condesa de Quintalvo, tenía un alma de prostituta!
III
Temblando de frío y de miedo, detúvose junto a la puertecilla del jardín. ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué en vez de permanecer en el suave abrigo de la alcoba, cálida y blanda como un nido de amor, disponíase a correr las callejuelas de los suburbios bajo el velo glacial de la lluvia, como una ramera? ¿Por qué ella, tan frágil, tan delicada, tan quebradiza, lanzábase así en la noche cómplice al encuentro de lo ignorado? Todos sus esfuerzos eran inútiles; algo más fuerte que su voluntad le arrastraba hacia aquella _cosa_ misteriosa y terrible que vivía en el fondo del misterio. Desde que una noche nefasta la trágica revelación se hizo en su vida, sentíase arrastrada por la resaca a no sé qué ignorados abismos. Era inútil que ella, lectora de Platón y de Descartes, familiarizada con Schopenhauer y Nietzche; ella, tortuosa y erudita como una de aquellas marquesas de Versalles que representaban farsas ante el Rey, flirteaban con Monseñor el Cardenal de Rohan y eran amigas de Juan Jacobo y de Voltaire, tratara de sonreír y fuese escéptica hasta en la liviandad. Algo terrible, monstruoso, fatal, alzábase en su vida, y toda la amable frivolidad, hecha de amor y de filosofía, descorríase como bambalinas de un teatro, y quedaba la aridez horrible de yermo, de una vida desvastada por la lujuria, en cuyo fondo brillaba, como único faro, el misticismo. A él había vuelto los ojos angustiados, pero también fue estéril. ¡Era pronto aún! Ante la cruz, el macho cabrío danzaba lúbrico y burlón, y el signo redentor no era sino un ensueño remoto, mientras los pecados, como enfurecidas avispas, clavaban los aguijones en su carne. Todos los días el hambre insaciable de los poseídos le arrancaba del lecho y le arrojaba al través de la noche.
Abrió la puerta y, recatándose en la sombra, salió a la calle. Después comenzó a caminar en busca de lo desconocido.
LOS COMPLICES
I
Cuando Narciso Alvear penetró en su despacho, desplomose en un sofá, y dejando caer, con un gesto de supremo cansancio, la máscara de altiva satisfacción, reflejó en su semblante todo el enorme desaliento que anonadaba su espíritu.
Todavía resonaban en sus oídos los aplausos entusiastas, fervorosos, inacabables; todavía cegaba sus ojos el intenso fulgor de las luces, el relumbrar de las joyas y el chisporroteo de las pupilas femeninas incendiadas en llamaradas de entusiasmo; todavía las auras del triunfo le envolvían, y, sin embargo, sentíase hundir en el abismo de vergüenzas y miserias.
Allí, en el cajón, al alcance de su mano, estaban las cartas, en que Petra (aquel nombre sin apellido habíale hecho el extraño efecto del número de una ficha antropométrica), averiguada, sin que él pudiese sospechar cómo, la personalidad del grande hombre, le imploraba, le exigía, le imponía, amenazadora, una nueva cita. Y aquel contacto súbitamente establecido, en la hora de la apoteosis, entre su pública vida de glorias y su misteriosa vida de abyecciones, hacíale temblar como un azote de la fatalidad que era impotente a vencer.
Petra, Rosa, Catalina... Aspasias de una hora, Thais de mancebía barata, Margaritas de encrucijada, Magdalenas de cafetín, eran para él engendros de pesadilla, que vivían unos momentos y luego se evaporaban. ¡Petra! ¿Quién podía ser aquella mujer que le conminaba, con rebuscados términos, en una carta, que de puro remilgada transcendía a falsedad, a acudir a una cita? ¡Bah! Sería instrumento de cualquier tentativa de _chantage_.
Con amargura pensó en el desnivel inmenso que hay entre la inmortalidad y las pasiones. Sus ojos, irónicos, pasearon por el despacho, lleno de trofeos de las victorias. Recordó cómo entraban allí sus discípulos, sus admiradores, sus amigos, con unción casi religiosa. Aquel era el templo donde la luz divina descendía sobre la frente del genio; el laboratorio donde se elaboraban aquellas obras admirables. Irónico, sonrió. ¡Si supiesen! Apenas si en aquel recinto ponía en limpio cuartillas nerviosamente garrapateadas en horas de fiebre. Su inspiración no estaba allí, ante los sombríos retratos de santos y guerreros, o ante las cándidas vírgenes boticellescas; su inspiración vivía muy lejos: en los suburbios de las ciudades populosas, en los oscuros rincones de las tabernas, en los sombríos callejones donde pululan las sacerdotisas de Venus, guardadas por sus fieles galanes los barateros; en los misérrimos lechos de las casas de lenocinio. Su musa no era ninguna de las nueve hermanas: era una musa canalla que peinaba negros bucles con bandolina, y los aprisionaba con vistosas peinetas, en los callejones del Lavapiés madrileño; ataba rojos pañolillos a su cuello en los _impassés_ del _Sebasto_ de París; tocábase con ligeros sombrerillos en el Graben vienés, y paseaba envuelta en el tschaffs por las calles de Constantinopla. Su jardín interior no era el vergel de las Hespérides, sino un museo patibulario, en que absurdas criaturas, de rostros atrozmente embadurnados de pintura, se retorcían en muecas trágicogrotescas de lascivia demoníaca.
Volvió al asunto que le preocupaba. ¿Iría? Sentíase arrastrado por una oculta fuerza y, al mismo tiempo, temía. ¡Qué más le daba! ¡Una vez más!
II
Con precauciones de ladrón, miró con azoramiento a un lado y otro, para cerciorarse que no había más testigos de sus nocturnas correrías que la luna, serena como el rostro de un aparecido, y las estrellas, que parpadeaban en la azul magnificencia de la noche. Como efectivamente nadie transitaba por el callejón a tales horas, franqueó la puertecilla del jardín, y a buen paso se alejó del hotel. Por la calle de Alfonso XII salió al paseo de Atocha, y cruzándole rápidamente se internó por las Rondas. Ya allí, bajose el cuello del gabán y comenzó a caminar más despacio.
Sin querer, volvía a su memoria, con la obsesionante pesadez conque nos atormenta, en una noche de insomnio, el estribillo de cualquier tribial canción, una frase de su comedia. Moderno Nabucodonosor, entre el fulgor de luces y el resonar de aplausos de la apoteosis triunfal, veía destacarse ígneas las palabras amenazadoras: «En la vida, tarde o temprano, la hora del balance llega siempre. Los hombres, al destruir los dioses, han creído libertarse de sus jueces, sin pensar que la vida es el supremo juez».
Todo el horror de su existencia se alzaba ante él. ¡Su existencia! ¡Aquella extraña cosa que, bajo los armónicos pliegues de la clásica clámide del arte, como cuerpo impuro, roído por los gusanos, el deseo, se contorsionaba trágico o grotesco! ¡Ah! ¡Cuando, después de las cálidas horas de un día de gloria, lanzábase en las sombras temerosas de la noche, preso en el verde maleficio de la luna! El, el grande hombre, como los extraños engendros de quimera, como las brujas y los trasgos, como las poseídas y los ajusticiados, vivía una vida misteriosa y escalofriante, al amparo de las tinieblas nocherniegas. Mientras los demás le creían en el santuario, recibiendo la visita de la diosa inspiración, corría los suburbios en busca de aventuras, deslizábase por tenebrosos callejones, penetraba en pestilentes chamizos o asomábase a extrañas fiestas en que el hambre, el frío y la miseria, danzaban en brazos de la lujuria, la embriaguez y el crimen, y algunas veces huía, al través de los campos, perseguido por un arma homicida, entre el aullar de perros vagabundos y el gemir del viento.
Rememoró las palabras de Dante-Gabriel-Rosetti: «Hay almas débiles, altivas y apasionadas, que no pueden sacrificar sus deseos ni renegar de su ideal. Y así su vida sentimental es una extraña mezcla de caídas y redenciones, de indulgencias vergonzosas y de abnegaciones heroicas».
Según avanzaba, el cuadro hacíase más típico, más temeroso e inquietante. Quedaron atrás las calles bien empedradas, iluminadas con arcos voltáicos o luces incandescentes; los altos edificios de ladrillo y piedra; los coches y tranvías. Las casas, bajas, deformes, absurdas, apoyábanse las unas en las otras para no desplomarse, mostrando el cinismo de sus fachadas llenas de grietas y desconchaduras, rasgadas de vez en cuando por la roja ventana de una taberna o el lóbrego portalón de una posada. Por las aceras sin empedrar, en el espacio que quedaba libre entre las construcciones y la menguada hilera de árboles raquíticos, torcidos, que alzaban sus ramas esqueléticas al cielo, transitaban tipos sospechosos--chulos, golfos, rufianes--con bizarros atavíos de gavilanes de amor; gentes patibularias--hombres sucios, desgarrados, con trajes de pana, revueltas pelambreras que se salían de la mugrienta boina, y rostros de siniestra catadura a que la barba de ocho días aumentaba aún el torvo pelaje--, o esos extraños mendicantes que parecen escapados de una novela de Quevedo. Por el centro del arroyo, convertido en barrizal, pasaba de tarde en tarde un carro rezagado, que se bamboleaba, se hundía, salía dificultosamente de un bache para caer en otro, entre furiosos juramentos y el restrallar del látigo carreteril. En las esquinas, a la menguada luz de los temblorosos mecheros de gas, veíanse grupos de mujeres que llamaban a los transeúntes con absurdas promesas de amor formuladas en voz aguardentosa. Unas, viejas, sucias, desgreñadas, acometedoras y procaces, hacían pensar en los aquelarres reunidos a la luz de la luna; las otras, miserablemente ataviadas, parodiando con guiñapos las soñadas galas, y embadurnados los rostros, cómicos y dolorosos, de afeites, remedaban máscaras trágicas.
Narciso siguió avanzando; la visión de la miseria canalla, la percepción de aquel vicio truculento en que había hedores de sangre, de podredumbre y calentura, ponía un escalofrío de terror delicioso en su medula. Sus narices se dilataban, venteando el heterogéneo perfume--perfume de miseria, de guisotes, de alcoba y de suciedad--que flotaba en el aire. Y sus ojos escudriñaban las tinieblas, tratando de precisar las inciertas formas que temblaban, desbaratándose en la semipenumbra con apariencias de goyesco capricho.
Llegó a la Ronda de Valencia. Por allí estaba el lugar de la cita. A mano izquierda, abríase, entre rotas vallas y ruinosos muros, un callejón, especie de pasadizo, que debía dar al campo. A la entrada, un montón de escombros obstruía el paso casi por completo. Allí debía de ser. Sus ojos, acostumbrados, como los de los felinos, a tales exploraciones, escudriñaron las tinieblas; entre las sombras temerosas de los muros, en que el miedo fingía espantables figuras, creyó discernir una silueta de mujer, y oyó que le llamaban:
--¡Spch! ¡Spch!
Resueltamente internose en el callejón; sus pies se hundían en el barro, que parecía querer retenerle prisionero, y de vez en cuando, en las estrecheces del camino, enganchábasele el gabán en un clavo y se desgarraba; un perro, tras la empalizada de un solar, lanzó un aullido lúgubre, agudo, penetrante; otro perro contestó de lejos, y luego otro y otro. Un silbido rasgó los aires, y Narciso se detuvo para mirar hacía atrás. Nadie. Delante de él, a treinta pasos, el fantasma femenil se había detenido también, y parecía esperarle. Como Alvear no se moviese, tornó a llamarle:
--¡Spch! ¡Spch!
Reanudó la marcha. El camino hacíase cada vez más angosto; el barro más espeso y pegajoso; más altos los muros y valladares.
El buscador de lances comenzó a sentir miedo. ¿Sería, en vez de la sempiterna aventura, un lazo que le habían tendido? Miró otra vez hacia atrás; ahora, en el cuadro de claridad que proyectaba la calle en el comienzo del sendero, veía destacarse una figura de hombre. Vaciló Narciso un momento; el hombre avanzaba rápido, con firmes pasos, como persona conocedora del terreno que pisa; la mujer alejábase, sendero adelante, cada vez más a prisa.
Narciso Alvear sintiose presa del pánico. Tanteose febrilmente los bolsillos: nada. Ni revólver, ni arma ninguna. Entonces, vencido de terror, echó a correr tras la desconocida.
III
Corría, corría, ciego de miedo. Tras él resonaban los pasos de su perseguidor, cada vez más firmes y cercanos. El camino hacíase interminable; los muros, más elevados, acercábanse hasta casi imposibilitar el paso, y el barro, espesándose por momentos, no le dejaba correr. Sudoroso, jadeante, agonizando de horror, el fugitivo sentía flaquear sus piernas; tropezó con una piedra, y cayó de rodillas en el fango. Alzose trabajosamente y recomenzó su carrera de pesadilla. Los perros aullaban en macabro concierto; tras una nube asomó la luna.
¡No podía más! Ahora oía distintamente los pasos del incógnito que le daba caza y casi sentía su respiración. ¡Allí estaba! Su mano se tendía hacia él; el frío de la hoja de un cuchillo le desgarraba las espaldas...
Tropezó y rodó por el suelo. Intentó levantarse y un golpe seco le hizo caer por tierra nuevamente. Trató de luchar, de defenderse aún; pero una lluvia de palos descargando sobre su cabeza le hizo rodar por tierra con el cráneo partido y la cara bañada en sangre.
IV
El asesinato de Narciso Alvear, del gran escritor, del poeta insigne, justamente al día siguiente del triunfo, alzó enorme polvoreda. Los periódicos hicieron de ello un crimen sensacional, lleno de folletinesco misterio. ¿Cómo el cadáver del dramaturgo había ido a parar allí desde el hotel en que, amigos y admiradores, le habían dejado? ¿Qué robo, qué venganza personal, había sido el móvil del crimen? Y se habló de novelas extrañas, de represalias femeniles, de misteriosos artes de hipnotismo, de... ¡qué sé yo cuántas cosas!
Sólo la verdad no se dijo. ¿Para qué empañar la fama de aquel hombre que a nadie estorbaría ya, y cuya memoria a muchos podría servir? La muerte es el Jordán en que los grandes hombres dejan vicios, debilidades y cobardías, para entrar limpios de mácula en la inmortalidad.
Poco a poco el crimen, como tantas otras cosas, cayó en el olvido. Sólo los jueces siguieron buscando. Aquella Petra de la carta era una pista. Había que buscar los cómplices. Si ella podía desaparecer entre la infinidad de mujeres que pululan en los suburbios, ellos, los asesinos, habían de ser forzosamente pájaros de cuenta en el hampa madrileña. ¡Los cómplices!
Y buscaron inútilmente, porque de aquel crimen, como de tantos otros crímenes impunes, los cómplices habían sido la lujuria y la noche.
LA DOMADORA
I
En la glacial serenidad de la atmósfera, resonó un alarido de dolor; luego, otro alarido más angustioso, más violento, hendió los aires, y luego otro y otro. El látigo fino, nervioso, vibrante, silbó para caer sobre las desnudas espaldas del marinero; tornó a serpentear, para tornar a caer, y luego recomenzar aún una vez más.
Era la víctima un mocetón fornido, cuadrado, de enormes espaldas y ancho cuello. Desnudo de medio cuerpo para arriba, sus carnes se amorataban con el frió espantoso del crepúsculo ártico, y el látigo, al caer, dejaba hondos surcos azules. Tenía las manos atadas a un palo del buque, y la cabeza, pequeña y bien hecha, doblada sobre el pecho. Su rostro estaba cubierto de mortal palidez; los dientes, blancos y fuertes, clavábanse en los labios, tratando de contener los gritos de dolor, y en sus ojos, claros y azules, de niño grande, había una angustia infinita.
Vanda Orloff, tendida en el seudolecho de almohadones y pieles, contemplaba impasible el martirio de su víctima. Era una mujercita menuda y frágil, toda nervios. Tenía pupilas grises, vagas, borrosas, con extraños reflejos verdes; el pelo rubio muy claro; la nariz recta; el mentón enérgico, voluntarioso, y la boca, de labios muy pálidos y delgados, cruel. Un gorro de chinchilla cubría su cabeza casi por completo, y amplia pelliza de la misma piel envolvíala toda. A cada golpe del látigo, que repercutía en un aullido desgarrador, angustioso, del mártir, sus ojos fulguraban, en sus labios vagaba una sonrisa de sádica voluptuosidad, y su mano, fina y menuda, crispábase sobre la noble cabeza de Azor, el danés favorito. A su lado, Georgette Lebrune, la lectora, esperaba, el libro caído en el regazo, la orden para proseguir la lectura de _La Agonía_, de Lombard, aquel libro lleno de magnífica crueldad con que recreábase el espíritu cansado de la millonaria. En el rostro vulgar de la asalariada reflejábase también crueldad, pero una crueldad innoble, vulgar, lejana de la refinada crueldad de la Orloff.
La princesa Vanda Orloff era rusa. Si en vez de en estos tiempos de prosa hubiese vivido en los siglos remotos, fuera seguramente una de aquellas princesas legendarias que asombraron al mundo con la magnificencia de sus crímenes. Tal vez con la tiara de oro y pedrería aprisionando la cabellera pálida, y los senos desnudos bajo los collares de perlas, de ópalos, de topacios, de peridotos, de turquesas y esmeraldas, hubiese pedido la cabeza del Bautista para beber en sus labios el veneno de la voluptuosidad y de la muerte, o tendida en la tienda de púrpura y oro, cubierta de extraños tejidos de seda, de vagorosos velos y de cabalísticas joyas, como Soemias, hubiérase estremecido al cálido contacto de la sangre de las víctimas. Pero vivía en días de prosa y había de contentarse con su efímero imperio de millonaria caprichosa y cruel.
Ya de niña, su mayor placer era martirizar a los pájaros, a los perros, a todas las bestezuelas familiares; luego, adolescente, asistía, estremecida de voluptuosidad, a los castigos que su padre, borracho, despótico, violento, acometido de feroces ataques de ira blanca, hacía infringir a los siervos por la menor falta; mujer al fin, sintiose presa de una lascivia taciturna y cruel, que la poseyó como un maleficio diabólico. Obligada, por no sé qué sombrías historias, a abandonar Rusia, aquel maravilloso _yacht_ fue el misterioso alcázar de Is, en que la hija del Rey vivía aprisionada por el demonio de la lujuria. Como fantasmagórico barco de maldición, el flotante palacio, en una pesadilla de sangre, de lascivia y de muerte, vagaba por los mares polares, o mecíase sobre las azules ondas de las aguas del trópico, entre atroces aullidos de dolor que se perdían en la inmensidad de la noche, sangrientas voluptuosidades y horas de tedio anonadante.