El pecado y la noche

Chapter 8

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Al fin, llegamos a la capilla del palacio; las puertas abriéronse, dando paso al cortejo. El pueblo esperó con paciencia a que se le franquease la entrada para contemplar una vez más a la que fue su amparo y consuelo. En todos los labios había una palabra de loa, y en todos los ojos una lágrima. Al fin, la gran puerta de bronce tornó a descorrerse, y la gente penetró en el templo. Al pisar el umbral, quedé deslumbrado. Jamás en correrías de viajero, ofreciose a mis ojos espectáculo de mayor magnificencia ni de arte más refinado y suntuoso. Admirables mosaicos, en que sobre el fondo de oro, de cegadora luminosidad, destacábanse con brillante colorido; las figuras, llenas de hierática nobleza, cubrían los muros. Representaban la ceremonia de ungir el papa Silvestre V Emperador a Fernando Augusto, y de ceñirle la corona de hierro de los Reyes Santos. Las figuras, cubiertas de extrañas vestiduras, recamadas de piedras preciosas, tenían esa ingenuidad que prestaban los artífices de la Edad Media a sus creaciones, y agrupadas, en posturas inverosímiles, rendían pleitesía al joven soberano, que, más que la belleza de las deidades paganas, tenía la elegancia un poco melancólica de los héroes de la leyenda cristiana. El viejo pontífice sostenía en sus manos la saya sagrada, y coronando la apoteosis, la Santa Virgen, apareciendo entre nubes pobladas de ángeles concertantes, bendecía al nuevo Rey. Monstruos quiméricos, dragones de lengua de fuego, alados grifos, unicornios y otras alimañas de la fauna fantástica, mezclábanse con los personajes reales.

A la entrada de la iglesia alzábanse dos altos pilares de mármol negro, soportando, el uno, espantable basilisco de dorado bronce; el otro, la imagen de San Miguel Arcángel pisando a Lucifer. Y por fin, en el centro del templo, cuatro columnas de lapizlázuli sustentaban un baptisterio de oro enriquecido de esmaltes y diamantes.

Avancé con el gentío enloquecido en ruidosas manifestaciones de duelo, y otra vez me hallé la santa muerta. Mis ojos irreverentes buscaron instintivamente la sonrisa de Gioconda, la enigmática mueca que me obsesionara siempre. Nada. El rostro conservaba su admirable serenidad de yacente estatua. Una palidez cerúlea cubría la mascarilla, encuadrada en las blancas tocas, y la paz de los bienaventurados había descendido sobre su frente.

V

Temblé. Aquello era peor que una impiedad o una profanación; aquello era un sacrilegio. Hacía siglos que ningún viviente (excepción hecha de los frailes), ni aun los mismos Emperadores, entraba allí. ¡El pudridero! Para penetrar en la trágica cripta, en que se descomponían los cuerpos de los Westfalias, era preciso haber traspuesto antes ese misterioso umbral que se llama la muerte. Habitante ninguno de este mundo tenía derecho a visitar aquel recinto, que, como ciertos trágicos jardines de conseja, formaba parte del _más allá_. Sólo los religiosos de la sombría Orden del Descendimiento poseían el privilegio de entrar en los reinos de la muerte. ¿Y acaso ellos pertenecían al mundo? Sus votos de silencio, de castidad, oscuridad y ayuno, hacían de ellos fantasmas que habitaban un mundo imaginario de renunciamiento.

Sentí el frío de ultratumba y mis dientes castañeteaban. Miré en derredor. La pieza era una sala pequeña, alta de techo, con el suelo y los muros revestidos de basalto. En la bóveda, una alegoría egipcia de la muerte; en el centro de la estancia, un lecho bajo de mármol negro; a la derecha, abierta en el muro, una puerta de ébano y plata. En el dintel, una estatua del Dolor, labrada en alabastro, doblada la cabeza, oculta por el largo velo; al otro lado, un ángel, con las alas plegadas, llevábase un dedo a los labios ordenando silencio.

¿Cómo estaba yo allí? El dinero es una gran arma que esgrimen hoy las poderosas empresas periodísticas; pero yo, algunas veces creo que dinero e influencia no son sino armas de la Fatalidad, que, agazapada en la sombra, juega con los humanos. ¿Por qué estaba yo allí? Fuera de las suntuosidades externas y del dolor popular, ¿qué interés podía ofrecerme el sepelio de aquella princesa? Y, sin embargo, aquella mujer a quien no conocía, a quien ni siquiera había visto más que en las páginas de los semanarios gráficos, a quien unas veces creyera hábil política, otras fanática, y algunas tocada de diletantismo de abnegación teatral, me atraía con fuerza superior a mi menguada voluntad.

Resonaron los cantos funerales que salmodiaban los frailes; a lo lejos, las charangas militares repicaban las bélicas notas del himno guerrero de Nordlandia; los cañones hacían las salvas de ordenanza, y las campanas tocaban a muerto. Los batientes de la puerta se abrieron y apareció el féretro, llevado por cuatro hermanos, con el negro hábito, bordados sobre el pecho la calavera y las tibias, la capucha caída sobre los rostros, de los que sólo se divisaban las barbas blancas, y de improviso hízose un silencio absoluto.

Desde mi escondite, vi al viejo Emperador inclinarse, y luego, rodeado de su séquito, desaparecer. Los monjes colocaron el féretro sobre el marmóreo lecho, rociaron el cuerpo con agua bendita y salieron, dejándome solo con el enigma de aquel cadáver. Entonces, haciendo acopio de valor, salí de mi encierro y me acerqué.

Apesar de los cinco días transcurridos desde la muerte, no se notaba en la muerta síntoma alguno de descomposición. El perfil correcto, los labios pálidos, los ojos cerrados, todo el conjunto del rostro conservaba la misma beatífica dulzura. Ni una alteración de color, ni una mancha que denunciara la intensa fermentación; nada. La princesa dormía su apacible sueño, como esas bienaventuradas milenarias que duermen en los pétreos sepulcros de las viejas catedrales. ¡Era una santa!... Y, sin embargo, la imagen de la sonrisa equívoca volvía inquietadora. Para ver mejor me arrodillé, y púseme a examinar el rostro, sin hallar vestigios de putrefacción. Ni una mancha, ni una de esas azuladas vetas que anuncian que vuelve el polvo al polvo cuando el alma, libre de su cárcel, vuela; ni esa sombra negruzca que sombrea los labios y las aberturas de la nariz; nada, nada, nada. Súbitamente, me eché hacia atrás con un gesto instintivo de repulsión: un violentísimo olor a podredumbre, un hedor insoportable a cuerpo en descomposición, un perfume acre y macabro de tumba removida, acababa de herirme. ¡Y el rostro seguía inmutable, sereno, dulcísimo! Mi mano sacrílega tendíase hacia la cara de la santa, y mis dedos, en vez del helado horror de la muerte, tropezaron con una sensación tibia. Resbalé; mi mano apoyose en el rostro de la difunta princesa, y entonces una careta de cera rodó por tierra. Y mudo de espanto, alucinado, tembloroso, meciéndome sobre un abismo de locura, vi el rostro sanguinolento, deshecho, machacado, que contemplara la noche trágica. Pero ahora, en la informe masa pululaba el negro hervir de los gusanos.

LA CAJA DE PANDORA

I

Entró resueltamente en el cuarto, encendió luces, muchas luces, todas las que encontró a mano; desposeyose, con un gesto amplio, teatral, del enorme abrigo de chinchilla, que arrojó desdeñosamente sobre una butaquita; dejó caer al suelo el capuchón de raso negro que le envolvía de pies a cabeza, y en pie, ante el gran espejo de tres lunas, arreglose nerviosamente el peinado.

Tras ella, pesado, vacilante, el rostro pálido, los ojos turbios, despeinado el cabello, el sombrero caído a la nuca y la pechera sucia y arrugada, venía Esteban. Al penetrar en la estancia habíase desplomado en una _bergère_, y allí, despatarrado, innoble, sin tomarse el trabajo de quitarse el gabán ni el sombrero, parecía próximo a dormirse.

Filomena, siempre en pie ante el espejo, trepidaba de impaciencia. Era una mujercita deliciosa, una figura frágil y quebradiza, llena de una gracia efímera de _bibelot_. _Muy Luis XV_, hacía pensar involuntaria en las pastorelas de Watteau, en las escenas de Boucher y en los grabados libertinos del XVIII francés. Sus gestos de gracia alocada tenían, sobre todo, una elegancia innata, que reflejábase hasta en sus menores movimientos, aun en las ocasiones en que desterraba la euritmia de sus ademanes, el enfado, la pasión o la alegría. Era una de esas mujeres que, sin saberse por qué, recuerdan una época; una de esas mujeres que a cuanto tocan, imprimen el sello de un arte o de una moda, y que nos llevan a exclamar: ¡Así debió ser Teodora, o Margarita de Valois, o la Pompadour, o la condesa de Dubacry, o Madame de Recamier!

Baja, menuda, aunque de firmes y apetitosas curvas; pie breve, mano fina, con uñas sonrosadas como pétalos de flor; el rostro blanco y rosa, tenía los ojos de porcelana azul, de ese azul cielo cuyo secreto guardaba la fábrica de Sèvres; la boca de coral, en forma de corazón (una boca perversa e irónica, hecha a los besos furtivos y a los epigramas de Beaumarchais); y poseía también una cabellera sedosa y rizada, de un rubio miel tan pálido, que parecía empolvada. Al andar, tenía unas veces el ritmo ceremonioso de las pavanas; otras, la gracia alocada de las ninfas del Trianón (ninfas de pomposas sayas y altos tacones rojos) jugando a las pastoras, con los corderillos lanados de azul.

El traje de gasa blanca, vaporoso, de una gracia casi irreal, prendido en _paniers_ por anchas bandas de seda celeste, salpicada de pálidas flores y sostenidas por diamantinas hebillas, contribuía a marcar la originalidad de la figura; y el cuarto, con su suntuosa elegancia _muy Versalles_, sirviéndole de fondo, hacíale resaltar aún.

Era aquella una habitación amplísima, alta de techo, con dos grandes balcones, uno al jardín, otro a un antiguo callejón del viejo Madrid. Situado en el ángulo del palacio de los Quintalvo, habíale elegido Filomena, a raíz de su boda con Florencio, como más independiente para hacer su habitación. Un damasco de color rosa muy pálido, cubría los muros, encerrado en molduras blancas recargadas de conchas y hojarascas doradas. Mofletudos amorcillos jugaban entre las nubes del techo, y aun rodaban al azar de sus retazos en las sobrepuertas, entre guirnaldas de frutas y flores. Algunos retratos de empolvadas damas y unos cuadros de maestros franceses, un tanto amanerados en su mitología convencional, pendían de largos cordones de seda sobre los muros. Muebles de _boule_, de moquetería y de dorada talla, llenaban la estancia, y por todas partes, sobre las cómodas, tras los cristales de las vitrinas y sobre las minúsculas mesas, puestas al alcance de divanes y butacas, antiguos grupos de Sajonia y Capo di Monti, en que dioses y diosas se perseguían, y marquesas y abates danzaban pastorelas; admirables miniaturas y abanicos de prodigioso varillaje y chinescos países, lucían su belleza quebradiza. Al través de amplia arcada, sostenida por columnas, y a medias defendida por antiguas cortinas de brocado, divisábase la alcoba, con su lecho muy bajo, muy ancho, de talla y seda, cubierto por bordada colcha china, como un barco ideal próximo a bogar con rumbo a Citerea.

De pie siempre ante el espejo de tres lunas, sobre cuyo dorado marco dos palomas de talla se arrullaban, Filomena corregía nerviosamente la imaginaria rebeldía de un rizo. De vez en cuando, como chispazos que anunciasen la tempestad próxima, rumiaba algunas palabras en que rugía una ira sorda y concentrada:

--¡Es una porquería!... ¡Una vergüenza!... ¡Indigno de un caballero!

Esteban, derrengado en la butaca, no parecía prestar valor a las palabras de su querida. Ni aún removía siquiera, y hasta parecía haberse dormido.

Filomena seguía:

--¡Qué asco!... ¡Dios los cría!...

Extrañada por la silenciosa indiferencia que oponía el muchacho a sus apóstrofes, miró disimuladamente con el rabillo del ojo. ¡No faltaba más! ¡Estaba bonito aquello! ¡Se había dormido! ¡Ella desgañitándose, y el señor tan fresco!

Furiosa, abandonó sus cuidados capilares, y dando algunos pasos, plantose ante su amigo, y allí permaneció en actitud expectante, entre asombrada y rabiosa.

Esteban dormía con el pesado sueño de los beodos. El rostro desvastado, terroso; los ojos hundidos en anchos cercos plomizos; los labios secos y la frente cubierta de sudor, era aquello, más que descanso reparador, plúmbea modorra.

Filomena no pudo contenerse más, y con el pie, como se hace para despertar a un bichejo que nos repugna, empujó al durmiente. El abrió los ojos, fijando en ella unas pupilas turbias, que permanecían lejanas, estúpidas, ayunas de toda luz de inteligencia, como si no se diesen cuenta del lugar donde estaban ni de la personalidad de su interlocutor.

Le apostrofó vehemente:

--¿Te parece bien esto? ¿Tú crees que es decente?... ¡Ja ja,--rió sarcástica.--¡Qué cara de idiota!--Y bajando el tono y hablando con reconcentrado furor:--¿Pero tú te has creído que yo soy una de esas pirujas amigas tuyas, una de esas tiorras que estaban en el Real contigo?--Y siguió con creciente saña:--¿Tú te has figurado que voy a aguantarte esto, yo, yo, Filomena Roldán de Undaneta; yo, la condesa de Quintalvo? ¡Ja, ja!--tornó a reír. Luego, cruel, segura de herir en lo vivo, añadió:--¡Tú te has creído que todas somos ese pendoncillo de Constantina Gil!

Un relámpago de ira y con él un fulgor de inteligencia, pasó por los ojos del borracho al oír aquel nombre; pero pronto apagose, y una inexpresión de imbecilidad absoluta enseñoreose nuevamente del rostro. Había vuelto a cerrar los párpados y sumiose otra vez en el sopor de que por breves instantes arrancáranle los furiosos apóstrofes de la irritada dama.

La ira ahogaba a Filomena con tal intensidad, que por un instante privola del habla. Sus ojos echaban chispas, y en el cuadrado descote, orlado de encajes, los senos, duros, redondos, procaces, palpitaban. ¡Aquello era demasiado! ¡Dormirse otra vez! Al fin halló tonos épicos en que manifestar su justa indignación:

--¡Eres un canalla! ¡Ningún caballero, ninguno, ¿oyes?, ninguno hubiese hecho lo que tú has hecho esta noche! ¡Eso no tiene nombre! ¡Es una canallada; peor, una grosería, algo innoble, repugnante, estúpido! ¡Si no me querías, hubiese preferido la franqueza; pero esos engaños son bajunos, indignos de ti y de mí!... ¡Ja, ja, ja!--rió epiléptica:--Me parece estar viendo tu cara de pobrecito que en la vida ha roto un plato! «¡Qué fastidio! Esta noche no podré llevarte al Real, porque mi madre no está buena y me quedo en casa...» ¡Ja, ja! ¡Y yo, bestia de mí, que me cuelgo, loca de contenta, del teléfono, para darte la noticia! «Florencio se va de caza y, como me quedo sin marido, me puedes pasear por el baile». ¡Burra, burra de mí! ¡Te juro que no me vuelve a suceder! ¡Tú no sabes de lo que yo soy capaz!

Era verdad. Nadie sabía, bajo su aire frágil y delicado de figurita de Sajonia, de lo que ella era capaz, ni la suma de energía que se ocultaba bajo el picudo corpiño y la falda con pompones Luis XV. Apesar de la inexperiencia de hallarse en el segundo amante (no llevaba sino dos años de casada), no había dudado en jugarse el todo por el todo. En vez de la escena de lágrimas y reproches que otra mujer cualquiera hubiese hecho en su caso, supo callar y disimular, para luego, sola, tener el valor de ir al baile y allí sorprenderle. ¡De ella no se reía nadie! Y no había parado aquí la cosa, sino que, a fuerza de audacia, habíale arrancado a sus rivales, y así, borracho y todo, aprovechando la ausencia de su marido, habíalo llevado a su casa. ¡Ah, nadie la conocía, ni podía adivinar la voluntad que dormía en el fondo de su cuerpo gracioso y liviano de muñeca bonita! Siempre había sido así. Famosa era de soltera, por arrostrar impertérrita lances que a otras mujeres más maduras amilanarían. Gustábale de hablar con gentes que pasaban por osadas, empujarles, lanzarles por despeñaderos peligrosos, y luego contenerles con una mirada. Adoraba los ejercicios violentos; jugaba al tennis medio desnuda, con un impudor inconsciente que desconcertaba a todo el mundo; nadaba como una sirena y arrastraba a sus adoradores mar adentro, para dejarles luego vencidos, casi en peligro de ahogarse; bailaba, entregada en un pecaminoso abandono de voluptuosidad, hasta que sentía desfallecer a su pareja; pero, sobre todo, gustaba de galopar en un loco vértigo de velocidad. Quien la hubiese visto una vez, no podría olvidar aquella figulina airosa, llena de _chic_, con la elegancia exquisita de las estampas cinegéticas del siglo galante, que, de improviso, a lomos del ardiente potro, seguida de su jauría de galgos, convertíase en un centauro, que galopaba enloquecido a través de bosques y viñedos, saltaba obstáculos, salvaba ríos, en una loca carrera de pesadilla. Y había más, lo que sólo ella, el cielo, los árboles y las flores conocían: las tardes de _Las Chumberas_, aquellas tardes andaluzas de un bochorno imposible, cuando, tras inverosímiles galopadas, deteníase en un campo de labor, y entablando conversación con algún tosco campesino, iba poco a poco encendiendo en él la llama de todos los deseos. ¡Ah! ¡La salvaje, la bárbara voluptuosidad de sentirse deseada así! ¡El acre encanto de ir viendo alumbrarse en los ojos negros de abismo el fulgor de todos los malos deseos! ¡El placer feroz de sentir rugir la bestia que despertaba, se desperazaba e intentaba herir! ¡Cuántas veces en aquel juego peligroso, el látigo frío y cruel abatió una mano audaz! Pero lo que no olvidaría nunca fue su lucha con José Manuel, el vaquero. Uno de los mayores placeres de Filomena era bajar a la dehesa, y allí, a caballo en su jaca, bien empuñada la garrocha, torear a los feroces brutos. Pronto a aquel gusto unió otro. José Manuel, el garrochista, el hombre casi salvaje, le amaba. Desde entonces, la muñequilla comenzó a jugar con aquel amor. Los toros parecíanle inofensivos junto al bruto negro, velludo, sudoroso, que temblaba de deseo en su presencia. Ella le irritaba, le desafiaba, le exasperaba con sabias coqueterías, con amicales caricias llenas de ternura protectora, con una impudicia cándida e indiferente que mostraba a los inyectados ojos del galán prodigiosas desnudeces, turgencias de nardo, curvas suavísimas, como si se tratase de un viejo servidor o de una bestezuela familiar. Y un día sucedió lo que fatalmente tenía que suceder, lo que era ley que sucediese: el bárbaro saltó sobre ella. Fue una lucha feroz en que la ninfa se defendió del fauno a golpes, a puntapies, a arañazos, a mordiscos; él, jadeante, enloquecido, creciéndose al dolor como un animal feroz, pugnaba por dominarla sin poderlo lograr. Cien veces sintió Filomena deseos de dejarse tomar, y otras tantas se rehizo. Al fin consiguió desasirse, y su látigo azotó muchas veces el rostro del salvaje. Luego comenzó la retirada. ¡Ah! ¡La emoción tremenda y deliciosa de aquella retirada entre los toros desmandados, teniendo que dar cara a la fiera vencida! ¡El escalofrío único, supremo, de aquella marcha!

Ante su amante, ahora, dio una tregua a su ira para tomar respiro. Luego reanudó:

--¿Pero es que tú te has creído que yo voy a tolerar esto? ¿Es que te figuras que yo soy una pánfila, buena para todo? ¡No, hijo mío, no!--prosiguió, mientras su ira iba en _crescendo_--. ¡De mí no te ríes tú, ni nadie! Prefiero la lealtad, aunque sea cruel (¡en este caso no lo hubiese sido, porque me importas tú y todos los hombres habidos y por haber, un comino!). Pero las mentiras son innobles!--Y como el indiferente parecía adormilarse, alzó el diapasón:--¡Esos líos y esos engaños no son dignos de personas bien nacidas! ¡Son tretas de chulo!

Detúvose de improviso. Una extraña semejanza acababa de herirle, y una idea rara cruzaba su cerebro como la sombra de un pájaro extravagante.

Carlos permanecía siempre despatarrado, la camisa manchada de vino, arrugada y entreabierta, y la cabeza tronchada sobre el hombro; en el rostro, de amarillez enfermiza, las noches de crápula habían puesto un sello de cansancio, y los cabellos, despeinados, cayendo en un gran mechón sobre los ojos, estrechaban la frente. ¡Un chulo! La extraña semejanza que hallaba por primera vez en el elegante, causábale indefinible turbación. Era verdad; así parecía un chulo. La rigidez de persona _comme il faut_ huía con la borrachera y, en cambio, el cuerpo adquiría una elasticidad fofa de felino en reposo, esa extraña distensión muscular que se observa en los golfos y en los gatos dormidos al sol. La cara hacíase más dura bajo la lividez malsana (una lividez de hombre que vive del amor y para el amor) que la cubría; la mandíbula destacábase cuadrada, dura, cruel; un gesto cansado, malo, dañino, arrastraba la comisura de los labios avejentándole, y bajo la frente pequeña, terca, inexpresiva, frente de esclavo, de gladiador o de torero, que, deshecho el británico planchado del pelo, aparecía más estrecha, oculta por lacios mechones, los ojos, cerrados, dormían en el cansancio infinito de las ojeras parduzcas. ¡Un chulo! Carlos así no era el hombre elegante, el tipo _chic_, el moderno Brummel: era, lisa y llanamente, el macho, el chulo, el hombre de placer, como dicen las francesas, el amante. En el sutil espíritu lleno de análisis de Filomena surgió una pregunta inquietadora: ¿Le amaría por eso? La idea aumentó su rabia. Apostrofole.

--¿Sabes lo que me das? ¡Asco!--Pero como viese que él sin indignarse tornaba a dormilar plácidamente, buscó algo que le hiriese mucho:--¡Eso sí que no! Para dormir te vas a casa del pendón de Constantina.

El golpe dio en el blanco. Carlos abrió los ojos, y con voz bronca tartamudeó:

--¡Deja a Constantina en paz!

Pero la otra acababa de ver deslizarse por las pupilas, tras los vahos de alcohol, una llamarada de ira, y sintió la necesidad perversa de azuzar a la fiera:

--¡Jesús! ¡Que no toquen a Constantina, que se rompe! ¡Haces bien, hijo, haces bien, porque la verdad que es una santa de mírame y no me toques!--Y como él, despejado a medias por la indignación, la mirase casi amenazador, insistió:--¡No sé por qué me miras así! ¡Ni que fuese alguna novedad! ¡Todo el mundo está harto de saber que Constantina Gil es una perdida!

Libre como por ensalmo de la torpeza, púsose en pie y, cogiéndola por un brazo, conminola a callar:

--¡Cállate!

Forcejeó ella:

--¡Ja, ja! ¡Pégame, anda! ¡Era lo único que te faltaba! ¡Aunque me mates, no me cansaré de decir que tú eres un chulo y ella una golfa!

Sombrío, amenazador, murmuró:

--¡Te prohíbo que la nombres! Sólo con nombrarla la manchas.

--¡Ja, ja!--rió otra vez, procaz, Filomena--. ¡Si sois el uno para el otro! ¡Un chulo y una golfa!

La ira le cegó, quitándole toda noción de decoro y delicadeza. Como un villano cayó sobre ella, y comenzó a vapulearla. Fue una escena bárbara, cruel y repugnante: la hembra, caída en el suelo, mordía, arañaba, pateaba, repelía la agresión con las uñas y con los dientes; él, golpeaba cruel, despiadado, borracho ahora de bestialidad. Al fin dominose y, desplomándose en una butaquita, ocultó la cabeza entre las manos con desesperada saña.

Filomena, caída en el suelo, medio desnuda, gemía quedamente.

II

--¡Ya no me quieres!

--¡Calla!

Puso Filomena en sus palabras un dejo de impaciencia, y sus ojos azules clavaron una mirada rencorosa en el muchacho. Estaban acodados al gran balcón que se abría sobre el jardín. La noche de junio bañaba la tierra en una paz llena de poesía. El cielo tenía la serenidad demasiado luminosa y demasiado azul de los firmamentos que pintaron los cándidos astrónomos de los siglos medios. Sobre la bóveda de zafiro, la luna, como un ópalo gigantesco, brillaba pálida. Bajo la plateada luz del satélite, los árboles del viejo jardín de los Quintalvo formaban oscuras masas pobladas de rumores. Entre las frondas albeaban algunas estatuas, y al fondo de una calle blanca, bordeada de arrayanes, una fuente, como un espejo roto, reflejaba, temblorosa, la faz de la luna.