Chapter 7
Aquella noche había yo podido contemplarles a mis anchas. Mi calidad de periodista extranjero habíame proporcionado un sitio para la función de gala, y sentado en mi butaca había visto el espectáculo, fastuoso sobre toda ponderación, de la corte de Nordlandia. Sobre la severa suntuosidad de la sala, severidad que acrecentaba la riqueza de los uniformes y los tocados recargados de piedras preciosas de las damas, destacábase en el palco regio la familia imperial. Allí, inmóviles, graves, con aposturas de retratos, estaban los príncipes; pálidos, de opacas pupilas y cansados labios, unos; demacrados, amarillentos, con ojos de brasa que ardían en el fondo de moradas cuencas, otros. Allí, las princesas de desvaída tez y lacios cabellos color de miel, tímidas, afectadas, con aspecto de rancias figuras de cera, las más jóvenes; acartonadas, tiesas, finchadas en las crujientes sedas, con sus pechos planos, sus labios llenos de desdenes, sus gestos banalmente ceremoniosos, las que ya habían salido de la juventud. Y destacándose entre todas ellas, la figura, llena de nobleza, del viejo soberano, con su amplia frente de pensador, su sonrisa bondadosa y su blanca barba de patriarca bíblico cayendo sobre el pecho, constelado de cruces de diamantes. Allí estaban todos: príncipes y princesas, grandes duques y grandes duquesas; todos, menos la princesa Elvira.
¡La princesa Elvira! ¡Cuántas veces había yo oído hablar de ella! ¡Cuántas veces tropezaron mis ojos con su retrato entre las páginas de una revista! Siempre modesta, humilde, vestida con pobreza, el cabello sencillamente recogido, era el ángel de la caridad que descendía de los palacios en busca de los humildes, de los desdichados y de los miserables. Aquel extraño estigma que hacía de los Westfalias héroes o locos, había hecho de la princesa Elvira una santa, pero no a la manera de la duquesa Eudoxia, histérica y visionaria, sino toda abnegación y heroísmo. Jamás se le veía en una fiesta mundana; jamás asistía a una de aquellas fastuosas ceremonias que hacían famosa la corte de Nordlandia; en cambio, no había catástrofe, ni guerra, ni epidemia, en que ella no estuviese predicando con su ejemplo las más puras máximas de la caridad cristiana. No había privación que ella no resistiese, ni sacrificio que no se impusiese en bien de sus semejantes, ni dolor, por horrendo que fuese, que no hallara en ella amparo y consuelo. Amigos y enemigos inclinábanse al espectáculo de sus virtudes, y desde el Emperador hasta el último socialista, descubríanse respetuosamente ante la princesa Elvira.
Otra vez la figura de la princesa santa se ofrecía a mí tal como la contemplaba cientos de veces en los grabados de los semanarios, destacándose sobre el trágico escenario de los campos de batalla, ataviada con el heroico uniforme de damas de la Cruz Roja, o en el cruento horror de las salas de los hospitales, junto a los cuerpos mutilados por horrendos males. Mentalmente detallaba yo su rostro de perfil prodigiosamente sereno, su frente alta y luminosa, sus ojos grandes, azules, llenos de dulzura, y me detenía en la boca, aquella boca que me inquietaba vagamente con su mueca enigmática, que me traía a la memoria, sin saber por qué, la de la Gioconda.
Recordé hechos memorables de su vida: la noche de la batalla de Orsova, cuando permaneció interminables horas en medio del horror de aquella carnicería, rodeada de cadáveres que devoraban las aves de rapiña, entre el aullar de los lobos y el lejano retumbar de los cañones, cuidando heridos, alentando enfermos... Rememoré también algunos espeluznantes lances, en que una extraña fatalidad parecía pesar cruel sobre ella: aquel hospital de sangre en la campaña de Oriente, donde la princesa Elvira, casi sola, en la nerviosa energía de su heroísmo, veía morir los soldados a cientos, asistiendo a la agonía, precipitada por una extraña fiebre de locura, de los pobres muchachos; recordé también las escenas de la peste en Salstracia, cuando en la ciudad, desierta por el terrible azote, ella sola recorría las calles asoladas, y sosteniendo entre sus brazos a los apestados, como bíblica heroína, les llamaba hermanos.
Me detuve. Había llegado a la Gran Plaza. En el centro, y rodeado de admirables jardines, poblados de fuentes y de estatuas, alzábase el monumento a Wifredo, el Fundador, en que el héroe, blandiendo la espada, lanzaba su bridón sobre una multitud, enloquecida de entusiasmo, que se doblaba a su paso. A un lado, la catedral--San Miguel Arcángel--, labrada en mármol, semejaba así, en el sortilegio sideral, un gótico relicario de marfil. Frente a ella, el palacio moderno, suntuoso, bien proporcionado, imitando, en su presuntuosa arquitectura, los palacios de los siglos medios, uníase, por cubierto puentecillo, con el antiguo alcázar, de enormes murallones, sombrío, rodeado de gruesas cadenas y almenado como una fortaleza. Llamábase el Palacio de los Suplicios, y tenía su leyenda cruel y trágica de los tiempos del Santo Oficio. Durante muchos años fue residencia real, hasta que, concluido el nuevo alcázar, trasladó el Emperador a él su habitación.
Entre la catedral y el palacio, abríase el laberinto de callejones de la ciudad vieja, aquella urbe medioeval de curtidores y tintoreros, en que las calles eran negros y hediondos arroyos, y las habitaciones sucios chamizos que se apoyaban unos en otros, rasgados de tarde en tarde por la maravilla de bizantino ventanal.
Permanecí un momento perplejo. Los sombríos laberintos me atraían con su malsano encanto. ¡Ah la escalofriante delicia de las nocturnas caminatas al través de las viejas ciudades en que aún viven la lujuria, la superstición y el miedo! Yo he amado siempre las viejas ciudades de grandes cuestas, de encrucijadas y de claroscuros, las ciudades en que la lujuria es una hembra flácida y marchita, la superstición una vieja ducha en artes de tercería y hechizos, y el miedo un truhán disfrazado de fantasma. En las ciudades modernas, en los grandes barrios, la civilización ha desterrado lo imprevisto; la luz eléctrica, los tranvías, los automóviles, han ahuyentado al miedo, y la lujuria se llama galantería; pero en algunas grandes ciudades, antiguas aún, hay barrios en que vive la inquietud, y en que en el cuadro de luz de una puerta vemos una mujer pintarrajeada que, con su peinado atrabiliario y su roja bata de percal, tiene una inquietante apariencia de muñeca de cera. ¡Sevilla, Venecia, Toledo, Amberes! ¡Viejas urbes de pecado y de gloria, cómo os he amado!
Al fin, mi deseo fue más fuerte que mi voluntad, y crucé la plaza. Ante palacio, dos centinelas, envueltos en amplios capotones grises, al hombro el fusil, paseaban lentamente; en el pórtico de la catedral, algunos mendicantes dormían indiferentes al frío. Con resolución penetré por bajo el puente que une los palacios, y, como por arte de magia, la decoración cambió por completo. A las amplias avenidas, teatralmente magníficas, sucedieron tortuosas callejuelas, sombrías y hediondas. Eran vías y pasadizos que bordeaban los muros del palacio real, tan estrechos, que apenas si podían avanzar dos personas de frente; tan altos, que la luna, que brillaba fantasmagórica en el cielo, no llegaba a iluminarlos con su luz espectral. A mi izquierda, macizos, misteriosos, alzábanse los muros de la regia residencia, hendidos por algunas ventanas de gruesos barrotes, y alguna misteriosa puertecilla, que debieron servir, en otros siglos de aventuras, para nocturnas escapadas; a mi derecha, los agrietados muros de algunos viejos caserones erguíanse mudos y tétricos. Sin embargo, en contraposición con la imponente soledad de los grandes bulevares, aquí sentíase próximo un pulular de vida, y cruzábame con algunos transeúntes. Eran tipos ambiguos, rufianes, lúbricos vejetes, a quienes la lujuria, como escoba de aquelarre, arrastraba por las calles, vetustas celestinas y pecadoras de ínfima condición, mas algunos soldados, lanceros reales, con blancos uniformes de flotante capa y casco de plata, rematado por negras alas de águila, que, retardados en los templos de Venus y Baco, volvían presurosos a sus cuarteles. De improviso surgió del muro, como una visión de ultratumba, una mujer, que comenzó a caminar algunos pasos delante de mí. Pasado el primer sobresalto, sonreí: ¡Bah! ¡Qué tontería! Una mendiga que iba a pedirme limosna. Pero no: la incógnita seguía tranquilamente su camino sin importunarme. Indudablemente, debía de ser una celestina en funciones, que, de un momento a otro, brindaríame con mahometanos paraísos. Tampoco. ¡Aquella vieja, menuda y vivaracha, con andares de ardilla, trabajaba por su cuenta! Cuando se tropezaba con un transeúnte, observábalo, y si era viejo, parecía despreciarlo; en cambio, si era joven, acudía solícita.
Púseme a examinarla curiosamente. Un manto o chal envolvía casi por completo la cabeza, dejando en la sombra el rostro, del que no se divisaba más que la punta de la nariz y el fulgor de los ojos. Una pelerina de lana, caída hasta más abajo de la cintura, y sencilla falda de paño, completaban su indumentaria. Su peregrino tejemaneje me interesó, y, sin darme casi cuenta, púseme a seguirla. Realmente, sus tretas eran curiosas: caminaba lentamente; hacíase la encontradiza con los rezagados caminantes, y concluía trabando conversación con ellos, que al cabo hacían un gesto de desdén y seguían su ruta. Pero sus preferencias eran por el ejército. Apenas veía un lancero real, precipitábase a su encuentro, cogíase a él, acariciadora, suplicante, hasta que los pobres chicos, aturdidos por el alcohol y el sueño, entorpecidos los movimientos por las vistosas capas y los cascos lohengrinescos, encontraban fuerzas en el temor de un próximo arresto para rechazar la vieja bacante y huir camino del cuartel.
Llevábamos un rato caminando a la ventura, sin que surgiesen nuevas presas para aquella infeliz poseída del demonio; en el reloj de la catedral sonaron las campanadas de la media noche, y yo pensé: «¡Bah! Se acabó. Los soldados están ya recogidos, y esta buena señora tendrá que acostarse con el amante de las patas de chivo...» Cuando gran estrépito de espuelas y sables, arrastrados sobre los guijarros de la calle, anunciaron la llegada de dos nuevos guerreros. Eran dos mocetones altos y fornidos; venían enteramente borrachos, los cascos ladeados y los blancos mantos barriendo las inmundicias del arroyo. No se amilanó la prójima, sino que, yendo a su encuentro, les abordó resueltamente. Primero, oí risotadas y juramentos, palabras soeces, burlas; luego, parecieron rechazarla; pero ella volvió a la carga; hubo algo como un conciliábulo, y sonó tintineo de dinero que contaba. ¡Dinero! ¡Le daban dinero! Y el asombro ahuyentó la prudencia, y, procurando ocultarme en la sombra, di algunos pasos hacia el grupo. ¡Era ella, ella, con su miserable pelaje, la que les mostraba monedas de oro! Desconcertado por el encuentro con aquella extraña compradora de amor, permanecí un instante perplejo. Cuando volví a mirar, uno de los soldados se inclinaba y la besaba en los labios. Después, parecía implorar algo; ella se negaba tercamente y él insistía, y, al parecer, en son de broma, intentaba apoderarse de su bolsa. Ella resistía, negándose con firme obstinación, y poco a poco las bromas se tornaron en veras, y a las risas sucedieron las amenazas. La vieja resistía siempre; exasperado el soldado, tiró la capa al suelo y forcejeó. Ella, no dándose por vencida, resistía con bravura. Súbitamente, en el silencio de la noche, resonó un juramento, y el ladrón, cogiéndola brutalmente, intentó arrancarle por fuerza su tesoro. Entonces ella, en gesto rápido de alimaña nocturna, mordió la mano que le oprimía. El agresor dio un grito, soltó su presa, retrocedió un paso, y luego, ciego de ira, embravecido por el castigo, cayó sobre ella y, arrojándola al suelo, comenzó a golpearla bárbaramente. Después, alzose lleno de sangre, y borracho de ira, pisoteó aún a la caída. Luego cogieron el dinero y, súbitamente despejados, huyeron los dos.
Petrificado de horror, incapaz de gritar ni de acudir en defensa de la infeliz, había yo sido mudo espectador de la terrible escena. Al fin, me aproximé a la víctima, que yacía inmóvil en el suelo. Sobre un charco de sangre descansaba la cabeza, convertida en informe montón de sanguinolentos despojos. Las espuelas habían desgarrado las carnes, arrancado los ojos, taladrado las mejillas, y las gruesas botas de montar habían machacado los huesos.
Erizado el cabello, la frente bañada en helado sudor, me alcé del suelo y pensé en llamar. Entonces la idea de mi responsabilidad se me presentó claramente. Y si me encontraban allí, junto al macerado cadáver, ¿qué explicación dar? ¿Cómo contar la extraña aventura? ¿Me creerían?
Sonaron los pasos de una ronda nocturna, y maquinalmente eché a correr.
I
Cuando despierto por la mañana, después de un sueño agitadísimo, entreverado de horrorosas pesadillas, y sentado en la cama, la bandeja del desayuno al lado, pasé los ojos por los periódicos matinales, tuve un momento de estupor. ¡La princesa Elvira había muerto! Una angina de pecho había matado a la santa princesa, gloria de la casa imperial, consuelo de desvalidos, espejo de cristianas virtudes. Los periódicos, todos los periódicos, imperialistas o republicanos, liberales o moderados, lloraban aquella desgracia, y volcaban sobre el cadáver la avalancha de sus convencionales flores de trapo. Y otra vez surgían los retratos, los fantásticos retratos, hechos en las salas de los hospitales de epidemias y en los campos de batalla. ¿Artificiosos? ¿Teatrales? No. Había en el rostro de la santa una tensión tan dolorosa, tanta dulzura en sus ojos de Madona, que era imposible que no fuese sino afectación. ¡Y, sin embargo, aquella sonrisa, o mejor, aquella equívoca mueca de Gioconda! ¡Ah, el inquietante misterio de aquella sonrisa! Volví a examinar los retratos. En una fotografía, la princesa Elvira, sentada junto al lecho de un colérico, le oprimía la mano, mientras, los ojos en alto, parecía rezar; en otra, arrodillada en los campos de Orsova, sin importarle las balas que silbaban en derredor suyo, sostenía a un pobre soldado moribundo, mientras le envolvía en una mirada llena de maternal dulzura; en otra aún, curaba con sus manos, manos admirables, manos de Santa y de Reina, manos de Santa Isabel de Hungría, a un pobre leproso. ¡Y la sonrisa estaba allí, en el campo de batalla y en la cabecera del lecho de los agonizantes; allí siempre, misteriosa e inquietante!
Por tercera o cuarta vez llamé al timbre. Al fin abriose la puerta y, todo azorado, se presentó el criado del hotel. Era preciso que perdonase. El Exelsior estaba en revolución. Habían expuesto al público el cadáver de la princesa Elvira en la catedral, y todo el mundo quería verlo.
Yo también sentí la comezón de contemplar a la mujer cuyo enigma me inquietaba, sin saber por qué, y saltando del lecho, comencé a vestirme.
III
Hacía mucho frío. Un cielo muy bajo, plomizo, en que se apelotonaban grandes nubarrones parduzcos, pesaba como un sudario sobre la ciudad. Una neblina, húmeda y glacial, envolvía las cosas; la nieve, mancillada por millares de pisadas, se desleía sucia, negruzca, y sobre aquella escenografía melancólica, inmensa avalancha de gentes caminaba presurosa hacia la Gran Plaza, llevando en la mano flores, guirnaldas, coronas, lazos, homenajes del humano dolor a la santa muerta. Todos caminaban enlutados, con aspecto de profunda tristeza; en algunos ojos había lágrimas, y en todos los labios una palabra de sentimiento. Las campanas de todas las iglesias tocaban a muerto, y en la tristeza inmensa del ambiente su son era aún más angustioso.
Dejeme arrastrar por la corriente humana, y al fin me hallé ante la catedral. Allí, organizada por los agentes, formábase larga cola de curiosos, que iba penetrando lentamente en el templo. En ella hube de tomar puesto. Una hora de espera. Al fin me tocó el turno, y penetré en el sagrado recinto.
Cuatro hileras de columnas, de una elegancia insuperable, sostenían las góticas ojivas; altos sepulcros de mármol flanqueaban los dos lados de la iglesia, con sus orantes estatuas de héroes y prelados, que semejaban fantasmagóricas en el claroscuro del recinto, extraña teoría de ultratumba, una de esas espectrales procesiones que surgen en las leyendas de la Edad Media. Sobre los muros, tapices de terciopelo negro, con las armas imperiales bordadas en plata, cubrían cuadros y altares, unidos por cordonajes rematados por argentados borlones. El altar mayor había desaparecido, cubierto por otro enorme paño de terciopelo, sobre el que se destacaba una gran cruz de ébano, en que agonizaba un Cristo de marfil. En el centro del recinto, ocho candelabros sosteniendo hachones, y ocho soldados de la guardia real, vestidos de blanco, inmóviles como estatuas, daban guardia de honor al cadáver de la princesa Elvira, que, tendida en humilde féretro, dormía en el suelo sobre negros paños cubiertos de flores.
El órgano salmodiaba las graves notas de los oficios de difuntos, y, mezclados con sus voces, oíanse los cantos de los sacerdotes y los gemidos de las mujeres.
Lentamente fuime acercando al lugar donde yacía la muerta, y al fin me hallé ante ella.
Jamás he visto un rostro de una dulzura, de una serenidad y una placidez igual. Sólo la muerte, consagrando la santidad, era capaz de cincelar un rostro así. Destacándose de las sombrías tocas de religiosa, el perfil de una perfección asombrosa tenía, sin embargo, una gran bondad de expresión. La frente era estrecha y ligeramente abombada, la nariz recta y fina, la mejilla enjuta y la boca pálida, de una casta suavidad de líneas. Parecía dormir, y los párpados cerrados tendían sobre la cara la azulada sombra de las largas pestañas. Nada de la equívoca sonrisa de Gioconda, nada de la mueca mitad cruel y mitad burlona, del tenue y apenas perceptible rictus que me obsesionara en los retratos. Por el contrario, una calma tal, una tan bienaventurada paz, que de verla a la luz de la luna en alguna olvidada capilla, con su corrección de perfil y su azulada transparencia, las manos cerúleas cruzadas sobre el pecho, y sus ocho guerreros blancos dándole guardia de honor, tomárala por la yacente estatua de alabastro de una princesa santa.
¡Santa! ¡Era santa! Sólo la santidad era capaz de una tal serenidad de expresión en la muerte. Seguramente, siglos más tarde, en una vitrina de cristal y plata, mostraríase, para edificación de devotos y confusión de incrédulos, el cuerpo incorrupto de la santa princesa Elvira.
Alguien me empujó; una voz me advirtió que era hora de marchar, y, confundido entre la multitud que sollozaba, salí.
IV
Otra vez me vi en el tren. No sé cómo fue; desde el momento en que me arrancaron a mi extática contemplación, viví una vida tan intensa de horror, de alucinación y de locura, lo sobrenatural, lo absurdo, lo quimérico, instalose de tal modo en mi vida, que aun ahora, que han pasado muchos años, recuerdo todo, como al través de un espeso velo, con esa vaguedad escalofriante con que evocamos unos meses pasados en una casa de locos, o las horrendas pesadillas que nos acarrearon las frecuentaciones de los venenos sabios, y mis cabellos se erizan.
Vime, pues, en el tren camino de Rosemburg. Era el departamento una berlina, colocada junto al furgón de equipajes. Al otro extremo del convoy, al lado de la máquina, iba el furgón mortuorio en que, rodeada de luces y flores, dormía la princesa Elvira. En dos coches del tren regio iban el Emperador, rodeado de los príncipes, grandes duques, prelados y altos dignatarios de la Corte. En el resto de los vagones, el Estado Mayor del soberano, los caballeros de San Teodorico, a quienes, según el ceremonial, correspondía llevar el féretro, y más dignatarios, empleados, sacerdotes y militares. El convoy mortuorio caminaba rápido; sólo al pasar por las estaciones refrenaba el paso, para, entre los nobles acordes de las marchas guerreras, tocadas en sordina, desfilar magestuosamente entre las multitudes, que permanecían en pie, aguantando la lluvia, descubiertas las cabezas e inclinados los rostros en un dolor mudo y respetuoso. Al fin llegamos a Rosemburg. Hacía un tiempo de invierno, frío y triste; llovía sin tregua, y el cielo gris, sucio, reflejábase en un mar de zinc. Una gran multitud invadía el andén, presa de inmenso dolor, pero no del silencioso dolor de las otras poblaciones, sino de un dolor ruidoso, violento, agitado por ráfagas de intensa desesperación. Rosemburg adoraba a la santa princesa, y la amargura desconsolada de aquel pueblo decía mejor que nada el historial de sus virtudes.
Habíase organizado el fúnebre cortejo. Cuatro caballeros de San Teodorico, graves, impasibles, con quimérico aspecto de animadas estatuas, avanzaban, tocada la cabeza venerable con el birrete azul, y dejando arrastrar en el barro los largos mantos de lana blanca, caminaban delante, llevando en hombros el féretro, envuelto en un paño de terciopelo negro, bordado con las armas imperiales. Tras ellos, rodeado del alto clero, venía el patriarca de Oriente, revestido de atavíos de una magnificencia insólita, cubierto de bordados de oro y pedrerías. Seguíales un escuadrón de soldados de la Guardia Real, con albos uniformes y argentados cascos, coronados por las sombrías alas de águila. Tocaba el turno luego al viejo Emperador, con uniforme rojo y gris, sobre el que caía patriarcal la nieve de la barba, cercándole los príncipes y los grandes duques, y formando el séquito generales, ministros, magnates. Toda aquella brillante procesión desfilaba lentamente a los heroicos acordes de las marchas guerreras por entre una muchedumbre que sollozaba amargamente.
Seguía lloviendo, y bajo el velo de agua que implacable caía del cielo, la multitud permanecía quieta, inmóvil, rendida de pesar. Eran mujerucas campesinas, flacas y acartonadas, vestidas con los aldeanos atavíos de colorines, y toscos labradores rígidos, dentro de los bastos trajes de fiesta, que contemplaban, entre tristes y embobados, la fastuosa procesión, presidida por los cuatro fantasmagóricos caballeros conduciendo la urna cineraria con los restos de la princesa Elvira. De vez en cuando, sobre la quietud poblada de sollozos, alzábase una voz que gemía:
--¡Ha muerto nuestra madre! ¡Ha muerto la madre de los pobres!
Y un coro de plañideras hacía eco:
--¡Ha muerto la madre de los miserables!
Otras veces era una campesina que se arrojaba al paso del entierro, y arrodillada en el agua y el lodo, intentaba besar los enlutados paños que cubrían la caja mortuoria. Entonces la multitud contagiada, prorrumpía en lamentos:
--¡Ha muerto el amparo de los menesterosos! ¡La paloma blanca ha volado al cielo!
Algunas mujeres se desmayaban; otras, caídas en el suelo, mesábanse los cabellos; algunas, trágicas, alzaban en brazos a sus hijos, y les mostraban el féretro como el destino inexorable. El coro clamaba siempre:
--¡Ha muerto la madre de los desvalidos! ¡La estrella de plata se apagó en los cielos!
Y los himnos heroicos resonaban confundidos con los cantos litúrgicos.