El pecado y la noche

Chapter 6

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Había concluido de anochecer. En el despacho no se oía más que el castañetear de los dientes de Lydia Alcocer, que temblaba. Después, un suspiro de descanso de Claudio Hernández de las Torres, que acababa de darse una inyección de morfina. Al fin Nieves Sigüenza, estirándose con voluptuosidad de gata perversa, murmuró, presa de delicioso terror:

--Me hubiese gustado ver a Guillermo; pero sobre todo conocer a Lady Judith.

Sonó la voz irónica de Gregorito Alsina:

--Lady Judith... ¿Te acuerdas, Claudio, de ella? La conocimos el otoño pasado, con sus perlas y sus encajes, en Venecia, en un té de la princesa Fornarina Pescari. Allí no moría tísica, moría del veneno de Venecia, de una rara fiebre que, embelleciéndola, la mataba poco a poco. Y para eternizar aquella agonía, había encendido el incendio de una pasión que devoraba los últimos chispazos del genio del pobre Gustavo Golderer, el gran pintor alemán.

UNA HORA DE AMOR

I

Donde la Sacerdotisa de Venus empieza a creer en la despoblación del Bosque Sagrado.

¡Tan!... ¡tan!... ¡tan!... El reloj de la cercana iglesia de Santa Cruz desgranó las campanadas de la tercera hora, que, entre el gemir del viento y el gotear del agua, sonaron lúgubres, fatídicas, agoreras.

Llovía a mares. Ni por la calle Mayor, ni por la cercana plaza, transitaba nadie; sólo en la esquina de la calle del Factor, brillaba, mortecino, el farol de un sereno. De tarde en tarde, el vigilante nocturno cambiaba de sitio, y entonces la lucecita corría, temblorosa, con inquietante apariencia de fuego fatuo.

Estrella sintió ganas de llorar. ¡Las tres de la mañana y no se había estrenado aún! ¡Y era el tercer día que regresaba con las manos vacías! ¡Y ama Dolores ya le había advertido que aquello no podía seguir; que su casa no era ningún asilo, sino excelso templo del Amor--a dos pesetas hora--; que no estaba para alimentar pánfilas, ni imágenes mandadas recoger; en una palabra: que aquello no podía continuar. Ahora, parada bajo los soportales, sentía inmenso desaliento, mientras miraba con aire estúpido caer la lluvia, y evocaba la alegre facilidad de los primeros días de galantería, sobre todo antes de su ida al Hospital. Entonces, no había sino mimos y halagos: ¡hasta bata de seda tuvo! Mientras que ahora no quedaba, de tanta belleza, más que escaseces, palabras agrias y malos tratos. En su sensibilidad enteramente animal, sólo apta para el dolor físico, más que las humillaciones y que el sentimiento de su abyección, dolíanla los quebrantos materiales. Ama Dolores había llegado hasta amenazarla, si las cosas seguían así, con echarla a la calle. La idea de perder de vista la mancebía, con su olor a almizcle, que disimulaba mal el hedor de miseria y podredumbre, su lujo de relumbrón, digno a sus ojos de los alcázares de Solimán, el Magnífico, y, sobre todo, aquel tener la comida segura, sin necesidad de preocuparse de buscarla con el trabajo, le aterraba. ¡Recomenzar la vida! Levantarse al amanecer para salir cargada como una bestia a ganar el pan con el sudor de su frente; pasar hambre, frío, sueño... ¡no, y mil veces no! Prefería la vida de animal de amor, acariciada unas veces, maltratada otras, brutalizada las más; pero, al fin y al cabo, sin necesidad de violentar su voluntad.

Su verdadero nombre no era Estrella. Aquel fue el apodo de guerra conque la bautizó ama Manola, cuando, después de cerrado el trato entre la Celestina y Juan Ramón, su hermano de ella, quedó definitivamente adscrita como vestal del Amor en aquel templo de la calle de Tudescos, su primera estancia en el calvario de la liviandad. Respondía la moza al feo, malsonante y nada poético nombre de Robustiana. Su vida había sido una de esas oscuras y tristes vidas, que empiezan en un chamizo, entre gemidos y maldiciones, y acaban en la cárcel o en el hospital. De origen campesino, fue en su casa primero burro de carga, luego lecho de concupiscencia, por donde, entre vahos de alcohol y estallidos de bestialidad, pasaron padre y hermanos; al fin, objeto de rapacidad. Ya en la villa y corte, llegaron los días buenos de tocados abracadabrantes y comidas pantagruélicas; tras ellos, como obligado cortejo, la miseria, la enfermedad y la vejez.

Sobre su fondo puebluno, estúpido, rapaz, temeroso y áspero, la vida canalla de la urbe populosa puso un barniz de procacidad y de descoco.

En otros tiempos, sino guapa, a lo menos tuvo la frescura de las manzanas maduras; después de su ida al hospital, de aquella belleza no quedó nada. Si bien en su cuerpo la gallardía no era, como en Maritornes, contrapeso de la fealdad del resto, pues ni contaba los siete palmos, ni la carga de las espaldas hacíale mirar al suelo, sino al contrario, podía decírsele alta y derecha; en cambio, como la asturiana, era ancha de cara, llena de cogote, y sino _tuerta de un ojo y del otro no muy sana_, faltábale poco, pues de los pasados males quedáronle ambos asaz turbios y pitañosos.

Se había, pues, detenido en la esquina de la calle de San Miguel. Tiritando de frío e intentando defenderse de él, apretando el raído mantón sobre los pechos, que pendían como dos odres vacías, apoyose en una de las columnas que sostienen los soportales, decidida a no moverse hasta encontrar algo. A la menguada luz de los reverberos de gas, destacábase toda la miseria de su figura lamentable. Los cabellos ralos, pegados por la lluvia, brillaban, grasientos, como los de acuática alimaña; en el rostro lívido, desposeído de pintura y afeites por la humedad, los ojos turbios, sin cejas ni pestañas, miraban asustados; el mantón, empapado en agua, ceñíase a las ruinosas formas del cuerpo, moldeando una figura contrahecha de mujer, como esos lienzos mojados en que los escultores envuelven a las estatuas a medio hacer; la falda de percal, llena de agua, pegábase a sus piernas.

Tenía los pies ateridos dentro de los zapatos encharcados, y sentía frío, un frío intenso que le subía a lo largo de las espaldas. Pero no se iría, no se iría por nada del mundo. Había recorrido ya los barrios bajos, los lugares sospechosos, llenos de ladrones y borrachos, expuesta a groserías y malos tratos, y ahora aventurábase por las calles céntricas, desafiando las iras de los policías. ¡Qué le importaba! El caso era no volver así, sola y con las manos vacías, a la presencia de ama Dolores.

Inmóvil, los ojos fijos en el suelo, miraba caer las gotas de agua que, al chocar en los charcos, rompían el quieto cristal en grandes círculos temblorosos. En el reloj sonó el cuarto de las cuatro.

Pasos...

II

En que hace su aparición un caballero, a quien personas duchas en letras tomarían, quizás, por el de la Triste Figura.

En dirección a la de Bailén, bajaba la calle Mayor un hombre. Si Estrella fuese mujer leída (una de esas hetairas que posan de artistas, hacen versos y se saben a Zorrilla--afinidades nominales--de memoria), hubiera tenido un movimiento de asombro al comprobar el gran parecido de aquel buen burgués con el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Pero Estrella era una bestia, ni aun sabía leer, y no estableció concomitancias.

El individuo era alto, anguloso, tan pobre en carnes como rico en osamenta; sus piernas abríanse a modo de gigantesco compás, y sus brazos fingían aspas de molino. Enjuto de rostro, ancho de frente, prominente de mandíbula y terroso de color; sus labios, bajo los chinescos bigotes amarillentos, dibujábanse delgados y blanquecinos, y sus ojos, entre las cejas hirsutas, brillaban con matiz indefinido. Tenía el cabello escaso y cano, tirando a blanco. Un pantalón a cuadros, un gabán café con leche, de tan deficientes proporciones, que hacía pensar en la imposibilidad de encerrar aquel esqueleto en él. Y un pequeño sombrero hongo, ladeado sobre el lado izquierdo y muy echado a la cara, completaban su figura.

La pecadora murmuró, sin esperanza de éxito:

--¡Spch!, ¡spch!, buen mozo.

El no pareció haberla oído, y entonces ella repitió:

--Moreno, buen mozo, ¿vienes?

El hombre se detuvo a cuatro pasos de la prójima, y ella entonces apresurose a acercarse al desconocido cliente que le deparaba la fortuna. Buscó en su repertorio de cortesana callejera la más acariciadora de sus expresiones, y mostrando en una sonrisa la dentadura mellada y verdosa, musitó insinuante:

--¡Anda, moreno, buen mozo, que te voy a dar más gusto!...

El hombre flaco permaneció impertérrito. De sus labios exangües no salió ni una palabra. La tentadora redobló sus esfuerzos:

--¡Anda, bonito, saleroso! ¡_Pa_ mí que nos vamos a dar la gran noche! ¿Quieres?... Anda.

Igual silencio; sólo entre las pestañas grises lució un momento una llamita azulada de alcohol, algo así como los gases que se desprenden en la noche de los cuerpos en estado de podredumbre.

Pero la vendedora de amor no vio nada. El mutismo de su conquista comenzaba a inquietarla. ¿Sería un mudo? ¿Un extranjero? ¿Un policía que se fingía cliente? Estrella habíase cogido de su brazo, y con el cuerpo entero ceñíase a él, tratando de encender el fuego del deseo. Sus vestiduras mojadas adheríanse a las mojadas vestiduras del silencioso individuo, y con voz que, pese a sus esfuerzos para que pareciese dulce, sonó bronca, redobló las ofertas:

--¡Verás! ¡Verás cómo lo vas a pasar! ¡En la vida te has echado a la cara una mujer como yo!

E insensiblemente tiraba de él, que, sin oponer resistencia, se dejaba llevar. Cruzaron la plaza del Conde de Aranda, la calle del Sacramento, y llegaron a la del Conde:

--Aquí es.

Y Estrella empujó a su amado dentro de un sucio y lóbrego portalillo. Luego alzó la cortina de percal de la sala en que, tiradas sobre los desvencijados divanes, dormitaban pesadamente tres o cuatro hembras más, pintarrajeadas y rotas, como abandonadas marionetas, y asomó la cabeza. Se oyó la voz áspera de ama Dolores:

--¡Grandísima cerda! ¿Te parece que?...

Pero al ver al cliente, su mal humor se dulcificó como por ensalmo, y melosamente trató de arreglar su pifia:

--¡_Josús_ me valga! ¡Tú! Usted disimule; pero estaba con _cuidao_. ¡Con la nochecita perra que hace, esta alhaja andando por ahí! ¡Porque es una perla, caballero, una perlita de coral! ¡Se da una maña!...

Estrella descolgó una llave y, seguida de su compañero, encaramose por estrecha escalerilla de altos y crujientes peldaños de madera.

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III

Que cuenta cómo hace su aparición el divino marqués de Sade.

Después de cruzar la sala, pieza vulgar de mancebía pobre, con muebles de reps, cromos chillones en las paredes y cortinas de percal rameado tapando puertas y ventanas, penetraron en la alcoba y Estrella encendió la luz.

El cuarto era frío y triste; las paredes, enyesadas, hallábanse cubiertas de letreros indecentes y pinturas obscenas. Una cama de hierro pintada de negro, tapada por blanca colcha de percal, florida de azul, la ocupaba casi del todo; el resto del ajuar componíanlo un lavabo de latón, sin agua, y una silla, sobre la que descansaba la palmatoria con una vela.

Estrella aproximose a su adorador, y echándole los brazos al cuello le besó en la boca:

--¿Quién te va a querer a ti, saleroso?

A la menguada claridad le examinó. Parecía así, despojado del gabán, aún más flaco y huesudo. Los escasos cabellos, erizados sobre el cráneo color pergamino, partíanse, formando dos cuernecillos diabólicos; entreabríase la boca, negra y cavernosa; los ojos, hundidos en grandes círculos de arrugas, fosforecían con los extraños reflejos de las llamas de azufre, y en el centro del rostro consumido, la nariz inmensa, larguísima, penduliforme, aparecía lívida, teñida solamente en la punta de tenue pincelada de carmín.

Estrella, por primera vez sintió vaga sensación de temor. ¡Bah! ¡Qué más daba aquel u otro!...

--Echate--ordenó él.

La prójima comenzó a desnudarse.

--No hace falta; así estás bien--apresuró el viejo.

Las manos le temblaban y la voz surgía de la garganta ronca, opaca, con extrañas discordancias.

Ella, indiferente, obedeció con pasividad de bestia. Tan sólo desabrochó los botones de la blusa, dejando en libertad los senos, que pendían flácidos, gelatinosos.

El sátiro había saltado junto a ella. Sus manos, unas manos frías, húmedas, de largos dedos, curvos, huesudos, que tenían cierta semejanza con las garras de un ave de rapiña, la palpaban febriles, estrujaban sus pobres carnes, maceradas por el amor, la pellizcaban cruelmente; la boca mordía su cuello, sus senos, sus labios, con ansia furiosa. Al principio, Estrella, llevada de la costumbre, trató de reír; pero pronto la risa huyó de sus labios, y un hondo miedo enseñoreose de ella.

El dejola un momento en reposo, e irguiendo el busto junto a ella, interrogó ansioso:

--¿Me dejas, di, me dejas?

Las palabras sonaban rotas, destempladas, chirriantes, con algo de rugidos de bestia en celo. La cara estaba toda roja, congestionada, filigranada de venas negras; los ojos hinchados, inyectados de sangre, parecían próximos a salirse de las órbitas.

Temblorosa, presa de loca pavura, la infeliz musitó con voz débil:

--¿Qué? ¿Qué quiere? ¡Déjeme ya, por Dios!

Con un timbre extraño, destemplado, en que había gritos contenidos, brutalidades que trepidaban apenas enfrenadas por un resto de voluntad, propuso él:

--Aquí... un cortecito... en el pecho... nada ¡un poco de sangre!

--¡No! ¡No, por Dios!--clamó la prójima, próxima a prorrumpir en gritos de socorro.

--¡Qué te importa! ¡No te haré daño! Un cortecito, uno nada más... Te daré lo que quieras... cinco duros... diez...

Balbuceaba en un paroxismo de lujuria:

--¡No, no!--resistiose Estrella.

--¡Quince!... ¡Veinte duros! ¡Lo que quieras!

¡Veinte duros! ¡Sus deudas con ama Dolores saldadas! ¡Unos días de tranquilidad! Y al fin y al cabo, ¿qué importaba? Un rasguño. Si le hacía daño, pediría socorro. ¡Bah! ¡Más dolía una paliza! Desfalleciendo de terror, pero galvanizada por la codicia, murmuró:

--Bueno. Pero a ver el dinero.

De un brinco púsose él de pie y corrió a su ropa. De los profundos bolsillos extrajo un billete de cien pesetas y un cortaplumas.

La sacerdotisa le vio acercarse a ella espeluznante y grotesco, con su figura de Quijote, sus brazos de aspas y sus largas piernas cubiertas de pelos erizados. Cogió el billete que le tendía, guardole en una media y cerró los ojos.

Sentíale ahora a su lado jadear fatigosamente; después, la sensación de las manos glaciales, que manipulaban con uno de sus senos, y al fin un dolor agudo. Lanzó un grito y, alzando los párpados, fijó sus pupilas en el sitio donde experimentaba el dolor. Del pecho flácido, y por pequeña herida, manaba la sangre en abundancia. Estrella, aterrorizada, quiso levantarse, llamar; pero el monstruo, precipitándose sobre ella, impidiole todo movimiento. Forcejearon; en la lucha, la luz rodó por tierra. Prosiguieron la batalla en las tinieblas. Ella le sentía jadear, profiriendo sonidos guturales, inarticulados. Al fin, en un momento en que flaquearon sus fuerzas, la boca del vampiro adhiriose a la herida y comenzó a chupar la sangre. La vendedora de amor sentía que la sangre manaba en purpúreo surtidor, en chorros, en ríos, en cataratas; que la boca, húmeda y desdentada, le sorbía la vida, y, en un esfuerzo supremo, librose del monstruo, saltó al suelo, abrió la puerta, y descendiendo, presa de invencible pánico, las escaleras, se precipitó a la calle, e inconsciente, semidesnuda, corrió, corrió hasta caer al suelo, rendida de cansancio.

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LA SANTA

I

En la magia lunar, la gran Avenida cubierta de nieve tenía el prestigio de una escenografía teatral. Arriba, el cielo azul oscuro era como un viejo dosel florecido de lises de oro; abajo, los blancos copos tejían un tapiz sobre la tierra y posándose en las desnudas ramas de los árboles, trasformábales en extraños arbustos de alabastro. Otros copos pendían en cristalinas estalactitas de las torrecillas, filigranadas como encajes, de los vetustos palacios, o confundidos con las hojarascas de los ventanales y cresterías, mentían grandes brillantes, que, engastados en el granito, relucían heridos por la pálida claridad de la luna.

A un lado el río, aquel río de balada, ancho, hondo y azul, helado ahora, fingía un largo espejo de plata, cruzado de trecho en trecho por los audaces arcos de algunos puentes: unos, antiguos, con pináculos de peregrina arborescencia, estatuas de santos labradas en gigantescos bloques y barandales de pétrea pesadez, en que monstruos de la fauna imaginaria de los siglos de cruzada se perseguían por entre laberintos de una floración absurda; otros, monumentales puentes modernos con columnatas y pretiles de blanco mármol, que sustentaban famas, esfinges y pegasos de bronce.

Frente al río alzábanse los palacios, toda aquella serie de portentosos edificios que como un anillo de ensueño encerraba la antigua urbe de curtidores y tintoreros, capital antaño del heroico principado de la Corona de Hierro, hoy cabeza del Imperio. Dominaban las viejas residencias históricas, las moradas de los Electores, Madgraves, Burgomaestres y Condes Feudatarios, las Casas de los Gremios, los Monasterios de monjes guerreros--San Teodoredo, San Eurico, Santa Sisebuta--, antiguas habitaciones de la Edad Media, sustentadas por columnas, altas y finas como troncos de un bosque de piedra, con grandes balconajes labrados con minuciosidad y rematados por airosas ojivas, grandes vitrales emplomados, filigranados herrajes y gárgolas, florones, arbotantes y torrecillas de una aérea elegancia de ensueño, y flanqueando las ventanas, nobles escudos, historiados de lanzas, castillos, lises y turbantes, hablaban de las conquistas en Tierra Santa, de las guerras del Sarraceno y de las empresas contra el Turco. Al lado de las vetustas edificaciones, los modernos monumentos--Museos, Bibliotecas, Cámaras Consistoriales, Universidades, Institutos, Academias, Teatros--procuraban imitar en su exuberante decoración la esotérica espiritualidad de las construcciones góticas; pero faltábales la intensa emoción de fe traspuesta, el místico ardor, aquel no sé qué de sobrehumano que infundían los artistas de los siglos medios a su obra, sacrificando a ella su vida entera y dejando prisionera entre sus piedras su alma en pena.

Sin embargo, gracias al sortilegio lunar, todos aquellos edificios entrevistos al través de las trágicas arboledas, desnudas de follaje, de los jardines y del helado sudario de nieve, dormían envueltos en un gran encanto de poesía arcaica.

Caminaba yo rápidamente, gozándome en la soledad que aumentaba el aspecto de ciudad encantada de la gótica urbe. En aquel silencio, mis pasos resonaban crujientes sobre la nieve. Soledad y silencio ponían a veces un estremecimiento en mis espaldas, haciéndome temblar bajo la amplia pelliza que me defendía del frío. En el fondo estaba contento; contento con bienestar de burgués que ha vencido su neurastenia y que, bien abrigado, camina, tras suntuosa cena, en busca del mullido lecho. La verdad era que estaba satisfecho de mi jornada: primero, mi visita al fabuloso palacio de Fernando Augusto; luego, la velada de gala en el teatro Imperial, donde pude contemplar a mi gusto a la familia augusta, lívidos príncipes y a las altivas princesas, marcadas por el sello fatal de los Westfalias. Y evoqué el día entero.

Muy de mañana, y todavía tiritando por el frío y el madrugón, habíame acomodado en el tren que debía llevarme a Rosemburg. Había arrancado el convoy, y, tras de serpentear algunos minutos por nevados campos, habíase precipitado en los túneles que horadaban las enormes montañas, coronadas de eternos hielos. Tras una hora de negruras, de las que apenas si salíamos unos minutos para, en la loca carrera, contemplar cómo se perdía en las nubes la ciudad sagrada, el tren había penetrado en las sombrías selvas en que viven aún las consejas de lobos y de trasgos, de crueles guerreros y doncellas sin fortuna, selvas milenarias en que nunca penetra el sol, y en que las altas siluetas de los pinos fingen los pilares de una gigantesca catedral. Otra hora aún, y de nuevo el tren se lanzó a través de un túnel interminable. Y de pronto, como por arte de tramoya, la decoración cambió, y tras un bosquecillo de palmeras, rodeado de maravillosos jardines, destacose sobre la lámina azul que fingían mar y cielo, un palacete bizantino, flanqueado por escalinatas de mármol, con columnas de jaspe y alabastro, y coronado por doradas cúpulas, que brillaban heridas por el sol. ¡Rosemburg!

Aquel era el palacio de Fernando Augusto, el niño lunático, delicado y endeble como una damisela, que, en un momento de quimera, soñó con emular las magnificencias del Imperio de Oriente. Y, sin embargo, por capricho del destino, aquel príncipe pálido, exangüe y triste, con la irreal apariencia de una gran lis de muerte, había conquistado los vastos estados y había sido el primero en ceñir sus sienes con la corona Santa. Allí estaba su imagen tejida en los fabulosos tapices del castillo, a caballo sobre blanco corcel, prisionero el cuerpo en argentada coraza, en la mano la espada vencedora, ornada la cabeza de lacia guedeja rubia con el laurel y las rosas de la victoria; precedido de fastuosos heraldos, seguido de feroces hombres de guerra; con más apariencia de iluminada doncella libertadora que de joven héroe. El había construido aquel castillo, buscando sol, flores y alegría, incapaz de encerrarse en la ciudad legendaria, perdida en las brumas de las altas mesetas.

¡Rosemburg!

Recorriendo sus salas, ornadas de portentosos mosaicos, donde sobre el fondo de oro, héroes y monstruos, santos y demonios, cantaban la gloria de los Westfalia; visitando el panteón en que el orgullo intentó eternizar la muerte, evocaba yo la historia extraña de aquella familia, desde Wifredo, el fundador, que, nuevo azote de Dios, descendiera de la montaña, seguido de sus bárbaros, una honda en la mano y un puñal entre los dientes, hasta Claudio, el príncipe cruel, vicioso y sanguinario, que en sus incongruencias de loco y sus furores de epiléptico, quiso emular a Nerón, incendiando la ciudad; desde Federico, el Navegante, que murió al frente de sus galeras en batalla con el turco, hasta este otro príncipe nauta, Luis Augusto, que erraba por los mares en su _yacht_ convertido en nuevo buque fantasma; desde Otton, el Monje, que, retirado en su monasterio de la Trapa, rigió, con mano de hierro, el Imperio, hasta la duquesa Eudoxia, histérica e iluminada, encerrada en una casa de salud a raíz de ciertas raras visiones.

Una fatalidad extraña pesaba sobre los Westfalias: era un raro sortilegio que les hacía héroes o locos, santos o criminales; algo anómalo, un desequilibrio que les llevaba a tambalearse entre las cumbres de la gloria y los abismos de la nada.