Chapter 5
Al principio anduve de un lado para otro, sacando fuerzas de mis flaquezas. El ir y venir de empleados que trajinaban por el jardín contribuía a infundirme valor, pero llegó un momento en que se hizo un silencio absoluto. Aún me dominé. Fui a sentarme en el banco entre la dama enlutada y el caballero. Ella gemía quedamente; por el rostro muy pálido resbalaban lágrimas. ¡Bah! ¡Qué tontería! La volví la espalda y entonces mis miradas cayeron sobre mi otro compañero de banco. ¡Era un loco!; su rostro grande y blanco plegábase en absurdas muecas; sus cabellos crespos, peinados con cepillo, se habían erizado, y sus ojos de cristal fosforecían siniestros. Horrorizado, me alcé de allí y caminé a la ventura. Pero el botones me hacía muecas burlonas; los paseantes que permanecían petrificados, como habitantes de una ciudad maldita sorprendida por el fuego, volvían la cabeza a mi paso o tendían la mano para detenerme. Si yo me paraba, volvían a la forzada inmovilidad, pero yo les _sentía_ remover. Entonces me confesé por primera vez que tenía miedo. Desmoralizado por aquella confesión, empecé a vagar de un lado para otro, prisionero de la siniestra mascarada.
Y comenzó para mí espantosa pesadilla.
En mi fuga, y buscando tinieblas absolutas que borraran las figuras alucinantes, había dejado atrás la sala central, y descendiendo por una escalerilla, me encontraba en las cuevas. Allí estaban reproducidas escenas de la corte de Luis XVI y de la Revolución francesa. Primero los días felices, las pastoriles escenas del petit Trianón, el skating de Versalles, las recepciones de Corte. Y era Marie Antoniette, la archiduquesa austriaca, Delfina de Francia, rodeada de sus damas, jugando con corderillos lazados de azul y rosa; y era la misma archiduquesa, cubierta de pieles, los ojos entornados por una voluptuosidad que no se sabía si estribaba en el vértigo de la rapidez o en la apostura del galán, el vizconde de Charny, el infortunado caballero de Tavernay Maison Rouge, que empujaba el trineo.
Eran luego las horas terribles en que una fatalidad cruel llevaba por senderos de frivolidad la tragedia del desenlace. Y venían las extrañas escenas de la cubeta de Mesmer, los experimentos de Cagliostro, las nocturnas escapadas de Versalles, las entrevistas del cardenal de Rohan con Juana de la Motte Valois, las violencias del collar, las aventuras de Monseñor el Conde de Artois. Y eran, en fin, los bárbaros furores del pueblo, el asalto de Versalles, la Conserjería, el Temple... Toda aquella historia de Francia, muy Dumas, que con gente y luz me había parecido casi risible, así, a la débil claridad lunar que se filtraba trabajosamente hasta allí, tenía un espanto de evocación. Los decorados falsos, contrahechos por la falta de espacio, adquirían en la semipenumbra una realidad pasmosa, y los personajes hablaron y me contaron su historia. No eran las historias, picarescas o tristes, jocosas o sangrientas, pero siempre triviales, que narraba el empleado al explicar los grupos a los visitantes. Eran historias amargas, dolorosas; porque no eran la historia vista por el público, sino la historia _verdad_, la que sólo alentó en las almas, la historia _del por qué_ de las cosas. Y la Reina me dijo de su amor por el caballero de Charny, de su alma de mujer, fiera y apasionada, que sentía latir el odio en derredor; Cagliostro me habló de su pasión por la infortunada Andrea de Tavernay, y Juana de la Motte de sus locos anhelos de ambición. Y todos me dijeron cómo entre corderos lazados de raso, embarques para Citerea, juegos de _ecarté_ y sesiones de patines, prepararon el drama. Sólo la Lamballe, insustancial, graciosa, inconsciente, limitábase a mover la cabeza coronada de bucles y enguirnaldada de rosas.
Huyendo de los obsesionantes fantoches, bajé aún algunos escalones y me encontré en lo que representaba las cárceles: prisiones históricas, inquisitoriales, o simplemente modernas celdas, en ellas yacían grandes criminales o grandes mártires. Allí estaban _la Máscara de hierro_, Juana de Arco, Gilles de Rais, Señor de Thiffages, el Marqués de Sade, el Príncipe Don Carlos (hijo de Felipe II), la Voisín, la Marquesa de Brinvilliers, y junto a ellos unos cuantos feroces criminales de relativa actualidad. Yo no sé si la luz llegaba hasta allí o si eran mis ojos alucinados los que me fingían claridad en aquellas lóbregas catacumbas; pero yo _veía_, veía sobre la sórdida miseria de los calabozos las extrañas figuras, que la tristeza y el largo encierro habían demacrado y como traslúcido, cobrar vida para hablar conmigo. Y fue primero el rostro enjuto, los ojos negros, fosforescentes, dominadores, la boca cruel y el gesto elegante bajo la chupa de terciopelo negro, bordada de azabache, del Marqués de Sade; luego la bárbara y altiva brusquedad del señor de Thiffages; más tarde el alucinado fervor de la Pucelle, la amable elegancia de la Voisín o el ademán equívoco de la heroína de la rue de la Lune, y por fin la grosera torpeza de Salvarose, el feroz asesino. Y ellos también me dijeron su secreto. Sade, galante mundano, me habló de la voluptuosidad de ver correr la sangre como un ardiente lacre que sellase el placer, aquel placer más fuerte que su voluntad; Gilles gimió en uno de sus místicos arrebatos todo el horror y toda la delicia de aquellas carnes inocentes que temblaban entre sus manos, mientras en la capilla, de una fastuosidad salomónica, toda recargada de oro y pedrerías, el órgano entonaba el oficio de los Santos Inocentes; la libertadora de Orleans, con su voz de plegaria, narrome sus visiones, y Salvarose bramó aún bestial al recuerdo de sus víctimas. Y en el fondo de todas aquellas vidas, latía la cosa misteriosa y horrenda, el monstruo devorador que para la antigüedad remota fue la voluptuosidad, para la Edad media el pecado y para nosotros es el vicio, el huracán asolador de vidas, el extraño monstruo que yo sentía latir en mis entrañas! Fue una noche de locura, de vértigo; una noche en que a cada instante sentí vacilar mi razón; por la mañana me encontraron yerto, exánime. Llevado a mi hotel declaróseme intensa fiebre cerebral. Repuesto de ella, partí para la India.
--Calló un momento Guillermo. A mi pesar sentíame impresionado por tales historias. El ambiente del salón, el olor a opio y cera, aquel abandono de casa deshabitada, todo contribuía a acrecentar mi obsesión. El parecía fatigado por las evocaciones; al fin, con voz rota, desvalida, prosiguió;--dábase ya en mi vida un fenómeno horrible, capaz de erizar el cabello a cualquiera. Yo temeroso de hacer el vacío en derredor mío, jamás he confesado esto a nadie; pero ahora, seguro ya de saber vivir en la soledad cuando soy dueño del secreto de, en la soledad, poseer a la persona amada, no me importa revelártelo. Una misteriosa fatalidad parecía acompañarme, algo así como una _jettatura_ que pesaba sobre cuantas personas se acercaban a mí. Yo era el manzanillo; mi sombra era fatal. Bastaba que pusiese mi amor, mi cariño o mi amistad en alguien; bastaba que entrase en una casa con una mayor intimidad, para que la desgracia se cerniese inmediatamente sobre ella. Y fueron los tiempos del suicidio de Illana Floriani, la gran actriz; aquel suicidio en el Rhin, que tuvo la magnífica teatralidad de la última escena de una tragedia antigua; de la fuga de Lady Georgina Greem; del asesinato por los terroristas del Gran Duque Sergio; de la ruina fraudulenta de Simeón Róssend, el gran banquero semita, y de la catástrofe automovilista que costó la vida al duque d'Arconville, y de la que yo salí milagrosamente ileso; la época de todos aquellos extraños escándalos mundiales en que yo me veía envuelto, según vosotros, por _snobismo_, en realidad por una fatalidad cruel. Huyendo de ella comencé mi éxodo, y en Ceylán conocí a Lady Judith Woodstons. Ya sabes lo que son esos centros de elegancia mundial donde entre tantas gentes que se curan, por hacer algo, de enfermedades imaginarias, hay algunos verdaderos moribundos que gozan ansiosamente de las postrimerías de la existencia--uno de los encantos de la muerte es dar todo su valor a lo que nos queda de vida, y que los mismos que se aburren cuando creen tener una vida ilimitada por delante, en cuanto ven la muerte a plazo fijo, descubren nuevas delicias al mundo--son verdaderas ferias de vanidades, en que se vive en una perpétua exhibición de joyas, de trajes, de honores y bellezas más o menos auténticas; pues, sin embargo, en cuanto entra en el _hall_ del Indian-Palace, mis ojos se fijaron en Lady Judith y quedé deslumbrado. No es dable imaginar nada más bellamente frágil, más delicado, más sutil y espiritual que aquella criatura. Semicubierta por los toisones de un gran abrigo de raras pieles, aparecía envuelta en un traje de antiguos encajes de Venecia bordados en nácar; un fastuoso collar de perlas resbalaba en nacarado iris sobre el terciopelo del escote y caía hasta las rodillas rematado por gruesos borlones de esmeraldas y brillantes, y, surgiendo de aquellas magnificencias, bajo la cabellera de oro pálido--ese oro que en los cuentos de encantamientos hilan las princesas--, el rostro de fino perfil y óvalo perfecto, y en el rostro los ojos. ¡Los ojos! Eran dos zafiros pálidos que rebrillaban bajo la dorada sombra de las pestañas. Había en ellos algo misterioso y trágico: el dolor de morir. Desde entonces le amé; veíala todos los días, siempre sutil, frágil, quebradiza, cubierta de pieles, de perlas, y de encajes, con no sé qué de irreal, de imaginario. No parecía una criatura humana, sino una de esas evocaciones fantásticas de los ensueños de los paraísos artificiales, la abstracción de un pintor infiltrado por una mezcla de paganismo y misticismo, la tentación de un escultor asceta. En las promiscuidades de hotel no es difícil trabar conocimiento con las gentes, y además Lady Judith no se hacía inabordable; así que a los ocho días había conseguido conocerla, a los quince éramos amigos y algunos después hacíale la corte.
Una noche estábamos solos en la terraza del _Indian_. El cielo era como una inmensa bóveda de zafiro incrustada de brillantes; al través de un bosquecillo de palmeras, divisábase el mar como un encantado espejo que reflejase el cielo. Lady Judith reclinada en la _chaisse longue_, vestida de gruesos encajes de Irlanda sostenidos por lazos de seda azul, tiritaba bajo la amplia pelliza de _renard argente_, haciendo rebrillar el portentoso aderezo de zafiros que ostentaba. Yo la hablaba de amor. Ella parecía escucharme con arrobo, sin atenderme, atenta sólo a la armonía de la voz como atenta estaba a las notas de la orquesta de tzíganes, al rumor de los pájaros en el bosquecillo de palmeras o al lejano murmullo del mar. De improviso, se incorporó: «Le creo a usted sincero y voy a ser leal--habló con su voz cristalina en que vibraba sin embargo un extraño timbre de energía.--No sé si le quiero o no; sé únicamente que no seré nunca suya... suya, ni de nadie--añadió, al sorprender en mi un gesto de amargura.--Quizás le parezca raro en una mujer, mujer de mundo y gran señora por añadidura, esta crudeza. Lo lógico y lo corriente sería que yo flirtease, diese largas, me negara a tiempo... Pero hay una razón para borrar todos estos convencionalismos sociales: la muerte. Me muero y me muero a plazo fijo. Y esta seguridad de morir da un extraño, un imprevisto, valor al tiempo. Para una mujer cualquiera, perder una semana, un mes, un año, no importa nada. Para mí una hora, un minuto, un segundo, tienen un valor extraordinario. ¡Tres meses de vida! ¡Tengo tres meses de vida!...--Hizo la inglesa una pausa.--Si le dijese que no sentía morir, mentiría. Pero segura de que no hay remedio para mí, me he resignado, y entre manchar mi agonía con potingues, fealdades, terrores, o ennoblecerle con todo lo que es bello en el mundo, he preferido esto último. Ya sabe usted el verso
Un bel morire tutta una vida honora
* * *
Una sonrisa triste vagaba por sus labios. Siguió:
--La muerte, sin embargo, es implacable usurera, y esta portentosa belleza mía (cuando le quedan a uno noventa días de vida la modestia es una estupidez) a la muerte se la debo. Así, viéndome sólo en las horas de respiro, en las treguas que la enfermedad me deja, únicamente puede apreciarse el lado bello de las cosas, la trasparencia de nácar de mi cutis, el fulgor de zafiro de mis ojos y estas dos pálidas rosas que se marchitan en mis mejillas. Pero si yo fuese suya, si entre nosotros existiese la intimidad de dos amantes, vería usted también el lado feo de mi mal, y serían los espasmos de amor cortados por golpes de tos, y los besos que sabrían a sangre y a creosota... Además, ¡quién sabe!, yo soy muy fuerte, pero mujer al fin y al cabo, y, quizás interesada en el juego, no tendría valor para acabarlo a tiempo, y asistiría usted al horror de una agonía, agravada aún por las ansias de vivir. Vería usted el desmoronamiento, la descomposición de mi hermosura, y en vez de un bello recuerdo, tendría la sensación de una pesadilla casi repulsiva.
--Comencé a formular un ruego--prosiguió Guillermo dificultosamente--pero ella no me dejó hablar.
--Usted es artista, un grande, único y admirable moldeador y le voy a dar a usted lo que un artista estima más: la belleza. Mi cuerpo será de los gusanos, pero mi belleza será de usted. Moldeeme una estatua; en estos tres meses de vida yo seré su modelo, y así, cuando yo muera, en vez de un recuerdo repulsivo, le quedará, hasta que a su vez le llegue la hora de morir, una imagen de belleza que ni años ni enfermedades podrán borrar. Como las heroínas antiguas, reinaré en su vida después de muerta.
--Y me tendió en señal de pacto una mano blanca y fina, enjoyada como la de un icono.
Guillermo enjugose la frente con el pañuelo y luego con trabajo continuó hablando:
--Tres días después, comenzaron aquellas extrañas sesiones de modelado. En la pesada atmósfera del invernadero convertido en estudio, siempre tendida sobre un lecho de pieles, Lady Judith se ofrecía a mis ojos toda desnuda, con un impudor de diosa, mejor, de marmórea escultura. Yo temblaba de deseo, con un ansia loca de poseerla, de acariciarla, contenido por su amenaza de que al primer gesto aquellas horas habrían acabado irremisiblemente para siempre. Exasperado, presa de una fiebre pasional rayana en el delirio, ensañábame en el trabajo, encontrando un acre placer en perpetuar la maravilla del modelo que nunca sería mío. ¡Y qué modelo! Jamás pintor ni escultor alguno pudo soñar nada más bello que aquella viviente estatua que modelaba la muerte. ¡Nada de mórbidas delgadeces ni de angulosas osamentas; nada de amarillentas palideces ni de agónica viscosidad. Una elegancia insuperable, una maravillosa armonía de línea y de contorno y una piel fina, blanca y aterciopelada...! ¡Su piel! Era tan lechosa y transparente, que algunas veces hacíale semejar una estatua de alabastro iluminada por interior y misteriosa claridad. Luchaba yo por fijar aquellas maravillas, pero como por obra de sortilegio, cada día acrecentábanse más. De hora en hora, parecía espiritualizarse, afinarse, hacerse más sutil y transparente, sin perder jamás la ecuanimidad de su hermosura. Al fin un día di mi obra por concluida. Ya no me faltaban más que los cabellos y los ojos, aquellos cabellos de princesa legendaria y la líquida transparencia que se filtraba por entre las pestañas de oro y que hacía pensar en la serena belleza del cielo reflejada en las aguas de un lago en calma. Lady Judith tuvo una de sus enigmáticas sonrisas.
--Es tarde--murmuró.--Esta es la última sesión.
--Y como yo, desesperado protestase de ver mi obra condenada a quedar sin concluir, añadió:--Me encuentro muy mal. Mi hora se acerca; sé que me muero...--Y como yo intentase atajarla, sin permitírmelo, con un vago tinte de ironía, aseguró:--Tan mal me encuentro, que ya he avisado a mi marido y mañana vendrá con un _yacht_ a recogerme.
«Yo imploré aún:--¡Esos ojos!... ¡ese pelo!...--Sonrió.--Los tendrá usted.
--Pasó un mes. Yo no sabía nada de Lady Woodstons. El _yacht_ seguía anclado en la bahía. Al fin, un día, al salir a la terraza, vi que el barco se hacía a la mar. ¡Lady Judith había muerto! Loco de dolor, me precipité al _hall_ del hotel para informarme de la catástrofe. Allí un _groom_ me entregó un paquete. ¡Su letra! Desfalleciendo de emoción subí a mi cuarto y lo abrí. Había dos cajas. Rompí las cintas que sujetaban la mayor. Allí estaba la maravillosa cabellera de Lady Judith! Un papel rezaba: «mi pelo». Tembloroso abrí la otra: «mis ojos», y vi en el fondo del estuche dos pálidos y admirables zafiros. Con todo ello completé mi estatua, y nuevo Prometeo, me enamoré de ella.
Hizo aún otra pausa nuestro pobre amigo. Estaba tan pálido que temí por un momento que fuera a desmayarse. Al fin, con un gesto enérgico se puso en pie.
--Voy a presentarte a mi Lady.
Les confieso a ustedes que sentí un vago malestar. Todas aquellas historias, agravadas por las tinieblas crepusculares y el fuerte olor a opio y cera, me turbaban. Hubiese querido irme, pero algo más fuerte que mi voluntad me retenía prisionero allí, y con los ojos fijos en la puerta por donde había salido Guillermo, esperé. Al fin apareció en el dintel el escultor, sosteniendo una mujer casi por completo cubierta por un enorme abrigo de chinchilla. Parecía enferma--una de esas irreales enfermas que van a morir a la _corniche_, entre sonrisas, rosas y naranjos en flor--, entregada por completo a su galán.
El gabán sólo dejaba ver la parte alta del rostro en que lucían los ojos admirables y la cabellera de hilado oro, y por debajo del abrigo salía la fastuosa cola de encajes. Lentamente acercose la extraña pareja al diván, y con cuidado exquisito depositó Guillermo su carga en él. Después, con un gesto rápido, nervioso, como si temiese quemarse, abrió la pelliza que cubría la muñeca.
Lancé un grito y me puse de pie. Ante mis ojos, en lugar de la figura admirable que la pureza de la frente, el oro de los cabellos y el luminoso azul de los ojos hacía presentir, acababa de ofrecerse a mi vista algo horrendo, abominable, alucinante. Las mejillas deformadas, los labios mordidos, el cuello destrozado, el escote hendido por las huellas de las uñas que se habían clavado en él; en vez de la admirable estatua que esperaba tenía ante mí una de esas figuras que los inquisidores hallaban en los antros de las brujas medioevales y que quemaban ante el Patriarca de Indias en las hogueras de la plaza Mayor.
Guillermo rió sarcástico y encarose con la estatua:
--¡Ah! ¡Parece que ya no gustáis tanto, Milady! ¡Parece que vuestra belleza está en el ocaso!
Después, dirigiéndose a mí, habló con voz estridente, en que vibraba un odio feroz:
--¿Comprendes? ¡La odio y la amo! Y veo llegar para ella la vejez y el olvido!... ¡Es la liberación!... ¡La batalla! ¿Comprendes? _¡Reinaré en su vida después de muerta! Si ahora me entregase a usted, vería el lado feo de las cosas, y día por día, hora por hora, enrojecería ante sus ojos; mientras que así... así mi belleza le sobrevivirá!..._ ¡Y ha envenenado mi vida para siempre! Si hubiese sido mía, mía una vez siquiera; si hubiese sido mujer, su memoria estaría para mí llena de dulzura; mientras que así, quimérica e impasible, reproduciendo su piel, que para mí no tiene otra realidad que la cera, y sus ojos, que son dos piedras yertas, y sus cabellos, que han adquirido la sequedad de los de las muñecas, la visión perpétua de su desnudo maravilloso me persigue, me obsesiona, aniquila mi vida... ¡Y es la batalla! ¡Ahora es mía! ¡Mía! Aquel amor que en vida le asustaba porque podía marchitar su hermosura, la destroza día por día. Y hora llegará en que, fea y repulsiva, la arroje a un braserillo, donde se derretirá como los endemoniados muñecos que quemaban en las noches de aquelarre. ¡Y ese día, por fin, seré libre y el maleficio estará roto para siempre!
Se había puesto de pie, el pelo erizado y los ojos fuera de las órbitas. En el diván, la figura abandonada parecía mirarle con sus pupilas azules de cristal y sonreír irónica con los labios destrozados a mordiscos.
Hubo una pausa. Nadie hablaba ni se movía. Todos escuchábamos anhelantes la extraña historia de Guillermo Novelda que Gustavo nos contaba. Al fin reanudó el hilo:
--Un año después volví a París. Durante el invierno, el recuerdo de nuestro infortunado amigo me persiguió como un remordimiento. ¡Había hecho mal en dejarle allí solo y abandonado a su extraña locura! Mi deber era haber avisado a su familia... El egoísta que todos llevamos en nosotros salía a mi encuentro con sus fríos razonamientos. ¿A qué familia? Guillermo no tenía sino parientes lejanos a quienes nada importaban sus cosas. Además, ¿con qué derecho iba yo a meterme en sus asuntos? ¿Quién era yo para inmiscuirme en el misterio de aquella vida, revelado a mí en un momento de confianza? Un amigo de azar, un conocido de los salones. Y me había cruzado de brazos. Ya en París, decidí volver a visitar a mi amigo; pero la pereza y una vaga inquietud de perturbar mis nervios con todas aquellas raras historias, me hacían retrasar de día en día mi visita. Además ¡hacía tanto calor! Esto sucedía el verano pasado, y ya recordará usted la temperatura senegalina de que disfrutamos en todas partes, pero sobre todo en París. Por fin, un día hice un esfuerzo, me armé de valor y me encaminé a la rue de l'Université. Desde que pisé la calle, un presentimiento me oprimió. Un grupo no muy numeroso de gente permanecía estacionado precisamente ante la casa de Guillermo. Acerqueme inquieto, e interrogando a unos y otros acabé por averiguar lo que sucedía: iba transcurrido más de un mes sin que el inquilino diese señal de vida. Como era harto misantrópico, al principio a nadie extrañó no verle, pero a la larga concluyeron por inquietarse. Fueron entonces al amo de la casa, el cual, a su vez, acudió allí, y como, pese a sus reiterados llamamientos, nadie abría la puerta, acudió a la Comisaría, y por fin iban a forzar la puerta. Inquieto por la suerte de mi amigo, presintiendo una desgracia, pedí hablar al comisario; presenteme a él, no como amigo, sino como pariente, que, inquieto ante un injustificado silencio, había hecho un viaje exclusivamente para saber a qué atenerse, exhibir documentos, y al fin fui autorizado a acompañar a la justicia en sus indagaciones. La puerta acababa de ser forzada y entramos todos en el zaguán. Un olor nauseabundo nos dio el alto. No era sólo el olor a humedad que percibí la primera vez que pisé aquella casa, era un olor a podredumbre, a carne muerta, agravado de emanaciones de opio y de cera quemada, lo que salía ahora a nuestro encuentro. Al fin, tras un momento de vacilaciones, seguimos avanzando y cruzamos los mismos salones de mi anterior visita, pero aún más lúgubres, más polvorientos, llenos de telas de araña y de cucarachas que corrían ante nuestros pasos. Y el olor hacíase cada vez más intenso y violento, tornando la atmósfera en irrespirable. Los agentes iban abriendo a nuestro paso puertas y ventanas. Al fin llegamos ante la entrada del estudio: el Comisario empujó la puerta y todos retrocedimos un paso helados de horror.
Sobre el diván, semidesnudo, yacía el cadáver de Guillermo, pero el cadáver devorado por ratas y gusanos, el cadáver sin labios ni nariz, con los ojos vacíos y las mejillas descarnadas; el cadáver negro, purulento, en plena fermentación, que estrechaba ferozmente, en una crispación sarcástica de las mandíbulas descarnadas, la figura atrozmente deformada de Lady Judith. El calor y la podredumbre habían fundido absurdamente cera y carne y en la confusa masa pululaban los gusanos. Una larva amarillenta salía de una de las vacías cuencas del cadáver y resbalaba sobre los labios destrozados de la muñeca. Sobre la escalofriante masa zumbaba una nube de moscones. Y desde el fondo de aquella miseria los ojos azules de Lady Judith me miraban burlones.
* * *