Chapter 4
Hablaban del _caso_ de Guillermo Novelda. Lidia Alcocer fue la que sacara la conversación. Ella había amado mucho. En un tiempo, su frágil belleza de muñeca realzada con la estrepitosa elegancia, fue el ornato de los salones. Su gracia, su ingenio, su hermosura, la hizo ser deseada y, piadosa, no supo negarse. El _Club_ entero pasó por sus brazos. No exigía de sus amantes sino una condición: la elegancia. Jóvenes o viejos, altos o bajos, rubios o morenos, chatos o narilargos, a todos sabía encontrarles una gracia especial, un oculto encanto, un chiste, _un no sé qué_... Con lo único que era inexorable era con el _chic_. Y los hombres se la disputaron entre el odio y la saña de las demás mujeres. Hubo desafíos, suicidios, broncas, escándalos. Pero envejeció y los amantes escasearon, fueron menos fieles, menos constantes; entonces la Alcocer entregose en alma y cuerpo al espiritismo. Las cosas misteriosas del más allá la atrajeron con su peligroso encanto y su escalofriante interés, que sacudía sus nervios de _detraquée_ con nuevas emociones. Adoraba las historias de fantasmas y aparecidos y gustaba de contarlas y oírlas contar, sin perjuicio de luego, en la soledad del lecho (¡oh crueldad inexorable de los años!), estremecerse de miedo, y, tapándose la cabeza con las sábanas, santiguarse muy deprisa. Cada vez que moría un amante (cosa que, tratándose de una señora que tuvo tantos, forzosamente tenía que suceder con harta frecuencia), Lidia sufría un ataque de terror ante el miedo de su visita, ataque que sólo se extinguía cuando al correr de los días, el difunto, bien hallado de su nuevo estado, defraudaba las esperanzas de la dama. Pero cuando el espanto de ésta llegó al paroxismo fue cuando el suicidio de Pepe Madariaga. Aunque ella nada tenía que ver, pues las causas fueron el tapete verde, cierto Don Isaías Iscariote que practicaba la usura y una pájara francesa, metiósela en la cabeza ser la razón del drama. Pasó noches atroces en que a cada instante creyó ver la sombra del difunto, y hubo momento en que pensó en la conveniencia de implorar al sereno.
Ahora, como siempre, había sido ella la que en los azares de la charla evocó aquellas cosas. Rodando, rodando la conversación, había llegado a Guillermo Novelda, y Gustavo Mondragón, gran amigo suyo en vida, contaba el sucedido.
--Yo no sé si ustedes se acordarán bien de Guillermo...
--¡No habíamos de acordarnos!--habló Lidia--. Era un artista, músico, literato, pintor, escultor... y, al fin, moldeador de figuras de cera. Todavía recuerdo las palabras con que explicaba su amor a esos muñecos. «El mármol o el bronce--decía el pobre Noveldason demasiado inmutables, y, como tales, se alejan mucho de la naturaleza humana; en cambio, la cera es más dúctil, se transforma insensiblemente, palidece, envejece... Una estatua siempre es un trozo de mármol o de bronce, mientras que una figura de cera, una vez creada, tiene vida, nos acompaña, nos habla en el silencio de la noche, y, sobre todo, sabe escuchar...»
--Sí; Guillermo fue un gran _dilettante_ de todas las artes.
Lidia protestó con vehemencia:
--_Dilettante_ no; un artista, un verdadero artista. En sus obras hay chispazos, llamaradas de genio...
--Justamente--concedió Gustavo, razonando con las palabras de la dama--. Llamaradas, chispazos, pero nada más. Un contraste de color, la ejecución de un trozo al piano, la mueca de un rostro, la crispación de una mano, el detalle de un aguafuerte... Fue un genio fracasado; su obra maestra quedó por hacer. Dejó retazos, fragmentos, bocetos; pero todo incompleto, inacabado. Por eso digo que no fue sino un _dilettante_, genial si ustedes quieren, pero al fin y al cabo nada más que un _dilettante_.
--¿Y las figuras de cera?
--En eso, sí--asintió Mondragón--En las figuras de cera fue un artista único. Ese arte, pueril y complicado a un tiempo, le tentó siempre. Puso en él una inspiración enfermiza, malsana, que rimaba a maravilla con la materia prima.
Lidia Alcocer se estremeció al recuerdo. Casi temerosa, interrogó:
--¿Ustedes llegaron a ver el museo? Yo no le olvidaré nunca. Jamás he visto nada más atroz, más impresionante, que aquella colección de muñecos. Casi todos eran personajes de novela ¡pero con una vida! ¡con una expresión! Había caras monstruosas, deformadas; caras de idiotez, de lujuria, de gula; otras aviesas o amenazadoras; algunas con una expresión de angustia suprema. Cuando me las enseñó estuve mala tres días; luego, soñé con ellas mucho tiempo--. Y añadió a modo de conclusión:--¡Era un gran artista!
Gustavo sostuvo tercamente:
--Un gran _dilettante_.
Nieves terció en defensa del amigo muerto:
--Pues lo que es simpático lo era y de verdad.
--Eso no quiere decir nada. Ya sabe usted la teoría de Oscar Wilde: «El sólo hecho de publicar un libro de sonetos mediocre hace encantadora a una persona. Vive el poema que no supo escribir, así como otros escriben el poema que no supieron vivir». Guillermo vivió el arte que no supo crear.
--¡Qué agradable y qué divertido era!--insinuó la rubia Nora.
_Beni_ adhiriose a la opinión de su amiga:
--Encantador.
Nieves, más psicóloga, dio una opinión complicada, en consonancia con su laberíntica espiritualidad:
--Era muy simpático, con aquella alegría ruidosa, comunicativa, en cuyo fondo había como un yacimiento de amargura, una tristeza un poco irónica, un desdén compasivo para las flaquezas de los demás y para sus propias flaquezas. Y era artista por naturaleza, artista del gesto, de la palabra, de la idea. Poseía el secreto de encontrar belleza en todo, una belleza refinada, quintaesenciada; una belleza de contraste que estaba en sus ojos de él y que sabía hacer sentir a los demás. Parecía superficial; pero lo íntimo de su espíritu...
--Yo, que he ambulado por ahí con él a las altas horas de la noche--interrumpió Gregorito Alsina--, podría hablar mejor que nadie. La verdad, creí que era _posse_, pero su muerte trágica fue la firma que selló la veracidad de todo ello. Guillermo tenía como nadie el arte de saborear la sensación. El analizaba, escrutaba, buscaba el por qué de las cosas, el origen de las ideas, de los deseos y hasta de los impulsos generosos. Era implacable con todos y con todo. Su alma misma complaciose en someterla a cruel autopsia y exponerla luego a la vergüenza. ¡Y en el fondo, qué cruel escepticismo!
Callaron todos un momento, y luego Gustavo reanudó:
--Pues ya se acordarán ustedes que primero le dio por frecuentar los salones, donde le acogieron en palmas. La vida fácil, alada, insustancial; la moral harto elástica y convencional, la frívola perversidad de todas aquellas gentes, le encantaron. Luego sintió la curiosidad de los viajes. Fueron unos viajes en que, según el mismo, no hizo más que buscar el escenario en que vivir sus novelas; viajes incongruentes, en que unas veces aparecía en las misteriosas ciudades del remoto Oriente y otras en las estaciones de moda. Yo casi llegué a creer que dábase esas caminatas por el gusto de epatarnos con una acuarela exuberante de color desde la India, una narración misteriosa desde el viejo Egipto, un cuadro de decadentismo ultramoderno desde la Costa Azul, o una de esas turbadoras aguafuertes de apaches y trotacalles desde París o Londres. Así recorrió la India, China, Persia, Egipto; rehizo el Calvario, buscó las huellas de las ciudades del Pentápolis, soñó con el Templo de Salomón y las magnificencias de Tadmor, y un día...
Y un día desapareció. Por lo menos desapareció para todo el mundo; pero yo, que estaba unido a él por antigua y sincera amistad, aún seguí recibiendo vagas noticias de él. Primero unas postales fantásticas desde Ceylán, unas postales en que me hablaba de triunfos misteriosos, en que decía haber encontrado el Paraíso terrenal; después unos renglones desde París, deslabazados, inconexos, que reflejaban un vencimiento absoluto, un descorazonamiento sin límites, y por fin nada. Cesó toda correspondencia e ignoré su paradero.
Un año después y otoñando en la capital de Francia, supe casualmente sus señas. Al día siguiente me encaminé a visitarle. Vivía al otro lado de los puentes, en una calle del viejo París, junto a la rue de l'Université, que viene a ser al bullicio de los bulevares, por su calma provinciana, su poco tránsito y lo vetusto de las edificaciones, lo que la Plaza del Conde de Aranda a la Puerta del Sol. Caminé un rato entre los altos edificios de piedras grises y uniformes, rasgados por grandes ventanas; en la calle silenciosa resonaban mis pisadas sobre el asfalto; los grandes portones con pesadas aldabas de bronce, permanecían cerrados, mudos y misteriosos, como si guardasen el secreto de otras vidas arcaicas, que permaneciesen estacionadas, y mi imaginación me ofrecía extrañas imágenes, cuadros de la vida que fue. Parecíame que al través de los vidrios de emplomados cuarterones, divisaba viejos estrados _Regencia_ de raso amarillo o verde musgo, con grandes sillones de talla y panzudas consolas, que sostenían bajo fanal un reloj rematado por amorosa escena, y flanqueado por dos jarrones con flores de cera. En el salón había un clavicordio, y una damisela momificada, vestida con pomposas sedas, polvorientas y desvaídas, pasaba por el teclado amarillento sus manos de esqueleto, entonando una romanza sentimental; mientras, un galán, no menos acartonado, aguardaba inclinado hacia ella, para pasar las hojas del papel de música, y en una _bergère_, junto a la chimenea apagada, dormía un viejo caballero de blanca peluca y casaquín bordado.
Por fin tropecé con la casa de mi amigo. Era uno de esos amazacotados y sombríos hoteles, construidos a la moda del reinado de Luis XIV, entre patio y jardín, que sirvieron de morada, a fines del siglo XVIII y principios del XIX, a la aristocracia de la toga. Era pequeño, macizo, con ventanas estrechas, casi siniestro, sin adorno alguno en la fachada. A un lado y por encima de alto muro, divisábanse algunos árboles centenarios, que aumentaban aún el aire de tristeza de la casa. Vacilé un instante, sobrecogido por el aspecto lúgubre de la morada que había ido a elegir Guillermo, y al fin, con súbita decisión, llamé.
Pasó un rato, y cuando comenzaba a desesperar temiendo haberme equivocado, la puerta giró silenciosamente y en el dintel apareció un hombre:
--¡Tú!
--¡Tú!
Era Guillermo en persona. Vestía un pijama a rayas blancas y amarillas, y al primer golpe de vista me pareció demacrado y envejecido. Al verme había esquivado un gesto de sorpresa; pero ahora, dominándose, sonreía forzadamente. No cabía duda, mi presencia allí le sobresaltaba penosamente, como si acabasen de descubrir un secreto que desease tener oculto. Cortado ante la glaciedad de aquella recepción, balbuceé:
--Si te molesta mi visita...
Dueño de sí mismo, halló los tonos de su antigua cordialidad.
--¿Molestarme?... ¡Qué disparate! Ya sabes que te quise siempre... Es que al primer momento tu llegada me ha sorprendido, pues ni remotamente la esperaba.--Y luego animó:--Entra, entra...
Penetré en la morada misteriosa y los batientes de la puerta cochera cerráronse tras de mí. Guillermo explicó:
--Estoy solo, sabes, y por eso te he abierto yo mismo.
El zaguán era grande, lóbrego. Había allí un fuerte olor a humedad, a moho, característico de las viviendas abandonadas. Hacía frío, y mi amigo, tiritando, me propuso:
--Vamos arriba. Todo esto está helado.
La escalera que arrancaba del zaguán partíase al llegar al primer descansillo en dos ramales. Era una escalera señoril, con bóveda de cristales que la suciedad había empañado y oscurecido. Los muros agrietados tenían por todo adorno escudos de armas labrados en yeso, rotos y maltrechos, que alternaban con misteriosas ventanas de cerrados postigos. El pasamanos de terciopelo rojo caíase a pedazos, y sobre los escalones de madera pintados de blanco, que con los años había tomado un tinte crema, veíase la señal de una alfombra que debió de haber en otros tiempos.
A media escalera notó que mi amigo jadeaba; pero como al mirarle con el rabillo del ojo vi pintada en sus labios la misma forzada sonrisa que mostraba los dientes largos y amarillos, no me atreví a decirle nada y seguimos subiendo. Cruzamos dos o tres salones que parecían surgidos allí a la evocación de mis sueños callejeros. Eran los viejos estrados que mi imaginación colocara tras los cerrados postigos; muebles Luis Felipe, de ébano, tapizados de reps granate, verde o azul, grandes, amazacotados, exentos de toda gracia; cómodas de _Boule_, horarios de pesas, cuadros de campestres paisajes, muy mal pintados, muy relamidos, con sus riscos de mazapán y sus corderillos de cartón piedra, y pesados cortinajes, llenaban las estancias, cuadradas, vastas, altas de techo. Sobre todo ello habían caído inexorables los años; los sofaes, rotos, despanzurrados, mostraban el pelote y los desvencijados muelles; los muebles, descascarillados, arrancadas las incrustaciones, yacían rajados, con el mármol partido; los cronómetros, parados en horas misteriosas; los cuadros, cubiertos de polvo, y en el rígido abandono de las cortinas, no sé qué inquietante secreto. De las bóvedas, cubriendo los ángulos y enlazándose con las pesadas lámparas de cristal y bronce, pendían telas de araña. Por todas partes reinaba una semipenumbra temerosa y un acre, violentísimo, olor a humedad.
Guillermo se disculpó:
--Perdona, chico: pero no he tenido tiempo de arreglar la casa y está como la encontré al alquilarla.
Después, abriendo una puerta y dejándome paso murmuró:
--Mi estudio.
El cuarto era mayor que los anteriores. Al través de una vidriera entraba la luz tristona del patio; sólo un rincón parecía haber sido arreglado; allí habían colocado un amplio diván hecho con tapices de Smirna, pieles de oso y de cabra del Thibet, y almohadones de bordadas sedas orientales; junto a él una mesilla de ébano y marfil, y defendiéndolo todo, un biombo de tapicería, sobre el que caía al desgaire antigua capa pluvial de brocado. El resto de la estancia correspondía en decorado y adorno al de lo demás de la casa; pero por todas partes veíanse en revuelta confusión, tiradas, cubiertas de polvo, dejadas de cualquier modo, obras comenzadas en un momento de inspiración, abandonadas luego en el desaliento de una impotencia absoluta. Cuadros empezados y sin concluir; luego estatuas inacabadas, rotas, maltrechas, sin brazos ni cabeza; trozos de cera comenzados a modelar y abandonados luego en una monstruosa deformación, y por fin, sobre la mesa desordenada y polvorienta, cuartillas garrapateadas, libros deshojados... Respirábase allí una atmósfera enrarecida, cargada de humo, de aroma de opio, de perfumes violentos y de ese extraño olor a cera quemada y flores marchitas que se respira en las cámaras mortuorias.
Novelda dejose caer en el diván; parecía aniquilado por el esfuerzo; estaba lívido, jadeaba y sin dejar de tiritar, gruesas gotas de sudor resbalaban por su frente; sus cabellos se pegaban a las sienes y sus manos temblaban levemente. Con un gesto cansado me señaló una butaca. Luego suspiró, sonriendo con la sonrisa dolorosa que ahora parecía no abandonarle nunca:
--¡El amor cansa mucho!
Así el cable y deseoso de provocar una conversación que disipase la glaciedad que había en la atmósfera, echeme a reír bromeando:
--Por eso temí haber llegado en mal momento: que estuvieses con alguien o esperases alguna visita...
Movió la cabeza negativamente:
--Mi amor está siempre conmigo.
Extrañome la frase, pero deseando distraerle y sacudir a mi vez cierta inquietud indefinible que me azoraba, comencé a hablar de unas cosas y otras. Parecía como adormilado, dándome la sensación de que su pensamiento estaba muy lejos de allí. Mientras charlábamos le examinaba disimuladamente; ¡parecía imposible que aquel hombre fuese el mismo Guillermo Novelda que yo conociera antaño, alegre y dicharachero! Bajo la liviana seda del pijama marcábase la osamenta; el rostro demacrado tenía un color plomizo, y los ojos mortecinos brillaban en el fondo de dos profundos surcos amoratados.
Le interrogué a boca de jarro:
--¿Fumas opio? Aquí huele a él.
--A mi _Lady_ le gusta el olor del opio.
¡Otra respuesta cabalística! Tras ella quedamos en silencio largo rato. Guillermo parecía nervioso, inquieto, como si fuese presa de una lucha interior. Al fin, en la resolución del gesto adiviné que acababa de decidirse a algo trascendental. Encarose conmigo:
--Te voy a contar la verdad, toda la verdad.
Sentí una sacudida eléctrica, frío en la raíz del pelo, un temblor que me corría por la espalda. ¿Qué atroz historia iba a escuchar? ¿Qué abismo del corazón humano iba a abrirse ante mis ojos?
--¡Ah, mi historia!--prosiguió Novelda--. Mi historia es algo extraordinario y vulgar, encantador y terrible. ¡Mi historia! Si yo hubiese vivido en la Edad Media puede que la Inquisición me hubiese quemado como poseído, como uno de esos brujos que hechizaban a las gentes clavando una aguja en el corazón de un muñeco de cera y bailando luego ante el Malo en las noches de aquelarre; si tuviese familia, quizás me encerrasen en una casa de salud... y sin embargo, en lo que me sucede no hay nada de extraordinario ni de inexplicable.
Hablaba ahora con calor. Sus ojos brillaban húmedos y pasábase nerviosamente las manos por los cabellos que debían erizársele.
Reanudó:
--¿Te acuerdas de mí en otros tiempos? Yo era el prototipo del hombre feliz: alegre, incansable, dispuesto siempre a divertirme... Todo el mundo (¿para qué falsas modestias?) me encontraba encantador, divertido, insustituible. Un poco _poseur_...
Hizo una pausa, durante la que pareció meditar. Al fin siguió:
--La _pose_... ¿Si yo te dijese mi creencia de que en realidad la _pose_ no existe? La cultivamos más o menos, la combatimos con armas de vulgaridad o la exaltamos con venenos sabios, pero en realidad está en el fondo de nosotros. Es una enfermedad, un desequilibrio, algo trágico o ridículo, pero más fuerte que nuestra voluntad; algo que alienta pese a nosotros, que nos vence, nos arrastra, nos hace estrafalarios, locos o geniales a pesar nuestro.--Excitábase al hablar. Continuó--: Yo, por lo que a mí se refiere, sé decirte que lo que las gentes llamaban mi _pose_ y que yo cultivaba cuidadosamente, era más fuerte que mi menguada voluntad. Siempre he sentido una atracción invencible por el misterio, por la vesania, por el dolor y la muerte. Las cosas inquietantes, los inexplicables fenómenos de que está llena la vida humana, esas escalofriantes coincidencias que nos hacen detenernos ante un hecho imprevisto como ante la puerta de un cuarto en que se guardan no sé qué misteriosos males, me inquietaron, despertaron en mí el anhelo de rasgar el velo de Isis. ¡Ah! ¡Si yo hubiera poseído la caja de Pandora, la hubiese abierto, y luego entre ansioso y aterrado me habría entretenido en contemplar el progreso de todos los males! Recuerdo que de chico la oscuridad me inspiraba infinito terror; pues bien, por un masoquismo moral, extraño en un niño, complacíame en pasar largo rato con los ojos fijos en ella, adivinando la mirada de unos ojos, esos ojos de color indefinido, luminosos e hipnóticos; esos ojos en que brilla la atracción terrible del misterio, la locura, el delirio, la muerte; ojos agoreros de no sé qué secretos horrores. Pues con las cortinas me sucedía igual. Cuando vivíamos en la calle del Sacramento, en el viejo caserón de mis abuelos, tan propicio con sus enormes salas y sus inacabables pasillos, con su cuarto azul y su galería de retratos, a todas las alucinaciones, llegué a sentir como una verdadera inquietud el miedo a los cortinajes. Mi imaginación enfermiza los plegaba en inquietantes formas, ceñialos a invisibles cuerpos, moldeaba absurdos torsos, les hacía temblar en imperceptibles estremecimientos, o los entreabría, mostrando al fondo de oscuras cavidades figuras borrosas imposibles de definir. De vez en cuando, veía surgir de ellos, en la penumbra crepuscular o en el aún más temeroso claroscuro de las lámparas de aceite, una mano negra y peluda o una mano blanca, traslúcida, de dedos largos y descarnados que, parecía llamarme...
--Pues ¿y las figuras de cera?...
Detúvose un momento. Gruesas gotas de sudor resbalaban por su frente. Al fin continuó--: ¡La obsesión de las figuras de cera! Esa la he sentido siempre; creo que de muy niño me perseguía ya con su inquietud, que se traducía en una opresión, en un malestar extraño ante esos muñecos, frívolos al parecer y que, sin embargo, tienen una vida tan misteriosa, tan honda y turbadora. En las ferias, en esos barracones donde exhiben fantoches, me gustaba ir estudiándoles uno a uno; tendía la mano para tocarles, entre asustado y curioso, como hacen otros chicos con los reptiles, y costaba trabajo arrancarme de allí. Luego, hombre ya, cuando descubrí mis disposiciones para la escultura en cera, sentí un gran alivio, algo así como si me quitasen un peso de encima. ¡Era el pretexto conque engañarme a mí mismo! Años después, en Viena, mi rara obsesión resurgió súbitamente. Habíamos recorrido las instalaciones de un parque de recreos establecido en el Pratter, cuando al penetrar en un Grevin admirable que había, sentí otra vez angustia anhelante que se tradujo en un deseo absurdo. ¡Era preciso que pasase una noche allí, entre todos aquellos mudos personajes, cuyas historias nos iba contando pomposamente el cicerone.--Hubo otra pausa.--Nunca--, prosiguió el pobre Guillermo con voz estragada--nunca, por mucho que sea el horror de tu situación, podrás imaginarte nada semejante! Sólo el que herido y tenido por muerto, haya pasado la noche rodeado de cadáveres en un campo de batalla, puede figurarse algo igual. ¡Y aun ése está al aire libre! Oculto por un empleado complaciente a fuerza de oro, vi llegar la noche. Los visitantes desfilaron, el director giró la última ronda y al fin sentí cerrarse las puertas, correrse los cerrojos ¡y me encontré solo, rodeado de los misteriosos personajes! Había luna, y al través de los altos ventanales penetraba una tenue claridad que, una vez acostumbrados los ojos a las relativas tinieblas, bastaba para distinguir los objetos. Entonces, alardeando de un valor que no sentía, giré mi visita _de cumplido_ a mis compañeros de la noche. Allí estaban todos: rígidos, hieráticos, inmóviles, en posturas que durante el día se nos antojaban ridículas, afectadas, cómicas o prosopopéyicas, y que así, en el misterio de la noche, tenían no sé qué prestigio de una sinceridad casi dolorosa. Allí estaban, en el _hall_ central, de pie o sentados en los bancos, parados o en actitud de romper a andar, espectadores todos de la ceremonia de ungir el Papa, Emperador a Napoleón, que las figuras centrales reproducían, damas y caballeros que en la fantasmagoría lunar eran herméticos e inquietantes; allí estaban el _chasseur_ que tiende perpetuamente un programa a los visitantes, el caballero que se ha dormido, la enlutada triste...