El pecado y la noche

Chapter 3

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En pie, junto a la mesa de billar, la duquesa de Lorena escuchaba risueña, reverberando en el esplendor de su distinción suprema. Era una belleza del norte, fría y dura, que por su boda con el duque de Lorena había venido a ocupar uno de los primeros puestos en la sociedad madrileña, ciñendo sus sienes, que en lejano país de brumas oprimiera la diadema de los Príncipes mediatizados, con los ducales florones de los Grandes de España. Tenía un aire portentoso, una elegancia señoril que se reflejaba en sus menores gestos, una nobleza innata, inimitable. Su perfil correcto, enérgico, sus ojos dominadores y sus labios desdeñosos, aislábanla en una impenetrabilidad de diosa. El cabello castaño caía sobre la frente en abundantes rizos, que escalonándose por la cabeza, concluían en la nuca alabastrina en catarata de pequeños bucles; el seno blanco, nevado, emergiendo del cuadrado escote del vestido, servía de estuche a soberbio collar de perlas negras; el corpiño de raso corinto oprimía el talle inverosímil, y mientras por delante formaba largo pico sobre el delantal de terciopelo, de igual color que el vestido, bordado en dorados vidrios, por detrás formaba graciosas aldetas que caían sobre los pomposos _petits motives_ de raso, sostenidos, primero por el oculto polisón, luego por grandes golpes de abalorios, y acabados por fin en larga cola redonda, pomposa, frufruante, prendida a la enagua de almidonados encajes por grandes lazos de seda. Y completando el conjunto, tenía brazos de estatua, que enfundados hasta el codo en las estrechas mangas, ocultábanse luego en largos guantes de Grecia; y poco más allá, y compartiendo su atención entre las historias y las tonterías que murmuraba a su oído Fernando Román, Julia Rialta, morena, graciosa, vivaracha, más morena aún en el traje de gro rosa con grandes _poufs_ lazados de terciopelo negro, triunfaba en su castiza gracia de madrileña neta. Junto a ella, Felisa Zamora sonreía, sonreía siempre con su eterna sonrisa estereotipada, contenta de su belleza de Ofelia, de sus cabellos de oro pálido, que, tras partirse en dos rizos sobre la frente, formaban gruesa trenza en torno a la cabeza; de sus ojos cándidos, azules de cielo; de su blancura maravillosa de nardo, que lucía entre el tul celeste del escote, en forma de corazón, y de su talle inverosímil. Era tonta, con tontería inofensiva de grabado de modas; ahora mismo, mientras los demás hablaban, ella estaba pendiente de no descomponer los frágiles pompones de pálido matiz azulado, que sostenidos sobre la falda de pequeños volantes por guirnaldas de rosas salvajes, constituían la obra más elegante que salió jamás de las manos de Worth.

En contraste con ella, toda malicia, gracia e inteligencia, la baronesa de Montevideo, sentada en un _puf_ turco, vestida toda de raso coral con guiones de terciopelo azul; menuda, frágil, los ojos verdes de gata, y el pelo de oro rabioso subrayaba los equívocos con risitas burlonas o hacía comentarios cortantes como filos de cuchillo, y daba empujones con el codo a Escipión Cimarra, que pretendía compartir el asiento con ella.

La Witiza se sintió anonadada. ¡No podía salir! Y las cosas tomaban cada vez peor cariz. Ahora habían dejado a un lado las historias burlescas y tocábale el turno a las narraciones truculentas. El marqués viudo de Casa Guzmán contaba cosas horribles, misteriosos hechos, fenómenos de transformación, raros caprichos de la Naturaleza; descubría monstruos humanos, casos de locura... La conversación despeñábase por los abismos de la pesadilla, y como en los cuadros de Bosco o en las aguas fuertes de Goya, iban y venían en raras zarabandas seres absurdos, criaturas híbridas, que se contorsionaban saliendo de lo grotesco para entrar en los linderos de lo doloroso.

Doña Recareda no pudo resistir más, y poniéndose en pie se despidió de la condesa:

--Yo me voy.

--¿Pero ha venido ya Rosendo--Rosendo era un viejo servidor de la Witiza--a buscarte?--interrogó la dama cariñosamente.

Habíase dado perfecta cuenta del malestar de su amiga; si hubiese habido menos gente, hubiese intentado cortar la conversación; pero con la casa llena era punto menos que imposible. Además, no la gustaba actuar de _dómine_, y mientras permaneciesen en los límites que marca la buena educación, prefería dejarles en libertad de desbarrar.

Doña Recareda mintió por primera vez en su vida:

--Sí, ya me han avisado.

--Pues no he oído nada--murmuró extrañada la dama.

Cruzó la vieja el salón haciendo equilibrios para no pisar las colas que se abrían en insolentes abanicos, y repartiendo reverencias, que la Montevideo calificó burlescamente de _reverencias para uso de artista pedicure en Versalles_, llegó al fin a la antesala, fría y destartaladota, adornada con dos o tres reposteros y algunos bancos. Allí esperaría. ¿Que estaban los criados? ¡Bah! Eran viejos servidores respetuosos, que la conocían bien y la rendirían pleitesía y que seguramente no contarían cuentos verdes delante de ella. Pero ¡sí, sí! ¡No contaba con la huéspeda! Para evitar a las señoras la molestia del humo y para hablar con más libertad, habíanse salido allí unos cuantos muchachos a fumar un cigarro, y en cuanto la vieron rodeáronla con afectuosas cuchufletas. Desesperada la infeliz, decidió partir, aunque hubiese de esperar en la escalera la llegada de su criado, y zafándose de sus manos, salió.

Estaba de Dios que en ninguna parte pasase tranquila aquella infausta noche. Como a los viejos Padres del desierto, Satanás entreteníase en ponerle a cada paso, ante los ojos, un cuadro de disolución o una imagen de pecado. En el último descansillo de la escalera, Petra Galván hablaba con Gaspar Monóvar, y el calor con que discutían y la distancia que les separaba no eran precisamente los exigidos por el recato. Doña Recareda Witiza creyó que su sola presencia tendría la virtud de separarles y hacerles tornar a los senderos del bien; pero se equivocó. La Galván limitose a alzar sobre sus hombros, iluminados por los fulgores de soberbio collar de esmeraldas, la amplia capa de seda blanca, forrada de albas pieles de cabra del Tibet, y dando un puntapié a la cola de terciopelo café, forrada de raso café con leche y bordada en cuentas de colores, siguió hablando como si tal cosa con el apuesto húsar, que a su vez limitose a pasar una mano acariciadora por la sedosa barba negra, partida por raya central.

Después de poner su pensamiento en Dios, la buena señora tomó una resolución heroica. Se helaría en el portal, pero prefería cualquier cosa a la contemplación de tales vergüenzas. Abrió la puerta y... estuvo a punto de desmayarse. En el amplio zaguán, enarenado, bajo la vacilante luz del farol central, los cocheros y lacayos, con sus gorras de visera y sus capotones oscuros, cubiertos por siete esclavinas de vivos chillones--el amarillo, el rojo, el verde de la heráldica de librea--hablaban, y lo que es peor, retozaban con retozos de faunos salvajes con cuatro o cinco ninfas callejeras, que entre pellizcos, achuchones y encontronazos, reían, aullaban y barbarizaban. ¡La apocalipsis! ¡Y para eso Dios había redimido al género humano! Indudablemente el fuego del cielo volvería a caer para arrasar tanto pecado como antaño cayó sobre las urbes malditas. ¡Las ciudades de Pentápolis quedaban en mantillas ante tanto vicio triunfante! Pero mientras las divinas llamas venían a purificar el fango, el ángel que había de ser guía del justo (encarnado ahora en la vulgar figura de Rosendo) no llegaba, y Doña Recareda decidió irse sola. ¡Todo menos quedarse allí! Santiguose mentalmente, y como quien en los horrores de un naufragio se echa al agua, lanzose a la calle.

Deprisa, muy deprisa, con andares hombrunos, subió la calle de Segovia. Por aquel camino, cruzando la de la Pasa, la Plaza del Conde de Barajas y la Escalinata, en un momento estaba en la Plaza Mayor, y de allí al Postigo de San Martín, donde vivía, no había más que un paso. El camino érale harto conocido, y lo modesto de su atavío la ayudaba a pasar desapercibida, de modo que, fuera de los encuentros con las nocturnas palomas y con algún rezagado borracho, nada había que temer.

En Puerta Cerrada respiró. Pese al valor que procuraba infundirse repitiendo a cada paso y como entreacto a las oraciones que rumiaba para impetrar auxilio de la Providencia frases alentadoras: «Estoy a un paso de casa». «En dos minutos estoy en mi calle». «A lo mejor me tropiezo con Rosendo». Iba temblorosa y llena de pavura. Las extrañas historias oídas en casa de la condesa bullían en su cerebro, poblando su imaginación de raros monstruos. Las escenas más absurdas--escenas de Sabat en que se mezclaba lo lúbrico y lo terrible--aparecíanse ante ella con una claridad de linterna mágica. Como las monjas poseídas por el _Malo_ de la Edad Media, veía poblarse la noche de seres absurdos, inclasificables, dotados de los más extraños e indescriptibles atributos. Y los monstruos enlazábanse y desenlazábanse en nunca vistas combinaciones, hacían muecas lascivas o burlonas, tejían guirnaldas de cuerpos deformes, y entre aullidos y risotadas, que sonaban alucinantes en sus oídos, se desvanecían en las tinieblas.

Apretó el paso, y cruzando rápida el callejón de la Pasa, llegó a la Plaza del Conde de Barajas. Al desembocar en ella sintió una impresión de inmensidad o de vacío y se detuvo con el corazón oprimido por súbita angustia. Parecíale hallarse ante un precipicio sin fondo, abismo de negruras o enorme lago de quietas aguas turbias y verdosas; o mejor aún, haber llegado a la inmensa plaza de una ciudad muerta, donde no quedaban ni vestigios de la vida remota que en ella debió haber antaño. La atmósfera transparente y fría y el cielo de una serenidad polar, contribuían a la sensación de soledad y quietud mortuorias. Dominose; santiguándose cruzó la pequeña explanada y tomó la calle de Cuchilleros. Helada de espanto tornó a pararse. Ahora escuchaba tras de ella pisadas, pero no unas pisadas vulgares, sino unas pisadas opacas, silenciosas, pisadas de orangután, de secubo o de personaje felino. Permaneció quieta, sin atreverse ni aun a respirar; pero como nada sucedía y las pisadas parecían haber cesado, hizo un esfuerzo y miró atrás. Nada. Riose de su miedo y continuó la ruta.

En los escalones que suben a la Plaza Mayor dormían, hacinados, miserables trotacalles, golfos y pordioseros. Entre los montones de andrajos surgían de vez en cuando caras barbudas, enjutas, amarillentas, dignas de los viejos mendigos de Rivera; deformes rostros de goyescas zurcidoras de gustos, trágicas caretas pintarreadas de vendedoras de amor. Parecía aquello los despojos de un campo donde en una noche de aquelarre se hubiese librado una batalla. Un hedor a suciedad y miseria flotaba sobre los durmientes, apestando el aire. Y, sin embargo, Doña Recareda Witiza respiró satisfecha. Se encontraba más segura allí que en la soledad de la noche, perseguida por los trasgos evocados en las fatales conversaciones de casa de su amiga.

Al desembocar en la Plaza Mayor y cuando ya casi se conceptuaba segura, tropezó con un grupo de mozas del partido que se dejaban conquistar por unos arrieros. Trató de esquivarles y ellas, que notaron la maniobra, empezaron a lapidarla con groseras cuchufletas. Huyendo de la rociada, la dama cruzó a los jardinillos. Allí la luz era más escasa; los faroles, con sus temblorosos mecheros, no bastaban a disipar las tinieblas, y árboles y arbustos adquirían apariencias fantasmagóricas. La Witiza redobló el paso; de pronto surgieron ante ella tres hombres. Vestían a la moda chulesca: de ancho sombrero y capa uno de ellos, a cuerpo, con altas gorras de seda que dejaban escapar los tufos peinados en persianas sobre las sienes, los otros dos. Debían de ser borrachos, por cuanto despedían un olor a vinazo que tiraba de espaldas. Uno de los tres, el de la capa y el sombrero cordobés, cortola el paso, y plantándose ante ella, saludó jacarandoso:

--¡Olé las mujeres!

Doña Recareda, dando un rodeo, procuró zafarse; pero cuando ya lo conseguía, los otros dos la cogieron por las faldas:

--¿Desprecios? ¡Recontra con la señora! A nosotros no nos desprecia _naide_ ¿está usté?

Indignada y aterrada a un tiempo, conminó:

--¡Suéltenme ustedes!

El vozarrón hombruno sonó más bronco y áspero que nunca.

Ellos parecieron ligeramente desconcertados. El más entero de los tres sacó una caja de cerillas, y encendiendo una con no poco trabajo, la aproximó al rostro de la asustada señora.

Un triple juramento, bárbaro, grosero, salió de las tres bocas:

--¡Remonche, si es un tío!

Aprovechando el primer momento de asombro, la Witiza consiguió librarse de ellos y echó a correr con toda la fuerza de sus piernas; pero pasada la sorpresa, los otros, con el tesón y la tozuda pesadez de los borrachos, echaron tras ella gritando:

--¡A ese! ¡A ese!

Al estrépito de los gritos y carreras, las prójimas y sus adoradores lanzáronse también a la persecución de Doña Recareda, y al fin consiguieron detenerla en el momento en que jadeante, próxima a desmayarse, se había detenido. Todos la interrogaron a la vez:

--¿Pero qué pasa?

--¿Qué, _lan querío robá_?

--¿Los _guindas_?

Con palabra entrecortada, comenzó:

--Es que... que...

Pero llegaban sus perseguidores:

--¡Que es un tío que anda disfrazada de mujer!

El grupo prensose curiosamente en torno de la infeliz. Seis o siete voces distintas formularon otras tantas preguntas:

--¿Un ladrón?

--¿Un alcahuete?

--¿Un guasa viva!

-¿Un...

--¡Un tío faroles que anda buscándole tres patas al caballo de bronce!

--¡Soy una señora, y hagan el favor de dejarme en paz!

El vozarrón sonó bronco, áspero. Uno imitó el rugido de un trombón. Otro anunció con cavernoso sonido:

--¡Paso! ¡Paso, que es doña Trueno!

Aunque tarde, comprendió que su voz empeoraba la situación, y trató de dulcificar el tono, consiguiendo sólo aflautarla:

--¡Déjenme, por Dios! Soy una señora...

Una voz de tiple gimió burlona.

--¡Ay, mamá, que me comen, que me comen!

Y otra, también con relamido acento:

--¡Ay, Jesús!

Trató de imponérseles:

--O me dejan o llamo.

Pero sus enemigos encendían cerillas y estudiaban su rostro hombruno, adornado de barba y bigote.

--¡Es un hombre!

--¡Un tío!

--¡Ladrón¡ ¡gorrino!

--¡Asqueroso!

Las mujeres eran las más indignadas. Convertidas en furibundas arpías, azuzaban a los hombres:

--¡Arrastrarle!

--¡Matarle!

--¡A darle una paliza que lo deslome!

Enloquecida de miedo, gemía:

--¡Soy una señora! ¡Por Dios! ¡Por Dios!

Una de las hembras tuvo una idea luminosa:

--¡A verlo! ¡Desnudarle!

Diez manos audaces se posaron en ella para consumar el sacrificio; pero atraídos por el escándalo, acudían ya el sereno y unos guardias:

--¡A ver si _sus llevamos_ a la Delegación! ¿Qué _escándalo_ es este?

Todos quisieron explicar a la autoridad su acción vindicadora:

--Es que...

--El tío este...

--Nosotros...

Una, más expedita, narró el suceso:

--Es un tío marrano que anda con faldas.

Doña Recareda, casi sin fuerzas ya, protestó débilmente:

--¡Soy una señora!

Pero el vigilante nocturno, escamado por la voz de bajo profundo, había aplicado la luz al velludo rostro y lanzaba una exclamación:

--¡Pues sí que es un _tiu_!--Y como ella aún intentase un postrer esfuerzo...--¡Hala para allá; en la Delegación _veremus_!

En aquella crisis de espanto, algo absurdo, inaudito, sucedió en el cerebro de la infeliz señora. Las historias oídas cobraron realidad; los monstruos quiméricos se animaron con calenturienta vida. Ella no era Doña Recareda Witiza, la honesta y noble dama, era uno de aquellos seres ambiguos, insexuados, híbridos, de la fábula. Y de pronto se irguió, y con los ojos fulgurantes como los de una iluminada, apostrofó a sus sayones:

--¡Atrás, canallas! ¡Yo soy la hija de Hermes, hijo del Cielo y de la Noche, y de la divina Afrodita, hija de Urano y el Mar! ¡Soy Hermafrodita!

Y cerrando los ojos rodó por tierra.

FICHAS ANTROPOMETRICAS

EL HOMBRE DE LA MUÑECA EXTRAÑA

--La fábula de Prometeo creando la estatua e infundiéndole vida. Pero esta vez animándola no con el fuego del cielo, sino con llamas robadas qué sé yo dónde, creo que al mismísimo infierno, a Satanás en persona; un fuego maldito de locura, de pecado, de horror; en fin, algo escalofriante, terrible, ultramoderno...

--¿Poe?

--No. Poe es demasiado metafísico y la historia de Guillermo Novelda es más pedestre; no hay nada que no sea explicable, fácil, comprensible; pero al mismo tiempo se unen de tal modo en ella la locura, el vicio y el miedo, que llegan a un paroxismo de horror alucinante.

--Vamos, como en Teresa Raquin.

--No, tampoco; Zola resulta excesivamente sucio y no tiene el instinto de la estética. La muerte de Guillermo es algo tan tremendo, tan trágico, que sin querer hace pensar en los poseídos del demonio. Justamente, eso fue él, un poseído del demonio de la lujuria. Quiso asomarse al abismo en que el monstruo de los cien tentáculos dormía, bajar al fondo del mar para contemplar la sepulta ciudad de Is y quedó prisionero para siempre. Tuvo una hora de supremo goce, y luego fue resbalando hasta caer en la muerte.

Nos habíamos reunido en el despacho de Gustavo Mondragón, a pretexto de tomar una taza de té y charlar, unas cuantas damas y algunos amigos, enfermos todos de literatura.

Anochecía. Fuera, entre hilos de lluvia que caían con monotonía abrumadora, finaba el crepúsculo de un día invernal, frío, gris y tristón, en que el cielo plomizo se reflejaba en los grandes charcos de la calle. Dentro, una penumbra temerosa iba invadiendo los rincones.

El despacho era el de un artista, el de un refinado, quizás el de un decadente, pero sobrio, sencillo, sin estrafalarias suntuosidades de novela. Nada de emular las magnificencias de Bizancio, ni los estéticos alardes de Corte de los Médicis, ni siquiera las, elegancias del XVIII francés; menos aún uno de esos rebuscados y artificiosos decorados del snobismo moderno; limitábase a ser grande, alto de techo, con amplio ventanal sobre un jardín vulgar. Damasco verde oscuro cubría los muros; los muebles eran ingleses, de cuero; en un rincón, un gran diván de damasco agobiado de almohadones, hechos con viejos brocados; dos bibliotecas de caoba y bronce encerraban libros de Poe, de Baudelaire, de Wilde, de Essebacc, de D'Anunzio, de Moreas, de Rollinat, Lorraine, Rodenbach, Verlaine, Rossetti, Ekheold, Rachilde--la flor y nata del decadentismo--, con raras encuadernaciones; sobre las librerías, por cima de la chimenea del escritorio y de las mesillas volantes que llenaban la habitación, veíanse retratos de aristocráticas damas, de actrices, de aventureras, de mujeres famosas en el mundo de la galantería, de tenores, de grandes artistas, de literatos, de toreros, de acróbatas, con pomposas dedicatorias o extrañas fórmulas; mezclados con ellos algunas armas antiguas--dagas de puño enjoyado y puñales cuya adamasquinada hoja triangular se hundía entre las páginas de un libro--y algunos barros y porcelanas antiguos, y, por fin, sobre el damasco de los muros y pendientes de largos cordones de seda, unas cuantas acuarelas y algunas aguafuertes. Nada de Moreau, ni de Goya, ni de Durero; por el contrario, eran obras de principiantes, obras ingenuas, demasiado brillantes de color o sombrías con exceso, pero en que la fantasía, exaltada por cierto perverso intelectualismo y sin el freno aún de la experiencia y del temor a los juicios del mundo, galopaba por campos de quimera. «Las tres ciudades del pecado», «Salomé, Belkis y Cleopatra», unos interiores de mancebía muy goyescos, algunos personajes mitológicos--Gaminedes, Narciso, Hermafrodita--interpretados de un modo ambiguo, y unas imágenes alucinantes de brevario medioeval.

Sobre aquel fondo propicio, destacábanse las figuras actuales. En primer lugar, Lidia Alcocer y Nieves Sigüenza, presidiendo la asamblea, sentadas en el diván; en torno a ellas las demás.

Lidia Alcocer era una belleza provocativa. Sin ser exuberante, más que moldeada podíasele decir repujada en el traje de terciopelo negro muy llamativo, muy cocotesco, con demasiadas pieles y demasiados encajes. El rostro absurdamente maquillado era excesivamente blanco, excesivamente rosa, tenía ojeras azules con exceso y labios que sangraban exageradamente embadurnados de pintura. El pelo teñido de rubio oro (_blond d'or, goold watter_) rizábase artificialmente bajo la toca empenachada de enormes plumas. Aunque frisaba en los cuarenta, en extravagante contraste con aquel rostro de cortesana de Alejandría vestida a la moda de París, poseía dos ojos de mirada cándida, luminosa y azul, que sabían mirar con ternura apasionada.

Nieves Sigüenza encarnaba otra modalidad femenina. Firme también de líneas, pero más mujer y menos muñeca, era mimosa, ondulante, gatuna. Tenía un rostro inquietante que destacábase a modo de careta de alabastro azulado, traslúcida, bajo una cabellera de ébano tallado en grandes bucles, y en contraste absurdo, como puestos en aquella máscara de Pierrot por el capricho de un artista atrabiliario, unos labios rojos, gruesos, golosos y sensuales, reían provocativos, y engarzados en dos levísimos trozos de azabache que fingían las pestañas, dos tostados topacios de cábala lucían a modo de pupilas. Por fin, completaban la extraña incongruencia, un lunar de terciopelo que se destacaba frívolo y galante sobre el libor de la trágica mascarilla. Más complicada y erudita, el amor era para ella un espejismo de sus secretos ensueños, y sabía hacer de cualquier coqueteo vulgar un idilio de Teócrito, y de la más prosaica aventura de encrucijada una historia de Poe o un cuento de Lorrain.

Frente a ellas, sentada en un sillón, las manos cerúleas cruzadas sobre el regazo y los ojos azules perdidos en la vaguedad de un ensueño, Nora Halm, una noruega de abombada frente y rubias trenzas de Gretchen de balada, que peinaba formando dos rodetes sobre las orejas, escuchaba con atención meditativa. Muy mujer, un poco sentimental, poseía, en contraposición con la exuberancia de las otras, una alegría serena, un callado arte de saborear la vida, aprendido en los interminables inviernos pasados en la mortuoria tristeza de los _fiords_.

Junto a ella, _Beni_ Rosal fumaba cigarrillos turcos, y de vez en cuando reía con su risa seriecita de _buen chico_. Aquella muchacha con el pelo corto, peinado en raya, el rostro fino, un poco alargado, el atavío sastre y el alto cuello almidonado, tenía una _allure_ muy varonil, que subrayaba con la brusquedad del gesto y cierta dejadez masculina.

Eran los demás contertulios, Pepito Montesa, un pintor adolescente que tenía el gesto rígido, de esas figuras etruscas que ilustran los vasos encontrados en las excavaciones; el conde de Medina la Vieja, _el señor Heliogábalo_, siempre con su inquietante apariencia de personaje de ultratumba invitado a una fiesta de espíritus; Julito Calabrés, abracadabrante en su atavío _fasshionable_, y Jaime Sigüenza y Gregorito Alsina.