El pecado y la noche

Chapter 2

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--¡Qué van a mirar estos ojitos de sol al banderillero, teniendo al matador _mochales_ por ellos! ¿Verdad, lucero?--e inclinándose hacia ella, intentó robar un beso a los labios de grana.

Pero Nieves, echándose hacia atrás rápidamente, rehuyó la caricia, y ni corta ni perezosa le plantó una bofetada:

--¡Quieto!

La _Vinagre_ rió con cruel satisfacción:

--¡Anda! ¡_Pa_ que te metas con señoronas!

Los demás, conociendo la saña feroz del torero, aquella ira blanca que hervía en él, sobre todo cuando tenía los nervios excitados por el alcohol, le miraron temerosos; pero _Joselete_ pareció echarlo a broma:

--¡Mozo! ¡Vino!--Y siguió como si tal cosa. Sólo en los ojos había una luz maligna, cruel.

Ahora era Jimmi el que se defendía de las mujeres:

--¡Basta de besos, que no soy el Niño de la Bola!

--¡Pero te quiero! ¡Te quiero, mi negro!--Musitaba la _Ansiosa_ con suspiros que levantaban con sacudidas volcánicas la enorme pechera.

--¡Ay, nene! ¡Qué rico eres!--Y la Pilar le besaba anhelante.

Seguía la juerga. La _Pechuguita_ se había arrancado con una copla; los chulos palmoteaban, y el peligro parecía conjurado. Pero Nieves, incapaz de estarse quieta, deseosa de emociones fuertes, no dejaba dormir a las fieras. Habíase encarado con el _Marrón_, que echado hacia atrás en la silla, apoyada en la pared, el cordobés a la nuca, los cabellos pegoteados a la frente por el sudor, desabrochado el chaleco y el rostro abotargado, dormitaba la borrachera, y esbozando una caricia pasole la mano por la cara e interrogó:

--¿Y tú, chotillo? ¡A ver si no te duermes!

El picador, despierto por el contacto de la piel perfumada, suave y sedeña, lanzó un mugido de toro satisfecho y aprisionó el brazo. Comenzó a cubrir de besos ansiosos los finos dedos y luego la palma de la mano. Nieves le dejaba hacer risueña. Pero él, enardecido, seguía subiendo, paseando por el brazo los gruesos labios. Entonces ella quiso arrancarle la presa, pero él, brutal, enloquecido por el vino y la lujuria, la mantuvo prisionera entre sus brazos, buscando ansioso con la boca voraz la fresca boca de la chiquilla. Ella forcejeaba por desasirse, bromeando primero, furiosa luego; sus manos caían sobre la cara enorme del sátiro, abofeteándole sin piedad; las uñas de pétalos de rosa clavábanse en la piel dura, áspera, curtida, haciendo correr la sangre; pero él, sordo y ciego, insensible a todo lo que no fuera su sed de posesión, se enardecía más y más.

La _Vinagre_ le animaba:

--¡Duro con ella!

Y el mismo _Joselete_, mostrando en una sonrisa mala los dientes de carnívoro, insinuó burlón:

--¡Que te puede!

Nieves, vencida, sintiendo flaquear sus fuerzas, impetró auxilio de su amigo:

--¡Jimmi, a mí!

Quiso él levantarse para ayudar a su compañera, pero la _Ansiosa_ le echó los brazos al cuello:

--¡Déjala! ¡Qué te importa! ¡Tú _pa_ mí!

Jimmi sacudiole un puñetazo en pleno rostro que la hizo echarse hacia atrás, manando abundante sangre por las narices.

Iba ya a levantarse el muchacho, cuando la mujerona tornó a caer sobre él; no se podía decir esta vez si para matarlo o para poseerlo. Las otras siguieron su ejemplo, y las tres arpías comenzaron a su vez una lucha épica de mordiscos, besos, golpes.

De pronto, la bombilla eléctrica cayó rota y se hizo la oscuridad. En las tinieblas seguía la lucha bárbara entre gritos, lamentos, gemidos, juramentos y maldiciones. Rodó la mesa, y sobre ella cayeron todos en montón, y en el suelo prosiguieron aún. En las sombras resonó, angustiosa, la voz de Jimmi:

--¡Me han matado!

Hubo un momento de confusión y luego un impulso de fuga.

Cuando acudieron con luces, en el suelo, en el montón que formaba la mesa hecha astillas, sobre el mantel manchado de sangre y vino, yacían yertos, rígidos, inanimados, Nieves y Jimmi, como dos pobres muñecos de cera.

HERMAFRODITA

Vers l'archipel limpide, ou mirent les Iles. L'Hermafrodite nu, le front cenit de jasmin, Épuise ses yeux verts en un rêve sans fin; Et sa souplesse torse empruntée aux reptiles,

Sa cambrure élastique et ses seines érectiles Suscitent le désir de l'impossible hymen, Et c'est le monstre éclos, exquis et surhumain, Au ciel supérieur des formes plus subtiles.

La perversité rôde en ses courts cheveux blonds Un sourire éternel frère des sous profonds S'estope en velours d'ombre a sa bouche ambiguë,

Et sur ses pales chairs se traîne avec amour L'ardent soleil païen, que la fait naître un jour De ton écume d'or, ô Beauté suraiguë.

Albert Samain.

I

Primero había sido la palabra grave, sonora, un poco enfática y engolada de Don Clodoveo Zurriola, el sabio arqueólogo, la que en períodos acabados, correctos, académicos, que armonizaban bien con la noble serenidad de la fábula griega, narrara la historia del hijo de Hermes y Afrodita. La figura venerable del escritor, que suplía con la rigidez lo escaso de la estatura; su gesto sobrio, pero oratorio y elegante; su empaque un poco finchado dentro de la corta y estrechísima levita, adornada en el ojal por multicolor roseta, y del enorme cuello que aparecía en dos inacabables picos por cima de la formidable corbata, sostenida con un camafeo, sentaban a maravilla al severo decorado del salón. Pero lo que sobre todo daba suprema nobleza al viejo caballero era el rostro, un rostro de pergamino en que lucían dos ojos azules, claros y serenos, ojos de niño o de poeta habitante de una Arcadia feliz. Completaban el conjunto larga perilla de plata y nevada trova que nimbaba de luz la cabeza. Hablaba lentamente, mejor dicho recitaba su prosa con enfática entonación, cambiando de registro según convenía a la índole de los períodos descriptivos, trágicos o jocosos, hacía largas pausas y sabía rematar las parrafadas.

Mientras peroraba, sus manos blancas y delgadas de patriarca bíblico trazaban un gesto abarcador, y de vez en cuando posábanse en la amplia frente. Gustábale de recrear a aquellas señoras con alguna de las leyendas de la mitología griega, en que mezclaba con su portentosa erudición un humorismo un poco pueril, muy _vieux jeu_, pero honesto, limpio y de buen gusto.

Oíanle ellas embelesadas, pese a su gran recato y a lo escabroso de los asuntos, que abundaban en episodios asaz libres; pero la mitología tiene eso: aun en los momentos en que narra las liviandades a que tan aficionados mostrábanse los señores del Olimpo, aun en aquellos otros en que nos presenta las mayores aberraciones, hasta cuando Parsifae se entrega bajo la apariencia de una vaca de bronce a las caricias del toro o Calimante pone sus pecaminosos deseos en el melenudo rey del desierto, incluso en las creaciones de equívocos personajes, hay en ella una diafanidad, una serena fe en el amor y la vida, que permite a los oídos más pudibundos y fáciles de ofender escucharla sin menoscabo de su honestidad. Guardan los amores y aventuras de dioses y diosas, de héroes y ninfas, de reinas y monstruos, sobre todo evocados por la severa palabra de un sabio-poeta, un no sé qué de estatuario, de ecuánime, de plástico, que ahuyenta toda idea de lubricidad y de morbosa delección.

La mitología fue esencialmente moral. Era, sí, la religión del amor; pero, al mismo tiempo, era la religión de la Naturaleza, de la fuerza, de la juventud. Nunca el espíritu ha estado más lejos de la carne; la carne vivía y el espíritu somnolaba plácidamente alejado de enfermizas inquietudes. Nuestras almas son como el mar, como él tienen sus mareas, su movimiento de aproximación y de retraimiento; sino que en ellas es al través de los siglos. Hay momentos en la historia de la humanidad en que las almas han estado a flor de piel, y es el momento de las inquietudes, de los grandes pecados y de los monstruosos impulsos de santidad. El amor tiene el perverso encanto del pecado, y no es el _amor_, es algo macerante que puebla las noches demasiado castas de calenturientas aberraciones. En otros períodos, al contrario, el alma duerme y la carne reina. Entonces se ama con impudor inconsciente, las mayores aberraciones parecen juegos de niños egoístas; apartan los humanos de su lado a los débiles, a los deformes, a los tristes, y si alguna vez se mata es con un gesto magnífico de desdén por la inutilidad de los viejos, de los enfermos o de los cobardes. En la India, en Egipto, en todos los países del remoto pasado, fue el reinado del alma; en Grecia y Roma triunfó el cuerpo y fue como un paseo victorioso de Venus y Baco a través del mundo entre faunos, sátiros, silvanos y tigres y panteras, montadas por bacantes coronadas de pámpanos. En la Edad Media la carne torturada por el ayuno y las disciplinas agoniza entre alucinaciones, y el espíritu bulle siniestro como un fuego fatuo: es el tiempo de los iluminados y los poseídos, de las brujas y de los quirománticos, de Prelatti y Gilles de Rais.

Contó, pues, Don Clodoveo, la historia de Hermafrodita, su peregrina belleza y cómo sorprendido en el momento de bañarse en una fuente situada en las cercanías del Halicarnaso por la indiscreta y seguramente no muy pudibunda ninfa Salmacis, enamorose ésta perdidamente del apuesto mozo. Describió los desdenes con que el doncel agobiara a la infeliz enamorada, y por fin la gracia que, presa de loca desesperación, imploró ella de los dioses, de fundirse en una sola persona con su amado, y aún hizo algunas veladas y discretas alusiones a cómo, concedido tal favor, conservara el nuevo ser los caracteres de ambos sexos.

Hasta aquí habíanse mantenido las cosas en las serenas esferas de las especulaciones estéticas, pero comenzaba a llegar gente joven procedente del Real y de otras tertulias, y con ellos vientos revolucionarios. Las últimas palabras del sabio prestáronse a chirigotas, salieron a relucir anécdotas picantes, y las malas lenguas emprendieron la caritativa tarea de disecar a los amigos ausentes.

Doña Recareda Witiza, que acurrucada en su sillita de tijera, la inseparable labor de gancho entre los dedos y las gafas en la punta de la nariz, había escuchado la narración embebecida y sin comprender muy bien aquello de los dos sexos, que, como lo de la manzana del Paraíso, lo del sacrificio de Santa María Egipciaca, las tentaciones de los Padres del yermo y tantas otras cosas, era para sabido, creído y aun admirado, pero no para que una mujer honrada metiese las narices en ello; comenzaba a sentir sobresaltos ante las pseudoprocacidades de la juventud.

Doña Elvira era una institución en aquella casa; lloviese o hiciese luna, helárase el aliento o asáranse los pájaros, allí estaba ella, sentada en su sillita de tapicería, sin darles paz a los dedos, escuchando atenta y alzando, cuando oía algo que le causaba gran efecto, los ojillos grises por cima de los redondos quevedos de plata. Bajita, menuda, lisa como una tabla, sin que ni pecho ni caderas acusasen su feminilidad, tenía, pese a su frágil contextura, cierta apariencia masculina agravada por el rostro desproporcionado, demasiado grande para la pequeñez del cuerpo. Era el suyo un rostro largo, arrugado, bigotudo y hasta con algo de barba; la nariz de gancho; la boca grande, de gruesos labios y dientes caballunos, puntiagudos y amarillos, y la frente anchísima, coronada de escasos cabellos grises, dábanle aspecto hombruno. Sabíalo ella e irritada por aquella jugarreta de la naturaleza, exageraba lo menudo de sus gestos, ya harto dengosos, y atiplaba su vozarrón de bajo profundo. Si bien con ello no conseguía ser completamente femenil, en cambio adquiría el ambiguo aspecto de esos viejos pulcros, atildados, untuosos, que pasean por los jardinillos de las plazas públicas en las primeras horas de la noche su sonrisa húmeda y sus pupilas lascivamente escrutadoras. El sencillo hábito del Carmen que vestía siempre y los gruesos zapatones en que escondía sus pies, desentonaban con la elegancia de las damas que desfilaban por el salón; pero la condesa, verdadera gran señora a la antigua española, mujer de corazón, aleccionada además por el destierro y los años, era consecuente con sus viejos amigos y no olvidaba a los que fueron buenos con ella en los días de prueba; y si, mujer de mundo, acogía con una sonrisa de benévola complacencia y una buena palabra a las elegantes que acudían todas las noches a casa de _tía_ Malvina, porque era _chic_ y tenía un _gran aire_ hacer una paradita allí después del Real y de otras tertulias de trueno, guardaba las efusiones de su generoso corazón para sus amigas _de siempre_, y en boca de la dama aquel _siempre_ significaba muchas cosas.

Era la tertulia de la condesa de Campazas cosa única en su género. En primer lugar la composición de la escena no tenía nada de teatral. Aquello no era una decoración _para interior de casa grande_ (término de entre bastidores, que viene aquí como anillo al dedo). Ni reposteros blasonados, ni fantásticos retratos de guerreros y obispos, ni armaduras históricas; nada. Fuera quedaba el estrado, más solemne (aunque tampoco, a decir verdad, con pretensiones de feudal, si no más bien tocado de la amazacotada elegancia que a mediados del siglo XIX presidiera el triunfo de las plutocracias), con su zócalo de madera imitando mármol, su techo de falso artesonado blanco y oro, las paredes revestidas de raso amarillo _capitoné_, lunas encerradas en marcos enormes, arañas y brazos de pared de cristal y bronce, pesados, de mal gusto y hasta un tanto de pacotilla, y muebles grandes dorados, recargados de molduras, sin la suntuosa armonía de Luis XV ni la gracia alada del Luis XVI; y en contraste con tanta cosa fea y como sello de la estirpe, dos retratos de Goya prodigiosos--un caballero de ancha frente, penduliforme nariz y mandíbula prominente, vestido con bordado casacón de terciopelo azul, y una dama pícara de ojos, golosa de labios, fosca de cabellera y morena de color, muy grácil y movida en los albos tules de su traje, que se rasgaba en cuadrado escote mostrando el provocativo repujado de los senos--. También veíanse en la sala dos braseros, pues la condesa, pese al calor de las chimeneas, no renunciaba al clásico artefacto que, según ella, fue su único compañero en algunas veladas del destierro. La sala también, a última hora, llenábase de gente; quedaba para los extraños, sin embargo, mientras Doña Malvina con los de su tertulia preferían el billar. Aquello ya era otra cosa, aunque tampoco un dechado de buen gusto, pues en aquellos días de mescolanzas de estilos en que triunfaban los muebles de _Boule_ y los rasos abullonados, época cuya característica podría considerarse el reinado del tapicero, el mal gusto era endémico; el billar tenía un aspecto más familiar, simpático y habitable. Sobre las paredes de damasco verde lucían algunos cuadros, casi todos modernos. Dos marinos de Monteleón, una Sagrada Familia, que si no fuese por aquello de que la intención salva, hubiese valido el fuego eterno a su perpetrador; unas monjas de Franco, dos cuadros pintados por la dueña de la casa--paisajes de una Bucólica feliz--una Concepción de colorido chillón y otra atribuida con algún fundamento a Antolínez, el Malo. La mesa de billar, de troneras, aparecía cubierta por un paño de peluche rojo con aplicaciones de bordados antiguos, y los muebles, salvo la mesa, que cubría un tapete bordado también en oro y sedas, eran amplios y cómodos, tapizados de paño verde con franjas e iniciales de paño negro.

En aquel ambiente familiar encontrábase la condesa a gusto, rodeada de sus íntimos, _sus fieles_ llamábales ella cariñosamente. Para ser admitidos en tal intimidad no eran menester sino dos cosas: talento y corazón. Allí la gente no era lo que representaba en el mundo, sino lo que merecía ser. No había valores convencionales, que el gran espíritu de bondad y de rectitud de la dama, defendidos por su prestigio y posición, rechazaban, si no valores reales. Luego, a última hora, tocábale el turno a la feria de vanidades pero a prima noche sólo formaban los elegidos.

Componían la tertulia seis u ocho invitados a mesa (clásica, española, sencilla y abundante) y cuatro o cinco más que llegaban al café. Allí, en primer lugar, y como uno de los habituales, Facundo Robledo, el gran político, el árbito de la Restauración, hacía pinitos literarios, decía chistes de _su pueblo_, y hasta alguna vez, excitada su confianza y buen humor por la cordialidad que flotaba en el ambiente, mostraba, como uno de esos modernos ilusionistas que fían más en su arte que en la curiosidad del público, los secretos de la política menuda. Allí también Manuel Salgado, el estilista portentoso, abandonadas las palmetas de crítico y el cincel de artífice único, contaba, con el gracejo de la tierra de María Santísima, cuentos subiditos de color. Junto a ellos, el general marqués de San Florentín defendía los viejos moldes y recitaba con énfasis versos de Don Juan Nicasio Gallego, de Hartzenbusch y de García Gutiérrez. El general era un escritor menos que mediocre, pero por aquellos tiempos de generales poetas y curas guerreros había alcanzado gran boga, y así como era moda entre las damas tener un retrato pintado por el duque de Rivas, éralo también guardar en el álbum de tapas de peluche y bronce una composición poética en que las Musas colaboraron con harta mala gana. Aquello era lo más saliente de la tertulia; como discretos comparsas había otras gentes oscuras, cuya única razón de ser era su amistad con la condesa; gentes que en el destierro fueron amables con la gran dama y que cuando hallábase sola ofrecieron el noble homenaje de las personas de corazón a las majestades caídas; un pintor de historia premioso, machacón, pesadísimo, acompañado de su esposa, mujer insignificante, y de su hija, una señorita redicha, que ahuecábase constantemente los pompones de la falda y abría y cerraba el abanico dengosamente a cada instante; Doña Recareda y dos o tres insignificancias más.

Y presidiéndoles a todos, con su aire inimitable de gran señora, fresco el rostro a pesar de los años, los blancos cabellos cubiertos por la negra cofia, y por los hombros la manteleta de encaje, que prendía al pecho con antiguo broche de lapizlázuli y brillantes, la condesa sonreía, abanicándose lentamente con uno de aquellos admirables abanicos que constituían su pasión. Porque los abanicos eran su vicio: teníalos de oscura concha, incrustada de oro y plata a la moda del reinado de Luis XIV; de nácar, con soberbias incrustaciones, como los que en algunas escenas violentas de la Corte rompieran las blancas manos de la Pompadour; de largas varillas de marfil, con pintadas miniaturas, como los que entre los dedos de la Dubarry señalaron a los Borbones la ruta de la guillotina.

Era la condesa de Campazas mujer de talento extraordinario: sabía hablar sin pedantescos desplantes, pero con la autoridad que le daban los años y la experiencia, y lo que es mejor, tenía el raro arte de saber escuchar. Con singular gracejo ponía el comentario, lleno de filosofía, o colocaba un chiste de buena ley, terciaba en las discusiones acaloradas, suavizaba asperezas de juicios apasionados, velaba la broma con exceso subida de color, y, sin ofender al maldiciente, echaba un capote por el ausente amigo.

Aquella noche, sin embargo, las horas habíanse deslizado gracias a la serena palabra de Don Clodoveo Zurriola, con una placidez que, puesto que a ella contribuían las ninfas y pastores de la fábula, podemos llamar pastoril. Aún no había acabado el sabio su disertación y el grupo de oyentes (cuyas exclamaciones y dicharachos asustaban a la Witiza), engrosado, llegaba ya al salón.

Iban llegando damas procedentes del Teatro Real, donde la Saralto había cantado un _Bale in Maschera_, y junto con ellas los muchachos que hacían su escala allí antes de irse al _Veloz_ a tirar de la oreja a Jorge, y los viejos del palco de _la Infantil_, más entusiastas de la bella tiple que de la ópera, que, por no ser menos, seguían la misma ruta de los muchachos.

Pero ni la voz admirable de la Bezké, ni los devaneos de la Sanz, ni los simpares gorgoritos de la Patti, consiguieron distraer la atención del primer sujeto. Había, por el contrario, tomado la palabra Ramón Alvarez de Simancas, uno de los recién llegados, y con su estilo jocoso, desvergonzado, hacía la aplicación de la fábula de Hermafrodita a algunos amigos y amigas ausentes.

Alto, fornido, guapo, con varonil belleza, era arrogante, bravucón, rendido con las damas, a las que trataba con una mezcla extraña de respetuosa pleitesía y atrevimiento, confianzudo, mirándolas siempre en mujer, nunca en señora; sencillo con sus amigos, altivo con los extraños, aficionado con exceso a cuentos y chascarrillos verdes. Constituía el tipo perfecto del antiguo elegante español, antes que el sport convirtiérale en una caricatura del extranjero, transnochador, aficionado a alternar con pelanduscas y toreros, dado a la burla, apasionado de la fiesta nacional, jugador y pendenciero.

Contaba ahora la historia de cierta dama que, culpable de lesbiana pasión por una amiga suya, no había discurrido mejor ardid que en una noche de fiesta escabullirse del salón, merced al bullicio, e irse a esperarla en su propio lecho.

Y proseguía su historia, contando cómo cierto galán, harto audaz en lides de amor, y animado por no sé qué insinuaciones de la dama, decidió seguir la misma ruta que la descarriada señora, y cómo, tras un discreto desposeerse de ropas en la oscuridad, habíanse encontrado entre las sábanas, con los episodios a que tan donosa equivocación dio lugar. El salón entero, convertido en Decamerón por obra y gracia de aquellos cuentos dignos del señor de Bocaccio, reía de buena gana la desvergonzada aventura. La misma condesa sonreía benévola; sólo Doña Recareda, estremecida de horror, ansiaba que se la tragase la tierra para no ver profanados sus castos oídos con tales aberraciones, y miraba a todas partes buscando la manera de escapar. Imposible. El salón rebosaba gente. ¡Y qué gente!