Chapter 14
El saloncillo olía a rosas y a cigarrillos turcos. Era una estancia amable que tenía de _baudoir_ de _cocotte_ y de despacho de artista: damasco azul pálido y maderas alegres; muebles cómodos, voluptuosos, tallados en roble claro de ese estilo borroso en que el Luis XVI se ha adaptado al _confort_ inglés; algún pastel fácil, dos o tres grabados equívocos, y rosas, rosas por todas partes: rosas en los jarrones de mayólica, y en los búcaros venecianos y en los antiguos Sèvres; rosas pálidas, de suave coloración carnosa, y bengalas rojas como la sangre; rosas blancas, livianas y eucarísticas, y rosas amarillas; muchas, muchas rosas, que hacían pesada la atmósfera, con pesadez de jardín invernal.
Volvía el baroncito, y los comentarios, prudentemente contenidos hasta cerciorarse de la partida de la víctima, estallaron como implacable pedrisco sobre la dama que acababa de marcharse.
--¡Qué estropeada está!
--¡Qué vieja!
--¡Yo no la hubiese conocido!--aseguró Maud.
Y la Croix, cruel, implacable, con su sonrisa burlona, la nariz respingada y los labios alzados en las comisuras, hacían aún más cínica e insolente su ambigüedad de colegial vicioso, flageló:
--Ninón, comienza a envejecer.
--Es que, realmente, es un bajón atroz--colaboró la Simson.
--¡El veneno de Venecia!--ironizó Calabrés.
Y Olmeido, con su voz un poco estridente, tan propicia a los sarcasmos, afirmó muy serio:
--El veneno de Venecia ha sido--. Y, como todos rieran, incrédulos:--No se figuren ustedes que es broma mía--aseguró. Al ver que no le creían, insistió en sus afirmaciones:--Si yo les contase la historia.
--¡Sí, sí!--Y Fred, que se moría por los _potins_, palmoteaba.
A su vez, Julio unió, sus imploraciones a las del dueño de la casa:
--¡Cuenta!
Y Maud Simson, pereciendo de curiosidad, anunciole:
--Es temprano.
Como lo deseaba casi tan ardientemente como ellos, se dejó convencer:
--Estábamos en Venecia el otoño pasado--comenzó--. Habíamos ido a bordo del _Hamlet_, el prodigioso _yacht_ de Ofir, el judío multimillonario. Llevábamos un mes embarcados y comenzábamos a aburrirnos. De la frívola elegancia de las playas del Norte habíamos pasado a la luminosidad radiante de Cádiz y Nápoles, y de allí a la glauca transparencia de Venecia. Al principio, la novedad de la vida a bordo se nos antojó encantadora; pero pronto, la eterna prisión, con su forzada monotonía, nos cansó. Además, causas imprevistas disminuyeron el número de invitados, y después de haber perdido en Biarritz al gran duque Sergio, llamado con urgencia a Moscou, Lina Monrreal y su marido acababan de dejarnos en Cádiz. Quedábamos la princesa Orlasky, los Rodríguez Torres, los peruanos de París, la Fonseca, Nino Alcolea, Lady Fronshire y yo. No era la primera vez que me tropezaba con la inglesa; habíala encontrado ya en Escocia, en una cacería en Warthon-Castle, el castillo de lord Warthon, en el _Pera-Palace_, de Constantinopla, y en la feria de Sevilla. Y no sé por qué, en todas partes, la elegancia serena de aquella mujer, su extraña juventud que se conservaba prodigiosamente, desdeñosa al tiempo; su mirada altiva de diosa que camina por las nubes indiferente para las miserias humanas, me inquietaron. Había en su hermetismo, en la mueca de sus labios rojos, en un gesto de rara dejadez que parecía aflojar los resortes de su cuerpo, transformando por un segundo su gran aire en una blanda elasticidad felina, y, sobre todo, en sus ojos azules y profundos, unas veces, verdes y transparentes, otras, un algo que me turbaba. ¡Sus ojos!... Sobre la máscara de frialdad altiva de la dama, aquellos ojos inquietaban como una desgarradura en un tapiz de terciopelo heráldico, por la que se entreviese una escena de burdel. Yo había sorprendido aquellos ojos una tarde de cacería, brumosa y gris, a orillas de un lago, en un rincón de Escocia, después de un día de insaciable galopar, ante el cuadro cruento de los jabalíes muertos y los galgos despanzurrados, fijos con una mirada ardiente en los rojos palafreneros; había vuelto a hallarla, siguiendo como una sombra fatídica los pasos de un torero en el ruedo sevillano, como si esperasen la visión cruenta de una catástrofe; y, por fin, fijos, hipnotizados por la bárbara zalagarda de unos soldados árabes en Constantinopla. Y siempre en el fondo de las pupilas había adivinado el mismo anhelo, la misma ansiedad dolorosa, la misma angustia de contenido deseo.
Apesar de nuestro cansancio, Venecia nos galvanizó. ¡Venecia! Venecia es con Avila, quizás las dos únicas ciudades del mundo en que _se siente_ palpitar el alma de la Edad Media. Tiene de las urbes antiguas la magnificencia y la miseria, la teatralidad propicia a los desfiles triunfales y a las pompas litúrgicas, la inconfortabilidad, la suciedad y la incongruencia. ¡Ah!, la quimérica maravilla de la Piacetta, con su gótico palacio ducal, su oriental San Marcos de oro y pedrerías, sus dos obeliscos coronados por San Jorge y el Dragón, su campanile y su luz violeta que da a las cosas un aspecto irreal! ¡Ah la inquietadora belleza del Gran Canal, con su doble fila de palacios de nombres sonoros; la extraña interrogación de la vieja ciudad con su laberíntica red de callejuelas y sus intrincados canalillos, donde al volver de un recodo sospechoso, lleno de negros y miserables tugurios, surge el prodigio de bizantina balconada! En Venecia queda todavía la huella de la vida remota, cruel, malsana, apasionada y fervorosa, y todavía se adivina en ella el triunfo del orgullo, de la lujuria y de la muerte.
Encantados, andábamos de un lado para otro. Mis compañeros, pasado el primer entusiasmo, jugaban al _tennis_ o tomaban el té en el Lido, o surcaban la laguna en las canoas automóviles; pero yo, más curioso, atraído por la vida misteriosa de la ciudad vieja, vagaba, complaciéndome en perderme en el laberinto de puentes, callejones y encrucijadas. Un día, sin saber cómo, había ido a parar al barrio de _la Marinería_. Comenzaba a anochecer; en las callejas, a que la angostura, oscuridad y elevación de los edificios daba un aire sombrío, abríanse, bañadas en la claridad lívida de los mecheros de gas, tabernas y chiscones, donde, al través de la espesa atmósfera cargada de humo, divisábanse equívocas figuras de la fauna del hampa mezcladas con marineros y soldados. Mujeres sospechosas que, envueltas en sus pañuelos de crespón, tenían una extraña semejanza con las que pululan en las noches estivales por los barrios bajos de Madrid, paseaban las calles ofreciendo su mercancía de amor. Del fondo de las antros surgían notas truncadas de canciones canallescas, estrofas de barcarolas románticas o cantos patrióticos, y voces que disputaban o que gritaban simplemente por al gusto de gritar, formando horrísona batahola. Avanzaba entre curioso y sobrecogido, cuando una callejuela más oscura y angosta llamó mi atención. Era un pasadizo de metro y medio de ancho, apenas alumbrado por la mortecina luz de un farol colocado al fondo. Un vaho húmedo, cargado de emanaciones pestilentes de miseria, de suciedad y de prostitución, salía de él; un arroyo de agua fétida, negra y viscosa, corría por el centro, y veíanse confusamente figuras sospechosas que iban y venían en las tinieblas. Valientemente, impulsado por una curiosidad más fuerte que el temor, me entré calle adelante. La vía, según se avanzaba, hacíase más estrecha; a ambos lados abríanse portales negros y profundos, y al fondo de los zaguanes adivinábanse sombras humanas, borrosas y confusas, en una hibridación inquietadora, de la que destacábase de tarde en tarde la falda clara de una mujer o la blanca blusa de un marinero. Llegué al final; el pasadizo era un callejón sin salida; en el ángulo, una mujercita, de alto peinado, discutía con un _bersaglieri_ borracho; entonces, no sin cierta escama, emprendí la retirada. Iba a medio camino, cuando de improviso surgió de la sombra una silueta conocida. ¡Lady Fronshire! Dudé: no era posible aquéllo. ¿De dónde había salido? Allí no había sino antros prostibularios o tascas infectas; indudablemente, la inglesa, paseando, habíase extraviado, y al verse en aquel callejón, retrocedía. Pero ¿cómo no había yo visto antes la silueta de elegancia inconfundible que contrastaba de manera tan violenta con el ambiente canallesco? ¡Juraría que Lady Fronshire había surgido de uno de aquellos inmundos portalillos! Y era ella, ella con su gran aire, su cuerpo ágil y serpentino bajo el chic irreprochable del traje sastre. Corrí para alcanzarla, pero en aquel momento llegaba a la calle central, y dando la vuelta desaparecía. Y cuando yo, a mi vez, llegué, no quedaba huella.
--¡Bah! ¡Ilusiones tuyas!--rió Julito.
--¿Ilusiones?--Y Olmeido, amostazado, hablaba con calor:--¡Pues falta la segunda parte!
--¡A ver! ¡A ver!--Y todos, interesadísimos, aprestáronse a oír.
El portugués continuó:
--Cuatro o cinco días después volví a tropezarme con ella. Era nuestra última jornada de Venecia. Ofir, reclamado con urgencia por sus negocios, tenía que volver a Londres, y el _Hamlet_ levaría anclas al día siguiente. Todos nuestros amigos habían aprovechado el esplendor del día (uno de los últimos de septiembre) para hacer su postrera excursión a Murano; pero yo había preferido ir a dar mi adiós a la vieja urbe ducal. Después de visitar San Marcos y el Palacio del Dux y ambular por las calles, retornaba hacia el Lido en uno de los vaporcillos que hacen la travesía, gozándome en la magia del atardecer. Como al través de un lente de amatista, veía, alzándose de la glauca superficie de la laguna, destacarse sobre el cielo violeta la ciudad arcaica, coronada de orientales campaniles. A la izquierda, en un islote, quedaba Santa María de la Salute, que nos habla de uno de los azotes de la Edad Media, de la peste; a la derecha, los jardines, y sobre la esmeralda líquida, las viejas góndolas, fúnebres y románticas. Una evolución del barco me hizo perder de vista la ciudad, y deseoso de contemplarla aún, decidime a bajar a los departamentos de segunda clase. Descendía las escaleras, cuando algo, sobresaltándome, obligome a detenerme. ¡Aquella silueta! Lady Fronshire estaba allí. Indudablemente, había tenido la misma idea que yo, y quería también dar su adiós a Venecia. Mi primer impulso fue dirigirme a ella, pero una fuerza misteriosa me detuvo; ¿por qué estaba allí? Dudé; ¿sería realmente ella? Ella, en persona; no era fácil confundir su porte de gran señora, su elegancia innata, de raza; pero, además, si aún fuese poco, pregonaban su personalidad el atavío de franela blanca, que moldeaba el cuerpo de una juventud pasmosa, el hilo de enormes perlas pendiente de su cuello (aquellas famosas perlas que pertenecían a la Reina Isabel de Inglaterra) y los solitarios que fulguraban en sus orejas. Disipadas mis dudas, iba a seguir descendiendo para hablar con ella, cuando una maniobra extraña que acababa de chocarme me detuvo. Cerca de la inglesa, dos marineros, dos mocetones napolitanos o corsos, de tinte bronceado, casi oliváceo, y rizados cabellos, vestidos con el traje de los marineros italianos, que dejaba al desnudo sus cuellos de hércules, la miraban, sonreían, tornaban a mirarla; en una palabra: ¡la hacían el amor! Indignado por lo que reputaba como incalificable grosería, iba a encararme con ellos, tomando la defensa de mi amiga, cuando noté con asombro que, en vez de indignarse, parecía ella complacerse y aún prestarse a ello. Efectivamente, en lugar de alejarse de allí con un gesto de asco, Lady Fronshire les animaba con rápidas ojeadas y fugaces sonrisas, que revoloteaban un instante en sus labios. Envalentonados, fueron acercándose, hasta que la mano de uno, apoyada en el barandal, rozó la de la dama. Lejos de retirarla, sonrió ella; entonces, el muchacho comenzó a hablar con su compañero, disimulando con risotadas y chocarrerías su turbación. Pero la inglesa, sin volverse, sin perder su ecuánime serenidad, murmuró unas palabras que sumioles en súbito silencio. El barco se detuvo y me apresuré a desembarcar. Oculto, vi surgir la figura elegantísima de la Fronshire, ágil, garbosa, noble. Una vez en tierra, vaciló un segundo, y luego, en vez de seguir el paseo que lleva a los grandes hoteles, internose resueltamente por los arenales y boscajes que bordean el mar, perdiéndose en las tinieblas nocherniegas. Detrás de ella, a algunos pasos, los marineros la seguían.
Tres horas después, unos paseantes rezagados recogiéronla medio muerta entre las malezas. Semidesnunda, tenía el cuerpo lleno de cardenales, el rostro ensangrentado, arrancado el pelo. Las portentosas perlas, las sortijas extrañas y los gruesos solitarios, habían desaparecido. Una oreja desgarrada, llena de sangre, pregonaba la brutalidad del drama. Lleváronla al hotel; terrible fiebre cerebral túvola muchos días entre la vida y la muerte, y, al fin, cuando logró salvarse, su juventud, la prodigiosa juventud que desafiaba burlona al tiempo, se había fundido. Por eso pasea melancólica la convalecencia de ese terrible mal, y nos habla tristemente del veneno de Venecia.
_Venecia-Septiembre 1912._
TITULO DE LAS OBRAS
=Cuestión de ambiente.= Novela con un prólogo de la Condesa de Pardo-Bazán y una portada de D. José Garnelo. (Tercera edición.) (Agotada.)
=Mors in Vita.= Novela, con una portada de don José Rodríguez Acosta. (Agotada.)
=Frivolidad.=
=A flor de piel.=
=Los emigrantes.=
=Bohemia triste.= (Edición de _Los Contemporáneos_).
=Mandrágora.= (Idem.)
=La torería.= (Idem.)
=La Reconquista.= (Edición de _El Cuento Semanal_.) (Agotada.)
=Bestezuela de amor.= (Edición de _Los Contemporáneos_.)
=Del Huerto del Pecado.= Cuentos. Portada e ilustraciones de Julio-Antonio. (Agotada.)
=La estocada de la tarde.= Novela, con una portada de D. Maríano Benlliure. (Edición de _El Cuento Semanal_.) (Segunda edición.) (Agotada.)
=La Turbadora.= Novela, (Edición de _Cuentos galantes_.)
=Memorias de un neurasténico.= Novela, (Edición de _Los Cuentistas_.)
=Mi alma era cautiva...= Novela de Colette Willy; traducción del autor. (Edición de _El Cuento Semanal_.)
=Las Cortes de la Muerte.= Novela, con una portada de D. José Moreno Carbonero. (Edición de _Los Contemporáneos_.)
=San Sebastián Cyterea.= Novela, con una portada de D. Juan Antonio Benlliure. (Edición de _El Cuento Semanal_.) (Agotada.)
=La Pantera Vieja.= Novela. (Edición de _El Cuento Semanal_.) (Agotada.)
=La vejez de Heliogábalo.= Novela. (Edición de la _Biblioteca Renacimiento_.)
=Los Héroes de la Puerta del Sol.= Novela. (Edición de _Los Contemporáneos_.)
=La hora de la caída.= Novela. (Edición de _El Libro Popular_.)
=Una aventura de la Condesa.= Novela. (Edición de _Los Contemporáneos_.)
=El Retorno.= Novela. (Edición de _El Libro Popular_.)
=La Primera de Abono.= Dibujos de R. Marín. (Edición de _El Libro Popular_.)
=El Capricho de Estrella.= (Edición de _El Cuento Galante_.)
EN PRENSA
Oro, seda, sangre y sol. Novela del Toreo.
TEATRO
=Un alto en la vida errante.= (Comedia en tres actos y un prólogo, en colaboración con Ramón Pérez de Ayala.)
=Una cosa es el amor...= (Comedia en dos actos, en colaboración con Melchor Almagro.)
=Frivolidad.= (Comedia en tres actos y cuatro cuadros.)
=El Fantasma.= (Drama Grand Guignol, en un acto.)