Chapter 13
--Madame d'Opporidol había callado un momento, para, con tonos más peripatéticos, proseguir después:--Un día ¡día aciago, marcado con piedra negra en la tragedia de mi vida! encontré a Jacobo. No sé cómo fue; desde entonces he creído ciegamente en la fatalidad. Si conoce usted las costumbres turcas, debe saber la imposibilidad casi absoluta de que una mujer musulmana hable con un infiel. En primer lugar, lo inabordable del harem; luego, el misterio del _tcharchaf_, ese negro capuchón que usan las mujeres en Constantinopla para salir a la calle; la vigilancia de los esclavos que nos rodean a todas horas; pero, sobre todo, la inconsciente vigilancia del público, que conceptuaría un crimen tremendo que una turca hablase a un europeo, hacen imposible todo intento de aproximación. ¡Y, sin embargo, conocí a Jacobo; me amó y le amé! Contarle todas las peripecias de nuestro idilio sería evocar horas felices para mí; horas de melancólicos paseos al través de los viejos cementerios, entre los altos cipreses centenarios, o largas caminatas hacia Eyoub, bajo un cielo triste, sobre cuyo fondo plomizo pasaban empujados por el viento de Asia grandes nubarrones negros; sería ir día por día haciendo la historia de los extraños ardides de que tuvimos que valernos para lograr encontrarnos. Todo fue bien al principio; pero el éxito engendra la audacia, y la audacia nos perdió. Una tarde, mientras mi marido estaba en el Ildiz, hablaba yo con Jacobo. De pronto... No sé cómo fue. De todo lo ocurrido después, conservo el recuerdo confuso de acontecimientos borrosos entrevistos al través de una pesadilla. Cosas terribles, irreales, espeluznantes, me arrastraron hasta las cumbres supremas de la tragedia. El último eco de la voz de mi amante confundiose con el primer eco de la voz de mi marido que clamaba venganza. En el tropel de sensaciones que con rapidez vertiginosa pasaron por mi alma, conservo tan sólo la impresión de los ojos de Abul-Bajá, la mirada de suprema angustia de Jacobo al caer herido y la glutinosa y tibia caricia de la sangre que humedecía mis manos. No sé cómo fue; una ráfaga de vesania pasó por mis venas, y, enloquecida de dolor e ira, salté sobre el bárbaro Otelo. Entonces pasó algo salvaje, monstruoso; mis uñas se clavaron en su cuello; le sentí palpitar un segundo, y luego, nada.
Madame d'Opporidol jadeaba, trágica, sudorosa. Después de breve respiro, siguió:--Huí. De aquella hecatombe conservo dos memorias sagradas: un cofrecillo precioso, que procede del tesoro de los Osmalíes, una de esas raras joyas de la orfebrería oriental y uno de los zapatos que llevaba yo la tarde aquella--. Púsose en pie, y con ojos de iluminada y gesto profético me dijo:--¡Venga usted!--Llevome ante el armario y abrió un cajón: de allí sacó una cajita, y con respetos de sacerdotisa que va a mostrar una santa reliquia, la puso ante mis ojos. Luego, abriendo la tapa, sacó una babucha y anunció peripatética:--¡He aquí el zapato, aún conserva las manchas de la sangre!--Les confieso a ustedes que me sentí defraudado. El cofrecillo era una caja de filigrana de plata; una de esas fáciles labores orientales de escasísimo mérito. Aquello, más que del tesoro de los Osmalíes, pareció procedencia de bazar cosmopolita. En cuanto a la zapatilla de terciopelo rojo, bordada en oro y aljófar, juraría haber visto otras semejantes en la rue Rívoli, un poco antes de llegar a los almacenes del Louvre. Extrañado, fijé mis ojos en la heroína de la tragedia. Schezerarda, erguida, lejana, con el aspecto de la protagonista de un drama de Sófocles, permanecía en pie, tremolando con una mano la babucha trágica.
--¿La continuación?--pidió Olmeido al ver que Julito, tras el postrer efecto, callaba, haciéndose el interesante.
--¿La continuación? Sencillísima. Estuve más de un año sin volver por el Austerlitz. Cuando el azar me llevó allí, lo primero que noté fue la ausencia de madame d'Opporidol. Interrogué al gerente del hotel. Confieso que su respuesta me dejó yerto. ¡Mi amiga había muerto!--Pero ¿y avisaron a Turquía, a su familia?...--pregunté. Una sonrisa irónica fue la respuesta. Y como yo pidiese explicaciones sobre el fin de la princesa Circasiana, el empleado se echó a reír. ¡Madame d'Opporidol no era turca! ¡Era lisa y llanamente una buena burguesa, que vivía de una pensión insignificante! ¡La descendiente de los Osmalíes, la esposa de Abul-Bajá, la heroína del drama sangriento, era la viuda de un vista de aduanas francés!
_París-Octubre 1912._
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MISS DECENCY
--¿El pudor de las inglesas? Yo creo que es una cuestión de moral pública, es decir, más bien decoro que pudor.
Olmeido interrumpió:
--Más bien cuestión de recato. El evangelismo es una religión muy severa, y como los hombres y las mujeres son los mismos en todas partes, impone el culto a las conveniencias.
--¡Pues lo que es algunas se ríen de las tales conveniencias!
--¡Que lo digan las inglesas que andan por París!...
Las pantorrillas, bastante flacas, y enfundadas, por añadidura, en unas medias lamentables, de tres damas que habían subido a un _taxi_, fueron las que provocaron la conversación.
Estábamos en el pabellón Madrid, del _Bois_; un inoportuno chubasco nos había recluido dentro, y entreteníamos el malhumor de la pasajera contrariedad criticando a todo bicho viviente.
Corría el mes de agosto, y para nosotros, habituales del otoño parisién, ofrecía la gran ciudad aspectos imprevistos. Dedicábamonos por las tardes a tomar el té en los pabellones del Bosque de Bolonia. En la _limoussine_ de Olmeido dábamos largos paseos, que tenían siempre como punto de arribada uno de los _restaurants_ en boga. Tocole el turno aquella tarde al de Madrid; en él sorprendionos la lluvia, y como el coche era abierto, no hubo más remedio que esperar.
Sobre el decorado Luis XV, recargadísimo, tan lejos en su barroco amazacotamiento de la elegancia versallesca del _Pre Catalán_, destacábanse los tipos híbridos de la fauna estival; faltaban los elegantes de los días primaverales, los artistas y los millonarios, y veíanse, sustituyéndoles, inglesas feas y escuálidas, muy marimachos en sus antiestéticos atavíos sastre muy _Cook-Tours_, y americanas del sud demasiado languiadas y demasiado vestidas, mal peinadas bajo las pastoras cargadas de floripondios, apestando a perfumes violentísimos y arrastrando con desvaído ademán gasas y encajes de una limpieza dudosa. Oíase constantemente hablar español por gentes que gritaban demasiado y reían con estrépito, mientras los del Reino Unido hablaban en sordina y hacían observaciones de Beædæker.
--¡Las inglesas de viaje!--habló el marqués del Valle--. Yo, que he corrido tanto, he visto cosas deliciosas. ¡Si os contara la historia de una miss que conocí en el _Scheweizerhof_, de Lucerna!...
--Cuenta--animó Julito.
Olmeido insistió a su vez:
--Será una obra de caridad... además de todo, nos ayudarás a matar el aburrimiento...
El marqués del Valle quitose los lentes, limpiolos concienzudamente, parpadeó y comenzó su historia:
--Miss Decency. Se llamaba miss Decency. Un nombre casi simbólico: ¡la señorita Pudor! El génesis de nuestra amistad, como la de Julito con madame d'Opporidol, fue una reverencia; pero no una reverencia de corte, grave, ceremoniosa, llena de pompa, sino una reverencia severa, rígida, muy finchada y muy _convenable_.
Había estallado una tormenta, produciendo no sé qué avería en la luz, y nos habíamos quedado a oscuras. Eran las nueve de la noche, y acabada la comida, las gentes comenzaban a invadir los salones de _Scheweizerhof_. Yo había sido de los primeros en salir del comedor, y, cómodamente instalado en el salón de tapices, disponíame a saborear mi café y a leer los periódicos que acababan de llegar, cuando hiciéronse de improviso las tinieblas.
Me gusta el _Scheweizerhof_, porque, quizá menos chic que el _National_ y menos cosmopolita que el _Palace_, es, sin embargo, el más confortable, y ya sabéis que en la vida moderna el _confort_ es el superlativo del bienestar. Los hoteles, muy elegantes o de mucho movimiento, son buenos para temporadas cortas o para sitios en que riman con el género de vida que uno lleva; pero para Suiza, donde se busca paz y descanso, son mejores los hoteles cómodos.
Hallábame, pues, en el salón de música, y encontrábame bien en la suntuosidad discreta, alegre y simpática, de las columnas de mármol rosa y los tapices de cartón bucólico, la orquesta de tzíganes tocaba un vals vienés, frívolo y amable, que me arrullaba, mientras curiosamente contemplaba el desfile de tipos exóticos--familias alemanas, compuestas de matrimonios gordos, colorados, un poco toscos, pero dotados de una gran simpatía cordial y acompañados de unas chiquillas deliciosas, blancas, rubias, gentiles, y de muchachitas de frágiles bellezas de Gretschen; adolescentes del Norte América, altos, fuertes, enérgicos, curtidos por los _sports_; damas francesas de una elegancia equívoca--; cuando de improviso se apagó la luz en el preciso momento que una señora, en quien no había fijado atención, llegaba ante mi. Sorprendida por las tinieblas, lanzó un «¡ay!» de susto y se detuvo perpleja. Me compadecí de su desairada situación, y, poniéndome en pie, cogile de una mano y le ayudé a instalarse. Momentos después, y arreglada la avería, la desconocida me dio las gracias con una reverencia. Fue más que reverencia un saludo sobrio, rígido, muy correcto, muy severo, una inclinación de cabeza llena de dignidad. Fijeme entonces en ella y experimenté el asombro un poco irónico que nos inspiran esas figuras pasadas de moda que encontramos al través del mundo, y que son como rezagadas de otros tiempos. Era la interesada una dama madura, a que el cabello cano, muy sencillamente recogido y adornado con cofia de encaje negro, que le caía por la espalda a modo de mantilla de corte, y las arrugas del rostro, que libre de afeites y fregado con agua de colonia, relucía curtido, avejentaban. Más bien alta, aunque un poco doblada en la cintura por el talle del corsé--uno de esos talles inverosímiles que hinchan el vientre y elevan los pechos a la hipérbole--; vestía una falda de _gro_ malva, que formando pabellones por delante, iba a recogerse detrás en un gran puf, sobre el que descansaban las pequeñas aldetas de terciopelo negro de la chaquetilla. Sobre el escote cuadrado, cubierto por espeso camisolín de batista blanca, lucía un camafeo, y de las mangas hasta el codo surgían los brazos enfundados en mitones de seda. Era, en conjunto, un figurín de hace veinticinco o treinta años; uno de esos figurines que nos sorprenden como una cosa carnavalesca en las viejas revistas de modas, porque, sin ser algo familiar, tampoco han llegado a esa consagración artística que da el tiempo. Llevaba un libro en la mano, y sus ojos, de un azul pizarroso, casi gris, tenían una extraña vaguedad. Muchas veces, luego, sentí la curiosidad de aquellos ojos; en unas ocasiones, mientras se le hablaba, permanecían alejados, dando la sensación de que su dueña no se enteraba de nada de lo que se le decía, y de que su pensamiento seguía el dibujo de una imagen muy alejada de allí; otras, relucían con un extraño apasionamiento, que no estaba en consonancia con la banalidad de los motivos de conversación, y algunos, al evocar una cosa trivial cualquiera, se llenaban de lágrimas, como si fuese el enigma de una imagen misteriosa, que repercutía en el fondo de su ser. Luz u opacidad en aquellas pupilas, no se ajustaban nunca a sus palabras, y alguna vez, muy rara, teníase la sensación exacta de que o los ojos o las palabras mentían.
Hablamos. Era inglesa: no tenía familia (su único pariente, un primo lejano, había muerto en la guerra del Transvaal, y la dama ostentaba su efigie, encerrada en un grueso medallón de oro, que llevaba pendiente de una cadena al cuello) y andaba errante por el mundo. Su solo consuelo era Dios, y por eso amaba tanto a Suiza, porque sólo en medio del mar y en las altas cumbres nevadas se dialoga con El, y el mar le mareaba. También la literatura la interesaba mucho... Me fijé entonces en el libro. Era italiano: una edición antigua de «La Divina Comedia». Confesome conocer el idioma de Petrarca. Yo, amablemente, cité unos versos del Dante:
Per me si va nella cittá dolente, Per me si va nell'eterno dolore Per me si va tra la perduta gente.
Puso cara de extrañeza, como si no comprendiese bien. Apunté, a modo de aclaración:--Los versos que leyó el poeta a la puerta del Infierno--. Entonces ella, ante la palabra Infierno, tuvo una sonrisa de vago sobresalto:--¡Oh!, no. ¡Yo no he leído más que «El Paraíso».
* * *
--Desde aquel día--continuó el marqués del Valle, mientras oscurecía y el cielo desplomábase en cataratas de agua sobre el Bosque--hablamos muchas veces de sobremesa. Miss Decency era una entusiasta fervorosa de España. Según ella, sólo dos ciudades habían grabado una huella indeleble en su espíritu: Sevilla y Venecia. ¡Ah! ¡Sevilla! Y la inglesa ponía los ojos en blanco y me hablaba de las noches perfumadas de azahar, del gemir de las guitarras, y de los naranjos floridos. Para ella, Andalucía no tenía más que un defecto: el amor.--¡El amor!--y la solterona hacía un gesto de espanto supremo:--¡Esa facilidad que hay en su país--me decía--para amarse, para hablar del amor, para vivir en el amor y del amor!... Allí no se puede vivir; todo el mundo habla del amor; el amor está en todas partes: en las canciones y en las estampas, en las danzas y en las ceremonias de liturgia sagrada, en los labios y en los ojos... ¡Es una obsesión, una cosa horrible! Allí las gentes no tienen verdadera religión, ni ideas morales, ni pudor... Viven como faunos y bacantes en un bosque ¡qué horror!--Y la dama, ruborizada por lo atrevido del símil, callaba.
Porque a Miss Decency podía considerársele la personificación del pudor. Era la suya una pudibundez tan frágil y quebradiza, que los hechos más sencillos y vulgares le sobresaltaban. Sin saberse cómo, hablando con ella, todas las conversaciones iban a parar al mismo tema resbaladizo. Pero su obsesión no era el sentimiento empalagoso de las solteras sensibles, era el vicio, algo pecaminoso y nefando hecho de aberraciones y brutalidades. Presentábasele siempre el sentimiento de Hero y Leandro, de los amantes de Teruel, como una cosa diabólica, grotesca y alucinante, hecha de horrores y abominaciones. Sabía raras historias, lances extraños, en que pasaban cosas terribles, equívocas y escalofriantes, y en que el amor alzábase trágico y amenazador como un rito satánico, como esas misteriosas nigromancias a que se entregaron Gilles de Reis, Prelatti, la Brinvilliers y el marqués de Sade. Mientras hablaba, bosquejaba gestos de espanto, y por sus ojos dilatados de miedo, pasaban extrañas irisaciones de vesania. Era tal su obsesión, que hasta en las cosas más triviales y corrientes para todo el mundo, veía ella extrañas coincidencias, semejanzas turbadoras y tendencias a un erotismo malsano, sanguinario y cruel. En el fondo de todo amor aparecíasele una inconsciente crueldad obscena y triste. De Andalucía, de aquella encantadora tierra de sol, que decía adorar, conservaba un recuerdo que tenía algo de estampa de Rops, algo de aguafuerte de Goya, y algo de pintura de Sorolla. En Andalucía no había visto sino el cielo implacable, los campos polvorientos llenos de chumberas, las danzas bárbaras de espasmos y gestos desgarrados en desesperaciones de agonía y los crímenes pasionales. ¡Y qué escalofriantes e imprevistos detalles descubría en aquellos crímenes! En todos adivinaba ella una lascivia sanguinaria, un vicio concentrado, algo tremendo y alucinante. Veía España como una mezcla de barbarie, fango y sangre: un Crucificado desmelenado y trágico, presidiendo el patio de caballos de una plaza de toros; la Imperio bailando un garrotín en la procesión del Santo Entierro. Por eso temía a nuestro país, apesar de los aromas de azahar y de los naranjos en flor.
En cambio, amaba la paz de las altas cumbres, porque en ellas moraba Dios. En los nevados riscos que se alzaban polares bajo la luz de la luna, en las mesetas donde nace el _edelweiss_, se oye la voz del Señor. Su palabra tiene la terrible magnificencia del trueno y la dulzura de la caricia. El alma, libre de impurezas, vuela por los etéreos espacios, y el humo del sacrificio se eleva directamente al cielo.
Por eso deseaba que yo hiciese una ascensión con ella.
* * *
--Confieso--reanudó Valle, tras una pausa en que apuró la cuarta taza de té--que el anochecer, pese a todas las profecías, no me había hecho efecto. Si bien la puesta del sol tenía efectos de luz muy bellos, es lo cierto que el paisaje había defraudado mis esperanzas y que la vista no me indemnizaba del trabajo que me costara subir, ni de la noche de frío que se nos preparaba. Aquello estaba demasiado alto y desde allí daba la impresión de estarse viendo todas las cosas en un mapa de relieve; la distancia borraba los detalles que con sus contrastes forman el encanto del paisaje, su movimiento, como si dijéramos, y quedaba una naturaleza de mundo muerto, una perspectiva árida de cataclismo geológico. Veíanse los lagos como manchas grisosas, los pueblos borrosos, los bosques de pinos fingían sombríos borrones, y las enormes cadenas de riscos parodiaban la osamenta de imposibles monstruos.
El ascenso, para mí, poco hecho a tales hazañas, había sido penoso en demasía. Desde las siete de la mañana, en que había comenzado, hasta las cinco de la tarde, que llegamos allí, fue la excursión una marcha continuada, sin más que breves minutos de descanso y una parada más larga en el _Seigfred Palace_ (última estación elegante de la montaña) para almorzar. Confieso que ni el paisaje ni las peripecias me compensaron del cansancio, y que así, poco a poco, fuese apoderando de mí un humor de todos los demonios. Miss Decency, en cambio, parecía rejuvenecida, más ágil, alegre y emprendedora que nunca. Hasta había perdido algo de su habitual sequedad y hacíase más comunicativa y parlanchina. Un color saludable invadía sus mejillas, y sus ojos, cansados, relucían llenos de viveza. Rota su corrección británica, hablaba al guía en alemán, le hacía preguntas, bromeaba con él. Realmente, la dama era incansable.
Y así fue todo el día. Delante, el tirolés, un mocetón fornido, musculoso y ágil, ataviado a la moda del país; las piernas, medio desnudas, en las gruesas polainas de lana; pantalón de pana verde, sostenido por bordados tirantes; blanca camisa, que, desabrochada, dejaba el robusto cuello al descubierto; chaquetón de paño al hombro, y caído sobre la oreja un fieltro verde con enhiesta pluma de águila; detrás, la inglesa, y, por fin, yo, lamentable, arrastrándome trabajosamente en su seguimiento. Ya arriba, izaron las tiendas de campaña para pasar la noche (una para la buena señora y otra para mí, pues el guía dormía sobre unas mantas, a la intemperie), y disponíamonos a descansar, pues era preciso levantarse a las tres de la madrugada, para ver la salida del sol.
Envuelto en amplio abrigo intenté dormir, pero el frío y la intensidad misma de mi cansancio me tenían nervioso, impidiéndome conciliar el sueño. Al fin, desesperado, me alcé del improvisado lecho y salí al aire libre.
La noche era bellísima; en el cielo azul y luminoso, la luna brillaba como una patena de plata. A la pálida claridad del satélite, las cumbres nevadas tenían una desolación infinita de paisaje astral. Un silencio augusto me envolvía, y a mis pies, borrados por las tinieblas, las minuciosidades, los abismos, eran misteriosas sombras, rotas de vez en cuando por el espejo de un lago que reflejaba la luna. De improviso oí un quejido, un lamento de angustia, una imploración de auxilio. Permanecí quieto, reconcentrado, prestando una atención anhelante. El quejido volvió a escucharse más desgarrado que la primera vez. Ahora dime cuenta exacta de que venía de la tienda en que dormía la inglesa. Y el guía, ¿qué había sido de él? Angustiado por la soledad en que seguían escuchándose siniestros los lamentos, hice un esfuerzo para dominarme y me aproximé a la tienda. Junto a ella me detuve, y, conteniendo hasta la respiración, escuché. ¡Ya no me cabía duda! Se estaba cometiendo un crimen. Tembloroso, horrorizado, alcé con precaución un pico del lienzo y ahogué un grito. En el suelo, en confuso montón a que la claridad lunar daba imprevistos claroscuros, luchaban la dama y el tirolés. Era una lucha salvaje, feroz, trágica y grotesca, en que se agitaban, se contorsionaban, se retorcían, en posturas absurdas. Medio desnudos, jadeantes, se revolcaban en el lecho de nieve. Una de las piernas de la vieja, enfundada en una media escocesa a cuadros verdes, rojos, amarillos y azules, se agitaba en el aire. ¡El guía estaba violando a miss Decency! Mi primer impulso fue acudir en su socorro; pero en aquel momento él dejose caer al suelo, y la púdica saltó sobre él. ¡Era ella, ella la vestal sagrada, la que atentaba al pudor del pobre chico! Retrocedí anonadado, y silenciosamente volví a mi lecho.
* * *
Al cesar las risas, el marqués siguió su historia:
--A la mañana siguiente, miss Decency vino a buscarme. Su rostro resplandecía; semejaba así en el arrobol de las mejillas, y el fulgurar de los ojos, más joven, más ágil, liberada por un milagro del peso de unos cuantos años. Con voz velada de emoción, me interrogó:--¡Ha visto usted, amigo mío, qué prodigio! ¡Verdaderamente; sólo en estas alturas nuestras almas pueden volar libres de las impurezas del mundo!
_Lucerna-Agosto._
NINON
Púsose en pie, haciendo valer la innata elegancia de su figura, ese no sé qué de distinción suprema, que en el frívolo lenguaje de los salones se califica de _un gran aire_. Era alta y delgada; el traje, de terciopelo negro, ceñía la esbeltez un poco fatigada de su figura; la piel de zibelina que rodeaba su cuello, la negra toca empenachada de plumas que cubría sus cabellos teñidos de rubio Ticiano y el espeso velo de encaje, disimulaban los estragos del tiempo; el rostro desvastado, el cansancio de las pupilas verdes que brillaban mortecinas en el fondo de las cuencas violetas, y la mueca atrozmente amarga de la boca, en que entre los labios arrugados y marchitos aparecían en una sonrisa cruelmente dolorosa los dientes amarillentos.
--Me voy. Desde mi enfermedad de Venecia, el médico me ha prohibido estar en la calle al anochecer.
Maud Simson interrogó con extrañeza:
--¿Su enfermedad?... No sabía...
Y Julito, a su vez, con un leve matiz irónico:
--¿Tal vez el veneno de Venecia?...
La sonrisa triste acentuóse:
--El veneno de Venecia, sí. Las emanaciones de las aguas estancadas, la humedad malsana, el relente del anochecer... no sé; una calentura horrible, que por poco me cuesta la vida--. La voz era armoniosa, ligeramente cascada, voz de mujer que se aleja a pasos agigantados de la juventud. Después, amable, encarándose con el dueño de la casa:--Ya sabe usted que no salgo casi. Una excepción para venir aquí.
Fred de la Croix, el baroncito atrabiliario y petulante, deslizose del diván de damasco azul cielo con cojines de antiguo brocado y pieles de blancas cabras del Tibet, en que yacía, y con su paso, a la vez perezoso y elástico, que le daba una inquietante semejanza con algunos felinos, aproximose a ella y la cogió las dos manos:
--¡Querida amiga!
La Fronshire sonrió, y luego alejose por la galería, con su ademán cansado de vencimiento.