Chapter 12
--«... No puedo vivir sin ti--decían aquellos trozos de letra nerviosa y apretada en uno de los párrafos--. A todas horas del día y de la noche tengo tu imagen adorada ante mí. No es la sensación dulce y resignada del bien perdido: es algo tormentoso, violento, asolador; algo que seca mi cerebro y pone calentura en mis venas. Siento la obsesión de tus ojos, de tus labios, de tu cuerpo todo; la obsesión atroz, alucinante, de la voluptuosidad exquisita, _única_, que brota de cada uno de tus gestos, que flota en la más leve de tus sonrisas y se deslíe en la luz verde de tus miradas... ¡Ah, la obsesión de la voluptuosidad que se exhala de tu cuerpo como un perfume perverso y embriagador!...»
Otro decía:
--«... ¿Por qué para nosotros el amor no ha sido nunca esa cosa sentimental y melancólica que es para otras gentes? Para nosotros, el amor ha sido una batalla que ha tenido mucho de horror bíblico; para nosotros, el amor ha sido un fuego infernal, devorador, doloroso y sublime, inmundo y divino!... ¡Ah, el amor, tu amor, el amor único, hecho de llamas del infierno, de cieno y de luz! ¡Ah, el portentoso encanto de tu cuerpo moldeado para el placer, el sabio anhelo de tus brazos, el arcano delicioso de tus labios!...»
En otra aún:
--«¡No puedo más! Hoy, en la horrible soledad de mi _garçonière_, he invocado al Demonio, le he pedido el bien de tu cuerpo en cambio de nuestras almas. Para nosotros, el alma no ha sido más que la lucecilla temblorosa que ha iluminado los ritos nefandos de la carne!... He pasado una noche atroz. Horas y horas he llamado a Satanás. Me he revolcado en el lecho como un perro rabioso y he gemido tu nombre. ¡María de la Luz! ¡María de la Luz! Te necesito: tus labios son la única fuente en que puedo apagar mi sed de amor; tus ojos los únicos faros que pueden guiarme en la oscura noche de mi alma...»
Dejaron de leer. Un río de lava ardiente corría por sus venas; una sensación de anhelo, pleno de angustia y de delicia, desconocido hasta entonces, adueñábase de ellos. En los ojos de José Ignacio había fulgores de vesania, y en las mejillas de Fuensanta rosetones de fiebre. Sentían el vago pavor que anuncia la presencia del _Enemigo_; pero una fuerza desconocida, superior a su menguada voluntad, les impulsaba a seguir, a seguir siempre por las ardorosas veredas de aquella vida en que se internaban como en un jardín maldito. Tendieron las manos temblorosas y abrieron otro cajón. En el fondo había un pequeño estuche cuadrado, envuelto en un papel, con una palabra escrita: «Yo. María de la Luz». Apretaron el cierre y una miniatura prodigiosa se ofreció a su vista.
Sobre el fondo clásico de un jardín pagano, una mujer toda desnuda, en el triunfo de su belleza admirable, jugaba con un cisne. Era blanca como la leche, grácil, aérea, casi irreal. En sus pupilas verdes dormían las aguas de un lago misterioso. Tenía los senos firmes, suave la línea del torso, largo y fino el cuello y rubio el cabello, prendido por dorada corona a la moda de Grecia. Poseía la gracia de Venus, la altivez de Juno y la resolución de Minerva.
Los dos permanecieron mudos, extáticos, ante la aparición. De improviso, los ojos de José Ignacio claváronse, alucinados, en Fuencisla, mientras murmuraba:
--¡Se parece a ti!
Halagada en su femenil vanidad, sonrió ella, y, sin saber lo que hacía, buscó maquinalmente la corona vista antes en el museo de recuerdos. La encontró y colocósela sobre las ásperas greñas.
El paleto contemplola embebecido, y preso en una fiebre de deseo, gimió implorador:
--¡Desnúdate!
No se sublevó el pudor de la campesina. Lejos, muy lejos de toda idea convencional, perdida en un extraño laberinto, obedeció.
Fue una escena ridícula y caricaturesca; una de esas atroces ironías conque los humoristas flagelan los desvaríos humanos, agravada ahora por la exquisita elegancia del fondo. Las burdas prendas de la indumentaria puebluna iban cayendo: primero, la toquilla color naranja y el delantal de percal azul; luego, los refajos, polícromos, huecos y abultados; tras ellos, el cuerpo de lana negra; siguioles el corsé gris, deforme y remendado, las rojas medias de punto, la camisa de arpillera, y, al fin, libre de velos, lamentable y repulsiva como una monstruosa deformación de la divina imagen de María de la Luz, el espejo reflejó la figura desnuda de la paleta. La cara y el cuello, rojos, ásperos, curtidos por el aire y el agua fría; los brazos, hinchados; las manos, juanetudas: los pechos, flácidos; el vientre, hinchado, hidrópico; las piernas, zambas, y los pies, deformes, aplastados, anchos como remos de un palmípedo; tenía la figura una repulsión alucinante de pesadilla Goya.
José Ignacio, los ojos brillantes y las manos temblorosas, saltó sobre ella y la tendió sobre el lecho de sedas y encajes.
IV
EL JARDIN DE HÈCATE
--¡Jesús! ¡Jesús! Si Dios quiere que no les haya pasado nada a esas criaturas, le aseguro a usted que regalo la casa para fundar un convento de la Trapa o de alguna Orden bien severa, donde no haya cuidado de que el _Malo_ haga de las suyas. Y la marquesa abanicose precipitadamente.
Don Rosendo, el venerable capellán, instalado a su lado en el viejo _landeau_ que les llevaba al _Laberinto_, sonrió, asegurando tranquilidad:
--No les habrá pasado nada. Cálmese la señora.
--¡Dios le oiga! Pero le aseguro a usted que tiemblo cada vez que me acuerdo de mi pobre hija! ¡Si aquella casa está embrujada! ¡Ha sido un crimen, un verdadero crimen mío enviar a esas criaturas ahí!
Siempre conciliador, aseguró el anciano:
--No habrá pasado nada; pero, de todos modos, a la señora no le cabe culpa ninguna. La guió la mejor intención: la de hacerles un bien...
Callaron, y durante un largo espacio de tiempo permanecieron sumidos en sus meditaciones. Hacía un calor tropical, y un sol calcinador caía implacable sobre los yermos campos de Castilla. El desvencijado vehículo avanzaba por la blanca carretera entre nubes de polvo; los moscones zumbaban con pesadez obsesionada, y de tarde en tarde un pájaro cruzaba sobre el cielo añil en la bochornosa quietud de la atmósfera. Una sensación de invencible sopor pesaba sobre todo y sobre todos, y los campos de tojos y trigales parecían asolados por una hecatombe geológica.
--¡Qué ganas tengo de llegar!--murmuró la dama--. ¡Nunca he estado tan inquieta, tan nerviosa!
--¡Paciencia!--confortó el capellán--. ¡Ya falta poco!
En la lejanía, como un oasis en el desierto, desvastado por aquel sol de justicia, divisábanse las arboledas de la quinta. Al fin llegaron, e impacientes hicieron repicar la campanilla. Pasó un rato sin que nadie acudiese al llamamiento. Volvieron a tirar del cordón muchas veces, pero inútilmente. La finca parecía deshabitada. Entonces Pacorro, el cochero, saltó la tapia, y ya dentro, franqueó la entrada a la marquesa y al capellán.
En la casa del guarda no había nadie, y como permanecía cerrada a piedra y lodo, en vez de perder tiempo en tratar de penetrar allí, avanzaron hacia el palacete.
El jardín, abandonado, tenía la salvaje frondosidad de una selva virgen; los caminos se habían borrado al crecer de la hierba y de las plantas parásitas; árboles y arbustos se enlazaban, formando misteriosas murallas de verdura; en las fuentes, los líquenes y las adelfas cubrían el misterio de los quiméricos espejos, y por todas partes flotaba una sensación de abandono, sobre la que se alzaba el canto de los pájaros con ensordecedora algarabía.
Caminaban trabajosamente, apartando los jaramagos que obstruían el paso y les desgarraban las vestiduras. De pronto, la marquesa se detuvo, ahogando un grito, y muda de horror llevose las manos al corazón.
Por una avenida de geranios en flor avanzaba lentamente Fuencisla, arrastrando guiñapos de seda que apenas cubrían sus carnes. Como una Ofelia de pesadilla, monstruosa y grotesca, coronaba su frente de lirios y margaritas, y sus dedos deshojaban una rosa. Tras un macizo de hojas, José Ignacio, un José Ignacio primitivo, negro, desnudo, repulsivo, le acechaba.
La marquesa se santiguó. Acaba de ver reflejada por el sol la sombra del _Demonio_ que huía.
LAS PRECIOSAS RIDICULAS
Las encontramos al través del mundo, casi siempre en la feria de los millonarios, los reyes sin trono y los aventureros, y nos hacen una reverencia muy siglo XVIII, una reverencia que dice aún de una Arcadia de guardarropía, con pastoras de chapines de raso y Amarilis de zamarra de terciopelo azul, ocultas en los convencionales boscajes del Trianón; o esquivan con la mano un gesto de colegiala tímida, un gesto digno de las damiselas del año sesenta, que usaban miriñaque, peinaban bucles, cantaban arias sentimentales y se sabían de memoria los versos de Alfredo de Musset; o se inclinan con un saludo grave y severo, lleno de austera dignidad.
Unas, pintadas, repintadas, llenas de gasas, sedas, tules, terciopelos, lentejuelas, flores; con grandes pelucas cargadas de rizos y empenachadas de plumas; al cuello, collares de admirables perlas (falsas, naturalmente); son mundanas, conversadoras exquisitas, benévolas para las debilidades ajenas, discretas hasta ignorar todo aquello que no deben de saber, serviciales, decorativas. Otras, son alocadas, con un grato barniz de diletantismo, prontas siempre a ser la musa que recite la estrofa del poeta de moda, acompañe al piano al virtuoso millonario, o a la heredera acometida de furor filarmónico, que se cree una Patti o una Storchio, cargue con la culpa de cualquier desafinación e inicie los aplausos. Otras, en fin, son devotas y filantrópicas; hablan de la caridad y del sacrificio, y en la humildad de sus atavíos de santas laicas tienen un gran prestigio de respetabilidad.
Y todas son siempre las mismas. Siempre el mismo rostro, igual atavío, las mismas palabras, idénticas ideas. Jamás se les conoce ni una gran pena ni una gran alegría; nunca una queja, ni una mueca de dolor, ni un gesto de fatiga, ni un ademán de impaciencia. Las decorativas, viven siempre sobre el fondo banal de un paisaje de Boucher o de Watteau; las románticas, entre las páginas de _La Melitona_; las devotas, inflamadas en las santas palabras de la caridad cristiana. Pero ni las unas se salen de un paso de _minuetto_, ni las otras del compás de una sonata sentimental, ni las últimas del cristianismo que resbala cristalino por las páginas de Fray Luis de León o de Ruisbrook, el _Admirable_. Nada que desentone, nada que rompa la armonía.
Un día desaparecen. Aun después de muertas, su recuerdo nos arranca una sonrisa. Y cuando llega la hora suprema de los balances, sabemos casi siempre que en aquellas vidas que transcurrieron a nuestro lado, y de las que veíamos lo que de un actor se ve desde la sala del teatro, no había nada sino un vacío inmenso, que ellas cubrían con guirnaldas de flores de trapo. Pero también sabemos alguna vez que en ellas había un gran dolor, una gran amargura, una gran vergüenza, un vicio, y aun, raramente, un crimen.
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MADAME D'OPPORIDOL
--La princesa Charlensko.
--¿Rusa?
--Rusa.
--¿Princesa auténtica?
--¡Lo más auténtica posible!
Después de saludar a la eslava, que, fastuosa en su pelliza de _renard bleu_ y su sombrero empenachado de plumas negras, desfilaba con aire espléndido de gran señora, más de notar en el cosmopolitismo ferial del _restaurant_ elegante, Julito Calabrés tornó a sentarse entre Olmeido y el marqués del Valle.
Estábamos en el _Carlton Grill_ acabando de almorzar. Era día de carreras, y bajo la claridad de las luces eléctricas, que ocultas tras los cristales del techo creaban un día artificial, muy en consonancia con el público cosmopolita que entraba y salía en incesante vaivén, veíanse mujeres a la moda, abracadabrantes en sus extraños atavíos, hombres de _sport_, banqueros, personalidades del chic mundial, cortesanos célebres... Era un desfile de Tanagras, de figuras de vaso etrusco y de jeroglífico egipcio, apenas moldeadas por crespones y brocados, sobre los que resbalaban las pieles y las perlas.
Olmeido, tornado escéptico por sus frecuentes permanencias en Cosmópolis, explicó su incredulidad:
--¡Hay tanta princesa de pacotilla por esos mundos de Dios!
El marqués del Valle quitose los lentes, y con la experiencia de sus doce años de viajes, impuestos por no sé qué historias de sadismo habidas en su tierra, aseguró:
--Yo he conocido muchas. Mujeres de teatro a quienes el capricho senil de un lord convirtió en pairesas de Inglaterra; exbailarinas y exqueridas de toreros, transformadas en grandes duquesas consortes, y hasta alguna viuda de reyezuelo medio idiotizado, que, _in articulo mortis_, había hecho reina a una titiritera.
--¡Bah!--interrumpió Julito, incapaz de callar--. Yo también he conocido muchas... Sin ir más lejos, madame d'Opporidol...
--¿Griega?... ¿Servia?... ¿Albanesa?--interrogó Olmeido.
--Turca; por lo menos, ella lo decía así... Pero os voy a contar la historia.
Bebió un sorbo de Chablis, y, entre la atención de sus amigos, comenzó:
--¡Madame d'Opporidol!... ¡Jamás he encontrado tipo más curioso y original que el de aquella mujer! El primer trámite de nuestra amistad fue una reverencia. Sucedió en el _hall_ del Austerlitz. Ya sabéis que algunas veces, a mi paso por París, cuando estoy muy cansado o tengo demasiadas cosas que hacer, me gusta refugiarme en un hotel tranquilo, huyendo del tráfago del Magestic, del Astoria, del Ritz o el Meurice. Pues bueno: allí la conocí una tarde. Yo había pedido no sé qué aclaración sobre unas señas, en el _bureau_; el encargado era nuevo y no daba pie con bola, y yo comenzaba a desesperarme, cuando una voz femenina vino en mi ayuda. Volvime para dar las gracias, y entonces la propietaria de la voz se inclinó ante mí en una reverencia. ¡Y qué reverencia! Aquello, más que reverencia, era una zalamea oriental, pero de un orientalismo visto al través del siglo XVIII francés. Era una reverencia de corte, profunda, ceremoniosa, llena de majestad; una reverencia que estaba pidiendo la música de _minuetto_; una reverencia que la hubiese envidiado madame Tallien, _Notre Dame de Thermidor_, y aun la vizcondesa de Beauharnais, la gentil Zoloé y sus dos acólitas Laureda y la Volsange, las perversas heroínas del divino marqués; una reverencia que, ahuecando las pomposas sedas en su traje, hacía de ella una figura digna de la galería de Versalles.
Olmeido rió:
--¡Qué exageración!
--¿Exageración? No lo creas, era tal y como yo os lo describo; la señora tenía el secreto de las reverencias. Me fijé en el rostro, en el peinado, en el traje... y vi con asombro que ello constituía un todo armónico con la genuflexión y la voz, hecho de trémolas y gorgoritos. El rostro era una careta trágica; la caricatura sangrienta de una mujer que debió de ser muy bella un rostro desvastado por los años y las luchas, cansado, arrugado, entristecido, pero tan atrozmente estucado, maquillado, pintado y retocado, que, bajo la capa de pomadas, polvos y colorete, era punto menos que imposible adivinar su edad. Los ojos debieron ser admirables, de un verde luminoso y transparente de agua de mar; ahora aparecían enturbiados bajo las pestañas y las cejas dibujadas con lápiz. Entre los labios, muy rojos, aparecía una dentadura prodigiosa (seguramente, postiza). Sobre aquella mascarilla burlesca de mujer bonita, destacábase la peluca, una peluca de muñeca rubia, dorada, rizada, llena de horquillas de pedrería. El cuerpo, sostenido por el corsé cruel, rígido, fue, indudablemente, esbeltísimo, ágil, flexible, aunque ya de tanta belleza quedaban únicamente ruinas, sostenidas por el andamiaje de ballenas. Envolvíala una elegancia de guardarropía, frufruante, aérea, pomposa, juvenil, vaporosa, hecha de gasas marchitas, encajes falsos, pieles no menos ilegítimas y perlas imitadas. Tenía, eso sí, pies de pequeñez inverosímil y manos admirables. Pero lo que le hacía realmente extraordinaria era lo rítmico, pausado y armonioso de sus movimientos, la gravedad ceremoniosa de sus pasos; decididamente, aquella mujer requería música, música de opereta: unas veces, noblemente pausada; otras frívola y juguetona, llena de escalas locas y fugas rientes, y algunas, falsamente sentimental. No sé por qué, pero es el caso que la buena señora me daba la sensación de una profesora de baile, o mejor aún, de elegancia, de las que formaban las damiselas del siglo de Trianón, haciéndolas duchas en artes de sociedad, bachilleras en alquimia y doctoras en coquetería.
--Sin darme yo mismo cuenta,--prosiguió Julito--intimé con ella. Ya sabéis lo fácil que eso es en la vida de hotel (cuando el hotel es tranquilo y la vida un poco retraída), una vez cambiado el primer saludo. Una leve enfermedad de ella, correcto interés por mi parte, luego la recíproca, la grippe que me obliga a quedarme en cama, madame d'Opporidol, que se preocupa por mi salud y se ofrece amablemente, y henos convertidos en los mejores amigos del mundo.
--Los primeros días de charla--y Calabrés, apasionado con su narración, había dejado de comer--, la señora me habló de cosas sin transcendencia; pero, según fue tomando confianza, acabó por abrirme su pecho.
«Era turca. La fatalidad cayó sobre ella, y la desgracia cerniose en su vida. No me explicaba el género de desgracia a que se refería, y sólo dejaba adivinar que un drama terrible había truncado su existencia, tronchando sus ilusiones en flor. De aquella catástrofe misteriosa, quedole un desencanto infinito de todos y de todo; una amargura melancólica que matizaba de interés sus palabras. Culta, conocía bien los poetas y novelistas en boga, y su conversar, esmaltada de una erudición un poco a la violeta, resultaba interesante».
Me hablaba de Turquía; de la belleza dulce y triste de Stambul; me hablaba de la ciudad quimérica envuelta en ensoñadora neblina azul, durmiendo sumida en un silencio opresor. Stambul, la ciudad secular, la que contemplaron los viejos Califas; la ciudad de magia concebida por Solimán, _el Magnífico_, coronada de soberbias cúpulas y empenachada de dorados minaretes; la ciudad que aparecía a los ojos como un portentoso fantasma del pasado, como una de esas raras urbes que la leyenda hace dormir en el fondo del mar...
--¿Loti?--interrumpió Olmeido, burlón. Julito rió:
--¡Eso mismo pensaba yo!... Pero, déjame seguir... Madame d'Opporidol me hablaba también de la infinita tristeza del vivir de las mujeres turcas contemporáneas; me decía de cómo sus almas de excepción, cultivadas en la soledad de los harenes del día, esos harenes semejantes en todo, menos en su inexpugnable aislamiento, a la casa de cualquier mujer elegante; sus almas, pulidas en la lectura, purificadas en la soledad; sus almas, que, aisladas por las celosías, como las flores de una estufa están al abrigo de las violencias del aire libre, sufrían de verse tratadas en odaliscas, en bestezuelas de placer, sin más razón de existir que el capricho de su amo y señor. Me hablaba de los veranos, en que tras la inacabable monotonía de los eternos días invernales, sacudidos por el aire del mar Negro, el Bósforo relucía como colosal zafiro, y la población patricia turca refugiábase en el lado de Asia, junto al agua.
--¡Decididamente, la señora sabía sus clásicos!--volvió a interrumpir el portugués.
--Si no me dejas contarlo, me callo--y Julito hizo ademán de reanudar el yantar, abandonando su historia.
--No, no; sigue--imploró el marqués del Valle--. Las aventuras de tu madama me van interesando.
Desagraviado el narrador, prosiguió:
--Así estábamos, cuando la buena señora cayó enferma. Un interés discreto y una caja de bombones no menos discretamente enviada para endulzar las horas de convalecencia, acabaron; indudablemente, de captarme su confianza, por cuanto casi repuesta ya me envió un recado, diciéndome que tendría sumo placer en verme.
Subí al cuarto (piso sexto). La _mise en scène_ estaba cuidada como siempre. Sobre la modestia de la habitación, su buen gusto había marcado un sello de elegancia un poco original. Algunos marfiles, algunos cobres y unos viejos terciopelos con versículos del Corán, bordados en oro y plata, imprimían un exotismo un poco de bazar a la estancia. Cortiníllas de color de rosa tamizaban la luz, dejando todo en una favorecedora semipenumbra; algunos ramos de flores mustiábanse en búcaros de cristal. Tendida en la _chaisse-longue_, sobre las pilas de almohadones multicolores, madame d'Opporidol yacía lánguidamente envuelta en un _teagow_ de gasa y seda negra, adornado de grandes cintas de moaré rosa.
Al entrar, me tendió la mano y hasta me agració con una sonrisa lejana. Comenzamos a hablar de cosas baladíes, y llevábamos agotados dos o tres temas, en que la conversación se arrastraba lánguidamente, cuando de improviso, Schezerarda (la dama se llamaba así) suspiró, cerrando los ojos:--¡Qué desgraciada soy!--Y como yo, un poco asombrado, la mirase interrogador, me tendió la mano en un gesto supremo de abandono, mientras suspiraba un enigmático:--¡Si supiérais!... Volví a contemplarla; una lágrima brillaba en sus ojos y se detenía en el borde de las pestañas, asustada de los estragos que su paso podría causar en la obra de estucado del rostro. Al fin, madame d'Opporidol pareció tomar una determinación transcendental, una de esas determinaciones definitivas que marcan una efeméride en la vida humana, y con voz _de hora suprema_ comenzó:
--Amigo mío: voy a contarle mi historia, mi verdadera historia, la que nadie conoce. ¡Es algo tan espantoso, tan terrible, que casi parece una pesadilla. A ningún nacido se la he contado nunca; pero mi pobre corazón no puede ya con el peso de su secreto: usted es artista, usted es un hombre de sentimiento y sabrá comprenderme!--Su voz era patética, altisonante.
--Soy turca--prosiguió ella--. Mi padre era Kiazim Pachá, y me educó como educan ahora a todas las hijas de gran familia; como podría educarse cualquier parisién, qué digo, ¡mil veces mejor!, según he podido observar luego. Narraros mi infancia de princesa salvaje en el viejo palacio, escondido en un rincón de Circasia, mi adolescencia de muchacha mimada y voluntariosa, sería el cuento de nunca acabar. Fui feliz o casi feliz. Pero casáronme y con mi boda comenzaron mis desdichas. Mi matrimonio fue lo que son allí la mayoría de los matrimonios: una cosa arreglada por las familias, en que la novia desempeña el papel de _algo_ sin voluntad ni discernimiento, del que disponen a su antojo. Mi marido era frío, taciturno, concentrado. Muy _vieux jeu_, no comprendía a la mujer sino en cuanto era bella. Y heme aquí a mi culta, erudita, tan vibrante, tan moderna, condenada al papel de odalisca. ¡Y aquello no era lo peor! Lo peor, lo irresistible, lo anonadante, era la monotonía atroz del vivir sedentario, la uniformidad de los días que se deslizaban iguales, tristes, inacabables, en aquel acolchado que defiende de cualquier choque exterior y que hace que, en el atroz guateado que nos torna insensibles, echemos de menos las zarzas y las espinas del camino.--¡Loti! ¡No me cabía duda de que la cita era de Loti!
Julito hizo una pausa, y luego continuó: