El pecado y la noche

Chapter 11

Chapter 113,841 wordsPublic domain

Con su incapacidad volutiva, tuvo Fuencisla un ademán de renunciamiento:

--Yo, lo que quiera José Ignacio.

Apresurose él a aceptar. ¿No había de querer? ¡Ya lo creo que quería! Todo aquello de duendes y embrujamientos era como los fantasmas de la sábana que paseaban de noche por las calles del pueblo; pamplinas para asustar niños y viejas. ¡Fantasmitas! ¡Ja! ¡Ja! El hombre que tiene buenos puños y la conciencia tranquila no tiene que temer más que a Dios.

Y así quedó cerrado el trato.

Ahora, después de meter el carro dentro del jardín, trataba José Ignacio de abrir la puerta del pabellón que les estaba asignado. Al fin, tras no pocos esfuerzos, consiguieron franquear el paso y penetraron los dos. La primera impresión fue de tristeza: una atmósfera de humedad, de moho, de casa de larga fecha abandonada, salioles al encuentro. La primera estancia del pabellón era una rotonda minúscula, imitación de esos vestíbulos de mármol que se ven en algunos pabellones de caza y lugares de descanso de los parques reales. Columnas de estuco imitando mármol rodeaban el cuarto, rotas, descascarilladas, maltrechas; grandes hornacinas en que faltaban las estatuas hendían las paredes resquebrajadas, manchadas de musgo; unos lienzos despintados pendían en jirones del techo, mientras que las arañas tejían entre ellos sus colgantes puentes de seda. Pasaron al segundo cuarto, una habitación pequeña, baja de techo, con muros encalados y una gran ventana de cuarterones que cerraba mal. También la humedad y el abandono habían hecho estragos en ella; pero así todo, era más habitable. Junto a esta salita había una alcoba muy pequeña, y luego la cocina. Y nada más.

Oprimida por una sensación angustiosa de tristeza, por un presentimiento supersticioso de desgracia, Fuencisla sintió el ansia de respirar aire puro, y salió al jardín. El ambiente tenía una dulzura adormecedora; de la tierra subía un vaho de humedad lleno de fragancias, y en un triunfo de aromas morían las últimas rosas en los rosales. Sobre el cielo azul oscuro, espolvoreado de estrellas, destacábanse las negras siluetas de los cipreses. Y por detrás de los cipreses, enorme, redonda, teñida de sangre, una luna de presagio nefasto se alzaba lentamente.

II

EL CUARTO VEDADO

Apoyada en el quicio de la puerta, Fuencisla la miró alejarse. Su silueta de aquelarre destacábase enérgica sobre el fondo hostil de los campos resecos por la helada. El cuerpo sarmentoso, cubierto de hórridos harapos, de la pordiosera; sus ojos de lechuza y su nariz ganchuda, armonizaban a maravilla con la llanura yerma, cerrada al horizonte por abruptos riscos.

Aquella era la única bruja que viera en los dos meses transcurridos desde su instalación en _El Laberinto_, y los únicos fantasmas los que ella evocaba con las extrañas historias que Fuencisla no acababa de comprender, pero que le apasionaban con un interés malsano. Giraban siempre aquellas consejas en torno de los mismos hechos, la historia del abandonado palacete y de la agonía misteriosa de sus dos dueñas, la condesa Agueda y María de la Luz. Mezclábanse en ambas briznas de verdad con follajes de fantasía popular, excitadas por arcaicas prácticas de hechicería.

La condesa Agueda había vivido en los tiempos del Rey Sol. Su belleza peregrina triunfó en la corte galante, escandalizó un poco la severa de Madrid, y, después de algunos pecaminosos devaneos, un día, sin saberse la razón, tal vez porque su femenil vanidad resistíase a doblar el cabo de la edad peligrosa, fue a sepultarse en aquella olvidada posesión. De su retiro fantaseose mucho; achacáronle no sé qué misteriosos tratos con el Malo, y crearon sobre ella una leyenda oscura, poblada de ritos nefandos. Algunos muñequillos de cera, más unos cuantos libros de ciencia secreta y de práctica libertina, hallados después de su muerte, acrecentaron las sospechas. La violación de su sepultura y la desaparición del cadáver acabó de confirmar la leyenda.

María de la Luz fue la hija única de la marquesa. Nobles y plebeyos cayeron siempre prisioneros en las redes del raro encanto de sus ojos verdes y de la sonrisa de sus labios rojos. Tenía una blancura de nardo y una gracia efímera, voluptuosa y apasionada. También ella anduvo errante por el mundo, por los mágicos paraísos que crearon los hombres, y también en una hora de hastío vino a refugiarse en _El Laberinto_. ¿Qué misterioso drama tuvo lugar entre los muros del palacete? Sólo la marquesa y algunos viejos servidores fueron testigos, y ellos callaron herméticos. María de la Luz diose a adelgazar y a entristecerse. Una melancolía invencible apoderose de su ánimo, sus ojos se enturbiaron y acabó por desaparecer. Sólo muy de tarde en tarde veíasele pasear lánguidamente por el jardín, cubierta de joyas, de sedas y de encajes. Por el país comenzó a correr la especie de que la hija de la Marquesa estaba poseída por el Enemigo. ¿Qué lúbricas escenas de locura desarrolláronse entre la damisela y el cornudo amante de las pezuñas de chivo? Nadie pudo averiguarlo jamás. Unicamente veíanse entrar primero sacerdotes y frailes que exorcizaron a la poseída y conjuraron a Belcebú entre bendiciones y rociadas de agua bendita, para que abandonase su víctima; más tarde oyéronse los gemidos de la infeliz, y los médicos sucedieron a los religiosos; la casa olía a éter, a antistérica, a azahar. Un oído indiscreto creyó percibir un día, al través de la puerta de un salón, en que la madre y cierta eminencia médica celebraban consulta, la voz de la dama, que desgarrada, amarguísima, pero firme, enérgica, con resolución inquebrantable, afirmaba entre dos sollozos: «¡Nunca! ¡Antes muerta! ¡Antes tendida en una caja entre cuatro luces!» Al fin, las visitas facultativas cesaron, y sobre la casa impregnada de fuerte olor a medicamentos cayó un silencio de plomo, sólo interrumpido por los aullidos de la enferma a quien el _Malo_ visitaba a las altas horas de la noche. Era algo horrendo, trágico y misterioso, aquella ficticia calma, en que los alaridos angustiosos, desesperados, se alzaban como una imploración suprema en la paz nocherniega. Y mientras la marquesa, horrorizada, rezaba, María de la Luz revolcábase en el lecho en atroces crisis de vesania. Al fin murió.

La bruja contaba estas historias entreverándolas de pintorescos episodios, de filtros y bebedizos, de fórmulas cabalísticas y conjuros mágicos, en que se mentaba a Salomón, el de la sabiduría, y a los Magos de Oriente; hablando de Felipe II y del Príncipe de los Hechizos, de nuestro señor el Rey D. Carlos II y de otras cosas de romance. Y en el fondo de todo aquello, vivía una fuerza desconocida, violenta, arrolladora, capaz de agostar las vidas en flor.

Fuencisla había vuelto a la puerta del pabellón, y la labor abandonada sobre el regazo, permanecía perdida en penosa divagación, presa de aquellas perezas anonadadoras que le acometían desde que habitaba allí.

La mañana tenía melancólico encanto en el gran parque. Sobre el cielo muy pálido, casi blanquecino, brillaba el sol amarillento. Los árboles, desnudos de sus galas, se retorcían esqueléticos; sólo los cipreses dibujaban sus pináculos sobre el fondo claro.

Fuencisla estaba triste. Acostumbrada al trajín de una casa de labor, en que hallábase rodeada de gente a todas horas del día y de la noche, en que mecía su sueño el hervor de la respiración, de sus bestias familiares, aquella soledad y aquel silencio augusto le inquietaban. Imágenes turbadoras, desconocidas hasta entonces, poblaban sus sueños; las historias evocadas por la mendicante despertaban en ella una curiosidad malsana, un deseo vago de saber, y la casa, con su prestigio de misterio, le tentaba. ¿Qué habría detrás de aquellos postigos siempre cerrados? ¿Por qué la prohibición de la señora? ¿Qué huellas quedaban de la condesa Agueda y sobre todo de María de la Luz? Sentía algo que alentaba cerca de ella. El _Malo_ la rondaba; algunas veces, en medio de la calma de la noche, se despertaba sobresaltada creyendo sentir en la piel el roce de unas velludas patas de macho cabrío y veía fosforescer en las tinieblas dos ojos de brasa que le miraban anhelantes. El misterio habíase instalado en su pacífica existencia y sentía tras la puerta cerrada algo terrible que le atraía con fuerzas sobrehumanas. Hasta su mismo amor por José Ignacio habíase modificado; ya no era aquél cariño de bestia humilde y resignada que se traducía en un trabajo abnegado y un renunciamiento absoluto de la voluntad; era una ternura temerosa y apasionada que la hacía apretarse contra su pecho y buscar sus labios en un anhelo infinito de algo desconocido.

El también se transformaba insensiblemente; la vida sedentaria, en vez de aumentar su caudal de salud y de alegría, parecía mermarlo insensiblemente, haciendole más reconcentrado y taciturno. En vez del júbilo ruidoso, un mucho pueril, de sus antiguas horas de asueto, invadíale una melancolía soñadora, que le hacía arrastrarse trabajosamente al través de las interminables horas de los días de inacción. Permanecía largos espacios de tiempo sin hacer nada, con los ojos perdidos en el vacío, o bien leía trabajosamente en unos novelones hallados en un desván. Había perdido el apetito magnífico de hombre primitivo y su sueño no era ya el descanso reparador del que trabaja doce horas, sino un dormir ligero, poblado de sueños y cortados por un despertar sobresaltado. Su cariño por Fuencisla había sufrido la misma trasformación que todo lo demás, y en vez del impulso fuerte del macho, era una cosa nueva, morbosa, llena de temores, de vagas delecciones.

Hacia ella venía ahora José Ignacio al través del jardín, la escopeta al hombro y el sombrero caído a la nuca. Había adelgazado y palidecido. Su cara cetrina habíase demacrado y los huesos se marcaban enérgicos sobre la piel curtida. Los ojos negros brillaban en el fondo de las oscuras cuencas y los labios contraíanse en una extraña tirantez de todos los músculos. Parecía agitado, inquieto, y como Fuencisla, pronta ahora a todas las inquietudes, le interrogara con sobresalto, explicaba lo sucedido.

Venía de dar su vuelta por el jardín, como, vigilante, hacía todas las mañanas, y había encontrado caída en el suelo una de las persianas de la casa. No sabía si habría sido el aire el que arrancara las carcomidas maderas o era obra el desaguisado de nocturnos merodeadores; ni tampoco la significación que podía tener: si eran los preliminares de un golpe de mano o si sólo representaba un desperfecto fácilmente reparable. Estaba inquieto, perplejo... Detúvose ante su mujer, como solicitando consejo, más por una de esas fórmulas que nos dicta la perplejidad que por esperar ayuda de la sobria castellana.

Pero por primera vez en su vida la lugareña mostró su voluntad. Era preciso entrar en la casa, asegurarse de que no habían robado nada, y hacerse cargo de lo que allí había, para futuras contingencias. ¡Dios sabe lo que podría pasar el día menos pensado!...

--Ya ves, la señora prohibió...--comenzó a argüir él.

Pero con extraña videncia Fuencisla adivinó los peligros. Como si el velo de ignorancia que cubría su pensamiento hubiérase rasgado de improviso, halló argumentos y palabras con qué expresarlos. Si por casualidad se efectuaba un robo, ¡qué responsabilidad para ellos! ¡Ni aun sabrían lo que se habían llevado los asaltantes! La prohibición eran palabras de la señora, que exageraban su pensamiento; lo que ella había querido indicar era que no curioseasen, ni se metiesen allí; pero de eso a que no vigilaran... ¡Si la misma señora les había dicho que sólo entrasen en _un caso de fuerza mayor!_

Fuencisla seguía hablando; sus palabras hallaban eco en un secreto deseo que germinaba en el espíritu de José Ignacio. Al fin se dejó vencer, murmurando:

--¡Vamos allá!

* * *

Al penetrar en el pequeño peristilo que servía de entrada a la casa, los dos estaban turbados y sentían latir precipitadamente su corazón. Como los niños de los viejos cuentos que, desobedeciendo a su protectora, abren la puerta del cuarto prohibido y se disponen a explorar el misterio, ellos, faltando a la consigna, iban a violar el secreto de aquellos muros, tras los que dormían las dolientes sombras de la condesa Agueda y de María de la Luz.

La antesala constituíala minúscula rotonda, rodeada de columnas de madera con capiteles dorados. El suelo estaba cubierto de baldosines blancos y negros, y en el centro, un Narciso de mármol se miraba en el tazón de una fuente sin agua. Había allí violento olor a cueva, que daba sensación penosa de abandono. Abrieron otra puerta, disimulada con espejos, y halláronse un gran salón flanqueado por dos gabinetes tapizados de damasco, uno rosa, azul el otro, frívolos y galantes, del que sólo les separaban unos arcos sostenidos por pilares de cartón piedra. Era una sala grande y baja de techo. Las paredes, pintadas de blanco y adornadas con áureas conchas y hojarascas, obedecían a la moda del reinado de Luis XV. Retratos de empolvadas damas y amanerados paisajes imitación de Watteau y de Boucher, pendían de rojos cordones de seda; una Anfítrite surgía de las aguas en un medallón que ocupaba el centro del techo; barrocas consolas sostenían relojes y candelabros de bronce; los muebles, de dorada talla, eran grandes y amazacotados, y un piano de cola, con el teclado abierto, aparecía semicubierto por chinesco bordado. Pero el tiempo inexorable, ayudado por el abandono, había puesto su pátina a las cosas; las paredes amarilleaban; los dorados, descascarillados y maltrechos, habían perdido su esplendor; el suelo, de incrustadas maderas, lucía opaco, mortecino; los retratos y los paisajes estaban cubiertos por neblinosa capa de polvo; Anfítrite, arrugado el lienzo, aparecía deforme, monstruosa; los péndulos, parados en horas enigmáticas, inquietaban como mudas interrogaciones, y en las barrocas jardineras, las plantas resecas tenían un aspecto de desolación opresora.

Mientras Fuencisla, extasiada ante aquel lujo amable que contrastaba con los santos macilentos, los oscuros estrados y los cortinones evocadores de fantasmas del palacio de _la señora_, única riqueza que ella conocía, pasmábase de todo y en plétora de curiosidad olvidaba inquietudes, José Ignacio pasaba revista a las ventanas. Todas estaban intactas, cerradas las verdes persianas. Allí no era, pues. Volvió al lado de su mujer:

--Aquí no ha sido... Y ahora ¿qué hacemos?

Tornó ella a hallar los acopios de la desconocida resolución que, como una fuerza ciega de la naturaleza, le impelía:

--Seguir, a ver dónde...

--Pero...--objetó él, vacilante.

Ella, más resuelta, animole:

--Ya... Una vez dentro, más vale seguir adelante.

Salieron a un gran pasillo, decorado más modestamente, pero formando un todo armónico con el salón y los gabinetes. Allí había dos puertas más. Abrieron la primera: el cuarto de la marquesa. Frío, triste, conventual, tenía por todo mueblaje una cama con colgaduras de seda granate, una cómoda y algunas sillas, y por todo adorno un enorme Cristo. Tampoco allí faltaba nada. Volvieron a encontrarse en el corredor. Ante la puerta de la otra habitación se detuvieron. La voz de Fuencisla tembló:

--El cuarto de María de la Luz.

Súbitamente asustado, comenzó a balbucear:

--Mejor era dejarlo.

--¡No, no! Aquí debe ser.

El pestillo habíase enmohecido y costaba trabajo franquear el paso. Al fin, en un esfuerzo de José Ignacio cedió, y los batientes se abrieron de par en par. Retrocedieron aterrados, esperando quizá una súbita aparición infernal. Pero si el demonio estaba allí, no se dignó presentarse, y sólo se ofreció a sus ojos el más bello nido de amor que una mujer artista y apasionada pudo soñar. Era allí donde faltaba la persiana, y a la luz pálida que se filtraba al través de rosadas cortinillas, aparecía el refugio en ideal sinfonía de sedas pálidas, terciopelos y gasas... Sobre los muros de damasco rosa muy pálido, antiguos Malinas formaban pabellones sostenidos por dorados lazos. Grabados libertinos del siglo XVIII (bellas damas de Versalles sorprendidas en el recato de los boscajes por robustos faunos de patas de chivo; marquesas que en la enguirnaldada elegancia de la alcoba, desnudábanse ante los ojos concupiscentes de un negrito; gentiles doncellitas para quienes los jardines del Trianón eran frondas de Pafos y de Citerea) pendían encerrados en dorados marcos de talla; un Psiquis de tres lunas abríase en el centro de un muro; muebles de _boule_ llenos de cajoncitos y secretos, parecían guardar no sé qué misterios pecadores, mientras sobre sus tableros de marquetería danzaban las figuritas de Sajonia, y ocupando el centro de la estancia, el lecho, un lecho muy bajo de palo de rosa y bronces, era en su apoteosis de batistas, sedas y encajes, como un altar de Eros. Ante la ventana, la mesa de tocador sostenía ringleras de frascos en que se habían evaporado los perfumes, dejando al fondo un poso oscuro, y entre peines, cepillos, bruñidores y otros instrumentos de embellecimiento, veíase caída una coronita de blancas rosas de terciopelo, que debió de servir para embellecer la frente de María de la Luz. Y todo aquel galante interior hallábase agravado de un mohoso olor a perfumes, a flores marchitas, a éter, el angustioso olor a podredumbre e incienso de las cámaras mortuorias.

Fuencisla habíase aproximado al tocador y miraba reflejada en la luna orlada de cincelada plata, su rostro bobalicón y sus ojos de pájaro asustado. Inconscientemente, sus dedos amorcillados apoderáronse de la corona y posáronse sobre los cabellos lacios y descoloridos. Sonrió. En aquel instante vio reflejarse en el azogado cristal un rostro tras el suyo. Dos ojos negros y ardientes brillaron, y sintió unos labios de fuego que se posaban en su cuello. La voz de José Ignacio suspiró:

--¡Qué maja, mi nena!

III

EL ARBOL DE LA CIENCIA

Por centésima vez, Fuencisla acercose a la puerta y escuchó; nada. Fue entonces al balcón y, apoyando la frente en los vidrios, trató de adivinar, en la semioscuridad, la silueta de José Ignacio; nada. Anochecía; desde las tres de la tarde había dejado de nevar, y un cielo gris, negruzco, cubierto de espesos nubarrones, pesaba anonadante sobre la tierra. El jardín, bajo el sudario de nieve, tenía un aspecto trágico y desolado; al otro lado de las tapias; la llanura extendíase blanca, inacabable, como una estepa inhabitable. Fuencisla, sobrecogida por el silencio y la soledad, cerró las maderas del balcón y encendió la lámpara de petróleo, que esparció su claridad, primero amarillenta, vacilante, luego intensa, por el divino nido de amor. La lugareña echó unos troncos en la chimenea, y temerosa, inquieta, sentose a la vera del fuego.

La profanación habíase realizado. Los temores de un golpe de mano en el palacete que abrigaba José Ignacio, lleváronles a abandonar el pabellón del jardín para vivir allí; lo destartalado e inconfortable del resto de la casa recluyoles en el santuario. Dormían abajo, en la pequeña antesala, pero pasaban las veladas en el cuarto de María de la Luz. En un principio, él opúsose a lo que consideraba abuso de confianza; pero Fuencisla, tan tímida, tan cobarde, tan insignificante siempre, sentíase atraída por una fuerza irresistible, y halló razones y palabras con qué apoyarlas. Sin embargo, había algo a que él, en su recta conciencia, negose siempre, y ese algo era violar el secreto de aquellos muebles, abrir los cajones, los armarios, los cofrecillos, todos los sitios donde dormía _el por qué_ del embrujamiento de María de la Luz.

Fuencisla, inquieta ante la larga ausencia de su marido, que habiendo salido para girar su visita de guardián a la posesión antes de recogerse, llevaba más de dos horas fuera, acercose a la puerta, y, abriéndola, exploró la galería, sumida en silencio y tinieblas. Una bocanada de frío y de olor a abandono, que le azotó el rostro, hízole retroceder estremecida de misterioso pánico. Otra vez, sola en la estancia, paseó los ojos azorados por los rincones, como si esperase ver surgir de ellos el secreto. Al fin detúvolos en una _secretaire_ de ricas maderas, adornadas de bronces y porcelanas. ¡Allí estaba la clave! Aproximose al mueble y lo examinó curiosamente. No tenía llave ni vestigios de cerradura, que, indudablemente, quedaba oculta por los bronces. Sus dedos, torpes, de lugareña, tantearon los adornos, y de pronto, como por obra de magia, sonó un débil crujido, y la compuerta abriose lentamente, dejando ver el interior lleno de minúsculos departamentos, cerrados con esos cándidos secretos que tanto gustaban a nuestros abuelos. Repuesta del primer pavor, la curiosidad venció al miedo supersticioso y abrió un cajón. Cartas atadas con cintas de colores, flores marchitas, pedazos de cinta... Abrió otro: unas cartas, retratos de un guapo mozo, apuesto y fanfarrón; una corona dorada con dos cierres de piedras preciosas, un libro de versos... Deletreó: «Amor». Ya sólo quedaba el departamento central, que fingía la puerta dorada de misterioso alcázar. Una ligera presión aún y la puertecita abriose, dejando caer una avalancha de papeles: libros, muchos libros, estampas de gentes desnudas, grabados de un libertinaje obsceno, figuras ambiguas, extrañas, inquietantes, gentes que se retorcían en posturas inverosímiles, monstruos nunca vistos... Y todo ello en una apoteosis, en una exaltación ferviente, apasionada, mística, casi diabólica de la carne. Fuencisla cerró los ojos para no ver aquello, pero el ruido de alguien que entraba hízoselos abrir con sobresalto. ¡Su marido!

Entró José Ignacio aterido de frío y acercose a ella, que le reprochaba quedamente:--¡Cuánto has tardado!

No contestó él, y estrechola entre sus brazos. Fue una caricia larga, voluptuosa, impregnada de deseo, en que los labios subían de la boca a los ojos en suave cosquilleo y tornaban a descender hasta la boca, para posarse allí voraces, en un lento sorber de vida. Ella, a su vez, caída sobre el pecho del varón, abandonábase en un arrobo sensual, con un deseo loco de que la tomara allí mismo, de que la macerase, la anonadase en una caricia de macho fuerte y vencedor. Aquello no era ya el humilde amor cristiano que santificase antaño su unión, aquello era una delección enfermiza, apasionada y triste; era el monstruo de cien tentáculos y sed inaplacable; era el abismo que no se ciega nunca; era el mar sin fondo; la cosa misteriosa e inquietante que los paganos llamaron la voluptuosidad y los cristianos el pecado. De pronto, José Ignacio rompió el abrazo y acercose al mueble:

--¿Por qué?...--comenzó a interpelar con el ceño fruncido.

Fuencisla explicose balbuciente. Ella no tenía la culpa; limpiando los dorados apoyó el dedo en un resorte, y el armario abriose solo... Pero su marido ya no la escuchaba. Cautiva su atención de las estampas, habíase puesto a examinarlas. Fuencisla, lentamente, aproximose a él, y juntos comenzaron nuevamente el registro. La Historia Sagrada, el Paganismo, los mitos del mundo antiguo, desfilaban por los cartones en una turbadora sucesión de desnudos bellísimos o lamentables. Y mientras la luna visitaba a Eudimion en su encantadora gruta y Parsifae se entregaba al toro, la mujer de Putifar ofreció a José el banquete de sus senos desnudos, y los santos medioevales eran tentados por _el Malo_.

Había acabado la serie de dibujos, y poseídos ahora de una ansia loca de saber, era el secreto de las cartas lo que violaban con la macabra voluptuosidad de los necrófilos profanadores de sepulturas. Desatadas las cintas, los trozos de papel, amarillentos por los años, mostraban los largos períodos, apasionados, tiernos, incoherentes. Con trabajo, el campesino comenzó a deletrear al azar: